El índice continúa descendiendo.
[Índice de propósito común]
[79 %]
Las especies abandonan la plaza en direcciones diferentes.
No corren.
Todavía no existe una guerra.
Ni siquiera se han producido enfrentamientos serios.
Sin embargo, algo cambió en la manera en que se observan.
Los elfos rodean la piedra verde antes de retirarse hacia el distrito de los jardines. Los enanos se llevan varias herramientas y regresan a las forjas. Las criaturas aladas ascienden hacia las terrazas superiores mientras los seres acuáticos se internan en los canales que recorren la ciudad.
Hace apenas unos minutos, todos gritaban el mismo nombre.
Babel.
Ahora cada especie parece convencida de que esa palabra le pertenece más que a las demás.
—Bajemos —digo.
Saltamos desde la azotea.
Hejin reduce su caída mediante una corriente de maná. Eunbyeol utiliza una escalera lateral. Kwon desaparece entre las sombras y reaparece abajo antes que todos.
Aterrizo directamente sobre la calle.
El suelo tiembla bajo mis pies.
Las personas alrededor apenas prestan atención.
Están demasiado ocupadas discutiendo.
—¡Los hornos fueron diseñados por humanos! —grita un hombre.
—¡Y habrían explotado sin los reguladores enanos! —responde un herrero de barba gris.
—¡Alteraron nuestros planos!
—¡Porque sus planos eran defectuosos!
Ambos se entienden perfectamente.
No existe confusión en sus palabras.
Cada acusación llega completa.
Cada insulto conserva su intención.
La separación mediante lenguas diferentes habría creado distancia.
Esto crea resentimiento.
Nos dirigimos hacia la plataforma donde se realizó la ceremonia.
Las siete piedras continúan allí.
La verde emite pulsos lentos.
La roja libera calor.
La plateada vibra con un sonido parecido al de un martillo golpeando metal.
Las demás reaccionan con sus propios elementos.
Hejin se arrodilla frente a ellas.
—No las toquen.
Activa Cálculo mágico.
El Monóculo de la contradicción absoluta brilla sobre su ojo.
Las conexiones mágicas empiezan a volverse visibles.
Siete corrientes atraviesan la plaza y ascienden por diferentes sectores de la torre.
Verde desde los jardines élficos.
Plateado desde las forjas enanas.
Rojo desde los hornos de las criaturas ígneas.
Azul desde los canales acuáticos.
Blanco desde las plataformas de los alados.
Las dos restantes nacen de los barrios humano y bestial.
Todas se encuentran en algún punto oculto entre las nubes.
—Las revelaciones provinieron de la cima —dice Hejin.
—Eso ya lo suponíamos —responde Kwon.
—No me refiero solamente al mensaje.
Acerca una mano a la piedra verde sin llegar a tocarla.
—Hay algo real conectado con ella.
Eunbyeol se aproxima.
—¿La Semilla Primordial?
—No puedo confirmarlo. Pero la energía es antigua, orgánica y posee una capacidad de crecimiento muy superior a la de cualquier planta normal.
Hejin cambia su atención hacia la piedra plateada.
—Esta parece conectada con una estructura de creación.
—La Primera Forja —dice Kwon.
—Podría serlo.
La piedra roja contiene una llama que no consume combustible.
La azul mantiene una corriente de agua que no se agota.
Cada una posee una firma diferente.
Pero todas son reales.
—Entonces las revelaciones no eran falsas —dice Eunbyeol.
—No completamente —respondo.
La Torre no necesita crear una mentira perfecta.
Solo debe mostrar una parte de la verdad y ocultar el resto.
Un elfo puede comprobar que existe una semilla.
Un enano puede sentir la Primera Forja.
Cada especie recibió pruebas suficientes para creer en su propia revelación.
Y ninguna razón para confiar en la de los demás.
Kwon se agacha junto a la piedra negra.
—Es una manera bastante eficiente de iniciar una guerra.
—Una mentira puede demostrarse falsa —dice Eunbyeol—. Una verdad incompleta se defiende por sí sola.
Hejin continúa estudiando los circuitos.
Su expresión cambia lentamente.
—Hay algo más.
—¿Qué encontraste? —pregunto.
—Las siete corrientes parecen diferentes en la superficie, pero debajo comparten una estructura.
Superpone varios patrones mágicos.
Las líneas se cruzan.
Por un instante dejan de parecer siete redes.
Parecen fragmentos separados de un único circuito.
—Antes eran una sola cosa —concluye.
La piedra negra emite un pulso.
Una presión entra en mi cabeza.
No es una voz.
Tampoco una orden.
Solo una sensación breve.
Unirse.
Identidad despierta reacciona.
La presión se rompe antes de avanzar.
Miro las piedras.
—Alejémonos.
Hejin desactiva el monóculo.
—Necesito estudiar el punto donde convergen las corrientes.
—Eso significa entrar en la torre —dice Kwon.
—Preferiblemente sin provocar a las siete especies.
Kwon sonríe.
—Entonces necesitan a alguien discreto.
—Necesitamos a alguien que consiga volver —responde Eunbyeol.
—Siempre vuelvo.
—No siempre con lo que fuiste a buscar.
—Eso es una diferencia de interpretación.
Eunbyeol abre el Libro de los siete frentes.
—También necesitamos los registros de construcción y de ceremonias anteriores.
—El anciano dijo que esta era la primera Ceremonia del Nombre —recuerda Hejin.
—Eso dice la versión oficial.
Eunbyeol observa las piedras.
—No creo que la Torre haya preparado algo tan complejo para utilizarlo una sola vez.
Kwon se pone de pie.
—Buscaré los archivos.
—No uses el Manto del nombre borrado sin necesidad —dice Eunbyeol.
—¿Por qué todos creen que desperdicio mis habilidades?
Nadie responde.
Kwon nos mira uno por uno.
—Volveré en unas horas.
Después se aleja entre la multitud.
En menos de un minuto pierdo de vista su figura.
Eunbyeol y yo recorremos el distrito humano mientras Hejin permanece cerca de la plaza.
Las calles ya empiezan a transformarse.
Los establecimientos administrados por distintas especies cierran.
Un grupo de enanos retira herramientas de un taller compartido con humanos.
Los elfos cortan las ramas vivas que utilizaban para sostener andamios ajenos.
Las criaturas acuáticas bloquean algunos canales secundarios.
Nadie ataca.
Solo retiran lo que consideran suyo.
El problema es que la ciudad fue construida para que ninguna especie pudiera sostenerla por sí sola.
Un andamio se inclina cuando los elfos separan una rama.
Los humanos intentan reemplazarla con una viga común.
La madera no soporta el peso.
La plataforma cae.
Tres trabajadores quedan atrapados debajo.
Corro.
Levanto uno de los soportes antes de que termine de aplastarlos.
Eunbyeol observa la estructura.
—¡Saquen primero al de la derecha! ¡La columna lateral todavía puede sostener el peso!
Los humanos obedecen.
Un enano se acerca por reflejo.
Después se detiene.
Mira a los heridos.
Mira a los demás enanos que se alejan.
—Ese sector pertenece a los humanos —dice.
—Hay personas debajo —responde Eunbyeol.
—Ellos expulsaron a nuestros trabajadores de las plataformas centrales.
—¿Y eso significa que vas a dejarlos morir?
El enano aprieta la mandíbula.
Durante varios segundos no se mueve.
Finalmente saca una herramienta.
—La viga está trabada —dice—. Levántela un poco más.
Aumento la fuerza.
El enano golpea una unión metálica.
La pieza se parte.
Los trabajadores consiguen salir.
Una ventana aparece.
[Cooperación entre especies detectada.][Índice de propósito común: 79 % → 79,3 %.]
La torre deja de vibrar.
Solo durante unos segundos.
Pero todos lo notan.
Uno de los humanos rescatados sujeta el brazo del enano.
—Gracias, Bramm.
El enano lo mira.
—¿Me conocés?
El humano sonríe, creyendo que se trata de una broma.
—Trabajamos juntos desde que empezó el tercer nivel.
Bramm observa su mano.
—No recuerdo eso.
La sonrisa del humano desaparece.
—Compartimos taller durante seis años.
—Debés confundirme con otro.
—Fuiste a mi boda.
Bramm frunce el ceño.
—Nunca asistí a una boda humana.
El hombre señala uno de los grabados sobre el guante del enano.
—Ese símbolo representa a tu hermano. Me contaste que murió en una mina.
Bramm baja la mirada.
Sobre el cuero existe una marca casi borrada.
Pasa un dedo por encima.
—No tengo hermanos.
El humano queda inmóvil.
Eunbyeol también.
La marca termina de desaparecer.
Una pequeña ventana aparece frente a Bramm.
[Compatibilidad estructural aumentada.][Contradicción menor corregida.]
El enano contempla el mensaje.
No parece asustado.
Ni confundido.
Simplemente guarda la herramienta.
—Debo regresar con mi pueblo.
—Bramm —lo llama el humano.
Él continúa caminando.
No vuelve la cabeza.
Eunbyeol observa cómo se aleja.
—La Torre modificó su memoria.
—Eso parece.
—Lo hizo después de que cooperara con humanos.
—Todavía no sabemos si existe una relación directa.
Ella mira el guante sin grabado.
—La hay.
No discuto.
Pero un solo caso no alcanza para comprender el mecanismo.
Continuamos hacia el centro administrativo.
El Archivo del Nombre se encuentra dentro de un edificio de ladrillo blanco.
Sobre la entrada hay siete manos sosteniendo una torre.
Un guardia humano bloquea nuestro paso.
—El archivo está cerrado.
—Necesitamos revisar los registros de construcción —dice Eunbyeol.
—Los extranjeros no poseen autorización.
—La torre empezó a perder estabilidad.
—Por culpa de las demás especies.
—Ellas dicen lo mismo de ustedes.
El guardia endurece la expresión.
—Entonces mienten.
Eunbyeol no se aparta.
—¿Cómo sabés que tu revelación es verdadera?
—La vi.
—Los demás también vieron las suyas.
—No recibieron el mismo mensaje.
—Exactamente.
El guardia abre la boca.
La cierra.
Por un instante parece comprender la contradicción.
Después una pulsación recorre la torre.
Su rostro vuelve a relajarse.
—La revelación humana es verdadera.
—No dije que fuera falsa —responde Eunbyeol—. Pregunté por qué las otras no pueden serlo.
El guardia ya no contesta.
Tampoco permite que entremos.
—Necesitan autorización del Consejo Humano.
—¿Dónde podemos encontrarlo? —pregunto.
—En el cuadragésimo séptimo nivel.
Miro hacia la torre.
La cima continúa oculta.
—Kwon probablemente encuentre una entrada diferente —dice Eunbyeol cuando nos alejamos.
—Ese es su trabajo.
—Espero que no robe algo innecesario.
—Eso también es parte de su trabajo.
Encontramos a Hejin junto a uno de los canales.
Está examinando una válvula de distribución acompañada por una mujer de piel translúcida.
Pequeñas corrientes recorren el interior de sus brazos.
—Ella es Neria —dice Hejin—. Trabaja en los sistemas de refrigeración de la torre.
La mujer nos observa con desconfianza.
—Los enanos utilizan nuestros canales para alimentar sus forjas.
—¿Eso era un problema antes de la ceremonia? —pregunta Eunbyeol.
—No.
—¿Qué cambió?
Neria aprieta los dedos.
—Vi el Primer Mar convertido en vapor. Las forjas cubrían todo el horizonte.
—¿Viste a los enanos hacerlo?
—Vi el resultado.
Una imagen.
No una acción.
—¿Confiabas en ellos antes? —pregunto.
Neria tarda en responder.
—Trabajábamos juntos.
—No pregunté eso.
Mira el agua.
—Sí.
—¿Recordás sus nombres?
—Claro.
—Decí uno.
Abre la boca.
Nada sale.
Su expresión cambia.
—El maestro de las bombas era...
Se lleva una mano a la frente.
—Era...
Hejin se aproxima.
—No fuerces el recuerdo.
—Lo conocía.
—Lo sé.
—Su hija se casó el año pasado.
—¿Cómo se llamaba?
Neria empieza a respirar con dificultad.
—No lo sé.
El agua dentro de sus brazos se agita.
—Recuerdo la boda.
—Pero no a las personas —dice Hejin.
Neria la mira.
—¿Qué me hicieron?
No tenemos una respuesta.
Una ventana aparece sobre el canal.
[La separación cultural reduce la eficiencia de Babel.][La cooperación restaura la estructura.][Las diferencias innecesarias dificultan la unión.]
Neria lee la última línea.
—¿Diferencias innecesarias?
Hejin observa el circuito mágico conectado a su cuerpo.
—La Torre conserva el conocimiento que necesita.
—¿Qué significa eso?
—Recordás cómo funcionan los canales.
Neria asiente.
—Pero olvidaste a las personas con las que los construiste.
La función permanece.
El vínculo desaparece.
Neria se aleja de la válvula.
—No voy a seguir trabajando aquí.
La corriente azul conectada a ella se apaga.
El canal pierde presión.
A lo lejos, varios hornos disminuyen su intensidad.
[Índice de propósito común: 79,3 % → 78,8 %.][Integridad estructural: 99,5 %.]
La torre vibra.
Un sonido parecido a un gemido atraviesa los ladrillos.
Neria observa la estructura.
—Si me retiro, puede caer.
—Sí —responde Eunbyeol.
—Si regreso, puede quitarme más recuerdos.
Nadie contesta.
Las opciones fueron construidas para que ninguna sea aceptable.
Separarse y destruir Babel.
Unirse y permitir que la Torre decida qué partes de cada persona son necesarias.
Una campana de emergencia resuena.
—¡Los trabajadores élficos abandonaron el cuadrante norte!
La voz se extiende por toda la ciudad.
—¡Todos los habitantes capaces de colaborar deben regresar a sus puestos!
Neria cierra los ojos.
Después vuelve a conectar las manos con la válvula.
El agua recupera presión.
[Cooperación restablecida.][Compatibilidad aumentada.]
Las marcas culturales dibujadas sobre sus brazos empiezan a perder color.
Neria las contempla.
No se desconecta.
—Me llamo Neria —dice.
Hejin la mira.
—Sí.
—Decilo.
—Neria.
—Otra vez.
—Neria.
La mujer continúa trabajando.
Kwon no regresa durante las siguientes tres horas.
No es extraño.
Una infiltración dentro de una torre custodiada por siete especies puede tomar mucho más tiempo.
Nos instalamos en una posada cercana.
Pedimos cuatro platos.
El camarero trae tres.
Kwon todavía no está, así que nadie menciona el error.
Hejin organiza sus notas.
Eunbyeol compara las modificaciones del índice.
Yo observo la torre desde una ventana.
Las corrientes continúan separándose.
A veces dos vuelven a acercarse.
Cuando eso ocurre, algún detalle cambia en la ciudad.
Un cartel pierde un símbolo.
Una canción olvida una estrofa.
Dos trabajadores dejan de recordar una discusión que mantuvieron durante años.
Nada desaparece por completo.
Solo aquello que la Torre considera innecesario.
La puerta se abre.
Kwon entra.
—Encontré el archivo.
El camarero lo mira.
—¿Desea ordenar algo?
Kwon señala nuestra mesa.
—Ya pedí con ellos.
—No lo recuerdo.
—Eso explica por qué no trajiste mi comida.
El camarero consulta una tablilla.
—Solo hay tres pedidos.
Kwon me mira.
—Capitán, esto es discriminación contra los ladrones.
—Sentate.
Se deja caer en la cuarta silla.
No parece herido.
Tampoco especialmente cansado.
Coloca varios documentos sobre la mesa.
—Encontré registros de ceremonias anteriores.
Eunbyeol toma el primero.
—El guardia afirmó que esta era la primera.
—El guardia mintió o no lo sabe.
Los documentos son antiguos.
Algunos están dañados.
Otros tienen partes deliberadamente raspadas.
—¿Cuántas ceremonias hubo? —pregunta Hejin.
Kwon piensa.
—Varias.
—¿Cuántas?
—No sé.
—¿No las contaste?
—Sí.
—Entonces, ¿cuántas?
Kwon frunce el ceño.
—No recuerdo.
Hejin deja los documentos.
—¿Encontraste alguna defensa mental?
—Probablemente.
—¿Qué ocurrió?
Kwon se reclina.
—Entré en un sector que no figuraba en los planos.
—¿Qué había allí? —pregunto.
—Una cámara.
—¿Qué clase de cámara?
Kwon mira la mesa.
—Estaba cubierta de nombres.
—¿Registros de trabajadores?
—No.
Su sonrisa habitual pierde fuerza.
—Había nombres en las paredes, el suelo y el techo. Algunos estaban escritos. Otros no.
Eunbyeol levanta la mirada.
—¿Cómo puede existir un nombre sin estar escrito?
—No sé cómo explicarlo. Lo miraba y sabía que era el nombre de alguien.
—¿Entraste?
—Sí.
—¿Cómo?
Kwon tarda.
—No recuerdo la puerta.
—¿Y cómo saliste?
Silencio.
—Tampoco.
Hejin toma el monóculo.
—Dejame revisarte.
—Estoy bien.
—Olvidaste una parte de la infiltración.
—He olvidado cosas más importantes.
—Eso no ayuda.
El análisis no encuentra una maldición activa.
No hay daño mental visible.
Tampoco residuos de control.
Hejin termina el examen.
—Puede haber sido una defensa del archivo.
—Eso pensé.
Kwon toma uno de los platos.
Eunbyeol golpea su mano.
—Ese es mío.
—Yo no recibí comida.
—Pedí cuatro.
—El camarero trajo tres.
Kwon roba un trozo de todas formas.
Todo parece normal.
Los documentos muestran que la Ceremonia del Nombre se realizó muchas veces.
No existen fechas claras.
Algunas páginas parecen separadas por décadas.
Otras por siglos.
En todos los registros, el índice de propósito común aumenta durante un periodo.
Después cae de forma repentina.
La obra se detiene.
Las especies se separan.
Tiempo después, la construcción vuelve a comenzar.
—Babel ya atravesó varios ciclos —dice Eunbyeol.
—¿La torre fue destruida antes? —pregunta Kwon.
—No lo sabemos.
Hejin señala una parte raspada.
—Aquí falta el nombre del evento final.
Todas las ceremonias terminan del mismo modo.
Una línea borrada.
Una caída del propósito común.
La interrupción de la obra.
Después nada.
—Necesitamos acceder al registro original —dice Eunbyeol.
—Hay uno dentro del sector superior —responde Kwon—. No pude abrirlo.
—¿Por qué?
—Exige registrar a todos los visitantes.
—Entonces entraremos de forma oficial —dice Hejin.
Kwon la mira.
—¿Después de que robé sus archivos?
—Intentaremos no mencionarlo.
La entrada secundaria se encuentra en el nivel inferior de la torre.
Está controlada por elfos.
Las paredes están cubiertas de raíces vivas que se entrelazan con los ladrillos.
Un guardia revisa los permisos que Kwon encontró en el archivo.
No detecta la falsificación.
Tal vez no le importa.
Demasiados sectores están perdiendo estabilidad.
—Deben registrar sus nombres —dice.
Frente a la puerta aparecen cuatro espacios.
Eunbyeol coloca la mano sobre el primero.
[Kim Eunbyeol.]
Hejin utiliza el segundo.
[Lee Hejin.]
Coloco la palma sobre el tercero.
[Kim Cheonro.]
Kwon toca el último.
Nada ocurre.
Retira la mano.
Vuelve a intentarlo.
La piedra permanece apagada.
—Parece que no acepta criminales —dice.
—Probá sin el guante —sugiere Hejin.
Kwon se lo quita.
Apoya la mano.
Nada.
El guardia elfo observa la puerta.
—Ya están registrados.
—Falta él —digo.
Señalo a Kwon.
El elfo mira en esa dirección.
Sus ojos pasan por encima de su cuerpo.
No se detienen.
—¿Quién?
Kwon sonríe.
—Su seguridad es peor de lo que pensaba.
—No tenés el manto activado —dice Hejin.
—Lo sé.
La puerta emite un sonido.
[Participantes reconocidos: 3.][Acceso autorizado.]
Se abre.
Kwon observa el cuarto espacio.
—Entré antes sin registrarme. Quizá la Torre todavía no me considera un visitante nuevo.
La explicación no es buena.
Pero tampoco tenemos otra.
Atravesamos la entrada.
El interior está formado por un corredor estrecho cubierto de raíces.
Un segundo centinela espera junto a una mesa.
—Nombres —ordena.
—Kim Eunbyeol.
—Lee Hejin.
—Kim Cheonro.
El centinela escribe los tres.
Kwon espera.
El elfo deja la pluma.
—Pueden pasar.
—Falta uno —digo.
Revisa la lista.
—Hay tres.
—Somos cuatro.
Señalo hacia Kwon.
El centinela sigue mi mano.
Su mirada atraviesa el lugar donde está parado.
—No hay nadie ahí.
Kwon deja de sonreír.
—Estoy frente a vos.
El elfo gira la cabeza.
—¿Quién habló?
Hejin se vuelve hacia Kwon.
Durante un instante sus ojos parecen enfocarlo.
Después su expresión cambia.
Confusión.
—Capitán... —dice—. ¿Con quién está hablando?
Eunbyeol también mira en su dirección.
Tiene el Libro de los siete frentes entre las manos.
—Hay alguien ahí —dice.
No suena segura.
Kwon da un paso hacia ella.
—Soy yo.
Eunbyeol retrocede.
No como si estuviera frente a un enemigo.
Como si un desconocido hubiera aparecido demasiado cerca.
—¿Quién sos?
El corredor queda en silencio.
Kwon la observa.
No responde inmediatamente.
Creo que espera que se trate de una broma.
Eunbyeol no sonríe.
Hejin levanta el báculo.
—Capitán, aléjese de esa persona.
Kwon gira hacia mí.
Su rostro pierde color.
—¿Ellas no me reconocen?
Abro la boca.
Por un instante, el nombre no aparece.
Veo una silueta.
Una capa oscura.
Dos dagas.
Un sillón frente a un televisor.
Envolturas escondidas debajo de los almohadones.
Una voz que nunca permanece callada durante demasiado tiempo.
Después recuerdo un bosque.
Miles de años.
El Lobo repitiendo los nombres que elegía para cada integrante de la manada.
Sombra ruidosa.
La contradicción se rompe.
—Kwon Taesung —digo.
Las raíces de las paredes se detienen.
La puerta se cierra detrás de nosotros.
Todo el corredor vibra.
Una ventana roja aparece.
[ERROR.][Se ha pronunciado un nombre inexistente.]
Kwon permanece frente a mí.
Vivo.
Respirando.
Pero para Babel, ya no existe.