***
—Hoy, los cazadores considerados héroes de la nación ingresarán al décimo piso de la Torre. ¿Qué piensa de esta incursión, señor Cheol?
En la televisión, un hombre mayor acomodó sus anteojos antes de responder.
—Ellos representan la esperanza de nuestro país y de gran parte de la humanidad. Necesitamos que regresen victoriosos.
Detrás de él aparecieron imágenes de ciudades destruidas y columnas de refugiados avanzando entre vehículos abandonados.
—Tres países ya han perdido gran parte de su territorio ante los monstruos: Australia, Mongolia y Kazajistán. No podemos permitir que vuelva a ocurrir.
La presentadora adoptó una expresión solemne.
—Tampoco debemos olvidar a los más de tres millones de personas que murieron como consecuencia de anteriores fracasos en la conquista de la Torre.
Cambié de canal.
No quería que Eunbyeol siguiera viendo aquellas imágenes.
Sin embargo, la siguiente transmisión hablaba exactamente de lo mismo.
—¡Estamos en las inmediaciones de la grieta estadounidense! —gritaba un periodista, intentando hacerse escuchar por encima de los helicópteros—. Somos el único equipo autorizado a permanecer tan cerca y transmitiremos en exclusiva el momento en que los héroes regresen victoriosos.
Detrás de él podía verse la grieta.
Una abertura negra suspendida sobre una base militar, rodeada de vehículos blindados, soldados y barreras de contención.
—El Santo de la Espada ha ingresado junto a los miembros principales de su gremio —continuó—. También participan dos sanadores de rango S y varios de los cazadores más poderosos de Estados Unidos.
La seguridad de su voz resultaba contagiosa.
Los soldados conversaban.
Algunos incluso sonreían.
Cerca de la entrada habían preparado una alfombra, cámaras y una multitud de funcionarios para recibir a los vencedores.
Todos esperaban una celebración.
Nadie parecía contemplar la otra posibilidad.
Eunbyeol permanecía sentada a mi lado, abrazando sus rodillas.
—¿Van a ganar? —preguntó.
Miré la grieta.
—Deberían.
Era lo que decían los informes.
El grupo había estudiado la prueba durante meses. Llevaban los mejores artefactos disponibles y estaban formados por cazadores que habían sobrevivido a decenas de incursiones.
No había motivos para que fracasaran.
Seguimos observando la transmisión.
Pasaron varios minutos.
Después una hora.
El periodista continuaba hablando, repitiendo datos sobre los participantes y celebrando anticipadamente la victoria.
Hasta que el cielo cambió.
Primero fue una pequeña mancha rojiza sobre la grieta.
Luego se extendió con una velocidad imposible.
Las nubes se tiñeron de carmesí.
La luz del sol desapareció.
En cuestión de segundos, el cielo entero adquirió el color de la sangre.
El periodista dejó de hablar.
La sonrisa se borró de su rostro.
Yo me levanté de inmediato.
Conocía aquel fenómeno.
Todos lo conocíamos.
El cielo rojo solo significaba una cosa.
La incursión había fracasado.
—Papá... —murmuró Eunbyeol—. ¿Qué está pasando?
En la pantalla comenzaron a sonar alarmas.
Los soldados formaron líneas frente a la grieta. Los vehículos blindados giraron sus cañones y los funcionarios corrieron hacia los refugios.
El periodista miró a un lado, esperando instrucciones que nunca llegaron.
—Parece que se ha producido una anomalía —dijo, aunque su voz ya temblaba—. Solicitamos a los espectadores que mantengan la calma. Las fuerzas armadas tienen la situación bajo...
La grieta se estremeció.
Una mano gigantesca apareció desde el interior.
Sus dedos, largos y deformes, se aferraron a los bordes de la abertura.
El espacio comenzó a crujir.
La criatura tiró hacia ambos lados.
La grieta se ensanchó.
—Dios mío...
El periodista retrocedió.
Una segunda mano salió de la oscuridad.
Luego apareció una boca.
Era tan grande que ocupaba casi toda la abertura. Tenía varias filas de dientes irregulares y una lengua cubierta de pequeños ojos.
La criatura rugió.
El sonido atravesó los altavoces del televisor y sacudió las ventanas de nuestra casa.
Los soldados abrieron fuego.
Las balas desaparecieron dentro de la boca sin provocar ningún daño.
Después, los monstruos comenzaron a salir.
Primero se arrastraron criaturas de seis patas, con cuerpos delgados y mandíbulas humanas.
Luego aparecieron bestias cubiertas de placas oscuras.
Otras extendieron alas membranosas y se elevaron sobre la base, atacando los helicópteros antes de que pudieran alejarse.
La transmisión perdió estabilidad.
La cámara cayó al suelo.
Durante unos segundos solo mostró piernas corriendo, sangre y sombras que pasaban sobre el lente.
El periodista intentó huir.
No llegó demasiado lejos.
Una criatura descendió frente a él.
Tenía el cuerpo de un insecto y el rostro de un hombre sin ojos.
El periodista levantó los brazos.
El monstruo le mordió la cabeza.
La transmisión se cortó.
La pantalla quedó negra.
Me giré hacia Eunbyeol.
Estaba pálida.
Sus ojos permanecían clavados en el televisor apagado.
—Tenemos que irnos —dije.
—¿Qué?
Agarré una mochila y comencé a guardar todo lo que encontraba: agua, comida, medicamentos y una linterna.
—La grieta está en Estados Unidos —dijo ella—. Estamos muy lejos.
—No lo suficiente.
Una grieta de ese nivel no liberaba monstruos únicamente alrededor de su entrada.
Cuando una incursión de piso alto fracasaba, aparecían brechas secundarias conectadas a ella.
En otras ciudades.
En otros países.
A veces en otros continentes.
La primera señal siempre era el cielo rojo.
Y el cielo sobre nuestra casa ya empezaba a cambiar.
Eunbyeol miró por la ventana.
Su respiración se detuvo.
Sobre los edificios, una mancha carmesí se extendía lentamente entre las nubes.
—Papá...
—Ponete los zapatos.
—Pero mamá todavía no volvió.
Me quedé inmóvil.
No teníamos tiempo.
Pero tampoco podía decírselo.
—Vamos a buscarla.
—¿Y si los monstruos llegan antes?
Tomé el arma que guardaba junto a la puerta.
En aquellos tiempos todavía no era el cazador más fuerte.
Ni siquiera estaba cerca.
Pero era su padre.
Y eso debía bastar.
—Entonces tendrán que pasar sobre mí primero.
Sujetando la mano de Eunbyeol, salí de la casa.
Detrás de nosotros, las sirenas comenzaron a resonar por toda la ciudad.
***
Abrí los ojos.
Durante un instante, todavía sentía la pequeña mano de Eunbyeol apretando la mía.
Pero ya no estaba allí.
Frente a mí solo se encontraba la televisión del orfanato, transmitiendo noticias sobre las nuevas asociaciones de despertados.
Mis manos temblaban.
Aquella había sido la primera vez que el cielo se volvió rojo.
Y también el comienzo del fin de nuestra antigua vida.
Miré a Eunji, que jugaba en el suelo sin comprender por qué me había quedado inmóvil.
Esta vez no permitiría que la humanidad llegara al décimo piso sin estar preparada.
Apenas empiezo a relajarme, el teléfono vibra dentro de mi bolsillo.
—¿Sí?
—Señor Kim Cheonro —responde el secretario presidencial—. El cazador Kwon Taesung ha salido de la Torre. Se encuentra en su departamento y se niega a responder nuestras preguntas. Dijo que solo hablaría con usted.
Últimamente parecía más mi secretario que el del presidente.
—Entendido. Gracias por avisarme.
Corto la llamada y miro a Eunji.
—Tengo que irme.
La niña se aferra a mi manga.
—¿Vas a volver?
—Mañana.
Después de despedirme de ella y de Seolhwa, salgo del orfanato y me dirijo rápidamente hacia el departamento.
Cuando abro la puerta, encuentro a Kwon de pie en medio de la sala.
Su ropa está cubierta de tierra, sangre seca y pequeños cortes. Lleva una capa desgarrada sobre los hombros y varias piezas de armadura de cuero oscuro protegen su pecho, brazos y piernas.
Pero eso no es lo que más llama mi atención.
El aire a su alrededor cambió.
Su respiración es más lenta.
Sus pasos son más silenciosos.
La forma en la que distribuye el peso sobre sus piernas es completamente diferente.
La Torre ya comenzó a transformarlo.
—Así que regresaste —digo.
Antes de que pueda pronunciar otra palabra, Kwon se impulsa hacia mí.
Su puño corta el aire con fuerza.
Inclino apenas la cabeza.
El golpe pasa junto a mi rostro.
—Ah...
Suspiro.
—Los jóvenes de hoy en día ni siquiera saben saludar.
Kwon gira sobre un pie y lanza una patada contra mis costillas.
Esta vez avanzo.
Entro dentro de su alcance y golpeo su estómago con el puño, controlando cuidadosamente la fuerza.
—¡Puaj!
Escupe saliva sobre el suelo y retrocede, pero no cae.
Interesante.
Antes de entrar a la Torre, un golpe así lo habría dejado inconsciente.
—Al menos ya podés resistir esta cantidad de fuerza.
Kwon se limpia la boca con el dorso de la mano.
—Sigo sin poder tocarte.
—Estuviste más cerca.
—Moviste solamente la cabeza.
—Eso sigue siendo una mejora.
Su expresión se retuerce de fastidio, pero alcanzo a notar una pequeña sonrisa.
No intentaba lastimarme.
Solo quería comprobar cuánto había cambiado.
Me siento en uno de los sillones.
—Contame qué ocurrió.
Kwon permanece de pie durante unos segundos.
Luego se deja caer sobre el sofá.
—El primer piso no fue como lo describiste.
Eso despierta mi atención.
—¿Qué misión recibiste?
Kwon levanta la mano.
Una ventana azul aparece frente a él.
[Registro del primer piso]
[Escenario: La represalia de Clemen.]
[Objetivo principal: conquistar la aldea goblin de Ragor.]
[Objetivos secundarios:]
[Destruir los depósitos de armas.]
[Liberar a los prisioneros humanos.]
[Eliminar al jefe de la aldea.]
[Sobrevivir al contraataque goblin.]
Entrecierro los ojos.
La represalia de Clemen.
El escenario había continuado después de mi partida.
—¿Quién estaba al mando? —pregunto.
—Un general llamado Coran.
Mi cuerpo se queda inmóvil por un instante.
Kwon continúa:
—También había dos comandantes. Enrique y Horacio.
Así que sobrevivieron.
No solo eso.
La Torre había conservado las consecuencias de mi conquista.
Los hombres que salvé durante la defensa de Clemen ahora participaban en las pruebas de quienes entraban después de mí.
—Cuando llegué, el ejército ya estaba preparado —explica Kwon—. Había casi cuatrocientos soldados, cincuenta arqueros y treinta jinetes.
—¿Solamente eso?
—¿Solamente?
—La aldea debía tener más de mil goblins.
Kwon me mira con molestia.
—Tenía casi dos mil.
Asiento.
Seguía siendo una prueba peligrosa.
Pero comparada con la defensa original, donde tuvimos que resistir contra miles de enemigos con recursos limitados, era considerablemente más sencilla.
Los oficiales sobrevivientes habían reducido la dificultad.
—Coran dijo que la aldea pertenecía al ejército que atacó Clemen —continúa Kwon—. Después de perder a su comandante, los goblins se retiraron y se refugiaron allí.
—Entonces el piso conserva la historia.
—Eso parece.
Kwon se acomoda contra el respaldo.
—También hablaron de vos.
—¿Qué dijeron?
—Te llamaban general Dionis.
Su voz adquiere un tono burlón.
—El salvador de Clemen. El hombre que mató al señor feudal, tomó el mando de la ciudad y atravesó un ejército goblin con treinta caballeros.
—Parece una descripción razonable.
—También dijeron que eras un bastardo arrogante.
—Eso probablemente lo dijo Coran.
—Lo dijo Enrique.
Me quedo en silencio.
Kwon sonríe satisfecho por haber ganado aquella pequeña discusión.
—¿Qué función te dieron? —pregunto.
—Explorador.
Eso tenía sentido.
Su destreza y su habilidad para moverse silenciosamente eran más útiles fuera de la formación principal.
—Debía infiltrarme en la aldea antes del ataque, eliminar a los vigías y abrir la puerta occidental.
—¿Lo conseguiste?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estás cubierto de heridas?
Su sonrisa desaparece.
Kwon baja la mirada hacia sus manos.
—Porque abrir la puerta solo fue el comienzo.
Durante unos segundos permanece callado.
—Los goblins sabían que íbamos a atacar. Habían cavado pozos, colocado trampas y escondido arqueros entre las casas.
Aprieta lentamente los dedos.
—Cuando los soldados entraron, empezó la matanza.
Su voz ya no contiene arrogancia.
—Vi a un hombre pisar una trampa y desaparecer debajo del suelo. Otro recibió una flecha en el cuello. Un goblin pequeño se escondió debajo de un cadáver y le abrió el estómago a un soldado cuando pasó cerca.
No lo interrumpo.
—Yo creía que sería sencillo —admite—. Teníamos más fuerza, mejores armas y generales que ya habían luchado contra ellos.
Mira la sangre seca sobre su ropa.
—Pero seguían muriendo.
La Torre podía reducir la dificultad.
No podía eliminar la guerra.
—¿Cuántos? —pregunto.
—Más de cien antes de alcanzar el centro de la aldea.
Kwon cierra los ojos.
—Algunos ni siquiera llegaron a ver al enemigo.
El primer campo de batalla siempre era el peor.
No por la fuerza del adversario.
Sino porque allí uno comprendía que la muerte no era una posibilidad lejana.
Era algo rápido.
Desordenado.
Y, casi siempre, injusto.
—¿Qué pasó después? —pregunto.
—Encontramos a los prisioneros.
Kwon vuelve a levantar la mirada.
—Había veintitrés humanos encerrados dentro de una jaula. Algunos eran habitantes de Clemen. Otros pertenecían a aldeas cercanas.
—¿El ejército continuó con el ataque?
—Coran ordenó que siguiéramos avanzando. El jefe goblin estaba intentando escapar y, si lo perdíamos, la misión podía fracasar.
—Pero vos no seguiste la orden.
Kwon permanece callado.
Ya conocía esa expresión.
—Los goblins prendieron fuego al edificio donde estaban los prisioneros —dice finalmente—. Si seguía al ejército, todos iban a morir.
—Así que regresaste.
—Sí.
—¿Solo?
—Dos soldados vinieron conmigo.
Su mandíbula se tensa.
—Uno murió sosteniendo una puerta para que pudiéramos sacar a los prisioneros.
Ahí estaba.
La marca que había notado al verlo.
No era una nueva estadística.
Era el peso de una muerte que todavía no sabía cómo cargar.
—¿Su nombre? —pregunto.
Kwon parece sorprendido.
—Park Jisung.
—Recordalo.
—No creo que pueda olvidarlo.
—Eso también sirve.
Kwon desvía la mirada.
—Después de liberar a los prisioneros, alcancé al ejército cerca de la plaza central. El jefe goblin estaba rodeado por decenas de guerreros.
—¿Coran seguía vivo?
—Sí. Él y Horacio dirigían el ataque de frente. Enrique había perdido un brazo, pero seguía peleando.
Una sonrisa ligera aparece en mi rostro.
Eso sonaba como ellos.
—¿Quién mató al jefe?
Kwon señala su propio pecho.
—Yo.
—¿Cómo?
—Mientras todos miraban a Coran, entré por el techo de una casa.
Se inclina ligeramente hacia adelante.
—Corté los tendones detrás de sus rodillas, le abrí el brazo con el que sostenía el hacha y después le clavé el cuchillo debajo de la mandíbula.
Eficiente.
Preciso.
Cruel.
La forma de combatir del futuro Demonio Despiadado ya comenzaba a aparecer.
—¿Y el contraataque?
—Cuando murió el jefe, los goblins intentaron huir. Pero llegaron refuerzos desde el bosque.
—¿Cuántos?
—Más de quinientos.
—¿Con cuántos soldados contaban ustedes?
—Menos de doscientos.
Kwon suelta una risa seca.
—Durante la última hora pensé que iba a morir cada cinco minutos.
—Pero sobreviviste.
—No gracias a vos.
—Fui yo quien te entrenó.
—Durante una semana.
—Una semana muy eficiente.
Kwon me mira con odio antes de continuar:
—Coran formó una línea en la entrada de la aldea. Los arqueros ocuparon los techos y nosotros utilizamos las casas incendiadas para cerrar los caminos.
Así que no se limitó a pelear.
También observó el campo de batalla y utilizó el terreno.
—Cuando los goblins perdieron suficiente gente, huyeron —termina—. Entonces apareció esto.
Mueve una mano y cambia la ventana.
[Primer piso completado.]
[Objetivo principal: completado.]
[Depósitos de armas destruidos: 3/3.]
[Prisioneros liberados: 23/23.]
[Jefe de la aldea eliminado.]
[Contraataque repelido.]
[Supervivencia del ejército de Clemen: 46 %.]
[Evaluando contribución individual...]
[Infiltración: S.]
[Eliminaciones: A.]
[Rescate: S.]
[Contribución estratégica: A.]
[Tasa de finalización: S.]
No estaba mal.
En realidad, era bastante impresionante para alguien que había entrado por primera vez.
—Una finalización de rango S —digo—. Mejor de lo que esperaba.
—¿Eso es un cumplido?
—No te acostumbres.
Kwon cambia nuevamente la pantalla.
[Recompensas obtenidas:]
[Habilidad: Corte incapacitante — Rango B.]
[Kit de protección de Clemen — Rango B.]
[Experiencia adicional por evaluación S.]
[Puntos nacionales obtenidos: 4.]
Observo la armadura que lleva puesta.
El kit está compuesto por una pechera de cuero oscuro reforzada con placas metálicas, protectores de antebrazos, botas ligeras, guantes y una capa corta.
No parece pesado.
Está diseñado para alguien que necesita moverse con libertad.
—Mostrame la descripción de la habilidad.
Kwon abre otra ventana.
[Corte incapacitante — B]
[Permite reconocer con mayor facilidad músculos, tendones, articulaciones y puntos vulnerables del objetivo.]
[Los ataques realizados sobre dichas zonas aumentan su precisión y capacidad de incapacitación.]
[El efecto aumenta cuando el usuario utiliza armas cortas.]
Una habilidad perfecta para él.
—¿Y el equipo?
[Kit de protección de Clemen — B]
[Conjunto diseñado para exploradores y unidades de infiltración.]
[Aumenta ligeramente la resistencia a cortes y perforaciones.]
[Reduce el sonido producido por los movimientos.]
[Al utilizar todas las piezas, aumenta la velocidad de desplazamiento en un 5 %.]
—Tu suerte sigue siendo mala —digo—, pero la Torre te dio recompensas bastante adecuadas.
—También subí de nivel.
—¿A cuánto?
—Nivel cinco.
—Estado.
Kwon suspira.
—¿Tengo que decirte todo?
—Sí.
—Fuerza trece. Destreza dieciocho. Resistencia 50. Magia cero. Suerte uno.
—Seguís teniendo una suerte lamentable.
—Conseguí rango S.
—A pesar de tu suerte, no gracias a ella.
Kwon aprieta los dientes.
—También obtuve diez puntos libres.
—No los distribuyas todavía.
—Pensaba ponerlos todos en destreza.
—Por eso no deberías distribuirlos sin consultarme.
—Mi forma de pelear depende de la velocidad.
—Tu cuerpo también necesita resistir los golpes cuando cometas un error.
—No pienso cometerlos.
—Intentaste golpearme apenas entré.
—Eso no fue un error.
—Terminaste escupiendo en el suelo.
Kwon mira la mancha junto a sus pies.
—Fue una inversión educativa.
Me reclino en el sillón.
La conquista de Kwon había confirmado algo importante.
Mi paso por el primer piso no había desaparecido.
Las personas que salvé continuaban allí.
Mis acciones habían reducido la dificultad para los siguientes participantes y cambiado por completo la misión.
La Torre recordaba.
Y, más importante aún, construía sus nuevas pruebas sobre las decisiones tomadas por quienes habían entrado antes.
—¿Qué ocurre? —pregunta Kwon—. Tenés una expresión extraña.
—Nada.
Observo nuevamente el registro.
Coran.
Enrique.
Horacio.
Seguían vivos.
Tal vez fueran parte de un mundo creado por la Torre.
Tal vez no.
Pero continuaban luchando después de que yo me marchara.
Por ahora, eso era suficiente.
—Descansá —le digo a Kwon—. Mañana volvemos a entrenar.
Su expresión se congela.
—Acabo de pasar varios días peleando en una guerra.
—Entonces ya estás caliente.
—Vi morir a más de cien personas.
—Y mañana podrían morir más si no aprendés de lo ocurrido.
Kwon guarda silencio.
La molestia en su rostro desaparece poco a poco.
—A las seis —dice finalmente.
—A las cinco.
—¿Por qué una hora antes?
—Ahora sos un cazador de rango S en el primer piso.
Sonrío ligeramente.
—El entrenamiento también debe aumentar de dificultad.