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Capítulo 20: Piso 1 abierto (4)

NicolasCheonro

Contenido de la publicación

***

—Hoy, los cazadores considerados héroes de la nación ingresarán al décimo piso de la Torre. ¿Qué piensa de esta incursión, señor Cheol?

En la televisión, un hombre mayor se acomodó los anteojos antes de responder.

—Ellos representan la esperanza de nuestro país y de gran parte de la humanidad. Necesitamos que regresen victoriosos.

Detrás de él aparecieron imágenes de ciudades destruidas y columnas de refugiados avanzando entre vehículos abandonados.

—Tres países ya han perdido buena parte de su territorio ante los monstruos: Australia, Mongolia y Kazajistán. No podemos permitir que vuelva a ocurrir.

La presentadora adoptó una expresión solemne.

—Tampoco debemos olvidar a los más de tres millones de personas que murieron como consecuencia de anteriores fracasos en la conquista de la Torre.

Cambié de canal.

No quería que Eunbyeol siguiera contemplando aquellas imágenes.

Sin embargo, la siguiente transmisión hablaba exactamente de lo mismo.

—¡Estamos en las inmediaciones de la grieta estadounidense! —gritaba un periodista, intentando hacerse escuchar por encima de los helicópteros—. Somos el único equipo autorizado a permanecer tan cerca y transmitiremos en exclusiva el momento en que los héroes regresen victoriosos.

Detrás de él podía verse la grieta: una abertura negra suspendida sobre una base militar, rodeada por vehículos blindados, soldados y barreras de contención.

—El Santo de la Espada ingresó junto con los miembros principales de su gremio —continuó—. También participan dos sanadores de rango S y varios de los cazadores más poderosos de Estados Unidos.

La seguridad de su voz resultaba contagiosa. Los soldados conversaban y algunos incluso sonreían. Cerca de la entrada habían preparado una alfombra, cámaras y una multitud de funcionarios para recibir a los vencedores.

Todos esperaban una celebración.

Nadie parecía contemplar la otra posibilidad.

Eunbyeol permanecía sentada a mi lado, abrazándose las rodillas.

—¿Van a ganar? —preguntó.

Miré la grieta.

—Deberían.

Eso afirmaban los informes. El grupo había estudiado la prueba durante meses, llevaba los mejores artefactos disponibles y estaba formado por cazadores que sobrevivieron a decenas de incursiones.

No había motivos para que fracasaran.

Seguimos observando la transmisión.

Pasaron varios minutos.

Después, una hora.

El periodista continuaba hablando, repitiendo datos sobre los participantes y celebrando anticipadamente la victoria.

Hasta que el cielo cambió.

Primero apareció una pequeña mancha rojiza sobre la grieta. Luego se extendió a una velocidad imposible. Las nubes se tiñeron de carmesí y la luz del sol desapareció.

En cuestión de segundos, el cielo entero adquirió el color de la sangre.

El periodista dejó de hablar.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Me levanté de inmediato.

Conocía aquel fenómeno.

Todos lo conocíamos.

El cielo rojo solo podía significar una cosa.

La incursión había fracasado.

—Papá... —murmuró Eunbyeol—. ¿Qué está pasando?

Las alarmas empezaron a sonar en la pantalla. Los soldados formaron líneas frente a la grieta, los vehículos blindados giraron sus cañones y los funcionarios corrieron hacia los refugios.

El periodista miró hacia un costado, esperando instrucciones que nunca llegaron.

—Parece que se produjo una anomalía —dijo, aunque su voz ya temblaba—. Solicitamos a los espectadores que mantengan la calma. Las fuerzas armadas tienen la situación bajo...

La grieta se estremeció.

Una mano gigantesca surgió de su interior. Sus dedos, largos y deformes, se aferraron a los bordes de la abertura.

El espacio crujió.

La criatura tiró hacia ambos lados y ensanchó la grieta.

—Dios mío...

El periodista retrocedió.

Una segunda mano emergió de la oscuridad.

Después apareció una boca tan grande que ocupaba casi toda la abertura. Tenía varias filas de dientes irregulares y una lengua cubierta de pequeños ojos.

La criatura rugió.

El sonido atravesó los altavoces del televisor y sacudió las ventanas de nuestra casa.

Los soldados abrieron fuego. Las balas desaparecieron dentro de aquella boca sin causarle ningún daño.

Entonces los monstruos empezaron a salir.

Primero se arrastraron criaturas de seis patas, con cuerpos delgados y mandíbulas humanas. Después aparecieron bestias cubiertas de placas oscuras. Otras extendieron alas membranosas y atacaron los helicópteros antes de que pudieran alejarse.

La transmisión perdió estabilidad.

La cámara cayó al suelo y, durante unos segundos, solo mostró piernas corriendo, sangre y sombras que pasaban sobre el lente.

El periodista intentó huir.

No llegó muy lejos.

Una criatura descendió frente a él. Tenía cuerpo de insecto y rostro de hombre sin ojos.

El periodista levantó los brazos.

El monstruo le arrancó la cabeza de una mordida.

La transmisión se cortó.

La pantalla quedó negra.

Me volví hacia Eunbyeol.

Estaba pálida y no apartaba los ojos del televisor.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué?

Tomé una mochila y empecé a guardar todo lo que encontraba: agua, comida, medicamentos y una linterna.

—La grieta está en Estados Unidos —dijo—. Estamos muy lejos.

—No lo suficiente.

Una grieta de ese nivel no liberaba monstruos únicamente alrededor de su entrada. Cuando una incursión de un piso alto fracasaba, aparecían brechas secundarias conectadas a ella en otras ciudades, países e incluso continentes.

La primera señal siempre era el cielo rojo.

Y el cielo sobre nuestra casa ya empezaba a cambiar.

Eunbyeol miró por la ventana y contuvo la respiración.

Sobre los edificios, una mancha carmesí se extendía lentamente entre las nubes.

—Papá...

—Ponete los zapatos.

—Pero mamá todavía no volvió.

Me quedé inmóvil.

No teníamos tiempo.

Pero tampoco podía decírselo.

—Vamos a buscarla.

—¿Y si los monstruos llegan antes?

Tomé el arma que guardaba junto a la puerta.

—Entonces tendrán que pasar sobre mí primero.

Sujetando la mano de Eunbyeol, salí de la casa.

Detrás de nosotros, las sirenas comenzaron a resonar por toda la ciudad.

***

Abro los ojos.

Durante un instante todavía siento la pequeña mano de Eunbyeol apretando la mía.

Pero ya no está allí.

Frente a mí solo se encuentra la televisión del orfanato, transmitiendo noticias sobre las nuevas asociaciones de despertados.

Mis manos tiemblan.

Aquella fue la primera vez que vi el cielo volverse rojo.

También fue el principio del fin de nuestra antigua vida.

Miro a Eunji, que juega en el suelo sin comprender por qué me he quedado inmóvil.

Esta vez no permitiré que la humanidad alcance el décimo piso sin estar preparada.

Apenas consigo relajar los hombros, el teléfono vibra dentro de mi bolsillo.

—¿Sí?

—Señor Kim Cheonro —responde el secretario presidencial—. El cazador Kwon Taesung salió de la Torre. Lo trasladamos a su departamento, pero se niega a responder nuestras preguntas. Dijo que solo hablaría con usted.

Últimamente parece más mi secretario que el del presidente.

—Entendido. Gracias por avisarme.

Corto la llamada y miro a Eunji.

—Tengo que irme.

La niña se aferra a mi manga.

—¿Vas a volver?

—Mañana.

Después de despedirme de ella y de Seolhwa, salgo del orfanato y regreso rápidamente al departamento.

Cuando abro la puerta, encuentro a Kwon de pie en medio de la sala.

Su ropa está cubierta de tierra, sangre seca y cortes pequeños. Lleva una capa desgarrada sobre los hombros y varias piezas de armadura de cuero oscuro protegen su pecho, sus brazos y sus piernas.

Sin embargo, eso no es lo que más llama mi atención.

El aire a su alrededor ha cambiado. Su respiración es más lenta, sus movimientos producen menos ruido y distribuye el peso sobre las piernas de una forma completamente diferente.

La Torre ya empezó a transformarlo.

—Así que regresaste.

Antes de que pueda decir otra cosa, Kwon se impulsa hacia mí.

Su puño corta el aire.

Inclino apenas la cabeza y el golpe pasa junto a mi rostro.

—Ah...

Suspiro.

—Los jóvenes de hoy en día ni siquiera saben saludar.

Kwon gira sobre un pie y lanza una patada contra mis costillas.

Esta vez avanzo. Entro en su alcance y golpeo su estómago con el puño, controlando cuidadosamente la fuerza.

—¡Puaj!

Escupe saliva sobre el suelo y retrocede, pero no cae.

Interesante.

Antes de entrar en la Torre, un golpe así lo habría dejado inconsciente.

—Al menos ya podés resistir esta cantidad de fuerza.

Kwon se limpia la boca con el dorso de la mano.

—Sigo sin poder tocarte.

—Estuviste más cerca.

—Solo moviste la cabeza.

—Eso sigue siendo una mejora.

Su expresión se retuerce de fastidio, aunque alcanzo a notar una sonrisa.

No intentaba lastimarme.

Solo quería comprobar cuánto había cambiado.

Me siento en uno de los sillones.

—Contame qué ocurrió.

Kwon permanece de pie unos segundos antes de dejarse caer sobre el sofá.

—El primer piso no fue como lo describiste.

Eso despierta mi atención.

—¿Qué misión recibiste?

Kwon levanta una mano y una ventana azul aparece frente a él.

[Registro del primer piso]

[Escenario: La represalia de Clemen.]

[Objetivo principal: conquistar la aldea goblin de Ragor.]

[Objetivos secundarios:]

[Destruir los depósitos de armas.]

[Liberar a los prisioneros humanos.]

[Eliminar al jefe de la aldea.]

[Sobrevivir al contraataque goblin.]

Entrecierro los ojos.

La represalia de Clemen.

El escenario continuó después de mi partida.

—¿Quién estaba al mando?

—Un general llamado Horacio. Su segundo era Enrique.

Mi cuerpo se queda inmóvil durante un instante.

Así que los dos sobrevivieron.

No solo eso: la Torre conservó las consecuencias de mi conquista. Los hombres que salvé durante la defensa de Clemen ahora participan en las pruebas de quienes entran después de mí.

—Cuando llegué, el ejército ya estaba preparado —explica Kwon—. Había casi cuatrocientos soldados, cincuenta arqueros y treinta jinetes.

—¿Solamente eso?

—¿Solamente? La aldea tenía casi dos mil goblins.

Asiento.

Seguía siendo una prueba peligrosa, pero, comparada con la defensa original, donde tuvimos que resistir contra miles de enemigos y recursos limitados, resultaba considerablemente más sencilla.

Los supervivientes habían reducido la dificultad para quienes llegaran después.

—Horacio dijo que la aldea pertenecía al ejército que atacó Clemen —continúa Kwon—. Después de perder a su comandante, los goblins huyeron y se refugiaron allí.

—Entonces el piso conserva la historia.

—Eso parece.

Kwon se acomoda contra el respaldo.

—También hablaron de vos.

—¿Qué dijeron?

—Te llamaban general Dionis.

Su voz adquiere un tono burlón.

—El Salvador de Clemen. El hombre que mató al señor feudal, tomó el mando de la ciudad y atravesó un ejército goblin con treinta caballeros.

—Parece una descripción razonable.

—También dijeron que eras un bastardo arrogante.

—Eso probablemente lo dijo Enrique.

—Sí.

Guardo silencio.

Kwon sonríe, satisfecho por haber ganado aquella pequeña discusión.

—¿Qué función te asignaron?

—Explorador.

Tiene sentido. Su Destreza y su capacidad para moverse en silencio son más útiles fuera de la formación principal.

—Debía infiltrarme antes del ataque, eliminar a los vigías y abrir la puerta occidental.

—¿Lo conseguiste?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estás cubierto de heridas?

Su sonrisa desaparece.

Kwon baja la mirada hacia sus manos.

—Porque abrir la puerta solo fue el comienzo. Los goblins sabían que íbamos a atacar. Habían cavado pozos, colocado trampas y escondido arqueros entre las casas.

Aprieta lentamente los dedos.

—Cuando los soldados entraron, empezó la matanza.

Su voz ya no contiene arrogancia.

—Vi a un hombre pisar una trampa y desaparecer bajo el suelo. Otro recibió una flecha en el cuello. Un goblin pequeño se escondió debajo de un cadáver y le abrió el estómago a un soldado cuando pasó cerca.

No lo interrumpo.

—Creí que sería sencillo —admite—. Teníamos más fuerza, mejores armas y comandantes que ya habían luchado contra ellos.

Mira la sangre seca de su ropa.

—Pero seguían muriendo.

La Torre puede reducir la dificultad.

No puede eliminar la guerra.

—¿Cuántos? —pregunto.

—Más de cien antes de alcanzar el centro de la aldea.

Kwon cierra los ojos.

—Algunos ni siquiera llegaron a ver al enemigo.

El primer campo de batalla siempre es el peor.

No por la fuerza del adversario, sino porque allí uno comprende que la muerte no es una posibilidad lejana.

Es rápida, desordenada y casi siempre injusta.

—¿Qué pasó después?

—Encontramos a los prisioneros.

Kwon vuelve a levantar la mirada.

—Había veintitrés humanos encerrados dentro de una jaula. Algunos eran habitantes de Clemen; otros pertenecían a aldeas cercanas.

—¿El ejército continuó con el ataque?

—Horacio ordenó que siguiéramos avanzando. El jefe goblin intentaba escapar y, si lo perdíamos, la misión podía fracasar.

—Pero vos no seguiste la orden.

Kwon permanece callado.

Ya conozco esa expresión.

—Los goblins incendiaron el edificio donde estaban los prisioneros —explica finalmente—. Si seguía al ejército, todos iban a morir.

—Así que regresaste.

—Sí.

—¿Solo?

—Dos soldados vinieron conmigo.

Su mandíbula se tensa.

—Uno murió sosteniendo una puerta para que pudiéramos sacar a los prisioneros.

Ahí está.

La marca que percibí al verlo.

No es una estadística nueva.

Es el peso de una muerte que todavía no sabe cómo cargar.

—¿Cómo se llamaba?

Kwon parece sorprendido.

—Park Jisung.

—Recordalo.

—No creo que pueda olvidarlo.

—Eso también sirve.

Desvía la mirada.

—Después de liberar a los prisioneros, alcancé al ejército cerca de la plaza central. El jefe goblin estaba rodeado por decenas de guerreros.

—¿Horacio y Enrique seguían vivos?

—Sí. Horacio dirigía el ataque frontal. Enrique había perdido un brazo, pero seguía peleando a su lado.

Una sonrisa leve aparece en mi rostro.

Eso suena como ellos.

—¿Quién mató al jefe?

Kwon señala su propio pecho.

—Yo.

—¿Cómo?

—Mientras todos miraban a Horacio, entré por el techo de una casa. Le corté los tendones detrás de las rodillas, le abrí el brazo con el que sostenía el hacha y después le clavé el cuchillo debajo de la mandíbula.

Eficiente.

Preciso.

Cruel.

La forma de combatir del futuro Demonio Despiadado ya empieza a manifestarse.

—¿Y el contraataque?

—Cuando murió el jefe, los goblins intentaron huir, pero llegaron refuerzos desde el bosque.

—¿Cuántos?

—Más de quinientos.

—¿Con cuántos soldados contaban ustedes?

—Menos de doscientos.

Kwon deja escapar una risa seca.

—Durante la última hora pensé que iba a morir cada cinco minutos.

—Pero sobreviviste.

—No gracias a vos.

—Fui yo quien te entrenó.

—Durante una semana.

—Una semana muy eficiente.

Kwon me mira con odio antes de continuar.

—Horacio formó una línea en la entrada de la aldea. Los arqueros ocuparon los techos y utilizamos las casas incendiadas para cerrar los caminos. Cuando los goblins perdieron suficiente gente, huyeron.

No se limitó a luchar.

También observó el campo de batalla y aprovechó el terreno.

—Entonces apareció esto.

Mueve una mano y cambia la ventana.

[Primer piso completado.]

[Objetivo principal: completado.]

[Depósitos de armas destruidos: 3/3.]

[Prisioneros liberados: 23/23.]

[Jefe de la aldea eliminado.]

[Contraataque repelido.]

[Supervivencia del ejército de Clemen: 46 %.]

[Evaluando contribución individual...]

[Infiltración: S.]

[Eliminaciones: A.]

[Rescate: S.]

[Contribución estratégica: A.]

[Tasa de finalización: S.]

[Resultado final: S.]

No está mal.

En realidad, es bastante impresionante para alguien que acaba de entrar por primera vez.

—Una finalización de rango S —digo—. Mejor de lo que esperaba.

—¿Eso es un cumplido?

—No te acostumbres.

Kwon cambia nuevamente la pantalla.

[Recompensas obtenidas:]

[Habilidad adquirida: Corte incapacitante — B.]

[Objeto adquirido: Kit de protección de Clemen — B.]

[Experiencia adicional obtenida por evaluación S.]

[Puntos nacionales obtenidos: 4.]

Observo la armadura que lleva. Aunque se ha colocado las piezas para transportarlas, todavía no ha activado el conjunto completo desde su panel.

El kit está compuesto por una pechera de cuero oscuro reforzada con placas metálicas, protectores de antebrazos, botas ligeras, guantes y una capa corta. No parece pesado y está diseñado para alguien que necesita moverse con libertad.

—Mostrame la descripción de la habilidad.

Kwon abre otra ventana.

[Corte incapacitante — B]

[Permite reconocer con mayor facilidad músculos, tendones, articulaciones y puntos vulnerables del objetivo.]

[Los ataques realizados sobre dichas zonas aumentan su precisión y capacidad de incapacitación.]

[El efecto aumenta cuando el usuario utiliza armas cortas.]

Una habilidad perfecta para él.

—¿Y el equipo?

[Kit de protección de Clemen — B]

[Conjunto diseñado para exploradores y unidades de infiltración.]

[Aumenta ligeramente la resistencia a cortes y perforaciones.]

[Reduce el sonido producido por los movimientos.]

[Al utilizar todas las piezas, aumenta la velocidad de desplazamiento en un 5 %.]

—Tu Suerte sigue siendo mala, pero la Torre te dio recompensas bastante adecuadas.

—También subí de nivel.

—¿A cuánto?

—Nivel cinco.

—Estado.

Kwon suspira.

—¿Tengo que decirte todo?

—Sí.

—Fuerza trece, Destreza dieciocho, Resistencia cincuenta, Magia cero y Suerte uno.

El valor de Resistencia es demasiado alto comparado con el que mostró antes de entrar, pero el panel no explica si el cambio proviene de su desempeño, de una adaptación corporal o de otra recompensa.

Tendré que revisarlo cuando active el equipo.

—¿Habilidades?

—Instinto depredador y Corte incapacitante.

Bien.

La primera no desapareció al adquirir la segunda.

—Seguís teniendo una Suerte lamentable.

—Conseguí rango S.

—A pesar de tu Suerte, no gracias a ella.

Kwon aprieta los dientes.

—También obtuve ocho puntos libres.

Cuatro ascensos.

Dos puntos por nivel.

La cuenta es correcta.

—No los distribuyas todavía.

—Pensaba ponerlos todos en Destreza.

—Por eso no deberías distribuirlos sin consultarme.

—Mi forma de pelear depende de la velocidad.

—Tu cuerpo también necesita resistir los golpes cuando cometas un error.

—No pienso cometerlos.

—Intentaste golpearme apenas entré.

—Eso no fue un error.

—Terminaste escupiendo en el suelo.

Kwon mira la mancha junto a sus pies.

—Fue una inversión educativa.

Me reclino en el sillón.

La conquista de Kwon confirma algo importante: mi paso por el primer piso no desapareció. Las personas que salvé continúan allí y mis acciones redujeron la dificultad para los siguientes participantes, además de transformar por completo la misión.

La Torre recuerda.

Y, más importante aún, construye pruebas nuevas sobre las decisiones tomadas por quienes entraron antes.

—¿Qué ocurre? —pregunta Kwon—. Tenés una expresión extraña.

—Nada.

Observo otra vez el registro.

Horacio.

Enrique.

Siguen vivos.

Tal vez formen parte de un mundo creado por la Torre.

Tal vez no.

Pero continúan luchando después de mi partida.

Por ahora, eso es suficiente.

—Descansá —le digo—. Mañana volvemos a entrenar.

Su expresión se congela.

—Acabo de pasar varios días peleando en una guerra.

—Entonces ya estás caliente.

—Vi morir a más de cien personas.

—Y mañana podrían morir más si no aprendés de lo ocurrido.

Kwon guarda silencio.

La molestia de su rostro desaparece poco a poco.

—A las seis —dice finalmente.

—A las cinco.

—¿Por qué una hora antes?

Sonrío ligeramente.

—Ahora sos un cazador con una evaluación de rango S. El entrenamiento también debe aumentar de dificultad.


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