Al terminar la reunión, cada uno busca un lugar donde descansar.
Les he pedido quince días sin entrenamientos de combate ni salidas programadas. Seolhwa insiste en hacer su primer ingreso después de dormir, siempre que Jiwon la encuentre en condiciones. No es el descanso que quisiera darle, pero tampoco puedo fingir que va a dejar de pensar en la Torre solo porque le cierre una puerta.
Los demás necesitan comer, dormir y acostumbrarse a volver a una casa. Si aparece una emergencia antes de que se recuperen, tendremos que decidir cómo responder. Mientras tanto, la vigilancia queda entre Jang y yo.
Me siento en la oficina improvisada y dejo el teléfono sobre la mesa.
Podría cerrar los ojos un rato.
En cambio, escucho los pasos del pasillo y calculo cuánto tardaría en llegar a la puerta.
Nunca aprendí a quedarme quieto.
Durante mucho tiempo intenté conservar lo que quedaba de mí. Me aferraba a nombres, a recuerdos que repetía para no deformarlos, a pequeñas costumbres que todavía tenían sentido porque alguien más las reconocía.
Después murió la última persona con la que podía hablar.
Seguí buscando durante años. Encontraba refugios vacíos, armas abandonadas, restos que ni siquiera podía identificar. Cuando por fin acepté que no iba a oír otra voz humana, dejé de preguntarme qué clase de persona estaba convirtiéndome.
Masacraba monstruos, quemaba sus nidos y seguía subiendo. Las heridas me obligaban a detenerme; el hambre, a buscar algo que pudiera comer. Nada más conseguía hacerlo.
No había una casa a la que regresar. Si moría en un pasillo de la Torre, nadie iba a enterarse.
Viví así durante siglos.
En algún momento volví a encontrar orden en lo que hacía. Empecé a buscar enemigos por lo que podían enseñarme, a repetir un movimiento hasta entender por qué fallaba, a medir mis límites con una atención que antes reservaba para mantener vivos a otros.
Desde fuera quizá habría parecido disciplina.
Yo solo había aprendido a ocupar el silencio.
La fuerza terminó por convertirse en mi obsesión. Me mantenía vivo y me daba algo que esperar del siguiente día, incluso cuando ya no podía explicar para qué quería sobrevivirlo.
Ahora hay gente durmiendo al otro lado de esta pared.
Todavía reviso la puerta como si fuera a quedarme solo otra vez.
—Señor Kim Cheonro.
Jang está en el umbral, con varias carpetas bajo el brazo. Tiene el traje prolijo y unas ojeras que no consigue disimular cuando se acerca a la luz.
Le señalo la silla de enfrente.
—Dígame.
Cierra la puerta y extiende fotografías y mapas sobre la mesa.
—Encontramos nueve ubicaciones de interés.
Los puntos se reparten entre las afueras de Seúl, Incheon y otras zonas cercanas. Hay almacenes, fábricas, residencias junto a carreteras poco transitadas y una iglesia pequeña apartada de los núcleos más poblados.
—¿Actividad del culto confirmada?
—En algunas tenemos indicios. Todavía no podemos asegurar qué ocurre en cada edificio. Cruzamos las declaraciones de los detenidos con investigaciones por tráfico de personas, armas y desapariciones.
Coloca una fotografía encima del mapa. Un hombre descarga cajas de una camioneta; sobre una de ellas aparece un círculo incompleto atravesado por una línea.
El símbolo de las máscaras.
—Ese no debería haber quedado a la vista —digo.
—Lo fotografiaron antes de que terminaran de cubrir la carga. Se cuidan de las patrullas, pero siguen comprando, contratando vehículos y moviendo dinero.
Paso a la siguiente imagen.
—¿Saben que los estamos siguiendo?
—No hemos visto señales de que lo hayan advertido. Eso puede cambiar.
Asiento. Es una respuesta más útil que garantizarme que no saben nada.
—¿Cuántas desapariciones tienen vinculadas a estas zonas?
—Treinta y siete confirmadas durante los últimos dos meses. No sabemos cuántas corresponden al mismo grupo. Creemos que faltan denuncias: personas sin familiares cercanos, menores que escaparon de sus hogares, gente cuya ausencia tarda en notarse.
Miro los edificios otra vez.
Hasta que alguien denuncia, los responsables pueden trasladarlos varias veces.
—¿Y las compras?
Jang abre otra carpeta.
—Armas, municiones, explosivos industriales y sustancias químicas. También animales vivos y equipos médicos. Algunas operaciones pasan por intermediarios que aparecen en más de una ubicación.
—Los animales pueden servirles para probar rituales. Si necesitan mantener a una persona viva durante el proceso, también van a necesitar material médico.
Jang observa la fotografía de una camilla que sobresale de una caja abierta.
—Eso temíamos.
Dejo la imagen sobre la mesa.
—¿Qué apoyo puede darme?
Se toma un momento antes de responder.
—No puedo prometerle unidades de asalto capaces de enfrentar lo que haya dentro. La policía está sobrepasada y el ejército concentra personal alrededor de las grietas. La Asociación todavía está organizándose.
Lo escucho sin interrumpir.
—En los partes recibidos desde el primer anuncio, los delitos denunciados rondan un aumento del doscientos por ciento frente a períodos de igual duración del año anterior. En homicidios, la estimación llega al trescientos cuarenta. Son cifras provisionales; todavía estamos corrigiendo duplicados y denuncias atrasadas.
—Personas con poder y nadie capaz de detenerlas.
—Ataques a comercios, bancos, dependencias policiales. Grupos de despertados que se niegan a registrarse. Otros ni siquiera son cazadores, pero nadie quiere comprobarlo cuando exigen dinero.
Se frota la frente antes de continuar.
—También estamos siguiendo intentos de conseguir información sobre usted y el equipo desde el extranjero. La ventaja de Corea nos ha dado recursos, pero ha convertido esta casa en un objetivo.
—El poder llegó antes que la capacidad de administrarlo.
—Casi todo parece haber llegado antes que nosotros, señor Kim.
No encuentro motivo para contradecirlo.
Jang saca un documento con varios sellos oficiales.
—Podemos mantener el seguimiento y coordinar la custodia de detenidos y la atención de víctimas. Para la intervención sobrenatural, el gobierno quiere contar con usted.
Tomo el documento.
Promete inmunidad por los incidentes que puedan justificarse como parte de las operaciones contra el culto, el tráfico de personas o las amenazas vinculadas con la Torre. Las firmas del presidente, el ministro de Justicia y el director provisional de la Asociación ocupan la última página.
La amplitud de la redacción es deliberada.
—Quieren que resuelva algo que ustedes no pueden tocar.
—Queremos detenerlo antes de que tengamos otra fábrica llena de cuerpos.
Levanto la mirada. Jang la sostiene.
—Y necesitamos detenidos —añade—. Personas que puedan darnos nombres y conectar estas ubicaciones con las que todavía no encontramos.
—Ya lo hablé con mi grupo.
Parece aliviado, aunque solo durante un instante.
—No esperaba tener que insistir tan poco.
—Los muertos no suelen servir para interrogar.
Jang empieza a asentir.
—Aunque depende del tipo de muerto.
Se queda quieto.
No explico. Todavía no tenemos un nigromante en el grupo y preferiría no necesitarlo.
Guardo el documento en el inventario y vuelvo al mapa.
Nueve lugares. Algunos pueden ser depósitos. Otros, zonas de paso. Atacar uno sin entender su función puede avisar al resto y hacer que desaparezcan los cautivos antes de que lleguemos.
—Necesito distinguirlos. Mantengan el seguimiento de las entradas y salidas que puedan cubrir. Si detectan un traslado de personas o indicios de un ritual activo, me avisan en ese momento.
—¿Va a observarlos solo?
—Por ahora. Mi grupo necesita recuperarse.
—Usted estuvo en el mismo entrenamiento.
—Llevo siglos viviendo en lugares así.
La frase sale antes de que termine de medirla.
Jang me mira. Espero un instante, pero no aparece ninguna advertencia del sistema. No he explicado de dónde vengo ni lo que va a pasar; ante él, la frase puede seguir siendo una exageración.
—A veces no sé cuándo está hablando en sentido figurado —dice.
—Esta vez dejémoslo ahí.
Acomodo las fotografías junto a los puntos del mapa.
—¿Cuánto falta para completar los informes?
—Podemos enviarle un primer cruce mañana. Para comparar movimientos y verificar las rutas entre edificios, necesitamos cuatro días.
—Cuatro, entonces. Empiecen a pasarme lo que tengan desde mañana. No vamos a esperar el informe final si ven que alguien corre peligro.
Jang lo anota.
—Mantendré una línea abierta.
Me levanto y reúno las carpetas.
—También necesito una revisión del equipo dañado en el segundo piso. Sobre todo la Espada de Clemen. La tiene Mujin.
—Consultaré qué especialistas tenemos disponibles.
—Sin probar reparaciones sobre la hoja a ciegas. Si no saben cómo tratarla, prefiero que me lo digan.
Jang guarda su copia del documento antes de incorporarse.
—Una cosa más. Esa inmunidad no va a evitar las consecuencias políticas de lo que ocurra.
—Por eso voy a mirar antes de entrar.
Señalo el mapa.
—Y por eso necesito que usted averigüe quién está detrás de cada puerta.
***
Al caer la tarde salgo al patio con una espada de madera reforzada.
Quiero comprobar el alcance de mis movimientos sin agregar la respuesta de un arma espiritual que todavía estoy conociendo. La Espada del bosque permanece guardada; no he invocado al lobo.
Frente a los muñecos de entrenamiento comienzo despacio. Bajo la hoja en vertical, desplazo el pie de apoyo y dejo que el giro de la cadera prepare el siguiente corte. La muñeca acompaña, sin detener el arma para empezar de nuevo.
Pasos que fluyen como el río.
No necesito velocidad máxima para saber cuándo se rompe la continuidad. La noto en el hombro que se adelanta demasiado, en un talón que tarda en seguir al cuerpo. Con la nueva Destreza, incluso mis correcciones llegan antes de lo que espero.
Paso la espada a centímetros del cuello de un muñeco, cambio la línea hacia la muñeca y termino apuntando al costado. Algunos golpes buscarían matar; otros bastarían para arruinar un agarre o hacer ceder una pierna.
—¡Otra vez!
Bajo la espada.
Minjun está en la galería, apoyado contra la baranda. Eunji asoma a su lado y los demás niños se amontonan detrás, intentando encontrar un hueco por donde mirar.
—¿Hace mucho que están ahí?
—Desde que empezó —responde Minjun.
Eunji levanta la mano.
—Yo les dije que no gritaran.
Minjun la mira, pero esta vez decide no discutir.
—¿Dónde está Seolhwa? —pregunto.
—Durmiendo. Jiwon dijo que nadie la despierte.
Bien.
Apoyo la punta de la espada en el suelo, lejos de los escalones. Minjun señala los muñecos.
—¿Eso tenía nombre?
—Pasos que fluyen como el río.
Uno de los más pequeños mira alrededor.
—Pero no hay agua.
—Es una metáfora —explica Minjun, con una seguridad que casi me hace sonreír.
—¿Qué es?
Duda.
—Lo del río.
Eunji se ríe. Minjun la mira, ofendido, y después se le escapa una sonrisa.
El sonido me obliga a quedarme un momento sin hacer nada.
—Enséñeme —dice él, bajando el primer escalón.
Levanto una mano para que se detenga.
—La espada, no.
Mira el arma de madera.
—¿Y los pies? Quiero hacer lo de esquivar.
Detrás de él, dos niños intentan repetir el giro que acaban de ver. Uno pierde el equilibrio y se agarra de la baranda. El otro se ríe hasta que recuerda mirar la puerta del patio.
Reconozco esa mirada. La he visto desde el ataque al orfanato cada vez que se acerca alguien que no conocen.
Guardo la espada y les hago sitio.
—Podemos probar desplazamientos. Sin armas ni empujones. Si alguien se cansa, para.
Minjun baja los escalones antes de que termine.
Eunji espera a que pasen los demás. Se coloca delante de mí y junta los pies, con las rodillas rígidas. Me recuerda a Seolhwa durante las primeras prácticas.
Me agacho y señalo dos puntos sobre el suelo.
—Un pie acá. El otro un poco atrás. No hace falta apretar tanto las piernas.
Obedece, mirando hacia abajo.
—Ahora retrocedé despacio.
Da un paso y el talón se le engancha en la punta del otro zapato. La sujeto por el brazo antes de que caiga.
—Por eso dejamos espacio entre los pies.
Vuelve a acomodarse.
Minjun intenta demostrarle al niño de al lado que él ya entendió. Lo empuja con una mano y el otro termina sentado sobre el césped.
—Minjun.
Se queda inmóvil al escuchar mi voz.
—Quería probar...
—Dije sin empujones. Ayudalo a levantarse y preguntale si está bien.
Lo hace sin volver a discutir. Espero a que el otro niño quiera seguir antes de dejarlo regresar a la línea.
Durante la hora siguiente convertimos el patio en un juego de pasos. Dibujamos recorridos en el suelo, retrocedemos sin cruzar las piernas y giramos hacia la persona que nos llama. Nadie recibe un arma. Las caídas que no alcanzo a evitar terminan en el césped o sobre las colchonetas que trae un empleado.
Minjun se enfada cada vez que Eunji completa un recorrido antes que él. Después empieza a ayudarla a recordar dónde tiene que girar.
Yo corrijo apoyos, aparto una piedra y respondo preguntas que no tienen nada que ver con el movimiento que estamos practicando.
Durante un rato dejo de pensar en los edificios del mapa.
—Señor Kim.
Eunbyeol está en la galería, con la libreta en una mano y el Libro de los siete frentes bajo el brazo.
—Creí que estabas descansando.
—Dormí tres horas. Ahora quería tomar aire.
Mira a Minjun, que intenta caminar hacia atrás y termina chocando contra la línea de otro.
—Veo que encontraste trabajo.
—Se ofrecieron solos.
Sonríe y baja a mi lado. En la pequeña mesa de la galería asoma el borde de una de las carpetas que traje de la oficina. La mira y después baja la voz.
—¿Son las ubicaciones?
Asiento.
—Jang necesita cuatro días para completar el seguimiento.
Eunbyeol se queda observando mi cara.
—Vas a entrar solo si encontrás algo.
—Voy a observar. Si necesito al grupo, los llamaré.
—Antes de que estés atrapado.
No es una pregunta.
Durante un instante veo a mi hija discutiéndome desde el otro lado de una mesa, con aquella misma forma de adelantar el mentón cuando piensa que estoy evitando lo importante.
—Están agotados —le recuerdo.
—Vos también. Y acabamos de hablar de cosas que no pudiste resolver solo.
Miro hacia el patio. Eunji espera a que Minjun termine un recorrido en lugar de meterse a su lado. Cuando él se detiene, le señala el lugar donde cruzó los pies.
—Si encuentro un ritual con cautivos, no voy a entrar sin avisarles —digo al fin—. Salvo que ya estén matándolos y no haya tiempo para esperar.
Eunbyeol asiente despacio.
—Eso puedo entenderlo. Lo que no quiero es enterarme después de que decidiste que tenías que hacerlo todo.
Abre la libreta y anota una línea.
—¿Hace falta escribirlo?
—Sí. Después decís que entendimos otra cosa.
Cierra la libreta antes de que encuentre una respuesta y se acerca a los niños.
—Minjun, mirá dónde termina tu pie cuando retrocedés.
Él baja la cabeza.
—Acá.
—Justo delante del otro. Probá un poco más al costado.
Los demás la rodean enseguida. Eunbyeol deja los libros sobre la mesa y se coloca en la línea para mostrarles el paso.
Yo guardo las carpetas y vuelvo al césped.
Eunji me espera junto a la primera marca.
—Quiero hacerlo de nuevo —dice.
Le señalo el siguiente punto y me quedo a su lado mientras empieza.