Al finalizar la reunión, dejo que el grupo descanse.
Después de pasar un año entero dentro del Orbe, aunque para el mundo exterior solo haya transcurrido un día, necesitan tiempo para volver a sentirse humanos. Quince días, como mínimo.
Nada de entrenamientos.
Nada de grietas.
Nada de misiones.
Solo comer, dormir y recordar que ya no están atrapados en sus respectivas pruebas.
Ellos pueden permitírselo.
Yo no.
Nunca aprendí a quedarme quieto.
Es una manía que adquiero después de pasar demasiado tiempo en guerra. Cuando uno se acostumbra a dormir con la espada al alcance de la mano, la tranquilidad empieza a sentirse más peligrosa que el campo de batalla.
Sé que no estoy completamente cuerdo.
Durante mucho tiempo intento conservar lo que queda de mí. Me aferro a recuerdos, nombres y pequeñas costumbres, como si fueran hilos capaces de mantener unido aquello que soy por dentro.
Pero cuando muere la última persona de la humanidad, dejo de encontrarle sentido.
¿Qué importa la cordura cuando ya no queda nadie para juzgarme?
¿Qué importa seguir siendo humano cuando soy el único que todavía recuerda lo que significa esa palabra?
Masacro monstruos.
Quemo todo a mi paso.
Subo la Torre como un demente, sin preocuparme por las heridas, el hambre o el tiempo. Cada piso se convierte en una excusa para seguir avanzando. Cada enemigo muerto, en una forma de llenar el silencio.
No tengo un hogar al cual regresar.
No tengo una persona esperando que sobreviva.
Durante cientos de años vivo de esa manera.
Peleando.
Matando.
Avanzando.
Hasta que, en algún momento, alcanzo un estado donde la estabilidad llega por sí sola.
No porque sane.
No porque perdone.
Sino porque incluso la locura se cansa de gritar.
Cuando ya no me queda nada que proteger, mi propósito cambia. Empiezo a disfrutar del presente de la única forma que conozco: superando límites, aprendiendo técnicas, enfrentando enemigos cada vez más fuertes.
Me obsesiono con la fuerza.
No con el poder político.
No con la fama.
Con la fuerza pura.
La capacidad de levantarme cuando todos los demás caen.
La capacidad de decidir quién vive cuando algo intenta arrebatarme esa elección.
Tal vez esa obsesión sea lo que me mantiene con vida.
O tal vez sea la enfermedad que nunca consigo curar.
-Señor Kim Cheonro.
La voz me saca de mis pensamientos.
Levanto la mirada.
Jang Seongho está de pie frente a la puerta de la oficina improvisada. Lleva su habitual traje oscuro, aunque las ojeras bajo sus ojos son más profundas que la última vez que lo veo.
-Dígame.
Él entra y cierra la puerta detrás de sí.
Me siento frente a una mesa amplia. Jang deja sobre ella varias carpetas, fotografías aéreas y mapas marcados con círculos rojos.
-Encontramos varias ubicaciones de interés -explica.
Extiende el mapa principal.
Hay puntos señalados en las afueras de Seúl, Incheon y otras regiones cercanas. Algunos se encuentran en zonas industriales. Otros, cerca de pueblos pequeños o carreteras poco transitadas.
-Seguimos a personas relacionadas con investigaciones por tráfico de personas, armas ilegales y desapariciones -continúa-. Varios de esos individuos visitaron estas ubicaciones durante las últimas semanas.
Paso la mirada sobre los círculos.
Almacenes.
Fábricas abandonadas.
Residencias rurales.
Una iglesia pequeña alejada de cualquier población importante.
Lugares donde nadie preguntaría por gritos durante la noche.
-¿Confirmaron actividad del culto?
-No directamente. Pero hay coincidencias.
Jang coloca varias fotografías sobre la mesa.
En una aparece un hombre descargando cajas de una camioneta. En otra, varias personas entran en un edificio industrial durante la madrugada. La última muestra un símbolo pintado en el costado de una caja de madera.
Un círculo incompleto atravesado por una línea.
El mismo símbolo de las máscaras.
-No son cuidadosos -digo.
-Son cuidadosos con las autoridades normales.
-Pero no saben que los estamos buscando.
-Todavía no.
Observo nuevamente las ubicaciones.
Son nueve.
Demasiadas para ser simples escondites.
-¿Cuántas personas desaparecieron alrededor de estas zonas?
Jang abre otra carpeta.
-Confirmadas, treinta y siete durante los últimos dos meses. Pero creemos que el número real es mayor. Muchas víctimas son personas sin familiares cercanos, inmigrantes sin documentación, indigentes o menores que escaparon de sus hogares.
Personas que pueden desaparecer sin provocar preguntas inmediatas.
Materiales perfectos para un culto.
Siento que mis dedos se cierran lentamente sobre el borde de la mesa.
-¿Y las armas?
-Rifles, explosivos industriales, municiones y sustancias químicas. También detectamos compras de animales vivos y equipos médicos.
-Los animales pueden ser pruebas rituales.
-Eso pensamos.
-Los equipos médicos son para mantener vivos a los sacrificios.
Jang guarda silencio.
Su expresión confirma que llegó a la misma conclusión.
Señala las ubicaciones nuevamente.
-Hay un problema.
-Siempre lo hay.
-El gobierno tiene las manos llenas con los despertados.
Se sienta frente a mí.
-Desde que comenzaron los anuncios de la Torre, la delincuencia denunciada aumentó aproximadamente un doscientos por ciento. La tasa mensual de homicidios ya es trescientos cuarenta por ciento superior al promedio mensual del año anterior.
-Esperable.
Jang me mira, quizá sorprendido por mi tranquilidad.
-Personas con habilidades atacan tiendas, bancos, estaciones policiales. Algunos despertados están formando grupos propios. Otros se niegan a registrarse. También tenemos civiles que se hacen pasar por cazadores para extorsionar o reclutar seguidores.
-El poder llegó antes que las leyes capaces de controlarlo.
-Exactamente.
Pasa una mano por su frente.
-La policía está sobrepasada. El ejército vigila las grietas. La Asociación todavía está organizándose. Y varios países extranjeros intentan introducir agentes para obtener información sobre usted y su equipo.
-Eso también era esperable.
-Señor Kim, casi todo parece ser esperable para usted.
-La gente no cambia demasiado, señor Jang. Solo cambian las herramientas que usa para hacerse daño.
Él no responde.
Baja la mirada hacia los mapas.
-Por eso no podemos ofrecerle apoyo logístico directo para intervenir en estas ubicaciones. No sin retirar personal de otros puntos críticos.
-No lo necesito.
-No terminé.
Jang saca un documento con varios sellos oficiales.
-El gobierno puede garantizarle inmunidad legal por cualquier incidente ocurrido durante las operaciones vinculadas con estas ubicaciones.
Levanto la vista.
-¿Cualquier incidente?
-Mientras pueda justificarse como parte de una investigación contra el culto, tráfico de personas o amenaza sobrenatural.
-Una frase bastante amplia.
-Fue escrita de esa manera intencionalmente.
Tomo el documento.
Está firmado por el presidente, el ministro de Justicia y el director provisional de la Asociación.
No es una autorización para investigar.
Es permiso para hacer desaparecer el problema.
-Quieren que limpie el desastre por ustedes.
-Queremos que detenga algo que nosotros no tenemos capacidad de enfrentar en este momento.
Su respuesta es más honesta de lo habitual.
Eso me agrada.
-¿Y los prisioneros?
-Si es posible, necesitamos personas vivas para interrogar.
-¿Cuántas?
Jang duda.
-Al menos una por ubicación.
-Ambicioso.
-Sé que suele preferir soluciones definitivas.
-Las soluciones definitivas son más eficientes.
-Pero los muertos no entregan nombres.
-Depende del tipo de muerto.
Jang se queda mirándome.
No explico.
Todavía no tenemos un nigromante en el grupo, y espero que siga siendo así durante bastante tiempo.
Vuelvo a observar los mapas.
Nueve lugares.
Algunos probablemente estén vacíos.
Otros serán depósitos.
Uno o dos podrían contener altares activos.
Y en alguno puede haber niños esperando que alguien llegue antes de que el ritual comience.
-Entiendo -digo finalmente-. No se preocupe.
-Esa frase no me tranquiliza.
-No tiene que tranquilizarlo.
Doblo el documento y lo guardo en mi inventario.
-Quiero vigilancia continua sobre todas las ubicaciones. Nadie entra ni sale sin quedar registrado. No detengan a nadie todavía.
-¿Va a intervenir solo?
-Por ahora.
-Su grupo podría ayudarlo.
-Mi grupo acaba de pasar un año en el Infierno.
-Usted también.
-Yo llevo siglos viviendo allí.
La frase sale antes de que pueda detenerla.
El mundo no se congela.
No hay advertencia.
No revelo directamente la regresión ni mi futuro.
Solo una verdad disfrazada de exageración.
Jang me observa en silencio.
-A veces no sé cuándo habla de manera metafórica.
-Es mejor así.
Recojo los mapas.
-Durante los próximos días voy a observar las ubicaciones. Primero quiero distinguir depósitos, zonas de tránsito y centros rituales. Si atacamos todas al mismo tiempo, los responsables pueden esconderse.
-¿Y cuándo piensa descansar?
-Cuando deje de haber trabajo.
-Eso significa nunca.
-Exacto.
Jang suspira.
-Al menos espere hasta que terminen de reunir información.
-Dos días.
-Necesitamos una semana.
-Tres días.
-Cinco.
-Cuatro.
Jang me mira con una expresión agotada.
-De acuerdo. Cuatro días.
Me pongo de pie.
-Envíeme todo lo que consigan.
-Señor Kim.
Me detengo antes de salir.
-¿Qué?
-La inmunidad legal no significa que no habrá consecuencias políticas.
-Las consecuencias políticas son su trabajo.
-Lamentablemente.
Abro la puerta.
-Entonces ambos tenemos una noche ocupada.
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Al caer la tarde, practico esgrima en el patio.
No porque necesite entrenar una técnica concreta.
Necesito moverme.
Sentir el peso de la espada.
Ordenar mis pensamientos a través del cuerpo.
Uso una espada de madera reforzada en lugar de la Espada del bosque. El arma espiritual todavía responde demasiado a mis emociones, y no quiero que los niños conozcan al lobo porque accidentalmente libero su habilidad.
Frente a mí hay cuatro muñecos de entrenamiento.
Empiezo despacio.
Un corte vertical.
Giro la muñeca.
Paso lateral.
Ataque a la garganta.
Retrocedo.
El primer estilo de la espada no se basa en velocidad absoluta.
Se basa en continuidad.
Pasos que fluyen como el río.
No detengo un movimiento para empezar el siguiente. Cada corte nace del anterior. La defensa se transforma en ataque. El retroceso prepara el avance.
La espada de madera silba en el aire.
No golpeo los muñecos.
Paso a centímetros.
Cuello.
Muñeca.
Costado.
Rodilla.
Corazón.
Puntos mortales marcados sin tocar.
-¡Otra vez!
La voz de Minjun llega desde un costado.
Miro hacia la galería.
Los niños están amontonados detrás de la baranda.
Minjun se encuentra delante, con ambos puños apoyados sobre la madera y los ojos brillando. Eunji está a su lado. Otros niños asoman la cabeza detrás de ellos.
Todos me miran como si estuvieran observando una historia cobrar vida.
-¿Desde cuándo están ahí? -pregunto.
-Desde el principio -responde Minjun.
-Eso no responde cuánto tiempo.
-Mucho.
Eunji levanta una mano.
-Yo les dije que no molestaran.
-Pero vos también viniste -señala Minjun.
-Para asegurarme de que no molestaran.
-Eso no tiene sentido.
-Sí tiene.
Bajo la espada.
-¿Dónde está Seolhwa?
-Durmiendo -dice Eunji-. Jiwon dijo que nadie podía despertarla.
Bien.
Seolhwa necesita descansar antes de entrar a la Torre, aunque probablemente proteste cuando despierte.
Minjun señala la espada de madera.
-¿Eso era una técnica?
-Sí.
-¿Cómo se llama?
Dudo un instante.
-Pasos que fluyen como el río.
Los niños guardan silencio.
Después uno de los más pequeños frunce el ceño.
-Pero no hay agua.
Minjun lo mira con superioridad.
-Es una metáfora.
-¿Qué es metáfora?
-No sé, pero seguro es eso.
Eunji se ríe.
Una risa pequeña y clara.
El sonido me resulta extraño.
No porque no lo haya escuchado antes.
Porque durante demasiado tiempo olvido que los niños pueden reír sin que algo horrible ocurra después.
Minjun baja los escalones del patio.
-Enséñeme.
-No.
Se detiene.
-¿Por qué?
-Porque no.
-Eso no es una explicación.
-Es suficiente cuando viene de un adulto.
-Seolhwa dice que los adultos tienen que explicar las cosas.
Maldición.
-No voy a enseñarles a usar armas.
-Pero es de madera.
-Una silla también es de madera y puede matar a alguien.
Los niños miran las sillas de la galería con repentino interés.
-Olviden eso.
Minjun cruza los brazos.
-Entonces enséñenos a mover los pies.
Lo miro.
El niño me sostiene la mirada con una determinación absurda.
No quiere aprender a matar.
Quiere sentirse menos indefenso después del ataque al orfanato.
Los demás también.
Lo veo en la forma en que observan las puertas.
En cómo algunos se sobresaltan cuando un guardia pasa cerca de la entrada.
Negarme por completo no va a borrar ese miedo.
-Solo desplazamiento -digo-. Sin armas. Sin golpes.
Minjun sonríe.
-¡Sí!
-Y si alguien se lastima, termina para todos.
-Eso es injusto.
-Entonces tengan cuidado entre ustedes.
Los niños bajan al patio.
Eunji es la última.
No parece tan emocionada como los demás.
Se coloca frente a mí y mira mis pies.
-¿Así?
Imita mi postura.
Los pies demasiado juntos.
Las rodillas rígidas.
La misma postura inicial de Seolhwa.
Me agacho y señalo el suelo.
-Separalos un poco. Uno delante, otro atrás.
Ella obedece.
-No bloquees las rodillas.
-¿Por qué?
-Porque si te empujan, caés.
Minjun intenta la misma postura.
Después empuja al niño de al lado para comprobarlo.
El otro cae sentado.
-¡Minjun!
-Era una prueba.
-Otra prueba y se termina -digo.
-Entendido.
Durante la siguiente hora les enseño algo simple.
Cómo mantener el equilibrio.
Cómo retroceder sin cruzar los pies.
Cómo girar sin dar la espalda.
Cómo caer protegiendo la cabeza.
No parece entrenamiento.
Para ellos es un juego.
Se ríen cuando Minjun tropieza.
Celebran cuando Eunji logra esquivar mi mano.
Compiten para ver quién mantiene el equilibrio más tiempo sobre una línea dibujada en el suelo.
Yo corrijo posturas.
Evito caídas.
Respondo preguntas sin sentido.
Por un momento, no pienso en el culto.
No pienso en las ubicaciones marcadas.
No pienso en los cadáveres que posiblemente encuentre dentro de cuatro días.
Solo escucho risas.
-Señor Kim.
Giro la cabeza.
Eunbyeol está en la galería.
Tiene el Libro de los siete frentes bajo un brazo y su libreta en la otra mano.
-Pensé que habías ido a descansar.
-Lo hice.
-¿Cuánto?
-Tres horas.
-Eso no es descansar.
-Para mí sí.
Mira a los niños.
Minjun intenta caminar de espaldas y termina chocando contra otro.
-¿Qué está haciendo?
-Aprendiendo a no caerse.
-Parece que está aprendiendo lentamente.
-Mucho.
Eunbyeol sonríe.
Solo un instante.
Después su mirada cae sobre los mapas que dejé en una mesa cercana.
-¿Son las ubicaciones del culto?
Los niños no escuchan. Están demasiado ocupados discutiendo quién cruzó la línea primero.
-Sí.
-¿Cuándo vas a ir?
-En cuatro días.
-Vamos con vos.
-No.
Su expresión se endurece.
-Pasamos un año entrenando.
-Y van a descansar quince días.
-Vos también pasaste un año entrenando.
-No necesito-
-No termines esa frase.
La miro.
Durante un momento no veo a una cazadora.
Veo a mi hija, cruzada de brazos, usando contra mí la misma terquedad que siempre tuvo.
-No podés decirnos que somos un grupo y después ir solo cada vez que algo es peligroso.
-Puedo cuando están agotados.
-Decidís por nosotros.
-Soy el capitán.
-Eso no significa que siempre tengas razón.
-Generalmente la tengo.
-Eso es exactamente lo que diría alguien que necesita que otros lo contradigan.
No encuentro una respuesta inmediata.
Eso la vuelve peligrosamente satisfecha.
-Quince días -repito-. Después participarán.
-¿Y si encontrás algo antes?
-Los llamaré si los necesito.
-¿De verdad?
-Sí.
Eunbyeol me observa, intentando descubrir si miento.
Finalmente asiente.
-Lo voy a anotar.
-¿Para qué?
Abre su libreta.
-Para recordártelo cuando intentes actuar solo.
-No necesito recordatorios.
-También voy a anotar eso.
Cierra la libreta y se dirige hacia los niños.
-Minjun, estás cruzando los pies.
Él la mira sorprendido.
-¿Cómo sabe?
-Porque te caés cada diez segundos.
Eunbyeol se coloca a su lado y corrige su postura.
Los demás la rodean de inmediato.
Yo me quedo quieto, con la espada de madera apoyada sobre el hombro.
Durante siglos, entreno para convertirme en alguien que no necesite a nadie.
Ahora todos parecen decididos a impedirlo.
Tal vez eso sea bueno.
Tal vez sea insoportable.
Probablemente ambas cosas.
Levanto la vista hacia el cielo.
Cuatro días.
Después empezaré a arrancar las raíces del culto.
Hasta entonces, dejo que los niños jueguen a esquivar monstruos que todavía no pueden ver.
Y, por primera vez en mucho tiempo, intento convencerme de que descansar junto a ellos también puede considerarse una forma de preparación.