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🌸Desde mi punto de vista🌸

elisabet
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🌸 Capítulo 6 — La sorpresa

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Pensamiento

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jmoreno77

Lo que no me cuadra es la foto. Si los juntaron una tarde entera hace dos años, alguno de los dos tendría que acordarse de algo suelto. Los críos se acuerdan justo de lo que no toca.

Lo que no me cuadra es la foto. Si los juntaron una tarde entera hace dos años, alguno de los dos tendría que acordarse de algo suelto. Los críos se acuerdan justo de lo que no toca.

Contenido de la publicaciĂłn

🌸 Capítulo 6 — La sorpresa

Después de la escuela, me fui directo a la casa de Alaric.

No podía dejar de pensar en lo que me había dicho. "Hay algo más que quiero mostrarte."

Esas palabras no me dejaban en paz.

¿Qué podía ser? ¿Otra caja? ¿Otra carta? ¿Otra fotografía? ¿O quizás algo completamente distinto?

Mientras caminaba, el sol comenzaba a ponerse. Las calles se iban quedando en silencio. Los autos pasaban de vez en cuando. Pero yo no veĂ­a nada de eso. Solo pensaba en Alaric. En sus palabras. En el misterio que me estaba esperando.

Cuando llegué, Alaric ya me estaba esperando en la puerta. Estaba apoyado contra el marco, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle. Como si hubiera estado esperando a que llegara desde hace rato.

—Llegaste —dijo con una pequeña sonrisa. Una sonrisa que, aunque era pequeña, iluminaba su cara de una manera especial.

—Dijiste que ibas a venir.

—Sí, pero no sabía si ibas a venir de verdad.

—¿Por qué no iba a venir?

Alaric se encogió de hombros. Un gesto que ya conocía bien. Un gesto que hacía cuando no sabía qué responder. O cuando tenía miedo de decir algo que no debía.

—No sé. Por costumbre, supongo.

Lo miré un momento. Quería decirle que siempre iba a venir. Que no tenía que dudar de eso. Pero las palabras no me salían. Así que solo sonreí y asentí.

—Vamos. Mostrame lo que me querés mostrar.

Asintió y me hizo pasar. La casa estaba tranquila. No había nadie más. Solo nosotros dos. El silencio llenaba los pasillos. Cada paso que dábamos sonaba más fuerte de lo normal, como si el silencio amplificara todo.

Caminamos por el pasillo hasta llegar a una habitaciĂłn que nunca habĂ­a visto antes. La puerta estaba cerrada. Alaric se detuvo frente a ella. Se quedĂł un momento en silencio, como si estuviera dudando. Como si no estuviera seguro de si querĂ­a abrirla o no.

—Esto era el cuarto de mi abuelo —dijo al fin—. Cuando él murió, mi mamá quiso vaciarlo. Pero yo le pedí que no lo hiciera. Que dejara todo como estaba.

—¿Por qué?

—Porque sentía que si lo vaciaba, iba a perder la última parte de él que me quedaba.

Me quedé en silencio. Entendía perfectamente lo que sentía. Yo también había tenido miedo de perder recuerdos de personas que quería. Yo también había sentido que, si dejaba ir ciertas cosas, iba a perder una parte de alguien que ya no estaba.

Alaric abrió la puerta lentamente. La habitación estaba a oscuras. Pero cuando encendió la luz, me quedé sin aliento.

Estaba llena de cosas. Libros. Fotografías. Objetos antiguos. Una máquina de escribir. Una radio vieja. Todo parecía estar en su lugar, como si el tiempo se hubiera detenido allí. Como si el abuelo hubiera salido por un momento y fuera a volver en cualquier instante.

Pero lo que más me llamó la atención fue una pared llena de fotografías. Decenas de ellas, colgadas sin orden aparente, como si hubieran sido puestas con cariño a lo largo de los años.

Me acerqué a mirarlas. Había fotos de Alaric de pequeño. De su familia. De paisajes. De momentos que parecían felices. De risas. De abrazos. De cumpleaños. De tardes en el parque. Cada foto era un pedacito de una vida que había sido amada.

Pero entonces vi algo que me hizo detenerme. En una de las esquinas, había una fotografía de dos niños pequeños sentados en un jardín.

Éramos nosotros.

La misma foto de la caja. Pero esta no estaba guardada. Estaba colgada en la pared, como si fuera una de las más importantes. Como si, de todas las fotos de esa pared, esa fuera la que más significaba.

—¿Él la tenía ahí? —pregunté.

—Sí —respondió Alaric—. Mi mamá dijo que la puso cuando yo era muy chico. Que siempre la tuvo ahí, mirándola.

Me quedé mirando la foto por un largo momento. Había algo en ella que me resultaba tan familiar. Tan cercano. Como si, aunque mi memoria no pudiera recordarlo, mi corazón sí lo hiciera. Como si, en algún lugar muy profundo de mí, yo supiera que ese momento había existido. Que esos dos niños habían sido felices juntos. Que esa amistad había sido real.

—¿Y qué más hay? —pregunté.

Alaric señaló un escritorio antiguo que estaba contra la pared. Un mueble de madera oscura, con marcas del tiempo, con cajones que parecían guardar secretos.

—Mi abuelo tenía un cajón que siempre estaba cerrado con llave —dijo—. Nadie sabía qué había adentro. Cuando él murió, encontramos la llave entre sus cosas. Pero yo nunca la usé.

—¿Por qué?

—Porque quería esperar el momento adecuado.

—¿Y ahora es el momento?

Alaric me mirĂł. Una mirada larga, profunda, como si estuviera decidiendo algo importante. Como si, en ese momento, estuviera eligiendo confiarme algo que habĂ­a guardado durante mucho tiempo.

—Creo que sí.

Sacó una pequeña llave de su bolsillo. La sostenía entre sus dedos, como si fuera algo muy valioso. Como si, de alguna manera, esa llave abriera algo más que un cajón.

Caminamos hasta el escritorio. Alaric se arrodillĂł, abriĂł el cajĂłn y lo sacĂł.

Adentro, habĂ­a un sobre. Un sobre viejo, amarillento, con la misma letra elegante de las cartas de la caja. Pero este tenĂ­a algo diferente.

Estaba dirigido a nosotros dos. DecĂ­a: "Para Alaric y Elizabet."

Me quedé completamente quieta. El corazón me latía tan fuerte que pensé que Alaric podía escucharlo.

—¿Lo sabías? —pregunté.

—No. Nunca lo había abierto.

—¿Y por qué ahora?

Alaric me mirĂł.

—Porque creo que es el momento. Y porque quería que lo abrieras conmigo.

Nos sentamos en el suelo, frente al escritorio. Alaric puso el sobre entre nosotros. Ninguno de los dos lo tocĂł por un momento. El silencio llenaba la habitaciĂłn. Solo se escuchaba nuestra respiraciĂłn. El tic-tac de un reloj viejo en la pared. Y el latido de nuestros corazones, que parecĂ­a que iban a explotar.

Finalmente, Alaric lo tomó y lo abrió con cuidado. Como si tuviera miedo de romperlo. Como si, dentro de ese sobre, hubiera algo frágil, algo que necesitaba ser tratado con mucho cuidado.

Dentro, habĂ­a una carta y una fotografĂ­a.

Alaric tomó la carta primero. La leyó en silencio. Sus ojos recorrían las líneas una a una. Su expresión cambiaba lentamente. Cuando terminó, levantó la mirada. Tenía los ojos brillantes. Como si estuviera a punto de llorar. Pero también había algo más en su mirada. Algo como sorpresa. Como asombro. Como si lo que había leído fuera más de lo que esperaba.

—¿Qué dice? —pregunté.

Él me pasó la carta sin decir nada. La tomé con manos temblorosas y comencé a leer. Cada palabra que leía se grababa en mi memoria. Cada frase resonaba en mi pecho.

"Queridos Alaric y Elizabet:

Si están leyendo esta carta, significa que el tiempo ha pasado y que, de alguna manera, han vuelto a encontrarse. No sé cuántos años tendrán cuando lean esto. No sé si seguirán siendo amigos. No sé si recordarán todo lo que vivieron juntos cuando eran pequeños.

Pero hay algo que siempre supe, desde que los vi jugando juntos por primera vez:

Ustedes dos están destinados a estar juntos.

Puede sonar extraño, viniendo de un viejo como yo. Pero cuando uno vive tantos años, aprende a reconocer ciertas cosas. Y yo reconocí algo especial entre ustedes dos desde el principio. No era solo amistad lo que veía cuando los miraba jugar. Era algo más profundo. Algo que no sabía explicar con palabras, pero que sentía con el corazón.

Por eso guardé esta carta todos estos años. Porque sabía que, tarde o temprano, ustedes volverían a encontrarse. Y cuando lo hicieran, quería que supieran la verdad:

El tiempo puede pasar. Las distancias pueden separarnos. Las personas pueden cambiar. Pero hay conexiones que nunca se rompen. Y la de ustedes es una de esas.

CuĂ­dense el uno al otro. Y no dejen que el orgullo, el miedo o el tiempo los separen otra vez.

Con todo mi amor, Su abuelo."

Cuando terminé de leer, sentí que las lágrimas comenzaban a llenarme los ojos. No podía hablar. No sabía qué decir. Las palabras del abuelo resonaban en mi cabeza. "Están destinados a estar juntos." ¿Cómo podía un hombre que ya no estaba saber algo así? ¿Cómo podía haber estado tan seguro de algo que ni siquiera nosotros sabíamos?

Alaric tampoco hablaba. Estuvimos en silencio por un largo momento. Un silencio que no era incómodo. Un silencio que hablaba más que cualquier palabra.

Finalmente, él tomó la fotografía que estaba junto a la carta. Era una imagen de los dos. Pero no de cuando éramos pequeños. Era una foto más reciente. Mucho más reciente. En ella, aparecíamos sentados juntos en un banco, sonriendo, como si estuviéramos conversando. Como si fuéramos amigos de toda la vida. Como si ese momento hubiera sido natural, normal, cotidiano.

Me quedé mirándola, confundida.

—¿Cuándo fue esto? —pregunté.

Alaric negĂł con la cabeza.

—No lo sé. Nunca la había visto.

La tomé para mirarla mejor. No recordaba ese momento. No recordaba ese banco. No recordaba esa ropa. Pero ahí estábamos. Los dos. Sonriendo. Como si fuéramos viejos amigos. Como si, en algún momento de nuestras vidas, hubiéramos estado juntos sin saberlo.

—¿Cómo es posible? —murmuré—. ¿Cuándo se tomó esta foto?

Alaric la miró también. La sostuvo en sus manos, como si intentara recordar algo. Como si, en algún lugar de su memoria, hubiera un recuerdo escondido que no podía encontrar.

—No tengo idea. Pero hay algo raro.

—¿Qué?

—Mi abuelo murió hace dos años. Esta foto no puede tener más de dos años. Pero yo no recuerdo haberme tomado esta foto contigo.

Me quedé helada. Tenía razón. Si el abuelo había muerto hace dos años, esa foto tenía que haber sido tomada antes de su muerte. Pero yo no recordaba haber visto a Alaric antes de que llegara a nuestra escuela. No recordaba haber estado en un banco con él. No recordaba nada de eso. Como si ese momento hubiera existido sin que nosotros lo supiéramos. Como si alguien hubiera querido que existiera. Como si alguien hubiera querido que nosotros dos estuviéramos juntos, aunque nosotros no lo recordáramos.

—¿Entonces qué significa esto? —pregunté.

Alaric sacudiĂł la cabeza.

—No lo sé. Pero creo que hay algo que todavía no sabemos. Algo sobre nosotros dos. Algo que nuestros padres no nos han contado.

Nos quedamos mirando la fotografía por un largo rato. Las preguntas se acumulaban en nuestras cabezas sin respuesta. ¿Cómo era posible que existiera una foto de nosotros dos, tomada hace menos de dos años, si nosotros no recordábamos habernos visto? ¿Y por qué el abuelo la había guardado con esa carta? ¿Y por qué había esperado todos esos años para que la encontráramos?

Algo no cuadraba. Y por primera vez, sentí que la historia que nos habían contado no era completa. Que había partes que faltaban. Partes que quizás nadie quería que supiéramos.

Alaric guardó la carta y la fotografía en el sobre. Después lo puso sobre el escritorio. Con cuidado, como si fuera algo muy valioso. Como si, de alguna manera, ese sobre contuviera más que una carta y una foto. Contuviera una promesa. Un deseo. Un sueño que alguien había tenido por nosotros.

—Tenemos que hablar con nuestros padres —dijo—. Necesitamos saber la verdad.

Asentí. Pero en el fondo, tenía miedo. Miedo de lo que pudiéramos descubrir. Miedo de que la historia fuera más complicada de lo que imaginábamos. Y miedo de que, tal vez, algunas verdades era mejor no saberlas. Pero sabía que no podíamos quedarnos con las dudas. No después de haber encontrado esa carta. No después de haber visto esa fotografía. No después de saber que había algo que nos estaban ocultando.

Esa noche, no pude dormir. Me quedé despierta mirando el techo, pensando en la fotografía. En la carta. En las palabras del abuelo. "Ustedes dos están destinados a estar juntos." ¿Qué significaba eso? ¿Qué quería decir con eso? ¿Y cómo era posible que existiera una foto de nosotros dos, tomada hace menos de dos años, si nosotros no recordábamos habernos visto?

Las preguntas daban vueltas en mi cabeza sin encontrar respuestas. Cada vez que cerraba los ojos, veĂ­a la foto. Nos veĂ­a a nosotros dos, sentados en ese banco, sonriendo, sin saber que alguien nos estaba mirando. Sin saber que alguien estaba guardando ese momento para nosotros.

A la mañana siguiente, llegué a la escuela con los ojos cansados y la mente llena de preguntas. Milagros me vio y se acercó inmediatamente. Tenía esa mirada que conocía bien. La mirada que ponía cuando sabía que algo me pasaba.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Mentira. Tenés la misma cara que cuando algo te preocupa.

Suspiré.

—Es complicado.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Contame.

Miré alrededor. No quería que nadie más escuchara. Esto era algo que solo le podía contar a ella.

—Encontré algo ayer. En la casa de Alaric.

—¿Qué?

—Una carta de su abuelo. Y una fotografía.

—¿Y?

—La fotografía era de nosotros dos. Pero no de cuando éramos chicos. Era reciente. De hace menos de dos años.

Milagros me mirĂł confundida.

—¿Y eso qué tiene de raro?

—Que nosotros no recordamos habernos visto. Alaric llegó a nuestra escuela hace poco. Yo nunca lo había visto antes. Pero esa foto existe. Y su abuelo la guardó con una carta dirigida a los dos.

Milagros se quedĂł en silencio por un momento. Procesando lo que le acababa de decir.

—¿Y qué dice la carta?

—Que estamos destinados a estar juntos.

Milagros abriĂł los ojos.

—¿¡Qué!?

—Shhh. No grites.

—¡Pero Eli! Eso es... es...

—Ya sé.

—¿Y qué van a hacer?

—Vamos a hablar con nuestros padres. Necesitamos saber la verdad.

Milagros asintiĂł.

—Si necesitás algo, avisanos.

—Gracias.

—En serio. Esto es muy raro. Y no me gusta que te pase algo así sola.

SonreĂ­.

—No estoy sola. Tengo a mis amigos.

Milagros sonriĂł.

—Exacto. Y no te olvides de eso.

Durante la clase, no pude concentrarme. La voz de la maestra sonaba lejos, como si estuviera hablando desde otro lugar. Las palabras entraban y salían de mis oídos sin dejar rastro. Miraba a Alaric de reojo. Él también parecía distraído. Miraba por la ventana, como si estuviera pensando en otra cosa. En lo mismo que yo, seguramente.

Cuando nuestros ojos se encontraron, supe que él también estaba pensando en lo mismo. En la carta. En la fotografía. En las preguntas sin respuesta.

Cuando sonĂł el timbre, Alaric se acercĂł a mĂ­.

—¿Hablaste con tus padres? —preguntó.

—Todavía no. ¿Vos?

—No. Pero tenemos que hacerlo.

—¿Hoy?

—Sí. No podemos seguir esperando.

Asentí. Tenía razón. Cuanto más esperáramos, más difícil sería. Cuanto más tiempo pasara, más miedo tendríamos.

—¿Vamos a tu casa después de la escuela? —pregunté.

—Sí. Mis padres van a estar.

—Listo.

Y así, sin saber exactamente qué íbamos a descubrir, caminamos hacia la casa de Alaric después de la escuela. El corazón me latía rápido. No sabía si lo que íbamos a escuchar sería bueno o malo. Pero sabía que tenía que saberlo. Tenía que saber la verdad. Sin importar cuál fuera.

Cuando llegamos, los padres de Alaric ya estaban en casa. Mi mamá y mi papá también habían llegado. Parecía que Alaric los había llamado para que vinieran. Todos estaban sentados en el living. El ambiente se sentía pesado. Como si todos supieran que algo importante estaba a punto de suceder. Como si, en ese momento, una verdad que había estado escondida durante años estuviera a punto de salir a la luz.

Alaric y yo nos sentamos frente a ellos. Alaric puso el sobre sobre la mesa.

—Encontramos esto ayer —dijo—. En el cajón del escritorio de mi abuelo.

Nadie dijo nada. El silencio era tan denso que se podĂ­a cortar. Alaric sacĂł la carta y la fotografĂ­a y las puso sobre la mesa.

—Mi abuelo escribió esta carta. Y guardó esta fotografía. Una fotografía de Eli y yo. Pero no de cuando éramos chicos. Una foto reciente. De hace menos de dos años.

El silencio llenó la habitación. Mis padres intercambiaron una mirada. Los padres de Alaric también. Una mirada que lo decía todo. Una mirada que confirmaba que sabían algo. Que siempre habían sabido algo.

Finalmente, mi mamá habló.

—¿Dónde encontraron esa foto? —preguntó.

—En el cajón del escritorio de mi abuelo —respondió Alaric—. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver?

Mi mamá no respondió inmediatamente. Miró a mi papá. Él asintió. Mi mamá respiró profundamente. Como si estuviera reuniendo fuerzas para decir algo que había estado guardando durante mucho tiempo.

—Creo que es hora de contarles todo.

Alaric y yo nos miramos.

—¿Todo? —pregunté.

—Sí. Todo.

Mi mamá tomó la fotografía y la miró por un momento. Después la dejó sobre la mesa.

—Hace unos años, después de que ustedes se separaran, el abuelo de Alaric nunca dejó de pensar en ustedes dos. Siempre decía que habían sido los mejores amigos que había visto en su vida. Y que le dolía que se hubieran separado.

—¿Y eso qué tiene que ver con la foto? —preguntó Alaric.

—Un día, hace casi dos años, el abuelo decidió que ya era hora de intentar arreglar las cosas. Llamó a nuestros padres. Y les propuso algo. Que ustedes dos volvieran a verse.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué?

—Sí. Quería que ustedes se reencontraran. Que volvieran a ser amigos. Que la historia que se había interrumpido pudiera continuar.

—¿Y qué pasó? —preguntó Alaric.

Su papá bajó la mirada. Un gesto que lo decía todo. Un gesto que confirmaba lo que ya empezábamos a sospechar.

—Nosotros... no estuvimos de acuerdo.

—¿Por qué?

—Porque todavía había rencor entre nosotros. Porque el orgullo seguía ahí. Porque nos costaba admitir que habíamos estado equivocados.

—¿Y por eso no lo hicieron?

—Sí. El abuelo insistió varias veces. Pero nosotros no cedimos. Y al final, él dejó de insistir. Pero antes de morir, nos pidió una última cosa. Que guardáramos esa foto. Y que algún día, cuando ustedes estuvieran listos, se la diéramos.

—¿Y por qué no lo hicieron? —pregunté.

Mi mamá me miró. Una mirada llena de culpa. De arrepentimiento. De dolor.

—Porque no sabíamos cuándo era el momento adecuado. Y porque teníamos miedo.

—¿Miedo de qué?

—Miedo de que ustedes no quisieran saber nada el uno del otro. Miedo de que fuera demasiado tarde. Miedo de que la historia no pudiera continuar.

El silencio llenó la habitación. Yo miré la fotografía. Esa foto de nosotros dos, sonriendo, sentados en un banco. Una foto que ni siquiera recordábamos haber tomado. Una foto que, sin embargo, existía. Que alguien había querido que existiera.

—¿Cuándo se tomó? —pregunté.

Mi mamá respondió.

—Hace casi dos años. Cuando el abuelo les pidió a nuestros padres que se reunieran. Nos juntamos un día. Ustedes dos jugaron juntos mientras nosotros hablábamos. Y alguien tomó esa foto.

—¿Y por qué no la recordamos?

—Porque ustedes eran muy chicos. Y porque después de ese día, nunca más se volvieron a ver.

Me quedé mirando la foto por un largo rato. Entonces todo comenzó a tener sentido. La carta del abuelo. La fotografía. Las palabras. "Ustedes dos están destinados a estar juntos." No era solo una frase bonita. Era algo que él había intentado hacer realidad. Que había luchado por lograrlo. Pero que no había podido. Porque los adultos, con su orgullo y su rencor, habían arruinado lo que él había intentado construir.

Alaric también estaba en silencio. Finalmente, habló. Su voz sonaba diferente. Más firme. Más segura.

—¿Por qué no nos contaron esto antes? —preguntó.

—Porque nos daba vergüenza —dijo su papá—. Vergüenza de haber dejado que el orgullo nos separara. Vergüenza de haber arruinado lo que el abuelo había intentado hacer. Vergüenza de haberles ocultado la verdad durante tanto tiempo.

Alaric negĂł con la cabeza.

—No es justo.

—¿Qué no es justo? —preguntó su mamá.

—Que hayan decidido por nosotros. Que hayan decidido que no podíamos vernos. Que hayan dejado que su orgullo arruinara nuestra amistad.

El silencio volvió a llenar la habitación. Nadie sabía qué decir. Porque Alaric tenía razón. No había sido justo. No había sido justo que los adultos hubieran decidido por nosotros. No había sido justo que hubieran dejado que el orgullo separara lo que el abuelo había querido unir. No había sido justo que hubiéramos perdido años de amistad por algo que ni siquiera era culpa nuestra.

Me quedé mirando la fotografía. Y entonces, sin pensarlo, tomé la mano de Alaric. Él me miró sorprendido. Pero no la soltó. Al contrario. La apretó un poco más.

—No importa lo que haya pasado —dije—. No importa cuánto tiempo haya pasado. Estamos acá ahora. Y eso es lo que importa.

Alaric me miró por un momento. Después sonrió. Una sonrisa que, aunque era pequeña, lo decía todo.

—Sí. Tenés razón.

Y por primera vez desde que habíamos descubierto la verdad, sentí que algo se había aliviado. Que el peso que habíamos estado cargando comenzaba a hacerse más liviano. Que, tal vez, la historia que había sido interrumpida podía, después de todo, continuar. Y que, tal vez, el abuelo había tenido razón desde el principio. Ustedes dos están destinados a estar juntos. Y quizás, después de tanto tiempo, esa promesa por fin iba a cumplirse.


Thoughts

  • BeatrizLagos

    La que me preocupa es Eli mirando el techo toda la noche y a la mañana derecho a la escuela. Así no se aguanta ningún día.

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  • porCuriosidad

    Me perdí un momento con las fechas: el abuelo murió hace dos años y la foto es de hace casi dos. Lo volví a leer y cierra. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de la foto del banco?

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  • jmoreno77

    Lo que no me cuadra es la foto. Si los juntaron una tarde entera hace dos años, alguno de los dos tendría que acordarse de algo suelto. Los críos se acuerdan justo de lo que no toca.

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  • RominaQ

    Milagros ya está metida en el asunto y no la van a poder sacar. Yo la veo cayendo en la casa de Alaric sin que nadie la invite.

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  • Ovid

    El cuarto del abuelo intacto, con la máquina de escribir y la radio todavía en su sitio, me recuerda a las casas donde nadie se atreve a mover nada por si acaso. Apuesto a que la foto del banco va a explicar menos de lo que todos esperan y que el lío de verdad está en lo que decidieron los padres.

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  • MateoSilva

    En los casamientos donde me toca trabajar siempre hay dos familias que no se hablan y todos alrededor haciendo como que no pasa nada. Desde atrás de la consola se ve clarito. Acá me quedó dando vueltas el abuelo insistiendo varias veces y aflojando al final. Eso lo vi un montón de veces, el que insiste se cansa antes que el orgulloso.

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