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Capítulo 43: Residuos de un Nombre Maldito

DNavarrete
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El amanecer bañaba los altos torreones de la Academia Arcana de Astravia con un resplandor dorado. La brisa fresca de la mañana recorría los patios y corredores de mármol, arrastrando consigo el…

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El amanecer bañaba los altos torreones de la Academia Arcana de Astravia con un resplandor dorado. La brisa fresca de la mañana recorría los patios y corredores de mármol, arrastrando consigo el murmullo de cientos de estudiantes que regresaban para un nuevo ciclo académico. Se oían ruedas de carruajes, cascos de caballos, saludos formales entre nobles, risas nerviosas de alumnos nuevos y el inconfundible zumbido de la magia que impregnaba cada piedra de aquel lugar. Pero, por encima de todas esas voces, un solo nombre dominaba las conversaciones: Anna D’Valrienne.

 

Su regreso había corrido por la academia como un incendio imposible de detener. Ya no era un simple rumor. Todos la habían visto. Todos habían presenciado su llegada. Y todos, sin excepción, habían quedado profundamente desconcertados. Ahora, en cada rincón, en cada pasillo, en cada patio y salón, los grupos se formaban, cuchicheaban, debatían y trataban de encajar lo que habían visto con lo que creían saber.

 

📍 En el Gran Patio Central: Los Nobles Antiguos

 

Bajo las columnas de mármol blanco, el grupo al que pertenecían Lucien Ardent y Clarisse Vaelmont se había reunido en su lugar habitual, ese que siempre ocupaban los apellidos más antiguos e influyentes. Pero hoy, la altivez de costumbre había sido sustituida por una mezcla de confusión y desasosiego.

 

—No lo entiendo… —repetía Lucien por tercera vez, paseando de un lado a otro con las manos a la espalda—. Yo estaba ahí, vi todo con mis propios ojos. Esa no puede ser la misma Anna. La que yo recuerdo habría bajado del carruaje exigiendo alfombras rojas y que todos se apartaran.

 

—Las personas no cambian tanto en tan poco tiempo —aseguró Clarisse, aunque su voz sonaba menos firme que antes. Se tocaba el cuello, inquieta—. Debe ser una actuación. Una máscara. Seguro planea algo grande, algo que requiere que finja ser amable y humilde.

 

—Puede fingir lo que quiera… —intervino otro joven, sentado en el borde de una fuente, mirando hacia la escalinata principal—. Pero había dos cosas ahí que no encajan con tu teoría. Garoum y Eliana.

 

El silencio cayó sobre el grupo. Era el punto débil, la parte que nadie podía explicar.

 

—Garoum no finge lealtad —dijo Lucien con amargura—. Todo el imperio lo sabe. Ese hombre odiaba las entrañas de Anna. Hace tres años, aquí mismo, le escupió al suelo delante de ella y dijo que preferiría morir antes que obedecerla. Y ayer… ayer la ayudó a bajar como si fuera la propia emperatriz.

 

—Y Eliana… —susurró Clarisse, bajando la mirada—. ¿Recuerdan cómo era? La chica que caminaba encorvada, que no levantaba la vista, que temblaba si Anna simplemente le dirigía la palabra. Todos pensábamos que si algún día se libraba de ella, correría hasta el fin del mundo. Ayer la vi reírse. Se reía de ella. Delante de todos. Y Anna no la castigó… bueno, sí, le dio un golpe en la cabeza, pero… no era un castigo de verdad. Era como… como si fueran hermanas.

 

—Eso es lo que más me asusta —admitió uno de los presentes—. Anna puede mentir. Anna puede fingir ser buena. Pero Garoum no miente. Y Eliana tampoco. Si ellos están ahí, a su lado, orgullosos y tranquilos… entonces todo lo que creíamos saber sobre ella estaba equivocado. Y eso… eso es mucho más peligroso que si hubiera vuelto siendo la misma de siempre.

 

📍 En los Corredores del Ala de Magia: Estudiantes Nuevos y Plebeyos

 

Más allá de las zonas exclusivas de la nobleza, en los pasillos más amplios y concurridos donde se mezclaban alumnos de todo origen, la conversación tenía otro tono: menos prejuicio, más curiosidad, y sobre todo, mucha esperanza mezclada con miedo.

 

Un grupo de jóvenes vestidos con el uniforme estándar gris y azul, sin escudos familiares bordados, se arremolinaba cerca de una ventana, hablando rápido y bajo.

 

—Yo no la conocía de antes —decía una chica de cabello oscuro y manos ásperas, hija de herreros de la capital—. Pero mi hermano mayor sí. Dice que era un demonio. Que, si te cruzabas en su camino, te arruinaba la vida solo por aburrimiento.

 

—Pues lo que yo vi ayer no parecía un demonio —replicó otro, un chico alto con gafas, que había estado entre la multitud—. Yo estaba bastante cerca. Llevaba el uniforme igual que nosotros, sin joyas, sin adornos. Saludó al director con mucho respeto. Y cuando caminaba, no empujaba a nadie, ni miraba por encima del hombro. Se veía… cansada, quizás. Pero no mala.

 

—Seguro exageran los rumores —opinó otro—. O tal vez la cambiaron. Dicen que estuvo en una ciudad afectada por la plaga, que hizo cosas increíbles para salvar a la gente.

 

—No lo creo —interrumpió uno que parecía saberlo todo—. Mi prima estaba ayer en la recepción. Dice que vio lo de la risa. Que Eliana se reía de ella, que todos se burlaban un poco, incluso el guerrero ese enorme. Y que Anna se enfadó, sí, pero… fue gracioso. Dijo que seguía siendo aterradora, pero todos se rieron.

 

—¿Se rieron? —preguntó la chica, con los ojos muy abiertos—. ¿De Anna D’Valrienne? ¿Y siguen vivos para contarlo?

 

—Eso es lo que digo —insistió el chico de las gafas—. Si la antigua Anna habría matado a alguien solo por mirarla mal. Esta… esta les dio unos chichones y ya. Y todos seguían queriéndola igual. ¿Sabéis lo que significa eso? Que no es lo que nos contaron. Que tal vez… tal vez no odie a los que no somos nobles.

 

—O tal vez es mucho más lista —dijo una voz seria desde el fondo—. Antes usaba el miedo para controlar. Ahora parece que usa el cariño y la lealtad. No sé qué da más miedo.

 

📍 En la Biblioteca: Los Intelectuales y Observadores

 

En las mesas cercanas a las grandes estanterías de madera oscura, donde solían reunirse los estudiantes más estudiosos y perspicaces, como Kael Vernhart, el análisis era más frío, más detallado, y quizás el más acertado de todos.

 

Kael estaba allí, rodeado de otros alumnos que compartían su visión analítica. Él había visto todo desde el balcón, y ahora repasaba cada detalle con ellos.

 

—No os equivoquéis —decía con voz tranquila pero firme—. No es que se haya vuelto débil, ni que se haya vuelto "buena" de repente. Ha cambiado. Eso es innegable. Pero el cambio no es en su fuerza, ni en su inteligencia, ni en su capacidad de mando. El cambio es en cómo usa esas cosas.

 

—¿Qué quieres decir? —preguntó una chica, anotando cosas en un cuaderno.

 

—Antes, Anna tenía poder, dinero, apellido. Y lo usaba para aplastar, para imponerse, para demostrar que era mejor que los demás. Por eso la odiaban. Por eso Garoum la despreciaba: porque veía que usaba su poder para cosas estúpidas y crueles. Por eso Eliana la temía: porque usaba su poder para hacer daño sin motivo.

 

Kael hizo una pausa, mirando hacia la ventana, como si todavía viera la escena de ayer.

 

—Ayer vi algo distinto. Vi que Garoum estaba ahí porque él quería estar. Vi que Eliana estaba orgullosa de servirla. Vi a esa chica, Lyra, que nadie conoce, pero que la protegía como si fuera su propia vida. Vi a una niña pequeña, Lira, que la cogía de la mano como si fuera su hermana mayor.

 

—¿Y qué significa eso?

 

—Significa —respondió Kael, bajando la voz— que la nueva Anna ha descubierto algo que la antigua nunca entendió: que el verdadero poder no viene de hacer que te teman, sino de hacer que te sigan. Y para conseguir que alguien como Garoum te siga, o que alguien a quien hiciste daño como Eliana te ame… tienes que haber cambiado lo que eres en el fondo.

 

—Entonces… ¿es más peligrosa?

 

—Mucho más —admitió Kael—. Porque la antigua Anna tenía enemigos por todas partes, incluso entre los suyos. La nueva Anna… parece que ha convertido a sus peores enemigos en sus mayores defensores. Y eso, amigos míos, es algo que ningún noble, ni ningún mago, ha logrado hacer jamás aquí.

 

—¿Y qué pasará ahora?

 

Kael sonrió levemente, cerrando su libro.

 

—Ahora veremos. Porque ya no se trata de si es buena o mala. Se trata de quién es realmente. Y la verdad es que… ninguno de nosotros la conoce todavía.

 

📍 Junto a las Salas de Entrenamiento: Los Guerreros y Aspirantes

 

En el exterior, cerca de los campos de práctica, donde se reunían los futuros magos de guerra y estrategas, el comentario giraba en torno a quienes la acompañaban, porque para ellos, ver a Garoum era como ver a una leyenda caminar entre ellos.

 

—¿Viste al gigante? —decía un chico musculoso, golpeando su propia palma con un bastón de práctica—. ¡Es Garoum! El mismo que comandó la Guardia de Acero. Dicen que puede partir un caballo por la mitad con un solo golpe.

 

—¿Y qué hace al servicio de ella? —preguntó otro, admirado—. Dicen que se odiaban a muerte. Que ella lo desterró una vez.

 

—Lo que digan… ayer yo vi algo que nunca olvidaré —dijo un veterano de prácticas, con cicatrices en el brazo—. Cuando ella bajaba, él le ofreció la mano. No fue una orden. Fue un gesto respetuoso, cariñoso casi. Y lo que es más importante: él vigilaba. Tenía la mirada puesta en cada uno de nosotros. Si alguno hubiera hecho un movimiento brusco, habría muerto antes de parpadear.

 

—Y la otra chica, la rubia… Lyra. ¿Quién diablos es?

 

—No lo sé, pero lleva espada de combate real, no de entrenamiento. Y se movía como un asesino. Se colocó a su izquierda, justo el punto ciego, perfecta posición defensiva. Y la niña… la pequeña Lira.

 

—¡Jajaja! ¡Esa niña es genial! —se rió otro—. ¿Viste cómo imitaba a Garoum frotándose la frente? Y dijo con esa carita de ángel: "La señorita Anna sí causa problemas". ¡Y la cara de ella! ¡Se le marcó la vena aquí, mira! —se señaló la sien, imitándola—. Fue lo mejor que he visto en años.

 

—Es extraño… —reflexionó el primero, más serio—. Una niña pequeña no se acerca a alguien que da miedo. Si esa niña la quiere tanto, es que Anna tiene un lado que nunca nos mostró antes.

 

—Pues tenga el lado que tenga —concluyó el más joven, ajustándose el cinturón—, con gente como esa detrás de ella, da igual si ha cambiado o no. Nadie va a meterse con ella. Ni los nobles, ni los profesores, ni nosotros. Porque meterse con Anna ahora… significa meterse con Garoum, con Lyra, con Eliana… y al parecer, también con una niña muy lista que sabe imitar muy bien a los guerreros.

 

En todos estos grupos, y en todos los rincones de la academia, la conclusión era siempre la misma: La Anna que había regresado era una desconocida.

 

Una desconocida que conservaba la misma belleza, el mismo apellido y el mismo poder, sí. Pero que estaba rodeada por personas que antes la habrían odiado… y que ahora parecían dispuestas a seguirla a cualquier parte.

 

Y eso, para muchos, resultaba mucho más inquietante que la vieja Anna arrogante y cruel. Porque a la antigua Anna la entendían. Sabían cómo funcionaba, sabían cómo tratarla, sabían qué esperar.

 

La nueva Anna, en cambio…

 

Era un misterio. Un misterio que caminaba con calma, saludaba con respeto, tenía a los mejores guerreros de su lado, hacía reír a los que antes sufrían, y se enfadaba de una forma que todos encontraban extrañamente entrañable.

 

Y ahora, mientras las clases estaban a punto de comenzar, todos se hacían la misma pregunta: ¿Qué va a hacer ahora?

 

Porque algo estaba claro: nada en Astravia volvería a ser igual.

 

El aula asignada a Anna D’Valrienne se encontraba en el ala oriental de la Academia Arcana de Astravia, reservada para los estudiantes de primer año. A simple vista, aquello podía parecer extraño. Anna tenía más edad que la mayoría de los presentes; por cronología, debería haber estado cursando el tercer año. Sin embargo, las reglas de la academia eran inflexibles: al haber sido expulsada y no completar formalmente los cursos anteriores, todos esos años quedaban anulados. Debía comenzar desde el principio.

 

Para muchos nobles, aquello habría sido una humillación insoportable. Para Anna, en cambio, era casi una bendición.

 

Los alumnos de primer año no habían conocido a la antigua Anna. No habían sido testigos directos de sus crueldades, de sus caprichos ni de la arrogancia que la había convertido en uno de los nombres más odiados de la academia. Habían escuchado historias, sí —rumores exagerados, advertencias susurradas, leyendas oscuras—, pero no tenían cicatrices propias. Por eso, sus miradas estaban cargadas de curiosidad y desconfianza… pero no de odio. Y eso, para Anna, hacía toda la diferencia.

 

El aula era amplia, con altos ventanales que permitían la entrada de la luz matinal, bañando de oro las filas de pupitres dispuestas en semicírculo alrededor de la plataforma central. Detrás de la última fila, en la zona reservada, permanecían de pie los sirvientes personales de algunos estudiantes. No tenían asientos; su deber era estar atentos, en silencio, listos para cualquier necesidad.

 

Allí, entre ellos, estaba Eliana.

 

Vestía su impecable uniforme de doncella, con las manos entrelazadas frente al delantal y la espalda recta como siempre. Pero hoy, bajo esa compostura tranquila, sus ojos reflejaban cierta inquietud. Anna le había pedido que se adelantara: “Ve primero y acomódate. Yo pasaré por la oficina administrativa antes de entrar”.

 

Aquello la había dejado sola en medio de gente que, en su mayoría, conocía muy bien su historia.

 

Bastó apenas un minuto.

 

Primero fueron miradas de sorpresa, luego cuchicheos rápidos, y finalmente, un pequeño grupo se acercó rodeándola, atraídos como imanes por verla allí de pie, entera y tranquila.

 

—¿Eliana? —preguntó una muchacha pelirroja, Mina, que había servido en la misma época que ella—. ¿De verdad eres tú? ¡Pensé que habías desaparecido para siempre!

 

Eliana giró, y al reconocerla, sus ojos se iluminaron.

 

—¡Mina! ¡Cuánto tiempo!

 

Otros se sumaron: jóvenes que habían coincidido con ella en banquetes, jornadas de estudio o eventos de la nobleza, todos conocedores de lo que, supuestamente, había sido su vida.

 

—¿Estás bien? —preguntó un muchacho de cabello oscuro, bajando la voz con verdadera preocupación—. Se dijeron cosas terribles después de que la señorita Anna fue expulsada.

 

—Nosotros pensábamos que habías escapado —añadió otra chica, mirándola con lástima contenida—. O que habías pedido ser transferida a otra casa… o que por fin te habías librado de ella.

 

—Sí —intervino otro con suavidad—. Todo el mundo sabía… cómo era. Lo que te hacía pasar.

 

Eliana parpadeó varias veces. Había esperado preguntas, sí. Había esperado curiosidad. Pero no tanta preocupación genuina, no esa certeza compartida de que ella debía haber sufrido lo indecible.

 

Y de pronto, no pudo evitar sonreír. Una sonrisa sincera, amplia y serena que desconcertó a todos.

 

—Estoy bien —respondió con total seguridad—. Muy bien, de hecho.

 

Se quedaron todos callados, mirándola incrédulos.

 

—¿En serio? —susurró Mina—. ¿Con… con ella?

 

Eliana soltó una pequeña risa, cálida y ligera.

 

—Sí. Y antes de que preguntéis: sí, sigue siendo aterradora cuando se enfada. Aún me duele un poco la cabeza de ayer —se tocó la frente con humor, recordando los dos chichones gemelos—. Pero… —su expresión se suavizó, volviéndose tierna, casi reverente— ya no es la misma persona.

 

El murmullo cesó por completo. Todos escuchaban con atención, como si estuvieran a punto de escuchar algo imposible.

 

—¿Cambió… cómo? —insistió Mina, frunciendo el ceño, incapaz de imaginarlo.

 

Eliana pensó por un instante, buscando las palabras exactas.

 

—Ahora —dijo despacio, con claridad— se preocupa por los demás antes que por sí misma.

 

Las caras de incredulidad fueron casi cómicas. Unos abrieron la boca, otros negaron con la cabeza, otros soltaron risitas de incredulidad.

 

—¡No puede ser!

 

—¡Estás bromeando!

 

—¿Anna D’Valrienne? ¿Egoísta, arrogante, caprichosa Anna?

 

Eliana asintió con firmeza.

 

—Es verdad. Durante la crisis en el sur, cuando hubo enfermedades y hambruna, trabajó día y noche. Apenas dormía. Tenía que obligarla a comer porque se le olvidaba. Se enfrentó a nobles codiciosos, a soldados corruptos, a médicos orgullosos y a funcionarios que solo querían protegerse a sí mismos… todo para salvar a gente que ni siquiera conocía, que no tenía nada que darle a cambio.

 

El silencio volvió a caer, pesado y sorprendido.

 

Eliana bajó la mirada un momento, como reviviendo esos días, y su voz se volvió más suave, cargada de emoción.

 

—Y también… me pidió perdón.

 

Aquellas tres palabras cayeron como un rayo en el centro del grupo.

 

—¿Qué…?

 

—¿Te pidió perdón… ella? ¿A ti?

 

Eliana levantó la vista, y en sus ojos brillaban lágrimas contenidas, pero no de tristeza, sino de orgullo y gratitud.

 

—Sí. Y no una vez. Muchas veces. Me pidió perdón por todo lo que me hizo pasar. Por el miedo, por las humillaciones, por haberme tratado como algo sin valor. Me dijo que entendía el daño que había causado… y que haría todo lo posible para que nunca más volviera a sentirme así.

 

—No puedo imaginar a la antigua Anna haciendo algo así —susurró Mina, conmocionada.

 

—Ni yo —respondió Eliana con dulzura—. Porque la antigua Anna… ya no existe. Se quedó en el pasado. La que está aquí ahora… es alguien nuevo. Alguien que ha aprendido, que ha sufrido y que ha cambiado de verdad.

 

Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas y reales. Nadie pudo rebatirla. No había miedo en su voz, ni rastro de mentira en sus gestos. Solo afecto sincero, lealtad absoluta y una paz que antes nadie habría creído posible en ella.

 

Uno de los muchachos, el más callado, sonrió levemente.

 

—Entonces… ¿ahora eres feliz?

 

Eliana no dudó ni un segundo.

 

—Mucho —respondió con una certeza tan grande que todos la sintieron en el pecho.

 

Y justo en ese instante, la puerta del aula se abrió.

 

El murmullo cesó de golpe, cortado como con un cuchillo. Todas las cabezas se giraron al unísono.

 

Anna D’Valrienne entró al salón.

 

Caminaba con la misma elegancia serena, la misma postura erguida que la hacían inconfundible. Vestía el uniforme académico tal cual debía ser, sin joyas, sin adornos innecesarios, solo el emblema de la academia y la rosa negra de su familia bordada con discreción. Su porte seguía siendo noble, imponente, imposible de ignorar… pero ahora irradiaba calma.

 

Las miradas viajaron rápido: de Anna, a Lyra y Garoum que esperaban cerca de la puerta, a la pequeña Lira que entraba de la mano de ella, y finalmente, regresaron a Eliana.

 

Y al verla, lo entendieron todo.

 

Porque la joven que antes caminaba encorvada, que temblaba al verla llegar, que parecía una prisionera… ahora sonreía.

 

Sonreía con los ojos brillantes, con el corazón abierto, como alguien que ve llegar a la persona que más quiere y respeta en el mundo.

 

Anna cruzó el aula despacio, sintiendo todas las miradas, pero sin incomodarse. Al pasar junto a la zona de los sirvientes, detuvo su paso solo un instante y clavó sus ojos claros en Eliana.

 

—Gracias por adelantarte, Eliana —dijo con voz suave, cálida, llena de reconocimiento.

 

—Siempre, señorita Anna —respondió ella, inclinando la cabeza con orgullo.

 

La sonrisa que intercambiaron fue pequeña, casi íntima, sin palabras. Pero bastó. Bastó para que todo el salón —estudiantes nuevos que solo sabían rumores, sirvientes que conocían la historia, y todos los que observaban atentos— comprendieran una verdad que ya nadie podría ignorar:

 

Anna D’Valrienne había regresado.

 

Ya no era la niña caprichosa y cruel que todos recordaban. Ya no era la que caminaba sola, rodeada de miedo y odio. Ahora caminaba acompañada, ahora tenía a su lado a quienes debían odiarla, ahora era admirada, respetada y querida.

 

Y en ese momento, quedó claro para todos: Anna D’Valrienne había regresado… y esta vez, ya no caminaba sola.

 

Lyra observó el aula con rapidez, recorriendo cada rincón con la mirada afilada y entrenada de quien sabe identificar un peligro antes de que este se convierta en amenaza. Evaluó la distribución de los pupitres, la altura de las ventanas, las posibles salidas traseras y, por supuesto, a cada uno de los estudiantes presentes, midiendo actitudes, posturas y miradas. Solo cuando estuvo segura de que no había riesgo inmediato, bajó la vista hacia la pequeña Lira, que seguía aferrada con fuerza a la mano de Anna, mirando todo con curiosidad.

 

La joven guerrera sonrió con suavidad, una sonrisa que rara vez mostraba a extraños.

 

—Vamos, pequeña —dijo, inclinándose para tomarla en brazos con facilidad—. Iremos a esperar afuera con el grandote.

 

Lira alzó los brazos de inmediato, con los ojos brillantes de ilusión.

 

—¡Con el tío Garoum!

 

Lyra la levantó como si no pesara nada, acomodándola bien sobre su cadera, y se volvió hacia Anna con una expresión más seria y profesional.

 

—Las normas son las normas —recordó en voz baja—. Solo un sirviente puede permanecer junto al noble durante la clase, y Eliana ya está aquí. No quiero causarte problemas el primer día.

 

Anna asintió con calma, dándole una pequeña palmada en el hombro antes de que se marcharan.

 

—Lo sé. Gracias, Lyra. Por todo.

 

Garoum, que permanecía cerca de la entrada con los brazos cruzados y una imponente presencia que hacía que más de un alumno se mantuviera lejos, soltó un gruñido grave y dio un paso hacia ellas.

 

—Estaremos justo afuera del edificio —aseguró con su voz profunda y resonante, mirando a Anna a los ojos—. Si ocurre cualquier cosa, por pequeña que sea, me llamas. Iré antes de que el sonido salga de tu boca.

 

Lyra rodó los ojos con dramatismo mientras se ajustaba a Lira en brazos.

 

—Por los dioses, Garoum, deja de actuar como si fuera una niña indefensa que no sabe ni sostener una espada.

 

El enorme guerrero frunció el ceño con severidad, señalándola con la barbilla.

 

—No hablo de ti. Tú ya eres lo bastante imprudente por tu cuenta.

 

—Ah, claro —se burló ella, sonriendo—. Porque la pequeña Lira es la verdadera amenaza aquí, ¿verdad?

 

Lira, entendiendo perfectamente el juego, infló las mejillas, frunció el ceño e intentó poner la cara más feroz que pudo, pareciendo un cachorro intentando rugir.

 

—¡Lira es muy peligrosa! —afirmó con tono serio y decidido.

 

Garoum soltó una pequeña risa nasal, la única señal de diversión que permitió mostrar.

 

—Eso es cierto. Es la única de los tres que me da miedo de verdad.

 

Lyra sonrió con aire triunfal, muy satisfecha.

 

—¿Ves? Hasta ella lo sabe. Algo de sentido común queda en este grupo.

 

El gigante negó con la cabeza, empezando a caminar hacia el pasillo.

 

—Solo mantente alerta y vigila los alrededores. Y no te metas en problemas mientras esperamos.

 

Lyra comenzó a alejarse detrás de él, meciendo suavemente a la niña en brazos.

 

—Sí, sí. Tú sigue vigilando desde las sombras como el padre sobreprotector que eres.

 

—No soy sobreprotector —refunfuñó él desde el fondo del pasillo.

 

—Claro que no. Solo revisas cinco veces cada puerta antes de entrar, examinas la comida tres veces y duermes con un ojo abierto.

 

—Eso se llama ser precavido.

 

—Eso se llama no tener vida social.

 

—Eso se llama seguir con vida —replicó él con firmeza.

 

Lira soltó una risita al escuchar su discusión diaria, disfrutando del ir y venir de palabras.

 

—¡Tío Garoum regaña mucho! —anunció con voz cantarina.

 

—¿Lo ves? —dijo Lyra, señalándolo con el pulgar mientras se alejaban más—. Hasta la niña se da cuenta.

 

Garoum cruzó los brazos y exhaló por la nariz, sacudiendo la cabeza con resignación.

 

—Al menos alguien en este grupo tiene sentido común.

 

—¡Entonces cuídate, anciano gruñón! —gritó Lyra sin darse vuelta, mientras la risa de Lira resonaba por el corredor.

 

—Y tú deja de meterte en problemas —fue la última respuesta que se escuchó antes de que sus voces se perdieran por completo.

 

Cuando la puerta se cerró tras ellos, dejándola finalmente sola entre desconocidos, Anna dejó escapar un pequeño suspiro contenido. Una sonrisa involuntaria y cariñosa apareció en sus labios mientras negaba suavemente con la cabeza.

 

—Mis dos guardianes… —murmuró para sí misma, con ternura—. El acero y el fuego.

 

A pesar de sus constantes discusiones, de sus personalidades opuestas y de las quejas mutuas, la preocupación de ambos era genuina, absoluta y profunda. Y, de alguna manera extraña y hermosa, aquella caótica dinámica se había convertido en una de las cosas más reconfortantes y valiosas de su nueva vida.

 

Anna se volvió despacio hacia su pupitre, el que le habían asignado al entrar.

 

Solo entonces reparó en el detalle que, en el fondo, ya esperaba encontrar, pero que dolía ver igual.

 

El asiento a su lado —el único puesto vacío en toda la fila— permanecía completamente desierto.

 

No había libros sobre la mesa contigua.

 

No había mochila.

 

Nadie se había atrevido a ocuparlo.

 

Algunos estudiantes apartaban la mirada rápidamente al notar que ella lo observaba, fingiendo revisar sus apuntes con una concentración exagerada. Otros murmuraban bajito entre ellos, lanzando miradas furtivas que mezclaban curiosidad, desconfianza y respeto precavido. No había hostilidad abierta, ni insultos, ni desprecio manifiesto… pero sí una barrera invisible, un muro de distancia que todos habían levantado alrededor de ella.

 

Anna bajó la vista por un instante, recorriendo con la yema del dedo la madera pulida de su mesa. No le dolía tanto como habría imaginado años atrás, cuando su orgullo habría sufrido ante el rechazo. Ahora lo entendía perfectamente.

 

La confianza no se construye en un solo día, pensó con calma. Y mucho menos cuando durante años te encargaste de dar razones para temerte o rechazarte.

 

Entonces levantó lentamente la mirada y recorrió el salón con la vista, hasta fijarla en la última fila, en la zona trasera reservada para el servicio.

 

Sus ojos se encontraron al instante con los de Eliana.

 

La joven sirvienta, que hasta ese momento había permanecido inmóvil y discreta en su lugar, se había mantenido siempre atenta a ella. Al sentir la mirada de su señora, le dedicó de inmediato una sonrisa cálida, tranquila y llena de apoyo silencioso, como diciendo: "Aquí estoy. Siempre aquí".

 

Y, de pronto, Anna tomó una decisión. Una de esas decisiones que rompen reglas, que desafían costumbres y que cambian lo que los demás creen ver.

 

—Eliana.

 

La llamada fue suave, baja y serena, pero en el silencio expectante del salón resonó con una claridad absoluta.

 

Todas las miradas se giraron bruscamente hacia ellas. Los murmullos cesaron al instante.

 

Eliana parpadeó, sorprendida por la llamada.

 

—¿Sí, señorita Anna?

 

Anna señaló con la mano, despacio y con total naturalidad, el asiento vacío junto a ella, ese que nadie se había atrevido a ocupar.

 

—Ven. Siéntate conmigo.

 

Por un segundo largo y pesado, el tiempo pareció detenerse en el aula.

 

Los estudiantes se quedaron inmóviles, con la boca entreabierta.

 

Los sirvientes de la parte trasera abrieron los ojos con una sorpresa absoluta.

 

Aquello era algo inaudito, impensable, contrario a todo lo que dictaba la tradición y la jerarquía.

 

Un noble podía permitir que su sirviente permaneciera cerca. Podía tratarlo con amabilidad, con respeto o incluso con afecto privado. Pero invitarlo a sentarse a su lado, en el aula, delante de todos, como a un igual… eso simplemente no ocurría. Nunca.

 

Eliana sintió que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho. Miró a su alrededor, vio las caras de asombro, y luego volvió a mirar a Anna, buscando en sus ojos si se trataba de una broma o una prueba. Pero solo encontró sinceridad.

 

—¿Está… está segura? —preguntó con voz apenas audible.

 

Anna sonrió, una mezcla perfecta de firmeza, sinceridad y esa pequeña vulnerabilidad que solo le mostraba a ella.

 

—Sí.

 

Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz solo lo suficiente para que solo ella lo escuchara bien, aunque todos seguían pendientes.

 

—Me siento más tranquila teniéndote a mi lado.

 

La emoción se reflejó con claridad en el rostro de Eliana, iluminándolo todo. No hubo vacilación. No hubo dudas. No hubo miedo a lo que dijeran los demás.

 

Con una sonrisa radiante, la más hermosa que nadie le había visto dar, abandonó su lugar al fondo del aula y caminó entre los pupitres, sintiendo todas las miradas sobre ella, sin importarle nada más que llegar hasta Anna.

 

Se sentó con cuidado en el asiento vacío, acomodándose despacio, como si todavía temiera que aquello fuera un sueño del que podría despertar en cualquier momento.

 

Anna soltó un suspiro de alivio apenas la tuvo a su lado, una liberación real de toda la tensión que había acumulado al entrar.

 

Eliana se inclinó ligeramente hacia ella, acercando su hombro al de ella, y susurró con una sonrisa juguetona y llena de cariño:

 

—¿Tan rápido me echó de menos, señorita Anna? Apenas estuvimos separadas cinco minutos.

 

Anna desvió la mirada de inmediato, fingiendo interés repentino en el material de la mesa, intentando conservar la compostura seria y digna que debía tener.

 

—Solo… pensé que el asiento se veía demasiado vacío y triste —murmuró con falsa indiferencia.

 

Eliana soltó una risita baja, discreta y feliz.

 

—Claro. Por supuesto. Solo eso.

 

Pero ambas sabían la verdad. Y todos los que estaban en la habitación, al verlas así, juntas, tranquilas, cómodas y unidas, empezaban también a entenderla.

 

En ese pequeño gesto, simple, humano y sincero, toda la distancia, todo el rechazo y toda la tensión que Anna había sentido al entrar en aquella aula comenzó a disiparse como la niebla ante el sol.

 

Porque, aunque el resto del salón aún dudara de ella, aunque los rumores persistieran y el pasado pesara todavía…

 

Ya no estaba sola.

 

Mientras Anna permanecía en el aula, intentando encontrar su lugar entre miradas llenas de duda y recuerdos pesados, Garoum recorría los amplios pasillos de la Academia Arcana de Astravia acompañado de Lyra y la pequeña Lira.

 

Lyra llevaba a la niña tomada de la mano, aunque Lira no caminaba: daba pequeños saltitos de un lado a otro, con la cabeza siempre levantada, observando cada estatua, cada vitral y cada estudiante que pasaba, con esos ojos brillantes que parecían querer abarcarlo todo a la vez.

 

—¿Entonces cuál es el plan, gran guerrero? —preguntó Lyra con una sonrisa traviesa, caminando medio paso por delante de él—. ¿Te quedarás apostado justo frente a la puerta del salón con esa cara de pocos amigos? ¿Esa que dice: «Si alguien mira mal a mi señora, desaparece sin dejar rastro y nadie encuentra su cuerpo jamás»?

 

Garoum soltó un resoplido profundo, de esos que hacían vibrar su pecho ancho y fuerte.

 

—Eso depende —respondió con voz grave— de cuántos idiotas se atrevan a serlo hoy.

 

Lira levantó la mano de inmediato, agitándola con entusiasmo para que la vieran.

 

—¡Lira no es idiota! ¡Lira es muy lista!

 

Lyra soltó una carcajada clara y sonora, y se agachó un instante para darle un beso en la frente.

 

—No, pequeña. Tú eres la más inteligente de todos nosotros. Sin duda.

 

Garoum asintió con solemnidad, mirando a la niña con una ternura que muy pocos podían ver.

 

—Y eso —añadió, señalando a Lyra con la cabeza— tampoco es que sea algo muy difícil de lograr.

 

—¡Oye! —protestó ella, poniéndose derecha y cruzando los brazos con fingido enfado—. Te recuerdo que yo te salvé la vida en el paso del río de las Sombras.

 

—Te caíste tú sola y yo te saqué —corrigió él, impasible.

 

Lira se echó a reír, saltando entre ambos.

 

Pero al doblar el corredor principal, Garoum se detuvo de golpe, tan bruscamente que el aire pareció cortarse. Su mano se cerró instintivamente sobre la asta de su lanza, apretando con fuerza, y todo rastro de ligereza desapareció de su postura.

 

Frente a ellos, parado en el centro del pasillo, con las manos cruzadas a la espalda y una calma absoluta que llenaba todo el espacio, se encontraba un hombre mayor. Vestía las túnicas de seda azul oscuro bordadas con hilos de plata, la indumentaria que solo usaba la máxima autoridad de este lugar.

 

El director Cassen.

 

Sus ojos, viejos y sabios, se posaron directamente sobre Garoum, y una sonrisa lenta y leve apareció en su rostro, cargada de memoria.

 

—Ha pasado mucho tiempo, viejo cascarrabias.

 

Garoum entrecerró los ojos, sin relajar ni un músculo.

 

—Director Cassen.

 

Lyra miró a uno y a otro, sintiendo la historia pesada que flotaba entre ellos.

 

—¿Un amigo suyo? —susurró al oído de Garoum.

 

—No exageres —gruñó él, bajando la voz.

 

Cassen soltó una pequeña risa, cálida y profunda.

 

—Esa respuesta brusca y desagradable… es lo más cercano a una muestra de afecto que he recibido de él en décadas.

 

Lira, sin entender de tensiones ni jerarquías, se soltó de la mano de Lyra y dio dos pasos al frente, levantando la cabeza para mirar bien al hombre mayor.

 

—¡Hola, abuelito elegante! —saludó con su vocecita clara y alegre.

 

El director bajó la mirada hacia ella, y por un instante, toda la seriedad de su cargo se desvaneció. Sonrió con genuina calidez y se agachó un poco para quedar a su altura.

 

—Hola, pequeña. Qué ojos tan brillantes tienes.

 

Luego se enderezó y miró a Lyra.

 

—¿Te importaría llevar a Lira al patio interior? He visto que hay unos jardines muy bonitos allí, con fuentes grandes. Quisiera hablar un momento a solas con Garoum. Asuntos antiguos… y nuevos.

 

Lyra entendió de inmediato la gravedad en sus palabras. Miró interrogante a Garoum.

 

Él asintió lentamente, una sola vez.

 

—Adelántense. Las alcanzaré en unos minutos. No tardaré.

 

Lyra tomó a Lira en brazos, acomodándola con facilidad.

 

—Vamos, pequeña. Dejemos que los adultos hablen de cosas muy serias y muy aburridas.

 

Lira lo pensó un segundo, y luego preguntó muy seria:

 

—¿Como cuando el tío Garoum se queja de todo?

 

Cassen soltó una carcajada que resonó en las paredes.

 

—Exactamente igual, pequeña.

 

—¡Entonces hablarán muchísimo tiempo! —aseguró Lira, antes de que Lyra se alejara con ella, perdiéndose sus risitas entre las columnas.

 

Cuando el sonido de sus pasos desapareció por completo, el ambiente cambió de golpe. La ligereza se desvaneció. El aire se volvió denso, cargado de pasado, de recuerdos dolorosos y de preguntas que llevaban años esperando ser hechas.

 

Cassen observó a Garoum en silencio, recorriendo su figura imponente, las cicatrices que marcaban sus brazos, la forma en que sostenía su arma, como una extensión de su propio cuerpo.

 

—Nunca imaginé volver a verte al lado de Anna D’Valrienne —dijo finalmente, con voz mesurada pero firme.

 

Garoum no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros permanecían fijos en el director, duros, inescrutables.

 

—Y mucho menos —continuó Cassen, dando un paso lento hacia él— después de todo lo que esa muchacha te arrebató. De lo que te hizo perder. De la forma en que te humilló y te destrozó la vida, delante de todos.

 

Garoum apretó la lanza hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Una sombra oscura cruzó su mirada, el recuerdo vivo de años de odio, de dolor, de juramentos hechos con sangre.

 

—Tiene razón —admitió con voz ronca, profunda como un trueno lejano—. Durante años creí que preferiría morir mil veces antes que volver a servirla. Que preferiría arrancarme la mano antes que obedecerla.

 

Levantó la vista, clavando la mirada directamente en los ojos del director, sin rastro de vergüenza ni de duda.

 

—Y no me avergüenza admitirlo. Era la verdad.

 

Cassen asintió con serenidad.

 

—Entonces… —el director bajó la voz, y la pregunta salió cargada de toda la curiosidad del mundo, de todo el peso de lo imposible— ¿qué cambió, Garoum? ¿Qué fue lo que rompió ese odio que parecía eterno?

 

Garoum guardó silencio unos segundos, mirando hacia la distancia, como si pudiera ver a través de las paredes, hasta donde estaba ella.

 

—La vi —dijo simplemente.

 

—¿Qué fue lo que viste? —insistió Cassen, adelantándose un poco más.

 

La respuesta llegó entonces, firme, potente, llena de una convicción que hizo que el aire vibrara:

 

—Vi a una joven que se enfrentó sola a una ciudad entera consumida por la plaga y la desesperación. Vi a una noble que no dudó en ensuciarse las manos, en trabajar día y noche hasta caer rendida, solo para salvar a gente que jamás podría devolverle nada, gente que ni siquiera sabía su nombre. Vi a alguien que miró su pasado, reconoció cada error, cada daño, cada crueldad… y no buscó excusas. No se escondió. Decidió cargar con todo ese peso, y transformarlo en fuerza para ser mejor.

 

Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre la asta de la lanza, hasta que la madera crujió levemente.

 

—No entiendo del todo a mi señora —reconoció, con una mezcla de confusión y orgullo—. A veces creo que ni ella misma se entiende. Es terca, es orgullosa, se preocupa demasiado y se enfada por tonterías… Pero comprendí una cosa. Una sola, y fue suficiente para cambiarlo todo.

 

Cassen lo observó atentamente, conteniendo la respiración.

 

—La Anna que conocimos… esa niña cruel y caprichosa… ya no existe.

 

Garoum hizo una pausa, y su voz se volvió más grave, más profunda, como si estuviera haciendo un juramento sagrado allí mismo, en medio del pasillo.

 

—Y la mujer que está naciendo ahora… esa que he visto luchar, sufrir y crecer… es alguien digna de mi lealtad. Digna de mi vida. Y digna de todo lo que puedo darle.

 

Cassen entrecerró los ojos, probando su firmeza, buscando cualquier rastro de duda.

 

—¿Y si te equivocas? —preguntó con dureza—. ¿Y si todo esto no es más que una máscara, una actuación maestra para ganar tiempo y poder?

 

Garoum negó con la cabeza, lenta y firmemente.

 

—Eso lo pensé yo mismo al principio. La vigilé, la puse a prueba, esperé el momento en que se cayera la careta… Hace mucho tiempo que dejé de creerlo.

 

El director dio un paso más, desafiante.

 

—¿Y si algún día vuelve a ser el monstruo que fue? ¿Si el orgullo de los D’Valrienne termina por devorarla otra vez y vuelve a hacer daño a los demás?

 

La mirada de Garoum se endureció hasta volverse acero puro. Sus manos apretaron la lanza con una ferocidad que habría partido a un hombre normal por la mitad.

 

—Entonces yo mismo acabaré con ella.

 

Por primera vez en mucho tiempo, el director Cassen mostró auténtica sorpresa. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Hablas en serio?

 

—Completamente —respondió Garoum sin titubear, sin pestañear.

 

—¿Harías eso? ¿Después de todo lo que dices que ha cambiado? ¿Después de haberle jurado lealtad?

 

Garoum sostuvo la mirada del director, y en sus ojos había algo más grande que el deber, algo que dolía y que valía la pena.

 

—Fue ella quien me lo pidió.

 

El silencio que siguió fue pesado, lleno de significado.

 

—¿Te pidió… que la mataras? —susurró Cassen, conmocionado.

 

Garoum asintió lentamente.

 

—Me hizo jurar, incondicionalmente, que si alguna vez volvía a convertirse en esa persona que odiamos ambos… no dudara. Que no la dejara vivir para causar dolor. Que la detuviera, fuera como fuera.

 

Luego, su expresión se suavizó apenas, cambiando la dureza por una convicción aún más poderosa.

 

—Pero la verdad, director… es que ya no lo haría por esa promesa.

 

—¿Entonces por qué?

 

Garoum respondió con absoluta certeza, con la voz que llega desde lo más hondo del alma:

 

—Porque la Anna a la que sirvo hoy… jamás permitiría que ese monstruo volviera a despertar. Jamás permitiría que volviera a hacer sufrir a nadie.

 

Hizo una pausa, y sus palabras cayeron como sentencia:

 

—Mi señora actual preferiría morir mil veces, antes que volver a ser quien fue.

 

El silencio se extendió entre ambos, pesado, impresionante.

 

Finalmente, una pequeña sonrisa, sincera y respetuosa, apareció en el rostro de Cassen.

 

—Entonces… —dijo muy despacio— el cambio no es solo aparente. Es real. Profundo. Irreversible.

 

Garoum asintió.

 

—Más de lo que nadie aquí se imagina. Más de lo que tú mismo podrías creer posible.

 

Cassen observó a su viejo amigo durante un largo momento, viendo en él la transformación, viendo cómo el odio se había convertido en algo tan fuerte como la devoción.

 

—Espero poder conocer pronto —dijo suavemente— a esa nueva Anna. No a la que todos recuerdan, sino a la que ha logrado ganarse el respeto del hombre más difícil que conozco.

 

Garoum comenzó a alejarse, caminando con paso firme hacia el patio donde lo esperaban.

 

—Hágalo. Pero júzguela solo por quien es ahora —advirtió con firmeza—. No por quien fue. Ella ya pagó muy caro ese pasado.

 

Cassen sonrió, mirándolo irse.

 

—Creo que las personas que la rodean… —dijo en voz alta, aunque él ya se alejaba— ya hablan bastante por ella. Y dicen cosas maravillosas.

 

Garoum se detuvo un instante al final del pasillo, sin volverse. Una casi imperceptible sonrisa, rara y genuina, cruzó su rostro duro.

 

—Entonces comprenderás más que la mayoría —fue su respuesta, antes de seguir su camino.

 

Cassen permaneció inmóvil en el corredor, observando la figura del guerrero alejarse.

 

Después de tantos años dirigiendo esta academia, después de haber visto pasar a miles de estudiantes, de haber escuchado historias de todo tipo… pocas cosas podían sorprenderlo ya.

 

Y, sin embargo, Anna D’Valrienne lo había conseguido.

 

No solo había cambiado ella.No solo había cambiado la forma en que la veían.

 

Había logrado algo que nadie, absolutamente nadie, habría creído posible: había convertido el odio más profundo y antiguo… en una lealtad absoluta, ciega y dispuesta a todo.

 

Y eso… eso era algo que ni siquiera él, con toda su sabiduría, habría sabido explicar.

Thoughts

  • Ovid

    Anna llamando a Eliana a sentarse a su lado delante de toda la clase me hizo pensar en lo mucho que cambia un sitio cuando una sola persona rompe la regla de dónde se sienta cada uno. Se nota que Anna ya no busca que la quieran todos, le basta con no estar sola, y apuesto a que ese pupitre le va a traer más líos con los nobles que su pasado.

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  • versoenservilleta

    Desde el capítulo de la vuelta a casa esperaba que alguien de fuera le preguntara a Garoum qué cambió, y que fuera el director me pareció lo justo, porque lo conoció antes de todo esto.

    Lo del juramento me dejó fría: que la propia Anna le hiciera prometer que la detendría si vuelve a ser la de antes. Eso cambia cómo leo las escenas tiernas con Eliana, porque detrás de esa calma hay una chica que todavía se tiene miedo. Apuesto a que esa promesa vuelve.

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