Capítulo 1: Sonríe para la foto
Hay una regla no escrita en la familia Sterling: si sonríes lo suficiente, nadie pregunta nada.
Y yo llevo sonriendo desde las siete de la tarde.
—Mandíbula relajada, Blake —susurra mi mamá sin mover los labios, con esa sonrisa de revista clavada en la cara—. Estás haciendo esa cosa con la boca.
Esa cosa con la boca es, supuestamente, mi sonrisa natural. Irónico, ¿no?
Nos quedamos quietos mientras los flashes estallan. Gala anual de beneficencia Sterling-Vance. Doscientas personas que se odian entre sí, todos vestidos de más de mil dólares. Mi vestido es de encaje blanco, mi pelo lleva tres horas de planchado y mi estómago lleva dos horas vacías, porque mamá dijo que el vestido "marca demasiado si como antes".
—Te ves hermosa, cariño —dice mamá, y por un segundo casi le creo. Casi.
—Gracias —digo yo, que es lo que sé decir.
Ahí está Presley Vance al otro lado del salón, con un vestido color champán y su tropa de seguidoras alrededor, como si fuera la reina de Inglaterra y ellos sus corgis. Me mira. Yo la miro. Ninguna sonríe. Es lo más honesto que hemos hecho en años.
Cuando pasa cerca de mí, bajando la copa de jugo como si fuera champán, se inclina apenas y susurra:
—El vestido era mío primero, ¿sabías?
Y se aleja antes de que yo pueda responder, que es su especialidad: soltar el veneno y correr.
No le respondo. Está bien, Blake, no le respondas. Los Sterling no se caen. Se maquillan.
Sonrío para la foto.
El baño de damas del hotel tiene un espejo gigantesco que, honestamente, es una falta de respeto. Ahí me quedo un rato, sola por fin, con el agua de la llave corriendo para que nadie escuche nada.
Me miro. Pelo perfecto. Ojos azules que la gente dice que son "de otro planeta". La chica del espejo es la que aparece en las fotos del aniversario del colegio, la que tiene la vida resuelta.
Y luego pienso lo que pienso todas las noches, aunque nunca se lo diga a nadie:
Si ni yo me creo mi sonrisa, ¿cómo esperan que se la cree el resto?
Empujo la puerta para salir y chocó contra alguien. De verdad, chocho: nariz contra hombro, bolso al suelo, todo.
—Uy, perdón—
—Tranquila, fue culpa mía.
Es el chico de la mesa del fondo. El de la beca. Ethan. Está aquí trabajando, con un chaleco negro de mesero y una bandeja bajo el brazo, y me está mirando como me mira nadie: sin calcular, sin fingir, sin cámara.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí. Sí, claro —digo, recogiendo mi bolso a toda velocidad—. Obviamente.
Obviamente. Palabra mágica de los Sterling. La usas y todo sigue pareciendo perfecto.
Él medio sonríe, como si hubiera escuchado la mentira, y sigue caminando.
Y yo me quedo parada en el pasillo, con el corazón latiéndome raro por primera vez en meses.
Capítulo 2: La reina y sus corgis
La cosa con las fiestas de gente rica es que nadie se emborracha. Se refresca. Nadie dice idiotas, dice opiniones controvertidas. Y nadie te hace bullying: te da retroalimentación.
Presley Vance lleva la retroalimentación en la sangre.
La encuentro —bueno, ella se asegura de que yo la encuentre— junto a la mesa de postres, rodeada de su corte habitual: las gemelas Hartley, dos chicas idénticas que ríen cuando Presley respira, y Sienna.
Sí. Sienna. Mi mejor amiga desde quinto grado, riéndose del comentario de Presley, parada ahí como si fuera parte del mobiliario Vance.
Presley me mira de arriba abajo, lento, como si valiera la pena ser revisada.
—Blake —dice, con una sonrisa que no le llega ni a la mandíbula—. Te ves cansada. ¿Otra vez la dieta del aire?
Las gemelas ríen. Sienna no. Sienna mira su copa como si tuviera algo interesante escrito en el fondo, y eso me duele más que el comentario de Presley, y eso ya es decir mucho.
—Mejor dieta del aire que dieta de cirugía, Presley —respondo—. Casi no se te nota.
Uy. Ahí hubo silencio. De esos ricos. Las gemelas no saben dónde mirar y Presley aprieta la copa hasta que se le ponen blancos los nudillos.
Pero se recupera en un segundo, porque para eso se entrena desde que nace.
—Hablando de no notarse... —apoya la cadera y baja la voz, aunque lo suficientemente fuerte para que toda su corte escuche—. ¿Y el señor Cruz? Escuché que te chocaste con él en el pasillo. Que te recogió el bolso. Que se quedaron hablando.
Cruz. Lo dice como si el apellido fuera una mancha en su alfombra.
—Me chocó. Son dos segundos —digo, encogiéndome de hombros con toda la tranquilidad que no siento.
—Claro —Presley sonríe, y ahora sí llega a los ojos, lo cual es peor—. Dos segundos de Blake Sterling con el becado del chaleco. Mamá va a amar esa noticia.
Y ahí está. Ahí está la verdadera Presley, la que vive con el oído pegado a los teléfonos de las demás, la que colecciona secretos ajenos como yo colecciono frascos de pura ansiedad.
—¿Tan pocas cosas tienes que hacer que me vigilas? —le pregunto.
—No te vigilo —dice ella, tomando un macarrón de la bandeja y mordiéndolo con total calma—. Solo que mi papá cena con el tuyo el jueves, y a los papás les encanta hablar de sus hijas. Tú sabes cómo son. Comparar.
Y se aleja, con su corte detrás, dejándome ahí parada con el corazón en la garganta.
Porque eso es lo que hay entre las Vance y los Sterling: dos empresas, una guerra fría, y dos hijas usadas como termómetro. Cada nota que saco, cada gala, cada foto, es una ronda más de una pelea que empezó antes de que yo naciera.
—Blake —dice Sienna a mi espalda, bajita—. Yo no le dije nada del chico del pasillo, te lo juro. Yo nunca—
—Sí, ya sé —digo yo, y sueno a mi madre, y eso me horroriza—. Seguro fue el viento.
—Blake...
—¿Sabes qué es lo peor, Sienna? Que te quedaste ahí y te reíste.
—No puedo pelearme con ella —dice Sienna, y por una vez no suena a excusa, suena a miedo—. No sabes lo que es estar del otro lado de Presley.
Y ahí quiero decirle: claro que sé lo que es, estoy en el lado de enfrente desde que tenemos memoria.
Pero no lo digo. En cambio, digo:
—Tienes razón. Perdón.
Mentira
Capítulo 4: Los Sterling no se caen
El lunes después de la cena en casa de los Vance, mi papá se fue a Tokio.
Lo normal. Siempre hay un Tokio, un Londres, un Singapur. Mi papá colecciona aeropuertos como yo colecciono excusas para no hablar con él.
—Cuídate, campeona —me dijo al despedirse, y me apretó el hombro como quien guarda un juguete en su caja.
Campeona. Él solo llama "campeona" a lo que gana.
La semana se puso fea el miércoles.
Primero apareció la foto. Una foto de la gala, sacada desde atrás, donde se me ve saliendo del baño del hotel, descalza, con los zapatos en la mano y una cara que no es la cara de Blake Sterling. La publicaron en una cuenta anónima del instituto: @westbrook.truth.
La descripción decía:
"La perfecta Blake Sterling, sin zapatos y sin sonrisa. ¿Quién la aguanta?"
Doscientos "me gusta" en una hora.
Después, en el pasillo, las gemelas Hartley pasaron a mi lado tarareando la frase "¿quién la aguanta?", y una chica de segundo —que ni me conocía— me sacó un selfie a escondidas.
Y al final del día, en el estacionamiento, Sienna no me esperaba. No estaba. Primera vez en seis años.
Me subí al auto del chofer con los zapatos puestos, las manos temblando y una idea clara: esto tiene marca Vance. Pero sin pruebas. Siempre sin pruebas.
Esa noche explotó en casa.
Mi mamá me estaba esperando con el teléfono en la mano y la cara de juicio final.
—Explícame esto.
—Es solo una cuenta anónima, mamá—
—¿Anónima? —se rió, corta, fría—. Blake, la señora Vance ya me escribió. La conmovió tu situación. La CONMOVIÓ. ¿Entiendes lo que es eso? Nos está viendo el piso ante TODO el mundo.
—Mamá, alguien me está haciendo bullying y a ti lo único que te preocupa es—
—Lo que me preocupa, niña, es que en esta familia nadie cae. ¿Sabes qué pasa con las familias que caen, Blake? Desaparecen. Se las llevan. ¿O quieres acabar como los Vance cuando su empresa casi se va a la quiebra en el 15?
Y ahí lo supe. Ahí entendí de dónde saca Presley su obsesión: se cría con miedo, igual que yo. Solo que el mío se llama "no fallar" y el de ella "no desaparecer".
Pero el miedo no se abrazan. El miedo compite.
—¿Puedo irme a mi cuarto?
—Sonríe, Blake —dijo mi mamá, dándome la espalda—. Los Sterling no se caen.
Subí las escaleras, cerré la puerta, y por primera vez en mi vida no me maquillé.