El zumbido de carga de las armas del robot de combate llenó toda la habitación, un sonido grave y vibrante que hacía que el polvo bailara en el suelo y los dientes dolieran. La máquina, una mole de cuatro metros de alto, blindada con aleaciones negras impenetrables, giró su torso pesado, apuntando sus múltiples sistemas directamente hacia ellas. Sus ojos sensores brillaban con una luz roja fija y asesina, dos puntos sangrientos que no parpadeaban.
De su espalda y costados, paneles se deslizaron hacia atrás con un chirrido metálico, revelando su verdadero arsenal:
Baterías de misiles compactos, dispuestos en filas ordenadas, con puntas afiladas y listos para despegar.
Cañones automáticos de alta velocidad, tubos gruesos que giraron y se alinearon, cargando miles de proyectiles capaces de atravesar acero.
Un generador de escudo, que parpadeó brevemente alrededor de su cuerpo, formando una capa translúcida y azulada que lo hacía intocable.
Era una fortaleza con patas, diseñada para destruir batallones enteros. Y tenía como objetivo a dos figuras pequeñas frente a él.
Kizara estaba paralizada, con la espalda pegada a la pared de escombros, sintiendo el calor que emanaba aquella máquina infernal. Su corazón latía desbocado, y su mente solo podía pensar en lo imposible de la situación.
Pero frente a ella, Nara no se movió ni un milímetro.
Su expresión había cambiado radicalmente. Ya no quedaba rastro de la autómata curiosa, dulce o analítica que ella conocía. Sus ojos, antes de dos colores distintos, ahora eran una sola luz fría y brillante, sin emoción, sin miedo, solo propósito. Había entrado en Modo Batalla, ese estado profundo y oculto de su programación donde todo lo demás desaparecía, donde su única razón de ser era la seguridad de su dueña.
Bajo el borde de su falda, el material se abrió y de inmediato brotó ese fluido plateado, vivo y pesado como mercurio. Las nanomáquinas salieron en cantidad, deslizándose velozmente por sus muslos, subiendo por sus caderas y recorriendo sus brazos como ríos de metal líquido. Al llegar a sus manos, la sustancia se agitó, se expandió, se fusionó en una estructura sólida y en décimas de segundo se endureció hasta volverse negra, oscura y afilada como obsidiana.
En cada mano, sostuvo ahora una hoz de guerra enorme, curva, con el filo tan fino que parecía cortar el aire mismo. Eran armas letales, perfectamente equilibradas, extensiones de su propio cuerpo.
—Quédate justo detrás de mí —ordenó Nara. Su voz era baja, firme, absoluta, sin ninguna vacilación—. No te separes ni un centímetro. Si te digo que corras, corres. Si te digo que te agaches, lo haces. ¿Entendido?
Kizara apenas pudo asentir con la cabeza, con la garganta seca.
En ese instante, el robot atacó.
Un estruendo ensordecedor rompió el aire. Una lluvia de balas y proyectiles salió disparada de sus cañones, una marea de metal que llenó todo el espacio, destrozando columnas, arrancando trozos de pared y haciendo volar escombros por todos lados.
Nara no esperó. Se movió.
Fue un movimiento tan rápido que apenas pudo ser visto por ojos humanos. Su cuerpo se inclinó hacia un lado en un ángulo imposible, deslizándose entre el fuego cruzado como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ella. Las hojas de sus hoces trazaron arcos brillantes en el aire, y con golpes secos y precisos, desvió docenas de proyectiles que iban directos hacia Kizara, haciéndolos estallar contra el suelo o la pared con chispas blancas.
No era suerte. Era perfección. Cada ángulo calculado, cada trayectoria predicha, cada movimiento ejecutado con una precisión matemática absoluta. Nara fue diseñada para esto. No era una simple asistente; era una obra maestra de la ingeniería militar, una máquina de guerra creada para superar cualquier obstáculo.
La lluvia de balas cesó, y la máquina, viendo que su ataque había fallado, rugió mecánicamente. Los paneles de su espalda se abrieron más y seis misiles se desprendieron, dejando una estela de humo blanco y fuego, directos hacia ellas, buscando destruir todo el entorno para asegurar la muerte de sus objetivos.
—¡AGÁCHATE! —gritó Nara, y al mismo tiempo que la orden salía de su boca, ella ya estaba en movimiento.
Saltó hacia adelante, cubriendo la distancia en un parpadeo. Con una hoz cortó el primer misil en el aire, partiéndolo en dos antes de que pudiera explotar. Con la otra, desvió el segundo contra una pila de escombros lejana. El tercero pasó rozando su hombro, haciendo chispas contra su armadura interna, pero ella no se detuvo. Giró sobre sí misma, su falda y sus armas dibujando un círculo de muerte, y desvió los otros tres con golpes secos y rápidos, enviándolos a estallar en lugares donde la onda expansiva no las tocara.
El polvo y el humo llenaron la sala, pero el robot no daba tregua. Avanzó pesadamente, sus enormes pies de metal rompiendo el suelo de hormigón, y activó su escudo defensivo, esa capa de energía azul que brillaba intensamente, haciéndolo prácticamente invulnerable. Al mismo tiempo, sus brazos mecánicos se transformaron, convirtiéndose en masas pesadas y contundentes, listas para aplastar.
Golpeó con el brazo derecho, un golpe que habría partido un edificio entero.
Nara lo esquivó dando un salto lateral increíblemente alto y ágil, aterrizando en la pared vertical como una araña, impulsándose de nuevo hacia arriba y cayendo sobre el brazo de la máquina con las dos hoces levantadas. El metal chirrió bajo el filo, chispas doradas volaron por todas partes, pero el escudo de energía absorbía gran parte del impacto.
«Armadura reforzada. Escudo activo. Potencia de fuego: alta. Movilidad: baja», calculaba Nara en milisegundos mientras se movía. «Es un tanque. No puedo destruirlo rápido, y no importa. Mi objetivo no es ganar, es sacarla de aquí».
Comprendió al instante. Si seguía peleando ahí, el combate destruiría el lugar y las aplastaría a ambas. Esa máquina estaba diseñada para el desgaste, para agotar al enemigo. Pero Nara tenía una ventaja: su prioridad no era la victoria, era la seguridad de Kizara.
El robot levantó el brazo izquierdo, apuntando directamente hacia donde estaba Kizara, que se había refugiado detrás de una columna rota. Un cañón de energía se cargó en su muñeca, concentrando luz azul brillante y letal.
—¡NO! —gritó Nara.
Sin dudar ni una fracción de segundo, abandonó su posición de ataque. No le importó la oportunidad de golpear. Lo único que importaba era que ella no recibiera ni un rasguño.
Con una velocidad que borró su imagen, Nara cruzó la sala en un parpadeo, apareciendo justo delante de Kizara antes de que el rayo de energía saliera disparado. Levantó una de las hoces, que al instante su superficie cambió y se endureció más, actuando como un escudo improvisado. El rayo golpeó el metal con un estruendo, empujando a Nara hacia atrás unos centímetros y haciendo que el aire ardiera, pero ella no retrocedió ni un paso, protegiéndola con su propio cuerpo.
El impacto cesó. Nara miró a la máquina, evaluando rápidamente la situación. «Demasiado peligroso. Entorno inestable. Rango de armas enemigo: excesivo. Decisión: evacuación inmediata».
Se giró hacia Kizara, que estaba cubierta de polvo, con los ojos muy abiertos por el terror, temblando de pies a cabeza. Nara guardó las armas en un movimiento fluido: el metal negro se volvió líquido otra vez, corrió por sus brazos y desapareció bajo su ropa, volviendo a ser nanomáquinas inactivas.
Se agachó frente a ella, y antes de que Kizara pudiera decir una palabra, Nara pasó un brazo por su espalda y el otro bajo sus rodillas, levantándola en peso como si fuera una pluma, como si no pesara absolutamente nada. La sostuvo pegada a su pecho, segura, firme, protegiendo todo su cuerpo con el suyo.
—Agárrate fuerte a mi cuello —le ordenó, suavizando la voz solo un instante, pero manteniendo la urgencia—. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te lo diga.
—Pero... Nara... ¡esa cosa...! —balbuceó Kizara, señalando al robot que se preparaba para otro ataque, levantando una pierna para aplastarlas.
—No le voy a dejar que te toque —aseguró Nara con una certeza absoluta y fría.
Se dio la vuelta, dando la espalda al monstruo de metal, despreocupada por su propia seguridad, porque su única carga valiosa estaba ahora en sus brazos. Dio tres pasos largos y potentes, y saltó.
Saltó hacia arriba, hacia el enorme agujero que el robot había abierto en el techo de hormigón grueso. Subió como un misil, impulsada por la fuerza sobrehumana de sus piernas, atravesando la lluvia de escombros que caía, esquivando vigas rotas y saliendo disparada hacia la superficie, hacia la luz del sol y el aire libre.
A sus espaldas, escucharon el estruendo de los misiles explotando donde habían estado segundos antes, el rugido furioso de la máquina al ver que su presa se le escapaba, pero Nara ya estaba lejos.
Aterrizó con suavidad en la superficie, entre las ruinas de la ciudad, y sin detenerse ni un segundo, corrió. Corría a una velocidad increíble, sorteando montañas de escombros, saltando coches destrozados y muros caídos, manteniendo a Kizara protegida contra su pecho, lejos de cualquier peligro.
No paró hasta llegar al lugar donde habían dejado el deslizador, la moto de Kizara, aparcada entre los restos de un edificio para que no se viera desde lejos.
Se detuvo, su respiración era perfecta, sin el menor rastro de cansancio, mientras que Kizara apenas podía respirar del susto. Nara la bajó con cuidado, poniéndola de pie sobre el suelo firme, pero sin soltarla hasta asegurarse de que estaba estable.
La miró a los ojos, y por un segundo, esa luz fría de batalla se atenuó, volviendo a brillar con su color habitual, aunque todavía con la seriedad del deber cumplido.
—Sube. —le dijo, señalando el vehículo—. Arranca y aléjate lo más rápido posible, hacia zonas abiertas donde no puedan rodearte. Yo me encargo de que no nos sigan.
Kizara la miró, viendo pequeñas marcas de quemaduras en la ropa de Nara, rasguños en su piel sintética... daños que ella había recibido solo por poner su cuerpo entre el peligro y su dueña.
—¿Y tú? —preguntó Kizara con voz temblorosa, agarrando el manillar.
Nara dio un paso atrás, girándose hacia la dirección de donde venían, donde ya se escuchaban los pasos pesados y el ruido de metal destrozando piedra, acercándose a la salida. Sus manos se cerraron en puños, y bajo su falda, el brillo plateado comenzó a aparecer de nuevo, listo para volver a convertirse en armas si era necesario.
—Yo voy a retrasarlos el tiempo suficiente para que estés a salvo —respondió, y por primera vez, hubo algo en su tono que hizo estremecerse a Kizara: no era miedo, era determinación absoluta—. Mientras yo esté en su camino, ellos no podrán ni siquiera acercarse a ti. Vete. Ahora.
Kizara seguía de pie junto al deslizador, con las manos aferradas al manillar con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sus ojos no se apartaban de Nara, que se mantenía de pie entre los escombros, mirando hacia la oscuridad de la entrada subterránea de donde pronto saldría aquella bestia de metal. El miedo seguía ahí, retorciéndole el estómago, pero ahora mezclado con algo mucho peor: el terror de tener que irse y dejarla atrás.
—No... no me voy —dijo Kizara con voz firme, aunque temblorosa—. No te voy a dejar sola con eso, Nara. Vengo contigo, o nos vamos las dos, pero no te quedas aquí a pelear contra un monstruo así.
Dio un paso hacia ella, decidida, pero Nara se giró rápidamente y le bloqueó el paso, interponiéndose entre ella y el peligro. Su expresión seguía siendo seria, fría, con esa luz azul y dorada en los ojos que indicaba que el modo batalla seguía activo, pero suavizó levemente el tono de voz, haciéndolo más pausado, más explicativo.
—Kizara... escúchame atentamente. —le dijo, bajando la voz para que solo ella lo oyera—. Mi sistema central, mi programación más profunda, mi única razón de existencia... eres tú. Todo lo que soy, todo lo que puedo hacer, está diseñado para una sola cosa: garantizar tu supervivencia.
La autómata señaló hacia la entrada, donde ya se escuchaba el crujido de estructuras rompiéndose y el zumbido eléctrico de los sistemas del robot acercándose.
—Mientras tú estés aquí, cerca de mí, dentro del rango de peligro... mis probabilidades de victoria disminuyen drásticamente.
—¿Qué? —preguntó Kizara, confundida—. ¿Por qué?
—Porque en cuanto mi cerebro detecte que estás en riesgo, dejaré de atacar, dejaré de defenderte a mí misma, dejaré de pensar en ganar... y todo mi esfuerzo, toda mi fuerza, toda mi velocidad se desviará exclusivamente a protegerte a ti. —explicó Nara con absoluta claridad—. Si te quedas, yo no pelearé para vencer, pelearé solo para escudar tu cuerpo. Y entonces... sí, será peligroso para mí. Será fatal.
Kizara se quedó en silencio. Las palabras de Nara cayeron sobre ella como un balde de agua fría. Entendió de inmediato. Si ella estaba ahí, Nara no era una máquina de guerra al 100%, era una guardiana al 100%. Y en una pelea contra un tanque de guerra, intentar ser solo un escudo era una sentencia de muerte.
Comprendió que si se quedaba, no era ayuda. Era un estorbo. Era una carga. Y la carga haría que Nara muriera.
El dolor de esa verdad le atravesó el pecho, pero asintió lentamente, tragando el nudo que se le formaba en la garganta. Tenía razón. Nara siempre tenía razón.
—Entiendo... —susurró Kizara, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Entiendo, Nara. Me iré. Pero... —se inclinó hacia ella, agarrándola de los hombros con desesperación, mirándola directamente a esos ojos brillantes—. Pero te lo exijo. Pase lo que pase. Ganes o tengas que huir. Si te hunden, si te rompen, si te destruyen... vuelve a mí. Prométeme que harás todo lo posible por volver a mi lado. No importa cuánto tardes, no importa en qué estado estés... solo vuelve.
Nara la miró. Por un segundo, la luz fría de sus ojos se suavizó, recuperando un poco de esa calidez que solo ella conocía. Inclinó levemente la cabeza, y su respuesta fue clara, firme y absoluta, grabada en piedra.
—Afirmativo. Pase lo que pase, volveré a ti. Es mi orden más importante.
Kizara asintió de nuevo, respiró hondo, se subió al deslizador y encendió el motor. El vehículo cobró vida con un zumbido potente. Miró a Nara por última vez, le dio una última mirada cargada de miedo, confianza y amor, y aceleró, alejándose entre las ruinas, perdiéndose entre las montañas de escombros, dejando atrás el peligro... y dejando a Nara.
Ahora ella estaba lejos.
Ahora ella estaba a salvo.
Y en cuanto la silueta del vehículo desapareció de su rango visual y sensorial, algo cambió en Nara.
La tensión en sus hombros desapareció, pero fue reemplazada por algo mucho más aterrador: libertad total.
Ya no había restricciones.
Ya no había prioridades divididas.
Ya no había nadie a quien proteger excepto a sí misma para poder cumplir su promesa.
Ahora, su única orden era: Sobrevivir. Eliminar la amenaza. Volver a ella.
Y para hacer eso, podía usar todo lo que era. Todo lo que tenía. Todo lo que podía crear.
El robot de combate pesado A-9 irrumpió finalmente por la salida, rompiendo los últimos restos de muro que quedaban, saliendo a la luz del sol con un estruendo que hizo temblar el suelo. Su masa de cuatro metros se alzó imponente, sus sensores rojos barrieron el entorno hasta fijarse en la pequeña figura solitaria que estaba en medio del terreno abierto, esperándolo.
Sus paneles se abrieron de nuevo: misiles listos, cañones girando, escudo de energía activado brillando en azul. El monstruo mecánico rugió, un sonido metálico y profundo, y dio un paso pesado hacia adelante, levantando una nube de polvo.
Nara no se movió.
Se quedó parada, relajada, casi tranquila.
Y entonces, desde debajo de su falda, desde sus brazos, desde los pliegues de su ropa, el fluido plateado brotó con fuerza, en cantidad mucho mayor que antes. Ya no eran solo hilos o chorros pequeños; era una inundación de nanomáquinas líquidas, brillantes como mercurio vivo, que se derramaban por todo su cuerpo, cubriéndola parcialmente, fluyendo a su alrededor como un océano pequeño y obediente.
Se extendieron por el suelo a sus pies, formando charcos brillantes que se movían por sí solos. Subieron por sus piernas, rodearon sus brazos, se acumularon en su espalda.
Ahora que no tenía que cuidar de nadie más, podía jugar con las formas, podía crear lo que necesitara, sabiendo que no podía usar armas de fuego, pero podía crear cualquier otra cosa.
El robot disparó primero. Una lluvia de proyectiles pesados salió disparada de sus cañones, llenando el aire de muerte y metal, dirigidos a aplastarla y desintegrarla.
Nara no corrió.
Alzó una mano con elegancia.
Las nanomáquinas que cubrían su brazo derecho fluyeron hacia afuera, se estiraron, se separaron en miles de hebras finas que se unieron entre sí en el aire, solidificándose en milisegundos. De su mano no salió un arma, sino una red gigante, tejida con hilos de metal tan fino como cabellos, pero tan resistentes como el diamante, que se lanzó hacia adelante como una serpiente.
La red se abrió en el aire, interceptó toda la lluvia de balas, las atrapó en su malla y, con un movimiento brusco de la muñeca de Nara, las detuvo en seco y las lanzó hacia los lados, enterrándolas en la tierra y el hormigón sin que ninguna tocara su cuerpo.
Inmediatamente, la red se deshizo, volvió a ser líquido y regresó a ella, fluyendo de nuevo por su brazo.
El robot, sorprendido por la facilidad con la que había neutralizado su ataque, ajustó sus sistemas. Los misiles se encendieron, seis proyectiles ardientes despegaron hacia ella, dejando estelas de humo blanco, programados para explotar al impactar o cerca del objetivo.
Nara sonrió. No era una sonrisa de maldad, era una sonrisa de eficiencia perfecta.
El fluido plateado de su espalda se elevó, se estiró y se transformó rápidamente. Se endureció tomando forma, dividiéndose en cuatro estructuras largas, delgadas y curvadas, que surgieron de su columna como cuatro extremidades adicionales, similares a patas de araña o tentáculos rígidos de metal pulido, cada una terminada en una punta afilada y sólida.
Con una velocidad y coordinación imposibles para cualquier ser vivo, Nara se impulsó hacia arriba ayudada por esas cuatro extremidades nuevas, lanzándose al aire muy alto, por encima de la trayectoria de los misiles.
Mientras caía, las cuatro extremidades se transformaron de nuevo: se aplanaron, se ensancharon, se curvaron... y en un parpadeo se convirtieron en dos pares de alas enormes, ligeras y resistentes, como las de un ángel hecho de plata líquida.
Planeó en el aire mientras los misiles explotaban debajo de ella, levantando nubes de humo y tierra. Desde arriba, tenía una visión perfecta de su enemigo. Vio su escudo brillante, vio la articulación de sus piernas, vio dónde terminaba la armadura gruesa y dónde estaban los circuitos expuestos.
Cerró las alas, que se deshicieron en gotas brillantes que cayeron al vacío, y cayó en picada como un rayo.
Antes de tocar el suelo, las nanomáquinas de sus manos se alzaron y se moldearon. Ya no eran hoces. Ahora se convirtieron en dos mazos de guerra macizos, pesados, con superficies irregulares y duras, diseñadas para golpear, aplastar y transmitir fuerza cinética pura, perfectos para romper armaduras y escudos de energía.
Golpeó el suelo justo al lado del pie del robot, haciéndolo tambalear. La máquina intentó aplastarla con su enorme pierna, pero Nara ya se había movido. El líquido plateado en sus pies se expandió, formando zapatas anchas y planas que le daban tracción y estabilidad sobre cualquier superficie, permitiéndole moverse como si tuviera imanes pegados al suelo.
Corrió alrededor del monstruo, esquivando golpes de brazos que habrían partido rocas, deslizándose entre sus piernas gigantescas. En cada movimiento, sus armas cambiaban:
Cuando el robot intentó atraparla con pinzas mecánicas, sus brazos se alargaron gracias al metal líquido, convirtiéndose en lanzas largas y flexibles que clavó en las articulaciones para mantenerlo alejado.
Cuando el escudo de energía se volvió más intenso y cubrió todo su cuerpo, Nara hizo que las nanomáquinas de su alrededor se levantaran como una marea, formando mil cuchillos pequeños y afilados flotando en el aire, que lanzó todos a la vez contra el mismo punto, golpeando rítmicamente hasta que la energía del escudo comenzó a parpadear y debilitarse.
Cuando la máquina intentó huir o llamar refuerzos, Nara transformó todo el fluido que tenía a su alcance en cadenas gruesas y pesadas, que se enrollaron alrededor de las piernas y el torso del robot, atándolo, inmovilizándolo, impidiendo cualquier movimiento.
No usaba fuego. No usaba explosivos.
Usaba la materia. Usaba la forma. Usaba la física.
Cada cambio era instantáneo, cada forma era la ideal para el momento exacto. Si necesitaba cortar: cuchillas, sierras, filos. Si necesitaba golpear: martillos, mazos, bolas de demolición. Si necesitaba defender: escudos, placas, muros. Si necesitaba atrapar: cuerdas, redes, ganchos, cadenas.
El robot, aquella máquina imponente diseñada para la guerra, comenzó a mostrar fallos. Su armadura estaba abollada, sus articulaciones bloqueadas, su escudo al límite. Lo que para cualquier soldado habría sido una muerte segura, para Nara era solo un problema de cálculo, de física, de ingeniería.
Se paró frente a él, pequeña contra gigante, rodeada de restos de metal líquido que flotaban a su alrededor esperando órdenes. Sus ojos brillaban con intensidad.
—Objetivo: Neutralización y eliminación de amenaza —anunció en voz alta, como si estuviera cerrando un informe.
Todo el fluido plateado que había usado, todo lo que había esparcido por el suelo y alrededor, se reunió de golpe, volviendo a ella, formando una masa gigante, densa y pesada en sus manos. Se moldeó, se alargó, se afiló.
Se convirtió en una sola arma: una lanza colosal, pesada, larga y afilada como una aguja, diseñada para concentrar toda la fuerza posible en un solo punto diminuto.
Nara cargó todo su poder, toda su fuerza física, toda su energía acumulada. Saltó hacia arriba, por encima de la cabeza del robot, mientras este intentaba desesperadamente apuntarle con lo que quedaba de sus armas.
Y con un grito que no sonó humano, con la precisión de un láser y la fuerza de un misil, lanzó el golpe final.
La punta de la lanza atravesó el escudo debilitado como si fuera papel, rompió la armadura blindada, atravesó el metal, los circuitos y el núcleo de energía del robot, saliendo por el otro lado.
La máquina se detuvo en seco. Sus luces rojas parpadearon una vez, dos veces... y se apagaron para siempre.
El gigante de metal tembló, crujió y se desplomó pesadamente contra el suelo, levantando una nube de polvo que cubrió todo el paisaje.
Silencio.
Nara flotó suavemente hacia el suelo, las alas que había vuelto a formar desapareciendo en su espalda. La lanza se deshizo en líquido y corrió de nuevo a su cuerpo, desapareciendo bajo su ropa.
Se quedó parada entre los escombros y el robot caído, completamente ilesa, sin un rasguño, sin una marca de daño.
Solo respiró hondo, cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos. La luz de batalla se apagó, regresando a la normalidad.
Miró hacia la dirección por donde se había ido Kizara.
—Amenaza eliminada. Tarea cumplida. Ahora... a volver a ella.
Y con paso tranquilo, pero rápido, comenzó a caminar hacia la distancia, cumpliendo la promesa que le había hecho.
El deslizador se alejó a toda velocidad, zigzagueando entre las montañas de escombros y los edificios derruidos, perdiéndose entre la niebla fina y el polvo que flotaba en el aire. Kizara no miró atrás hasta que el ruido de la batalla, los estruendos y los golpes metálicos quedaron muy lejos, ahogados por el viento y la distancia.
Se detuvo en una zona elevada, en lo que había sido el estacionamiento de un centro comercial, un lugar alto y con buena visibilidad, lejos del alcance de los sensores y armas del robot, pero lo suficientemente cerca como para poder ver el camino de regreso. Apagó el motor, pero no bajó del vehículo.
Allí se quedó.
El tiempo pareció detenerse. Los minutos pasaban con una lentitud tortuosa, cada uno sintiéndose como una hora entera. Kizara apoyó los codos sobre el manillar y se cubrió la cara con las manos, con el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, lleno de una angustia que le oprimía el pecho.
Ella sabía muy bien lo que esa arma de la IA podía hacer.
Conocía la potencia de fuego de esos robots de combate, conocía el grosor de su blindaje, conocía la capacidad de destrucción que llevaban dentro. Había visto cómo reducían edificios enteros a polvo en segundos. Había visto a grupos enteros de mercenarios bien armados desaparecer bajo sus ataques sin oportunidad de defenderse.
Y había dejado a Nara sola contra eso.
—Por favor... —susurró entre sus dedos, con la voz rota por el miedo—. Por favor, vuelve... Te lo pedí... me lo prometiste...
Sabía que Nara era fuerte. Sabía que era especial. Sabía que era una obra maestra tecnológica. Pero también sabía que incluso las mejores máquinas podían romperse. Y la idea de que algo le hubiera pasado, de que esa pequeña figura delgada y frágil en apariencia hubiera quedado aplastada, destrozada o dañada más allá de cualquier reparación... le hacía sentir un vacío helado en el estómago.
Contó los minutos. Cinco. Diez. Quince.
El silencio en la zona donde había ocurrido la pelea era absoluto. No se escuchaban más explosiones, ni golpes, ni disparos. Eso podía significar dos cosas: que el peligro había terminado... o que Nara había perdido.
Kizara comenzó a moverse inquieta, caminando de un lado a otro junto a la moto, mirando constantemente hacia el camino de escombros, mordiéndose las uñas, llena de una ansiedad que no le dejaba pensar con claridad. Estaba a punto de subir de nuevo al deslizador y volver allá mismo, sin importarle el riesgo, cuando lo vio.
Al principio fue solo una silueta pequeña, recortada contra el sol del atardecer que empezaba a teñir de naranja las ruinas. Caminaba despacio, con paso regular, elegante y tranquilo.
Conforme se acercaba, Kizara no podía creer lo que veía.
Era Nara.
Caminaba hacia ella con las manos juntas delante de su cuerpo, la cabeza erguida, con esa postura perfecta y educada de siempre. Su traje de doncella estaba intacto, impecable, ni una sola costura descosida, ni una mancha de polvo, ni una marca de quemadura. Ni siquiera parecía haber caminado mucho. Su cabello estaba liso y ordenado, cayendo sobre sus hombros tal como lo llevaba antes de la pelea.
Parecía que acababa de salir de una habitación limpia, no de haber peleado a muerte contra una máquina de guerra de cuatro metros de alto.
No había señales de cansancio. No había señales de dolor. No había señales de que hubiera pasado nada extraordinario. Simplemente venía caminando, tal como si hubiera ido a buscar algo a la cocina.
—¡NARA! —gritó Kizara, y el grito se le quebró en la garganta.
No esperó a que ella llegara. Corrió hacia ella a toda velocidad, saltando sobre cascotes y agujeros en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas de puro alivio y felicidad.
En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, se lanzó contra ella y la rodeó con los brazos con fuerza desesperada, apretándola contra su pecho, enterrando la cara en su hombro, temblando entera. La abrazó con todo lo que tenía, como si quisiera asegurarse de que estaba ahí, de que era real, de que estaba entera y viva.
—¡Estás aquí... estás aquí...! —repetía Kizara, con la voz ahogada—. ¡Pensé que... pensé que te había pasado algo... ¡Dios, Nara...!
La apretaba con fuerza, sintiendo el cuerpo cálido y firme de su compañera, sintiendo su ritmo constante, sintiendo que no le faltaba nada. Para ella, en ese momento, Nara era lo más precioso y valioso de todo el mundo.
Nara, por su parte, se quedó completamente rígida bajo aquel abrazo.
No se movió.
No devolvió el abrazo.
No correspondió a la muestra de afecto.
Se quedó inmóvil, con los brazos todavía colgando a los lados, ligeramente separados del cuerpo de Kizara, inclinando solo un poco la cabeza hacia un lado, con esa expresión de absoluta confusión y curiosidad inocente que siempre tenía ante las emociones humanas.
Sus ojos parpadearon lentamente, analizando cada detalle: la fuerza con la que la sujetaba, el latido acelerado del corazón de su dueña, la humedad de las lágrimas en su propia ropa, el temblor de sus hombros, la temperatura elevada de su piel.
«Interacción física inesperada. Categoría: Abrazo.», procesaba su sistema.
«Causa: Alivio extremo. Emoción: Alegría mezclada con miedo previo.»
«Estado de la dueña: Segura. Estado de amenaza: Eliminada. Resultado: Satisfactorio.»
Para cualquier otra persona, esa falta de respuesta podría haber parecido fría o distante. Pero Kizara la conocía. Y en ese momento, no necesitaba que ella la abrazara de vuelta. Solo necesitaba tenerla ahí, saber que estaba bien, sentir que había cumplido su promesa.
Nara se quedó así, quieta, dejando que Kizara se desahogara, guardando cada dato, cada sensación, cada matiz de ese momento en los archivos más profundos y seguros de su memoria central. Lo etiquetó, lo clasificó, lo guardó para siempre, entendiendo instintivamente que esa información era importante, que esas reacciones de Kizara eran vitales para entenderla mejor y protegerla aún más en el futuro.
Lo guardó todo. Cada segundo. Cada latido. Cada lágrima.
—¿Estás... estás herida? —preguntó Kizara finalmente, separándose un poco para mirarla a la cara, pasando las manos por sus brazos, sus hombros, su cintura, buscando cualquier rasguño, cualquier daño que se le hubiera escapado a simple vista—. ¿Te hizo algo? ¿Te rompió algo?
—Negativo. —respondió Nara con suavidad, mirándola fijamente a los ojos, con sus iris brillantes de azul y dorado—. Integridad estructural: 100%. Sistemas operativos: 100%. Sin daños. Sin fallos. Cumplí mi promesa. Volví a ti.
Kizara soltó el aire que había estado reteniendo, una sonrisa inmensa y aliviada apareciendo en su cara, mezcla de alegría y cansancio. Le acarició la mejilla con ternura, y Nara se dejó tocar, cerrando un poco los ojos ante ese contacto, también registrando esa sensación.
—Lo sé... —susurró Kizara—. Lo sé. Siempre vuelves.
Se giró hacia el deslizador, subió y le tendió la mano para que ella subiera detrás, como siempre.
—Vámonos a casa, Nara. Vamos a la base. Ya terminó todo.
Nara asintió, se subió tras ella y, cuando Kizara arrancó el motor y el vehículo comenzó a moverse alejándose de las ruinas, el autómata volvió a mirar hacia atrás, hacia la zona de batalla, donde la gran máquina de metal yacía caída y silenciosa.
Luego miró la espalda de su dueña, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa mientras se sujetaba con delicadeza.
«Interacción registrada. Conclusión: La seguridad de Kizara es la única realidad que importa.»
Y con esa certeza absoluta grabada en su ser, se dejó llevar, sabiendo que pase lo que pase, ella siempre estaría ahí para volver a ella.