La motocicleta de antigravedad se deslizaba silenciosamente entre los esqueletos de concreto de la antigua ciudad, moviéndose como una sombra fluida a través de calles que el tiempo había olvidado. No había rugido de motor, ni humo contaminante, ni el sonido áspero de ruedas chocando contra el asfalto roto. Solo existía aquel zumbido suave, casi imperceptible, una vibración eléctrica que apenas alteraba el polvo acumulado durante décadas, mientras atravesaban las ruinas a una velocidad que habría sido impensable para cualquier superviviente que viajara a pie.
Durante buena parte del trayecto, Kizara permaneció con la mirada fija en el horizonte, sus ojos escaneando instintivamente cada esquina, cada estructura caída, cada sombra que pudiera ocultar algún peligro. Era un hábito grabado en su cerebro desde niña: nunca bajar la guardia.
Nara, por su parte, no miraba solo por seguridad; miraba con una curiosidad profunda, analizando. Sus ojos bicolores recorrían los edificios destrozados, las carreteras partidas como pieles agrietadas, los vehículos oxidados convertidos en cáscaras vacías, los restos de una civilización que en su época había sido brillante, llena de luz y vida, y que ahora no era más que un monumento gigante a la desolación. Para ella, cada ruina era una contradicción con los datos perfectos que guardaba en su memoria.
Hasta que finalmente, entre la bruma grisácea que siempre cubría el cielo roto, aparecieron.
Dos enormes rascacielos, que antaño debieron haber rozado las nubes, ahora caídos uno sobre el otro como dos gigantes abatidos en una batalla antigua, sus estructuras de acero retorcidas y expuestas como costillas rotas. Debajo de aquella masa de concreto y metal aplastado, se alzaba la estructura circular y maciza de lo que había sido un gran estadio deportivo, un lugar diseñado para miles de personas, ahora enterrado parcialmente bajo el peso de la ciudad caída.
Parte de las gradas sobresalían, aplastadas y deformadas. La cubierta, inmensa y curva, había colapsado hacía décadas, dejando ver el interior vacío y oscuro. Enormes bloques de piedra y escombros cerraban casi por completo las entradas principales, convirtiéndolo a simple vista en otro montón de ruinas sin importancia, un cadáver más de la vieja civilización que nadie se molestaba en mirar.
Pero Kizara conocía el secreto que guardaba.
Redujo la velocidad suavemente, y varios cientos de metros antes de llegar siquiera a los primeros muros del complejo, detuvo la motocicleta en el hueco oscuro que dejaba un antiguo estacionamiento subterráneo, ahora medio derrumbado y oculto entre sombras y montañas de basura antigua. La máquina flotante se estabilizó, quedando suspendida en el aire, perfecta y silenciosa.
Nara miró a su alrededor, procesando la ubicación y las coordenadas en su sistema.
—Hemos llegado a las coordenadas registradas en tu memoria —anunció con su voz clara y serena—. Sin embargo, los escáneres indican que el punto de acceso real, el lugar donde se concentra la actividad humana, se encuentra aún a setecientos cuarenta y tres metros hacia el interior de esa estructura colapsada.
—Correcto —respondió Kizara, apagando el sistema de navegación y bajando con agilidad del asiento.
—Entonces —insistió la androide, ladeando levemente la cabeza, visiblemente confundida por la interrupción—, ¿por qué nos detenemos aquí? La eficiencia del trayecto se verá reducida si completamos el camino a pie.
Kizara le dio unas palmaditas suaves y afectuosas al costado de la máquina flotante, admirando por un segundo la belleza de aquella tecnología perdida.
—Porque no pienso entrar montada en esto.
Nara parpadeó, buscando en su base de datos la lógica detrás de aquella decisión.
—¿Existe alguna avería que no haya detectado? ¿Algún fallo en el sistema de propulsión o en la batería?
—Nada de eso. La máquina está perfecta.
—¿Existe riesgo de detección por parte de los sensores de Aethel en esta zona? ¿Nuestra firma energética es visible desde la Torre?
—Tampoco. Aquí estamos demasiado lejos y demasiado enterrados para que ellos sepan que existimos.
Nara guardó silencio un instante, procesando las variables y encontrando incoherencias en la lógica de la joven.
—Entonces —concluyó con total naturalidad—, esta unidad de transporte continúa siendo la opción más eficiente, rápida, segura y cómoda para llegar a nuestro destino. Caminar sería un gasto innecesario de energía biológica para ti y una pérdida de tiempo. No entiendo la razón de tu decisión.
Kizara soltó una pequeña risa, cargada de amargura y experiencia, mientras comenzaba a desabrochar los cierres magnéticos que mantenían las cajas y bultos sujetos a los costados de la moto.
—Ese es exactamente el problema, Nara. Que es demasiado eficiente. Demasiado perfecta. Demasiado valiosa.
Comenzó a retirar carga, separando solo unas pocas cajas pequeñas, las más compactas, las que podían caber en una mochila o ser llevadas en la mano sin dificultad. Dejó atrás la gran mayoría de los suministros, herramientas y materiales que habían seleccionado con tanto cuidado.
Nara observaba cada movimiento con creciente perplejidad.
—Nuestra carga total útil se ha reducido en un noventa y dos por ciento —informó con tono objetivo, como si estuviera leyendo un balance de daños—. La capacidad de intercambio comercial ha disminuido drásticamente. El valor de nuestra mercancía ha caído casi a la décima parte.
—Lo sé —respondió Kizara con tranquilidad, ajustando las correas de una mochila grande sobre sus hombros.
—La rentabilidad de este viaje es ahora mínima.
—También lo sé.
La androide dio un paso hacia ella, sus ojos brillando con intensidad, necesitando comprender aquel comportamiento ilógico.
—Entonces no comprendo. Has trabajado para conseguir estos recursos, hemos transportado todo este peso hasta aquí, y ahora lo abandonas voluntariamente a las afueras, expuesto al clima o a posibles saqueadores. ¿Cuál es el propósito de esta acción?
Kizara terminó de asegurarse el equipaje y señaló con la mano hacia la masa oscura y gigantesca del estadio, que se alzaba imponente frente a ellas, ocultando bajo sus ruinas todo un mundo secreto.
—El propósito es sobrevivir, Nara. Escucha bien lo que te voy a decir, porque es una regla de oro aquí afuera: ahí dentro no solo hay comerciantes honestos que quieren intercambiar cosas.
Hizo una pausa, el rostro serio y la voz baja, cargada de advertencias.
—Hay supervivientes desesperados que harían cualquier cosa por un poco de comida. Hay contrabandistas que trafican con todo, incluso con personas. Hay refugiados que han perdido todo y no tienen nada que perder. Hay ex soldados que escaparon del control de Aethel y ahora usan la fuerza para conseguir lo que quieren. Hay médicos, ingenieros, madres, niños... y también hay algunos hijos de puta muy peligrosos, capaces de cortarte el cuello por unas botas o una herramienta que les guste.
Nara procesó aquella información, clasificando cada tipo de persona y su nivel de riesgo potencial.
—Entendido —dijo finalmente—. Amenazas humanas de origen no vinculado a Aethel. Agentes hostiles independientes.
—Exactamente —asintió Kizara, comenzando a caminar hacia el estadio, sorteando bloques de concreto y vigas caídas.
Nara caminó a su lado, elegante y silenciosa, pero su mente seguía trabajando en el problema sin resolver.
—Pero sigo sin entender la conexión —insistió, mientras avanzaban—. Tenemos objetos de gran valor, tecnología superior, recursos que escasean. Según mis registros económicos, poseer bienes valiosos otorga estatus, poder y seguridad en entornos de escasez. ¿Por qué ocultarlo?
Kizara suspiró, negando con la cabeza, y se giró un instante para mirarla, señalando con el dedo hacia donde habían dejado la moto flotante, oculta en la sombra.
—Porque si llegamos montadas en eso, con toda esa mercancía brillante y nueva encima, estaríamos gritando a todo el mundo: "¡Miren, encontramos un tesoro gigante! ¡Somos ricas y tenemos cosas que nadie más tiene!".
—¿Y eso es negativo? —preguntó Nara con total inocencia lógica—. Si tenemos bienes valiosos, deberíamos exhibirlos para obtener el máximo beneficio en el intercambio.
—¡Muchísimo negativo! —exclamó Kizara, bajando la voz al darse cuenta de que hablaba demasiado alto—. Escúchame bien: en el mundo de arriba, en las ciudades controladas por Aethel, la riqueza te protege. Aquí abajo, la riqueza te mata. Si ven que llevamos todo eso, no nos van a ver como comerciantes. Nos van a ver como objetivos. Como dos mujeres solas cargadas de cosas valiosas. Y antes de que pudiéramos decir "vendo esto", ya nos habrían matado, robado y arrojado a alguna zanja oscura entre los escombros.
La androide guardó silencio, analizando aquel concepto tan complejo y contradictorio para ella: El valor como peligro.
—Entiendo ahora —dijo lentamente, mientras sus procesadores reajustaban sus parámetros de evaluación—. Conclusión: para estar seguras, debemos parecer pobres, tener poco y aparentar ser débiles o comunes. Ocultar nuestros recursos reales reduce drásticamente el interés hostil y la probabilidad de agresión.
—¡Por fin! —sonrió Kizara, aliviada—. Ahora lo entiendes. No queremos ser ricas allí dentro. Solo queremos hacer negocios, conseguir lo que necesitamos y salir con vida.
Nara caminó unos pasos más, observando el paisaje desolador que las rodeaba, y una nueva deducción surgió en su lógica.
—Existe una contradicción fundamental en este entorno —comentó con voz reflexiva—. Mi programación original me enseñó que los mayores peligros eran los desastres naturales, las enfermedades o los fallos técnicos. Pero desde que desperté... he visto que los mayores peligros son los propios seres humanos.
Se giró hacia Kizara, y en sus ojos bicolores brillaba una comprensión nueva, profunda y un poco triste.
—Entonces... los humanos pueden representar una amenaza mortal incluso cuando no trabajan para Aethel. Incluso cuando son víctimas del mismo sistema que nosotros.
Kizara soltó una carcajada breve y amarga, una risa que sabía a años de desconfianza y miedo.
—Bienvenida al mundo real, Nara. Aquí, a veces, el enemigo no es la máquina que te vigila desde la torre. A veces es la persona que duerme a tu lado en la oscuridad.
Frente a ellas, la masa oscura del estadio crecía con cada paso, gigantesca y amenazante. La luz gris del exterior apenas lograba filtrarse entre las grietas del concreto, creando sombras alargadas y profundas que parecían tragarse todo. Estaba oculto bajo toneladas de escombros, enterrado en el corazón de la ciudad muerta, completamente invisible para cualquiera que no supiera exactamente qué estaba buscando.
Pero Kizara sí lo sabía.
Conocía los caminos. Conocía los riesgos. Y sabía que, bajo aquellas ruinas olvidadas, lejos de las leyes, lejos de los chips y lejos del control de Aethel... latía uno de los últimos lugares verdaderamente libres que quedaban en el mundo.
Y hacia allí se dirigían, con solo una pequeña parte de su tesoro, pero con toda la astucia necesaria para sobrevivir.
El camino hasta la entrada oculta fue un laberinto de escombros, pasillos derrumbados y aberturas estrechas que solo alguien que conociera el lugar de memoria podría atravesar. Kizara iba delante, moviéndose con agilidad y silencio, mientras Nara la seguía con la misma elegancia de siempre, sin tropezar ni una sola vez, a pesar de llevar una bolsa de lona con parte de la mercancía colgada a la espalda.
Pero Kizara no dejaba de mirarla de reojo, con el ceño fruncido y una preocupación creciente que le apretaba el estómago.
Lo que más le aliviaba era el uniforme que llevaba puesto. Aquel traje de doncella, con su falda larga, el delantal y las mangas cerradas, cubría perfectamente cada centímetro de su cuerpo. No se veían placas metálicas, ni cables, ni articulaciones extrañas. A simple vista, si no te fijabas demasiado en la perfección de sus movimientos o en el brillo de sus ojos, parecía simplemente una mujer joven, pálida y de cabello blanco, nada más. Nadie sospecharía jamás que era una máquina. En eso, habían tenido suerte.
El problema no era lo que llevaba puesto, ni lo que se ocultaba bajo la ropa. El problema era ella misma.
Nara era hermosa. Hermosa de una manera que ya no existía en el mundo exterior. Tenía una piel impecable, sin una sola mancha, sin cicatrices, sin la suciedad o las marcas de la vida dura que todos los demás llevaban grabadas en la piel. Su cabello era blanco, liso y brillante, como seda, algo que en las ruinas era un lujo imposible. Sus rasgos faciales eran perfectos, simétricos, suaves... una belleza que parecía sacada de un sueño, o de una época que ya se había perdido para siempre.
Y eso, en un lugar lleno de gente cansada, sucia, marcada por la supervivencia, llamaba la atención. Y mucha.
—Nara... —susurró Kizara sin dejar de caminar, acercándose lo más posible a ella—. Escúchame bien: camina con la cabeza un poco más baja. No mires a nadie fijamente a los ojos. Y por favor, intenta... no sé, intenta parecer menos... perfecta.
La androide ladeó la cabeza, confundida, pero obedeció bajando levemente la barbilla, aunque su postura seguía siendo tan recta y rígida como la de una estatua.
—No comprendo la instrucción —respondió con su voz tranquila y modulada—. Mis sistemas de postura están calibrados para mantener la alineación óptima de la columna y la estabilidad corporal. Desviarme de esa norma afectaría mi equilibrio y mi imagen visual. ¿Es incorrecto mantener una postura erguida en esta sociedad?
—No es incorrecto, es que... —Kizara suspiró, buscando palabras que una máquina pudiera entender—. Aquí la gente anda encorvada, cansada, mirando al suelo. Tú pareces... bueno, pareces una reina caminando entre mendigos. Y eso hace que todos te miren.
Antes de que Nara pudiera pedir una explicación más detallada, llegaron al final del pasillo. Dos bloques de concreto servían de marco a lo que había sido una puerta de emergencia, ahora reforzada con planchas de metal y barrotes. Allí había dos hombres parados, enormes, musculosos, con brazos tatuados, ropa desgastada y armas improvisadas colgadas de los cinturones. Eran los guardias.
Kizara se acercó despacio, con las manos visibles para que no pensaran que llevaba armas, y hizo un gesto breve con la cabeza, el saludo que se usaba allí. Los hombres los miraron de arriba abajo, evaluando, midiendo el valor de lo que llevaban y, sobre todo, evaluando a ellas.
Sus ojos se detuvieron mucho más tiempo en Nara.
Uno de ellos, el más grande, escupió al suelo un líquido oscuro y señaló la bolsa que llevaba la androide.
—¿Qué traen? —preguntó con voz ronca y profunda.
—Cosas útiles —respondió Kizara con calma, sin mostrar miedo—. Materiales, herramientas, cosas que sabemos que se necesitan aquí adentro. Solo venimos a intercambiar.
El hombre la miró un segundo más, luego asintió y empujó la pesada puerta de metal, dejando ver el interior.
—Pasad. Pero recordad las reglas: aquí dentro no se roba, no se mata, y lo que pase entre cuatro paredes es asunto vuestro, pero si armáis lío os tiramos a los pozos.
—Entendido —dijo Kizara, y pasó al lado de él, sintiendo cómo los ojos del hombre seguían clavados en la espalda de Nara mientras ella avanzaba con su paso elegante y silencioso.
En cuanto cruzaron el umbral, el ambiente cambió por completo.
El sonido las golpeó primero: un murmullo constante de voces, gritos de vendedores, el ruido de objetos chocando, pasos, risas, discusiones. El aire estaba cargado de olor a humedad, a aceite viejo, a comida cocinada en fuego abierto, a sudor y a metal. Bajo la estructura del estadio, en los sótanos y túneles que habían sido habilitados, se extendía todo un poblado subterráneo, un mercado inmenso lleno de gente, luces parpadeantes de lámparas de aceite y generadores ruidosos, y puestos de todo tipo.
Pero lo que más notó Kizara, casi al instante, fueron las miradas.
Cientos de ojos se volvieron hacia ellas apenas dieron unos pasos. Y no hacia ella. Hacia Nara.
Dondequiera que pasaban, las conversaciones se interrumpían por un segundo. Hombres que estaban negociando dejaban de hablar para seguir a la androide con la mirada. Mujeres la observaban con curiosidad, otras con desconfianza. Era imposible no mirarla. Con su piel pálida, su cabello blanco como la nieve y aquel uniforme limpio y ordenado en medio de tanta suciedad y desorden, Nara brillaba como una luz en la oscuridad.
Kizara apretó los dientes y caminó más rápido, intentando no prestar atención, manteniendo la cabeza baja y deseando fundirse con las sombras. Estaba nerviosa, muy nerviosa. Sabía que en lugares como aquel, llamar la atención era el primer paso para tener problemas.
A su lado, Nara caminaba tranquila, observando todo con interés, ajena por completo al revuelo que estaba causando. De hecho, después de cruzar varias calles improvisadas entre los puestos, se inclinó ligeramente hacia Kizara y preguntó con voz completamente natural y despreocupada:
—Kizara, tengo una duda de análisis sociológico. He registrado que la gran mayoría de las personas aquí presentes visten ropa desgastada, de colores oscuros o tierra, con múltiples parches y reparaciones. En cambio, mi vestimenta es de tela limpia, color blanco y negro, sin daños y con diseño estructurado. —Hizo una pausa, totalmente convencida de su propia lógica—. ¿Es posible que mi ropa sea extraña o inadecuada para este mundo? ¿Es la causa de que todos nos observen?
Kizara casi se detuvo en seco. Miró a la androide con los ojos muy abiertos, entre la incredulidad y la desesperación.
—¡Nara! —le susurró con fuerza, entre dientes—. ¡Tu ropa está bien! ¡El problema no es la ropa, eres tú! ¡Tú entera! ¡Tu cara, tu pelo, tu piel, tu forma de caminar... todo en ti grita que no eres de aquí!
Nara abrió la boca para pedir una explicación más detallada, pero no tuvo tiempo.
Como ocurría siempre en esos lugares, no tardaron en aparecer los que buscaban problemas.
Dos hombres jóvenes, de aspecto desgarbado, con sonrisas sucias y miradas de hambre que no tenía nada que ver con la comida, se separaron de un grupo que estaba apoyado en una columna y se dirigieron directo hacia ellas, cortándoles el paso sin ningún tipo de respeto.
—¡Vaya, vaya! —dijo el más alto, inclinándose hacia adelante para mirar a Nara de arriba abajo, con una sonrisa que Kizara habría borrado a golpes si hubiera podido—. ¿Pero qué tenemos aquí? No todos los días bajan cosas tan bonitas a este agujero.
El otro, más bajo y más gordo, se rió con una risa áspera y señaló con el dedo la cara de la androide.
—Dicen que de vez en cuando bajan mujeres de las zonas altas... pero nunca vi una como esta. Parece de porcelana. Oye, muñeca, ¿qué haces caminando sola por aquí? ¿No tienes quien te cuide?
Kizara dio un paso al frente, poniéndose entre ellos y Nara, con la mandíbula tensa y la mano acercándose instintivamente al cuchillo que llevaba escondido en la cintura. Sabía cómo funcionaba esto. Nunca faltaban. Y lo peor era que estos tipos nunca aceptaban un "no" por respuesta.
—Vayan a buscar diversión a otra parte —dijo Kizara con voz fría y cortante—. Estamos ocupadas. Tenemos cosas que hacer.
El hombre alto ni siquiera la miró a ella. La ignoró por completo, como si fuera un mueble, y sus ojos seguían fijos en Nara, brillando con malas intenciones.
—No seas así, pequeña... —le dijo al androide, pasando por alto a Kizara—. Seguro que nos lo podemos pasar mucho mejor nosotros tres que tú cargando bolsas sucias. ¿Por qué no vienes con nosotros? Tenemos bebida, tenemos un lugar cómodo... te trataremos bien, ya verás.
Nara parpadeó, con esa inocencia absoluta que a Kizara le daba miedo en momentos como ese, y abrió la boca para responder algo que seguramente sería muy técnico y muy extraño, pero el hombre no se lo permitió.
Creyó que ella estaba dudando. O simplemente no le importó. Dio un paso más, estiró la mano con brusquedad y la agarró por la muñeca, con fuerza, intentando tirar de ella hacia sí mismo.
—Vamos, no te hagas la difícil... —murmuró con una sonrisa asquerosa.
Kizara ya se estaba lanzando hacia adelante, con el cuchillo desenvainado en un movimiento rápido, dispuesta a pelear, aunque fueran dos contra una, pero no llegó ni a medio metro.
Todo ocurrió en un parpadeo.
Nara no gritó. No se asustó. No se movió ni un milímetro hacia atrás.
Con una calma absoluta, cerró sus dedos finos y pálidos alrededor de la muñeca del hombre. Y apretó.
Lo hizo con un movimiento tan rápido que casi no se vio. Fue un simple giro de su muñeca, un movimiento mecánico, preciso y limpio, acompañado de una presión que no era humana.
Se escuchó un sonido seco, crujiente, desagradable, como ramas que se parten.
Y luego, el grito.
Un alarido desgarrador, agudo y lleno de dolor que resonó por todo el pasillo, haciendo que todo el mundo se girara a mirar. El hombre cayó de rodillas al instante, soltando la mano de Nara como si le quemara, y se llevó la mano rota contra su pecho, retorciéndose en el suelo, con la cara desfigurada por el sufrimiento y gritando palabras incoherentes.
—¡MI MANO! ¡ME HA ROTO LA MANO! ¡HIJA DE PUTA, ME HA ROTO LA MANO!
Su compañero se quedó paralizado, con los ojos fuera de las órbitas, mirando la mano que colgaba en un ángulo imposible, y luego miró a Nara, que seguía de pie en el mismo lugar, con la expresión serena y tranquila de siempre, como si acabara de apartar una mosca.
El silencio duró solo un segundo.
Y entonces, estallaron las risas.
Por todo alrededor, entre la gente que se había detenido a mirar, empezaron a sonar carcajadas, gritos de burla, aplausos sarcásticos y comentarios divertidos. En un lugar como aquel, donde la fuerza era ley, ver a dos matones creídos ser humillados por una chica delgada y de aspecto frágil era el mejor espectáculo que podían esperar.
—¡Jajaja! ¡Eso te pasa por creerte mucho, idiota!
—¡Te dijeron que te fueras, imbécil!
—¡Cuidado con la muñeca de porcelana, que muerde!
El hombre que gritaba en el suelo intentó levantarse para atacar, pero su compañero, pálido y temblando de miedo, lo agarró del brazo sano y lo arrastró hacia atrás, lejos de Nara.
—¡Vámonos! ¡Vámonos ya! —le susurró aterrado, mirando a la androide como si fuera un monstruo—. ¡Déjala, déjala, no vale la pena!
Y entre las risas y los gritos de burla de todo el mercado, los dos hombres, humillados y heridos, se dieron la vuelta y salieron corriendo, perdiéndose entre la multitud lo más rápido que pudieron.
Kizara se quedó allí de pie, con el cuchillo aún en la mano y el corazón latiéndole a mil por hora, mirando primero hacia donde habían huido los tipos y luego hacia Nara, que se estaba sacudiendo suavemente la mano, como si hubiera tocado algo sucio.
La androide la miró entonces, con total naturalidad, y señaló hacia la salida por donde habían corrido los hombres.
—Análisis de la interacción social —dijo con su voz calmada y robótica—. He detectado que esos individuos intentaron ejercer control físico sobre mí. Según mis protocolos de seguridad, la respuesta adecuada era neutralizar la amenaza sin causar daño permanente letal. ¿He actuado correctamente?
Kizara suspiró, guardó el cuchillo y se pasó una mano por la cara, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda, aunque al mismo tiempo no pudo evitar sentir una mezcla de alivio y orgullo.
Se acercó a ella, la agarró suavemente del brazo y la miró a los ojos.
—Lo hiciste perfecto, Nara... —le dijo en voz baja—. Pero ahora, por favor, camina más rápido. Porque si antes nos miraban... ahora todo el mercado sabe quiénes somos. Y eso, querida mía, es incluso peor.
Y sin esperar más, tiró de ella hacia el interior del mercado, perdiéndose entre la gente, sabiendo que esa pequeña demostración de fuerza solo había hecho que la misteriosa belleza de Nara se volviera aún más legendaria en ese lugar.
Se alejaron de la zona principal del mercado, dejando atrás el bullicio, los gritos y las miradas curiosas que aún seguían clavadas en sus espaldas. Kizara caminaba rápido, con el ceño fruncido y la mano aferrada con fuerza a la correa de la bolsa que llevaba al hombro, todavía con el corazón acelerado por el incidente anterior. Nara la seguía de cerca, con su paso silencioso y elegante, ajena al revuelo que había causado y a la preocupación que ahora carcomía a su compañera.
Avanzaron por pasillos más estrechos, oscuros y llenos de escombros, adentrándose en la zona donde los dos rascacielos caídos se entrelazaban, formando una red de cuevas y rincones ocultos que solo los que conocían el lugar podían encontrar. Allí, entre vigas retorcidas y muros agrietados, se encontraba el lugar al que Kizara quería llegar.
Una puerta de madera vieja, reforzada con planchas de metal y sin ningún letrero que la identificara, camuflada perfectamente entre los restos de lo que antaño debió haber sido un piso alto de oficinas. Era la tienda de El Viejo.
Kizara conocía este lugar desde hacía años. Era el mercader en el que más confiaba, aunque en un mundo como aquel la palabra "confianza" tenía un significado muy relativo. Más que confianza, era seguridad: él sabía que ella no le traería problemas ni mercancía robada de mala calidad, y ella sabía que él no la estafaría hasta el punto de dejarla sin nada, porque sabía que necesitaba que ella volviera con más cosas en el futuro. Era un acuerdo de conveniencia mutua, la única lealtad que existía bajo las ruinas.
Kizara dio unos golpes secos y rítmicos en la puerta, esperó unos segundos y empujó. Se abrió con un chirrido largo y profundo.
El interior era un espacio pequeño, bajo y lleno de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de objetos envueltos en telas, herramientas oxidadas pero útiles, rollos de alambre, ropa apilada y cajas de todo tipo. El aire olía a polvo, a cera y a algo parecido a hierbas secas. Al fondo, detrás de un mostrador de madera desgastada por el tiempo, estaba él: un hombre anciano, encorvado, con una barba larga y canosa y unos ojos pequeños, brillantes y vivos que parecían verlo todo, a pesar de su edad.
Junto a él, una chica joven, apenas una adolescente, con el pelo recogido bajo un pañuelo y ropa sencilla, se movía ágilmente ordenando bultos y limpiando objetos con mucho cuidado. Era su ayudante, o su aprendiz, nadie sabía bien qué relación tenían, pero siempre estaba allí.
Al ver entrar a Kizara, el rostro del anciano se iluminó con una sonrisa amable y abierta, y levantó una mano para saludarla con entusiasmo.
—¡Vaya, mirad quién ha venido! —exclamó con voz rasposa pero cálida—. La chica de las rutas largas. Pensé que te habrías quedado en algún agujero olvidado esta vez...
Pero se detuvo en seco. Su mano se quedó en el aire, y su sonrisa se desdibujó lentamente hasta desaparecer por completo. Sus ojos, que tantas décadas llevaban comerciando, observando y sobreviviendo, se desviaron por encima del hombro de Kizara y se clavaron directamente en Nara, que acababa de cruzar el umbral y permanecía de pie, erguida y perfecta, con la bolsa a la espalda y la mirada tranquila.
El silencio llenó la pequeña habitación. La chica joven dejó lo que estaba haciendo y también miró, con los ojos muy abiertos por la curiosidad.
El Viejo no dijo nada durante unos segundos. Solo observó. Recorrió con la mirada cada detalle de Nara: la piel impecable, la postura inhumana, la simetría perfecta de sus rasgos, ese brillo en los ojos que no era natural, el cabello blanco que parecía teñido de luz. Y luego, asintió lentamente, como confirmando algo que ya su intuición le había dicho en el primer instante.
—Bueno, bueno, bueno... —murmuró finalmente, bajando la mano y apoyándose en el mostrador, inclinándose un poco hacia adelante con una mezcla de asombro y respeto—. Mis ojos ya no son lo que eran, pero mi memoria todavía funciona. Y he visto demasiadas cosas en mi vida para equivocarme ahora.
Levantó la vista hacia Kizara, que estaba inmóvil en la entrada, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la espalda, sin entender por qué la estaba mirando así.
—Dime, niña... —preguntó el anciano con seriedad, señalando con un dedo huesudo hacia Nara—. ¿Dónde has encontrado a un androide tan sofisticado? De los que se fabricaban antes del colapso, de los de alta gama... de los que solo veíamos en los anuncios de las torres altas.
Kizara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se quedó pálida, con la boca entreabierta, totalmente desconcertada. Esperaba muchas cosas de él: preguntas sobre la mercancía, preguntas sobre dónde había estado, incluso sospechas de dónde sacaba las cosas... pero jamás imaginó que fuera a adivinarlo tan rápido, y con tanta seguridad.
—Yo... yo no... —empezó a balbucear, sin saber qué decir, buscando una mentira rápida que pudiera salvar la situación.
Pero antes de que pudiera inventar nada, Nara dio un paso al frente, se puso a su lado y habló con su voz clara, tranquila y absolutamente carente de cualquier intención de ocultar nada.
—La detección fue sencilla —dijo ella, como si estuviera comentando el clima—. Sus parámetros de observación son muy precisos. Ha analizado mi estructura corporal, mi simetría facial, mi estado de conservación y mis características estéticas, comparándolas con los estándares históricos de su base de memoria. La conclusión es lógica y correcta.
Kizara se giró hacia ella de golpe, con los ojos muy abiertos y una mezcla de horror e indignación en la mirada. ¡No podía ser! ¡Acababa de confirmarlo! ¡Delante de él, delante de cualquiera! Le dio un codazo fuerte en el brazo, furiosa, y le susurró entre dientes:
—¡¿Se puede saber qué haces?! ¡¿Por qué lo dices así, tan abiertamente?! ¡Se supone que es un secreto!
El anciano soltó una carcajada, una risa profunda y ronca que llenó la habitación, rompiendo la tensión. Se echó hacia atrás en su silla y negó con la cabeza, divertido y sorprendido a partes iguales.
—No te enfades con ella, niña —dijo, haciendo un gesto con la mano para calmarla—. Y no te preocupes por mí. Soy viejo, pero no estúpido. Si lo hubiera querido contar o usar en tu contra, ya habría dado aviso a los de afuera antes de que pudieras darte cuenta. Pero no lo haré.
La miró con esa sabiduría que solo dan los años de supervivencia.
—Además... no hace falta que nadie adivine qué es para que llame la atención. Mira cómo es. Mira cómo se mueve, cómo se ve... —señaló a Nara con respeto—. Aunque vistiera con harapos y se ensuciara la cara, seguiría pareciendo una diosa entre escombros. Ya llamaba la atención solo con entrar. Lo que es, es lo de menos. El espectáculo ya lo tenías asegurado.
Kizara suspiró profundamente, dejando escapar toda la tensión de sus hombros, y se pasó una mano por el pelo, resignada. Tenía razón. De nada servía ocultarlo ahora, y al menos sabía que podía confiar en la discreción del anciano.
—Está bien... —dijo finalmente, acercándose al mostrador y dejando la mochila pesada sobre la madera—. Supongo que no sirve de nada negarlo. Sí, es lo que tú dices. Y es mi compañera. Así que espero que esto se quede entre estas cuatro paredes.
—Por supuesto —respondió él, con una sonrisa astuta—. Aquí lo que entra, se queda. Y ahora... vamos a lo que importa. ¿Qué me traes hoy?
Kizara abrió la mochila y comenzó a sacar el contenido, colocándolo uno a uno sobre el mostrador. Eran cosas que para ella eran simples, objetos comunes que habían encontrado a montones en el laboratorio, pero que en el mundo exterior eran tesoros incalculables.
—Mira —dijo, señalando cada objeto—. Latas de comida selladas, conservas de carne y vegetales, todas en perfecto estado, sin óxido, duraderas por años. Baterías pequeñas, de litio, de alta capacidad, sirven para linternas, radios, herramientas... y también estas más grandes, pesadas, pero cargan cualquier cosa que necesite energía. —Sacó luego unos paquetes planos—. Y esto: platos, vasos y utensilios de material sintético irrompible, ligeros, limpios, que no se pudren ni se rompen si se caen. Cosas simples, sí, pero cosas que aquí nadie tiene.
El anciano se inclinó, tomó una de las latas, la miró a contraluz, sopesó una batería en su mano y acarició la superficie lisa de uno de los platos. Sus ojos brillaban. No preguntó dónde lo había sacado. Nunca lo hacía. No le importaba. Lo único que veía era ganancia. Sabía que eso se vendería muy bien, que era mercancía de primera calidad, lo mejor que había llegado a su tienda en mucho tiempo.
—Esto es... excelente —murmuró, genuinamente impresionado—. Estado impecable, tecnología antigua de la buena, de la que ya no se hace. Tienes razón, niña. Cosas simples, pero que valen su peso en oro aquí abajo.
Se enderezó y la miró fijamente, sabiendo que ella no venía solo a vender.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que quieres a cambio? Sabes que te daré el mejor precio, y más después de traerme esto.
Kizara se apoyó en el mostrador, seria y decidida.
—Ropa —dijo sin dudar—. Ropa resistente, de buena tela, que abrigue, de colores oscuros o apagados, nada que llame la atención. Para mí y para ella. —Miró a Nara de reojo—. Esto que lleva puesto es bonito, pero no sirve para caminar por las ruinas sin que todos te miren.
Hizo una pausa y bajó un poco la voz, inclinándose hacia él.
—Y lo más importante: información. Quiero saber qué se mueve. Dónde están las patrullas de Aethel estos días, si han abierto nuevas zonas de control, si hay rumores sobre lugares seguros, o sobre otros grupos que se muevan por la zona. Y también... cualquier pieza pequeña, repuesto o herramienta fina que tengas guardada y que creas que nos pueda servir para el viaje.
El anciano asintió lentamente, calculando mentalmente el valor de todo aquello. Sabía que salía ganando de sobra.
—Trato hecho —dijo con una sonrisa amplia, mostrando sus dientes gastados—. Te daré todo lo que pides, y más. Traes mercancía de calidad, y a mí me interesa que vuelvas. Si me traes más cosas como estas la próxima vez, te aseguro que te trataré como a una reina. Tendrás todo lo que necesites, y te guardaré lo mejor que llegue a mis manos solo para ti.
La chica joven comenzó a moverse rápidamente hacia los estantes traseros, buscando fardos de ropa, mientras el viejo sacaba un cuaderno viejo y un trozo de carbón para anotar los detalles del intercambio.
Kizara soltó el aire, sintiéndose al fin un poco más tranquila. Habían conseguido lo que querían. Y aunque la entrada había sido llena de sustos y revelaciones, ahora tenían lo necesario para seguir adelante.
Miró a Nara, que seguía de pie en silencio, observando todo con esa calma inalterable, y aunque todavía le dolía que hubiera hablado tan pronto, no pudo evitar sonreír levemente.
Al final, las cosas siempre salían bien cuando estaban juntas. Y ahora, con ropa nueva, información valiosa y la promesa de más intercambios, estaban un paso más cerca de sobrevivir otro día más en aquel mundo roto.