La primera sensación que tuvo Kizara al despertar fue extraña, casi irreal.
Una comodidad absoluta.
Tan suave, tan cálida y tan placentera que durante varios segundos permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, sin atreverse a moverse, medio esperando que el sueño se desvaneciera y volviera a sentir la dureza del mundo real bajo su cuerpo.
Pero nada cambió.
Algo era diferente. Muy diferente.
No sentía el frío cortante del suelo de cemento atravesándole la espalda. No había piedras ni escombros clavándose bajo sus costillas. No llegaba la humedad de las alcantarillas ni el aire helado filtrándose por las rendijas. Tampoco estaba ahí ese dolor sordo y constante en el cuello, el precio de dormir encogida en rincones estrechos, tuberías o escondites improvisados donde apenas cabía.
Solo había suavidad. Una suavidad que acunaba cada parte de su cuerpo. Calidez envolvente. Y una sensación de seguridad tan profunda que había olvidado por completo cómo se sentía.
Poco a poco, entreabrió los ojos.
La luz tenue y azulada de las lámparas de emergencia del laboratorio se filtraba por las rendijas de las paredes, iluminando débilmente la habitación con una penumbra tranquila y serena, muy distinta a la luz grisácea y triste del exterior.
Kizara permaneció varios segundos mirando fijamente hacia arriba, observando las vigas del techo, limpias y firmes, sin polvo ni grietas. Luego, bajó la mirada lentamente.
Las sábanas.
La almohada, mullida y blanca.
El colchón que cedía suavemente bajo su peso.
Y entonces, todo volvió a su memoria.
—Ah... —susurró con voz ronca por el sueño, esbozando una sonrisa cansada pero genuina.
La cama.
Había dormido allí. En una cama de verdad. En un lugar seguro. Por primera vez en años. Quizás en toda su vida.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había descansado de aquella manera. Su existencia siempre había sido una alerta continua: siempre escapando, siempre escondiéndose, siempre con los sentidos alerta ante cualquier ruido sospechoso, cualquier zumbido de dron, cualquier patrulla que se acercara, cualquier pequeño error que pudiera costarle la vida.
Pero aquella noche... simplemente había dormido. Profundamente. Sin miedos. Y había sido maravilloso.
Kizara se giró sobre el colchón, estirándose con deleite hasta que sus articulaciones crujieron suavemente, y se abrazó con fuerza a la almohada, hundiendo la cara en la tela limpia.
—Benditos científicos del pasado... —murmuró contra la tela, con gratitud sincera—. Sean quienes sean... donde quiera que estén... gracias.
Se quedó así unos segundos más, disfrutando de ese pequeño lujo, sabiendo muy bien que momentos como aquel eran extremadamente raros, frágiles y preciosos en el mundo en el que vivían.
Sin embargo, justo cuando empezaba a volver a cerrar los ojos, algo llamó su atención.
Su nariz se movió ligeramente, captando una señal que su cerebro tardó unos instantes en identificar.
Un aroma.
Suave.
Cálido.
Ligeramente salado y reconfortante.
Extrañamente agradable.
Kizara parpadeó, confundida. Volvió a aspirar el aire, despacio, asegurándose de no estar imaginándolo. Y entonces, se incorporó lentamente, apoyándose en los codos, con el ceño fruncido por la sorpresa.
—¿Qué es eso?
El aroma flotaba suavemente por el aire frío y limpio del laboratorio. Era débil, casi etéreo, pero inconfundible.
Comida.
Comida recién preparada.
Su estómago reaccionó de inmediato, traicionero y ruidoso, con un gruñido tan fuerte y largo que casi la hizo sonrojarse, aunque estuviera completamente sola en la habitación. Hacía días que solo comía raciones secas, polvo alimenticio y lo que lograba encontrar en ruinas, nada que tuviera olor, ni sabor, ni calor.
—No puede ser... —murmuró, mirando a su alrededor con ojos asombrados.
La habitación estaba vacía. El lugar junto a la puerta, donde la noche anterior Nara había permanecido inmóvil conectada a la red, ahora estaba despejado.
Y entonces se dio cuenta de algo obvio pero importante: Nara no estaba allí.
El aroma volvió a llegar, más fuerte esta vez, arrastrado por una corriente de aire suave que venía desde el pasillo abierto.
La curiosidad venció rápidamente cualquier deseo de seguir descansando o quedarse en la calidez de las sábanas. Kizara se levantó de la cama tal como estaba: todavía medio dormida, con el cabello completamente despeinado y enmarañado alrededor de su rostro y hombros, y vestida solo con su ropa interior, sin importarle nada más que descubrir qué estaba pasando.
Salió de la habitación siguiendo el rastro de olor, caminando descalza sobre el suelo metálico y frío, aunque ni siquiera lo notaba. A cada paso que daba por el corredor, el aroma se volvía más intenso, más cálido, más familiar, despertando recuerdos que creía olvidados.
Finalmente, llegó hasta el umbral de una sala contigua que, por su distribución, estanterías vacías y encimeras empotradas, parecía haber sido antaño una pequeña cocina destinada al uso exclusivo del personal científico de alto rango.
Y allí se quedó inmóvil, paralizada por la imagen que tenía ante sus ojos.
Nara estaba de pie frente a una de las superficies de trabajo, con la espalda dirigida hacia la entrada. Vestía su uniforme de doncella impecablemente limpio, sin una sola mancha ni una arruga, con el delantal blanco brillando bajo la luz tenue. Su cabello blanco, liso y perfecto, caía sobre su espalda mientras se movía con una precisión elegante, fluida y casi hipnótica.
Sobre la mesa, ordenadas con meticulosidad, descansaban varias latas abiertas, envases antiguos de metal y vidrio, conservas al vacío y paquetes de ingredientes deshidratados: todo aquello que había logrado sobrevivir más de un siglo gracias a los sistemas automáticos de preservación y refrigeración del complejo subterráneo. Los alimentos frescos, las frutas, las carnes o las verduras, habían desaparecido del mundo hacía décadas, pero muchos productos enlatados y almacenados al vacío seguían siendo perfectamente utilizables si se sabía qué hacer con ellos.
Y Nara, al parecer, lo sabía.
Frente a ella, sobre una pequeña placa de inducción que Kizara ni siquiera sabía que funcionaba, una olla pequeña liberaba vapor constantemente, formando nubes blancas que subían al techo y se esparcían llevando consigo ese olor maravilloso que había despertado a la joven. La androide removía el contenido con una cuchara de metal, haciendo movimientos suaves, circulares y exactos, ajustando la temperatura con toques mínimos en los controles, como si hubiera estado cocinando toda su vida.
Kizara observó la escena durante varios segundos, en silencio, con el corazón latiéndole suavemente en el pecho.
Porque por alguna razón... aquella imagen resultaba extrañamente hermosa.
La última persona que había visto preparando comida de aquella manera, con paciencia, cuidado y dedicación, había sido su madre, cuando era muy pequeña, antes de que todo se volviera oscuro y peligroso. Y durante un instante... solo un instante... aquella cocina abandonada, llena de polvo y antigüedades, dejó de parecer una ruina olvidada por el mundo.
Y se sintió un poco más como un hogar.
Nara se detuvo un segundo, inclinó levemente la cabeza, como si hubiera detectado una variación en el aire o una frecuencia de sonido específica, y se giró lentamente. Al ver a Kizara en la entrada, no mostró sorpresa ni prisa. Sus ojos bicolores brillaron con la calma habitual, y se inclinó ligeramente en una reverencia perfecta, tal como dictaba su programación, con la cuchara aún en la mano.
—Buenos días, Kizara —dijo ella, con su voz clara, modulada y carente de cualquier emoción, pero cargada de intención—. Detecté tus signos vitales estabilizados hace tres minutos. Calculé que despertarías en este intervalo temporal.
Kizara parpadeó, saliendo de su ensimismamiento, y se pasó una mano por el pelo, avergonzada de aparecer así, despeinada y con poca ropa, aunque Nara no parecía darle importancia a nada de eso.
—Nara... yo... —empezó a decir, acercándose despacio, mirando la olla con curiosidad—. ¿Qué... qué es todo esto? ¿Qué estás haciendo?
La androide volvió a girarse hacia la cocción, ajustando un poco más la intensidad del calor con un movimiento preciso de sus dedos finos.
—Durante mi periodo de recarga y sincronización con las bases de datos del laboratorio, accedí a archivos culinarios, guías de nutrición y manuales de supervivencia datados entre los años 2020 y 2150 —explicó con total naturalidad, enumerando datos como si estuviera dando un informe técnico—. Analicé los recursos disponibles en las reservas de este complejo, evalué su estado de conservación, valor nutricional y fecha de caducidad.
Hizo una pausa, se giró hacia ella y continuó con su lógica inalterable.
—Determiné que tu ingesta calórica habitual es insuficiente para mantener tus funciones biológicas óptimas, tu masa muscular y tus niveles de energía en un entorno de alto riesgo como este. Según mis registros, tu cuerpo humano requiere combustible de calidad para poder moverse, reaccionar y sobrevivir.
Kizara la escuchaba con la boca ligeramente abierta, sorprendida por aquel nivel de detalle y cuidado.
—Así que... —la animó a continuar, con una sonrisa pequeña empezando a formarse en sus labios.
—Por lo tanto —concluyó Nara, con seriedad absoluta—, busqué las recetas más adecuadas, equilibradas y energéticas que se podían elaborar con los ingredientes disponibles aquí. Mi objetivo es asegurar que mi señora reciba una alimentación adecuada y nutritiva, capaz de proporcionarle la energía necesaria para afrontar las actividades del día y cualquier eventualidad que pueda surgir.
Señaló hacia la olla, donde el vapor seguía subiendo, llevando ese olor que hacía que el estómago de Kizara rugiera con más fuerza todavía.
—He preparado un estofado concentrado. Alto en proteínas, carbohidratos y sales minerales. Saborización optimizada según los estándares históricos de preferencia humana.
Kizara se acercó hasta quedar a su lado, mirando dentro de la olla. La mezcla tenía un color dorado y parecía espesa, caliente y maravillosa. Levantó la vista hacia el rostro perfecto de la androide, que la observaba esperando una evaluación o una orden, tal como estaba programada.
—¿Lo hiciste... por mí? —preguntó ella, con la voz un poco más suave, conmovida hasta el fondo.
Nara parpadeó una vez, sin entender por qué la pregunta, pues para ella todo tenía una lógica tan clara como el día.
—Mi función principal es garantizar tu bienestar y tu seguridad —respondió con firmeza, esa certeza absoluta que siempre la caracterizaba—. La nutrición es un factor crítico para la supervivencia. Si mi señora no tiene energía, su capacidad de reacción disminuye. Si su capacidad de reacción disminuye, aumenta el riesgo de daño físico. Y evitar que sufras daño es mi prioridad absoluta.
Se quedó callada un segundo, y añadió con su tono robótico y literal de siempre:
—Además, los registros indican que la preparación y el ofrecimiento de alimentos es una forma válida y aceptada de interacción social y cuidado afectivo entre humanos.
Kizara no pudo evitarlo. Una risa pequeña, alegre y sincera le salió del pecho. Se acercó un poco más y, sin pensarlo, apoyó su mano suavemente sobre el brazo de porcelana blanca y metal de Nara, sintiendo su temperatura fresca y su superficie lisa.
—Eres increíble, Nara... —susurró, con los ojos brillantes—. Absolutamente increíble.
La androide miró la mano de la joven sobre su brazo, procesando el nuevo contacto físico, y luego volvió a mirarla a los ojos, guardando aquel dato nuevo en su memoria: Preparación de alimentos = Resultado: Reacción positiva. Emoción detectada: Alegría. Afecto.
—La comida estará lista para el consumo en exactamente dos minutos y cuarenta segundos —anunció con calma, aunque en sus ojos se encendió una luz pequeña, casi imperceptible, que Kizara ya empezaba a reconocer.
Esa luz que significaba que, aunque ella no lo entendiera del todo, lo que hacía... lo hacía con todo su ser.
Y por primera vez en mucho tiempo, Kizara no solo tenía un techo sobre su cabeza y seguridad bajo sus pies.
Tenía algo que nadie en las zonas muertas tenía.
Tenía a alguien que cocinaba para ella. Que pensaba en ella. Que se preocupaba por si tenía suficiente energía para vivir.
Y eso, en un mundo tan roto, era el tesoro más grande de todos.
El sonido de la cuchara chocando suavemente contra los bordes del cuenco era lo único que se escuchaba en la pequeña cocina, junto con el zumbido lejano de los sistemas de ventilación del laboratorio.
Kizara estaba sentada en una de las sillas antiguas, de madera y metal, que había resistido el paso de los años. Tenía el cuenco entre las manos, soplando suavemente sobre el vapor que se elevaba en espirales perezosas, llenando el aire con ese olor rico y nutritivo que le había despertado el apetito hacía unos minutos.
El primer bocado fue una revelación.
Caliente. Suculento. Con un sabor intenso que no tenía nada que ver con las raciones frías, secas y sin sabor a las que estaba acostumbrada desde que tenía memoria. Era increíble cómo Nara, una máquina sin papilas gustativas, sin capacidad de sentir el sabor ni el calor, había logrado combinar aquellos ingredientes antiguos, enlatados y deshidratados, para crear algo que sabía a... vida.
—Está delicioso —murmuró Kizara con la boca llena, mirando brevemente a su lado—. De verdad, Nara... es increíble.
Sin embargo, al levantar la vista, la sensación de placer se mezcló inmediatamente con una pequeña incomodidad que le revolvía el estómago, aunque no tenía nada que ver con la comida.
Nara estaba allí, de pie, a apenas un metro de ella, erguida e inmóvil como una columna perfecta. Sus manos, con los dedos finos y pálidos entrelazados frente a su delantal, permanecían quietas. Su postura era impecable, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante en una actitud de atención absoluta y servicio. Y sus ojos —esos ojos bicolores, azul y gris, brillantes y claros— estaban fijos en ella, observando cada movimiento, cada gesto, cada vez que llevaba la cuchara a la boca, con una precisión y un detalle que hubieran puesto nervioso a cualquiera.
Por obvias razones, Nara no comía. No necesitaba combustible orgánico, ni disfrutaba de los sabores, ni sentía hambre. Su energía provenía de los enchufes y los sistemas eléctricos del laboratorio, de la misma forma que su "alimento" era la información y los datos. Por lo tanto, para su lógica programada, su lugar no era otro que estar de pie, al lado de su dueña, lista para cualquier cosa que pudiera necesitar: limpiar, servir, responder preguntas o protegerla.
Pero para Kizara, acostumbrada a la soledad absoluta o a comer escondida en rincones oscuros, ser observada mientras comía por una figura tan imponente y perfecta era... extraño. Muy extraño.
Se llevó otra cuchara a la boca, intentando ignorar la mirada atenta de la androide, pero se sentía torpe, autoconsciente, como si estuviera haciendo algo incorrecto o que requiriera una inspección técnica. Bajó la cuchara y carraspeó suavemente.
—Nara... —empezó a decir, sin saber muy bien cómo explicarle aquello sin herir su "sentimientos", o lo que fuera que tuviera en su lugar.
—¿Sí, Kizara? —respondió ella al instante, sin moverse ni un milímetro—. ¿La temperatura del alimento no es la adecuada? ¿El nivel de sal o espesor requiere ajustes? Mis sensores detectan una variación en tu frecuencia cardíaca y en tus movimientos musculares mandibulares. ¿Existe algún problema?
—No, no, la comida está perfecta —se apresuró a aclarar Kizara, agitando una mano—. Está buenísima, de verdad. Es solo que... bueno...
La joven suspiró, dejando la cuchara dentro del cuenco y levantando la vista hacia ella.
—Sé que tú no puedes comer. Sé que no necesitas hacerlo, y que tu lugar de trabajo o servicio es estar de pie y atenta. Lo entiendo. Y te agradezco mucho que te preocupes por mí y que hayas hecho todo esto. Pero... me siento un poco incómoda comiendo sola mientras tú estás ahí parada mirándome como si fueras una estatua vigilante.
Nara parpadeó lentamente, procesando la información con una lógica que no alcanzaba a comprender el trasfondo emocional.
—No entiendo la inconsistencia —dijo con su voz clara y robótica—. Mi programación indica que debo permanecer accesible y visible mientras realizas actividades vitales. Al no requerir nutrición, no tengo ninguna necesidad de ocupar una posición de asiento. Permanecer de pie no me genera fatiga ni consumo excesivo de energía. No hay ninguna razón funcional para que yo cambie de ubicación.
Kizara se pasó una mano por la frente, buscando las palabras adecuadas para explicar algo que para ella era tan natural como respirar, pero que para una inteligencia artificial antigua era un misterio.
—Lo sé, Nara. Sé que para ti es lógico. Pero mira... —señaló la silla vacía que había al otro lado de la mesa—. Aunque no comas, aunque no hagas nada más que estar ahí... ¿podrías al menos sentarte frente a mí?
La androide ladeó la cabeza, confundida, sus ojos brillando levemente mientras analizaba la petición.
—¿Sentarme? —repitió, como si estuviera verificando la palabra en su base de datos—. No existe ninguna función operativa que requiera que me siente en este contexto. No realizaré ninguna tarea desde esa posición. ¿Cuál es el propósito de esta orden?
Kizara sonrió con dulzura, una sonrisa cargada de paciencia y ternura.
—El propósito no es funcional, Nara. Es... es simplemente para hacerme compañía.
Hubo un silencio breve mientras Nara procesaba el concepto, buscando definiciones, buscando parámetros.
—¿Compañía? —preguntó, formulando la duda que rondaba por su sistema—. Mis registros indican que la alimentación es un proceso biológico individual. La ingesta de nutrientes, la digestión y la asimilación son funciones que ocurren dentro del organismo de cada ser humano. ¿Es normal que los miembros de tu especie coman juntos, en el mismo espacio y al mismo tiempo, aunque no tengan ninguna necesidad común más allá de la propia nutrición? ¿Lo hacen solo para sentirse acompañados?
—Sí, Nara. Exactamente eso —respondió Kizara suavemente, asintiendo con la cabeza—. Los humanos casi nunca comemos solos si podemos evitarlo. Comer es una de esas cosas que compartimos. No es solo llenar el estómago. Es un momento para hablar, para estar juntos, para... simplemente saber que alguien está ahí contigo. Aunque esa persona no hable, aunque no haga nada. Solo su presencia cambia todo.
Hizo una pausa y señaló nuevamente la silla vacía frente a ella.
—Si tú te sientas ahí, aunque no comas, aunque solo te quedes mirando o procesando información, para mí ya no estaré comiendo sola. Me harás compañía. Y eso... eso hace que la comida sepa mejor. Y que me sienta más tranquila.
Nara permaneció en silencio durante unos segundos, evaluando la solicitud, comparándola con sus protocolos de servicio y con los nuevos datos que estaba aprendiendo sobre la humana que tenía a su cargo. Aquello no tenía sentido lógico, ni matemático, ni de eficiencia. Pero estaba claro que tenía un impacto directo en el bienestar psicológico de Kizara, y eso, al final del día, era la prioridad número uno.
—Comprendido —dijo finalmente, con una leve inclinación de cabeza—. La solicitud ha sido registrada y clasificada como: "Necesidad emocional de compañía durante la ingesta".
Se movió entonces con esa elegancia fluida y silenciosa que la caracterizaba, dio la vuelta a la mesa y se acercó a la silla vacía. Con movimientos medidos y perfectos, deslizó la silla hacia atrás, se sentó con la espalda recta como una vara, las manos juntas sobre sus rodillas y la mirada fija nuevamente en Kizara, pero ahora desde el otro lado de la mesa, a la misma altura.
—Posición cambiada —anunció con claridad—. Ahora estoy sentada frente a ti. Mi presencia es continua y accesible. ¿Se cumple con el requisito de compañía solicitado?
Kizara soltó una pequeña risa, sintiendo cómo esa sensación incómoda desaparecía al instante, reemplazada por una calidez agradable en el pecho.
—Sí, Nara. Ahora está perfecto. Mucho mejor. Gracias.
La joven volvió a llevar la cuchara a la boca, y esta vez disfrutó de cada bocado sin sentirse observada como un experimento, sino acompañada como una persona.
Nara permanecía inmóvil frente a ella, una estatua viva de belleza perfecta, procesando cada detalle, guardando aquel nuevo dato en lo más profundo de su memoria: Los humanos necesitan compañía. Incluso para comer. Incluso si la compañía solo está ahí, en silencio.
Para ella no tenía lógica. Pero ver a Kizara comer con gusto, relajada y tranquila, le provocó esa extraña sensación de reducción de recursos, esa "anomalía" que ya empezaba a ser habitual en sus sistemas.
Y mientras el vapor se elevaba entre ambas, en medio de aquellas ruinas que alguna vez fueron un laboratorio y que ahora empezaban a ser un hogar, Kizara entendió que, aunque el mundo fuera un lugar cruel y solitario, mientras Nara estuviera sentada frente a ella... nunca más tendría que comer sola.
El silencio en la pequeña cocina ya no se sentía vacío. Ahora estaba lleno del sonido suave de la cuchara contra la cerámica y del vapor que subía en espirales perezosas. Kizara disfrutaba cada bocado, saboreando algo que no era solo alimento, sino también la sensación de estar a salvo y acompañada.
Levantó la vista hacia Nara, que seguía sentada frente a ella con la espalda increíblemente recta, las manos juntas sobre el regazo y sus ojos bicolores fijos en ella, atenta a cualquier señal que pudiera indicar una necesidad o un problema.
Kizara se limpió suavemente la boca con el dorso de la mano y dejó la cuchara dentro del cuenco con un suspiro de satisfacción.
—Estaba delicioso, de verdad —repitió, mirando los restos del estofado—. Pero escúchame bien, porque después de terminar aquí tenemos que movernos. No podemos quedarnos todo el día, por más cómodo y seguro que parezca este lugar.
Nara ladeó levemente la cabeza, sus procesadores activándose al instante ante la nueva información.
—¿Se ha detectado alguna amenaza inminente? ¿Cambios en la estructura del laboratorio? ¿Riesgo de detección?
—No, nada de eso —respondió Kizara, agitando una mano con calma—. El laboratorio está estable y oculto. Pero tenemos cosas que hacer. Verás... mientras tú estabas conectada a la red y yo exploraba ayer, me di cuenta de algo importante. Todo lo que hay aquí: estos muebles, los equipos, las herramientas, los materiales, incluso estos recipientes y provisiones... todo esto es tecnología y materiales de hace más de un siglo. Y para nosotros, para la gente que vive fuera del sistema, esto es oro puro.
Hizo una pausa y señaló a su alrededor, hacia las estanterías vacías y las puertas cerradas de los almacenes.
—Aquí hay de sobra. Muchísimo de sobra. Este complejo fue diseñado para abastecer a cientos de científicos y trabajadores durante años, y solo estamos tú y yo. Podemos llevarnos todo lo que podamos cargar, y seguiría habiendo mucho más. Y lo mejor de todo es que estos objetos están hechos para durar. Los plásticos son de calidad superior, los metales no se oxidan fácilmente, los equipos están sellados al vacío... estas cosas pueden sobrevivir décadas, incluso siglos más, sin estropearse. Son indestructibles para el estándar de vida que llevamos allá afuera.
Nara asintió lentamente, procesando el dato sobre la durabilidad de los materiales, pero sin entender aún el propósito final.
—Entendido. Los recursos disponibles son abundantes, de alta calidad y con una vida útil prolongada. Sin embargo, tu prioridad siempre ha sido pasar desapercibida y viajar ligera para evitar ser detectada. ¿Por qué queremos cargar con objetos que aumentarán nuestro volumen y peso?
Kizara sonrió con picardía, una sonrisa astuta y llena de determinación, la misma que le había permitido sobrevivir todos esos años sola en las ruinas.
—Porque estas cosas tienen otra función, Nara. Una función que vale mucho más que el uso que podamos darles nosotras mismas.
Se inclinó un poco sobre la mesa, bajando la voz como si alguien pudiera escucharla a kilómetros de profundidad bajo tierra.
—Muy lejos de aquí, en la zona más alejada de la Torre Central, donde la influencia de Aethel es más débil y sus sensores no llegan con tanta fuerza... existe un lugar. Un lugar que nadie registra, que nadie reconoce y que oficialmente no existe. Es un mercado negro. Pero no es un mercado cualquiera. Está construido literalmente bajo tierra, en los túneles viejos del metro y en sótanos que se conectan entre sí formando una red inmensa y laberíntica.
Hizo una pausa, el recuerdo de ese lugar mezclando en su mente peligro y necesidad.
—Solo va gente como yo. Gente que no tiene chip. Ya sea porque nacieron fuera de las zonas reguladas, en los asentamientos salvajes al otro lado de las ruinas. O porque, como yo, tuvieron algún defecto biológico que impidió que se lo pusieran. O... —su voz se volvió más baja y seria— porque lograron sacárselo ellos mismos. Esos son los más valientes, o los más desesperados. La mayoría muere en el intento, pero los que sobreviven... se convierten en fantasmas, igual que yo.
Nara escuchaba con absoluta atención, almacenando cada detalle de esa sociedad oculta que Aethel había borrado de los mapas.
—En ese mercado —continuó Kizara— no existe el dinero que usa la gente de la ciudad. Allí solo se cambia por cosas. Se intercambia. Un pedazo de tela por comida. Una herramienta por medicina. Información por seguridad. Y adivina qué... —señaló hacia la puerta, hacia todo el laboratorio—. Todo lo que tenemos aquí, esta tecnología antigua, estas herramientas, estos materiales que para ti o para los científicos de antes eran cosas comunes... allá abajo son tesoros. Cosas que ya no se fabrican, que no se consiguen y que la gente mataría por tener.
—Comprendo —dijo Nara, sus ojos brillando al conectar los puntos—. Poseemos mercancía de alto valor para esa población específica: objetos duraderos, tecnología perdida, materiales de calidad superior que ya no se producen en el mundo actual.
—Exacto —confirmó Kizara—. Y yo no quiero llevar esto para venderlo y hacerme rica, porque allá abajo el lujo no sirve de nada. Lo que quiero es intercambiarlo. Necesito información, Nara. Cosas que yo no puedo averiguar sola: movimientos de las patrullas de Aethel, rutas seguras, rumores sobre otros lugares como este, noticias sobre lo que está pasando en otras zonas. Y también necesito conseguir algunas piezas o repuestos que no encuentro por aquí, cosas que quizás tú necesites en el futuro, o cosas que simplemente nos hagan la vida más fácil mientras nos movemos.
Se terminó el último sorbo del caldo y apartó el cuenco, sintiéndose renovada y con la mente clara.
—Ese mercado es el único lugar donde puedo conseguir respuestas. Y gracias a lo que encontramos aquí, tenemos con qué pagar.
Nara se quedó en silencio un momento, analizando la estrategia, evaluando rutas, riesgos y beneficios. Su lógica le indicaba que entrar en una zona poblada, aunque fuera de clandestinos, aumentaba el riesgo de detección, pero también entendía que la falta de información era un peligro mayor a largo plazo.
—Evaluación de la estrategia —anunció con su tono habitual—. Objetivo: intercambiar recursos sobrantes por datos estratégicos y suministros necesarios. Probabilidad de éxito: moderada a alta, dado que nuestros bienes son únicos y de calidad superior. Nivel de riesgo: elevado, debido a la concentración de sujetos no registrados y la posible presencia de informantes de Aethel.
Miró fijamente a Kizara, y en su mirada se mezcló el análisis lógico con esa lealtad absoluta que siempre la guiaba.
—Sin embargo, entiendo que la información es un recurso vital para nuestra supervivencia y para entender el entorno. Si ir a ese lugar es necesario para tu seguridad y para nuestro avance... entonces es una prioridad.
Kizara sonrió, satisfecha. Se puso de pie y se estiró, lista para la acción.
—Bien. Entonces empecemos a seleccionar lo que nos llevaremos. Cargaremos solo lo que sea pequeño, útil y valioso. Tenemos que movernos rápido y llegar allí antes de que caiga la noche.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo un instante y miró hacia atrás, hacia la androide que se levantaba con elegancia de la silla.
—Y Nara...
—¿Sí, Kizara?
—Allí abajo nadie sabe lo que eres. Y es mejor que siga siendo así. Si preguntan, eres... mi compañera. Alguien que encontré en las ruinas, igual que yo. ¿Entendido?
Nara asintió con solemnidad, guardando la nueva directiva.
—Entendido. Identidad temporal establecida: Compañera de supervivencia. Sin tecnología especial. Sin capacidades ofensivas demostrables.
—Perfecto —dijo Kizara, abriendo la puerta—. Vamos a ver qué tesoros nos llevamos de este viejo laboratorio.
Y juntas salieron de la cocina, adentrándose nuevamente en los pasillos del complejo, listas para transformar el pasado en moneda de cambio para su futuro.
Los pasillos del laboratorio resonaban con el sonido de objetos siendo movidos, cajas deslizadas y materiales apilados unos sobre otros. Kizara caminaba de un lado a otro, revisando, seleccionando y acumulando todo aquello que consideraba valioso para el intercambio.
Sobre el suelo de metal ya había reunido una cantidad impresionante de mercancía: herramientas de precisión que ya no se fabricaban, rollos de materiales sintéticos resistentes al agua y al desgaste, recipientes sellados con componentes electrónicos intactos, medicamentos en polvo y pastillas que parecían sacados de una época dorada de la medicina, y hasta pequeños aparatos de medición y purificación que en el mundo exterior eran auténticos lujos inalcanzables.
Se pasó una mano por el pelo, mirando la pila creciente con una mezcla de satisfacción y preocupación. Todo eso valía una fortuna, o mejor dicho, toda la información y suministros que pudiera necesitar durante meses... pero había un problema obvio y gigante.
—Es demasiado... —murmuró Kizara, poniéndose las manos en la cintura y mirando el montón con desesperación—. Es muchísimo más de lo que pensaba.
Se agachó, intentó levantar una de las cajas más grandes y, aunque era fuerte y estaba acostumbrada a cargar peso, apenas logró moverla unos centímetros antes de dejarla caer con un golpe sordo.
—No hay forma de que pueda llevar todo esto a cuestas —admitió, mirando a Nara, que estaba de pie junto a la puerta, observando con calma y procesando cada movimiento—. Ni siquiera entre las dos. Y si tratamos de arrastrarlo, nos cansaremos antes de llegar a la mitad del camino.
Kizara suspiró, resignada, y comenzó a separar las cosas en dos grupos: uno más pequeño, con lo más esencial, y otro mucho más grande, que le dolía en el alma dejar atrás.
—Vale, haré esto —dijo, señalando las pilas—. Me llevo primero lo que cabe en la mochila y lo que podamos cargar entre las dos. Lo vendo, hago el intercambio y vuelvo. Dejaré el resto aquí escondido, sellaremos la entrada y haré un segundo viaje en unos días. Es arriesgado, pero no tengo otra opción.
Nara ladeó levemente la cabeza, sus ojos bicolores brillando mientras realizaba cálculos complejos en fracciones de segundo, evaluando rutas, tiempos de exposición y probabilidades de detección.
—Cálculo de riesgo en escenario de doble viaje —anunció con su voz clara y objetiva—. Si realizamos el trayecto dos veces, el tiempo total de exposición en zonas abiertas y ruinas se duplica. La probabilidad de ser detectadas por patrullas, drones o supervivientes hostiles aumenta en un ciento veintisiete por ciento. Además, el desgaste físico para ti es considerable, y la seguridad de este almacén, aunque alta, no es absoluta durante tu ausencia. Conclusión: realizar dos viajes no es recomendable. Es una estrategia ineficiente y peligrosa.
Kizara se dejó caer contra la pared, frustrada.
—¡Ya lo sé! —exclamó, aunque sin enfadarse con ella—. ¡Claro que sé que es peligroso! Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Acaso tienes idea de cómo transportar todo esto de una sola vez y sin que nos maten en el intento? Porque si la tienes, dímelo ahora mismo.
Nara dio un paso al frente, con esa tranquilidad absoluta que siempre la caracterizaba.
—La solución lógica para transportar cargas pesadas a largas distancias, reduciendo el esfuerzo físico y optimizando el tiempo de desplazamiento, es el uso de un medio de transporte adecuado.
Kizara soltó una risa seca, cargada de ironía.
—¡Ah, claro! ¡Genial idea, Nara! ¿Y dónde crees que vamos a conseguir un vehículo aquí en medio de la nada? ¿Lo tienes guardado en un bolsillo? —negó con la cabeza, explicando como si hablara con una niña pequeña—. Escucha, los vehículos que funcionan bien solo existen en las ciudades controladas por Aethel. Son coches eléctricos, rápidos, pero están registrados, tienen chips de localización y solo pueden circular por vías autorizadas. Si robas uno, te encuentran en minutos. Y los que encuentras aquí afuera, en las ruinas... son chatarra vieja, contaminantes, hacen un ruido espantoso que se escucha a kilómetros, consumen combustible que ya no existe y, lo peor de todo... sus motores son tan ruidosos que los drones te detectan antes de que hayas recorrido cien metros. Además, si alguno funcionara, valdría una fortuna y yo no tengo para pagar uno.
Hizo un gesto de derrota hacia las cajas.
—Así que sí, es una gran idea, pero es imposible. No tenemos transporte.
—Yo no me refería a un vehículo de la ciudad —respondió Nara con total naturalidad, como si estuviera comentando la hora—. Ni a uno de los restos que hay en las ruinas. Me refiero a utilizar uno de los que se encuentran aquí, dentro de este complejo.
Kizara parpadeó, confundida, y frunció el ceño con fuerza.
—¿Aquí? Nara... este es un laboratorio científico. Aquí había ordenadores, microscopios, camas y cocinas. No garajes. No hay coches ni motos aquí abajo. Yo he explorado casi todo el complejo, te lo aseguro.
—Tu exploración fue parcial y superficial —corrigió la androide con calma—. Durante mi sincronización con la base de datos central del laboratorio, accedí a los planos completos de la instalación, incluidas las áreas de almacenamiento de equipamiento especial y vehículos de servicio interno. Diseñados para misiones de reconocimiento, transporte de suministros y mantenimiento en zonas de difícil acceso.
Sin esperar respuesta, Nara se giró sobre sus talones y comenzó a caminar con paso firme hacia una pared que Kizara siempre había considerado una estructura sólida, llena de estanterías fijas y sin ninguna salida.
Kizara se quedó inmóvil un segundo, antes de correr detrás de ella, llena de curiosidad.
—¿Nara? ¿A dónde vas?
La androide llegó hasta una consola empotrada en la pared, cubierta de polvo y casi camuflada entre el metal. Pasó su mano con delicadeza, pero firmeza sobre la superficie, limpiando el polvo acumulado durante un siglo, y sus dedos finos y precisos comenzaron a teclear una secuencia de comandos en un panel que Kizara ni siquiera sabía que era táctil.
—Acceso a zona de almacenamiento restringido —murmuró Nara, más para sí misma que para ella—. Autorización de nivel máximo confirmada. Sistemas de energía secundarios activos.
De repente, un sonido grave y profundo, un zumbido de maquinaria gigante despertando de un sueño largo, comenzó a vibrar bajo sus pies. Las luces del pasillo parpadearon brevemente y luego se estabilizaron con mayor intensidad.
La pared frente a ellas, que parecía maciza y eterna, comenzó a dividirse en el centro. Dos grandes paneles de metal se deslizaron hacia los lados con una suavidad sorprendente, revelando una compuerta inmensa que se abría hacia la oscuridad.
Y entonces, desde lo alto de esa cavidad profunda, algo comenzó a descender.
Kizara dio un paso atrás, con la boca entreabierta, incapaz de creer lo que estaban viendo sus ojos.
Bajaba lentamente, suspendida de una plataforma mecánica, una motocicleta. Pero no era nada parecido a nada que Kizara hubiera visto en su vida, ni siquiera en las fotos antiguas que a veces encontraba en libros destrozados.
Era una máquina hermosa, de líneas fluidas, aerodinámicas, con una carrocería elegante, de color gris metalizado y detalles en azul brillante que ahora comenzaban a iluminarse suavemente. Tenía el asiento bajo, el manillar ergonómico, pero...
Lo más impactante ocurrió cuando la plataforma llegó al suelo y se abrió para dejarla caer.
La motocicleta cayó.
Pero no tocó el suelo.
Se quedó flotando a unos treinta o cuarenta centímetros por encima del metal, inmóvil, estable, como si una mano invisible la sostuviera o como si hubiera perdido todo su peso. No tenía ruedas. No tenía ejes. No tenía ningún tipo de contacto con el suelo. Flotaba, silenciosa y perfecta, emitiendo solo un resplandor tenue y un zumbido tan bajo que apenas se podía percibir, un sonido suave y constante, muy lejano al rugido ensordecedor de los motores de combustión.
—Es... es de antigravedad... —susurró Kizara, acercándose lentamente, fascinada y aterrada a partes iguales—. Pensé que eso solo eran leyendas... o cosas que solo tenía Aethel en sus vehículos de élite...
—Modelo: SR-7 "Céfiro" —explicó Nara, caminando alrededor de la máquina flotante con orgullo técnico—. Fabricada en el año 2128. Propulsión por campo magnético y generador de gravedad artificial. Sin fricción. Sin emisiones contaminantes. Nivel sonoro: inferior a veinte decibeles. Es prácticamente silenciosa. Velocidad máxima teórica: trescientos veinte kilómetros por hora. Capacidad de carga: trescientos cincuenta kilogramos, además de los ocupantes.
Nara pasó la mano por el costado de la máquina, y la luz azul brilló con más intensidad, respondiendo a su presencia.
—Es una unidad diseñada para moverse en cualquier terreno: escombros, tierra, agua, incluso zonas con desniveles pronunciados. No necesita carreteras. Y lo más importante —añadió, mirando a Kizara a los ojos—, su firma energética es mínima. Los sensores y radares de los drones de Aethel están calibrados para detectar motores de combustión o baterías antiguas de alta potencia. Esta máquina funciona con la misma tecnología que yo: limpia, fría y difícil de detectar. Pasará desapercibida.
Kizara miraba la moto flotante, luego miraba la montaña de provisiones y herramientas que habían reunido, y luego volvía a mirar a Nara, sintiendo que el corazón le latía de emoción.
Era perfecta.
Era la solución a todos sus problemas.
Podían llevarlo todo. Todo lo que habían seleccionado, y más. Iban a ir rápido, en silencio, sin cansarse y sin riesgo de ser escuchadas.
Kizara soltó una risa de pura incredulidad y alegría, mientras se pasaba la mano por el pelo, sintiendo cómo la carga de preocupación desaparecía de sus hombros de golpe.
—Nara... —dijo, con voz entrecortada por la sorpresa y la gratitud—. De verdad... ¿hay algo que no sepas? ¿Hay algo que este lugar tenga y tú no conozcas?
La androide inclinó la cabeza, con esa calma eterna.
—Mi base de datos incluye el inventario completo de estas instalaciones. Yo ayudé a diseñar parte de los sistemas de transporte auxiliares hace más de un siglo.
Se acercó a la máquina y señaló los puntos de sujeción laterales, donde unos soportes magnéticos se desplegaban automáticamente esperando carga.
—Cargaremos todo aquí. Todo lo que hemos seleccionado cabrá sobradamente. Saldremos en diez minutos. Llegaremos al mercado en una hora y media, mucho antes de que caiga la noche. Y nadie nos oirá llegar.
Kizara asintió, con una sonrisa enorme en el rostro, mientras empezaba a mover las cajas hacia la máquina que flotaba mágicamente en el aire.
Por primera vez, no solo tenían mercancía valiosa. No solo tenían seguridad.
Tenían la forma de moverse por el mundo roto de Aethel, invisibles, rápidas y con todo lo que necesitaban para cambiar su destino.
Y todo gracias a la maravillosa, increíble y perfecta máquina que caminaba a su lado.