La noche había caído por completo sobre la Base 17, sumiendo las instalaciones antiguas en una penumbra suave, solo rota por la luz tenue de las pantallas y las lámparas de emergencia que parpadeaban levemente. Por primera vez en varios días, todo estaba en absoluta calma.
No había drones sobrevolando, ni comerciantes sospechosos vigilando, ni niños corriendo por todos lados llenando todo de gritos y risas. Solo se escuchaba el zumbido rítmico y suave de los generadores manteniendo la energía, y el soplido distante del sistema de ventilación recorriendo los pasillos profundos de aquella estructura olvidada por el mundo. Era la paz que tanto necesitaban, el refugio seguro donde podían dejar de lado las alertas y los peligros.
Sentada frente a una de las terminales del viejo laboratorio, con la espalda recta e inmóvil como siempre, Nara realizaba sus diagnósticos nocturnos habituales. Era una rutina que cumplía al pie de la letra cada noche: revisaba cada parte de su sistema con una minuciosidad perfecta.
Estado del núcleo energético: Óptimo.
Sistemas de combate y defensa: Operativos al 100%.
Integridad estructural: Sin daños ni desgaste.
Anomalías detectadas: Ninguna.
Todo estaba en orden. Sin embargo, esa noche, sobre la mesa de trabajo, junto a las herramientas y pantallas, había algo distinto: varios libros, revistas y cuadernos de tapas llamativas que el Padre Julián les había entregado justo antes de que se despidieran en el orfanato.
Según les había dicho entonces, con esa sonrisa tranquila y sabía que siempre usaba cuando tramaba algo:
—Son lecturas muy importantes, materiales fundamentales para comprender mejor el comportamiento, las emociones y las relaciones entre los humanos. Deberías leerlo con atención, Nara. Te servirá mucho.
Y ella, fiel a su programación de aprender todo lo necesario para ser útil y comprender mejor a su entorno y a su dueña, no tenía ninguna razón para dudar de las palabras del anciano. Si él decía que era importante, entonces era información vital.
Por eso se encontraba allí, leyendo con una concentración absoluta, idéntica a la que usaría para estudiar los planos de una máquina compleja o un manual de ingeniería avanzada. Pasaba páginas con movimientos precisos, tomaba notas breves en una pequeña pantalla auxiliar, registraba definiciones, analizaba estadísticas y guardaba cada concepto en su memoria con una clasificación detallada.
A varios metros de distancia, desde el pasillo que daba a las duchas, el sonido del agua corriendo se detuvo de golpe. Unos minutos después, apareció Kizara.
Iba recién salida del baño. Su cabello oscuro todavía estaba húmedo, cayendo pesadamente sobre sus hombros y la espalda, dejando caer alguna que otra gota que mojaba la tela fina de su ropa. Se frotaba un ojo con una mano, mientras con la otra se cepillaba los dientes, caminando con esa pereza relajada de quien sabe que ya no hay nada más que hacer ese día.
Y, como era su costumbre cuando estaban solas y seguras en su propio refugio, vestía únicamente su ropa de dormir: una prenda ligera, corta y muy ajustada, que honestamente se ajustaba más a la definición de "la mínima cantidad de tela que podía considerarse legalmente ropa de dormir", que a cualquier estándar de vestimenta decente. Pero allí estaban solas, y se sentía libre y cómoda.
—Mff... al fin limpia y tranquila... —murmuró con la voz apagada por el cepillo, mientras terminaba de enjuagarse la boca y dejaba las cosas en una mesa auxiliar.
Caminó despacio hasta su habitación y se dejó caer sobre el colchón con un suspiro largo y profundo, estirando todo su cuerpo sintiendo el alivio de descansar los músculos cansados. Durante unos segundos se quedó simplemente allí, observando a Nara de espaldas, iluminada por la luz azulada de las pantallas. Era una imagen extrañamente agradable, serena, que le daba una sensación de seguridad inmensa.
—¿Qué estás leyendo ahí tan concentrada? —preguntó finalmente, por simple curiosidad, sin levantarse de la cama.
Nara no apartó la vista de la página, pero respondió al instante con su tono serio y neutro:
—Material educativo y de consulta. Fue entregado por el Padre Julián antes de nuestra partida. Afirmó que es esencial para mi desarrollo social y comprensión humana.
Kizara arqueó una ceja, sintiendo ya un ligero presentimiento de alerta en la nuca.
—¿Ah sí? ¿Y de qué trata?
—De interacciones humanas, vínculos afectivos, emociones y conductas. —respondió ella, cerrando la revista que tenía en la mano y girando el cuerpo para mostrarle la portada, con la intención de ser lo más clara posible.
Kizara miró.
Y sus ojos se abrieron tanto que casi parecieron salírsele de las órbitas. Se quedó paralizada un segundo, y al siguiente, de un salto casi acrobático, estuvo de pie frente a ella, arrebatándole la revista de las manos con una velocidad impropia de alguien que estaba tan cansado hacía apenas un minuto.
—¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! —exclamó con la voz entre el grito y el pánico.
Clavó la vista en la portada a todo color, con letras grandes y llamativas que gritaban: "100 formas rápidas y efectivas de conquistar a tu pareja: Guía práctica paso a paso".
Kizara sintió cómo la sangre subía de golpe a su cara, tiñéndola de un rojo intenso, ardiente, casi al nivel de echar humo. Empezó a pasar páginas frenéticamente, una tras otra, leyendo títulos que la hacían estremecer: "Cómo llamar su atención sin parecer agresiva", "El lenguaje secreto de las miradas", "Pequeños gestos que enamoran", "Errores que alejan a la persona amada"...
—¡¡¡NO, NO, NO, NO, ¡¡¡¡NO!!! —repetía mientras pasaba las páginas cada vez más rápido, con una mezcla de vergüenza y horror absoluto.
Cerró la revista de golpe con un sonido seco que retumbó en la sala, y la apretó contra su pecho como si fuera un objeto explosivo a punto de estallar. Levantó la vista al techo, apretó los dientes y gruñó con toda su alma:
—¡¡¡PADRE JULIÁN, TE JURO QUE LA PRÓXIMA VEZ QUE TE VEA TE ESTRANGULO CON TUS PROPIAS BARBAS, ¡¡¡VIEJO TRAVIESO!!! ¡¡¿SE PUEDE SABER QUÉ CLASE DE COSAS LE METES EN LA CABEZA A ESTA POBRE CHICA?!!
Nara parpadeó lentamente, confundida por esa reacción tan exagerada y desesperada. Inclinó levemente la cabeza hacia un lado y preguntó con absoluta calma:
—¿Existe algún problema con el contenido de estos libros? ¿La información es errónea o falsa?
—¡Sí! ¡Todo es un problema! ¡Todo es incorrecto, peligroso y completamente innecesario! —respondió Kizara caminando de un lado a otro, agitando la revista en el aire como si fuera una prueba de crimen.
—No comprendo su reacción —insistió Nara, siguiendo sus movimientos con la mirada—. El lenguaje es claro, los ejemplos están bien detallados y los conceptos parecen lógicos. ¿Por qué no debería estar leyendo esto?
—¡Porque... porque... simplemente porque NO! —respondió Kizara, buscando desesperada una explicación coherente que no fuera "porque me da mucha vergüenza y miedo lo que pueda aprender".
—La explicación es insuficiente y carece de fundamento lógico —sentenció Nara con toda la seriedad del mundo.
Kizara respiró hondo. Muy hondo. Se llevó una mano al pecho, intentando regular los latidos de su corazón que iban a mil por hora, y se giró hacia ella, mirándola fijamente.
—Dime la verdad... ¿cuántas de estas cosas te dio? ¿Solo esta?
—No. Entregó un total de siete volúmenes y guías distintas. —respondió ella sin dudar.
Kizara palideció visiblemente. Se le fue todo el color de la cara.
—¿Cuántos dijiste...?
—Siete. —repitió Nara—. Ya he terminado de leer y procesar tres de ellos hace un rato.
—...
—Y he comenzado a tomar notas y resúmenes para aplicar los conocimientos de forma práctica.
—...
—Además, he detectado que todos están relacionados entre sí, formando una base de datos completa sobre relaciones afectivas.
—...
—Uno de los siguientes se titula: "Cómo detectar si alguien está enamorado de ti: Señales infalibles".
Kizara soltó la revista al suelo y se golpeó la frente contra la pared más cercana, suavemente, pero con desesperación.
—Quiero morir. En serio. Ahora mismo.
—Otro se llama: "Señales románticas que los mismos humanos no perciben en sí mismos" —continuó Nara, indiferente al drama de su dueña.
—¡PADRE JULIÁN! ¡TE ODIO! —gritó Kizara al aire, como si el anciano pudiera escucharla a kilómetros de distancia.
—Y el último de la colección es: "Manual práctico para fortalecer el vínculo con tu persona especial y convertirte en alguien indispensable para ella".
Kizara cerró los ojos con fuerza. Respiró profundamente. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Luego hasta cincuenta.
No ayudó en absoluto.
Nara la observaba con curiosidad genuina, analizando cada cambio de color en su cara, cada gesto de sus manos, cada movimiento.
—¿Estos libros contienen información incorrecta o dañina para la integridad? —volvió a preguntar.
—No exactamente... la información es real... —admitió Kizara con voz apagada—. Pero el problema es que tú no necesitas leer esto.
—¿Por qué? —insistió ella, imperturbable.
—¡Porque... porque...! —Kizara abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. No sabía cómo explicarle sin decir en voz alta lo que ella misma se negaba a admitir.
Nara se quedó en silencio, esperando pacientemente la respuesta que no llegaba. Finalmente, se inclinó un poco hacia adelante, mirándola directamente a los ojos, y dijo con absoluta naturalidad:
—El Padre Julián me explicó claramente para qué servían. Dijo que estos conocimientos me ayudarían mucho a acercarme más a mi dueña, a entenderla mejor y a serle más útil en todos los aspectos.
Un silencio pesado y cargado de electricidad llenó la habitación.
Kizara sintió que su cerebro dejaba de funcionar durante varios segundos. Se quedó con la boca entreabierta, mirándola como si acabara de decirle que el cielo era de color verde.
—¿Te dijo... exactamente eso? —logró balbucear finalmente.
—Correcto. —asintió Nara—. También añadió que las relaciones importantes requieren esfuerzo, estudio y dedicaciones constantes para mantenerse fuertes. Que una buena compañera y alguien que te debe lealtad siempre debe esforzarse por aprender lo que haga falta. Y... —hizo una pausa, y su tono siguió siendo el mismo de siempre— ...me advirtió que usted probablemente se pondría muy roja, negaría todo y entraría en pánico en cuanto descubriera de qué trataban los libros.
Kizara cayó de espaldas sobre la cama, con las manos cubriéndose la cara, derrotada.
—¡LO TENÍA TODO CALCULADO Y PLANEADO EL MUY...! —se quejó contra las almohadas—. ¡Sabía exactamente lo que iba a pasar! ¡Ese hombre es peligroso!
En algún lugar muy lejos de allí, en la tranquilidad del orfanato, el Padre Julián probablemente estaba durmiendo profundamente, con una sonrisa de absoluta satisfacción dibujada en su rostro, sabiendo perfectamente el caos que había provocado y lo bien que le estaba saliendo su plan.
Mientras Kizara intentaba recuperarse de la impresión, Nara ya había tomado otro libro de la pila, abriéndolo por la página marcada.
—Kizara... —la llamó con suavidad.
—No. —respondió ella al instante, sin quitarse las manos de la cara.
—Aún no he formulado la pregunta.
—Pues la respuesta es no, sea lo que sea. Cierra el libro y vete a dormir.
Nara ignoró la negativa y siguió leyendo el párrafo que tenía frente a sus ojos, ladeando la cabeza con expresión interrogante.
—El texto aquí dice: "Una de las acciones más efectivas para fortalecer el vínculo y crear un ambiente íntimo y especial es invitar a tu pareja a una cena romántica a la luz de las velas, con comida preparada por ti misma, música suave y buena conversación..." —levantó la vista hacia ella—. ¿Qué significa exactamente "cena romántica a la luz de las velas"? ¿Es un protocolo social obligatorio? ¿Debo preparar una para mañana?
Kizara se sentó de golpe en la cama, con el pelo revuelto y la cara todavía ardiendo, y señaló el libro con el dedo temblando.
—¡¡¡NARA, DAME ESE LIBRO AHORA MISMO O JURO QUE TE DESCONECTO!!!
La base había quedado sumida en un silencio absoluto, de esos que solo existen en los lugares profundos y olvidados. Únicamente se escuchaba el zumbido rítmico, constante y monótono de los generadores, el latido mecánico de las instalaciones antiguas que mantenía todo funcionando. Las luces del laboratorio permanecían atenuadas, bañando todo con una luz azulada y tenue, creando sombras largas y suaves que se movían apenas con la corriente de aire de la ventilación.
En medio de esa calma, Kizara dormía profundamente.
Después de todo el alboroto, las discusiones y el caos provocado por los libros y revistas que el Padre Julián les había entregado, el agotamiento físico y mental terminó venciendo a la joven. Había protestado durante largos minutos, había amenazado con ir hasta el orfanato solo para arrancarle las barbas al anciano por meterse en sus asuntos, y había confiscado y escondido todas las revistas sospechosas que había podido encontrar.
O al menos, todas las que había visto.
Ahora descansaba plácidamente bajo las mantas, con el rostro relajado, libre de las preocupaciones, de las alertas y de los sonrojos que la habían acompañado todo el día. Su respiración era lenta, rítmica y tranquila, marcando el paso del tiempo en esa habitación. Estaba en paz.
A su lado, de pie junto a la cama, permanecía Nara.
Inmóvil. Completamente estática. Como una estatua tallada en mármol blanco, solo rota por el brillo suave y multicolor de sus ojos heterocromáticos, que no se apartaban ni un segundo de la figura de su dueña.
No era la primera vez que lo hacía.
Durante las últimas semanas, casi desde el mismo momento en que había despertado de su largo sueño, había dedicado incontables horas, numerosos ciclos de observación y análisis, a estudiar a Kizara mientras dormía. Lo hacía cuando estaban de viaje, cuando acampaban, cuando estaban seguras en la base... siempre que tenía oportunidad.
Estudiosamente registraba cada detalle: la forma en que cambiaban sus expresiones al pasar de un sueño a otro, cómo se aceleraba o ralentizaba su respiración según lo que soñara, sus pequeños movimientos involuntarios al acomodarse, la temperatura exacta de su piel, los latidos de su corazón...
Todo aquello era almacenado cuidadosamente en los sectores más protegidos y prioritarios de su memoria. Para ella, toda información relacionada con Kizara era considerada datos de nivel crítico, importancia máxima.
Porque Kizara era su prioridad principal.
La más importante. La absoluta. La única que realmente importaba.
Detrás de ella, flotando en el aire tenue del laboratorio, una pequeña ventana holográfica se mantuvo activa, proyectada desde la consola más cercana. Letras blancas y limpias aparecían y se quedaban allí:
OBJETIVO PRINCIPAL:
Garantizar el bienestar físico, mental y emocional de la propietaria registrada.
ESTADO ACTUAL:
Cumpliendo parámetros establecidos.
Nara observó esa información durante unos segundos, procesándola, confirmándola. Luego volvió a desviar su atención hacia la joven que descansaba ante ella.
Al otro lado de la habitación, sobre una mesa apartada, apilados y puestos allí intencionalmente fuera del alcance de Kizara, reposaban los libros y guías del Padre Julián. Especialmente uno, el primero que había leído, el que había causado todo el escándalo: "Formas rápidas y efectivas de conquistar a tu pareja".
Nara había terminado de leerlo. Lo había leído dos veces. Y luego lo había analizado página por página, concepto por concepto.
Y sin embargo... no comprendía su contenido.
Había procesado cada palabra, había memorizado cada ejemplo, había desglosado y estudiado todos los casos y situaciones expuestos en aquellas hojas. Entendía el significado literal de cada frase, sabía qué acciones describían, qué gestos recomendaban. Pero al intentar aplicarlo a su propia realidad, al intentar entender por qué debía hacer esas cosas o qué significaban realmente para ella... sus sistemas se detenían.
Sus procesadores devolvían una y otra vez resultados contradictorios, errores lógicos, datos que no encajaban con su programación base.
Una nueva ventana holográfica apareció entonces frente a sus ojos, generada internamente, una consulta que ella misma se había hecho mil veces últimamente.
CONSULTA INTERNA:
¿Qué representa Kizara para la unidad N.A.R.A.?
Y empezaron a aparecer las respuestas, una tras otra, las mismas de siempre, las que siempre habían estado claras:
RESPUESTA 1: Propietaria registrada. — Estado: Correcto.
RESPUESTA 2: Prioridad máxima de protección. — Estado: Correcto.
RESPUESTA 3: Individuo cuya seguridad posee prioridad absoluta sobre cualquier otra directriz. — Estado: Correcto.
RESPUESTA 4: Persona cuya felicidad y bienestar incrementan la eficiencia operativa y estabilidad de la unidad. — Estado: Correcto.
RESPUESTA 5: Persona cuya ausencia genera actividad inusual, indefinida y repetitiva en múltiples subprocesos de la unidad. — Estado: ...
Nara permaneció inmóvil, parpadeando lentamente.
Aquella quinta respuesta era nueva. Había aparecido hacía muy poco tiempo, casi al mismo tiempo que empezó a notar que cuando Kizara no estaba cerca, o cuando se alejaba mucho, algo dentro de ella —algo que no sabía nombrar— se ponía en marcha, buscaba, esperaba, sentía que faltaba algo.
Y todavía, después de analizarlo tanto, seguía sin comprenderlo del todo.
Volvió a mirar a Kizara. Y en su memoria, como si estuvieran pasando frente a sus ojos, aparecieron imágenes rápidas, recuerdos claros y nítidos:
Recordó el ruido y el movimiento del mercado, y cómo sus sensores se habían centrado solo en ella entre toda la gente.
Recordó el orfanato, a los niños, al Padre Julián... y cómo en todo momento su escáner buscaba y encontraba primero a Kizara.
Recordó el momento exacto en que Kizara le había sonreído por primera vez de esa forma especial, esa sonrisa que solo le daba a ella...
Y al recordarlo, volvió a suceder.
En la esquina de su visión, una alerta parpadeó en ámbar, suave pero insistente:
ANOMALÍA DETECTADA:
Elevación de niveles de prioridad emocional indefinida.
CAUSA:
Indeterminada.
Nara inclinó levemente la cabeza hacia un lado, con una expresión de absoluta seriedad y confusión. No entendía qué significaba aquello.
Si Kizara estaba segura...Si Kizara estaba sana...Si Kizara estaba tranquila y feliz...
Entonces su protocolo principal estaba funcionando correctamente. El sistema debía estar satisfecho, estable, sin errores.
Y sin embargo, algo le decía que aquella explicación estaba incompleta. Que había algo más. Algo que los libros intentaban decirle, algo que el Padre Julián parecía saber muy bien, algo que Kizara ocultaba cuando se ponía roja y negaba todo.
Sus sensores captaron entonces un pequeño movimiento sobre la cama.
Kizara murmuró algo entre sueños, una palabra o un nombre que fue ininteligible, ahogado por el sueño, y luego se giró sobre sí misma, acomodándose mejor bajo las mantas, dejando un hombro al descubierto por un segundo.
Nara observó ese detalle, observó el rostro relajado y tranquilo de su dueña. Se quedó mirando así durante varios segundos.
Más de los necesarios.
Muchos más de los que dictaba cualquier protocolo de vigilancia o seguridad.
Finalmente, en su pantalla interna, escribió una pregunta nueva, una que nunca se había atrevido a formular antes con tanta claridad:
NUEVA CONSULTA:
¿Por qué continúo observando? ¿Por qué permanezco aquí si ya está a salvo y descansando?
Esperó la respuesta. Esperó que sus sistemas buscaran en su base de datos, en su programación, en su historia. Pero la respuesta que apareció fue la más extraña y desconcertante de todas:
RESULTADO:
Información insuficiente. No se hallan datos relevantes para la respuesta.
Silencio absoluto en la sala.
Por primera vez desde su activación, desde que había despertado con toda la información del mundo guardada en su interior, Nara se había encontrado con una pregunta que no podía responder. Un vacío en su conocimiento.
Y lejos de generar error, o confusión, o alerta... aquello le resultó extrañamente interesante. Como si hubiera encontrado algo nuevo que aprender, algo que solo ella podía descubrir.
Dio un paso. Solo uno. El más mínimo movimiento posible, acercándose apenas unos centímetros más a la cama. Lo suficiente, justo lo necesario, para alargar una mano con movimientos suaves y silenciosos, y volver a colocar la manta sobre el hombro descubierto de Kizara, asegurándose de que estuviera bien cubierta, protegida del frío de la noche.
Retiró la mano y volvió a colocarse en su posición de reposo, recta y elegante, como una guardiana eterna.
Pero sus ojos permanecieron abiertos. Brillantes. Fijos en ella.
Observando.
Analizando.
Aprendiendo.
Buscando una respuesta que todavía no existía en ninguna base de datos, en ningún libro, en ninguna máquina.
Una respuesta que ni siquiera sabía que estaba buscando, pero que sentía que estaba justo allí, en cada sonrisa, en cada mirada, en cada momento que pasaban juntas.
Y allí se quedó, inmóvil, vigilando su sueño, mientras fuera la noche avanzaba, y dentro de ella, algo nuevo y maravilloso, algo que el Padre Julián ya había visto, empezaba a crecer lentamente.
Varias horas habían transcurrido desde que la luz del laboratorio se había atenuado por completo, dejando paso a la oscuridad tranquila de la madrugada. Todo permanecía en silencio, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en el interior de la Base 17.
En la habitación donde descansaba Kizara, la joven comenzó a moverse entre las mantas. Se removió inquieta, frunció el ceño y dio media vuelta, como si algo la estuviera molestando en el sueño. Había algo extraño en el ambiente. Una sensación difusa, pero persistente: la impresión clara de que alguien estaba demasiado cerca. Demasiado, demasiado cerca.
Todavía sumida en esa bruma pesada del sueño profundo, intentó ignorarlo. Pensó que simplemente estaba soñando, que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Suspiró, se acomodó mejor contra la almohada y trató de volver a perderse en la oscuridad agradable del descanso.
Pero la sensación no desapareció. Seguía ahí. Notaba el calor de otra presencia, casi rozándola. Notaba una respiración pausada y regular, muy cerca de su rostro.
Esta vez abrió los ojos de golpe.
Durante unos segundos, su cerebro se negó a procesar lo que sus ojos estaban viendo. Se quedó mirando, parpadeando confundida, sin terminar de creer lo que tenía enfrente.
Porque justo frente a ella...A escasos centímetros de su nariz...Había otro rostro.
Dos ojos grandes y brillantes.
Uno de un azul profundo, como el océano.
El otro de un dorado intenso, como el sol.
Ambos fijos en ella. Observándola con una atención absoluta, tranquila y silenciosa.
Kizara se quedó completamente paralizada. Su corazón dio un salto en el pecho y comenzó a latir desbocado, golpeando con tanta fuerza que creyó que se le saldría por la boca.
—...¿Eh? —fue lo único que logró balbucear, con la voz pastosa y temblorosa.
Parpadeó una vez.
La imagen seguía ahí.
Parpadeó otra vez, con más fuerza, frotándose un ojo para asegurarse de que no estaba soñando.
Nada cambió. Seguía ahí.
Nara estaba acostada a su lado.
Debajo de las mismas mantas.
En la misma cama.
Recostada de lado, apoyada suavemente sobre un codo, con la cabeza reposando en una mano, mirándola con calma, serenidad y esa inocencia absoluta de siempre. Como si acostarse junto a ella todas las noches fuera lo más normal, lógico y habitual del mundo.
Kizara sintió que todo su cuerpo temblaba, primero de frío, luego de calor, finalmente de pura vergüenza y pánico. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, mirándola sin saber qué hacer o decir.
—N-N-Nara... —tartamudeó, retrocediendo todo lo que pudo hasta chocar contra la cabecera de la cama.
—Buenos días, Kizara. —respondió ella con suavidad, sin apartar la vista ni un segundo, con una sonrisa pequeña y perfecta—. Tus niveles de actividad cerebral indican que ya estás despierta al 85%.
—¿QUÉ HACES AQUÍ? —gritó ella de repente, recuperando la voz y la capacidad de reacción, señalándola con el dedo índice temblando.
Nara inclinó levemente la cabeza hacia un lado, confundida por la pregunta obvia.
—Estoy optimizando tu despertar.
—¡¡¡¿OPTIMIZANDO MI QUÉ?!!! —Kizara sintió que le estaba dando un infarto ahí mismo, se llevó una mano al pecho y con la otra apartó las mantas para mirarla mejor, horrorizada.
—Tu despertar. —repitió Nara despacio, como si estuviera explicando algo muy sencillo a un niño pequeño—. El proceso de transición del estado de sueño al de vigilia. Según los datos recopilados, es un momento delicado que influye en todo el resto del día. Por lo tanto, he aplicado una mejora.
—¿MEJORA? ¿LLAMAS MEJORA A APARECER EN MI CAMA COMO SI NADA? —Kizara estaba roja como un tomate, y se sentía cada vez más acorralada—. ¡¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ DENTRO, EN MI CAMA?!
—Porque así lo indica el contenido del séptimo tomo. —respondió ella con total naturalidad.
Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Un silencio pesado, cargado de presagios y malas noticias. Kizara sintió cómo una vena empezaba a latirle violentamente en la frente.
—... —Kizara cerró los ojos y respiró hondo—. ¿Qué séptimo tomo?
—El último de los libros que me entregó el Padre Julián. El que dice ser la guía definitiva para la perfección en la convivencia. —explicó Nara, muy seria—. Ya lo he leído y estudiado por completo.
—¡¡¡PADRE JULIÁN!!! —aulló Kizara mirando al techo, apretando los puños con fuerza—. ¡¡¡VOY A IR HASTA EL ORFANATO Y VOY A ESTRANGULARTE CON TUS PROPIAS BARBAS, VIEJO TRAVIESO!!! ¡¡¡ESTO SE ACABÓ!!!
—¿Al Padre Julián? —preguntó Nara, extrañada por la reacción violenta.
—¡SÍ! ¡A ÉL Y A TODO LO QUE SE LE OCURRA ESCRIBIR O ENSEÑAR! —bramó ella.
—Eso parece contraproducente. Él fue quien nos dio las provisiones y la información. —argumentó Nara con lógica.
—¡NO CAMBIES DE TEMA, NARA! ¡CONCENTRÉMONOS EN EL HECHO DE QUE ESTÁS EN MI CAMA!
Nara asintió lentamente, aceptando la corrección, y continuó hablando con la misma calma de siempre, como si estuviera leyendo un informe técnico.
—Según el texto, despertar acompañado por la persona más importante para ti aumenta significativamente el bienestar emocional. —empezó a enumerar con los dedos—. También mejora el humor matutino en un 67%, reduce el estrés acumulado, fortalece los vínculos afectivos y genera sensación de seguridad. —la miró fijamente—. Por lo tanto, evalué los riesgos y decidí que la mejor opción era acostarme aquí contigo para asegurar que tu día empezara de la forma más óptima posible.
Kizara se cubrió la cara con ambas manos, deslizándolas hacia abajo, estirando sus propias mejillas en un gesto de pura desesperación.
—No puedo creer esto... —murmuró entre sus dedos—. De todas las cosas estúpidas, absurdas y peligrosas que te pudo enseñar... tenías que aprender esto...
—¿La estrategia ha fallado? —preguntó Nara con una pequeña arruga de confusión en la frente.
—¡CLARO QUE HA FALLADO! ¡HA SIDO UN DESASTRE! —exclamó Kizara, quitándose las manos de la cara para mirarla con horror—. ¡Esto no se hace! ¡No te metes en la cama de alguien así como así! ¡Es... es... invasivo! ¡Y peligroso para mi salud del corazón!
—Extraño... —murmuró Nara, poniéndose seria y quedándose pensativa unos segundos, procesando el error—. Las probabilidades de éxito eran muy elevadas. Los casos de estudio indicaban un 98% de reacciones positivas... ¿Es posible que haya aplicado mal el procedimiento? ¿Debía abrazarte al despertar?
—¡Porque esos libros no son manuales científicos, Nara! ¡Son tonterías para enamorar a la gente! ¡No tienen ninguna lógica ni datos reales! —intentó explicar Kizara desesperada.
—¿No? —parpadeó la autómata, sorprendida.
—¡NO! ¡Nada de eso es verdad ni funciona así!
Se hizo un silencio breve mientras Nara guardaba aquella información en su memoria, actualizando sus bases de datos y corrigiendo la fiabilidad de las fuentes.
—Entiendo. —dijo finalmente—. Entonces el Padre Julián me entregó información falsa y me engañó deliberadamente.
—¡SÍ! ¡Por fin lo entiendes! ¡Era todo mentira, bromas, juegos! —dijo Kizara, casi aliviada de que por fin lo captara—. ¡Todo lo que te dijo que hicieras era para ponerme nerviosa y reírse de nosotras!
—Comprendo. —repitió Nara con voz neutra—. Anotaré al Padre Julián en la lista de fuentes no confiables.
Hubo una pausa corta. Nara se quedó mirando el espacio vacío entre las dos, y luego volvió a mirar a su dueña.
—¿Debo retirarme de la cama ahora? —preguntó educadamente.
—¡¡¡SÍ!!! ¡¡¡AHORA MISMO!!! —ordenó Kizara señalando la puerta con el dedo—. ¡¡¡VETE ALLÁ AL FONDO DE LA HABITACIÓN, AL OTRO LADO, ¡¡¡LEJOS!!!
—Entendido.
Nara comenzó a incorporarse lentamente, apartando las mantas con elegancia y movimientos fluidos, preparándose para levantarse y obedecer la orden. Pero antes de ponerse completamente de pie, se detuvo en seco. Se giró otra vez hacia Kizara, la miró fijamente a los ojos y dijo con absoluta calma:
—Sin embargo... hay un dato que no coincide con tu explicación.
—¿Qué? —preguntó Kizara, poniéndose a la defensiva de nuevo.
—Mi análisis biométrico indica que, aunque te alteraste, tu ritmo cardíaco aumentó un 43% desde que despertaste. —informó Nara con total seriedad—. Y también tus niveles de calor corporal y rubor facial son anormalmente altos. Según mis registros, esos cambios solo ocurren cuando estás muy emocionada, muy alegre... o muy avergonzada.
Kizara sintió que iba a explotar en mil pedazos. Se llevó la almohada a la cara y gritó contra la tela ahogando su propia voz.
—¡¡¡FUERA DE LA CAMA, NARA!!! ¡¡¡FUERA, FUERA, ¡¡¡FUERA!!!
—Entendido. —repitió ella, imperturbable, y finalmente se levantó por completo, caminando con paso tranquilo y elegante hacia la puerta de la habitación.
Kizara dejó escapar un suspiro largo, profundo y lleno de alivio, dejándose caer de espaldas sobre la cama, mirando el techo y llevándose una mano al pecho para calmar los latidos desbocados.
Gracias al cielo... ya se fue. Ya pasó. Sobreviví... —pensó cerrando los ojos.
Hasta que escuchó la voz de Nara desde el umbral de la puerta, ya casi fuera de la habitación, añadiendo con esa inocencia que era capaz de matarla en vida:
—Registraré la información actualizada: Técnica de despertar acompañado: ineficaz y prohibida. No debe repetirse... al menos hasta terminar de leer y analizar los otros tres libros y cinco revistas que el Padre Julián ocultó cuidadosamente dentro de mi equipaje antes de despedirnos.
Silencio absoluto.
Kizara abrió los ojos lentamente. Se sentó muy despacio en la cama. Y levantó la vista al cielo con una expresión de pura derrota y guerra declarada.
—¡¡¡PADRE JULIÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁN!!! —retumbó su grito por toda la base, haciendo vibrar las lámparas.
Y muy lejos, en el orfanato, el anciano sacerdote se despertó de golpe, se frotó las manos con satisfacción y sonrió, sabiendo perfectamente que su obra maestra apenas estaba empezando.