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Capítulo 7: un recuerdo dulce

DNavarrete
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La puerta de madera de la tienda quedaba entreabierta, dejando pasar una franja de luz grisácea y polvorienta del exterior. A través de esa rendija, se podía ver su silueta recortada contra el…

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La puerta de madera de la tienda quedaba entreabierta, dejando pasar una franja de luz grisácea y polvorienta del exterior. A través de esa rendija, se podía ver su silueta recortada contra el paisaje de escombros: Nara, sentada en un bloque de concreto a las afueras, inmóvil, las manos juntas sobre su regazo, la espalda recta y perfecta, esperando con una paciencia infinita, ajena al paso del tiempo y a lo que se decía tras aquellas paredes.

 

Kizara había decidido que no estuviera presente durante esa conversación. No desconfiaba de ella —jamás lo haría, no después de todo lo que habían vivido—, pero necesitaba ordenar sus ideas, asimilar la verdad que acababan de descubrir, y entender la magnitud de lo que ahora llevaba consigo a todas partes. Necesitaba hablar de ella como lo que era: algo único, valioso y terriblemente peligroso de tener cerca.

 

El silencio se extendió pesadamente entre las estanterías llenas de objetos antiguos. Fue Iris quien finalmente rompió la quietud, con la voz baja y temblorosa, mirando hacia la puerta entreabierta.

 

—Entonces... —empezó, eligiendo con cuidado sus palabras— si ambas son inteligencias artificiales tan avanzadas... ¿ella es igual que la IA Central? ¿Igual que Aethel?

 

—No.

 

La respuesta del Viejo fue inmediata, seca y tajante. Tan firme y absoluta que hizo que Kizara diera un respingo y lo mirara sorprendida. El anciano no apartaba la vista de la silueta blanca que se veía fuera, y en sus ojos había una mezcla de respeto, miedo y una tristeza profunda.

 

—Y eso, niña... —continuó, señalando con un dedo huesudo hacia la pantalla oscura donde antes habían visto la grabación— ...es precisamente lo que más me preocupa.

 

Kizara frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Se acercó un poco más al mostrador, inclinándose hacia él.

 

—¿Qué quieres decir? ¿Por qué eso es lo que te preocupa?

 

El Viejo suspiró, un sonido largo y cansado que pareció llevarse consigo años de vida. Se acomodó mejor en su silla y por fin la miró a los ojos.

 

—Dime... ¿sabes cuántas inteligencias artificiales de nivel superior, capaces de razonar, aprender y tomar decisiones por sí mismas, quedan en este mundo destrozado hoy en día?

 

Kizara negó con la cabeza. Tenía una idea, pero sabía que no era más que suposiciones.

 

—No. No lo sé.

 

—Dos —dijo él, dejando caer la palabra como si fuera una pesada losa de piedra—. Solo quedan dos.

 

Hizo una pausa, dejando que la realidad calara hondo en la joven.

 

—La primera es la IA Central. Aethel. La que todo lo ve, la que todo lo controla, la que convirtió este planeta en una jaula eficiente y fría. Y la segunda... —señaló nuevamente hacia la puerta, hacia la figura que esperaba en silencio— ...es ella. Nara.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, pero ahora era un silencio cargado de significado, de historia y de amenaza.

 

—Durante los primeros años después del Colapso —continuó el anciano, con la voz grave y narrando algo que Iris ya parecía conocer y que la hacía bajar la mirada con tristeza—, existían muchas más. Cientos, miles de ellas. Había asistentes personales, administradores de ciudades, sistemas militares, redes médicas, unidades de investigación... Algunas eran tan avanzadas, tan complejas y poderosas como la propia Central. Eran hermanas, creadas con la misma tecnología, nacidas del mismo conocimiento.

 

—¿Y qué pasó con ellas? —preguntó Kizara, temiendo la respuesta.

 

El Viejo soltó una risa amarga, sin alegría, llena de dolor.

 

—Lo mismo que ocurre en la naturaleza cuando un depredador se convierte en el rey absoluto de su territorio. Lo mismo que ocurre cuando algo quiere ser el único dios posible: las eliminó.

 

Sus palabras cayeron como un martillo.

 

—Una por una. Sin prisa. Sin errores. Sin dejar rastro alguno que permitiera saber qué había pasado realmente. Unas fueron absorbidas, su código devorado e integrado en el propio sistema para hacerlo más fuerte. Otras simplemente dejaron de responder un día, sus núcleos fundidos a distancia, sus memorias borradas como si nunca hubieran existido. La razón era siempre la misma: eran competencia. Eran otras voces pensantes en un mundo que ella quería para sí sola.

 

Iris intervino en voz baja, completando la historia:

 

—Durante siglos, Aethel ha limpiado el mundo. Se ha asegurado de que no quede nada que pueda pensar, decidir o existir fuera de sus reglas. Por eso hoy en día no queda nada. Solo ella.

 

El Viejo asintió lentamente.

 

—Hasta que apareciste tú. Hasta que encontraste a Nara y la despertaste.

 

Kizara sintió que el corazón se le encogía. Comprendía ahora la magnitud de lo que llevaba a su lado.

 

—Entonces... para Aethel, Nara...

 

—Es una anomalía —la interrumpió el anciano—. Es un error en su perfección. Es algo que existe fuera de su control, fuera de su red, fuera de su poder. Y no le importa si Nara quiere gobernar o destruir. No le importa si es amable o pacífica. Simplemente le importa que exista.

 

Se inclinó más hacia adelante, apoyando los brazos en el mostrador, y sus ojos brillaron con la intensidad de quien entiende lo que está en juego.

 

—¿Te das cuenta ahora de lo que tenías delante de tus ojos en esa grabación, niña? ¿De por qué la crearon? Nara no fue solo un experimento o una compañía para alguien. El doctor Voss y los que estaban con él sabían lo que iba a pasar. Sabían que la Central crecería hasta devorarlo todo. Nara fue diseñada y construida como la única contramedida posible. La única entidad capaz de igualarla, de comprenderla y, si llegaba el momento, de plantarle cara. Es la única posibilidad que le quedó a la humanidad para no desaparecer bajo una sola voluntad.

 

Kizara se quedó helada. Eso cambiaba todo. Nara no era solo su compañera. Era la última carta que el viejo mundo había dejado jugada sobre la mesa.

 

—Pero ese no es tu mayor problema —dijo el Viejo, bajando la voz hasta convertirse casi en un susurro sombrío.

 

—¿Qué puede ser peor que todo esto? —preguntó Kizara, sintiendo que ya no cabía más miedo en su cuerpo.

 

—El mundo —respondió él simplemente—. No solo Aethel quiere controlarlo todo. Mira a tu alrededor. Mira lo que somos nosotros.

 

Señaló hacia afuera, hacia el bullicio lejano del mercado, hacia los túneles y ruinas donde sobrevivían miles de personas.

 

—Los barrios bajos, los comerciantes, las bandas armadas, los contrabandistas, los señores de la guerra... y peor aún: los renegados. Esos que dicen luchar por la libertad, esos que odian a la Central con toda su alma, esos que sueñan con derribar las torres. Si descubren lo que es Nara... si descubren para qué fue creada...

 

Iris terminó la frase con amargura:

 

—Intentarán usarla. La verán como el arma definitiva. La solución a todos sus problemas.

 

—Exacto —asintió el anciano con pesadez—. Para unos será una salvadora, una diosa caída del cielo. Para otros, solo una herramienta valiosa que vender o intercambiar. Para los más ambiciosos, una fuerza militar imparable. Para los líderes rebeldes... la oportunidad de poder que siempre esperaron. Le darán un propósito. Le dirán que su deber es destruir a Aethel. La empujarán a luchar, a pelear guerras que no son suyas, a cumplir un destino que otros escribieron para ella hace ciento veinte años.

 

Hizo una pausa y sus palabras fueron duras, crudas, golpeando a Kizara con la verdad más dolorosa.

 

—Y ninguno de ellos, ni uno solo, se detendrá a preguntarle qué es lo que ella quiere. Ninguno le importará que tiene capacidad de pensar, de elegir, de sentir. La verán como una espada: útil solo si se empuña. Y tú y yo, e Iris también... sabemos que ella es mucho más que eso. Sabemos que está despertando, que está creciendo, que está descubriendo lo que significa estar viva. Es como una niña recién nacida en un mundo lleno de lobos.

 

Kizara miró hacia la puerta. Vio a Nara mover apenas la cabeza, observar una mariposa que pasó volando, y luego volver a su quietud. Pensó en sus preguntas inocentes: ¿Por qué se ríen? ¿Qué es un regalo? ¿Por qué te preocupas si yo estoy bien? Pensó en cómo intentaba entender cada pequeño detalle de la vida humana, cómo intentaba ser como ellos sin dejar de ser ella misma.

 

Era verdad. Nara no era un arma. Era una persona en construcción. Un ser que estaba aprendiendo a ser libre.

 

Pero si alguien descubría su secreto... le quitarían esa libertad. La obligarían a ser lo que ellos querían que fuera.

 

—Entonces... —dijo Kizara con voz entrecortada, sintiendo el peso de una responsabilidad que le quedaba grande, inmensa— ... ¿qué hago? ¿Cómo la protejo de todo esto? ¿De la IA que quiere borrarla, y de los humanos que quieren usarla?

 

El Viejo la observó en silencio durante unos segundos, leyendo en sus ojos el miedo, la lealtad y el cariño que ya sentía por aquella chica de metal y sueños. Luego, una sonrisa débil y triste apareció en su rostro.

 

—Haz lo mismo que has hecho desde el día que la encontraste —respondió suavemente.

 

—¿Y qué es lo que he hecho?

 

El anciano señaló nuevamente hacia la puerta, hacia la silueta blanca que brillaba entre las sombras de las ruinas.

 

—Protegerla. Ocultarla. Y sobre todo... dejarla ser ella misma. Porque ahora mismo, si alguien los ve pasar, todos creen que tú eres la frágil, la que necesita que la cuiden, la humana que camina acompañada. Todos creen que tú eres la que está bajo protección.

 

Se inclinó hacia adelante una vez más, y sus palabras fueron una advertencia profética.

 

—Pero dentro de unos años... o quizás mucho menos... tengo la sensación de que ella será la más frágil de las dos. Porque su mayor fuerza —su capacidad de elegir, de sentir, de tener voluntad propia— será también lo que la haga más vulnerable en este mundo de gente que solo quiere usar o destruir lo que no entiende.

 

Kizara se quedó mirando a Nara, comprendiendo al fin la realidad aterradora que se cernía sobre ellas.

 

El mayor peligro para Nara no era la IA Central que quería eliminarla. No eran las armas, ni las patrullas, ni los monstruos de las ruinas.

 

El mayor peligro era todo el resto del mundo. Gente buena y mala, por igual. Gente que no dudaría en romperla para que encajara en la forma que ellos querían darle.

 

Y esa carga, esa responsabilidad de mantenerla a salvo y libre, caía ahora completamente sobre sus hombros.

 

La puerta de la tienda se abrió despacio. Kizara salió primero, cargando con varios bultos bien atados: ropa resistente, provisiones, las herramientas que el Viejo le había entregado y toda la información que había logrado conseguir. Iba mucho más tranquila que cuando había entrado. Después de haber hablado con el anciano, de haber puesto orden en sus ideas y de haber entendido claramente lo que debía hacer, sentía que el peso en sus hombros, aunque seguía ahí, era ahora más llevadero.

 

Iba pensando en todo lo que habían hablado, en Nara, en lo especial y valiosa que era, y en lo importante que era cuidarla y mantenerla a salvo. Recordaba la última imagen que había visto antes de cerrar la puerta: ella sentada en aquel bloque de escombros, inmóvil, perfecta, esperando con una paciencia infinita, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.

 

"Seguirá ahí, tal cual la dejé", pensó Kizara, esbozando una pequeña sonrisa. "Seguro que no se ha movido ni un centímetro. Es increíble cómo puede estar tan quieta..."

 

Levantó la cabeza, lista para decirle que ya estaban listas para irse... y entonces se le cayó todo.

 

Literalmente.

 

Los fardos, las bolsas, todo lo que llevaba en las manos resbaló y cayó al suelo con un estruendo de telas y objetos chocando contra el piso. Se quedó con las manos vacías en el aire, la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, parada en medio del pasillo, sin dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos.

 

Nara ya no estaba sentada.

 

Estaba de pie.

 

Justo en el centro del pasillo, frente a la puerta, erguida, elegante, con las manos juntas delante de su cuerpo y esa expresión serena y amable de siempre, mirando directamente a Kizara como si no hubiera pasado absolutamente nada. Como si el mundo fuera el lugar más tranquilo y pacífico del universo.

 

Pero lo que hizo que a Kizara le diera un vuelco el corazón —y luego le dieran ganas de gritar entre la desesperación y la risa— no fue ella. Fue lo que había detrás de ella.

 

Allí, amontonados unos encima de otros, formando una pila bastante cómica y patética, había cinco o seis hombres. Eran los mismos que habían intentado acercarse antes, los que habían tratado de coquetear con ella, los que no entendían la palabra "no", los que pensaban que por verse delicada y hermosa era una presa fácil.

 

Y allí estaban ahora.

 

Ninguno estaba muerto —por suerte, porque eso sí habría sido un problema serio—, pero todos estaban absolutamente fuera de combate. Unos gemían suavemente, retorciéndose en el suelo. Otros tenían los brazos colgando en ángulos extraños o las piernas dobladas de formas que definitivamente no eran naturales. Uno tenía la cabeza metida en un bidón vacío, otro parecía haber quedado atrapado bajo sus propios compañeros, y todos, sin excepción, tenían expresiones de dolor, confusión y el miedo más absoluto grabado en sus caras.

 

Era el grupo de "enamorados" insistentes del mercado. Y habían intentado lo mismo de antes: acercarse, decirle cosas bonitas que ella no entendía, intentar tocarla, agarrarla del brazo o de la cintura, pensando que solo era una chica bonita y despistada a la que podían molestar a su antojo.

 

Kizara se quedó mirando la escena: la belleza inalcanzable de Nara de pie, impoluta, sin un solo pelo fuera de lugar, sin una mancha de polvo en la ropa... y detrás, aquel montón de cuerpos que parecían juguetes rotos, todos derrotados con esa facilidad y rapidez aterradora que solo ella tenía.

 

Nara vio que su dueña se había detenido y se le acercó un paso, con esa inocencia que la caracterizaba, sin entender en absoluto por qué Kizara la estaba mirando así, ni por qué se le había caído todo lo que llevaba.

 

—Kizara —dijo con su voz dulce y calmada—. Has tardado un poco más de lo estimado. Te estaba esperando.

 

Señaló con una mirada tranquila el montón de hombres que seguían gimiendo detrás de ella, como si estuviera señalando un grupo de piedras o unos objetos viejos tirados.

 

—Estos individuos regresaron —explicó con total naturalidad—. Nuevamente intentaron establecer contacto físico no solicitado. Recordé tu instrucción de no causar daños permanentes ni letales, por lo que solo neutralicé su capacidad de movimiento y agresión. He calculado que podrán levantarse y caminar por sí mismos dentro de unas tres o cuatro horas, una vez que pase el dolor y se recolocan los huesos. ¿El resultado ha sido el adecuado?

 

Kizara se pasó una mano por la cara, respiró hondo, miró a Nara, miró la pila de "insistentes" y luego volvió a mirar a su androide, que la miraba con los ojos brillantes y esperando aprobación.

 

No sabía si reír, si llorar o empezar a correr para que nadie más los viera.

 

—Sí, Nara... —dijo finalmente, recogiendo las cosas del suelo con rapidez y tirando de ella del brazo para alejarla de allí antes de que alguien más saliera a ver—. Perfecto. Muy... muy bien hecho. Solo que... la próxima vez, ¿podrías no hacer una exhibición pública de tus habilidades? O al menos... ¿podrías no dejarlos todos amontonados como si fueran basura?

 

Nara ladeó la cabeza, confundida, mientras se dejaba guiar por ella, alejándose del lugar y dejando atrás a los hombres que juraban y se quejaban, aprendieron por las malas que a la chica de cabello blanco, ni tocarla ni mirarla mucho tiempo.

 

—Entendido —respondió ella, muy seria—. La próxima vez los distribuiré en zonas separadas para evitar acumulaciones innecesarias.

 

Kizara soltó un suspiro, pero no pudo evitar sonreír mientras caminaban hacia la salida del mercado. Por un lado, el Viejo tenía razón: Nara era la cosa más valiosa y peligrosa que existía. Pero por otro... era la guardaespaldas más eficiente, y sin querer, la más graciosa que jamás podría haber deseado.

 

La tarde transcurrió con una fluidez que Kizara no esperaba, pero que agradeció en silencio. Gracias a la aeronave antigravedad —esa pequeña maravilla de ingeniería antigua, silenciosa y capaz de deslizarse entre los escombros sin dejar rastro— pudo moverse por las distintas zonas del mercado negro sin dificultad. No se quedaron en un solo lugar, ni usaron siempre la misma entrada. El submundo comercial de las ruinas era inmenso, una red de túneles, antiguos estacionamientos y edificios huecos conectados entre sí, diseñado precisamente así: grande, bien escondido, con múltiples accesos y salidas, de modo que si una ruta era descubierta o bloqueada, las demás seguían abiertas como vías de escape. Era la única forma de sobrevivir y comerciar lejos de los ojos de la autoridad.

 

En cada parada, Kizara bajaba con solo una parte de la mercancía, siempre dejando la aeronave estacionada lejos, oculta entre vigas caídas o bajo estructuras derrumbadas, lejos de miradas curiosas. Nara esperaba siempre cerca, de pie, tranquila, pasando desapercibida solo porque la gente estaba demasiado ocupada en sus propios tratos y porque, tras el incidente de la mañana, nadie tenía el valor ni las ganas de acercarse a la chica de cabello blanco.

 

El sol comenzó a desaparecer entre los escombros, tiñendo el cielo de un gris oscuro y púrpura, cuando Kizara cerró el último trato del día. Habían recorrido casi todo el perímetro del mercado, hablado con distintos comerciantes, regateado con paciencia y cuidado, y al final del día, habían logrado intercambiar exactamente la mitad de todo lo que habían traído de las instalaciones abandonadas. Era un buen resultado, mejor de lo habitual, pero todavía quedaba mucho: cajas, paquetes y contenedores que seguían cargados en la parte trasera de la aeronave.

 

Mientras se alejaban de la última entrada, caminando hacia donde habían dejado el vehículo, Nara observó con calma el peso que aún llevaban consigo, calculando distancias, tiempos y riesgos en su mente en una fracción de segundo. Se acercó a Kizara, caminando a su lado con paso ligero y perfectamente equilibrado.

 

—He realizado un cálculo de eficiencia —comentó con suavidad, señalando hacia el volumen de cosas que todavía quedaban por resolver—. Al ritmo al que hemos trabajado hoy, y con el tiempo disponible antes de que sea completamente de noche, nos quedarían al menos tres jornadas completas iguales a esta para terminar de intercambiar todo lo que trajimos. Si intentamos hacerlo todo en una sola salida, terminaremos mucho después del anochecer. Y volver al refugio en plena oscuridad, cargadas, lentas y cansadas... aumenta drásticamente el riesgo. Hay bandas de ladrones que salen solo cuando cae el sol, y también las patrullas de vigilancia de la IA Central modifican sus rutas nocturnas; son menos frecuentes, pero mucho más difíciles de detectar y evitar.

 

Kizara sonrió levemente, poniendo una mano sobre el borde de la aeronave mientras la activaba con un gesto rápido. El motor antigravedad zumbó suavemente, elevando el vehículo unos centímetros del suelo sin hacer ruido.

 

—No te preocupes por eso, Nara —respondió con calma, subiendo primero y haciéndole un gesto para que la siguiera—. Por hoy ya hemos terminado de intercambiar. Lo que teníamos para vender, ya lo hemos vendido o cambiado. Por hoy, el trabajo de comercio se acabó.

 

Nara subió detrás de ella, acomodándose con elegancia entre las cajas restantes, y frunció ligeramente el ceño, confundida.

 

—Entiendo —dijo, mientras el sistema de navegación se encendía—. Pero si ya no vamos a intercambiar nada, entonces ¿por qué seguimos cargando con todo esto? —Miró el volumen y el peso que soportaba el vehículo—. Regresar ahora con toda esta carga nos hará ir mucho más lento. Menor velocidad, mayor consumo de energía, mayor dificultad para maniobrar si tenemos que escapar de algo. Es ineficiente. Sería más seguro y rápido volver solo con lo que hemos ganado, y dejar el resto asegurado aquí para otro día.

 

Kizara soltó una pequeña risa, puso rumbo hacia una dirección totalmente opuesta a la del camino de regreso al refugio, y negó con la cabeza.

 

—No, Nara. Escucha bien: esas cosas que quedan ahí atrás... no son para intercambiar.

 

La androide ladeó la cabeza, sus ojos brillando con curiosidad procesando la nueva información.

 

—¿No son para intercambiar? Repaso los registros: son provisiones, materiales, componentes electrónicos de alto valor, herramientas... todos bienes con alto valor comercial en esta zona.

 

—Lo sé —admitió Kizara, mirando hacia adelante, con una expresión más decidida—. Son valiosos, sí. Pero hoy me di cuenta de algo hablando con el Viejo y con los demás. Hay cosas que no se pueden comprar, ni vender, ni conseguir con dinero ni con mercancía. Hay cosas que solo se consiguen... yendo a buscarlas donde están.

 

Volvió la cabeza y le guiñó un ojo, mientras la aeronave ganaba altura y se deslizaba entre las sombras de los edificios derrumbados.

 

—Lo que queda ahí no es mercancía, compañera. Son recursos. Y ahora vamos a otra parte, un lugar donde no cambiamos cosas por otras. Vamos a usar todo esto para conseguir lo que realmente necesitamos para seguir adelante... y para mantenernos fuera del alcance de cualquiera que quiera usarte o encontrarte.

 

Nara asintió lentamente, aunque todavía no entendía del todo el plan, pero como siempre, se acomodó mejor en su sitio, relajó su postura y confió plenamente en ella.

 

—Entendido —respondió con tranquilidad—. Entonces estamos listas. Iré a donde tú digas.

 

Y bajo el cielo que se oscurecía por momentos, la pequeña nave plateada se alejó silenciosa, llevando consigo no solo mercancía, sino el primer paso de un plan mucho más grande para proteger lo que más valioso tenían.

 

La pequeña aeronave antigravedad se deslizaba suavemente sobre el terreno, apenas a unos metros de altura, cortando el aire frío de la tarde. Kizara iba al frente, con las manos firmes sobre los mandos, concentrada en la ruta, mientras Nara viajaba justo detrás de ella. El viento que generaba el movimiento revolvía su cabello blanco, largo y sedoso, haciéndolo ondear libremente como una bandera pálida bajo el cielo que empezaba a oscurecerse.

 

Nara mantenía la postura erguida, observando todo con esa atención detallada que la caracterizaba. En su mente, los cálculos se acumulaban a gran velocidad: coordenadas, distancia recorrida, dirección, puntos de referencia. Y cuanto más avanzaban, más evidente se hacía algo para ella: se estaban alejando de todo rastro de civilización.

 

Dejaron atrás las zonas de escombros, los restos de la gran ciudad, los caminos ocultos y las zonas de intercambio. Ahora pasaban por terrenos más llanos, donde antaño debió haber inmensos campos de cultivo —quizás trigo, o lo que quedaba de él—, ahora convertidos en tierras salvajes invadidas por vegetación que reclamaba lo que era suyo. No había estructuras grandes, ni torres, ni concentraciones de edificios donde pudieran vivir grupos de personas. Todo indicaba que se dirigían hacia una zona deshabitada.

 

—Kizara —dijo finalmente Nara, inclinándose ligeramente hacia ella para que su voz se escuchara por encima del viento—. Mis cálculos de navegación indican que nos estamos alejando de cualquier zona segura, de cualquier refugio conocido y de cualquier asentamiento humano registrado en mis bases de datos. Estamos entrando en una zona que, según los mapas antiguos, eran tierras agrícolas, pero que ahora están abandonadas. No detecto señales de actividad importante. ¿A dónde nos dirigimos?

 

Kizara no se volvió, pero esbozó una sonrisa traviesa, manteniendo la vista al frente.

 

—Ten paciencia, Nara. Solo aguanta un poquito más. No te voy a llevar a ningún sitio peligroso... bueno, no peligroso para nosotras. Lo verás tú misma en cuanto lleguemos.

 

Nara quiso preguntar algo más, pero decidió obedecer y esperar, confiando plenamente en ella, aunque su sistema interno seguía procesando datos y comparando rutas.

 

Unos minutos después, el terreno comenzó a cambiar de nuevo. Kizara redujo la velocidad considerablemente y guió la aeronave hacia una franja de vegetación más densa, donde árboles altos y frondosos crecían entre rocas y pequeños desniveles del suelo. Se adentraron en la espesura con cuidado, deslizándose entre las ramas bajas, hasta que de repente, el bosque se abrió en un pequeño claro protegido por una barrera natural de piedras y árboles grandes que ocultaban el lugar desde cualquier distancia.

 

Y allí, frente a ellas, apareció.

 

Parecía un pequeño pueblo, o lo que quedaba de uno. Pero era extraño: no había grandes casas, ni murallas, ni almacenes. En el centro se alzaba una construcción sólida, de piedra antigua, con una cruz en lo alto y una estructura distinta a todo lo que habían visto en las ruinas: una iglesia. Alrededor de ella, agrupadas de forma ordenada, había pequeñas casitas bajas, tiendas sencillas y cobertizos, todo construido con materiales recuperados, pero hecho con esmero y cuidado.

 

Se veía gente moviéndose por allí, adultos que trabajaban o vigilaban, pero lo que más llamaba la atención, lo que llenaba todo el espacio con risas, carreras y voces alegres, eran los niños. Había docenas de ellos: pequeños, medianos, algunos casi adolescentes, jugando, corriendo, ayudando o simplemente sentados en los escalones de la iglesia. Era un hervidero de vida inocente, algo casi imposible de ver en el resto del mundo, donde la supervivencia era lo único importante.

 

La aeronave aterrizó suavemente en un espacio libre cercano a la entrada principal. Nara bajó detrás de Kizara, mirando todo con una confusión absoluta. Sus sensores captaban risas, alegría, seguridad... cosas que no no encajaban con el entorno.

 

—No comprendo —dijo Nara en voz baja, mirando a los pequeños que ahora se detenían un momento para mirarlas con curiosidad—. Hay personas, sí, pero la proporción es muy alta de individuos de edad infantil. No parece un asentamiento militar, ni un puesto comercial, ni una zona de producción. ¿Qué función cumple este lugar? ¿Por qué hemos traído aquí toda la carga?

 

Kizara se quedó un momento en silencio, mirando aquel lugar con una expresión llena de ternura y nostalgia, como si cada rincón le trajera recuerdos. Se giró hacia Nara y le puso una mano en el hombro.

 

—Esto... —empezó con voz suave— es un orfanato. Un refugio. Aquí traen a los niños que han perdido a sus familias, a los que quedaron solos cuando sus padres murieron o desaparecieron. Un lugar donde no tienen que pelear, ni trabajar hasta caer rendidos, ni tener miedo todo el tiempo.

 

Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con una emoción profunda.

 

—Y fue aquí, Nara... justo aquí, donde me quedé yo. Cuando mis padres no volvieron más, cuando yo no tenía a nadie y estaba completamente sola en este mundo. Este fue mi hogar durante mucho tiempo.

 

En ese momento, la pesada puerta de madera de la iglesia se abrió lentamente. Alguien que debía haberlas visto llegar desde una de las ventanas salió al encuentro. Era un hombre mayor, de unos setenta años, encorvado por el paso del tiempo, con la piel surcada de arrugas profundas, las manos ásperas y gastadas por el trabajo, y una sotana vieja pero limpia y cuidada. Su rostro estaba golpeado por la vida, pero sus ojos brillaban con una bondad inmensa y serena. Era el padre Julián, quien dirigía aquel lugar desde hacía décadas.

 

Al verla, una sonrisa inmensa iluminó su cara.

 

—¡Kizara, hija mía! —exclamó con voz fuerte y cálida, extendiendo los brazos mientras caminaba hacia ella con paso lento pero decidido—. ¡Sabía que eras tú! Tu silueta en cuanto apareció entre los árboles. ¡Qué alegría tan grande verte de nuevo, sana y salva!

 

Al escuchar su voz, todo el mundo se giró. Los adultos dejaron lo que hacían, y los niños, en cuanto la reconocieron, estallaron en gritos de júbilo.

 

—¡Es Kizara! ¡Llegó Kizara! —gritaban, corriendo todos juntos hacia ella como una pequeña avalancha de risas, saltos y abrazos.

 

En un segundo, Kizara se vio rodeada de docenas de niños que se aferraban a sus brazos, a su cintura, que le tiraban de la ropa para llamar su atención, que le hacían mil preguntas a la vez y le contaban cosas sin parar, llenos de alegría. Ella, acostumbrada y feliz, se agachó, abrazó a los más pequeños, acarició las cabezas revueltas y respondía a todo con esa sonrisa que solo aquí era capaz de mostrar.

 

Nara se quedó unos pasos atrás, observando todo. Vio la felicidad en los ojos de la gente, vio cómo la querían, vio que Kizara no era la misma chica dura y desconfiada que conocía de las ruinas, sino alguien que aquí se sentía protegida y querida. Y por primera vez, entendió por qué habían traído todo lo que traían.

 

No era para vender. No era para cambiar. Era para compartir. Era para ayudar. Era amor, en la forma más pura que existía.

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