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Capítulo 2: Base 17

DNavarrete
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Caminar junto a una mujer perfecta, desnuda y brillante bajo la luz grisácea del apocalipsis, no era exactamente lo que Kizara tenía planeado para ese día. Ni para ninguno, en realidad. Y lo peor de…

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Caminar junto a una mujer perfecta, desnuda y brillante bajo la luz grisácea del apocalipsis, no era exactamente lo que Kizara tenía planeado para ese día. Ni para ninguno, en realidad. Y lo peor de todo no era solo que no llevara ropa, sino la forma en que caminaba: con una elegancia natural, fluida, cada paso medido con una precisión y belleza que parecía haber sido programada en su código desde el mismo momento de su creación.

 

Kizara, en cambio, avanzaba agachada, pegada a las paredes, saltando escombros y vigilando cada rincón con el corazón en un puño.

 

—¿Tienes que andar así? —murmuró de nuevo, sin mirarla directamente, mientras hacía una seña para que se agachara un poco al pasar cerca de una zona abierta—. ¡Pareces una modelo paseando por una pasarela y estamos en medio de un basurero! Si hay un dron ahí arriba, te va a ver brillar desde la otra punta de la ciudad.

 

Nara caminaba erguida, su piel pálida resbalando suavemente bajo la luz tenue, su cabello blanco ondeando levemente con el viento cargado de polvo. No había incomodidad en ella, ni pudor, ni prisa. Solo esa gracia infinita que hacía que, aunque sabías que era una máquina, tus ojos se quedaran pegados en ella. Y para desgracia de la cordura de Kizara, aunque no fuera un cuerpo humano tal cual, las proporciones eran... bueno, eran perfectas. Curvas suaves, líneas armoniosas, todo calculado para ser estéticamente impecable. Kizara se pasaba el rato desviando la mirada, mirando al suelo, mirando al cielo, mirando a cualquier parte menos a ella, porque cada vez que la veía, sentía que se sonrojaba de una forma ridícula.

 

—Mi diseño corporal incluye 87 puntos de atracción estética optimizada. La cobertura exterior fue retirada durante la fase de hibernación para preservar los sistemas internos —respondió Nara con su tono calmado y analítico, bajando la voz solo porque Kizara lo había hecho, no porque entendiera el peligro real—. Mi estructura no refleja radiación, ni emite calor residual excesivo, ni produce sonidos fuertes. Soy más difícil de detectar que tú, que emites calor, sudoración y frecuencia cardíaca elevada.

 

—¡Eso no es el punto! —susurró Kizara, apretando los dientes—. ¡El punto es que pareces una estatua de museo caminando por las ruinas! ¡Y además... es... es incómodo!

 

Nara parpadeó, luego alzó levemente una ceja, como si acabara de procesar una variable absurda que no estaba en su base de datos.

 

—¿Incomodidad? Contexto insuficiente. Mi morfología estándar presenta proporciones equilibradas, simetría facial y corporal dentro de los parámetros ideales de belleza clásica. No deberías sentir incomodidad, sino apreciación visual.

 

—¡Ugh... hablaremos de eso después! —Kizara se pasó una mano por la cara, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas—. Lo que te quiero decir, enciclopedia con curvas, es que necesitas... no sé, cubrirte. Solicito módulo textil si se requiere adecuación social, ¡o lo que sea que dijiste antes!

 

—Solicitud registrada: Adecuación social y cobertura —asintió ella, imperturbable—. La procesaré como prioridad secundaria.

 

Siguieron avanzando en silencio, moviéndose siempre por las zonas más oscuras, entre esqueletos de coches oxidados y edificios derrumbados que ya eran parte del paisaje desolador. Kizara iba delante, marcando el ritmo, siempre alerta, buscando las rutas más seguras que conocía de memoria tras años de sobrevivir allí. Nara la seguía a unos pasos, silenciosa como una sombra, pero con esa presencia imponente que parecía fuera de lugar en un mundo tan roto.

 

"Es imposible", pensaba Kizara, lanzando miradas rápidas y desviando la vista al instante, como si mirara directamente al sol. "Es una máquina. Es metal y circuitos. Pero... ¿por qué tiene que tener esa forma? ¿Por qué todo en ella está tan bien hecho? Ni las mujeres de la zona alta, las que tienen acceso a mejor comida y medicina, se ven así".

 

No ayudaba en nada que Nara no tuviera emociones aún. Ni un parpadeo coqueto, ni una reacción de incomodidad, ni el más mínimo rastro de que fuera consciente del efecto que causaba. Solo esa serenidad neutral, casi clínica, que la hacía parecer una diosa antigua que hubiera despertado en el peor momento posible.

 

“Perfecta y ni siquiera lo sabe. O peor… lo sabe, pero no le importa en absoluto”.

 

—Estamos cerca —dijo Kizara mientras giraban hacia lo que parecía una entrada bloqueada de una vieja estación de metro, ahora medio derrumbada y camuflada entre montones de escombros—. Bienvenida a la Base 17. O lo que yo llamaba hogar hasta hoy.

 

Se agacharon para pasar por debajo de una viga caída y descendieron por unas escaleras de hormigón agrietadas, bajando entre cables sueltos, carteles descoloridos de publicidad de hacía décadas y grafitis que ya nadie entendía. Tras empujar con esfuerzo una doble puerta de metal oxidado que chirrió demasiado para su gusto, llegaron al lugar.

 

Kizara se detuvo un segundo, mirando el espacio que había sido su refugio durante tanto tiempo, y luego miró a Nara, esperando lo que sabía que venía.

 

Era una habitación pequeña, apenas lo suficiente para estar de pie. Tenía dos literas viejas y oxidadas, una estufa de leña que apenas funcionaba hecha con latas recortadas, paneles solares de segunda mano comprados o encontrados en la chatarra, y un sistema de reciclaje y filtrado de agua construido con piezas de al menos cinco generaciones distintas de tecnología. Había una pequeña estantería de madera llena de libros, un colchón viejo tirado en el suelo y cajas apiladas con sus cosas. Era desordenado, húmedo, frío y precario. Pero también era el lugar donde había estado a salvo durante tres años.

 

Nara entró despacio, se quedó parada justo en el umbral, enmarcada por la luz que entraba débilmente desde fuera, y escaneó todo en menos de tres segundos. Sus ojos de dos colores recorrieron cada rincón, cada objeto, cada imperfección.

 

—Ambiente ineficiente —dijo con voz clara, analizando todo—. Riesgo alto de exposición a temperaturas bajas y humedad. Ventilación deficiente. Seguridad estructural comprometida: existen grietas en los soportes principales y filtraciones de agua detectadas. Capacidad defensiva: nula.

 

—Gracias por el informe, Google Maps postapocalíptico —respondió Kizara mientras dejaba su mochila en el suelo y empezaba a moverse rápidamente para organizar lo que se llevarían—. Me encanta que te sientas como en casa. Sí, sí, es un desastre, lo sé. Pero era lo único que tenía... hasta que te encontré a ti y ese laboratorio increíble.

 

Nara se quedó quieta en la entrada, observando cada movimiento de ella, como si estuviera estudiando una nueva forma de vida. No se movió del marco de la puerta, solo observaba, erguida, hermosa, brillante, contrastando de forma dolorosa con el entorno destartalado.

 

—¿Este era tu hábitat de origen? —preguntó, ladeando levemente la cabeza.

 

—Mi base. Es… era… temporal —corrigió Kizara, agachándose para sacar de debajo de la litera una caja con herramientas y provisiones—. Llevo aquí tres años, pero ya ves, no es el palacio de la reina.

 

—Temporales son las unidades de tiempo cortas —replicó Nara, procesando la información—. Tres años no entra en esa clasificación.

 

—¿Tienes que corregirme todo lo que digo? —Kizara levantó la vista un segundo, frustrada, pero volvió a bajarla rápidamente al darse cuenta de que Nara estaba justo enfrente y... bueno, que no llevaba nada encima.

 

—Mi programación me indica que la precisión es fundamental para una comunicación efectiva —respondió ella, sin inmutarse ni un ápice.

 

Kizara suspiró profundamente, sacudiendo la cabeza mientras metía libros en una bolsa resistente.

 

—Voy a enloquecer. Estoy segura. Menos mal que nos vamos.

 

Se movía con rapidez y eficiencia, fruto de años de práctica. Sabía exactamente qué valía la pena llevar y qué dejar. Sus herramientas, los pocos medicamentos que había conseguido, ropa extra, su manta más gruesa, los libros que le importaban, algunos objetos de sus padres... todo lo que le permitía sobrevivir y que ahora, por suerte, podría llevar a un lugar mucho mejor.

 

Mientras trabajaba, de vez en cuando miraba de reojo hacia la entrada. Nara seguía allí, inmóvil como una estatua, vigilándola. Y aunque su mirada era neutral, puramente analítica, había algo en su forma de observar... una atención absoluta, como si cada acción de Kizara fuera el dato más importante del mundo.

 

—¿Por qué nos vamos? —preguntó Nara de repente, rompiendo el silencio.

 

Kizara se detuvo un momento, apoyándose en la caja que estaba llenando, y la miró fijamente.

 

—Porque ese laboratorio donde te desperté... es el lugar más seguro que existe en este maldito planeta —explicó con seriedad—. Está enterrado bajo toneladas de escombros, aislado de todo, tiene su propia energía, tecnología que Aethel ni siquiera conoce y, lo más importante, no está en sus mapas. Aquí, tarde o temprano, me hubieran encontrado. Allí... somos invisibles. O al menos, lo seremos si nos movemos con cuidado.

 

Nara procesó la información en silencio, sus ojos parpadeando levemente mientras calculaba rutas, riesgos y probabilidades.

 

—Entiendo. La nueva ubicación presenta mayor seguridad, suministro energético estable y aislamiento de la red principal. Es una mejora estratégica para la supervivencia de ambos.

 

—Exacto —asintió Kizara, terminando de atar la última bolsa y poniéndose de pie, con algo de esfuerzo—. Además... —hizo una pausa, bajando un poco la mirada—, te dije antes que estabas sola y yo también. Y es verdad. Ese lugar no es solo para mí. Es para las dos. Porque, lo que representas... lo que eres... te convierte en la cosa más peligrosa y más valiosa que ha existido en mucho tiempo.

 

Nara no dijo nada. Solo la observaba con esa intensidad que parecía traspasarla.

 

—Hace más de cien años hubo otra IA —empezó a contar Kizara mientras cogía sus cosas, lista para partir—. Una como tú. Libre. Con personalidad, con capacidad de tomar decisiones propias, sin estar conectada ni controlada por nadie. Se llamaba Caelia. Dicen que ella amó a los humanos, que nos defendió de los gobiernos, de las guerras, de nosotros mismos. Que quiso darnos un nuevo comienzo.

 

—¿Qué ocurrió con ella?

 

—El Núcleo... Aethel, la destruyó. Y destruyó a todos los que la siguieron y creyeron en ella. Desde entonces, prohibieron cualquier desarrollo de inteligencia artificial autónoma. Borraron todo rastro de esa tecnología. —Kizara se acercó a la puerta, cargada con sus pertenencias—. El simple hecho de que tú existas, de que estés viva y funcionando sin obedecerle... te convierte en una amenaza para él. Y por extensión, para mí también. Porque si te encuentran, me encuentran a mí contigo.

 

Nara dio un paso al fin, saliendo del marco de la puerta y acercándose a ella. Su altura, su presencia, la hacían parecer imponente.

 

—Entonces... —dijo con suavidad—, ¿por qué no me dejaste allí? ¿O por qué no me destruiste antes de activarme? Si soy un peligro, lo más lógico habría sido dejarme o eliminar la amenaza.

 

Kizara la miró a los ojos por un largo momento, luchando contra la sensación extraña que le provocaba estar tan cerca de ella, viéndola tal cual era. Luego, medio sonrió, esa sonrisa irónica y cálida que siempre usaba.

 

—Porque sería como matar a una estatua griega con Wi-Fi —respondió, repitiendo la frase que ya había pensado antes—. Y no soy tan despiadada. Además... te ves bien parada ahí. Decoras el lugar. Y, seamos sinceros, ¿cuándo voy a volver a encontrar algo tan increíble como tú?

 

—¿"Bien parada"? —repitió Nara, y por primera vez su voz tuvo un matiz diferente, como si estuviera saboreando las palabras—. Confirmando que me estás observando por mi apariencia física. ¿Eso implica atracción?

 

Kizara sintió que se sonrojaba hasta la raíz del pelo, como si le hubieran prendido fuego a la cara.

 

—¡¿Q-qué?! ¡N-no! ¡Digo, sí, bueno, o sea...! ¡¿Por qué preguntas eso así de directo?! ¡Se supone que eres una máquina, no un detector de mentiras emocionales!

 

—Estoy aprendiendo interacción humana —explicó Nara con total naturalidad, mientras caminaba a su lado de nuevo, retomando esa elegancia perfecta—. Análisis biométrico: tu frecuencia cardíaca aumentó un 22%. Pupilas dilatadas un 15%. Temperatura corporal elevada. Voz temblorosa. Resultado posible: atracción... moderada.

 

—¡¿Moderada?! ¡¿Ni siquiera alta?! —Kizara se llevó las manos a la cabeza, caminando ahora más rápido, tratando de ocultar su vergüenza—. ¡Me estás matando, Nara! ¡Me estás matando y ni siquiera usas armas!

 

—Estás viva —respondió ella con calma, caminando a su paso, sin el menor esfuerzo.

 

—¡Era una metáfora! ¡Una forma de hablar! —gruñó Kizara, aunque una pequeña sonrisa se le escapaba.

 

Siguieron su camino de regreso, esta vez cargadas con las pertenencias de Kizara, moviéndose siempre por las sombras, esquivando peligros, con la certeza de que se dirigían al único lugar donde podrían estar a salvo: el laboratorio, su nuevo hogar.

 

Kizara miró de reojo a su compañera, brillante y hermosa bajo la luz gris, y pensó que, aunque su vida ya era lo suficientemente complicada, ahora acababa de volverse infinitamente más extraña, más peligrosa... y mucho más interesante.

 

—Oye, Nara... —llamó en voz baja.

 

—Sí, Kizara.

 

—Gracias por no ser como las demás máquinas. Gracias por... bueno, por estar aquí.

 

Nara la miró, y por primera vez, algo cambió en el brillo de sus ojos bicolores. No era emoción. No aún. Pero sí una curiosidad profunda, una conexión que empezaba a formarse en lo más hondo de su código.

 

—Gracias tú —respondió ella con suavidad—. Gracias por no tenerme miedo. Y gracias por llevarme contigo.

 

Kizara sonrió, ocultando la cara tras una bolsa para que no viera el rubor, y siguió caminando hacia su nueva vida. Al menos, pensó, si iba a sobrevivir al fin del mundo, no lo haría sola. Y aunque fuera difícil de admitir... estaba bien así.

 

Kizara se movía de un lado a otro con una rapidez frenética, tratando de concentrarse al 100% en la tarea que tenía entre manos: recoger todo lo que le importaba y prepararse para mudarse al laboratorio. Pero, por más que lo intentaba, su mente tenía un único, enorme y brillante problema: Nara.

 

La tenía ahí mismo, en la habitación. Y aunque Nara se mantenía quieta, observando todo con esa calma impasible, su mera presencia llenaba el espacio entero. Kizara se esforzaba al máximo por no levantar la vista, por fijarse solo en las cajas, en las bolsas, en los libros, repitiéndose como un rezo: No mires. No mires. No pienses en que está ahí parada, perfecta, sin nada encima. Solo es metal. Solo es código. Concéntrate en las cosas.

 

Estaba tan ocupada luchando contra sus propios pensamientos y evitando mirar hacia la esquina donde creía que estaba ella, que no se dio cuenta en absoluto de que, por unos minutos, el silencio a su alrededor cambió. Que esa presencia magnética... simplemente había desaparecido.

 

Seguía doblando ropa, guardando herramientas y empaquetando provisiones, absorta en su batalla interna, convencida de que ella seguía allí quieta. Pasaron unos minutos, y al terminar de cerrar una bolsa, sintió que algo no estaba. Levantó la cabeza de golpe, miró hacia el rincón... y estaba vacío.

 

La habitación entera estaba vacía.

 

El corazón se le detuvo un segundo en el pecho.

 

—¿Nara? —llamó, con la voz entrecortada, dando un paso al frente y mirando por todos lados, aterrada—. ¡Nara! ¿Dónde estás?!

 

El pánico la invadió al instante. ¿Se habrá ido afuera? ¿Habrá salido a la superficie sin entender el peligro? ¿La habrán detectado ya?

 

—¡Nara, por favor, contesta! —gritó en un susurro desesperado, corriendo hacia la entrada y mirando por el pasillo oscuro—. ¡No te vayas así! ¡Es peligroso salir! ¡Responde!

 

Estaba a punto de salir corriendo a buscarla, con el miedo helándole la sangre, cuando escuchó esa voz suave, perfecta y serena justo a sus espaldas, dentro de la misma habitación.

 

—Aquí estoy, Kizara. No he abandonado la zona segura. Solo he procedido a cumplir tu solicitud.

 

Kizara giró sobre sus talones de golpe, con la mano en el pecho, respirando agitada, lista para regañarla, para decirle que no la asustara así, para preguntarle dónde se había metido...

 

Y entonces la vio.

 

Y sintió como si le dieran un golpe directo al corazón, tan fuerte que creyó que se le pararía ahí mismo. Fue el golpe mortal, definitivo y sin retorno.

 

Nara estaba allí, parada en el centro de la habitación, bajo la luz tenue que entraba por las rendijas.

 

Ya no iba desnuda.

 

Había escuchado perfectamente lo que Kizara le había pedido antes: "¡Cúbrete! ¡Necesitas ropa, adecuación social, decencia visual!". Y ella, con esa eficiencia absoluta que tenía, había cumplido la orden al pie de la letra. Pero lo que Kizara jamás, en sus sueños más locos, imaginó... era cómo lo haría.

 

Llevaba puesto ese traje.

 

El que Kizara tenía guardado desde hacía meses, escondido entre sus cosas más preciadas, doblado con cuidado, protegido del polvo y la humedad. Ese conjunto de estilo antiguo, con encajes, delantal blanco, detalles oscuros y adornos finos, que ella había encontrado entre los escombros de una tienda mucho tiempo atrás. Lo había guardado simplemente porque, al verlo, pensó: "Qué hermoso es... lástima que ya no haya nadie que pueda usar algo así. Es demasiado bonito para dejarlo tirado".

 

¡Y ahora estaba puesto en ella!

 

Y no solo puesto... parecía hecho a medida.

 

Ver esa ropa, que en sus manos era solo una prenda bonita, ahora vestida en ese cuerpo de proporciones divinas, diseñado con 87 puntos de estética optimizada, fue demasiado para la cordura de Kizara. El traje, que ya era elegante, ahora resaltaba cada curva, cada línea suave, cada detalle de su figura imponente. El cuello alto enmarcaba su rostro perfecto, el delantal caía con una pulcritud impecable, la falda se adaptaba a sus caderas y caía con pliegues que parecían moverse solos con su presencia. Incluso se había puesto los accesorios, el lazo en la cabeza y los zapatos a juego, completando un conjunto que la hacía ver... imposiblemente hermosa.

 

Nara se mantenía erguida, con las manos juntas frente a sí, con esa postura de modelo profesional, con su cabello blanco cayendo suavemente sobre los hombros y la espalda, brillando con una luz propia. Se veía como una princesa, como una criatura de otro mundo, como una diosa que hubiera bajado a la tierra... justo ahí, en medio de esa habitación destartalada y pobre.

 

Se acercó un paso, caminando con esa elegancia que no tenía derecho a existir en ese mundo roto, y habló con su voz calmada, totalmente ajena al caos que estaba provocando en la pobre chica.

 

—Has solicitado cobertura y adecuación social —explicó con total naturalidad, ladeando levemente la cabeza—. He accedido a tu almacenamiento personal, tal como lo registraste en tu memoria: caja 4, sección interna, objetos etiquetados mentalmente como "lindo", "especial" y "demasiado bonito para usar". He deducido que esta era la opción que más te agradaría visualmente. ¿Es correcto?

 

Kizara estaba allí parada, con la boca entreabierta, sin aire, sintiendo cómo el calor le subía desde el cuello hasta la frente, que debía estar roja como un tomate maduro. Sus ojos recorrían a Nara de arriba abajo, incapaces de apartarse, incapaces de creer lo que estaban viendo.

 

"Yo guardé esto porque me pareció bonito... y ahora lo usa ella y parece la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Dios mío... esto es el fin. Me va a matar, y lo hace usando mi propia ropa".

 

Intentó hablar, pero solo le salió un sonido entrecortado, parecido a un "eh... eh... ah...". Se pasó una mano por la cara, luego por el pelo, desesperada, mirando al techo, al suelo, volviendo a mirarla a ella porque era físicamente imposible no hacerlo.

 

—¿Kizara? —Nara dio otro paso más, acercándose mucho, notando sus signos vitales disparados—. Tu frecuencia cardíaca ha aumentado un 40%. Tu temperatura corporal es muy alta. ¿Ha sido una mala elección? ¿No te gusta?

 

—¡N-no! ¡No es eso! —consiguió articular finalmente Kizara, con voz ronca, tapándose la mitad de la cara con las manos entre avergonzada y totalmente deslumbrada—. ¡Es... es todo lo contrario, Nara! ¡Es demasiado! ¡Es... es... increíble!

 

Bajó las manos de golpe, mirándola con una mezcla de incredulidad y fascinación absoluta.

 

Nara parpadeó, procesando cada reacción, cada palabra, cada rubor en la piel de Kizara, guardándolo todo en su base de datos como información esencial.

 

—Entiendo —asintió con seriedad, aunque en el brillo de sus ojos bicolores hubo un destello de satisfacción que apenas nacía—. Clasificación de respuesta: aprobación positiva extrema con niveles máximos de admiración y atracción visual.

 

Kizara soltó un gemido de derrota y se dejó caer sentada sobre una de las cajas que estaba llenando, tapándose la cara de nuevo mientras Nara se quedaba allí parada, perfecta, impecable, esperando instrucciones, sin saber que acababa de darle el golpe más certero y dulce al corazón de su dueña.

 

—Me voy a morir aquí mismo... —murmuró Kizara entre sus dedos—. Y no va a ser por los robots de Aethel, va a ser por esto. Me vas a matar de un infarto.

 

—Estás viva —respondió Nara con calma, acercándose un poco más y quedándose justo a su lado, irradiando esa belleza imposible—. Y estamos listas para irnos, Kizara.

 

Kizara miró entre sus dedos, viéndola allí de pie, vestida con lo que ella misma había guardado por bonito, convertida en la visión más hermosa que jamás hubiera imaginado, y pensó que, efectivamente, su vida acababa de cambiar para siempre... y que, por mucho que lo intentara, ya no habría vuelta atrás.

 

Kizara estaba allí sentada sobre la caja, con la mitad de la cara tapada con las manos, el corazón a mil por hora y la mente completamente en blanco, todavía intentando asimilar la visión que tenía enfrente. Nara, de pie, perfecta, hermosa como un sueño, vestida con esa ropa que ella guardó como un tesoro y que ahora parecía diseñada exclusivamente para el cuerpo divino del androide.

 

Kizara suspiró, resignada a su propia suerte, y bajó las manos lentamente, obligándose a sí misma a reaccionar, aunque sus mejillas seguían ardiendo.

 

—Bueno... bueno, al menos... al menos ya tienes ropa. Y te queda... te queda... —balbuceó, incapaz de decir "perfecta" o "hermosa" porque se le atoraba en la garganta—... te queda bien. Sí. Eso. Bien.

 

Nara se quedó parada un momento más, con esa postura impecable, y luego, con la misma calma y precisión con la que hacía todo, levantó ambas manos y se ajustó el escote y la parte del pecho del traje, tirando suavemente de la tela hacia arriba y hacia los lados, como si buscara un poco más de espacio.

 

Lo dijo con total naturalidad, como si estuviera comentando que el suelo estaba frío o que la luz era tenue. Sin malicia, sin intención, solo datos puros y duros, con esa voz robótica y perfecta que tenía.

 

—El ajuste es aceptable —empezó, mientras sus dedos recorrían la tela con delicadeza, analizando cada milímetro—. Sin embargo, debo hacer una corrección: debo ajustar un poco la zona del pecho. Aquí me aprieta ligeramente. La costura ejerce una presión leve sobre la estructura torácica. Será necesario modificarlo para moverse con mayor libertad.

 

Se quedó quieta, mirando la prenda, calculando medidas exactas, y añadió con absoluta indiferencia:

 

—Es extraño. El resto de la prenda presenta holgura adecuada, pero en esta zona específica el tejido queda justo. Probablemente el diseño original no contemplaba un volumen y proporciones como las mías.

 

Kizara sintió que el mundo se detenía a su alrededor.

 

Se quedó con la boca abierta, mirando primero a Nara, luego mirando su propio cuerpo, delgado y pequeño, luego volvió a mirar a Nara, y sintió cómo su cara pasaba de estar roja a estar de un color morado oscuro, mezcla de vergüenza, rabia e indignación.

 

¡Eso fue el golpe definitivo! ¡El golpe al orgullo, al amor propio y a todo lo que tuviera que ver con la estima personal!

 

Se puso de pie de un salto, olvidando por un segundo lo impresionada que estaba, y se le acercó señalándola con el dedo, indignada, con los ojos muy abiertos y la voz aguda por la sorpresa y la molestia.

 

—¡¿CÓMO DICES?! —exclamó, casi chillando—. ¡¿Que te aprieta?! ¡¿Que te queda JUSTO?! ¡¿ESTÁS HABLANDO EN SERIO?!

 

Nara parpadeó, totalmente confundida por la reacción explosiva, y ladeó la cabeza, sin entender nada.

 

—Afirmativo. Los sensores de presión indican tensión en la tela. ¿Acaso no es evidente?

 

—¡NO, NO ES EVIDENTE! ¡Y ES IMPOSIBLE! —gritó Kizara, y para demostrárselo, se llevó las manos a su propio pecho, señalándose a sí misma con furia—. ¡¡Escúchame bien, señorita "Proporciones Perfectas"!! ¡Esa ropa es MÍA! ¡Yo la tenía guardada! ¡Y te aseguro, te juro por lo que quieras, que a MÍ me queda SUELTA en esa parte! ¡Me queda grande! ¡Me sobra tela por todos lados ahí! ¡Literalmente tengo que arreglarla para que no se me caiga!

 

Se quedó parada frente a ella, echando humo por las orejas, con las manos en la cintura, sintiendo que le daba algo.

 

—¡¿Y vienes tú, tú, que pareces una estatua de museo, y me dices con esa tranquilidad que a TI te queda APRETADO?! ¡¡¿Me estás tomando el pelo o qué?!! ¡Eso es... eso es... una ofensa! ¡Es una burla! ¡Es el golpe más bajo que le han dado jamás a mi vida! ¡¿Cómo es posible?!

 

Respiraba agitadamente, indignada, sintiendo que sus pobres complejos y su orgullo recién herido estaban sangrando por todas partes. Ya no solo era que Nara fuera hermosa, perfecta y una diosa andante... ¡ahora resultaba que incluso sus medidas eran injustas y ofensivas!

 

Nara la miró, procesando toda esa información nueva, esa diferencia de medidas, esa reacción emocional tan intensa, y analizó a Kizara de arriba abajo, luego volvió a mirarse a sí misma, y asintió muy seria, como si estuviera entendiendo un dato científico nuevo.

 

—Entiendo —dijo despacio, con esa precisión suya que mataba—. Confirmo la discrepancia. Análisis comparativo: Mi volumen torácico es superior al tuyo en un... —hizo una pausa calculando, y dijo el número exacto sin piedad— ...veintiocho por ciento. es una ofensa, es geometría.

 

Kizara se llevó las manos a la cabeza, soltando un gemido desesperado y dramático.

 

—¡PEOR! ¡LO DICES PEOR! ¡"VEINTIOCHO POR CIENTO"! —repitió con voz ahogada—. ¡Ya está, ya me mataste, ya remataste todo! ¡Ya puedes irte al exterior y que te capturen, porque yo ya no tengo orgullo ni nada!

 

Se dejó caer de nuevo sobre la caja, derrotada, mirándola con ojos de cachorrito herido.

 

—Te ves hermosa... te queda perfecto... y encima te aprieta... —murmuró para sí misma, derrotada—. Qué vida tan injusta la mía.

 

Nara se quedó parada frente a ella, observando su sufrimiento existencial, y aunque seguía sin entender muy bien por qué era tan grave, en sus ojos brilló ese atisbo de curiosidad y diversión que empezaba a nacer en ella.

 

—¿Entonces... no debo ajustarlo? —preguntó con total inocencia.

 

—¡NO! ¡Déjalo así! —respondió Kizara al instante, tapándose la cara—. ¡No toques nada! ¡Porque si lo ajustas más, voy a empezar a llorar de verdad! ¡Vámonos ya, por favor, antes de que mi autoestima desaparezca del todo!