El patio del orfanato era un hervidero de vida. El suelo de tierra apisonada estaba rodeado de bancos de madera desgastada, macetas con flores que alguien se había esmerado en cuidar y cuerdas donde colgaba ropa recién lavada que se mecía suavemente con la brisa. Se escuchaban risas, gritos, carreras y el sonido de pelotas golpeando contra las paredes de la iglesia antigua. Era un caos maravilloso, de esos que solo existen donde hay muchos niños creciendo juntos, lejos del mundo cruel que había más allá de los árboles y las rocas que los protegían.
En cuanto Kizara cruzó el portón de entrada, cargada con los bultos que habían traído, fue como si hubiera explotado una pequeña bomba de alegría. Media docena de pequeños se le echaron encima de inmediato, colgándose de sus brazos, agarrándose de su chaqueta, tirando de sus pantalones, todos hablando a la vez, llenos de emoción y curiosidad.
—¡Kizara volvió! ¡Kizara volvió! —gritaban saltando.
—¡Trajo cosas, se nota por los paquetes! —señaló uno de los más pequeños con los ojos muy abiertos.
—¡Cuéntanos, cuéntanos! ¿Dónde estabas esta vez? ¿Estuviste muy lejos?
—¿Viste drones de vigilancia? ¿Te persiguieron? —preguntó otro, con tono de héroe de película.
—¿Encontraste otra moto voladora? ¡La última vez nos contaste que ibas muy rápido!
—¿Te dispararon? ¿Tuviste que pelear?
—¡Es verdad lo que dicen por ahí! ¿Luchaste contra un robot gigante en las ruinas viejas?
—¡Kizara, Kizara, ¿me trajiste algo? ¡A mí, a mí!
—¡Yo pregunté primero! ¡Tienes que responderme a mí primero!
Kizara soltó una carcajada, una de esas risas que venían desde el estómago, libres y relajadas, esas que casi nunca soltaba cuando estaban solas en las ruinas o en los mercados. Trató de liberarse suavemente de todos los abrazos y manitas que la rodeaban, levantando las manos en señal de rendición.
—¡Ey, ey, ey! ¡Un momento, calmaos todos! —exclamó entre risas—. ¡Una pregunta a la vez, por favor! Si habláis todos juntos no entiendo nada, ¿cómo voy a responder así?
—¡No! —gritaron todos al unísono.
—¡Que sí! —insistió ella.
—¡Que no! —repitieron ellos riéndose.
—¡Que sí, o no cuento nada! —amenazó ella fingiendo enfadarse.
—¡Pues que sí entonces! —aceptó uno de los mayores, haciéndose el jefe del grupo.
—¡Padre Julián! —gritó entonces Kizara mirando hacia la puerta de la iglesia—. ¡Ven a ayudarme, que estos no quieren obedecer nada de nada!
Desde el umbral de la puerta de madera gruesa, el sacerdote los observaba con una sonrisa amplia y tierna, apoyado en su bastón de madera gastada. Sus ojos brillaban con alegría al verla allí, sana y salva.
—Pues será porque tú tampoco obedecías cuando tenías su edad, Kizara —respondió él con voz cálida y profunda, provocando una nueva oleada de risas entre los niños que señalaban a la joven como diciendo "¡ves, ves!".
El anciano caminó despacio hacia ellas, sorteando a los pequeños que corrían de un lado a otro, y cuando llegó hasta Kizara, le puso una mano afectuosa en el hombro, mirándola con orgullo y cariño.
—Me alegra muchísimo verte de nuevo, hija. Cada vez que te vas, siempre me pregunto si volverás a cruzar ese portón. Y verte aquí, bien, me llena el corazón.
Kizara sonrió con ternura, bajando un poco la mirada, como una niña pequeña frente a su maestro.
—Y a mí me alegra verlo a usted, Padre. Nunca podría irme demasiado lejos sin volver. Este sigue siendo mi lugar.
Fue entonces, mientras hablaban, cuando el sacerdote detuvo su mirada y sus ojos se abrieron un poco más, fijándose en la figura que permanecía unos pasos detrás de Kizara, quieta, elegante y serena, sin moverse ni un milímetro, observando todo con una calma que casi parecía sobrenatural.
Era alta, mucho más que el promedio de las mujeres. Su vestimenta, negra con detalles blancos, era pulcra, limpia y muy distinta a cualquier ropa que se viera por allí. Su cabello, largo hasta la cintura, era de un blanco puro, como la nieve, y caía suavemente sobre sus hombros y espalda. Pero lo que más llamó la atención del anciano, y lo que lo hizo quedarse mirando fijamente, fueron sus ojos: uno azul intenso como el océano profundo, el otro dorado brillante como el oro pulido. Dos colores distintos, únicos, en un rostro de belleza perfecta y rasgos finos.
—Y dime, hija... —empezó el sacerdote con curiosidad, señalando levemente con la cabeza hacia la figura inmóvil— ¿quién es la señorita tan elegante que te acompaña y que se ha quedado ahí tan callada?
Kizara se puso rígida al instante. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Había intentado mantenerla un poco al margen al principio, esperando pasar desapercibida, pero era imposible: Nara destacaba en cualquier lugar donde estuviera.
—¿Ella? —repitió Kizara, tratando de sonar lo más natural y despreocupada posible, aunque por dentro ya estaba calculando cómo explicar las cosas sin explicar demasiado.
—Sí, ella —insistió el Padre Julián, mirando a Nara con una mezcla de admiración y curiosidad tranquila.
—Ah... bueno... —titubeó Kizara, buscando las palabras adecuadas— ...es una amiga.
El sacerdote arqueó una ceja, sonriendo con esa sabiduría que le daban los años y haber conocido a Kizara desde que era una niña pequeña y desorientada.
—¿Solo una amiga? —preguntó con tono juguetón pero escéptico.
—Sí, claro, solo una amiga —afirmó Kizara con una sonrisa que intentaba ser convincente.
—¿Una amiga que apareció de la nada hace muy poco tiempo, de la que nadie había oído hablar nunca, y que ahora viaja contigo a todas partes? —siguió indagando él.
—Más o menos... digamos que... nos encontramos por el camino y decidimos ir juntas —respondió Kizara, encogiéndose de hombros.
—¿Y ahora comparte todo contigo? ¿Viajes, peligros, trae provisiones...?
—Exacto, eso es.
—Entiendo... —dijo el anciano, aunque su sonrisa decía claramente: "No me creo nada, pero me gusta lo que veo". Sin embargo, conocía a Kizara y sabía que, si ella quería guardar secretos, tenía sus razones, y por ahora decidió no insistir más.
Pero si el sacerdote tenía prudencia, los niños no. Y mucho menos discreción.
En cuanto se dieron cuenta de que había alguien nueva, diferente y hermosa, cambiaron de objetivo al instante, olvidándose de las preguntas sobre robots gigantes o persecuciones. En menos de diez segundos, Nara pasó de estar tranquila en un rincón a estar completamente rodeada por una muralla de cuerpecitos curiosos, manos que querían tocar y bocas que hablaban todas a la vez, aún más fuerte que antes.
—¡Guau! ¡Tienes el cabello blanco! ¡Como la nieve! —exclamó una niña pequeña, tirando suavemente de un mechón.
—¡Y tus ojos! ¡Son distintos! ¡Uno de cada color! ¡Nunca vi nada igual! —gritó otro acercándose demasiado a su cara para mirarla bien.
—¡Eres gigante! ¡Eres mucho más alta que Kizara! —señaló un niño que intentaba medir su propia estatura contra la de ella.
—¡Qué bonita eres! ¡Pareces una señora de los cuentos antiguos!
—¿Eres una princesa perdida? ¿Vienes de algún palacio escondido?
—¿O eres una guardaespaldas? ¡Te ves muy seria y fuerte!
—¡Yo creo que eres un robot! ¡Como los de las historias que nos cuenta el abuelo! —soltó uno de los más atrevidos, señalándola con el dedo.
Kizara sintió que el corazón casi se le detenía en el pecho. Se le pusieron los pelos de punta y abrió la boca gritando con todas sus fuerzas, interrumpiendo cualquier cosa que Nara pudiera haber pensado decir.
—¡¡¡NARA, NO RESPONDAS A ESA ÚLTIMA PREGUNTA!!!
Nara parpadeó lentamente, giró levemente la cabeza hacia Kizara y preguntó con absoluta calma e inocencia, sin entender la urgencia:
—¿Por qué? ¿La clasificación como autómata humanoide es información confidencial en este entorno?
—¡Porque sí! ¡Porque no hace falta decirlo en voz alta! ¡Solo... cállate un momento, por favor! —susurró Kizara desesperada, acercándose rápidamente para intentar sacarla del círculo de niños, pero era imposible, la curiosidad de ellos era más fuerte.
Ellos no se detuvieron. Seguían ahí, tocando, mirando, pasando las manos por su ropa, su cabello, sus brazos, fascinados por su suavidad y su aspecto perfecto. Nara se dejaba tocar, inmóvil, analizando cada contacto, procesando las sensaciones, sin molestar ni apartarse, simplemente recibiendo toda esa atención como si fuera algo que debía estudiar.
Fue entonces cuando pasó.
Un pequeño de unos ocho años, el más inquieto y travieso de todos, decidió que había una duda mucho más importante que todas las demás y que necesitaba respuesta inmediata. Se escabulló entre las piernas de sus compañeros, se colocó justo detrás de Nara, se agachó... y de repente levantó la falda con ambas manos, estirando el cuello para mirar debajo con toda la naturalidad del mundo.
El patio entero se quedó en silencio. Un silencio absoluto, pesado y sorprendido. Incluso el viento pareció dejar de soplar.
Kizara sintió cómo una vena le explotaba en la frente y cómo su cara se ponía roja como un tomate.
—¡¡¡OIIIIII!!! —bramó, acercándose de un salto.
COSCORRÓN.
El sonido fue seco y fuerte sobre la cabeza del niño.
—¡¡¡AYYYYYYY!!! —gritó el pequeño, soltando la falda de inmediato y agarrándose la cabeza con las dos manos, poniéndose de pie de un salto—. ¡¡¡ME DOLIÓ!!!
—¡¿QUÉ TE HE DICHO MIL VECES SOBRE HACER ESO?! —le regañó Kizara, con las manos en la cintura, echando humo por las orejas—. ¡¿Crees que puedes andar levantando faldas a la gente, así como así?! ¡¿Dónde tienes la educación, niño?!
—¡ES QUE TENÍA CURIOSIDAD! —se defendió él, haciendo pucheros y frotándose la cabeza con fuerza—. ¡Quería saber si por debajo eras igual que nosotros o si tenías ruedas o cables o algo!
—¡Pues se te queda la curiosidad! ¡Eso NO SE HACE! ¡Es una falta de respeto enorme! —insistió ella—. ¡No quiero ni escuchar tus excusas! ¡Vete al banco de allá a sentarte y piensa en lo que hiciste!
El niño se quedó allí, refunfuñando y quejándose, mirando a todos lados buscando compasión que no iba a encontrar.
Pero entonces ocurrió algo inesperado, algo que hizo que hasta Kizara se quedara con la boca abierta.
Nara, que había permanecido inmóvil durante todo el incidente, giró lentamente sobre sus talones hasta quedar frente al niño. Sus ojos bicolores lo miraron fijamente, analizando, comparando, procesando cada detalle de lo que acababa de ocurrir: la acción del niño, la reacción de Kizara, el regaño, el coscorrón, las palabras, el significado de "respeto", todo en una fracción de segundo.
Llegó a una conclusión.
Un segundo después, levantó su mano derecha, con los dedos juntos y la palma levemente curvada, imitando exactamente el movimiento que acababa de ver hacer a su dueña.
Y le dio al niño un pequeño coscorrón.
TOC.
No fue fuerte. De hecho, fue apenas un golpecito, casi suave, pero preciso y firme. Lo justo y necesario para copiar la acción de corrección que acababa de aprender.
El patio entero se quedó congelado de nuevo. Más que antes.
Kizara se quedó paralizada con la mano todavía levantada.
El Padre Julián se llevó una mano a la boca para no soltar una carcajada.
Todos los niños abrieron los ojos y la boca al mismo tiempo.
Y el niño, el protagonista de todo el lío, se quedó mirando a Nara, con los ojos muy abiertos, sin entender qué acababa de pasar.
Hubo unos segundos de silencio absoluto, llenos de puntos suspensivos flotando en el aire.
—...
—...
—...
Entonces Nara habló, con una voz seria, solemne y completamente convencida, como si estuviera leyendo un manual de leyes universales.
—Conducta inapropiada detectada —explicó para todos, señalando al niño con el dedo índice—. Falta de respeto a la intimidad personal. Violación de límites físicos. Corrección aplicada conforme al modelo de comportamiento observado en mi superior inmediata.
El niño parpadeó varias veces, procesando lo que acababa de escuchar y sentir, y de repente estalló en indignación.
—¡¡¡NO ES JUSTO!!! —gritó— ¡¡¡YA ME HABÍA PEGADO ELLA, Y AHORA TÚ TAMBIÉN!!! ¡¡¡ELLA TAMBIÉN ME PEGÓ!!!
—Porque te lo merecías, claramente —dijo Kizara, recuperando la compostura y cruzándose de brazos, intentando no reírse—. Y lo que es más importante: ella tiene razón. Te lo merecías doblemente.
—¡Eso es injusto! ¡Es discriminación! —se quejó el niño.
—La justicia ha sido determinada por consenso general —respondió Kizara con tono serio, imitando sin querer la forma de hablar de Nara, lo que hizo reír a todos los demás—. Y el consenso es que te lo merecías.
—¿Qué significa eso? —preguntó el niño confundido.
—Que todos pensamos que te lo merecías, ¿quedó claro? —le explicó ella con una sonrisa.
Las risas explotaron por todo el patio, más fuertes y alegres que nunca. Incluso el Padre Julián tuvo que darse vuelta un momento y toser, ocultando su enorme sonrisa detrás de la mano, con los ojos brillantes de diversión.
Mientras el niño se iba refunfuñando hacia el banco prometido, frotándose la cabeza y jurando que se vengaría contando chistes malos, Nara observó todo con mucha atención. Primero miró a Kizara, estudiando su expresión. Luego miró al niño alejarse. Luego volvió a mirar a Kizara, inclinando levemente la cabeza hacia un lado, buscando aprobación.
Finalmente, dio un paso hacia ella y le hizo una pregunta con esa seriedad y curiosidad infinita que siempre la caracterizaba.
—Kizara...
—Dime, Nara... —respondió ella, preparándose mentalmente para la pregunta extraña que sabía que venía.
—Si un individuo de edad infantil levanta la falda de una persona sin su autorización expresa... —began a decir Nara, articulando cada palabra con precisión— ... ¿la reacción de dar un golpe leve en la cabeza como advertencia es la reacción humana estándar y normal ante esa situación? ¿Se aplica a todos los casos similares?
Kizara se pasó la mano por la cara, sintiendo cómo le subía la temperatura de nuevo, y suspiró profundamente.
—Sí, Nara. Es... es una reacción bastante común. Sí. Cuando alguien hace algo que no debe, se le corrige así. O de formas parecidas.
—Entendido —respondió Nara con calma.
Asintió lentamente, como si estuviera grabando esa información en el archivo más importante de su memoria, clasificándola, etiquetándola y guardándola para siempre.
—Registrado. Actualizaré mis protocolos de interacción social y corrección de conductas. A partir de ahora, ante acciones similares, se aplicará la misma medida.
El niño que estaba sentado en el banco miró hacia ellas y se encogió un poco sobre sí mismo.
—¿Por qué siento que eso que acaba de decir es algo muy malo para mí y para mis futuras travesuras? —preguntó con voz temblorosa.
—Porque probablemente lo es —respondió Kizara con una sonrisa malvada y divertida a la vez, guiñándole un ojo—. Más te vale portarte bien de ahora en adelante.
Nara volvió a mirar a su dueña. Vio la sonrisa en el rostro de Kizara, vio cómo todos reían, vio la luz del sol, vio la alegría en aquel lugar seguro. Y por primera vez desde que había llegado al orfanato, sus labios se curvaron suavemente hacia arriba.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, muy suave y delicada. Pero era real. Era genuina. Y en sus ojos heterocromáticos brillaba una luz nueva, cálida y feliz.
Había aprendido una regla nueva hoy: proteger, sí, pero también enseñar... y reír.
El sol brillaba con más fuerza sobre el patio mientras Kizara comenzaba a descargar todo lo que habían traído. Fue sacando uno a uno los bultos y cajas que habían transportado en la aeronave, depositándolos con cuidado sobre una manta grande que habían extendido en el suelo. A medida que abría cada paquete, se escuchaban exclamaciones de alegría y asombro por parte de todos los presentes.
—Miren esto —decía Kizara mientras señalaba el contenido—. Esto es comida enlatada, de esa que dura años sin echarse a perder. La mayoría la conseguí intercambiando en el mercado, pero estas de aquí... —señaló unas cajas con etiquetas antiguas, limpias y perfectas— las saqué de la base donde te encontré a ti, Nara. Estaban guardadas en almacenes sellados, intactas. Son de muy buena calidad.
Luego sacó unos sobres pequeños y bolsas de tela cuidadosamente cerradas.
—Y esto es lo mejor de todo: semillas. De trigo, de hortalizas, de hierbas. También las encontré allá abajo. Son variedades antiguas, resistentes. Si las plantan en los huertos que tienen detrás de la iglesia, con un poco de suerte y cuidado, tendrán comida fresca para todo el año que viene.
Después vino otro paquete, más pesado. Herramientas de metal brillante, martillos, sierras, clavos, destornilladores, piezas de repuesto y materiales aislantes. Los hombres del lugar —los mayores, los que se encargaban de mantener en pie las construcciones— se acercaron con los ojos muy abiertos, cogiendo cada objeto con reverencia, como si fueran tesoros.
—Con esto podrán reparar los techos que se filtran cuando llueve —explicó Kizara—, arreglar las puertas que cuelgan, reforzar las paredes de las casas. Ya saben que con el viento y las tormentas de polvo, todo se va rompiendo poco a poco. Ahora tienen con qué trabajar.
Los hombres asentían emocionados, dándose apretones de manos entre ellos y agradeciendo a Kizara una y otra vez. Sabían muy bien lo difícil que era conseguir cosas así fuera de las zonas controladas por la IA. Eran recursos vitales que les permitirían vivir mejor y más seguros.
El Padre Julián estaba de pie frente a ella, con las manos juntas sobre el pecho, mirando todo aquello con una mezcla de gratitud y emoción profunda. Sus ojos brillaban.
—No tienes idea de lo que esto significa para nosotros, hija —dijo con voz entrecortada—. Cada lata, cada semilla, cada herramienta... es vida. Nos permitirá seguir acogiendo a los pequeños que llegan solos, seguir cuidando de los que ya están aquí. Nos quitas un peso inmenso de encima. Dios sabe que siempre intentamos hacer lo mejor que podemos, pero hay veces que los recursos nos aprietan demasiado. Gracias, Kizara. De todo corazón, gracias.
Mientras los adultos organizaban todo con cuidado, los niños no se quedaban atrás. Kizara sacó una bolsa llena de cosas coloridas y ruidosas: muñecas de trapo, figuras de resina, pelotas de goma, rompecabezas y juegos de mesa, todos objetos antiguos pero bien conservados que había logrado conseguir en los rincones más ocultos del mercado negro. En cuanto los vieron, los pequeños lanzaron gritos de alegría y se abalanzaron sobre ellos, tomando lo que más les gustaba y empezando a jugar inmediatamente, corriendo de un lado a otro, felices como solo los niños pueden serlo.
Nara, mientras tanto, se mantenía cerca de Kizara, ayudándola a levantar las cajas más pesadas como si fueran de pluma, ordenando lo que se iba sacando y observando todo con esa atención detallada que la caracterizaba. Sus ojos recorrían cada rincón, cada cara sonriente, cada objeto entregado, procesando el impacto que todo aquello tenía en las personas.
En un momento, mientras estaban un poco apartadas, Nara se inclinó ligeramente hacia ella y preguntó con suavidad, con curiosidad genuina:
—Kizara... He analizado el valor de todos estos bienes. En el mercado exterior, todo esto tendría un precio altísimo. Podrías haberlo cambiado por cosas valiosas, por seguridad, por ventajas. Sin embargo, lo has traído todo aquí y lo has entregado sin pedir nada a cambio. ¿Es esta la razón por la que hicimos el viaje tan largo y por la que decidimos no intercambiar la mitad de la carga?
Kizara se limpió un poco de polvo de las manos y miró alrededor, viendo a los niños reír, a los hombres hablar animadamente y al Padre Julián bendecir los alimentos con una sonrisa tranquila. Su expresión se suavizó, volviéndose dulce y nostálgica.
—Sí, Nara. Por esto es —empezó a explicar despacio—. Verás... este lugar siempre recibe gente. Llegan niños abandonados, huérfanos como yo lo fui. Llegan personas que huyen de las ciudades controladas por la IA, gente que ha perdido todo. Y el Padre Julián... él nunca le dice que no a nadie. Siempre abre las puertas y comparte lo poco que tienen. Pero aquí casi nadie puede salir a explorar o a comerciar. Es muy peligroso para ellos: no saben moverse entre las ruinas, no conocen los caminos ocultos, no saben cómo defenderse de las bandas o de los drones.
Hizo una pausa y señaló el entorno: los árboles altos, las rocas enormes que cerraban el paso, la espesura del bosque que los rodeaba todo.
—Por suerte, este sitio está muy bien escondido. Está metido entre el bosque más denso y protegido por la montaña. La IA Central casi nunca envía sus máquinas hasta aquí; no le interesa este terreno, cree que no hay nada útil. Y los saqueadores y bandidos suelen irse por otros caminos más fáciles. Por ahora es un lugar seguro, un refugio real en medio del caos.
Kizara suspiró, mirando al cielo un momento, recordando sus propios años allí.
—Desde que yo pude salir al mundo exterior, desde que aprendí a moverme, a buscar, a sobrevivir... siempre que puedo traigo algo. Pero esta vez... todo lo que encontramos en esa base, todo lo que estaba guardado allí, lo que usamos para arreglarte a ti y lo demás... era suficiente para abastecer este lugar durante mucho, mucho tiempo. No podía dejarlo allá arriba guardado, ni venderlo. Tenía que traerlo. Era lo único que debía hacer.
Nara la escuchaba en silencio, procesando cada palabra, conectando las razones con las acciones, entendiendo poco a poco conceptos como gratitud, solidaridad y hogar. No hizo más preguntas, simplemente asintió lentamente, guardando esa información como una verdad importante.
De repente, una pequeña turba de niños se abalanzó sobre Nara, tirando de sus manos y de su vestido, gritando todos juntos:
—¡Ven con nosotros! ¡Vamos a jugar!
—¡Queremos que juegues a la pelota!
—¡O al escondite! ¡Tú que eres alta seguro nos ves a todos!
—¡Vamos, vamos, no te quedes ahí parada!
Nara fue arrastrada suavemente por ellos, pero antes de dar un paso, se detuvo y giró la cabeza hacia Kizara. Sus ojos bicolores la miraron fijamente, con esa mezcla de inocencia y obediencia absoluta, como pidiendo permiso tácitamente, esperando una orden o una aprobación de su dueña.
Kizara soltó una risa suave y le hizo un gesto con la mano, sonriendo ampliamente.
—Vete, vete con ellos. Diviértete un rato. Yo estoy bien aquí hablando con el Padre.
Nara asintió una vez más, y se dejó llevar por la avalancha de niños, que la arrastraron hacia el centro del patio, donde empezaron a enseñarle sus juegos, explicándole las reglas con una paciencia increíble mientras ella intentaba imitarlos, moviéndose con una elegancia graciosa entre tanta energía infantil.
Kizara se quedó mirándola un momento, con una sonrisa dulce y tranquila en los labios, hasta que sintió la presencia del sacerdote a su lado.
—Es maravilloso verla así —comentó el Padre Julián, cruzándose de brazos y mirando también hacia el grupo donde Nara intentaba atrapar una pelota sin romperla ni lanzarla demasiado lejos—. Se nota que es... diferente. No solo por su aspecto, sino por cómo es. Tiene una forma de ser muy especial, muy pura.
—Sí, lo es —respondió Kizara bajando la mirada un poco, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Es... única.
El anciano la miró de reojo, con esa sonrisa sabia y juguetona que siempre tenía cuando sabía algo que el otro no había dicho. Dio unos pasos lentos caminando junto a ella hacia un banco apartado y se sentó, invitándola con un gesto.
—Me alegra mucho, hija —empezó diciendo con voz suave y cálida—. De verdad me alegra ver que ahora tienes compañía. Y no cualquier compañía... sino una chica tan linda, tan educada y tan atenta a tu lado. Se nota, Kizara. Se nota muchísimo.
—¿Se nota... qué? —preguntó ella, frunciendo un poco el ceño sin entender bien a dónde quería ir.
El Padre Julián se rió bajito, mirando hacia Nara, que ahora cargaba a dos niños pequeños sobre sus hombros mientras los demás reían encantados.
—Se nota que la quieres mucho —dijo con énfasis, volviendo a mirarla con una chispa de picardía en los ojos—. Demasiado, diría yo. La forma en que la miras, en que te preocupas por ella, en que te relajas cuando ella está cerca... Vamos, Kizara, no hace falta ser un sabio para verlo. Se ve clarísimo que estás enamorada de ella.
Kizara se atragantó con su propia saliva, se puso de pie de golpe con las mejillas ardiendo, rojas como tomates, y lo miró con los ojos muy abiertos, completamente indignada y sorprendida.
—¡¡¿¿QUÉ??!! —gritó, casi chillando— ¡¡PADRE JULIÁN, POR FAVOR!! ¡¡¿QUÉ COSAS DICE?!!
El sacerdote simplemente se rió más fuerte, disfrutando de su reacción.
—¡Lo que escuchas, hija! ¡Son cosas que se ven a simple vista! —insistió divertido.
—¡Eso no es verdad! ¡Ni se le ocurra volver a decir eso! —negó ella con energía, moviendo las manos como si quisiera espantar esas palabras— ¡No es nada de eso! ¡Es... es solo mi compañera! ¡Una amiga! ¡Alguien que cuido y que me cuida! ¡Es diferente! ¡Usted y sus ideas raras!
—¿Segura? —insinuó él, arqueando una ceja—. Porque yo recuerdo muy bien cuando tú eras pequeña y hablabas de cómo querías que fuera tu persona especial... y se parece bastante a ella, ¿sabes?
—¡NO! ¡No se parece en nada! ¡Y yo no pensaba esas cosas! ¡Usted inventa todo! —decía Kizara, cada vez más alterada y molesta, aunque sin saber muy bien dónde esconder la cara— ¡Somos solo compañeras de viaje! ¡Nada más! ¡Deje ya esas bromas, por favor!
El Padre Julián asentía con la cabeza, fingiendo que le creía, aunque su sonrisa decía todo lo contrario.
—Está bien, está bien... si tú lo dices... solo compañeras. Entendido —dijo, sin borrar la sonrisa de su cara—. Pero recuerda, hija... a los viejos no nos engañan tan fácilmente. Y a los ojos no se les puede mentir.
Kizara resopló, muy enfadada, y volvió a sentarse cruzándose de brazos, mirando hacia otro lado para que no viera que seguía sonrojada.
Mientras tanto, a lo lejos, Nara giró la cabeza para ver a Kizara. Al notar su cara completamente roja y su expresión alterada, su sistema activó un análisis médico rápido automáticamente, buscando cualquier rastro de fiebre, infección, golpe o enfermedad que pudiera estar afectando a su dueña. Pero tras escanearla detenidamente, sus sensores no encontraron ninguna anomalía, ningún problema de salud, nada que explicara ese cambio de color en su piel.
Confundida, ladeó la cabeza levemente hacia un lado, con sus ojos bicolores fijos en ella, sin entender en absoluto qué significaba esa expresión ni por qué su cuerpo reaccionaba así si estaba perfectamente sana. Se quedó mirándola unos segundos más, procesando información que no tenía registrada en sus bases de datos, antes de que los niños la volvieran a tirar de las manos para seguir jugando, dejando a Nara con una nueva duda flotando en su mente.
A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a trepar por encima de las copas de los árboles cuando ya estaban preparadas para partir. Habían decidido quedarse toda la noche en el orfanato, siguiendo la regla de oro que Kizara siempre cumplía: nunca viajar cuando cae el sol. Las ruinas y los caminos oscuros guardaban peligros que era mucho mejor evitar, y además, así habían podido descansar y disfrutar de ese lugar tranquilo un poco más.
La despedida fue todo un acontecimiento. Los niños, que ya habían tomado a Nara como su ídolo y su juguete favorito, se agruparon a su alrededor agarrándose de su ropa, de sus manos, de sus brazos, haciendo un nudo humano que parecía imposible de desatar.
—¡No te vayas! —decía una niña pequeña con los ojos brillantes de lágrimas—. ¡Promete que volverás pronto!
—¡Vuelve pronto para jugar otra vez! ¡Y para darnos coscorrones si nos portamos mal! —gritaba otro riéndose.
—¡Eres muy divertida! ¡Y muy fuerte! ¡No te vayas todavía!
Nara permanecía de pie, inmóvil pero inclinada suavemente para estar a la altura de ellos, escuchando cada despedida con mucha atención, grabándose sus caras y sus voces. Kizara, mientras tanto, intentaba liberarla poco a poco, riendo, pero conmovida, explicando que tenían que irse, que volverían, que tenían cosas importantes que hacer, aunque por dentro le encantaba ver cuánto la querían.
Fue entonces, cuando ya casi estaban libres y caminaban hacia la aeronave, que Nara se detuvo de golpe, se giró y buscó entre la multitud de pequeños hasta dar con él: el niño travieso, el mismo que el día anterior había levantado su falda y se había ganado el coscorrón doble.
El niño se quedó quieto al instante, abrió los ojos muy grandes y se llevó las manos a la cabeza por reflejo, esperando lo peor. Todos se callaron, mirando con curiosidad.
Nara dio unos pasos lentos hacia él, se inclinó hacia abajo hasta quedar a la altura de su cara, lo miró fijamente con sus ojos bicolores y, con su voz siempre tranquila y seria, le dijo claramente para que todos escucharan:
—Registro pendiente: Conducta inapropiada. Corrección asignada: golpe leve en la cabeza. —Hizo una pausa dramática, antes de añadir—: Aviso: Por ahora, los golpes en la cabeza quedan pospuestos hasta mi regreso. Te concedo un plazo de gracia.
El niño parpadeó, se llevó las manos del pecho y soltó un suspiro de alivio, mientras en todo el patio estallaba una risa colectiva que hizo eco entre los árboles. Hasta el Padre Julián, apoyado en su bastón, tuvo que secarse una lágrima de tanto reír, negando con la cabeza.
—¡Vete tranquila, hija! —les gritó el sacerdote mientras subían a la nave—. ¡Las puertas siempre estarán abiertas para las dos! ¡Cuídense mucho allá fuera!
—¡Gracias por todo, Padre! —respondió Kizara con la mano en alto, antes de activar los motores.
La pequeña nave se elevó suavemente, alejándose del claro, dejando atrás risas y saludos, y se adentró de nuevo entre la espesura del bosque, tomando altura poco a poco para salir del valle protegido y volver hacia las zonas antiguas de la ciudad destruida.
El viaje duró exactamente tres horas. Tres horas de vuelo tranquilo, silencioso, deslizándose sobre los restos de lo que una vez fue la civilización. Kizara manejaba con destreza, pero poco a poco la tensión que siempre llevaba encima se fue escapando de su cuerpo. Se sentía segura allí arriba, y más segura aún con Nara detrás de ella, observando todo con calma.
Llegaron por fin al lugar que Kizara llamaba Base 17: una antigua instalación de investigación, semihundida entre escombros gigantescos, oculta a simple vista, el lugar exacto donde meses atrás había encontrado la cápsula de hibernación donde Nara había dormido más de un siglo. Era su refugio, su lugar seguro, el sitio donde guardaban todo lo que era importante para ellas.
Al aterrizar y entrar por las puertas blindadas que solo Kizara sabía abrir, ella soltó un suspiro largo, profundo y verdadero. Por fin estaban en casa. Dejó caer su mochila al suelo, se quitó la chaqueta pesada y caminó directamente hacia un gran sillón de cuero viejo pero cómodo que tenían en la sala principal, dejándose caer en él como si sus huesos pesaran el doble de lo normal.
—Uff... por fin... —murmuró cerrando los ojos, estirando las piernas y relajando cada músculo de su cuerpo—. Qué viaje... ha sido largo, pero ha valido la pena. Me siento agotada, pero bien.
Nara la miró desde la entrada, procesando su estado.
—Kizara —dijo con suavidad—. Es mediodía. Tus niveles de energía están bajos según mis mediciones. Debes alimentarte para recuperarte. Yo prepararé el almuerzo. Descansa aquí.
Kizara sonrió sin abrir los ojos, muy agradecida.
—Eres un cielo, Nara. Gracias... haz lo que quieras, con tal de que esté bueno. Me quedo aquí un ratito recostada.
Nara desapareció hacia la zona de la cocina, que tenían bien equipada con lo necesario, y se movió con esa eficiencia y velocidad que la caracterizaban. No tardó ni cinco minutos. Apenas pasó ese tiempo cuando regresó caminando con elegancia, portando una bandeja con cuidado, sobre la cual había un plato bien servido, humeante y con muy buena pinta, junto con un vaso de agua fresca.
Se detuvo frente al sillón y anunció:
—El almuerzo está servido.
Kizara abrió los ojos, se estiró un poco más y se incorporó con pereza, sentándose bien y acomodándose para comer.
—¡Qué rápido! —comentó divertida, acercando el plato—. Huele de maravilla, la verdad. Te sales en todo, ¿verdad?
Estaba a punto de tomar el tenedor cuando Nara dio un paso al frente, se puso justo al lado de la mesa y levantó ambas manos a la altura de su pecho. Su expresión seguía siendo seria, neutra, con esa calma absoluta de siempre.
—Aún falta algo —dijo con voz monótona, sin cambiar ni un ápice de tono.
Kizara paró en seco, frunció el ceño y la miró confundida, sin entender.
—¿Falta... qué? ¿Un cubierto? ¿Sal? ¿Qué pasa?
Nara no respondió con palabras.
Manteniendo esa cara completamente inexpresiva, separó los dedos de sus manos formando dos figuras de corazón perfectas, una con cada mano. Luego, acercó ambas figuras hacia el plato de comida y, con una entonación plana, mecánica y sin nada de sentimiento, recitó:
—Moe... Moe... Kyuuu...
Y acompañó la palabra final con un gesto dulce hacia la comida, tal como lo hacían las doncellas en los antiguos cafés temáticos de los tiempos antiguos.
El silencio reinó en la sala durante medio segundo.
Kizara se quedó con la boca abierta, los ojos tan grandes que parecían salírsele de las órbitas, mirando a Nara, sus manos en forma de corazón, su cara seria haciendo el gesto más adorable y ridículo del mundo.
Fue tanta la sorpresa, fue tan inesperado y absurdo, que el trago de agua que acababa de llevarse a la boca salió disparado hacia adelante como un géiser, escupiéndolo todo, tosiendo y ahogándose al mismo tiempo, roja como un tomate y temblando de la impresión.
—¡¡¡ESTO... ESTO... QUIÉN DEMONIOS TE ENSEÑÓ ESO!!! —gritó alterada, recuperando el aire como pudo, señalándola con el dedo mientras se limpiaba la boca con la manga, totalmente descolocada—. ¡¡¿QUÉ TE HA PASADO POR LA CABEZA PARA HACER ESO?!!
Nara bajó las manos lentamente, volvió a su postura recta y perfecta, sin mostrar ningún tipo de vergüenza ni diversión, y respondió con total naturalidad, como si estuviera recitando una lección de matemáticas:
—Fue el Padre Julián. Anoche, antes de dormir, me preguntó si sabía cómo se hacía para que la comida tuviera mejor sabor. Me explicó que, hace muchos años, existía este ritual especial. Me dijo que si lo hacía antes de servirte la comida, se le agregaba magia y hacía que todo estuviera mucho más delicioso y nutritivo. Dijo que era una tradición muy antigua de "ayudantes devotas".
Kizara sintió que la sangre le hervía al mismo tiempo que su corazón galopaba desbocado en su pecho, mezcla de vergüenza, risa contenida y una ternura que le dolía en el pecho.
—¡¡¡PADRE JULIÁN!!! —chilló llevándose las manos a la cabeza—. ¡¡TE JURO QUE LA PRÓXIMA VEZ QUE VAYA ALLÁ SUBO AL CAMPANARIO Y TE ARRASTRO DE LAS BARBAS, VIEJO TRAVIESO!!! ¡¡MAGIA, TRADICIÓN... LO QUE SEA!! ¡¡ME HAS HECHO ESTO A PROPÓSITO!!
Nara ladeó la cabeza, confundida de nuevo ante la reacción exagerada de su dueña.
—¿No ha funcionado? —preguntó inocentemente—. ¿Debo repetirlo con más energía? ¿O quizás con otra expresión facial? El Padre dijo que, si lo hacía con cara seria, tendría el doble de efecto.
Kizara la miró, vio esos ojos inocentes que no entendían nada, vio su belleza, vio que lo había hecho solo por hacerle caso y ayudarla, y entonces, entre resoplidos y negaciones, se dejó caer de nuevo contra el respaldo de la silla, cubriéndose la cara con las manos mientras una sonrisa enorme y avergonzada se abría paso inevitablemente en sus labios.
—No... no hace falta repetir... —murmuró entre sus dedos, con la voz entrecortada—. Ya tuvo efecto... te lo aseguro... el efecto ha sido demoledor...
Nara guardó silencio durante unos segundos.
—Resultado registrado.
—¿Qué resultado?
—La señorita Kizara sonrió.
Kizara se quedó inmóvil.
—Probabilidad de éxito: cien por ciento.
—¡No funciona así!
—Los datos indican lo contrario.
Mientras el corazón de Kizara seguía latiendo a mil por hora, Kizara comprendió una cosa con total claridad:
Estaba perdida. Y el viejo cura lo sabía mucho mejor que ella misma.