Cargando…

Capítulo 2: Ecos del Infierno

DNavarrete
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 8 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El silencio puede ser un grito.

En series

In groups

Contenido de la publicación

El silencio puede ser un grito.

 

Y aquella mañana, la mansión D’Valrienne estaba tan callada que parecía un sepulcro. No había pasos apresurados en los pasillos ni susurros temerosos detrás de las puertas. Nadie corría para evitar llegar tarde a sus tareas, nadie murmuraba plegarias esperando no atraer la atención de su señora.

 

Solo el viento se colaba entre los vitrales, arrastrando un murmullo débil por los largos corredores.

 

La ausencia de ruido era tan extraña que resultaba inquietante.

 

Durante años, aquella casa había vivido bajo el eco constante de una sola presencia.

 

Anna.

 

Sus pasos, sus órdenes, sus castigos.

 

Su sombra.

 

Pero aquella mañana, por primera vez en mucho tiempo, la mansión parecía contener la respiración.

 

Yo estaba frente al espejo otra vez.

 

Vestirme resultó ser mucho más difícil de lo que esperaba.

 

Los recuerdos de Anna estaban en mi mente, sí. Sabía cómo debía colocarse cada prenda, cómo ajustar cada broche, cómo acomodar el vestido para que la tela cayera con la elegancia que se esperaba de una noble.

 

Pero saber algo… no significaba poder hacerlo.

 

Mis manos torpes luchaban contra los pequeños broches de metal mientras el corsé me comprimía el pecho con una presión sofocante. Tiré de una cinta con más fuerza de la necesaria y sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones.

 

—¿Cómo demonios respiraban con esto…? —murmuré entre dientes.

 

El reflejo en el espejo no ayudaba.

 

La mujer que me devolvía la mirada parecía una figura sacada de una pintura antigua. Cabello negro cayendo sobre los hombros, piel pálida como porcelana, ojos rojos brillando con una intensidad que parecía ajena a todo el caos que ocurría dentro de mi mente.

 

Una diosa en apariencia.

 

Un desastre intentando vestirse.

 

Intenté alcanzar un broche en la parte posterior del vestido, pero la tela se deslizó entre mis dedos.

 

Maldita sea.

 

Volví a intentarlo.

 

Fallé otra vez.

 

Finalmente solté el aire con frustración.

 

—Esto es ridículo…

 

En ese momento escuché un sonido suave detrás de la puerta.

 

—¿Mi lady…?

 

La voz era temblorosa.

 

Reconocí inmediatamente a la misma sirvienta de esa mañana.

 

—¿Necesita ayuda?

 

Durante unos segundos no respondí.

 

Una parte de mí dudaba.

 

La otra… simplemente estaba cansada de luchar con el vestido.

 

—Sí… por favor.

 

El silencio al otro lado de la puerta fue inmediato.

 

Era una palabra simple.

 

Pero en labios de Anna… aquella palabra no existía.

 

Finalmente, la puerta se abrió con un crujido suave.

 

La muchacha entró con pasos cautelosos, como si temiera que el suelo pudiera abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba.

 

Sus ojos recorrieron la escena.

 

El vestido mal ajustado.

 

Las cintas sueltas.

 

Mi evidente torpeza.

 

Por un instante pareció confundida.

 

Luego se acercó lentamente.

 

—Permítame, mi lady…

 

Sus dedos comenzaron a trabajar con rapidez, ajustando los broches y acomodando la tela con una habilidad que solo podía venir de años de práctica.

 

Pero incluso mientras lo hacía, su cuerpo permanecía tenso.

 

Como si esperara un golpe.

 

O un insulto.

 

O algo peor.

 

La observé en silencio durante unos segundos.

 

Había algo profundamente incómodo en esa escena.

 

Anna había vivido rodeada de personas… pero jamás las había visto realmente.

 

Ni siquiera sabía sus nombres.

 

Entonces pregunté, algo que la verdadera Anna jamás habría preguntado

 

—¿Cómo te llamas?

 

Las manos de la muchacha se detuvieron de inmediato.

 

El silencio llenó la habitación.

 

Era un silencio pesado, incómodo.

 

Como si acabara de pronunciar algo prohibido.

 

Y entonces ocurrió.

 

Los recuerdos regresaron.

 

No como pensamientos.

 

Como ecos.

 

Fragmentos de una voz fría y cruel que no era la mía.

 

Basura.

 

Plebeya.

 

No eres nadie.

 

Las imágenes siguieron a las palabras.

 

Una niña llorando mientras Anna la obligaba a limpiar el suelo con las manos desnudas.

 

Una criada temblando mientras intentaba ocultar un plato roto.

 

Un grupo de sirvientas arrodilladas, con la cabeza baja, esperando el veredicto de su señora.

 

La misma muchacha que ahora estaba frente a mí.

 

Más joven.

 

Con el rostro hinchado.

 

Una marca roja en la mejilla.

 

Y Anna… observando todo con una sonrisa fría.

 

El recuerdo golpeó mi mente con tanta fuerza que tuve que apoyar una mano contra la mesa cercana.

 

Mi estómago se revolvió.

 

Aquello no era solo crueldad.

 

Era desprecio absoluto.

 

Durante años Anna había reducido a todos los que la rodeaban a simples objetos.

 

Sirvientes.

 

Herramientas.

 

Cosas.

 

—¿Mi… mi lady?

 

La voz temblorosa de la muchacha me devolvió al presente.

 

Respiré hondo.

 

Luego volví a mirarla.

 

—Tu nombre —dije con suavidad—. Quiero saberlo.

 

Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendidos.

 

Durante unos segundos pareció no saber qué responder.

 

Finalmente habló.

 

—Eliana.

 

El nombre cayó en la habitación con una suavidad inesperada.

 

Eliana.

 

Lo repetí en mi mente.

 

Era un nombre simple.

 

Pero también era algo que Anna jamás se había molestado en aprender.

 

—Gracias, Eliana.

 

Ella dio un pequeño paso atrás.

 

Confundida.

 

Desconcertada.

 

Quizás incluso asustada por razones que ni siquiera entendía.

 

Y no podía culparla.

 

Después de todo…

 

yo tampoco entendía todavía en qué me había convertido.

 

El silencio volvió a instalarse en la habitación después de que Eliana pronunciara su nombre. Durante unos segundos ninguna de las dos se movió, como si aquel pequeño intercambio hubiera alterado algo invisible en el aire.

 

Finalmente fue ella quien rompió el silencio.

 

—Mi lady… —dijo con cautela, evitando mirarme directamente a los ojos—. Hoy es el día del desayuno semanal con Lady Altheria.

 

El nombre provocó una reacción inmediata en mi mente.

 

No fue un recuerdo suave.

 

Fue una avalancha.

 

Imágenes que se abrieron paso entre los fragmentos de memoria que ya había visto antes.

 

Un jardín cubierto de escarcha.

 

Una niña de cabello negro intentando sostener una espada demasiado pesada para sus brazos.

 

Una mujer alta de cabello blanco observándola con paciencia.

 

Lady Altheria.

 

La consejera del duque.

 

La mujer que había supervisado la educación de Anna desde que era pequeña. Quien le enseñó historia, política, etiqueta… y también cómo controlar el poder que corría por la sangre de la familia D’Valrienne.

 

Pero no todos los recuerdos eran tranquilos.

 

Otros eran mucho más oscuros.

 

Un salón silencioso donde los sirvientes temblaban mientras Anna pronunciaba una sentencia cruel.

 

Una copa arrojada contra la pared.

 

Una muchacha llorando en el suelo mientras el bastón golpeaba el mármol.

 

Y en el fondo de todas esas escenas, siempre estaba ella.

 

Lady Altheria.

 

Observando.

 

Sin intervenir.

 

Sin marcharse.

 

Incluso cuando la crueldad de Anna había cruzado límites que cualquier otra persona habría abandonado.

 

La pregunta surgió en mi mente casi sin darme cuenta.

 

¿Por qué nunca se fue?

 

¿Por qué alguien como ella seguía aquí después de todo lo que Anna había hecho?

 

—¿Mi lady? —la voz de Eliana me devolvió al presente.

 

Parpadeé.

 

—Sí… —respondí finalmente—. Lo recuerdo.

 

Eliana inclinó la cabeza, aliviada de no tener que explicar algo que probablemente temía mencionar demasiado.

 

—El desayuno ya está preparado.

 

Asentí lentamente.

 

Por dentro, sin embargo, mi pecho se sentía pesado.

 

Lady Altheria no era una simple sirvienta ni una cortesana más de la corte.

 

Era alguien que conocía a Anna desde antes de que su crueldad se convirtiera en leyenda dentro de la mansión.

 

Si alguien podía notar que algo había cambiado…

 

sería ella.

 

Respiré hondo antes de dirigirme hacia la puerta.

 

—Vamos.

 

Los pasillos de la mansión parecían aún más silenciosos que antes. Los vitrales proyectaban manchas de luz sobre el suelo de mármol mientras avanzábamos por el corredor principal.

 

A cada paso que daba, algo curioso ocurría.

 

Mi postura cambiaba.

 

No de forma consciente.

 

El cuerpo lo hacía por sí solo.

 

La espalda se enderezaba.

 

Los hombros se alineaban.

 

El paso se volvía firme, elegante, medido.

 

Era como si los recuerdos del cuerpo se impusieran sobre mi torpeza natural, obligándome a moverme con la misma dignidad fría que Anna había mostrado durante años.

 

Incluso mis manos se acomodaron sobre la falda del vestido con un gesto natural que no recordaba haber aprendido.

 

Aquello me inquietó.

 

El cuerpo recordaba demasiado bien quién había sido su dueña.

 

Al doblar el último pasillo llegamos frente a las puertas del comedor principal.

 

Dos sirvientes estaban allí, esperando.

 

En cuanto me vieron, ambos se tensaron de inmediato.

 

Sus espaldas se enderezaron y sus miradas se clavaron en el suelo, como si el simple hecho de cruzar los ojos conmigo pudiera traer consecuencias.

 

Uno de ellos abrió la puerta con rapidez.

 

—Lady D’Valrienne.

 

El salón estaba preparado para el desayuno.

 

Una mesa larga cubierta con un mantel blanco impecable ocupaba el centro de la habitación. La luz de la mañana se filtraba a través de los altos ventanales, iluminando la vajilla de porcelana y las bandejas de plata dispuestas con precisión perfecta.

 

Pero lo primero que noté no fue la comida.

 

Fue el silencio.

 

En cuanto entré en la sala, todos los sirvientes se tensaron al mismo tiempo.

 

Era un movimiento casi imperceptible.

 

Un cambio en la respiración.

 

En la forma en que sostenían las bandejas.

 

En la manera en que evitaban mirarme directamente.

 

Aquel miedo seguía vivo.

 

Aunque yo ya no fuera la misma persona.

 

Seguí caminando.

 

Mi cuerpo mantuvo la misma postura elegante de siempre, la misma calma distante que Anna había perfeccionado durante años.

 

Incluso cuando por dentro mi corazón latía con fuerza.

 

Llegué hasta la mesa.

 

La silla principal estaba allí.

 

Esperando.

 

Me detuve un segundo ante de sentarme.

 

Luego tomé asiento.

 

El silencio en la habitación se volvió aún más pesado.

 

Y fue entonces cuando levanté la mirada.

 

Lady Altheria ya estaba allí.

 

Esperando.

 

La mujer que estaba sentada frente a mí no era alguien que pudiera pasar desapercibida.

 

Lady Altheria mantenía la espalda recta mientras sostenía una taza de porcelana entre sus manos. Su cabello blanco estaba recogido en una larga trenza que caía sobre uno de sus hombros, y sus ojos ámbar tenían esa clase de brillo que solo poseen las personas acostumbradas a observar más de lo que hablan.

 

Su vestido era sobrio, de tonos oscuros, elegante sin necesidad de adornos excesivos. No llevaba joyas llamativas, solo un anillo antiguo con el emblema del ducado.

 

Pero lo que realmente destacaba de ella no era su apariencia.

 

Era su presencia.

 

Lady Altheria tenía la mirada de alguien que había pasado toda una vida estudiando a las personas, aprendiendo a reconocer mentiras, debilidades y cambios imperceptibles.

 

Y ahora mismo, estaba observándome con una atención absoluta.

 

Durante unos segundos no dijo nada.

 

Sus ojos recorrieron cada detalle.

 

Mi postura.

 

Mis manos.

 

La forma en que había entrado al salón.

 

Finalmente habló.

 

—Curioso.

 

Su voz era tranquila, firme, con una autoridad que no necesitaba elevarse para hacerse escuchar.

 

—Esperaba que entraras con el mismo aire de superioridad de siempre.

 

Tomó un pequeño sorbo de su té antes de continuar.

 

—O que al menos reprendieras a alguno de los sirvientes por no inclinarse lo suficiente.

 

Nadie en la sala respiraba.

 

Los sirvientes permanecían inmóviles, como estatuas.

 

Esperando.

 

Siempre esperando.

 

Yo bajé ligeramente la mirada hacia mi taza.

 

—No estoy de ánimo para eso hoy.

 

Lady Altheria arqueó apenas una ceja.

 

—¿No?

 

Sus ojos no abandonaban mi rostro.

 

—Eso también es… curioso.

 

No respondí.

 

No sabía qué decir que no empeorara la situación.

 

Por suerte, algo interrumpió el momento.

 

Una sirvienta se acercaba con una bandeja de plata.

 

No era Eliana.

 

Era otra muchacha, más joven, con las manos temblando mientras sostenía la tetera.

 

Servir el té a Anna era una de las tareas que más miedo causaba entre el personal de la mansión. Un pequeño error podía terminar en gritos… o en algo peor.

 

La muchacha se detuvo junto a mi silla.

 

Podía ver cómo sus dedos temblaban.

 

Con cuidado inclinó la tetera sobre mi taza.

 

Pero algo salió mal.

 

Quizás sus manos estaban demasiado tensas.

 

Quizás el miedo la hizo perder el control.

 

Un pequeño chorro de té caliente se derramó sobre la mesa… y una gota cayó sobre la manga de mi vestido.

 

El tiempo pareció detenerse.

 

El sonido del líquido golpeando la tela fue casi imperceptible.

 

Pero en aquella habitación silenciosa… fue suficiente.

 

La sirvienta se quedó paralizada.

 

Los demás criados bajaron la mirada inmediatamente.

 

Incluso Eliana, que estaba al fondo del salón, se tensó.

 

Todos sabían lo que venía después.

 

Los gritos.

 

La humillación.

 

Tal vez el bastón.

 

Pero nada de eso ocurrió.

 

Miré la pequeña mancha oscura en la tela de mi manga.

 

Luego levanté la mirada hacia la muchacha.

 

Estaba pálida.

 

Tan pálida que parecía a punto de desmayarse.

 

Sus labios temblaban.

 

—Lo… lo siento, mi lady…

 

Su voz apenas era un susurro.

 

Extendí la mano lentamente.

 

La joven se encogió ligeramente, esperando un golpe.

 

En cambio, tomé la tetera de sus manos con cuidado.

 

—Está bien —dije con calma.

 

La coloqué nuevamente sobre la bandeja.

 

Luego tomé una servilleta de la mesa y limpié la mancha en mi manga.

 

—Fue un accidente.

 

La muchacha no parecía capaz de procesar lo que acababa de ocurrir.

 

Permanecía inmóvil, mirándome como si estuviera viendo algo imposible.

 

—Puedes retirarte —añadí con tranquilidad.

 

Ella inclinó la cabeza de inmediato.

 

—S-sí, mi lady.

 

Se marchó con pasos rápidos, todavía visiblemente temblorosa.

 

El silencio volvió a caer sobre la sala.

 

Pero esta vez era diferente.

 

Era más pesado.

 

Más incómodo.

 

Levanté la mirada.

 

Lady Altheria seguía observándome.

 

Sus ojos ámbar eran ahora más intensos.

 

Más atentos.

 

Finalmente dejó su taza sobre el platillo.

 

—Interesante.

 

Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos frente a su rostro.

 

—Muy interesante.

 

Durante unos segundos no dijo nada más.

 

Luego habló con calma.

 

—No sé qué está ocurriendo contigo hoy, Anna.

 

Sus ojos se clavaron en los míos.

 

—Pero definitivamente… algo está ocurriendo.

 

No añadió nada más.

 

No hizo preguntas.

 

Pero en su mirada había algo claro.

 

Sospecha.

 

Lady Altheria no volvió a hablar durante el resto del desayuno.

 

Pero tampoco apartó la mirada de mí.

 

Aquella observación constante pesaba más que cualquier interrogatorio. Cada vez que levantaba la taza o movía los cubiertos sentía sus ojos analizándolo todo, como si estuviera intentando desmontar una mentira pieza por pieza.

 

Cuando finalmente terminó, dejó la servilleta sobre la mesa con calma.

 

—Nos veremos la próxima semana —dijo con voz tranquila.

 

Se puso de pie con la misma elegancia serena que había mostrado desde el inicio.

 

Antes de marcharse, se detuvo un instante junto a mi silla.

 

Sus ojos ámbar se posaron sobre mí una última vez.

 

—Sea lo que sea que esté ocurriendo contigo, Anna… —murmuró con suavidad— espero que no sea otra de tus crueldades.

 

No esperó respuesta.

 

Simplemente se retiró.

 

El sonido de la puerta cerrándose resonó en el comedor vacío.

 

Los sirvientes permanecieron inmóviles durante unos segundos más, como si necesitaran asegurarse de que la tormenta realmente había pasado.

 

Luego comenzaron a moverse con cautela, retirando platos y tazas con movimientos silenciosos.

 

Nadie hablaba.

 

Nadie se atrevía.

 

Me levanté lentamente de la mesa.

 

El peso de las miradas seguía allí.

 

Aunque ahora era diferente.

 

No era solo miedo.

 

También había confusión.

 

Subí las escaleras sin decir nada.

 

Los pasillos de la mansión parecían aún más silenciosos que antes. La luz del atardecer comenzaba a filtrarse por los vitrales, pintando manchas rojas y doradas sobre el suelo de mármol.

 

Cuando finalmente regresé a la habitación, cerré la puerta detrás de mí.

 

Y entonces el silencio volvió.

 

Esta vez… completamente.

 

Me dejé caer sobre la cama.

 

El vestido crujió suavemente bajo mi peso mientras miraba el techo blanco.

 

Las imágenes del día regresaron una tras otra.

 

—Ala norte—

 

Mientras tanto, en otra parte de la mansión, Lady Altheria caminaba por el corredor que conducía a sus aposentos.

 

Sus pasos eran tranquilos, medidos.

 

Pero su mente no estaba en silencio.

 

Cuando cerró la puerta de su habitación, se detuvo unos segundos frente a la ventana. La luz del atardecer teñía el cielo de rojo oscuro, como si el día se negara a morir sin antes dejar una última señal.

 

Lady Altheria cruzó los brazos lentamente.

 

Sus ojos ámbar permanecían pensativos.

 

Había visto a Anna d’Valrienne crecer desde niña.

 

Había presenciado el momento en que aquella niña orgullosa se convirtió en algo mucho más peligroso.

 

Cruel.

 

Fría.

 

Implacable.

 

Había visto castigos que habrían hecho marcharse a cualquier otra persona.

 

Y aun así…

 

ella nunca se fue.

 

Pero lo que había ocurrido esa mañana no encajaba con nada de lo que conocía.

 

Anna no había alzado la voz.

 

No había humillado a nadie.

 

Ni siquiera castigó a la sirvienta que derramó el té.

 

Lady Altheria cerró los ojos un momento.

 

Recordaba demasiado bien cómo reaccionaba Anna ante errores mucho menores.

 

Cuando volvió a abrirlos, una pequeña arruga apareció entre sus cejas.

 

—Curioso… —murmuró para sí misma.

 

Sus dedos se apoyaron en el borde de la ventana mientras observaba el cielo.

 

Una sola pregunta giraba en su mente.

 

¿Había cambiado realmente?

 

¿O solo era otra máscara?

 

Sus labios se curvaron levemente en una expresión pensativa.

 

—¿Será posible… —susurró— que la Rosa Negra haya perdido sus espinas?

 

El silencio de la habitación no respondió.

 

Pero en su mirada aún brillaba la sospecha.