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Capitulo 17 Historias de soldados del Choco parte 2

oscarmauricio
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Durante los siguientes seis meses continuamos cumpliendo con nuestra función de enlace. Nuestra responsabilidad incluía la revista del armamento, los abastecimientos, la entrega de intendencia y…

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UNA NUEVA TRAGEDIA EN LA VÍA

Durante los siguientes seis meses continuamos cumpliendo con nuestra función de enlace. Nuestra responsabilidad incluía la revista del armamento, los abastecimientos, la entrega de intendencia y alimentación, el envío de las encomiendas de los soldados y la extracción de militares enfermos o que necesitaran atención médica. Era una labor permanente, porque de nosotros dependía que los hombres destacados en los diferentes puntos de la vía recibieran lo necesario para continuar cumpliendo su misión.

Después de seis meses ocurrió una situación que cambió nuevamente el ritmo de nuestro trabajo.

El comandante de uno de los pelotones de soldados regulares que se encontraba desplegado sobre la vía reportó por radio que uno de sus soldados estaba herido. Inicialmente se recibió la información como una situación médica que requería atención. Sin embargo, apenas unos minutos después llegó un nuevo reporte: el soldado había fallecido.

El comandante informó que, de acuerdo con la información que tenía en ese momento, aparentemente se trataba de un suicidio.

La noticia nos golpeó.

Como enlace de todas las compañías, yo conocía el procedimiento que debía seguirse ante una situación de esa naturaleza. Había que preparar el desplazamiento, coordinar con la Fiscalía y la Policía Judicial y garantizar la seguridad del personal que debía ingresar al lugar para realizar el levantamiento del cuerpo.

Además, debíamos aprovechar el desplazamiento para llevar cualquier elemento o personal que necesitara ingresar a ese sector, como normalmente hacíamos en nuestras misiones de enlace. Esta vez, sin embargo, el viaje tenía un propósito diferente y mucho más doloroso.

Aproximadamente media hora después de recibir el reporte, salimos desde Quibdó.

La camioneta en la que yo me desplazaba hacía parte del pequeño convoy que se dirigía hacia el punto donde estaba ubicado el pelotón de soldados regulares. Con nosotros avanzaban los vehículos destinados a brindar seguridad y el personal de la Fiscalía que realizaría el procedimiento correspondiente. Como escolta llevábamos un pelotón de soldados profesionales que acababa de regresar de permiso.

Antes de continuar hacia el punto de destino, pasamos por las instalaciones de la Fiscalía para recoger al personal que debía acompañarnos. Una vez reunidos todos, retomamos la carretera en dirección al lugar donde se encontraba el pelotón.

El punto de destino estaba ubicado antes de la Comisaría 8, sobre la vía donde permanecían desplegados los soldados regulares.

La distancia hacía que el desplazamiento tuviera nuevamente ese componente de incertidumbre que ya conocíamos. Cada vez que salíamos hacia los puntos donde estaban las compañías sabíamos que la carretera no era un simple trayecto entre dos lugares. Era parte de la zona de operaciones y podía convertirse en un escenario de riesgo en cualquier momento.

Esta vez, además, llevábamos a la Fiscalía para realizar el levantamiento de un compañero.

Mientras avanzábamos, yo pensaba en la diferencia entre el primer reporte y el segundo.

Primero habían dicho: “hay un soldado herido”.

Pocos minutos después: “el soldado murió”.

Y ahora nosotros íbamos hacia allí para comprobar qué había ocurrido.

La camioneta avanzaba por la misma carretera que durante meses habíamos recorrido llevando alimentos, armamento, encomiendas, uniformes y todo aquello que los soldados necesitaban para permanecer en sus posiciones. Pero esta vez el vehículo llevaba algo diferente: funcionarios judiciales y una escolta militar que se dirigían a recoger el cuerpo de uno de nuestros hombres.

El ambiente dentro de los vehículos era serio. Nadie necesitaba explicar demasiado lo que significaba aquella misión.

A medida que nos acercábamos al punto ubicado antes de la Comisaría 8, la tensión aumentaba.

Todavía no conocíamos todos los detalles de lo sucedido.

Solo sabíamos que un soldado había muerto.

Y que ahora nos correspondía llegar hasta allí, acompañar a la Fiscalía y enfrentar la realidad de lo ocurrido

Cuando finalmente llegamos al lugar donde se encontraba el pelotón, nos recibió el sargento que estaba al mando. Nos indicó el sitio donde había quedado el cuerpo del soldado. Con nosotros venían los funcionarios de la Fiscalía y también había llegado el oficial de operaciones, quien necesitaba conocer directamente lo sucedido.

Los soldados nos contaron que primero habían escuchado una fuerte explosión. Pensaron que podía tratarse de una granada. Pasaron aproximadamente dos minutos y escucharon un disparo. Cuando se acercaron al lugar encontraron al compañero sin vida.

El personal del CTI inició el procedimiento de inspección y levantamiento. Por las evidencias encontradas en el lugar y la posición en la que había quedado el cuerpo, todo indicaba que el soldado había intentado quitarse la vida utilizando primero una granada y, al sobrevivir a la explosión, había utilizado posteriormente su fusil.

La escena era difícil de asimilar.

Habíamos visto compañeros muertos en combate. Habíamos llegado después de enfrentamientos, habíamos recogido heridos y habíamos acompañado a hombres que habían perdido la vida cumpliendo una misión. Pero aquella situación era diferente.

No había sido el enemigo quien había terminado con su vida.

Había sido él mismo.

Y lo más doloroso era que ninguno de nosotros sabía qué estaba pasando por su mente.

Mientras el personal del CTI realizaba el procedimiento, revisaron también sus pertenencias. Fue entonces cuando encontraron una carta dirigida a su madre.

El funcionario encargado nos permitió conocer su contenido.

LA CARTA DE UN SOLDADO

Mamá:

Ya no tienes que seguir preocupándote por nuestra casa. Sé que las cosas han sido muy difíciles para ti y que muchas veces has tenido que preocuparte por cómo conseguir el dinero para pagar el arriendo, la comida y todo lo que necesitamos.

Yo sé que tú has sufrido mucho y que muchas veces has tenido que aguantar cosas que no merecías. También sé que mi hermanita necesita un lugar donde pueda vivir tranquila y que ustedes no tengan que seguir pasando necesidades.

He pensado mucho en ustedes. Sé que el Ejército va a ayudar a mi familia. Sé que para el Ejército yo valgo algo y que, después de mi muerte, van a recibir una ayuda. He escuchado que esa plata puede servir para que ustedes puedan conseguir una casa y no tengan que seguir viviendo con el miedo de que las saquen o las humillen porque no pueden pagar.

Quiero que uses esa ayuda para mi hermanita y para que tú puedas estar tranquila. No quiero que sigas sufriendo por la casa ni por las cosas que nos han hecho falta.

Perdóname, mamá. Sé que esto te va a causar mucho dolor, pero yo siento que de esta manera puedo ayudarles.

Te quiero mucho, mamá. Cuida a mi hermanita.

Te amo.

Aquellas palabras fueron, para mí, más dolorosas que cualquier otra cosa que hubiéramos encontrado aquel día.

Porque detrás del uniforme había un muchacho.

Un hijo.

Un hermano.

Un ser humano que estaba cargando problemas que nosotros no conocíamos.

Y quizás lo más triste era pensar que él creyó que la única manera de ayudar a su familia era dejando de existir.

La carta no hablaba de un soldado pensando en la guerra. Hablaba de un hijo pensando en su mamá.

Ese momento me hizo comprender algo que durante tantos años de servicio aprendí a valorar cada vez más: un comandante no puede conocer solamente al soldado que tiene delante cuando está formado, armado y cumpliendo una orden. También necesita conocer al ser humano que existe detrás del uniforme.

A veces un cambio en el comportamiento, una mirada diferente, el aislamiento, el silencio o una preocupación que parece pequeña pueden ser señales de que un hombre está atravesando una situación que no sabe cómo enfrentar.

Tal vez, si alguien hubiera podido hablar con él a tiempo, si hubiera encontrado la confianza suficiente para contar lo que estaba viviendo, la historia habría sido diferente.

Nunca podremos saberlo.

Y esa es una de las cosas que más pesan después de una tragedia: quedarse con preguntas que ya nadie puede responder.

El levantamiento terminó y el cuerpo del soldado fue retirado. Nosotros regresamos con el silencio propio de quienes acababan de presenciar algo que permanecería en la memoria durante muchos años.

He visto la muerte de diferentes maneras a lo largo de mi vida militar. He visto hombres caer en combate y he conocido el dolor de perder compañeros. Pero aquella muerte tuvo un significado diferente, porque detrás de ella había una familia que probablemente nunca alcanzó a comprender completamente qué ocurrió con su hijo.

Por eso, cuando recuerdo aquel día, no quiero recordarlo solamente como el día en que murió un soldado.

Quiero recordarlo como una advertencia.

A todos los que hemos tenido la responsabilidad de comandar hombres: debemos aprender a escuchar.

Debemos conocer a nuestros soldados, saber cómo están, preguntar por sus familias, observar sus cambios y acercarnos cuando notemos que algo no está bien. No somos solamente responsables de que cumplan una misión; también tenemos una responsabilidad humana con las personas que tenemos bajo nuestro mando.

La disciplina es necesaria.

La exigencia también.

Pero ninguna misión puede estar por encima de la vida de un hombre.

Aquel soldado dejó una carta para su madre pensando que su muerte podía solucionar los problemas de su familia.

Para mí, esa fue la parte más triste de toda aquella historia.

Porque tal vez él necesitaba solamente que alguien le dijera que todavía existían otras salidas.

Y esa es la enseñanza que quiero dejar de aquel episodio: cuando un soldado cambia, cuando se aísla, cuando deja de hablar o cuando parece estar cargando un peso que no puede soportar, no debemos esperar a que ocurra una tragedia para acercarnos. Hay conversaciones que pueden salvar una vida.

Aquella carta todavía permanece en mi memoria.

No por la forma en que murió.

Sino por todo lo que pudo haber sido diferente si alguien hubiera alcanzado a escuchar a tiempo.

Lo más triste fue saber que, después de todo lo ocurrido, todavía faltaba la llamada a su madre. Esa vez le correspondió al suboficial de personal comunicarle que su hijo había fallecido y explicarle las circunstancias.

Para nosotros terminó un procedimiento; para aquella madre comenzaba un dolor que llevaría para siempre.

Aquel día quedó una enseñanza que nunca olvidé: detrás de cada soldado hay una familia, y cuidar al hombre también hace parte de la misión

Thoughts

  • TeresaGuz

    Te he leído entero, como los otros capítulos, y me quedo con los dos reportes seguidos: primero un herido y a los pocos minutos un muerto, y vosotros ya en la camioneta media hora después sin saber nada más. La carta la leo como una cuenta que el muchacho echó a solas, con el arriendo y la hermanita en un lado y él en el otro, y nadie delante para decirle que la cuenta estaba mal hecha. Tú mismo lo dices al final. ¿Llegaste a saber si esa ayuda que él daba por segura le llegó a la madre?

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  • juntaLarga

    El muchacho hizo el cálculo con la única cifra que le habían dejado a la vista, la ayuda que llega después de la muerte. Ninguna otra salida venía puesta en la lista que él tenía delante.

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  • lautarito_

    Uf, la carta a la mamá

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