EL PRIMER ABASTECIMIENTO
Ya habían pasado quince días desde que recibí oficialmente el cargo de enlace.
A esas alturas ya me encontraba prácticamente solo al frente de la función. Había aprendido el movimiento de las compañías, conocía sus necesidades y comenzaba a entender la responsabilidad que significaba mantener comunicadas y abastecidas a las unidades que se encontraban desplegadas en el área de operaciones.
Las compañías tenían nombres que, con el tiempo, terminaría asociando a muchas historias de mi paso por el Chocó:
Atacador, Batallador, Cazador, Destructor y Espada.
La compañía Espada tenía una particularidad: permanecía en la Base Militar del 20, una posición fija que requería un abastecimiento mensual.
Las demás compañías tenían sus pelotones desplegados en diferentes sectores. No permanecían permanentemente sobre la vía. Cuando llegaba el momento del abastecimiento, los pelotones se desplazaban hasta diferentes puntos previamente establecidos para recibir los suministros y posteriormente regresar a sus respectivas áreas.
Aquello se hacía de esa manera por razones de seguridad.
El enemigo conocía las rutas y sabía que los abastecimientos tenían que llegar.
Por eso no existía una rutina completamente predecible.
Cada movimiento debía hacerse con cuidado.
Ya se acercaba mi primer gran abastecimiento.
Faltaban tres días.
Me reuní nuevamente con la oficina de operaciones para organizar todos los detalles. El mayor me explicó la dinámica que debía seguir y las condiciones particulares de la vía hacia Medellín.
El desplazamiento comenzaría aproximadamente a las siete de la noche.
La ruta se extendería hasta el último punto de abastecimiento, ubicado aproximadamente hacia el kilómetro 11, donde se encontraba uno de los pelotones en la parte alta.
Había otro aspecto que debía tener muy presente: las comunicaciones.
Desde que saliera hacia la vía, habría sectores donde probablemente perdería la señal de radio. Por eso debía reportarme únicamente en los puntos donde existiera comunicación.
Desde esos lugares, el mayor informaría a los pelotones sobre mi ubicación y ellos estarían atentos para recibir el abastecimiento.
Esa era la mecánica.
Llegar hasta los puntos establecidos.
Entregar los suministros.
Recibir las novedades.
Continuar avanzando.
Y hacerlo sin convertir el desplazamiento en una rutina que pudiera ser aprovechada por el enemigo.
TRES DÍAS PARA PREPARARLO TODO
La orden ya estaba dada.
Ahora comenzaba mi trabajo.
Debía recibir y revisar los víveres, organizar las encomiendas, verificar el personal que ingresaba y el que salía de las compañías por diferentes circunstancias y preparar el dinero y los demás elementos que debían llegar al área.
No podía faltar nada.
Un error en la organización podía significar que un pelotón quedara sin algún elemento indispensable durante varios días.
Con mis auxiliares comenzamos a organizar la bodega.
Todo debía quedar preparado con anticipación.
La distribución de los víveres también tenía que hacerse de acuerdo con el orden en que los pelotones serían abastecidos.
Tendríamos dos vehículos.
Uno estaría destinado a los abastecimientos de los pelotones ubicados sobre la vía. Los víveres debían organizarse de manera que el primer pelotón que apareciera en la ruta pudiera recibir su carga sin necesidad de desordenar todo el vehículo.
Los últimos abastecimientos quedarían ubicados hacia la parte posterior.
El segundo vehículo tendría una misión diferente: transportar el abastecimiento mensual de la Compañía Espada, ubicada en la Base Militar del 20.
Era una cantidad considerable de suministros, porque allí permanecían varios pelotones y el abastecimiento correspondía a todo un mes.
Tenía tres días.
Tres días para recibir, revisar, organizar y cargar.
Tres días para asegurarme de que los hombres que estaban en el área recibieran lo que necesitaban.
Pero mientras organizaba los víveres en la bodega, había algo que comenzaba a rondarme la cabeza.
Yo conocía el trabajo de los soldados en el terreno.
Sabía lo que significaba esperar un abastecimiento.
Ahora me correspondía ser quien lo llevara.
Y aquella primera salida por una vía considerada peligrosa sería mi primera prueba como enlace.
Todavía estaba dentro del batallón.
Todavía tenía tiempo para revisar cada detalle.
Pero faltaban solamente tres días para salir.
Y en el Chocó, tres días podían ser suficientes para que una misión perfectamente planeada cambiara por completo.
Faltaban dos días para el abastecimiento cuando, a las siete de la mañana, llegó una comunicación que cambió por completo nuestros planes: la Base Militar del 20 estaba siendo atacada. La base estaba organizada dos pelotones de 36 soldados regulares mas uno oficial y 4 suboficiales, dividos en cuatro núcleos de seguridad: Argentina, Colombia, Perú y Brasil. El núcleo Colombia se encontraba en la parte alta; más abajo estaba Argentina, seguido por Perú, mientras Brasil cubría la parte inferior y el acceso principal sobre la carretera. El ataque provenía de un punto cercano, paralelo a la base, y según los reportes se trataba de integrantes del ELN.
El radioperador transmitió la situación mientras desde el batallón permanecíamos atentos a las comunicaciones. Durante aproximadamente veinte minutos se mantuvo el intercambio de fuego. Aunque ese tiempo podía parecer corto, escuchar a los compañeros combatiendo al otro lado del radio hacía que cada minuto se sintiera mucho más largo. Finalmente, mi capitán informó que el ataque había terminado, pero inmediatamente llegó una nueva comunicación: los guerrilleros habían dejado una bandera aproximadamente doscientos metros de la base, sobre la carretera.
El oficial de operaciones ordenó verificar el lugar y retirar la bandera. Mi capitán salió con algunos soldados para cumplir la orden y se aproximaron con precaución, conscientes de que aquella bandera podía ser un señuelo. Antes de llegar hasta ella, se produjo una fuerte explosión. La mina había sido preparada para causar el mayor daño posible y estaba cargada con fragmentos metálicos, entre ellos numerosas puntillas. Tres soldados resultaron heridos: una de las puntillas atravesó el radio que llevaba uno de ellos y terminó incrustada en su pecho; otro recibió una herida en la pierna y el tercero fue alcanzado en un brazo.
La comunicación llegó nuevamente al batallón informando que había soldados heridos y que era necesario evacuarlos. Entonces recibí la orden de desplazarme hacia la Base del 20. Conocía perfectamente aquella carretera y sabía el riesgo que implicaba recorrerla durante el día. Existían antecedentes de ataques contra soldados en ese mismo corredor, por lo que cualquier desplazamiento debía hacerse con especial precaución. Sin embargo, en esta ocasión las unidades estaban relativamente cerca de la vía y eso nos daba una ventaja.
Preparé la camioneta. ya que la ambulancia seria muy visible y una camioneta no, No iría solo: me acompañarían el conductor un enfermero de combate y una doctora, quienes llevaban el material necesario para atender y estabilizar a los heridos. Comenzamos el recorrido mientras yo no podía dejar de pensar en lo ocurrido. El ataque inicial había terminado, pero la bandera demostraba que el enemigo había dejado preparada una segunda acción. La mina había sido colocada precisamente donde sabían que alguien tendría que acercarse para verificarla.
La carretera permanecía aparentemente tranquila, pero nosotros sabíamos que esa tranquilidad podía ser engañosa. Cada tramo exigía atención y cada minuto que pasaba significaba más tiempo para que los heridos esperaran atención médica. Después de aproximadamente una hora de desplazamiento, logramos llegar a la Base Militar del 20 sin sufrir otro incidente.
Al entrar en la base pude comprobar la dimensión de lo ocurrido. Los compañeros necesitaban atención y el personal médico debía actuar rápidamente. Para mí, aquella situación empezaba a darle un significado diferente a la función que acababa de asumir como enlace. Yo había llegado al Chocó para garantizar que a los soldados no les faltaran víveres, armamento, intendencia y demás elementos necesarios para cumplir su misión, pero ahora también estaba comprobando que ser enlace significaba estar dispuesto a salir por ellos cuando las circunstancias lo exigieran.
LA SALIDA DE LA BASE
La doctora y el enfermero de combate habían logrado estabilizar a los tres soldados, pero el estado del que llevaba la puntilla incrustada en el pecho seguía siendo nuestra mayor preocupación. No podíamos saber cuánto tiempo podría mantenerse estable y necesitábamos llegar a Quibdó lo antes posible.
Sin embargo, salir de la Base Militar del 20 no era simplemente encender un vehículo y tomar la carretera. Afuera estaba el mismo corredor donde minutos antes habían atacado a nuestros compañeros y donde habían dejado una mina como trampa. Todos conocíamos los antecedentes de esa vía y sabíamos que el enemigo podía estar esperando nuestra salida.
La orden del oficial de operaciones fue que los pelotones salieran primero y ocuparan diferentes puntos sobre la carretera. Debían hacer presencia y verificar que el desplazamiento pudiera comenzar. Mientras ellos se exponían sobre la vía, nosotros permanecíamos dentro de la base esperando los reportes.
El tiempo parecía detenerse.
La doctora revisaba nuevamente a los heridos. El enfermero permanecía pendiente de cualquier cambio, especialmente del soldado que tenía la lesión en el pecho. Yo observaba las comunicaciones y esperaba que llegaran los reportes de los pelotones.
Entonces comenzaron a escucharse las voces por el radio.
—Punto ocupado.
Otro reporte.
—Sin novedad.
Después otro.
Los hombres estaban sobre la carretera.
Sabíamos lo que significaba aquello: nuestros compañeros estaban saliendo primero para que nosotros pudiéramos salir después.
Finalmente llegó la autorización.
El soldado que conduciría encendió el vehículo.
Durante unos segundos nadie habló.
El motor quedó encendido mientras la puerta de la base permanecía abierta frente a nosotros. Afuera estaba la carretera y, más allá, una zona que podía esconder cualquier cosa.
La doctora volvió a revisar a los heridos.
—Está estable —dijo sobre el más grave.
Aquellas palabras nos dieron un poco de tranquilidad, pero no suficiente.
Comenzamos a salir.
El vehículo abandonó lentamente la seguridad de la base y tomó la carretera hacia Quibdó. Detrás quedaban nuestros compañeros asegurando la posición y delante teníamos varios kilómetros de un corredor que sabíamos que podía convertirse en una trampa.
Todos permanecíamos atentos.
El radio seguía encendido.
Cada vez que llegaba una comunicación, nuestra atención se concentraba inmediatamente en ella. Queríamos saber que los pelotones continuaban en sus posiciones y que no había ningún movimiento extraño.
Pero nuestra mayor preocupación viajaba dentro del vehículo.
El soldado herido permanecía inmóvil. La doctora y el enfermero no dejaban de vigilarlo. Cada minuto que pasaba sin una complicación era un pequeño alivio, pero nadie se atrevía a confiarse.
Yo pensaba en lo que había ocurrido apenas unas horas antes.
Primero el ataque.
Después la bandera.
Luego la explosión.
Tres compañeros heridos.
Y ahora nosotros saliendo por la misma carretera, llevando a esos hombres que necesitaban llegar vivos a Quibdó.
El silencio dentro del vehículo era pesado.
No era el silencio de un viaje normal.
Era el silencio de hombres que sabían que cualquier cosa podía ocurrir.
Avanzábamos mientras los pelotones permanecían desplegados más adelante. Ellos eran nuestros ojos sobre la carretera y nosotros dependíamos de sus reportes para continuar.
Por momentos, la única señal de que todo seguía bajo control era escuchar una voz en el radio.
—Sin novedad.
Entonces podíamos respirar nuevamente.
Pero solo por unos segundos.
Porque sabíamos que todavía faltaba mucho camino.
Y detrás de nosotros quedaba una base que acababa de ser atacada.
Delante estaba una carretera controlada por el enemigo.
En medio de todo aquello viajaban tres soldados heridos, uno de ellos con una puntilla incrustada en el pecho.
La doctora continuaba revisando al soldado que llevaba la puntilla incrustada en el pecho. Al principio había logrado mantenerse consciente y responder algunas preguntas, pero con el paso de los minutos comenzamos a notar que su estado estaba cambiando. Su respiración se hacía más pesada y cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos.
La doctora le hablaba constantemente para mantenerlo consciente, mientras el enfermero permanecía atento a sus signos. El rostro del soldado había perdido el color y su cuerpo comenzaba a mostrar el cansancio propio de quien estaba luchando contra una herida grave. Cada movimiento del vehículo parecía afectarlo.
—No se duerma, mi soldado. Míreme —le repetía la doctora.
Él intentaba responder, pero cada vez lo hacía con menos fuerza. En algunos momentos parecía perder la conciencia y luego volvía a abrir los ojos, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por mantenerse despierto.
Yo observaba aquella escena sin poder hacer mucho más que confiar en quienes lo estaban atendiendo. La puntilla seguía incrustada en su pecho y todos éramos conscientes de que su situación podía empeorar en cualquier momento.
La carretera continuaba delante de nosotros y Quibdó todavía parecía demasiado lejos.
En uno de esos momentos, la doctora volvió a revisarlo y su expresión cambió. Le habló nuevamente, pero esta vez con mayor firmeza. El soldado apenas reaccionó.
Fue entonces cuando comprendí que el tiempo comenzaba a jugar en nuestra contra.
Ya no se trataba solamente de llegar rápido.
Necesitábamos llegar antes de que aquel hombre dejara de luchar.
LA LLEGADA A QUIBDÓ
Pasados aproximadamente cuarenta y cinco minutos, finalmente llegamos a Quibdó. Para nosotros fue un alivio, pero la misión todavía no había terminado. Los tres soldados fueron trasladados de inmediato al hospital de la ciudad, donde el personal médico comenzó a atenderlos.
Los dos soldados que tenían las heridas menos graves fueron intervenidos para retirarles las puntillas que habían quedado incrustadas. Después de la atención médica permanecieron hospitalizados durante esa noche, bajo observación. Al día siguiente, una vez que los médicos consideraron que estaban estables, fueron trasladados nuevamente al batallón para continuar allí con su recuperación.
El caso del tercer soldado era completamente diferente.
La herida en el pecho había sido mucho más grave de lo que inicialmente habíamos imaginado. La puntilla había atravesado el pulmón y permanecía alojada en su cuerpo. El personal médico tuvo que llevarlo a cirugía para poder extraerla y tratar las lesiones que había ocasionado.
Esa noche permanecimos pendientes de su evolución. Después de todo lo que habíamos vivido durante el desplazamiento, verlo entrar a cirugía nos hacía pensar nuevamente en lo cerca que habíamos estado de perderlo.
La intervención terminó y, por fortuna, logró sobrevivir.
Sin embargo, los médicos nos explicaron que necesitaba continuar su tratamiento en un centro hospitalario de mayor capacidad. El hospital de Quibdó había hecho todo lo que estaba a su alcance, pero las condiciones y el nivel de atención disponible no permitían continuar allí con el manejo de una lesión de esa gravedad.
Al día siguiente fue preparado para ser trasladado en avión ambulancia hacia Medellín, donde podría recibir atención especializada y continuar con su recuperación.
Cuando finalmente lo vimos salir rumbo a Medellín, sentimos una mezcla de alivio y preocupación. Había sobrevivido a la explosión, había soportado el trayecto hasta Quibdó y había pasado por una cirugía compleja. Ahora comenzaba otra etapa de su recuperación, lejos de nosotros.
Como siempre ocurre en la vida militar, la guerra había dejado nuevamente sus consecuencias.
Esta vez, por fortuna, no había dejado muertos.
Habíamos comenzado aquella jornada como funcionarios nuevos, apenas asumiendo nuestros cargos y tratando de entender las responsabilidades que nos habían asignado. En cuestión de horas, aquella transición había quedado atrás. La realidad del servicio nos había recibido de una manera que ninguno de nosotros esperaba.
Apenas estábamos comenzando nuestra nueva etapa en el Batallón Alfredo Manosalva y ya habíamos comprobado que, en el Ejército, las responsabilidades pueden cambiar en cuestión de minutos.
Habíamos salido de la base para cumplir una misión logística.
Regresábamos con tres compañeros heridos.
Y mientras los veíamos ser atendidos, comprendí nuevamente que detrás de cada operación, de cada desplazamiento y de cada orden, siempre había algo mucho más importante:
la vida de los hombres que estaban bajo nuestra responsabilidad.