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Capitulo 11 el puente de Villalobos

oscarmauricio
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Después de seis meses de operaciones, llegó la orden que ninguno sabía exactamente cómo recibiríamos: la FURED sería desintegrada.

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Después de seis meses de operaciones, llegó la orden que ninguno sabía exactamente cómo recibiríamos: la FURED sería desintegrada.

Cada pelotón debía regresar a su unidad de origen. Después de tantos meses compartiendo operaciones, caminatas, combates, noches sin dormir y momentos que difícilmente olvidaríamos, nuevamente cada uno tomaría su propio rumbo.

Nosotros regresamos al Putumayo, nuestra unidad de origen.

Volvíamos con el cansancio de seis meses de operaciones, pero también con muchas experiencias que quedarían para siempre en nuestra memoria. Habíamos perdido compañeros, habíamos vivido momentos difíciles y también habíamos cumplido misiones que nunca olvidaríamos.

La FURED dejaba de existir como unidad.

Pero las historias vividas durante esos seis meses permanecerían con nosotros.

TIEMPO PARA VOLVER A CASA

Finalmente llegamos a la base de Santana, Putumayo.

Después de seis meses de operaciones, de largas caminatas, combates, noches de incertidumbre y de haber vivido situaciones que difícilmente se podían olvidar, por fin teníamos un tiempo para nosotros.

Nos dieron un mes de vacaciones.

Era hora de descansar, de volver a nuestras casas y compartir nuevamente con nuestras familias. Después de tanto tiempo en el área de operaciones, volver a estar con los nuestros tenía un significado diferente.

Necesitábamos recuperar fuerzas, dormir tranquilos y disfrutar de algo que durante las operaciones muchas veces parecía lejano: la tranquilidad de estar en casa.

Por un mes dejamos atrás los uniformes, las patrullas y las noches de vigilancia.

Por un mes volvimos a ser simplemente hijos, esposos, padres, hermanos y amigos.

Pero, aunque estábamos de vacaciones, sabíamos que tarde o temprano tendríamos que regresar.

EL REGRESO A CASA

Después de varios meses regresé finalmente a casa.

Allí estaban mi esposa y mi hijo, que apenas tenía un año. Volver a verlos después de tanto tiempo fue una sensación difícil de explicar. llevaba un dos años de casado.

Yo había regresado cambiado.

Había perdido peso y estaba mucho más delgado. Mi esposa también notó que algo en mí era diferente. Según ella, mi semblante había cambiado. Tal vez tenía razón.

Hay cosas que uno vive y que, aunque no quiera, terminan reflejándose en la mirada, en el silencio y en la forma de ver la vida.

Sin embargo, como soldado, uno aprende a decir que está bien, incluso cuando por dentro lleva recuerdos difíciles. Por más momentos duros que hubiera vivido, estaba nuevamente en casa, y eso era lo único que quería sentir en ese momento.

La primera noche no pude descansar completamente.

Cuando cerraba los ojos, muchos recuerdos venían a mi mente. Imágenes, momentos y rostros de los meses que había pasado en operaciones aparecían una y otra vez. Pero entonces recordaba dónde estaba.

Estaba en casa.

Y poco a poco trataba de encontrar tranquilidad.

Pasé un mes feliz junto a mi familia. Volví a comer bien, a dormir en una cama y a disfrutar de las cosas sencillas que, después de tantos meses en operaciones, adquirían un valor completamente diferente.

Ver crecer a mi hijo.

Compartir con mi esposa.

Salir de casa.

Respirar con tranquilidad.

Disfrutar del silencio sin tener que preguntarme de dónde podía venir el próximo disparo.

Fueron semanas felices.

Pero todo tiene un final.

Poco a poco comenzó a acercarse el día de partir nuevamente. Era hora de regresar al lugar donde me esperaba mi segunda familia: mis compañeros de uniforme.

La mañana de mi partida me despedí de mi esposa y de mi hijo. Luego me dirigí al aeropuerto.

Mi vuelo hacia Puerto Asís, Putumayo, ya estaba programado.

Embarqué y, después de aproximadamente cincuenta minutos de vuelo, llegué nuevamente al aeropuerto de Santana, Putumayo.

Había terminado el descanso.

Nuevamente estaba allí.

Dejaba atrás la tranquilidad de mi hogar y regresaba al lugar donde continuaba mi otra vida.

Una vida de uniforme.

Una vida de servicio.

Y una vida en la que, aunque uno nunca quisiera pensarlo, no sabía qué podía ocurrir al día siguiente.

Después de terminar las vacaciones, regresé a la unidad. Todos los comandantes ya nos habíamos presentado y, a partir de las dos de la tarde, comenzaron a llegar los soldados.

Para las cuatro de la tarde ya teníamos nuevamente el personal completo.

Procedimos entonces a sacar los equipos de campaña y el armamento. Al día siguiente comenzaríamos el reentrenamiento básico que realizábamos después de cada periodo de vacaciones.

Esa noche, con todos nuevamente reunidos, descansamos.

Muy temprano, después del desayuno, comenzamos el entrenamiento. Repasamos maniobras y procedimientos básicos y los especialistas realizaron prácticas con ametralladora, MGL y mortero. También recibimos clases sobre derechos humanos y capacitación para los enfermeros de combate.

Era un reentrenamiento básico, pero necesario. Después de varios días de descanso había que volver a tomar el ritmo, recuperar la disciplina de campaña y preparar nuevamente el cuerpo y la mente.

Los días pasaron rápidamente.

Sabíamos que en aproximadamente dos días estaríamos nuevamente listos para operar. Solo faltaba que el comando superior transmitiera la orden a mi capitán y que él nos informara.

Nosotros ya estábamos preparados.

Física y mentalmente, estábamos listos para volver a salir.

Esa noche iniciamos el desplazamiento en vehículos hacia Mocoa, Putumayo. El trayecto fue tranquilo y, alrededor de las cuatro de la mañana, llegamos a la ciudad.

Nos organizamos en una cancha mientras esperábamos nuevas órdenes. Desayunamos y permanecimos allí pendientes de las instrucciones del comando.

La tranquilidad duró poco.

Recibimos información de que la guerrilla se encontraba sobre la vía Mocoa-Pitalito, realizando retenes ilegales. Había tropas que ya se encontraban en la zona y nosotros quedamos como unidad de reacción, preparados para intervenir si la situación se complicaba.

Poco después llegó la noticia que cambiaría completamente el panorama.

Alrededor de las siete de la mañana, integrantes de las FARC habían dinamitado el puente Villalobos, sobre el río San Miguel de Villalobos, en el sector montañoso de la Bota Caucana, en el límite entre Cauca, Huila y Putumayo.

El puente había quedado destruido.

Con este atentado, la comunicación terrestre del Putumayo con el centro del país quedaba prácticamente interrumpida.

La orden fue inmediata: debíamos apoyar a las tropas que se encontraban combatiendo en el sector. La guerrilla había logrado superar a un pelotón de soldados profesionales y no había tiempo que perder.

El puente Villalobos se encontraba aproximadamente en el kilómetro 41, mientras que cerca del kilómetro 35 habían quemado un vehículo, bloqueando aún más la carretera.

Nuestra primera orden fue desplazarnos desde Mocoa hasta el kilómetro 25, donde debíamos desembarcar y ocupar posiciones con protección. Un pelotón se ubicaría sobre el cerro y otro sobre la carretera.

Pero había otra situación todavía más delicada.

El comandante de la brigada, un general, se había desplazado con un grupo blindado para apoyar la operación. Sin embargo, había quedado atrapado en la carretera, porque los vehículos quemados impedían el paso y además se estaba presentando un fuego intenso en el sector.

El jefe de operaciones nos dio la orden:

—Ya. Suban, organicen y suban a los vehículos.

Normalmente, en un desplazamiento de combate, todo tiene un orden. Los hombres, los equipos y el armamento deben acomodarse de determinada manera.

Pero aquella vez no hubo tiempo.

Los equipos quedaron como pudimos: algunos encima de otros y otros en los laterales de los vehículos. Lo importante era salir rápidamente.

Formamos una caravana de cinco vehículos.

Eran vehículos de transporte, no blindados.

Comenzamos el desplazamiento con rapidez.

Cuando llegamos al kilómetro 25, uno de los vehículos presentó una falla y quedó detenido. La orden fue reorganizar el personal en los otros vehículos.

Dividimos los soldados entre dos carros. En el que yo iba quedamos aproximadamente quince hombres y en el otro los quince restantes.

Los equipos fueron acomodados nuevamente como pudimos.

No había tiempo para organizar nada de la manera habitual.

Entonces la orden cambió.

Ya no debíamos desembarcar en el kilómetro 25. La nueva instrucción era continuar hasta el kilómetro 35, donde debíamos bajar de los vehículos.

Seguimos avanzando.

Pero no alcanzamos a llegar.

Cuando nos encontrábamos aproximadamente en el kilómetro 30, recibimos fuego directamente sobre los vehículos.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

El vehículo frenó bruscamente y el impacto nos sacudió.

Gracias a Dios, muchos de los disparos terminaron impactando en los equipos que estaban amontonados dentro del vehículo.

Aquellos equipos, que minutos antes habíamos acomodado de cualquier manera por la falta de tiempo, terminaron convirtiéndose en una protección inesperada.

Desembarcamos inmediatamente.

El combate comenzó.

Los demás vehículos venían detrás. Al observar lo que estaba ocurriendo, también se detuvieron y los soldados comenzaron a bajar.

La maniobra se inició sobre la carretera.

Durante aproximadamente quince minutos recibimos y respondimos a un fuego intenso.

Finalmente, los disparos comenzaron a disminuir.

El combate había terminado.

Los vehículos se retiraron y quedamos los cuatro pelotones sobre la vía, aproximadamente en el sector del kilómetro 30, desde donde debíamos continuar la misión hacia el kilómetro 35 y posteriormente hacia el sector del puente Villalobos, en el kilómetro 41.

Mis dos capitanes nos reunieron inmediatamente.

Había que reorganizarse y continuar la misión.

La situación seguía siendo complicada.

La Compañía Cazador tenía previsto insertarse por la parte alta, avanzando a nuestro mismo ritmo y apoyándonos desde las alturas.

Nosotros continuaríamos por la vía.

Nuestra posición de referencia era el kilómetro 35, donde se encontraba el vehículo que había sido quemado.

Pero todavía teníamos otro problema.

Nuestro general continuaba atrapado en la carretera, mientras otro pelotón se encontraba aproximadamente en el kilómetro 39, combatiendo contra otro grupo guerrillero.

El puente Villalobos, nuestro punto crítico, estaba más adelante, aproximadamente en el kilómetro 41.

La situación quedaba así: nosotros debíamos avanzar desde el sector del kilómetro 30 hacia el 35; más adelante, en el kilómetro 39, otro pelotón estaba comprometido en combate, y en el kilómetro 41 se encontraba el puente Villalobos, que había sido destruido.

La operación apenas comenzaba.

Y aquella carretera, que en otras circunstancias habría sido simplemente una ruta de desplazamiento, se había convertido en un escenario de combate donde cada kilómetro representaba una nueva dificultad, mas cuando ala distancia se escuchaban disparos y eran de nuestros compañeros combatiendo.

CADA KILÓMETRO ERA UN DESAFÍO

Eran aproximadamente las dos de la tarde cuando iniciamos la maniobra.

Nuestro punto de partida estaba alrededor del kilómetro 30, y el objetivo inmediato era llegar al kilómetro 35, donde se encontraban los vehículos quemados y donde permanecía atrapado nuestro general. Más adelante, en el kilómetro 39, estaba el pelotón que llevaba tiempo combatiendo y que tenía soldados heridos. Finalmente, nuestro objetivo más lejano era llegar hasta el sector del puente Villalobos, ubicado aproximadamente en el kilómetro 41.

Sabíamos que cada tramo de aquella carretera podía convertirse en un nuevo combate.

Comenzamos el desplazamiento a pie, en carrera controlada. Cada soldado mantenía una distancia prudente del que iba adelante. No podíamos avanzar demasiado juntos. El movimiento debía hacerse con disciplina y manteniendo la separación entre los hombres.

Cada vez que encontrábamos un sector abierto y quedábamos expuestos, acelerábamos para atravesarlo rápidamente.

Al principio, los disparos se escuchaban todavía a cierta distancia. Sin embargo, mientras avanzábamos desde el kilómetro 30 hacia el 31, aquellos sonidos comenzaron a sentirse cada vez más cerca.

El avance era lento.

Extremadamente lento.

Durante aproximadamente una hora solo conseguimos avanzar un kilómetro. La tensión nos obligaba a observar constantemente el terreno y a detenernos para reorganizar el movimiento.

Llegamos al kilómetro 31.

Hicimos un alto, verificamos la situación y volvimos a avanzar.

No habíamos recorrido más de trescientos metros cuando nuevamente nos estaban esperando.

Comenzó otro intercambio de disparos.

El enemigo aparentemente pensaba que nuestra fuerza principal continuaba desplazándose únicamente por la carretera. Pero nosotros contábamos con el apoyo de la Compañía Cazadores, que avanzaba por la parte alta.

Mientras ellos recibían fuego desde esa dirección, nosotros aprovechábamos esos momentos para desplazarnos y mejorar nuestra posición sobre la vía.

Avanzábamos unos metros.

Nos deteníamos.

Volvía el fuego.

Y nuevamente buscábamos avanzar.

Así fuimos ganando terreno poco a poco.

Del kilómetro 31 pasamos hacia el 32, y posteriormente continuamos hacia el 33. Cada tramo nos costaba tiempo y esfuerzo. Ya no se trataba simplemente de recorrer una carretera; cada centenar de metros podía significar un nuevo contacto con el enemigo.

El fuego aparecía por intervalos.

Cuando disminuía, avanzábamos.

Cuando aumentaba, nos deteníamos, respondíamos y esperábamos el momento para continuar.

De esa manera fuimos acercándonos lentamente al kilómetro 35.

Habíamos avanzado apenas unos cinco kilómetros, pero la sensación era como si hubiéramos recorrido una distancia mucho mayor.

Finalmente llegamos al sector del kilómetro 35.

Allí estaban los vehículos quemados.

Y allí permanecía nuestro general.

Apenas alcanzamos el lugar, nuevamente comenzó el fuego.

Fue entonces cuando lo vimos.

Nuestro general estaba allí, disparando como un soldado más.

A pesar de su edad y de su grado, estaba en medio del combate junto a sus hombres.

Aquella imagen nos produjo algo difícil de explicar.

Nos motivó.

Nos hizo sentir que no podíamos detenernos.

El intercambio de disparos duró aproximadamente quince minutos. El apoyo desde la parte alta y nuestra presión sobre la vía hicieron que el grupo guerrillero finalmente abandonara el sector y retrocediera.

El área quedó despejada.

Nuestro general nos felicitó por el avance y por la forma en que habíamos cumplido la misión.

Pero nosotros no podíamos quedarnos.

El kilómetro 35 era solo una etapa del camino.

Todavía teníamos que avanzar otros cuatro kilómetros hasta el kilómetro 39, donde se encontraba el pelotón que estaba comprometido en combate.

Poco después llegaron dos pelotones del Batallón Domingo Rico. Su misión era extraer al general de la zona y asegurar el terreno que nosotros habíamos logrado recuperar.

Nosotros continuamos hacia adelante.

Dejábamos atrás el kilómetro 35 y nos dirigíamos hacia el 36, luego el 37 y el 38.

Cada vez estábamos más cerca.

Entonces recibimos el reporte que aumentó nuestra preocupación: el pelotón ubicado en el kilómetro 39 tenía dos soldados heridos.

Según la información inicial, las heridas no parecían ser de gravedad.

Pero eso no cambiaba nuestra prioridad.

Había que llegar hasta ellos.

Ya no pensábamos solamente en avanzar por la carretera ni en alcanzar un punto determinado.

Pensábamos en nuestros compañeros.

Mientras nos acercábamos al kilómetro 39, sabíamos que cada minuto podía ser importante.

No podíamos saber qué encontraríamos al llegar.

Pero sí teníamos algo claro:

teníamos que llegar por ellos.

En una operación militar hay objetivos, órdenes y resultados.

Pero cuando un compañero queda herido en medio del combate, todo eso pasa a un segundo plano.

AVANZAR EN LA OSCURIDAD

Llegó la noche.

La carretera quedó completamente oscura y, aun así, la orden era clara: debíamos continuar avanzando.

Estábamos en el kilómetro 35 y todavía nos faltaban cuatro kilómetros para llegar hasta el pelotón que se encontraba más adelante, en el kilómetro 39.

Comenzamos a avanzar lentamente.

Los disparos iban y venían.

A veces se escuchaban a cierta distancia; otras veces parecían acercarse. La situación comenzaba a producirnos una sensación de impotencia. Queríamos avanzar, pero cada movimiento debía hacerse con extremo cuidado.

Nuestro general, al observar la situación, dio la orden de continuar, pero hacerlo lentamente.

Aquella noche entendimos que avanzar unos pocos metros podía tomar mucho tiempo.

Durante aproximadamente seis horas conseguimos avanzar apenas dos kilómetros.

Pasamos del kilómetro 35 al kilómetro 37.

La Compañía Cazadores, que nos había apoyado desde la parte alta durante el día, había quedado atrás. Para ellos el avance era mucho más difícil debido al terreno, mientras que nosotros continuábamos por la carretera.

En ese momento, el avance dependía prácticamente de nosotros.

Durante esas seis horas tuvimos varios contactos cortos.

El enemigo disparaba desde lejos y luego volvía a guardar silencio.

Al principio no entendíamos por qué lo hacía.

Después comenzamos a darnos cuenta de algo.

No parecían estar disparando únicamente para atacarnos.

Nos estaban buscando.

Cada ráfaga que salía desde nuestra posición podía revelar dónde estábamos.

Y cada disparo del enemigo también nos permitía conocer, de manera aproximada, desde dónde nos estaban observando.

Por eso recibimos una orden muy clara:

—No respondan al fuego.

Era una situación extraña.

Estábamos siendo atacados y nuestra reacción natural como soldados era responder. Pero hacerlo podía delatar nuestra ubicación.

En la oscuridad, cada disparo producía un breve destello en la boca del arma. Era una fracción de segundo, pero podía ser suficiente para que alguien que estuviera observando desde la distancia identificara nuestra posición.

Por eso avanzábamos en silencio.

Cuando recibíamos disparos, no siempre respondíamos.

Esperábamos.

Escuchábamos.

Observábamos la oscuridad.

Y continuábamos avanzando cuando teníamos la oportunidad.

Habían pasado seis horas y solamente habíamos conseguido ganar dos kilómetros.

Pero esos dos kilómetros tenían un enorme significado.

Ya estábamos en el kilómetro 37.

Nos faltaban solamente dos kilómetros para llegar hasta nuestros compañeros del kilómetro 39.

La noche todavía era larga.

El enemigo seguía en algún lugar frente a nosotros.

Y nosotros continuábamos avanzando, lentamente, con una sola idea en la cabeza:

llegar hasta los hombres que estaban esperando nuestra ayuda.

EL AVANCE HACIA EL KILÓMETRO 39

Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando mi capitán tomó una decisión.

Debíamos avanzar utilizando fuego de reconocimiento.

La idea era sencilla, pero en medio de aquella oscuridad cada movimiento podía significar un riesgo. En los puntos que considerábamos críticos —lugares altos, sectores sospechosos o sitios desde donde pudiera estar observándonos el enemigo— debíamos realizar algunos disparos para verificar si había respuesta.

Si no recibíamos fuego, la orden era continuar avanzando rápidamente.

Así lo hicimos.

Desde el kilómetro 37 comenzamos a movernos con mayor decisión. Cada punto que podía representar una amenaza era observado y, cuando era necesario, se hacía fuego de reconocimiento. Si no había respuesta, continuábamos.

De esa manera conseguimos avanzar del kilómetro 37 al 38 en menos de una hora.

Hicimos un alto.

Necesitábamos comunicarnos con el pelotón que se encontraba más adelante. Establecimos contacto por radio y solicitamos sus coordenadas exactas para saber dónde estaban y cómo aproximarnos.

Ellos nos dieron la información.

También nos informaron algo que, en ese momento, nos pareció extraño:

llevaban más de una hora sin recibir ningún ataque.

Continuamos avanzando con precaución.

Finalmente llegamos hasta la posición donde se encontraba el pelotón.

No encontramos resistencia.

Ningún disparo.

Ningún movimiento.

Nada.

El silencio era extraño.

Después de todo lo que habíamos vivido durante las últimas horas, aquella tranquilidad no nos daba seguridad. Por el contrario, nos hacía desconfiar todavía más.

¿Se habían retirado?

¿Nos estaban observando desde algún lugar?

¿Era simplemente una retirada o estaban preparando algo más adelante?

En combate, el silencio nunca debe confundirse con seguridad.

Reportamos la situación y permanecimos atentos.

Poco después llegaron los vehículos blindados. Procedieron a evacuar a los soldados heridos y, posteriormente, el pelotón que habíamos encontrado fue desplazado hacia atrás, quedando ubicado detrás de nuestra posición.

Una hora después llegó también la Compañía Cazadores.

Con su llegada pudimos asegurar mejor el sector y reorganizar nuevamente nuestras fuerzas.

Habíamos conseguido llegar hasta el kilómetro 39.

Pero la misión todavía no terminaba.

Nos reunimos para organizar el siguiente movimiento. Revisamos las posiciones, coordinamos el avance y recibimos nuevamente la orientación sobre nuestro objetivo.

Entonces miramos hacia adelante.

El puente de Villalobos estaba aproximadamente a dos kilómetros de nosotros.

Después de todo lo que habíamos recorrido, de las horas de combate, de la oscuridad y de los kilómetros avanzados lentamente, el objetivo finalmente estaba cerca.

Solo faltaban dos kilómetros.

Pero en aquella guerra habíamos aprendido algo:

dos kilómetros podían convertirse en una eternidad.

LOS DOS KILÓMETROS FINALES

El puente de Villalobos estaba a solo dos kilómetros.

Después de tantas horas de avanzar lentamente, aquella distancia parecía corta, pero ninguno de nosotros se confiaba. Habíamos aprendido que en una operación de combate la distancia no se mide solamente en kilómetros. Se mide en lo que puede ocurrir en cada metro del camino.

Habíamos llegado hasta el kilómetro 39, habíamos encontrado a nuestros compañeros y los heridos ya estaban siendo evacuados. El pelotón había sido reorganizado detrás de nosotros y la Compañía Cazadores había llegado para asegurar el sector.

Ahora debíamos continuar.

Nuestro destino era el puente.

La noche seguía siendo cerrada. La carretera permanecía en silencio y, después de los combates que habíamos tenido durante todo el día y parte de la noche, ese silencio nos mantenía alerta.

Avanzamos nuevamente.

Cada hombre sabía que aquellos dos kilómetros podían ser los más difíciles.

No sabíamos qué encontraríamos adelante. El enemigo había demostrado que podía aparecer en cualquier momento y desaparecer con la misma rapidez. La ausencia de disparos no significaba que el camino estuviera despejado.

Seguimos avanzando con precaución.

Ya no pensábamos en los kilómetros anteriores. Tampoco en el cansancio acumulado. Después de tantas horas, el cuerpo pedía descanso, pero la mente permanecía despierta.

Solo había un pensamiento:

llegar al puente.

Cada paso nos acercaba al objetivo.

La carretera parecía interminable. Caminábamos atentos a cualquier ruido, a cualquier movimiento y a cualquier señal que pudiera indicar la presencia del enemigo.

Atrás quedaban los vehículos quemados, los combates, los heridos y las horas de incertidumbre.

Delante estaba el puente de Villalobos.

Sabíamos que recuperar ese punto era fundamental. Mientras el puente permaneciera bajo control de la guerrilla, la comunicación terrestre con Putumayo continuaría seriamente afectada.

Por eso no podíamos detenernos.

Seguimos avanzando.

Un kilómetro.

Después otro.

Finalmente, comenzamos a aproximarnos al sector del puente.

Habíamos recorrido una distancia que horas antes parecía imposible.

Pero todavía no sabíamos qué encontraríamos al llegar.

Nos acercábamos al objetivo con la misma incertidumbre con la que habíamos comenzado aquella operación.

La oscuridad todavía cubría la carretera.

Y frente a nosotros estaba el puente de Villalobos.

Después de todo lo vivido, estábamos a pocos minutos de conocer qué había ocurrido allí y qué nos esperaba al otro lado.

Habíamos llegado hasta el objetivo.

Pero la misión apenas estaba entrando en su momento decisivo.

Nos acercábamos cada vez más al objetivo.

De repente, comenzó el fuego.

La guerrilla nos estaba esperando.

El ataque fue fuerte desde el primer momento. Los disparos venían desde diferentes posiciones y rápidamente comprendimos que no se trataba de un pequeño grupo que hubiera quedado en la zona.

La Compañía Cazadores reportó de inmediato que tenía dos soldados muertos.

La situación había cambiado completamente.

Lo que nosotros no sabíamos era que la guerrilla se había replegado de los sectores anteriores y se había concentrado alrededor del puente. Habían logrado reunir una fuerza de más de doscientos subversivos en el área.

Sin saberlo, habíamos entrado directamente en su emboscada.

Durante unos segundos la situación fue confusa. El fuego era intenso y las posiciones desde donde nos disparaban estaban ubicadas en la parte alta del terreno.

Pero nuestra unidad comenzó a maniobrar.

En lugar de quedarnos expuestos sobre la carretera, nos acercamos hacia el sector bajo desde donde estaban haciendo fuego. Desde allí comenzamos a responder mientras buscábamos avanzar y ganar mejores posiciones.

El combate se hizo cada vez más fuerte.

Disparábamos mientras avanzábamos.

Se emplearon granadas de 40 milímetros y morteros contra las posiciones que teníamos identificadas en el cerro, mientras los soldados continuaban buscando la manera de ganar terreno y subir.

Cada metro costaba.

El fuego no disminuía.

Durante aproximadamente treinta minutos permanecimos en medio de un combate intenso, avanzando poco a poco, tratando de alcanzar una posición que nos permitiera enfrentar mejor al enemigo.

El cansancio de las horas anteriores parecía desaparecer. En ese momento solamente existía el combate.

La prioridad era avanzar y conseguir una posición desde la cual pudiéramos continuar la operación.

Pero también necesitábamos apoyo.

Por radio solicitamos apoyo aéreo para realizar ráfagas sobre los dos puntos fuertes desde donde la guerrilla concentraba su fuego.

Sabíamos que, si lográbamos neutralizar o debilitar esas posiciones, nuestro avance sería mucho más favorable.

Mientras esperábamos ese apoyo, continuamos combatiendo y tratando de ganar terreno.

Habíamos llegado hasta allí después de recorrer durante horas una carretera bajo el fuego enemigo.

Y cuando finalmente estuvimos cerca del objetivo, descubrimos que el enemigo había preparado allí su mayor concentración.

La batalla por el puente de Villalobos apenas comenzaba.

EL PRECIO DE CUMPLIR LA MISIÓN

Los helicópteros finalmente llegaron.

Desde tierra pudimos escuchar su aproximación. Poco después comenzaron a realizar las ráfagas sobre las posiciones que habíamos identificado como los puntos fuertes del enemigo.

El efecto fue inmediato.

El poder de fuego de los dos helicópteros era fuerte y contundente. La guerrilla, que hasta ese momento había mantenido una posición firme, comenzó a replegarse rápidamente.

Los helicópteros pasaron tres veces sobre las posiciones.

Desde tierra les informamos que ya estábamos avanzando y que no continuaran disparando sobre esos sectores, porque nuestras tropas comenzaban a subir.

El combate empezó a disminuir.

Continuamos avanzando hasta alcanzar las posiciones que minutos antes habían estado ocupadas por la guerrilla.

Después de aproximadamente treinta minutos, los dos puntos estaban bajo nuestro control.

Lo que encontramos allí mostraba que no habían llegado hacía poco.

Había rastros de sangre, munición abandonada y restos de comida. Se notaba que llevaban varios días ocupando aquellas posiciones.

Habían preparado el terreno y habían esperado nuestro avance.

Habíamos caído directamente en la concentración que habían organizado alrededor del puente.

La Compañía Cazadores procedió a asegurar y recuperar a sus hombres muertos.

Poco después llegaron unidades del Batallón Domingo Rico y se encargaron de trasladarlos.

Ese día habíamos perdido a dos buenos hombres.

Dos soldados que habían salido con nosotros, que habían combatido junto a nosotros y que ya no regresarían a casa.

Pero la misión todavía no terminaba.

Aseguramos los dos puntos y continuamos con la operación. Posteriormente, dos compañías del Batallón Domingo Rico ingresaron al sector para asegurar el puente de Villalobos.

Finalmente, habíamos cumplido la misión.

El puente quedaba asegurado.

El objetivo que nos habían encomendado estaba cumplido.

Pero mientras observábamos el resultado de aquella operación, era imposible sentir que habíamos ganado.

Habíamos perdido a dos compañeros más.

Otra vez aparecía esa sensación que había aprendido a conocer durante los años de guerra: la satisfacción de cumplir una misión podía existir al mismo tiempo que el dolor de perder a un hombre.

Desde afuera, alguien podía mirar el resultado y decir que había sido una operación exitosa.

El objetivo se había cumplido.

El terreno había sido recuperado.

El puente estaba asegurado.

Pero nosotros sabíamos otra cosa.

Sabíamos cuánto había costado.

Porque cada vez que perdíamos a uno de los nuestros, algo también se quedaba atrás.

Una voz.

Una mirada.

Una historia.

Un compañero con quien habíamos compartido marchas, noches, comida, cansancio y miedo.

Y esta vez habían sido dos.

Habíamos cumplido la misión, sí.

Pero una vez más sentíamos que, aunque habíamos ganado el combate, también habíamos perdido.

En la guerra, algunas victorias tienen un precio que ningún informe puede explicar.

DEDICATORIA

A los soldados que cayeron en combate y a quienes fueron asesinados cumpliendo con su deber.

A mis compañeros, que compartieron conmigo el miedo, el cansancio y la esperanza de regresar a casa.

Hoy sus voces permanecen en mi memoria.

Estas páginas son para ustedes, porque mientras alguien los recuerde, nunca habrán muerto del todo.

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