Me pasa hasta con cosas chiquitas, jalo un examen y a la hora ya estoy riéndome y me siento medio traidora jaja
CAPÍTULO XIV: LA VIDA SIGUE
Sí. Ese es precisamente el problema.
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Me pasa hasta con cosas chiquitas, jalo un examen y a la hora ya estoy riéndome y me siento medio traidora jaja
Contenido de la publicación
Sí. Ese es precisamente el problema.
Sigue.
Aunque tú no estés listo.
Aunque todavía no entiendas qué acaba de pasar.
Sigue.
Cuando muere alguien. Cuando termina un amor. Cuando pierdes un trabajo. Cuando una familia se rompe.
Cuando recibes una noticia que divide tu vida en un antes y un después.
El mundo no se entera.
El supermercado abre a la misma hora. Los autobuses siguen pasando. Alguien compra un café. Alguien se ríe en la mesa de al lado. Alguien discute por una tontería. Alguien está celebrando algo que para ti no significa nada.
El sol sale. La gente trabaja. Los niños van al colegio. Los teléfonos suenan. Las noticias continúan.
Y tú estás ahí, intentando entender cómo puede seguir existiendo el martes cuando ayer se acabó tu mundo.
Eso es algo extraño del dolor:
puede detenerte sin detener a nada ni nadie más.
Para ti todo cambió.
Para el resto es simplemente otro día.
Y quizás esa sea una de las partes más solitarias de perder algo.
Descubrir que el mundo no tiene la cortesía de detenerse contigo.
Nadie toca una campana.
No aparece un cartel que diga:
“Hoy no. Hoy esta persona necesita tiempo”.
El reloj sigue. Y al principio puede parecer incluso una falta de respeto.
¿Cómo pueden estar riendo?
¿Cómo pueden hablar de cosas tan pequeñas?
¿Cómo pueden preocuparse por el tráfico, por una reunión, por qué van a comer, cuando yo siento que todo acaba de romperse?
Pero ellos no saben.
Y quizás no tienen por qué saber.
Porque el mundo no puede detenerse cada vez que alguien sufre.
Eso sería imposible.
Y al mismo tiempo hay algo profundamente injusto en descubrirlo.
Puedes estar viviendo uno de los días más difíciles de tu vida mientras alguien, a unos metros, está teniendo uno de los mejores.
La vida puede contener ambas cosas al mismo tiempo.
Una persona llora. Otra se enamora.
Una familia despide a alguien. Otra celebra un nacimiento.
Alguien recibe una oportunidad. Otro pierde la suya.
Y ninguna de esas cosas hace menos real la otra.
Quizás por eso no debemos sentirnos culpables cuando el mundo vuelve a tener colores.
Porque un día vas a reír.
Y puede que después te sientas culpable por haber reído.
Como si tu felicidad fuera una traición. Como si sonreír significara que ya no importa.
Pero no.
Puedes extrañar y reír. Puedes recordar y seguir adelante. Puedes tener un buen día después de haber tenido meses horribles.
Puedes volver a querer sin que eso borre a quien quisiste antes.
Puedes volver a construir sin negar lo que se destruyó.
Seguir viviendo no significa que hayas olvidado. Significa que entendiste que tu vida no puede quedar congelada para siempre en el momento de la pérdida.
Y quizás esto sea lo más difícil:
seguir adelante sin sentir que estás dejando algo atrás.
Porque no quiero dejar atrás a quien fui. No quiero borrar lo que tuve. No quiero fingir que aquello no importó.
Quiero llevarlo conmigo, en una fotografía, en una canción, en una costumbre, en una frase, en algo que aprendí, en una parte de mí que nació precisamente porque alguna vez compartimos la vida.
Quizás esa sea la verdadera forma de continuar.
No abandonar lo que perdimos, sino aprender a llevarlo sin dejar que nos impida seguir caminando.
Porque hay una mentira escondida también en la frase:
“La vida sigue”.
Como si seguir fuera automáticamente estar bien.
No.
La vida sigue, aunque todavía duela.
Sigue, aunque tengas días malos.
Sigue, aunque haya preguntas sin respuesta.
Sigue, aunque algunas fechas vuelvan a doler.
Sigue, aunque todavía mires hacia atrás.
Y quizás nosotros también aprendamos a seguir así:
con algunas heridas, con algunos recuerdos, con algunas ausencias que nunca desaparecerán por completo.
No tenemos que correr. No tenemos que demostrar que estamos bien. No tenemos que convertir la pérdida en una lección.
Solo tenemos que encontrar una manera de caminar con ella.
Un día. Después otro. Y después otro. Hasta que, sin darte cuenta, un martes cualquiera vuelva a parecer simplemente un martes.
No porque hayas olvidado lo que ocurrió.
Sino porque descubriste que tu vida podía contener esa ausencia sin dejar de ser vida.
La vida sigue.
Y sí, quizás al principio eso sea lo más doloroso.
Pero un día puede convertirse también en una oportunidad. No para reemplazar lo que perdiste. No para fingir que nunca ocurrió.
Sino para comprender que seguir viviendo no es traicionar a lo que se fue. Es llevarlo contigo.
La vida sigue.
Y quizás, con el tiempo, aprendamos a seguir nosotros también.
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Thoughts
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PermalinkMe pasa hasta con cosas chiquitas, jalo un examen y a la hora ya estoy riéndome y me siento medio traidora jaja
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PermalinkEl martes que vuelve a ser simplemente un martes es una promesa pequeña, y por eso se la cree uno: no dice que vas a estar bien, dice que un día normal va a volver a ser normal. Me hace pensar en que esta frase casi siempre se dice en el peor momento, justo cuando todavía no sirve. Apuesto a que a mucha gente le llega este capítulo semanas tarde, y le sirve igual.
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PermalinkA ver, esta frase casi siempre la suelta alguien con prisa por que vuelvas a rendir: el encargado, el compañero que te cubrió tres días. Dicha por esa gente, la mentira escondida de la que hablas pesa el doble.
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Permalink" La vida sigue" , en esa frase en ningún momento se dice que sea fácil o difícil, simplemente sigue y eso es algo indiscutible. Nos guste más o nos guste menos....
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