No sé porque me siento como si estuviera ahí,es demasiado bueno.
Capítulo 42: Misión erradicación (1)
Así pasan los días.
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No sé porque me siento como si estuviera ahí,es demasiado bueno.
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Los cuatro días siguientes transcurren con una tranquilidad a la que todavía me cuesta acostumbrarme.
Los niños juegan por toda la casa como si siempre hubieran vivido allí. Llenan las paredes con dibujos, dejan juguetes en los pasillos y convierten cada habitación vacía en un territorio que los adultos debemos aprender a respetar.
El grupo también recupera algo parecido a una vida normal.
Mujin pasa casi un día entero con su hermana. Cuando regresa, no cuenta demasiado, pero lleva los hombros menos tensos. Jiwon visita a antiguos compañeros de la universidad y se reúne con los médicos de la Asociación. Doyun ve a su madre. Haejin acompaña a su abuela a la residencia que les asignó el gobierno.
Kwon desaparece durante varias horas y vuelve con bolsas de comida, dos cuchillos comunes y una sonrisa sospechosa. No le pregunto. Prefiero revisar después qué falta en la cocina.
Eunbyeol sale poco. Cuando lo hace, lleva su libreta.
Seolhwa prepara su primer ingreso a la Torre, pero la revisión de Jiwon termina con una indicación bastante menos emocionante: dormir, comer y volver a consultar antes de entrar. Protesta una vez. Después la encuentro dormida en un sillón, con una lista de provisiones sobre las piernas.
La Torre tendrá que esperar.
Yo paso buena parte del tiempo en el campo de entrenamiento. Practico despacio para seguir acostumbrándome a este cuerpo; cuando los movimientos empiezan a salir solos, continúo por costumbre.
Un corte, un paso, un giro. La hoja vuelve al mismo lugar y mi respiración se acomoda al recorrido.
Los niños observan desde el otro extremo del patio. A veces intentan imitarme con ramas, hasta que se las hago dejar en el suelo. Pueden seguir practicando equilibrio y caídas sobre las colchonetas, con un adulto cerca. Una hora de juegos no los volvió capaces de evitar cualquier golpe. Mucho menos de manejar un arma.
No necesito participar en todo lo que ocurre alrededor. Me basta con escuchar a Mujin discutir con Kwon porque dejó una espada sobre la mesa, o a Haejin descubrir que sus herramientas mágicas se convirtieron en piezas de una fortaleza de juguete.
Jiwon persigue a todos con sus revisiones. Eunbyeol lee junto a una ventana. Seolhwa reparte la comida y reconoce, sin mirar, qué niño está intentando dejar las verduras en un plato ajeno.
Sé lo que contó de su prueba. Un año entre muertos, protegiendo a personas que ya no están aquí. Cuando uno de los chicos le tira de la manga y ella deja lo que está haciendo para escucharlo, me cuesta imaginar cuánto le habrá costado volver a una mesa como esta.
La paz también debe de consistir en eso: poder interrumpir algo sin que nadie muera.
Al cumplirse el plazo que acordamos para cruzar la información, Jang Seongho me encuentra limpiando la Espada del bosque. La hoja ya está limpia, pero no retiro el paño hasta que deja una carpeta negra sobre la mesa.
—Tenemos preparado el traslado al primer objetivo.
Guardo la espada y abro la carpeta.
—¿Un depósito?
—Un complejo de almacenamiento en las afueras de Incheon. Pertenece a una importadora de productos congelados que dejó de operar hace siete meses.
Las fotografías muestran muros de hormigón, un techo de chapa y varios camiones viejos. Una carretera secundaria bordea el frente. Detrás hay árboles y un canal seco.
—Seguimos a tres sospechosos hasta allí —continúa—. Dos están vinculados con tráfico de armas. El tercero fue investigado por la desaparición de menores, aunque nunca se presentaron cargos.
—¿Cuánta gente hay dentro?
—No lo sabemos. En los últimos cuatro días identificamos diecinueve entradas y siete salidas de personas distintas. No podemos asegurar que los demás sigan allí: algunas camionetas tienen la parte trasera cerrada.
Eso explica por qué necesitan acercarme.
—¿Vehículos?
—Cuatro camionetas y dos camiones pequeños. Uno cambió de matrícula tres veces en una semana. La mayor actividad ocurre entre las dos y las cinco de la mañana, pero para esta noche esperamos movimientos antes.
Señala una caja que dos hombres descargan en una de las fotografías. En el costado distingo un círculo incompleto.
—Todavía no confirmamos actividad ritual. Podría ser un almacén de suministros o un punto de tránsito. Su tarea es averiguarlo y volver con la información.
—¿Cuántos agentes lo vigilan?
—Dos, a distancia. Ninguno ha despertado. Se mantendrán fuera del perímetro.
—Bien.
Jang no aparta la mano de la carpeta.
—Necesito que me avise antes de intervenir. Si esto conecta con otros lugares, una entrada precipitada puede hacer que trasladen a todos los cautivos.
—Si empiezan a matar gente delante de mí, no voy a esperar una autorización.
—Lo sé. Avise mientras se mueve. Fuera de esa emergencia, observe. Todavía podemos perder mucho más que un depósito.
Tiene razón. Preferiría que no la tuviera.
—Voy a observar.
Me entrega la carpeta.
—Y a regresar con vida, si puede incluirlo en el plan.
***
El auto espera frente al portón. Es un sedán oscuro, usado, con marcas en la pintura y una matrícula común. Jang sube conmigo atrás; el conductor y el agente del asiento delantero visten de civil.
Desde la ventanilla veo a Minjun levantar una mano. Eunji está a su lado. Seolhwa permanece detrás de ambos.
A los niños solo les dije que tenía trabajo. Eunbyeol conoce el objetivo y la duración prevista de la vigilancia. También sabe que los quince días de descanso del grupo siguen en pie. Esta salida me corresponde a mí.
La ciudad ha cambiado otra vez.
Hay controles policiales cerca de las estaciones, soldados en accesos importantes y pantallas que alternan información de la Torre con instrucciones para registrar a los despertados. En una esquina, un hombre levanta una motocicleta con una mano mientras lo graban. Dos calles después, varios agentes intentan inmovilizar a un joven que desprende pequeñas descargas por los dedos.
Poder nuevo. Los mismos impulsos de siempre.
—La Asociación recibió más de doce mil solicitudes de registro en una semana —dice Jang.
—¿Cuántos despertados confirmados?
—Menos de dos mil.
—Los demás quieren beneficios.
—Algunos solo quieren atención.
Eso me parece todavía más cansador.
En una pantalla aparece la clasificación internacional. Corea del Sur sigue primera, con veinte puntos; Estados Unidos, segundo, con cinco. Japón y China comparten el tercer puesto, con tres cada uno. El presentador habla de la preparación estadounidense para el segundo piso como si ya se disputara una final.
Todavía no cambiaron los puntos. La competencia por llegar antes, en cambio, no necesita esperar al siguiente anuncio.
—Todos quieren saber cuánto tardarán los demás en alcanzarlos —comenta Jang.
—Ojalá dediquen la misma atención a conseguir que regresen vivos.
Jang me observa de reojo.
—Tiene una opinión bastante mala de la humanidad para alguien que sigue arriesgándose por ella.
Miro a una mujer que sujeta a su hijo antes de cruzar entre los autos detenidos.
—No hace falta admirar a todo el mundo para querer que esa gente llegue a su casa.
El trayecto continúa entre depósitos, talleres y terrenos baldíos. El cielo está cubierto; por una ventanilla apenas abierta entra olor a humedad y combustible.
Cuando faltan dos kilómetros, el conductor abandona la carretera y se detiene detrás de una estación de servicio cerrada.
Jang baja conmigo.
—El vehículo seguirá circulando. Para la extracción, use esto.
Me entrega un comunicador con cámara y una pequeña pantalla. Compruebo el canal antes de guardarlo. Después reviso los planos antiguos en la tableta que me ofrece.
El complejo tiene tres plantas administrativas, dos cámaras frigoríficas y un subsuelo técnico. Bajo el sector este pasan conductos de drenaje.
—Los agentes cambian de turno dentro de seis horas. No confunda el relevo con un límite de seguridad: lo necesitamos fuera antes del amanecer. Y no dé por buenos esos planos.
—Voy a comprobarlos desde afuera.
Jang parece contener una respuesta. Al final solo asiente.
Entro entre los árboles.
El título Guardabosques empieza a favorecer mis movimientos. Encuentro apoyo entre raíces y piedras sin tener que corregir cada paso. La ventaja ayuda; el cuidado de no quebrar ramas sigue siendo mío.
Un pájaro permanece en su rama cuando paso debajo. Más adelante, un zorro me observa entre los arbustos y continúa su camino. No espera una orden ni se acerca a mí. Simplemente no huye.
Al llegar al límite de los árboles, me detengo.
Un muro de tres metros rodea el complejo. Hay alambre arriba, dos cámaras visibles y una tercera escondida junto a una lámpara. Distingo a tres guardias: uno en la entrada y dos recorriendo el depósito principal.
Observo durante diez minutos.
La cámara del acceso completa su giro cada diecisiete segundos. El guardia del norte se detiene a fumar junto a una puerta lateral; alcanzo a verlo repetir la pausa una vez. El de la esquina sur consulta el teléfono cada pocos pasos.
No parecen profesionales, pero llevan armas de fuego. Eso basta para matar a alguien descuidado.
Cruzo por un tramo oculto a las cámaras. Uso una caja de conexiones para alcanzar el borde y paso entre dos postes, cuidando de no rozar el alambre. Al caer detrás de unos contenedores, noto el esfuerzo adicional: ya dejé atrás el bosque y su bonificación.
En el suelo hay marcas de ruedas y una mancha seca, oscura, demasiado pequeña para decir de dónde salió. Me agacho a examinarla, pero una puerta se abre y debo deslizarme bajo la plataforma de un camión.
Dos hombres salen conversando.
—La entrega se adelantó.
—¿Cuántos llegaron?
—Cinco vivos. Los otros tres no aguantaron el traslado.
Aprieto los dedos contra la tierra.
—¿Y los cuerpos?
—El sacerdote dijo que también sirven.
El segundo hombre tarda en volver a hablar.
—¿Los vivos van abajo?
—Sí. A los chicos los separan.
Espero hasta que sus pasos desaparecen.
Recopilar información.
Las palabras de Jang resultaban más fáciles de aceptar en el patio.
Rodeo el edificio sin abrir la puerta. Escucho un generador principal y otros motores detrás de las cámaras frigoríficas. Junto al suelo encuentro una rejilla que expulsa aire caliente, cargado de olor químico, sangre y humedad.
Del otro lado alguien tose. Otra persona intenta calmarlo.
El subsuelo sigue ocupado. Y sus ocupantes no suenan como técnicos trabajando.
En la zona de descarga hay tres camionetas y un camión refrigerado. Cuatro hombres trasladan cajas; uno lleva una máscara blanca colgada del cinturón. En las tapas abiertas distingo munición, frascos médicos, cadenas y bolsas de alimento.
Una caja se les cae. Varios brazaletes ruedan por el suelo.
Son pequeños. Algunos apenas cerrarían alrededor de una muñeca infantil. Cada uno tiene una runa oscura en la superficie interior.
No reconozco el trazado. Tomo una fotografía ampliada para Haejin.
—¡Cuidado, imbécil! —Uno de los hombres golpea al que perdió la caja—. Esos son para el traslado.
—No se rompió ninguno.
—Más te vale. Van a probarlos esta noche, con los chicos primero.
Avanzo medio paso antes de detenerme.
Todavía están descargando. Todavía puedo encontrar el lugar al que piensan llevarlos.
No sé si esa espera salvará a más personas. Solo sé que, si ataco ahora, los otros puntos pueden vaciarse antes de que sepamos dónde están.
Retrocedo hasta una escalera de mantenimiento y subo al techo. Desde allí veo una antena nueva y cables que entran en el edificio administrativo. Cerca de una salida de ventilación hay otro círculo incompleto, esta vez tallado en el cemento y atravesado por una línea vertical. Debajo aparecen tres marcas más.
Las fotografío.
Un motor me obliga a ocultarme detrás de la estructura.
Entra una camioneta sin matrícula. Bajan dos hombres de los asientos delanteros y una mujer de túnica gris de la parte trasera. Es joven, pero todos los guardias inclinan la cabeza cuando pasa. Lleva tres líneas negras alrededor de la muñeca izquierda.
Ella entra sin hablar. Los otros abren el compartimento de carga.
Primero sacan una jaula con dos perros. Después otra con un hombre inconsciente y los ojos vendados. En la tercera distingo una mano pequeña aferrada a los barrotes.
Un niño llora dentro.
Uno de los guardias golpea la jaula con la culata.
—Callate.
El llanto se corta. Los dedos permanecen aferrados al metal.
Respiro despacio mientras cargan la jaula hacia el interior. Me obligo a mirar los rostros, la entrada que utilizan y las marcas del vehículo. Datos que puedan servir después. Algo más útil que quebrarme los nudillos contra el techo.
Activo el comunicador.
—Objetivo confirmado. Tráfico de personas, armas y material ritual. Escuché una referencia a cinco cautivos vivos. Acaban de ingresar otros dos: un adulto y un menor. También trajeron dos perros.
—Recibido —responde Jang—. ¿Actividad inmediata?
—Preparan una prueba con brazaletes para esta noche. Envío imágenes. Hay una mujer con posible rango sacerdotal: túnica gris, tres líneas en la muñeca izquierda.
Le describo el vehículo y adjunto la fotografía.
—Vamos a rastrearlo. Mantenga el canal disponible.
Antes de responder, escucho una voz a través de la claraboya situada unos metros más allá.
—¿Ya confirmaron a la niña?
Me acerco lo suficiente para distinguir las palabras.
—Todavía no. Pero uno de los nuestros logró informar antes de morir. El Precursor la mantiene cerca.
—¿Eunji?
—La niña del sacrificio fallido.
Me quedo inmóvil.
No sé a qué informante se refieren. En aquella sala no dejé un sacerdote vivo, y tampoco conozco a todos los que participaron desde afuera. Lo que sí sé es que acaban de pronunciar su nombre.
—El sacerdote mayor dio la orden —continúa la voz—. No importa cuántas casas haya que quemar. La niña debe regresar al altar.
Miro hacia el vidrio entreabierto. Mi reflejo apenas se distingue sobre la oscuridad.
Podría entrar por ahí.
Podría llegar hasta el que habla antes de que terminara la siguiente frase.
Y seguiría sin saber dónde está ese altar.
—¿Qué hacemos con Kim Cheonro?
—No lo enfrenten todavía.
—¿Le tienen miedo?
La respuesta llega con una risa baja.
—El fin no le teme a nadie.
No digo nada. Guardo la grabación y retrocedo hasta el refugio de la ventilación.
Tengo una figura de rango, cautivos, material de traslado y una referencia directa a Eunji. También una orden que vino de más arriba.
Transmito a Jang la amenaza contra la niña y le pido que refuerce la vigilancia de la residencia sin alterar sus rutinas visibles. Después vuelvo a mirar la camioneta.
La mujer de gris tendrá que salir en algún momento.
Cuando lo haga, quiero saber adónde va.
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