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Capítulo 44: Misión erradicación (3)

NicolasPeanl
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El hombre de las seis líneas tarda un instante en reaccionar.

—¡Mátenlo!

La primera pistola ya está apuntándome. Me aparto de la baranda antes del disparo y la bala arranca piedra del lugar donde tenía la cabeza. Lanzo un fragmento suelto contra la mano del tirador. El golpe le abre los nudillos y lo obliga a soltar el arma.

Después salto.

Caigo en el espacio entre dos trazados rituales, flexiono las piernas y dejo que el impulso me lleve hacia el primer atacante. Su cuchillo pasa junto a mi cuello. Le desvío el brazo, fuerzo la muñeca contra su articulación y golpeo la mandíbula con la empuñadura.

El segundo levanta una mano marcada. Una línea de su manga se enciende al mismo tiempo.

No conozco el hechizo, pero alcanzo a distinguir el tramo que une la tela con la palma. Corto por encima del codo, sin tocarle el brazo. La runa pierde continuidad y descarga un humo negro sobre su rostro. Lo pateo lejos del círculo antes de que caiga encima.

—¡No dañen a los reguladores! —grita el hombre de las seis líneas—. ¡Los necesitamos vivos!

Esa orden me compra algo de espacio.

Los hombres con pistolas intentan buscar un ángulo mientras me muevo hacia las columnas de los cautivos. No puedo quedarme allí y convertirlos en escudos. Solo necesito que duden el tiempo suficiente para cruzar hasta sus tiradores.

Un sacerdote sujeta a una mujer del pelo y apoya una daga en su garganta.

—¡Quieto!

Su brazo queda extendido. Avanzo por el costado de la columna, aparto la muñeca antes de que pueda tirar de ella y le abro el antebrazo con un corte corto. La daga cae. Lo golpeo contra la piedra y retengo su cuerpo hasta poder dejarlo fuera del trazado.

La mujer se encoge, todavía encadenada.

—Pegate a la columna —le digo—. No tires del brazalete.

No sé si me entiende, pero deja de forcejear.

La cámara tiembla. Algo golpea desde el fondo del pozo.

No estoy peleando por una evaluación. No hay una ventana que me diga qué parte de esta estructura puedo romper sin matar a alguien.

Necesito mantenerme en pie hasta que llegue Haejin.

—Tres minutos —informa Eunbyeol—. Jang confirmó el acceso norte. Los agentes esperarán arriba.

—Hay repuestos de los brazaletes en una bandeja, al este del pozo. La señal llega bien desde mi posición.

—Los veo —responde Haejin—. No derrames más sangre sobre los canales. Están absorbiendo lo que cae.

Bajo la mirada un instante. Una gota que salpicó cerca de mi bota se desliza hacia una de las líneas negras.

Matar resultaría más sencillo. También podría completarles el trabajo.

***

Los cultistas intentan dividirme.

Dos atacan por la izquierda mientras un tercero se aproxima a los niños. Tengo que abandonar el avance hacia el centro, trabar una espada corta con la parte fuerte de mi hoja y usar el cuerpo de su dueño para cerrar el paso al otro.

El hombre que iba hacia los cautivos alcanza a girarse cuando le golpeo la rodilla.

Su pierna cede. Le retiro el cuchillo y lo lanzo hacia una zona vacía.

Una bala me roza el costado. Siento el corte caliente antes de ver al tirador entre las columnas. Le arrojo el arma que acabo de quitar; el mango golpea su cara y el siguiente disparo se pierde contra el techo.

Un sacerdote empieza a recitar delante de los menores. Los brazaletes responden a su voz.

Lo alcanzo por detrás y le cierro el antebrazo sobre la mandíbula, sin apretarle la garganta. Arrastro su cuerpo lejos de las columnas y le golpeo el estómago con la rodilla. Se dobla, incapaz de continuar el cántico.

Una niña solloza a mi espalda.

—Mirame a mí —le digo mientras aparto otro cuchillo—. Seguí respirando.

No puedo quedarme con ella.

Primer estilo: Pasos que fluyen como el río.

Entro en los huecos que dejan sus ataques. La parte plana de la espada alcanza una muñeca; mi hombro desplaza al hombre que la sostiene y lo pone en la trayectoria del siguiente. Giro antes del impacto y continúo hacia otro de los operadores.

No todos caen con el primer golpe. Uno se levanta con la nariz rota y vuelve a buscar su pistola. Tengo que regresar, pisar el arma y golpearlo otra vez. Cada segundo que gasto con él se lo regalo al resto.

Cuando veo a otro correr hacia el pozo, lo alcanzo por la túnica y lo arrojo entre dos bancos de piedra. Dejo de contarlos. Empiezo a reconocer a quienes todavía pueden ponerse de pie.

—Entramos —escucho por el canal.

La puerta del pasillo norte se abre de golpe. Un guardia sale despedido contra el marco. Otro tropieza sobre él. Seolhwa aparece sujetando a un tercero por el brazo y lo deja caer de cara antes de apartarle el arma con el pie.

Detrás entran Eunbyeol y Haejin.

Los cuatro minutos han terminado.

Seolhwa ve a los niños. Sus dedos se cierran alrededor del mango del hacha.

—Los brazaletes siguen conectados —le advierto.

—Lo sé. Cubro este lado.

No necesita otra orden.

Haejin recoge uno de los brazaletes de repuesto y se arrodilla junto al círculo exterior. Apoya el Báculo de los circuitos rotos contra una unión del suelo. Los anillos metálicos de su extremo empiezan a girar.

Sobre las líneas negras aparecen trazos azules que se extienden hasta las columnas.

—La lectura del video era correcta —dice—. Los cuerpos reciben el exceso del ritual. Primero voy a separar las derivaciones que llevan a los operadores.

—¿Están unidos a sus vidas? —pregunto.

—No encuentro esa condición en los brazaletes. El pulso de los cautivos regula la carga; la de los sacerdotes no. Pero matar al que sostiene el mando antes de invertir el flujo puede provocar el retorno que les expliqué.

La diferencia con aquella fábrica importa más que cualquier cantidad de enemigos.

Eunbyeol abre su libro y coloca el comunicador junto a las páginas. El mapa que dibuja sobre ellas se completa con las imágenes y los informes que recibe. Hay sectores vacíos. Nadie finge conocerlos.

Seolhwa detiene con el mango a un hombre que intenta acercarse a Haejin. El golpe lo dobla sobre sí mismo.

—Seguí —le dice a la maga, empujándolo fuera de su alcance.

***

La voz de Kwon entra primero.

—Hotel. Estoy en el subsuelo. Veintiún cautivos, cuatro menores. El nodo ocupa el hueco del ascensor.

Su cámara muestra un espacio estrecho entre columnas de hormigón, cables y personas tendidas. Solo veo una parte antes de que vuelva a ocultarla.

—Seis guardias y dos sacerdotes —añade—. Uno tiene las marcas conectadas a la máquina.

—Tengo línea sobre tres —informa Doyun—. Incluido el operador.

Haejin estudia la transmisión.

—Kwon, acercá la cámara al distribuidor de cuatro cables. El que parece tener dos bocas mordiéndose debe quedar intacto.

—Qué dibujo desagradable.

—¿Lo encontraste?

—Sí. Los otros tres quedan a mi alcance.

Del canal del depósito llegan disparos. Un golpe metálico satura el sonido y después escucho a Mujin.

—Zona de carga asegurada. Estamos bajando.

Jiwon confirma el recuento poco después.

—Diecisiete adultos. Tres en estado crítico. Los demás están conscientes, pero casi no responden.

Diecisiete, veintiuno y treinta. Cuatro menores en el hotel, ocho aquí. Ninguno quedó fuera de las cifras que escuché.

Mujin describe el generador principal y envía una imagen de un rotor unido a la cámara frigorífica.

—¿Qué parte detengo?

—El volante exterior, cuando te avise —contesta Haejin—. El cuerpo central tiene que permanecer entero. Si lo partís, descarga sobre los cautivos.

—Entendido. Puedo sujetarlo desde el soporte.

Jiwon interviene.

—El ritmo de los brazaletes está siguiendo sus pulsos. Voy a estabilizar primero a los tres más débiles. No me cambien el flujo sin avisar.

Veo la preocupación en la cara de Haejin mientras conecta esa información con lo que tiene delante.

—Puedo usar el tramo de retorno para distribuir tu apoyo por la red —dice—. Sin hacerlo pasar por el pozo. Vas a notar los otros pulsos, pero no intentes curarlos a todos.

—Mantenerlos estables. De acuerdo.

Una luz blanca aparece entre las líneas azules del suelo. Los rehenes más cercanos aflojan apenas los hombros.

No recuperan la salud de golpe. Solo dejan de perderla tan rápido.

Haejin levanta la mirada.

—Tres fases. Cortamos la alimentación externa, invertimos los retornos y recién entonces rompemos los sellos de mando. Cada cambio debe hacerse en los tres lugares con menos de dos segundos de diferencia.

—Voy a marcar las tres señales —responde Eunbyeol—. Nadie se adelanta por terminar primero.

El hombre de las seis líneas recita con más fuerza. Los sacerdotes que quedan junto a él se unen. Una de las criaturas del pozo golpea otra vez, o quizá la misma está empezando a moverse.

Un niño cae hacia adelante y la cadena lo sostiene por la muñeca.

Seolhwa se agacha de inmediato y le alivia el peso del brazo.

—Respira —dice, sin apartar los ojos de su cara.

—La red está cayendo —informa Jiwon—. Puedo sostenerla un poco más. No tenemos margen para empezar de nuevo.

Haejin señala el anillo interior.

—Necesito llegar ahí.

Doce sacerdotes le cierran el camino. Se toman de las manos y una barrera negra empieza a crecer entre ellos.

Pateo una baldosa suelta antes de que terminen de formarla. Los fragmentos les golpean las piernas y la cara. Uno se cubre los ojos; suelta al de al lado y la barrera vacila.

Entro por esa abertura.

El primero recibe mi hombro en el pecho. Giro alrededor del segundo y lo empujo contra el tercero. Una mano me atrapa la ropa desde atrás; me dejo arrastrar medio paso para acercarle el cuerpo y lo vuelco sobre mi cadera.

El crujido de su clavícula se pierde entre los cánticos.

La parte plana de la Espada del bosque me permite golpear brazos y mandíbulas sin abrirlos de lado a lado. Aun así, el labio de uno se parte. Lo empujo fuera del anillo antes de que la sangre empiece a caer.

Seolhwa llega hasta el borde con el niño en brazos y mantiene alejados a los que intentan cerrar de nuevo el paso. Haejin cruza detrás de mí.

Clava el báculo en una ranura. Cuatro anillos secundarios adquieren un contorno azul.

El quinto permanece rojo.

—Hay un enlace debajo —dice, mirando el pozo.

La sacerdotisa gris levanta la cabeza desde el resguardo de una columna.

—Está sobre la contención. Si lo rompen, abren la prisión.

—¡Callate!

El hombre de las seis líneas alza una mano. Las marcas de su cuello y las de la mujer se iluminan al mismo tiempo. Ella se dobla, tratando de respirar.

Haejin sigue el hilo que acaba de hacerse visible.

—La línea superior de su cuello. Es un vínculo aparte. Esa sí podés cortarla.

Voy hacia él.

Corte del comandante refuerza mi primer impacto contra el hombre que dirige la ceremonia. Detengo el recorrido antes de profundizar: el filo abre la piel donde está la línea indicada y rompe el trazado.

Grita. Lo empujo hacia afuera del anillo para que su sangre no lo alimente.

La sacerdotisa logra tomar aire.

No necesito que me agradezca.

—¿Qué hay encerrado? —pregunto.

—Algo que estaban usando para obtener poder. El anillo de abajo no se maneja con los controles de acá.

Haejin se acerca a su muñeca.

—Tus marcas tienen la misma frecuencia. Puedo copiarla.

La mujer esconde el brazo contra el cuerpo.

—Si se entera...

—El niño dejó de sostener la cabeza —dice Seolhwa.

No levanta la voz. Ajusta el cuerpo del pequeño contra su hombro y muestra el brazalete que le está quemando la piel.

La sacerdotisa lo mira. Después extiende la muñeca, temblando.

Haejin apoya dos dedos sobre las marcas. La mujer grita cuando el báculo absorbe la secuencia.

—Tengo el enlace —dice Haejin—. Necesito un conductor junto al anillo inferior. Solo apoyalo. Yo hago la inversión con la señal.

Miro la abertura del pozo.

—Voy.

—Te mantengo en el mapa —responde Eunbyeol—. No salgas del canal.

Me dejo caer.

***

La cámara inferior es circular. La luz roja sale de una figura encadenada a un trono de piedra.

Mide casi tres metros. Su piel gris se tensa sobre músculos delgados, y seis estructuras óseas nacen de su espalda como alas incompletas. Una máscara de hierro le cubre la cara. Distingo siete sellos en el pecho, aunque varios tienen partes oscuras, agrietadas, difíciles de separar de las cadenas.

Uno conecta con el anillo que recorre el borde del trono.

La criatura respira.

Está despierta.

—Veo el punto —susurro.

—Apoyá la espada en la ranura que te marqué —dice Haejin—. No hace falta herirlo.

La hoja vibra al tocar la piedra. Siento una resistencia extraña a través del mango, un impulso de retirar el arma que no parece del todo mío.

La figura levanta la cabeza.

—Cazador...

La palabra resuena en las paredes. Una rodilla se me dobla bajo la presión.

Me sostengo antes de apartar la hoja del anillo.

—Esperá tu turno.

Por el canal, Eunbyeol comprueba las posiciones. Kwon confirma que tiene los tres conductores a mano y que consumió una activación del silencio de sus dagas para entrar. Doyun espera frente a la abertura del antiguo montacargas, con una línea de tiro sobre el transformador.

Mujin describe dónde ha trabado el borde del escudo para sostenerse junto al rotor. Está usando el marco y su propia fuerza; conserva el anclaje mágico para una emergencia.

—Pulsos estables —dice Jiwon—. Lo mejor que puedo darles.

Eunbyeol emite la orden con el libro abierto.

[Orden incompleta.]

La acepto. Durante unos instantes, el momento en que debo actuar resulta más claro que el temblor de mis piernas.

—Primera fase... ahora.

Corto los dos canales secundarios que Haejin señala. Casi al mismo tiempo escucho la cuerda del arco de Doyun y su confirmación: la runa del transformador está rota. Jiwon aísla la alimentación del depósito desde el tramo que Haejin preparó con ella.

Las tres respuestas llegan antes de que Eunbyeol cambie de fase.

—Retornos preparados. Tres, dos, uno... ahora.

Dejo la espada sobre el enlace inferior. La magia de Haejin recorre el metal y el anillo comienza a girar en sentido inverso.

Kwon cuenta sus tres cortes por el canal. Mujin suelta un gruñido que se vuelve más grave a medida que el rotor pierde velocidad.

—Detenido —informa por fin.

—Mantenelo así —responde Haejin—. No lo aflojes.

El flujo cambia bajo mis pies. Arriba escucho gritos. Jiwon avisa que varios pulsos están perdiendo el ritmo y aumenta su apoyo antes de que la desviación se propague.

—La inversión está lista —dice Haejin—. Quedan los mandos.

Retiro la espada y trepo por las salientes interiores del pozo. Cuando alcanzo el borde, veo al hombre de las seis líneas intentando regresar al círculo. Todavía sangra por la herida superficial del cuello.

Me coloco en su camino.

En los otros canales, Doyun confirma al operador del hotel en la mira. Kwon tiene acceso a la unión que debe cortar después del impacto. Mujin ha tomado la Espada de Clemen para alcanzar la delgada placa rúnica junto al volante.

Le recuerdo la hoja dañada.

—Solo la placa. No golpees el armazón.

—La tengo.

Eunbyeol mira el mapa y baja la mano.

—Mandos... ahora.

Corto el cuello del sacerdote.

La cabeza se desprende; un chorro oscuro salpica el borde del anillo. Esta vez las líneas no lo absorben. La inversión ya está hecha.

Mientras el cuerpo cae, escucho el disparo de Doyun, la confirmación de Kwon y el golpe breve de Mujin contra la placa.

Los cierres responden dentro del margen.

Durante una fracción de segundo, los brazaletes permanecen negros. Después se abren. Caen de las muñecas y golpean la piedra entre los pies de los cautivos.

—Diecisiete vivos —informa Jiwon, respirando con dificultad.

—Veintiuno —responde Kwon—. Los cuatro chicos también.

Seolhwa sostiene al niño mientras Eunbyeol recorre las columnas conmigo. Encuentro movimiento, respiraciones débiles, ojos que siguen la luz.

Treinta aquí.

Sesenta y ocho en total.

Todos vivos.

No aparece una evaluación. El sonido de las cadenas al caer me basta.

—Evacuación —ordena Eunbyeol—. Entreguen a los cautivos al personal de Jang. Los críticos salen primero. Nadie abandona a un herido hasta que otro se haga cargo.

Haejin cae sentada junto al báculo. Yo levanto la espada hacia los cultistas que siguen armados.

Varios la dejan caer de inmediato.

Otros seis corren hacia los menores.

Uno levanta una daga sobre una niña. Seolhwa deja al pequeño detrás de su cuerpo y toma el hacha con ambas manos.

Esta vez no le pido que espere.

***

El filo entra por encima de la clavícula del primer sacerdote y sale junto al esternón. El brazo que sostenía la daga cae con parte del hombro. La sangre golpea el suelo y salpica la ropa de la niña.

Seolhwa la empuja suavemente detrás de ella.

—Cerrá los ojos.

La pequeña se cubre la cara.

El cambio en Seolhwa empieza por la respiración. Se vuelve corta, medida, como si cada bocanada tuviera que contener algo más que aire. Reconozco la tensión que vi en el patio después del Orbe.

Berserker latente.

Un segundo sacerdote lanza fuego. La llama le alcanza el hombro y consume un trozo de tela. Ella cruza el último paso antes de que pueda repetir el hechizo. El hacha le abre la cabeza hasta la mandíbula.

No sale indemne. Veo la quemadura en su piel cuando arranca el arma. El dolor simplemente no consigue detenerla.

El tercero recibe un golpe lateral que le hunde el pecho y lo lanza contra una columna. El cuarto retrocede formando una runa con los dedos.

—¡Era una cuidadora! —grita.

Seolhwa le corta el brazo antes de que cierre el símbolo.

—Lo soy.

El siguiente golpe le abre el cuello.

No avanza detrás de quienes huyen. Permanece entre los atacantes y los niños, obligándolos a pasar por el espacio que cubre con el hacha. Nadie pasa responde allí, en esa entrada improvisada entre dos columnas.

Un hombre intenta rodearla por detrás. Lo veo y aviso; ella gira sobre el pie sano. La hoja entra en el abdomen, arrastra intestinos al salir y deja al atacante de rodillas sobre su propia sangre.

El último de los seis levanta un escudo ritual. El primer golpe lo agrieta. El segundo atraviesa la protección y el antebrazo con el que intenta cubrirse. El tercero lo alcanza por encima de la oreja.

Kwon pregunta qué ocurre en nuestro canal.

—Intentaron recuperar a los niños —responde Eunbyeol—. Seolhwa está conteniéndolos. Continúen la evacuación.

Otros cultistas sueltan las armas. Uno se deja caer junto a una pared, con las manos abiertas. Seolhwa lo mira. El hacha se eleva apenas.

—Seolhwa —la llamo—. Ese se rindió.

Su mandíbula se tensa. Tarda un segundo en bajar el arma y regresar con los menores.

No es una calma perfecta. Tiene que trabajar para detenerse.

Un niño se aparta cuando ella se agacha.

—¿Sos un monstruo?

Seolhwa se queda quieta. Mira la sangre de sus manos y apoya el hacha en el suelo, fuera del alcance del pequeño.

—Voy a sacarte de acá —dice—. Si no querés que te toque, podés caminar detrás de mí.

El niño no la abraza. Permanece pegado a la columna hasta que ella le señala el pasillo libre. Entonces da un paso y se aferra al borde menos manchado de su ropa.

Los demás lo siguen.

—Pasillo norte —indica Eunbyeol—. Hay agentes y personal médico arriba.

Seolhwa recoge el hacha con la mano libre y guía al grupo hacia la salida.

***

Los últimos adultos salen apoyados en los agentes. Veo llegar las camillas hasta la escalera; después Jang confirma por radio que reciben a los heridos en la nave y los trasladan a las ambulancias de las calles secundarias.

Los cultistas que se rindieron son esposados y retirados por otra ruta. La sacerdotisa gris permanece conmigo y con Haejin para identificar el enlace que todavía palpita bajo el pozo.

—¿Quién construyó la prisión? —le pregunto.

—No lo sé. El santuario ya existía cuando llegaron los nuestros.

Una cadena se rompe abajo.

Seolhwa vuelve del pasillo después de entregar a los niños. Los cuatro miramos el pozo.

Haejin se inclina sobre las líneas apagadas.

—La inversión aisló a los cautivos, pero también retiró parte de la alimentación de la contención.

La sacerdotisa mira el cadáver del hombre de las seis marcas.

—Él sostenía otro enlace.

—Eso no estaba en tu advertencia.

—Creí que quedaban suficientes sellos.

Lo dice mirando la abertura, sin intentar defenderse.

Otra cadena se parte. Ya no tenemos tiempo para discutir cuánto sabía.

—Jang, despeje la nave y saque a los detenidos —ordeno—. Algo está saliendo de abajo.

El borde del pozo explota.

Aparto a Eunbyeol detrás de una columna y desvío con la espada el fragmento que viene hacia Haejin. Una mano gris se aferra a la piedra rota. Después aparece la otra.

La figura se eleva con las cadenas arrastrándose detrás. Sus seis alas óseas se despliegan hasta rozar las paredes. Sobre la máscara hay una luna negra atravesada por tres agujas.

—Ladrones.

Su voz hace vibrar la piedra bajo mis botas.

La sombra de un cultista muerto se desprende del cadáver, se extiende por el suelo y atrapa los tobillos de la sacerdotisa. Corto la unión antes de que le alcance el pecho.

—¡Llévensela! —grito hacia el último agente del pasillo.

La mujer se arrastra hasta él y ambos desaparecen por la escalera.

Frente a mí aparece una ventana.

[Entidad de jerarquía superior detectada.]

[Avarn, el Eclipse Sepultado.]
[Especie: Apóstol de la Luna Muerta.]
[Jerarquía: Tercer Apóstol.]
[Estado: parcialmente sellado.]
[Sellos activos: 4/7.]
[Nivel estimado: 48.]
[Amenaza actual: SS+.]
[Amenaza potencial: SSS.]

Una estimación, no un nivel que pueda comparar tranquilamente con el mío.

La sombra cortada intenta regresar al cadáver. Avarn la absorbe por una de las alas. Mi título reconoce la nigromancia en cuanto vuelvo a enfrentarme a él.

[Enemigo de la oscuridad — S activado.]

La fuerza y la destreza aumentan. Mi cuerpo tolera mejor la presión.

Sigue sin ser suficiente.

—Tenés el olor de mis sacerdotes muertos —dice Avarn.

—Conocí a varios.

Su mano se mueve.

No alcanzo a ver el comienzo. Levanto la espada por el cambio de peso y recibo el puño contra la hoja. El impacto me arranca del suelo y me estrella de espaldas contra una columna.

La piedra revienta. Siento romperse varias costillas antes de caer entre los escombros.

Seolhwa entra por su derecha y hunde el hacha unos centímetros en el hombro gris. Avarn gira el brazo, libera la hoja y la golpea con el dorso de la mano. Ella cruza la sala y choca contra el pie de otra columna.

—¡Seolhwa!

—Viva —responde a Eunbyeol, intentando incorporarse.

Su pierna queda torcida bajo el cuerpo. Logra sacarla, pero no apoyar todo el peso.

Avarn dirige una palma hacia Eunbyeol. Las sombras se juntan en una lanza.

Haejin clava el báculo.

—¡Cierre de circuito!

La punta negra se desvía y perfora la piedra junto a los pies de Eunbyeol.

El apóstol mira a Haejin. A su alrededor aparecen docenas de símbolos.

—No puedo interferir con todos —advierte ella.

Me levanto, conteniendo la respiración que me hace bailar las costillas rotas.

Activo la espada.

[Invocación: Lobo del bosque — S.]
[Mantenimiento: consumo del 10% de la Resistencia máxima por hora.]

La energía verde sale de la hoja y se extiende por el suelo en raíces espectrales. Siento el inicio del gasto como un tirón en el cuerpo; mantenerlo fuera también va a costarme resistencia.

Un lobo enorme toma forma a mi lado. Tiene pelaje negro, líneas verdes bajo la piel y casi dos metros hasta el lomo.

Me mira antes de mirar al enemigo.

No había comprobado qué podía hacer al invocarlo. Ahora va a tener que aprender conmigo.

Señalo a Avarn.

—Ese.

El lobo enseña los colmillos y se lanza.

Esquiva la mano del apóstol, alcanza la punta de un ala y la muerde hasta quebrarla. Avarn lo toma por el cuello y lo arroja contra el techo. La forma verde se dispersa un instante antes de reunirse otra vez sobre cuatro patas.

Un gruñido recorre la cámara.

—Un alma naciente —murmura Avarn.

Eunbyeol se desplaza con el libro junto a la columna.

—Kim, sostené el frente. Seolhwa, entrá solo cuando abra la guardia. Haejin, necesito limpio el pasillo de atrás.

Esta vez son instrucciones por el canal y a viva voz. Conserva los otros usos de su habilidad.

Los símbolos negros salen disparados. Desvío los que puedo y esquivo hacia el sector que Haejin despeja. Dos atraviesan mi capa; otro me abre el costado. El dolor se suma al de las costillas.

Seolhwa golpea la rodilla de Avarn desde abajo. El lobo le muerde el brazo contrario. Aprovecho esa abertura para alcanzar el torso.

Corte del comandante reconoce al apóstol que gobierna las sombras. Mi primer impacto directo recibe el refuerzo y la hoja entra en su costado.

Avarn ruge. La presión nos separa.

Uno de los cuatro sellos activos se agrieta junto a la herida.

—¡Apartate de las marcas! —grita Haejin.

Demasiado tarde.

El sello estalla y las alas se extienden con un crujido húmedo. La punta que el lobo había arrancado vuelve a crecer. Veo cerrarse la herida que acabo de abrir.

[Sellos activos: 3/7.]
[Amenaza estimada en aumento.]

Cada sello roto le devuelve poder.

Hemos encontrado la peor forma posible de confirmar una sospecha.

Avarn arranca una cadena de su brazo. Los eslabones se juntan y forman una espada negra, curva, que absorbe la luz de las lámparas.

Sobre nosotros aparece una esfera oscura.

Mis rodillas ceden. Eunbyeol cae de lado, Haejin se sostiene con el báculo y Seolhwa clava el hacha entre dos piedras para no terminar en el suelo.

Avarn camina sin esfuerzo bajo su propia gravedad.

—Los que me encerraron querían robar mi poder. Ustedes van a devolverme lo que falta.

Eunbyeol levanta la cara hacia mí.

—Necesitamos a los demás.

No espero a que lo repita.

—Kwon, Doyun, Mujin, Jiwon. Informen.

Me llegan cuatro voces, una tras otra. Los cautivos del hotel y del depósito ya están con los equipos de evacuación. Quedan agentes a cargo de cada lugar.

—Vengan a la iglesia. Hay un apóstol parcialmente liberado. Los civiles de acá también están fuera.

—¿Tiempo? —pregunta Eunbyeol.

—Seis minutos hasta su entrada —responde Doyun.

—Ocho para nosotros —dice Jiwon—. Estamos subiendo al vehículo.

Mujin añade:

—¿Podés sostenerlo?

Avarn mueve la espada. Me interpongo ante Eunbyeol e inclino la hoja para desviar el corte. Aun así, retrocedo varios metros, dejando surcos entre las piedras.

Una grieta aparece en la Espada del bosque.

—Traé el escudo preparado —respondo.

El pasillo norte queda a mi espalda. Retrocedo hacia él y obligo a Avarn a seguirme entre las columnas que todavía están en pie.


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