El temporizador disminuye con una rapidez que nadie esperaba.
Al principio, cada minuto parece demasiado largo.
Después comienzan a llegar los anuncios.
[Una grieta de penalización ha sido cerrada.][El tiempo restante de todas las grietas se reduce en 5 minutos.]
India.
Brasil.
China.
Estados Unidos.
Francia.
Países que habían superado el segundo piso movilizan a sus cazadores para ayudar a aliados cercanos. Otros, aun sin haberlo completado, consiguen destruir el núcleo utilizando todo lo que tienen disponible.
Artillería.
Explosivos.
Equipos improvisados.
Cazadores que apenas regresaron de la Torre y vuelven a entrar en combate sin haberse recuperado por completo.
Cada grieta cerrada arranca cinco minutos al contador de las demás.
Dos horas se convierten rápidamente en una.
Después en cuarenta minutos.
Veinticinco.
Quince.
A medida que el tiempo disminuye, las criaturas que permanecen fuera de las grietas comienzan a debilitarse. Algunas pierden la conexión con sus núcleos y caen antes de que los soldados puedan rematarlas.
Otras continúan luchando hasta el último instante.
Cuando el contador finalmente llega a cero, las grietas restantes se cierran al mismo tiempo.
No desaparecen de forma pacífica.
Se contraen sobre sí mismas, arrastrando niebla, energía y cualquier criatura que todavía no haya conseguido alejarse demasiado. Durante varios segundos, el mundo entero queda en silencio.
Después empiezan a contarse los muertos.
Los canales abandonan las transmisiones en directo y comienzan a mostrar cifras.
Cifras incompletas.
Provisionales.
Números que aumentan cada vez que aparece un nuevo informe.
En Pakistán, una periodista permanece frente a un hospital militar. Detrás de ella, las ambulancias continúan llegando.
—Las autoridades estiman que murieron más de doscientos soldados durante el enfrentamiento —informa—. Entre ellos se encontraban veintisiete cazadores registrados y un número todavía desconocido de voluntarios civiles.
La imagen muestra bolsas negras alineadas bajo carpas militares.
La transmisión cambia.
En Indonesia, una grieta se abrió cerca de varias aldeas rurales. El ejército consiguió contenerla, pero las criaturas destruyeron dos poblaciones antes de que el núcleo fuera eliminado.
En Egipto, los monstruos alcanzaron una carretera de evacuación.
En Chile, una unidad completa desapareció dentro de la grieta y nunca llegó hasta el núcleo.
En Argentina, el combate en Chubut dejó decenas de muertos y más de un centenar de heridos. Los periodistas muestran vehículos destruidos, nieve teñida de rojo y soldados buscando supervivientes entre las rocas.
En Corea del Norte no existe una cifra oficial.
Las imágenes satelitales muestran humo en la región montañosa y un convoy transportando cuerpos durante la noche.
Kwon cambia de canal.
No mejora.
—Se confirma una sesión extraordinaria de la Organización de las Naciones Unidas —dice una presentadora europea—. Diversos países solicitaron una investigación sobre la falta de intervención directa de Corea del Sur durante la crisis de las grietas.
Aparecen representantes hablando frente a cámaras.
—Corea poseía al grupo de cazadores más avanzado del mundo.
—Tenían experiencia destruyendo núcleos.
—Su negativa costó vidas.
—La información no reemplaza la presencia de combatientes capacitados.
—La humanidad atraviesa una crisis común. Ninguna nación puede actuar de manera aislada.
Kwon deja el control remoto sobre la mesa.
—Ahí está.
—¿Qué cosa? —pregunta Mujin.
—La parte donde todo termina siendo culpa nuestra.
Eunbyeol mantiene la vista fija en la pantalla.
—Era previsible.
—Igual resulta molesto.
La siguiente noticia muestra una multitud reunida frente a la embajada surcoreana en Londres.
Después otra en Washington.
Otra en París.
Carteles con mi rostro.
Fotografías de cazadores muertos.
Mensajes exigiendo respuestas.
En Seúl, representantes extranjeros y familiares de víctimas se concentran frente a edificios gubernamentales. La policía mantiene las calles bloqueadas, pero la cantidad de personas sigue aumentando.
—Varios gobiernos enviaron delegaciones directamente a Corea del Sur —continúa la periodista—. Exigen una explicación formal sobre la decisión de no desplegar al equipo liderado por Kim Cheonro durante las grietas de penalización.
El hombre sentado a su lado acomoda los papeles frente a él.
—Hasta el momento, el Gobierno coreano no emitió ninguna declaración oficial.
—¿Considera posible que intenten responsabilizar únicamente al equipo de cazadores?
—Es probable. Corea del Sur se benefició políticamente de sus conquistas, pero evitó asumir responsabilidades cuando otros países enfrentaron una emergencia.
Apago el televisor.
La pantalla queda negra.
Durante varios segundos, nadie habla.
—¿Eso es todo? —pregunta Jiwon.
—¿Qué más querés que haga?
—No lo sé. Al menos parecer preocupado.
—Estoy preocupado.
Kwon se inclina hacia adelante.
—Su rostro no recibió el mensaje.
—Mi rostro no es asunto tuyo.
El teléfono vibra antes de que pueda continuar.
Jang Seongho.
Contesto.
—¿Qué ocurre?
No responde inmediatamente.
Detrás de su respiración escucho teléfonos, voces elevadas y puertas abriéndose y cerrándose.
—Tengo una avalancha de personas descontentas con nuestro accionar, señor Cheonro.
—Ignórelas.
La respuesta sale con naturalidad.
No necesito pensarlo.
Jang guarda silencio.
—No son solo manifestantes.
—Entonces ignore también a los políticos.
—Hay ministros, embajadores, representantes de la ONU y delegados de varios países esperando una respuesta.
—Que esperen.
—Algunos viajaron directamente a Corea.
—Fue decisión de ellos.
—Señor Cheonro...
Su voz cambia.
No pierde la formalidad, pero escucho algo que rara vez aparece en él.
Agotamiento.
—Piden hablar personalmente con usted.
—No tengo nada que decirles.
—Ellos consideran que sí.
—Ese es su problema.
—Podría convertirse en el nuestro.
Frunzo el ceño.
Jang no suele dramatizar.
Siempre encuentra una forma de convertir el caos en documentos, horarios y reuniones. Incluso cuando Avarn apareció debajo de una iglesia, mantuvo el rostro inmóvil mientras coordinaba ambulancias y unidades militares.
Ahora su respiración está acelerada.
Cuando activa la cámara por accidente durante un instante, alcanzo a verlo.
Tiene el cuello de la camisa ligeramente desacomodado.
El cabello perdió su orden habitual.
Y hay sudor sobre su frente.
Es la primera vez que lo veo así.
Eso basta para comprender la gravedad del problema.
—¿Qué están amenazando con hacer? —pregunto.
—Estados Unidos habla de sanciones. Varias naciones quieren suspender acuerdos de cooperación con Corea. Algunos representantes exigen que la Asociación Internacional de Cazadores tenga autoridad sobre cualquier equipo capaz de completar pisos superiores.
—No pueden obligarnos.
—Legalmente, no.
—Entonces no importa.
—Políticamente sí.
Se escucha una voz gritándole algo desde lejos.
Jang cubre el teléfono durante un momento.
Cuando vuelve a hablar, su paciencia parece estar sostenida por una línea demasiado delgada.
—También están acusando al Gobierno de haber retenido información.
—Entregamos información suficiente.
—Lo sé.
—Entonces dígalo.
—Ya lo dije.
—Repítalo.
—Lo repetí diecisiete veces.
Kwon, que escucha desde el sillón, levanta las cejas.
Nunca había oído a Jang acercarse tanto a una queja.
—¿Qué quieren realmente? —pregunto.
—Control.
La respuesta llega sin dudas.
—Quieren garantías de que la próxima vez usted intervendrá. Quieren acceso a su grupo, a sus estrategias y a cualquier conocimiento que obtenga en los pisos siguientes.
—No.
—Esperaba esa respuesta.
—Entonces la reunión no tiene sentido.
Jang exhala.
—Puede negarse por teléfono y permitir que ellos construyan su propia versión de los hechos. O puede mirarlos a la cara y dejar clara su posición.
Observo la pantalla apagada del televisor.
Todavía puedo imaginar las imágenes.
Cuerpos.
Hospitales.
Familiares llorando.
Representantes utilizando esas muertes para exigir algo que siempre quisieron.
Nuestro poder.
Nuestra información.
Nuestro control.
—Piden hablar con usted, señor Cheonro —repite Jang—. Personalmente.
Permanezco en silencio.
No me interesa convencerlos.
Tampoco necesito su aprobación.
Pero dejarlos hablar sin responder permitirá que conviertan nuestra negativa en cobardía, egoísmo o una confesión de culpa.
Y, tarde o temprano, esa presión alcanzará al resto del grupo.
A Eunbyeol.
A los niños.
A Seolhwa cuando regrese.
Eso no lo permitiré.
—Mmm...
Miro a los demás.
Todos esperan mi respuesta.
—De acuerdo —digo finalmente—. Organice una reunión.
Jang tarda un segundo en reaccionar.
—¿Con qué delegaciones?
—Con todas.
—Eso podría convertirse en un desastre diplomático.
—Ya lo es.
—Necesito saber qué piensa decir.
—Que no somos sus soldados.
Kwon sonríe ligeramente.
Jang no parece compartir su entusiasmo.
—¿Algo más?
—Que no volveremos a discutir nuestra autonomía.
—Señor Cheonro, le pido que recuerde que estará frente a representantes de decenas de países.
—Ellos deberían recordar frente a quién estarán sentados.
Del otro lado de la llamada se hace silencio.
—Organizaré la reunión —responde finalmente.
—Avíseme cuándo.
—Probablemente mañana.
—Bien.
—Y, por favor...
Se detiene.
—¿Qué?
—No lleve la espada.
Miro el arma apoyada contra la pared.
—No prometo nada.
Jang suspira y corta la comunicación.
Dejo el teléfono sobre la mesa.
Kwon me observa con una sonrisa cada vez más amplia.
—Esto va a ser entretenido.
—No.
—Va a haber embajadores, ministros y gente intentando obligarlo a obedecer.
—Lo sé.
—Definitivamente será entretenido.
Eunbyeol cierra su libreta.
—Van a utilizar las cifras de muertos para presionarte.
—También lo sé.
—Algunos intentarán dividir al grupo.
—Que lo intenten.
Jiwon me mira con los brazos cruzados.
—No podés entrar y decir que no te importan las víctimas.
—Nunca dije que no me importaran.
—Pero es lo que van a escuchar si hablás como siempre.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo hablo siempre?
Kwon levanta una mano.
—Como si estuviera decidiendo quién merece seguir respirando.
—Nadie te preguntó.
—Pero mi aporte es importante.
Miro nuevamente la pantalla apagada.
No me arrepiento de la decisión.
Ayudamos al mundo durante meses.
Compartimos información que costó sangre conseguir.
Diseñamos estrategias.
Explicamos los errores que podían matarlos.
No éramos responsables de luchar todas sus batallas.
Sin embargo, mañana tendré que explicárselo a personas que acaban de perder soldados, cazadores y familiares.
No será suficiente con tener razón.
Tendré que hacer que lo entiendan.
El resto del día continúa con normalidad.
O, al menos, con la normalidad que puede existir en una casa llena de cazadores mientras varios países exigen públicamente nuestras cabezas.
Regreso al campo de entrenamiento y repito mis formas de espada durante horas. Flujo del universo responde cada vez con mayor naturalidad, pero las demás técnicas todavía no despiertan ninguna reacción del sistema.
Kwon vuelve a ocupar el sillón frente al televisor, aunque esta vez mantiene el volumen bajo.
Mujin entrena su postura defensiva.
Doyun practica disparos a distintas distancias.
Hejin analiza grabaciones de las grietas cerradas.
Jiwon organiza el material médico que enviamos al extranjero.
Eunbyeol revisa los informes políticos, aunque no comenta nada sobre ellos.
Ignoramos las noticias.
No porque hayan dejado de hablar de nosotros.
Porque escucharlas no cambiará lo que ocurrió.
A la mañana siguiente, Jang llega personalmente a la residencia.
Lo encuentro esperando junto a la entrada, vestido con un traje oscuro perfectamente acomodado. Ya no tiene el cabello desordenado ni el sudor de la noche anterior.
Volvió a ser el secretario tranquilo y controlado que conozco.
Detrás de él hay un vehículo negro con los vidrios polarizados. Dos hombres permanecen junto a las puertas y otro vigila el camino de entrada.
Jang observa mi ropa.
Llevo un traje sencillo que el Gobierno envió temprano. No me resulta cómodo, pero Eunbyeol aseguró que aparecer frente a delegaciones internacionales con ropa de entrenamiento sería interpretado como una provocación.
No veo el problema.
Ellos pidieron reunirse conmigo, no con mi traje.
—Ya tenemos un vehículo esperando —dice Jang—. Acompáñeme.
—Entendido.
Camino junto a él.
Antes de subir, Jang se detiene.
Su mano permanece sobre la manija de la puerta, pero no la abre todavía.
—Por favor, señor Cheonro, tenga cuidado con lo que va a decir.
Lo miro.
—¿Por qué?
Su expresión se mantiene firme.
—Porque, en este momento, usted representa el poder de Corea del Sur frente al resto del mundo.
No soy político.
No pertenezco al ejército.
Ni siquiera trabajo oficialmente para el Gobierno.
Sin embargo, comprendo lo que intenta decir.
Para los demás países, el poder de Corea ya no se mide únicamente en soldados, armamento o economía.
Se mide en la Torre.
Y yo fui el primero en conquistarla.
—Entiendo, señor Jang —respondo—. Pero ellos pidieron hablar conmigo.
—Precisamente por eso estoy preocupado.
Abre la puerta.
Subimos.
Durante el viaje observo el paisaje a través de la ventanilla.
Calles tranquilas.
Personas esperando autobuses.
Comercios abiertos.
Niños caminando hacia la escuela de la mano de sus padres.
La crisis mundial parece lejana desde aquí.
Corea no recibió una grieta de penalización.
Nuestros soldados no tuvieron que formar líneas defensivas frente a monstruos desconocidos.
Nuestros hospitales no se llenaron de cuerpos durante esas dos horas.
Para la mayoría de las personas, el desastre ocurrió dentro de una pantalla.
Eso explica parte del enojo extranjero.
Ellos vieron morir a los suyos mientras nosotros continuábamos con nuestras vidas.
No significa que sean responsables de nosotros.
Pero comprendo por qué nos odian.
—¿Cuántos países estarán presentes? —pregunto.
Jang revisa una carpeta que lleva sobre las piernas.
—Treinta y siete delegaciones confirmadas.
—Demasiadas.
—También habrá observadores de la Organización de las Naciones Unidas, representantes de asociaciones internacionales de cazadores y miembros del Gobierno coreano.
—¿El presidente estará?
—No.
Giro ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque la reunión fue solicitada específicamente con usted. Su presencia podría convertirla en una negociación oficial entre gobiernos.
—¿Y qué es ahora?
Jang tarda un instante en responder.
—Una oportunidad para que expresen su descontento sin admitir que están negociando con un individuo.
—Eso suena innecesariamente complicado.
—Bienvenido a la diplomacia.
Vuelvo a mirar por la ventanilla.
El vehículo abandona las zonas residenciales y entra en un distrito lleno de edificios gubernamentales, hoteles y oficinas.
La tranquilidad empieza a desaparecer.
Hay más policías.
Más vehículos oficiales.
Más personas detrás de barreras.
Cuando doblamos en la última avenida, veo el edificio.
Es enorme.
Una estructura moderna cubierta casi por completo de cristal, con una fachada que refleja el cielo y los edificios cercanos. Varias banderas se encuentran alineadas frente a la entrada.
También hay periodistas.
Demasiados.
Las barreras ocupan ambos lados de la calle. Decenas de cámaras apuntan hacia el vehículo incluso antes de que nos detengamos.
—No sabía que esto sería público —digo.
—La reunión no lo es.
—Entonces, ¿por qué están todos afuera?
Jang cierra la carpeta.
—Porque treinta y siete delegaciones no pueden entrar en un edificio sin que alguien lo descubra.
El vehículo se detiene.
El conductor baja primero y rodea el auto.
Cuando abre mi puerta, una lluvia de destellos entra inmediatamente en el interior.
Salgo.
Los flashes golpean mis ojos.
Las voces se levantan al mismo tiempo.
—¡Señor Kim!
—¡Kim Cheonro, mire hacia aquí!
—¿Se arrepiente de no haber intervenido?
—¿Cuántas vidas considera aceptable sacrificar?
—¿Corea abandonó deliberadamente a los demás países?
—¿Aceptará participar en futuras crisis internacionales?
—¿Su equipo actuó por orden del Gobierno?
Durante unos segundos me quedo quieto.
Nunca me ocurrió algo así.
En mi vida anterior me conocieron ejércitos, ciudades y supervivientes. Fui general, cazador y enemigo de criaturas capaces de destruir países.
Pero nunca fui una celebridad.
Nadie me esperaba detrás de una barrera para fotografiar cada movimiento de mi rostro.
Es extraño.
También molesto.
Ignoro las preguntas.
Los guardaespaldas se colocan alrededor de Jang y de mí. Empujan suavemente a los periodistas que intentan acercarse y abren un camino hacia la entrada principal.
Avanzo sin apurarme.
Los flashes continúan.
Una periodista logra inclinarse entre dos guardias.
—¡Señor Kim! ¿Tiene algo que decirles a las familias de los cazadores muertos?
Mis pasos se detienen por una fracción de segundo.
No giro.
Tampoco respondo.
Las familias no necesitan una frase improvisada frente a una cámara.
Continuamos.
El trayecto hasta la puerta apenas dura unos segundos, pero la cantidad de voces hace que parezca mucho más largo.
Cuando finalmente entro en el edificio, el ruido queda amortiguado detrás del cristal.
El vestíbulo es amplio, blanco y excesivamente limpio.
Hay personal de seguridad en cada acceso.
Hombres y mujeres con credenciales se mueven entre pasillos, revisando documentos y hablando en distintos idiomas.
Algunos me reconocen.
Las conversaciones se interrumpen cuando paso.
Varios me observan con curiosidad.
Otros con rechazo.
No necesito una habilidad para distinguirlo.
Jang continúa caminando sin detenerse.
Lo sigo hasta un grupo de ascensores privados.
Un funcionario intenta acompañarnos.
—Secretario Jang, la delegación estadounidense solicitó—
Jang levanta una mano.
—Subiré solo con el señor Cheonro.
—Pero necesitamos informarle sobre—
—Después.
Las puertas del ascensor se abren.
Entramos.
Más personas intentan hacerlo detrás de nosotros.
Jang se gira antes de que puedan cruzar.
—He dicho que subiré solo con el señor Cheonro.
Su voz no es fuerte.
No necesita serlo.
Los funcionarios se detienen.
Las puertas se cierran.
Durante unos segundos solo escucho el sonido suave del ascensor elevándose.
Observo nuestro reflejo sobre las paredes metálicas.
Jang permanece rígido.
Tiene la carpeta apretada contra el cuerpo y los ojos fijos en los números que cambian sobre la puerta.
—Cuánta tensión —digo.
Intento aligerar el ambiente.
Jang gira lentamente la cabeza hacia mí.
—Señor Cheonro, ayer varios países amenazaron con imponer sanciones a Corea, crear una organización internacional para controlar a los cazadores de alto rango y exigir acceso obligatorio a la información de la Torre.
—Lo recuerdo.
—Hoy usted va a hablar frente a sus representantes.
—También lo recuerdo.
—Me alegra que al menos uno de los dos pueda tomárselo con calma.
El ascensor continúa subiendo.
—Solo van a hablar —digo.
—No. Van a acusarlo, provocarlo y tratar de obligarlo a asumir responsabilidades que usted no reconoce.
—Entonces responderé.
Jang cierra los ojos durante un instante.
—Ese es exactamente mi miedo.
No consigo evitar una sonrisa leve.
Cuando vuelve a hablar, su tono recupera la formalidad.
—Cuando lleguemos habrá un pasillo recto.
Asiento.
—Al final encontrará una puerta doble. Detrás estarán reunidos todos los delegados.
—Entendido.
—En el centro de la sala habrá un micrófono. Primero permitirán que los representantes presenten sus preguntas y acusaciones. Después podrá responder.
—¿Todos hablarán antes que yo?
—Ese es el protocolo acordado.
—Será largo.
—Probablemente.
—Podrían haber enviado un documento.
—No quieren una respuesta escrita. Quieren verlo reaccionar.
Eso explica la presencia de tantos delegados.
No vinieron únicamente a escuchar.
Quieren evaluar cuánto pueden presionarme.
Si siento culpa.
Si temo las consecuencias políticas.
Si pueden convertirnos en una fuerza que obedezca cada vez que otro país exija ayuda.
—Señor Cheonro —continúa Jang—, no importa lo que le digan, no pierda la calma.
—No suelo perderla.
—Le rompió la mandíbula a un funcionario en Clemen.
—Intentó impedir la defensa de la ciudad.
—También decapitó al señor del feudo.
—Era necesario.
Jang respira lentamente por la nariz.
—Hoy no decapite a nadie.
—No traje la espada.
Me mira de inmediato.
—¿De verdad?
Abro ligeramente el saco para mostrarle que no llevo ningún arma.
Por primera vez desde que subimos, sus hombros se relajan.
—Gracias.
—Tengo inventario.
Sus hombros vuelven a tensarse.
El ascensor emite un sonido.
Las puertas se abren.
Frente a nosotros se extiende un pasillo largo, cubierto por una alfombra oscura. Guardias de seguridad permanecen contra las paredes.
Al final hay una enorme puerta doble.
Detrás de ella se escuchan voces.
Decenas.
Idiomas distintos mezclándose en una sola conversación cargada de tensión.
Jang da un paso hacia afuera.
Yo lo sigo.
—Una última cosa —dice mientras caminamos.
—¿Qué?
—Ellos esperan que se disculpe.
Miro la puerta.
—Entonces comenzaron la reunión con una expectativa equivocada.