Las puertas se abren.
El murmullo del salón disminuye de inmediato.
No desaparece por completo. Durante unos segundos todavía se escuchan sillas moviéndose, intérpretes repitiendo frases en voz baja y el roce de documentos sobre las mesas.
Después llega el silencio.
Entro junto a Jang.
La sala es semicircular.
Decenas de delegaciones ocupan filas elevadas alrededor de un espacio central. Cada mesa tiene una bandera, varios micrófonos y pantallas para la traducción simultánea.
Estados Unidos.
China.
Reino Unido.
Francia.
Alemania.
Pakistán.
Argentina.
Chile.
Egipto.
Indonesia.
Y muchos otros.
Algunos países completaron el segundo piso.
Otros recibieron grietas de penalización.
Entre ambos grupos no existe una verdadera división.
Todos parecen haber venido por el mismo motivo.
Yo.
En el centro de la sala hay un único atril.
No una mesa.
No una silla.
Un micrófono rodeado por decenas de personas sentadas por encima de él.
La disposición no es accidental.
Quieren que parezca un interrogatorio.
Jang se detiene antes de bajar las escaleras.
—El asiento de la delegación coreana está allí —susurra, señalando una mesa cercana al frente—. Permaneceré con los representantes del Gobierno.
—¿Y yo?
Mira el atril.
—En el centro.
—Qué considerado.
Jang no sonríe.
Camino hacia el micrófono.
Los ojos me siguen durante todo el trayecto.
Algunos delegados me observan con curiosidad.
Otros no intentan disimular el desprecio.
También hay cámaras dentro de la sala, aunque son pocas y permanecen fijas. No se trata de una transmisión completamente pública, pero es evidente que fragmentos de la reunión terminarán apareciendo en las noticias.
Me detengo frente al atril.
No me siento.
No hay dónde hacerlo.
Una mujer con el emblema de las Naciones Unidas toma la palabra desde la mesa central.
—Señor Kim Cheonro, agradecemos que haya aceptado participar.
Su voz es formal.
Demasiado formal.
—Me informaron que querían hablar conmigo —respondo.
La mujer sostiene mi mirada durante un momento.
—La comunidad internacional considera necesario aclarar ciertas decisiones tomadas durante la crisis de las grietas de penalización.
—Entonces aclárenlas.
Un murmullo recorre la sala.
Jang baja la mirada hacia sus papeles.
La mujer hace una pausa antes de continuar.
—El procedimiento acordado permitirá que varias delegaciones presenten sus preguntas. Después dispondrá de tiempo para responder.
—Entendido.
Se enciende el micrófono de la delegación estadounidense.
El hombre que se inclina hacia él lleva un traje azul oscuro y una insignia oficial sobre el pecho.
—Señor Cheonro, antes que nada, permítame reconocer los logros de su grupo.
La frase suena amable.
La expresión no.
—Corea del Sur fue la primera nación en completar el segundo piso. Su información permitió aumentar las posibilidades de supervivencia de innumerables equipos.
Hace una pausa precisa.
—Precisamente por eso, muchos de nosotros encontramos difícil comprender su negativa a intervenir cuando esa experiencia era más necesaria.
No es una acusación directa.
Todavía.
—Mientras usted permanecía en Corea —continúa—, soldados y cazadores sin preparación equivalente murieron intentando cerrar grietas que su grupo habría podido resolver con mayor eficiencia.
Coloca una carpeta sobre la mesa.
—¿Considera que la decisión de preservar a siete personas justificó la pérdida de miles?
No respondo.
Todavía no es mi turno.
El representante estadounidense se reclina en su silla.
El micrófono de Pakistán se enciende.
Una mujer de rostro rígido observa primero sus notas y después a mí.
—Mi país perdió doscientos trece soldados confirmados.
La sala queda en silencio.
—Veintisiete de ellos eran cazadores despertados. Muchos ingresaron en la grieta con información proporcionada por Corea, pero sin armas, estadísticas ni experiencia comparables a las de su equipo.
Sus dedos se cierran sobre el borde de la mesa.
—Apreciamos los documentos recibidos.
Su tono dice lo contrario.
—Sin embargo, una lista de instrucciones no detiene a una criatura cuando quien la lee no posee fuerza suficiente para ejecutarlas.
Levanta ligeramente el mentón.
—Nos preguntamos si Corea considera que compartir información la libera de toda responsabilidad humana.
El micrófono se apaga.
Otro se enciende.
Argentina.
El representante es un hombre de cabello gris. Frente a él hay fotografías impresas del combate en Chubut.
—La grieta que apareció en nuestro territorio estaba alejada de las ciudades —dice—, pero no de nuestros soldados.
Levanta una de las imágenes.
No puedo ver todos los detalles desde el atril, pero distingo cuerpos cubiertos junto a vehículos destruidos.
—Nuestros hombres resistieron mientras el contador descendía. No solicitamos que Corea defendiera toda Sudamérica.
Me mira directamente.
—Solicitamos ayuda a quienes afirmaban luchar por la humanidad.
La frase provoca algunos asentimientos.
—Después descubrimos que esa humanidad parece terminar en la frontera coreana.
El representante británico interviene enseguida.
—Nadie cuestiona el derecho de Corea a proteger sus recursos estratégicos.
La elección de palabras es deliberada.
Recursos.
No personas.
—Pero cuando una nación posee una capacidad única, también adquiere obligaciones excepcionales.
Acomoda sus lentes.
—Los países con poder militar participan en alianzas. Los países con capacidad médica comparten tratamientos. Las naciones con tecnología avanzada colaboran durante desastres.
Inclina la cabeza.
—¿Por qué el grupo de Kim Cheonro debería quedar exento de los mismos principios?
China toma la palabra.
El representante no levanta la voz.
No lo necesita.
—La situación demuestra el peligro de permitir que capacidades de importancia mundial permanezcan bajo el control personal de un solo individuo.
Jang levanta la vista.
La delegación coreana se tensa.
—El señor Kim decide qué información compartir, cuándo combatir y qué vidas considera prioritarias —continúa el representante chino—. Esto no es cooperación internacional.
Sus ojos permanecen sobre mí.
—Es poder sin supervisión.
Algunos delegados murmuran su aprobación.
—Proponemos la creación de un organismo internacional capaz de coordinar a los cazadores de mayor rango durante crisis globales.
No dice controlarlos.
Pero eso significa.
—La participación no debe depender de la voluntad personal cuando millones de vidas se encuentran en riesgo.
Francia apoya la propuesta de coordinación.
Alemania solicita protocolos obligatorios.
Chile exige mecanismos de respuesta regional.
Egipto reclama acceso completo a la información de los pisos.
Otros delegados son más cuidadosos.
Agradecen.
Reconocen.
Elogian.
Después acusan.
—Valoramos profundamente su contribución, pero...
—Comprendemos la necesidad de proteger a su equipo, aunque...
—Nadie desea limitar su autonomía, sin embargo...
Todas las frases terminan en lo mismo.
Quieren decidir dónde luchamos.
Cuándo entramos.
Qué información entregamos.
Qué riesgos debemos aceptar.
La representante de las Naciones Unidas espera hasta que el último micrófono se apaga.
—Señor Cheonro, puede responder.
La sala entera me observa.
Jang permanece inmóvil detrás de la delegación coreana.
Recuerdo su advertencia.
Hablar correctamente.
No reaccionar a las provocaciones.
No convertir una crisis diplomática en algo peor.
Me acerco al micrófono.
—Primero quiero dejar algo claro.
Mi voz se extiende por la sala y regresa traducida en decenas de auriculares.
—Las personas que murieron durante las grietas no fueron cifras.
Varias expresiones cambian.
No esperaban que empezara por ahí.
—Eran soldados, cazadores, médicos y civiles. Tenían familias. Tomaron decisiones con miedo y, en muchos casos, entraron sabiendo que probablemente no regresarían.
Miro a la delegación de Pakistán.
Después a la argentina.
—No voy a insultarlos fingiendo que sus muertes no importan.
La mujer paquistaní no aparta la mirada.
—Pero tampoco voy a utilizar sus muertes para justificar una conclusión falsa.
El silencio se endurece.
—Mi grupo no causó las grietas.
—Nadie afirmó—
El representante estadounidense intenta interrumpir.
Lo miro.
Se detiene.
—La Torre anunció una condición —continúo—. Cada país tuvo tres meses para superar el segundo piso. Corea compartió información sobre los monstruos, los núcleos, las fuentes de luz, los métodos de defensa y los riesgos psicológicos.
Levanto una mano antes de que alguien responda.
—No compartimos rumores. Entregamos información conseguida mientras nosotros arriesgábamos nuestras vidas.
Miro las mesas que nos rodean.
—Les dimos estrategias que no existían antes de nuestra conquista. Explicamos errores que podían destruir equipos completos. Nuestros sanadores compartieron tratamientos. Nuestra maga explicó estructuras mágicas. Nuestros combatientes detallaron formaciones, trayectorias, rutas y debilidades.
Mi voz permanece tranquila.
—Eso es ayuda.
Nadie habla.
—Ayudar no significa obedecer.
El representante británico frunce el ceño.
—Señor Cheonro, nadie ha utilizado—
—Me llamaron recurso estratégico.
Giro hacia él.
—Hablaron de obligaciones excepcionales. Propusieron un organismo con autoridad para decidir cuándo debemos combatir.
La traducción tarda unos segundos en recorrer la sala.
—Eso no es cooperación.
Miro al delegado chino.
—Es control.
La tensión aumenta.
No levanto la voz.
No necesito hacerlo.
—Mi grupo está compuesto por personas.
Señalo lentamente las mesas frente a mí.
—Kwon Taesung no es una unidad de infiltración que pueda enviarse a cualquier país que firme un documento.
—Kang Mujin no es una barrera móvil.
—Han Jiwon no es un objeto médico.
—Seo Doyun no es un arma de largo alcance.
—Lee Hejin no es una herramienta para desactivar rituales.
—Kim Eunbyeol no es un sistema de mando.
Hago una pausa.
—Seolhwa tampoco es una bestia que puedan soltar cuando una línea defensiva se rompe.
Algunos delegados reconocen el nombre.
Otros revisan sus informes.
—Son personas —repito—. Se cansan. Se hieren. Sienten miedo. Tienen familias y razones para regresar con vida.
Mi mirada pasa por las fotografías colocadas sobre las mesas.
—No somos mercenarios.
—No pedimos dinero para decidir quién merece ser salvado.
—No participaremos en una subasta cada vez que aparezca una grieta.
La delegada francesa enciende su micrófono.
—Pero su grupo acepta apoyo económico y material del Gobierno coreano.
—Porque vivimos en Corea.
—Eso no responde a la responsabilidad global.
—Sí responde.
La miro.
—Protegemos el país donde viven nuestras familias. Colaboramos con el Gobierno que protege a los niños bajo nuestro cuidado. Y seguimos subiendo la Torre porque esa es nuestra mayor contribución al mundo.
El murmullo regresa.
La representante de la ONU levanta una mano para restaurar el silencio.
—Explique esa última afirmación —pide.
Asiento.
Esta es la parte importante.
—La humanidad entró en una nueva era.
Las palabras parecen simples.
No lo son.
—Las fronteras, los ejércitos y las alianzas siguen existiendo. Pero ahora hay algo por encima de todo eso.
Levanto la vista hacia las pantallas donde todavía se muestra el símbolo de la Torre.
—Los pisos.
—Cada piso conquistado cambia las condiciones para quienes entran después.
Varios delegados se inclinan hacia adelante.
—Cuando completé el primer piso con una calificación perfecta, el escenario cambió.
Las pantallas de las delegaciones muestran datos que ya conocen parcialmente.
—La primera versión obligaba a defender Clemen de una invasión goblin. Después de nuestra conquista, los participantes dejaron de entrar en una defensa desesperada.
—Ahora Clemen ataca.
—La humanidad dentro de ese escenario pasó de resistir a avanzar.
El representante estadounidense observa a uno de sus asesores.
Continúo.
—En el segundo piso ocurrió algo distinto.
—La ciudad sin amanecer conservó su estructura, pero todos los monstruos fueron debilitados.
—Los espectros perdieron resistencia.
—Los núcleos se volvieron menos estables.
—La luz dura más.
—Los nigromantes regeneran con mayor lentitud.
—La presión de la Luna Muerta disminuyó.
La mujer de la ONU frunce el ceño.
—¿Afirma que esto fue consecuencia directa de la calificación obtenida por su equipo?
—Sí.
—¿Puede demostrarlo?
—Los equipos que ingresaron después encontraron enemigos más débiles que los registrados durante nuestra conquista.
Hejin ya había entregado mediciones.
Ellos lo saben.
Solo que nunca quisieron aceptar todas las implicaciones.
—Cada vez que Corea completa un piso de manera excepcional —digo—, el mundo recibe una ventaja.
La frase recorre la sala.
—No solo Corea.
—Todos.
Señalo las delegaciones.
—Sus cazadores enfrentaron una versión debilitada del segundo piso porque nosotros lo conquistamos primero.
—Sus posibilidades de supervivencia aumentaron porque mi grupo consiguió una calificación SSS.
—La información que compartimos fue útil porque nosotros entramos antes y descubrimos cómo funcionaba el escenario.
Hago una pausa.
—Entonces pregúntense qué ayuda más a la humanidad.
Nadie responde.
—¿Enviar a nuestro único equipo avanzado a correr de un país a otro, entrando en grietas desconocidas hasta que alguien muera?
—¿O permitirnos prepararnos para el tercer piso y conseguir otra conquista capaz de mejorar las condiciones para todos?
El representante argentino aprieta los labios.
—Esa es una elección muy conveniente para Corea.
—También fue conveniente para Argentina que el segundo piso fuera más débil.
Su expresión se endurece.
—Y aun así no lo completamos.
—Eso no convierte nuestra ayuda en inexistente.
La respuesta sale sin agresividad.
Precisamente por eso pesa más.
—Una ventaja no garantiza una victoria. Una estrategia no reemplaza el entrenamiento. Y mi presencia no puede reemplazar la responsabilidad de cada país.
El delegado paquistaní enciende nuevamente su micrófono.
—¿Entonces considera inevitables nuestras pérdidas?
—Considero inevitable que la humanidad aprenda a defenderse.
La mujer permanece en silencio.
—Esto no terminará con una grieta —continúo—. Tampoco con el tercer piso.
—Habrá más escenarios.
—Más sanciones.
—Más monstruos.
—Más situaciones en las que Corea no podrá llegar a tiempo.
Miro cada una de las banderas.
—Si sus países construyen toda su estrategia alrededor de esperar que mi grupo aparezca, entonces ya perdieron.
La frase no provoca ruido.
Provoca quietud.
—Necesitan formar equipos.
—Entrenarlos.
—Permitirles cometer errores antes de que esos errores destruyan ciudades.
—Necesitan médicos preparados para heridas mágicas, soldados capaces de responder a monstruos desconocidos y mandos que comprendan que cien combatientes sin coordinación pueden morir más rápido que diez que confían entre sí.
Eunbyeol habría dicho lo mismo.
Probablemente mejor.
—Nosotros seguiremos compartiendo información útil.
—Seguiremos advirtiendo sobre peligros.
—Seguiremos colaborando con investigaciones, tratamientos y estrategias.
Miro a la representante de la ONU.
—Pero no entregaremos nuestra autonomía.
Después al delegado chino.
—Ningún organismo internacional decidirá quién de nosotros entra en una grieta.
Después al estadounidense.
—Ningún gobierno comprará nuestro tiempo.
Finalmente observo toda la sala.
—No somos mercenarios.
—No somos propiedad de Corea.
Jang levanta ligeramente la mirada.
—Y mucho menos propiedad del mundo.
Un murmullo se extiende entre las delegaciones.
Dejo que continúe.
—Somos personas que decidieron subir.
—Eso es todo.
—La humanidad necesita que sigamos haciéndolo, pero necesitar no significa poseer.
La mujer de la ONU observa sus documentos.
—Señor Cheonro, muchos interpretarán su posición como una negativa a asumir responsabilidades internacionales.
—Asumo mi responsabilidad.
—¿Cuál es?
—Llegar al siguiente piso.
La respuesta es inmediata.
—Conseguir la mejor calificación posible.
—Cambiarlo de una forma que beneficie a quienes entren después.
—Regresar con información.
—Y mantener vivo a mi grupo para poder repetirlo.
Me aparto apenas del micrófono.
—Esa es mi responsabilidad.
—La de sus gobiernos es preparar a su gente.
Durante unos segundos nadie habla.
Una intérprete se quita los auriculares y vuelve a colocárselos, como si necesitara comprobar que la traducción fue correcta.
El representante británico rompe el silencio.
—Supongamos que aceptamos su razonamiento. ¿Qué ocurrirá si una futura crisis amenaza con destruir un país completo?
—Evaluaremos la situación.
—¿Y quién tomará la decisión?
—Nosotros.
—Eso devuelve todo el poder a su grupo.
—El riesgo también recae sobre nuestro grupo.
El hombre no tiene una respuesta inmediata.
—No pueden exigir autoridad sin asumir las heridas —agrego—. No pueden decidir que debemos entrar mientras ustedes permanecen sentados alrededor de una mesa.
La frase golpea más de lo que esperaba.
Varias miradas se apartan.
—Si un día intervenimos fuera de Corea —continúo—, será porque creemos que es necesario.
—No porque nos amenacen con sanciones.
—No porque nos ofrezcan dinero.
—Y no porque utilicen cadáveres para obligarnos a obedecer.
El representante argentino baja lentamente la fotografía que sostenía.
No parece satisfecho.
No esperaba que lo estuviera.
—No les pido que estén de acuerdo conmigo —digo—. Solo que comprendan algo antes de volver a hablar de nosotros como recursos.
Apoyo ambas manos sobre el atril.
—La era en la que podían enviar soldados y reemplazarlos con otros terminó.
—Un cazador con habilidades únicas no se fabrica.
—Un equipo que sobrevivió dos pisos no se reconstruye en una semana.
—Y una conquista perfecta puede afectar a toda la humanidad.
Miro hacia la delegación coreana.
Después vuelvo al centro.
—Preservar a mi grupo no es egoísmo nacional.
—Es estrategia mundial.
La sala permanece en silencio.
No sé cuánto tiempo pasa.
Quizás cinco segundos.
Tal vez veinte.
La representante de la ONU apaga lentamente su micrófono y conversa con dos asesores.
Algunos delegados empiezan a revisar documentos.
Otros hablan entre ellos.
La actitud cambió.
No desapareció la hostilidad.
Pero ya no me observan como a un soldado que se negó a cumplir una orden.
Ahora calculan.
Pisos modificados.
Dificultad reducida.
Beneficios globales.
La posibilidad de que una futura conquista vuelva a cambiar las reglas.
Finalmente, la mujer toma la palabra.
—La sesión entrará en un receso de veinte minutos.
Los micrófonos se apagan.
El salón se llena de conversaciones.
Me aparto del atril.
Jang se acerca antes de que los delegados puedan rodearme.
Su expresión permanece seria, pero ya no parece tenso.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Está haciendo una cara extraña.
—Estoy comprobando que no haya provocado una guerra.
—¿Y?
Mira las delegaciones discutiendo.
—Todavía no.
Empieza a guiarme hacia una salida lateral.
Antes de cruzarla, miro una última vez la sala.
No los convencí a todos.
Probablemente no convencí ni a la mitad.
Pero eso nunca fue necesario.
Solo necesitaban comprender que no podían tratarnos como un arma disponible.
La humanidad entró en una nueva era.
Ellos todavía piensan en términos de ejércitos, contratos y fronteras.
La Torre piensa en conquistas.
Y mientras no entiendan la diferencia, seguirán intentando poseer aquello que solo puede avanzar por voluntad propia.