Cuando Jang llega al callejón, se detiene apenas cruza la barrera policial improvisada.
La escena no deja demasiado espacio para interpretaciones.
Hay sangre sobre las paredes.
Fragmentos de carne pegados al cemento.
Órganos esparcidos a varios metros de distancia, como si el cuerpo de la mujer hubiera sido separado desde dentro por una fuerza imposible de contener.
El olor metálico se mezcla con el humo que todavía sale de algunas marcas negras grabadas en el suelo.
Varios agentes permanecen en la entrada sin atreverse a acercarse demasiado. Uno de ellos sostiene una bolsa para vomitar. Otro observa el interior del callejón con la mano apoyada sobre el arma, aunque ya no queda ningún enemigo al que disparar.
Jang dirige la mirada hacia mí.
Después hacia la Espada del bosque.
Finalmente vuelve a observar los restos.
—Señor Kim... —su expresión profesional se rompe durante un instante—. ¿Qué ha hecho?
—No fui yo —aclaro.
Jang guarda silencio.
Vuelve a contemplar la sangre.
Es una reacción comprensible.
Estoy de pie en medio de un callejón cubierto por los restos de una mujer, sosteniendo una espada sin una sola gota sobre la hoja.
La ausencia de sangre en el arma debería favorecer mi explicación.
En cambio, parece volverla todavía menos creíble.
—Entonces... ¿quién fue?
—No lo sé con exactitud.
Guardo la espada dentro del inventario.
—La mujer balbuceó algunas cosas. Después, algo activó una especie de maldición y la separó en fragmentos.
Jang me observa.
Hace algunos años, una explicación así habría terminado conmigo esposado dentro de un vehículo policial.
Ahora solo resulta extraña.
No imposible.
El mundo ya vio personas convertirse en monstruos, cuerpos poseídos por entidades, cadáveres que continuaban caminando y grietas capaces de conectar la Tierra con lugares donde las leyes físicas parecían opcionales.
Que una mujer explote por intentar revelar información secreta apenas consigue entrar en la categoría de incidente anormal.
—¿Qué cosas balbuceó? —pregunta Jang.
—Mencionó al grupo que escribió el mensaje del centro ritual.
Sus ojos cambian.
—¿El cielo que regresó?
Asiento.
—Afirmó que ellos escribieron la frase, pero que las palabras les fueron entregadas por otra persona.
—¿Por quién?
—No consiguió decirlo.
Jang mira los restos.
—¿Porque murió?
—Porque quien le entregó la información colocó varios mecanismos para impedir que hablara.
—¿Varios?
—Corté el primero.
Jang tarda unos segundos en procesarlo.
—¿Y el segundo provocó esto?
—Sí.
No necesito explicarle que la segunda maldición estaba atada a la identidad de la mujer.
Tampoco que el primer vínculo parecía extenderse mucho más allá de la ciudad.
Jang ya tiene suficientes razones para no dormir esta noche.
Un investigador se acerca, pero se detiene al ver que seguimos hablando.
Jang levanta una mano y le indica que espere.
—¿La mujer lo atacó?
—No directamente.
—¿Intentó secuestrarlo?
—Tampoco.
—Entonces, ¿cuál era su objetivo?
Miro el lugar donde cayó.
La parte superior de su rostro continúa relativamente intacta. Uno de los ojos permanece abierto, aunque la pupila quedó completamente negra.
—Hablar conmigo.
—¿Sobre qué?
—No llegó a terminar.
Jang deja escapar un largo suspiro.
No es de alivio.
Es el suspiro de alguien que acaba de recibir una investigación imposible, sin testigos vivos y con una víctima que podría haber sido al mismo tiempo una líder cultista, una informante y una trampa.
—Necesitaré que dé una declaración completa.
—Ya le dije todo lo importante.
—Señor Kim.
—Encontrará el resto en la escena.
—La escena está distribuida por todo el callejón.
—Entonces tardarán un poco.
Antes de que pueda seguir preguntando, camino hacia la salida.
—¿Adónde va?
—A casa.
—Todavía no terminamos.
—Ustedes no terminaron.
No me detiene.
Probablemente sabe que intentarlo solo conseguiría llamar más la atención de los agentes.
Dejo atrás el callejón.
Mientras avanzo hacia la avenida, escucho a Jang empezar a dar órdenes.
Cerrar las calles cercanas.
Recoger cada fragmento.
Buscar residuos de magia.
Revisar las cámaras.
Rastrear a la mujer desde que entró al bar.
Investigar el colgante, aunque la pieza real continúa dentro de mi inventario.
No se lo entregaré todavía.
No hasta saber si puede afectar a quien lo toque.
Regreso rápidamente a la casa.
Apenas abro la puerta, me recibe una escena completamente distinta.
La televisión está encendida.
Kwon ocupa el sillón principal mientras cambia de canal sin prestar verdadera atención a ninguno. Tiene una bolsa de comida sobre el pecho y varias envolturas escondidas entre los almohadones.
Los niños juegan en el suelo con figuras de plástico y bloques de construcción.
Eunji sostiene a Superman sobre una torre demasiado alta para permanecer estable.
Doyun limpia las partes del arco sobre la mesa.
Hejin está rodeada por hojas cubiertas de cálculos.
Eunbyeol revisa informes internacionales.
Jiwon no se encuentra en la sala.
Eso me concede algunos minutos antes del regaño.
Seolhwa tampoco está. Escucho golpes provenientes del campo trasero, así que probablemente entrena por su cuenta.
El primero en verme es Mujin.
Está sentado en una silla junto a la ventana. Tiene la Espada de Clemen apoyada sobre las piernas y pasa una piedra de afilar lentamente por el borde.
Levanta la mirada.
—Capitán.
Asiento.
Espero que vuelva a concentrarse en el arma.
En lugar de hacerlo, señala un espacio vacío junto a él.
—Acérquese.
Me detengo.
Después de tanto tiempo, es la primera vez que Mujin me invita directamente a sentarme con él.
Normalmente nuestras conversaciones empiezan durante un entrenamiento, una misión o una reunión táctica.
Nunca porque sí.
Mujin se levanta, toma uno de los sillones pequeños y lo coloca junto a su asiento.
—Ahí.
Camino hasta él y me siento.
El sillón cruje ligeramente.
Durante unos segundos ninguno habla.
Mujin vuelve a pasar la piedra por la espada.
El sonido es constante.
Metal contra piedra.
Una vez.
Otra.
No resulta incómodo.
—Usted se fue sin avisarnos, capitán —dice finalmente.
No me mira.
Su atención continúa sobre el filo.
—Espere un regaño de Jiwon.
—Lo sé.
—Fue a la sesión que ella organizó.
—Sí.
—Y volvió antes de tiempo.
—También.
Mujin asiente, como si confirmara una secuencia conocida.
—Entonces el regaño será largo.
—Probablemente.
Otro silencio.
Kwon se ríe por algo que ocurre en la televisión.
Uno de los niños derriba la torre de bloques.
Eunji protesta porque Superman no alcanzó a salvarla.
Mujin deja la piedra a un lado.
—¿Cómo está?
Dirige la mirada hacia mí por primera vez.
No pregunta por heridas.
Tampoco por el incidente del callejón.
Solo por mí.
—Como siempre —respondo.
Mujin frunce ligeramente el ceño.
—¿Eso es bueno o malo?
Pienso la respuesta.
—Digamos que es normal.
—Eso tampoco responde.
—Podría estar peor.
—También podría estar mejor.
—Sí.
—Entonces está en el medio.
—Supongo.
Mujin observa mi rostro con una atención que normalmente reserva para las formaciones enemigas.
—¿Cómo fue pasar más de cuatro mil años en ese lugar?
No sé qué respuesta espera.
Tal vez algo profundo.
Una revelación.
Una explicación sobre cómo se siente ver nacer un bosque, desarrollar técnicas durante siglos o presenciar cómo una invocación se convierte en una vida consciente.
Pero la primera palabra que aparece es la más honesta.
—Aburrido.
Mujin parpadea.
—¿Aburrido?
—Terriblemente aburrido.
Kwon baja el volumen de la televisión.
No gira la cabeza, pero está escuchando.
—No había enemigos —continúo—. Tampoco necesidades físicas. Durante largos periodos, ni siquiera existía algo nuevo que observar.
—Pero desarrolló un bosque.
—Eso tardó mucho.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Cientos de años?
—Quizá.
Mujin apoya la espada contra una pierna.
—¿Y qué hizo durante el resto?
—Entrené.
—¿Todo el tiempo?
—Casi.
—Cuatro mil años.
—Más o menos.
Kwon gira finalmente desde el sillón.
—Eso no puede ser sano.
—Vos pasaste diez años durmiendo —dice Eunbyeol sin levantar la mirada de sus informes.
—Estaba protegiendo mi salud mental.
—Te escuchábamos roncar cuando regresaste.
—Era una técnica de respiración.
Mujin ignora la conversación.
—¿El entrenamiento ayudó?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—No nos mostró su panel.
La sala empieza a quedar en silencio.
Doyun deja de limpiar el arco.
Hejin levanta la mirada desde sus cálculos.
Eunbyeol baja lentamente los papeles.
Incluso Kwon apaga la televisión.
Todos esperaban esa información.
Desde que regresé, Jiwon no permitió que realizáramos una evaluación completa. Primero tenía que descansar, someterme a estudios y adaptarme al mundo exterior.
Yo tampoco tuve demasiado interés en abrir el panel frente a todos.
Después de miles de años, varias cosas dejaron de parecer urgentes.
—Todavía no —respondo.
—Entonces no sabemos qué ganó —dice Mujin.
—Obtuvimos algunas pistas por el anuncio mundial —interviene Hejin—. Sabemos que recibió una calificación EX y al menos tres recompensas directas.
—También desarrolló habilidades dentro del piso —agrega Eunbyeol—. El sistema anunció que su desarrollo superó los parámetros esperados.
Kwon se inclina sobre el respaldo.
—Yo propongo que muestre el panel ahora.
—No te preguntaron —dice Doyun.
—Pero todos estaban pensando lo mismo.
Nadie lo contradice.
Mujin vuelve a tomar la espada.
La observa durante un instante.
Después se pone de pie.
—Vamos a entrenar.
Camina hacia la puerta que conduce al campo trasero.
Lo miro alejarse.
—¿Ahora?
Mujin se detiene.
—Sí.
—Jiwon todavía no autorizó combates intensos.
—No tiene heridas.
—Eso no significa que vaya a permitirlo.
—Entonces debemos terminar antes de que regrese.
Kwon se levanta de un salto.
—Apoyo este plan.
—Vos no vas a participar —dice Mujin.
—Puedo arbitrar.
—Tampoco.
Eunbyeol cierra su carpeta.
—¿Qué pretende comprobar?
Mujin mira por encima del hombro.
—Si el capitán pasó cuatro mil años entrenando, quiero ver cuánto cambió.
Su tono continúa tranquilo.
Pero debajo existe algo más.
No es deseo de competir.
Es preocupación.
Quiere saber si la persona que regresó sigue peleando de una forma que podamos reconocer.
Si todavía podemos acompañarlo.
Me pongo de pie.
—Está bien.
Mujin asiente y sale.
El resto nos sigue.
El campo de entrenamiento se encuentra detrás de la casa.
Seolhwa está en el centro, golpeando una serie de postes reforzados. Cuando nos ve llegar, detiene el hacha.
—¿Qué ocurre?
—El capitán va a entrenar con Mujin —dice Kwon.
Seolhwa abandona los postes inmediatamente.
—¿En serio?
—Eso parece.
—Yo voy después.
—No —respondo.
—Todavía no empezó y ya decidió.
—Precisamente.
Mujin camina hacia uno de los extremos del campo.
Guarda la Espada de Clemen.
Después invoca el Escudo de la puerta que no debe caer.
La enorme estructura aparece frente a él con un golpe pesado.
También equipa la Armadura de la vigilia inmóvil.
Las placas cubren su cuerpo y aumentan su presencia hasta hacerlo parecer una fortificación con forma humana.
—¿Espada o cuerpo completo? —pregunta.
—Cuerpo completo.
Kwon silba.
—Eso suena peligroso.
—Alejense —ordena Eunbyeol.
Los niños observan desde la puerta trasera.
Jiwon todavía no regresó.
Eso es una suerte.
Abro el inventario.
La Espada del bosque aparece en mi mano.
La hoja reconstruida es diferente.
Conserva la misma forma, pero sobre el metal existen finísimas líneas verdes, parecidas a raíces creciendo bajo la superficie.
La reacción es inmediata.
Hejin activa su percepción mágica.
Doyun deja de respirar durante un instante.
Eunbyeol observa la espada como si intentara calcular algo imposible.
Seolhwa sonríe.
—Se siente más fuerte.
—No es solo el arma —dice Hejin—. El vínculo también cambió.
Dentro de la espada, el Lobo abre los ojos.
No necesita manifestarse.
Siente al grupo.
Escudo.
Así llama a Mujin.
—Sí —respondo mentalmente.
Mujin clava los pies en el suelo.
—¿Reglas?
—Una sola técnica —digo.
—¿Cada uno?
—Sí.
—¿Objetivo?
—Haceme retroceder.
Mujin observa la distancia entre nosotros.
Diez metros.
—¿Y el suyo?
—No retroceder.
Seolhwa deja escapar una risa.
—Eso le favorece a Mujin.
No responde.
Ya comprendió.
Durante años, mi defensa consistió en moverme.
Desviar.
Cambiar ángulos.
Convertir cada ataque en parte de un recorrido.
Mujin conoce esa forma.
La vio muchas veces.
Lo que no conoce es aquello que desarrollé dentro de La soledad.
Mujin baja el cuerpo.
El escudo cubre casi todo su frente.
—Voy a utilizar Ancla de la última puerta.
—Hacelo.
Una luz gris se extiende bajo sus pies.
Las piernas de Mujin parecen fusionarse con el terreno.
[Ancla de la última puerta.]
La presión aumenta.
Su Resistencia supera los doscientos puntos.
Con la habilidad activa, derribarlo de frente sería difícil incluso para criaturas de niveles mucho mayores.
Mujin espera.
—Cuando quiera, capitán.
Clavo la punta de la espada frente a mí.
Establezco el centro.
Un radio de un metro.
No debo abandonarlo.
Los pies se ajustan.
Las rodillas permanecen flexionadas.
Los hombros se relajan.
La espada se levanta.
[Segundo estilo.]
[Postura contra la tormenta — SS.]
La energía no explota.
No aparece una presión intimidante.
Solo siento que cada parte de mi cuerpo ocupa exactamente el lugar necesario.
Mujin lo percibe.
Su mirada cambia.
—Ahora —digo.
Él avanza.
El primer paso hunde la tierra.
El segundo abre grietas.
En el tercero, toda la armadura se inclina detrás del escudo.
No es un hombre cargando.
Es una puerta cayendo sobre mí.
El impacto llega.
El sonido atraviesa el campo.
Los postes cercanos tiemblan.
La tierra se levanta alrededor.
Kwon retrocede varios pasos.
Seolhwa coloca un brazo frente a los niños para detener el viento.
El escudo golpea mi espada.
La fuerza intenta arrancarme del suelo.
No la resisto únicamente con los brazos.
La recibo.
La hoja cambia apenas el punto de contacto.
La presión baja hacia los hombros.
Pasa por la espalda.
Llega a la cadera.
Las rodillas absorben una parte.
Los pies se ajustan unos centímetros sin abandonar el centro.
El suelo debajo de mí se rompe.
Pero no retrocedo.
Mujin empuja.
Su armadura cruje.
El Ancla mantiene su cuerpo conectado al terreno, permitiéndole volcar toda su fuerza hacia delante.
La presión continúa acumulándose dentro de mi postura.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Mujin gruñe.
Aumenta el empuje.
La grieta bajo mis pies se extiende.
Seolhwa da otro paso hacia delante.
Eunbyeol levanta la Página del octavo frente, preparada para intervenir.
No hace falta.
Giro la muñeca.
La fuerza almacenada encuentra una salida.
—Ahora yo.
Libero la presión.
No realizo un corte.
Solo un empuje.
La energía de Mujin regresa por el mismo punto de contacto.
El escudo tiembla.
Sus brazos se doblan.
El Ancla de la última puerta intenta mantenerlo fijo.
Durante una fracción de segundo resiste.
Después el terreno alrededor de sus pies estalla.
Mujin retrocede.
No mucho.
Apenas un metro y medio.
Pero retrocede.
El Ancla se rompe.
El campo queda en silencio.
Mujin permanece de pie.
Respira con fuerza.
Mira el espacio que existe entre su posición inicial y la actual.
Después observa mi centro.
Mis pies continúan dentro del radio establecido.
No di un solo paso hacia atrás.
La habilidad termina.
Enderezo la espada.
Mujin baja lentamente el escudo.
—Esa técnica es nueva.
—Sí.
—Rango SS.
No lo pregunta.
—Sí.
Kwon se acerca.
—¿Aprendió a devolver ataques después de cuatro mil años?
—No devuelve todo —explico—. Necesito recibir correctamente la fuerza, mantener la estabilidad y encontrar un ángulo de salida.
Seolhwa mira la tierra destruida.
—Quiero probar.
—No.
—Mi hacha genera más fuerza que el escudo.
—Ese es uno de los motivos.
Mujin guarda el arma.
Todavía respira con dificultad, pero su expresión está más tranquila.
—Sigue siendo usted.
Lo observo.
—¿Qué?
—La forma cambió.
Mira la espada.
—Pero continúa dejando que el enemigo ataque primero para comprenderlo.
No esperaba esa conclusión.
Mujin se acerca hasta quedar frente a mí.
—Pensé que después de tanto tiempo quizá ya no podríamos reconocer cómo pelea.
Guardo la espada.
—Yo tampoco sabía si los reconocería a ustedes.
Mujin asiente.
No necesita que explique más.
—¿Hay otras técnicas?
La pregunta provoca que todos vuelvan a mirarme.
—Sí.
—¿Cuántas? —pregunta Eunbyeol.
—Varias.
Kwon sonríe.
—Entonces llegó el momento del panel.
Antes de que pueda responder, la puerta trasera se abre con violencia.
Jiwon aparece sosteniendo una carpeta médica.
Su mirada recorre el campo destruido.
Mujin con la armadura equipada.
Yo en el centro de un cráter.
Todo el grupo reunido.
Seolhwa con el hacha lista.
Los niños observando.
Después mira directamente hacia mí.
—Kim Cheonro.
Kwon retrocede.
—Llegó el regaño.
Mujin comienza a guardar la armadura.
—Se lo advertí, capitán.
Jiwon camina hacia nosotros.
—Abandonó una sesión psicológica.
Da otro paso.
—Desapareció sin avisar.
Otro.
—Terminó involucrado en una escena de asesinato cultista.
Se detiene frente a mí.
—Y regresó para destruir el campo de entrenamiento.
—Técnicamente, Mujin destruyó la mayor parte.
Mujin me mira.
Es la primera vez que parece traicionado por mí.
Jiwon cierra los ojos.
Respira.
Durante varios segundos nadie se mueve.
Finalmente señala la casa.
—Adentro.
—Todavía tenemos que revisar—
—Adentro.
No es una orden del sistema.
Aun así, todos obedecemos.
Mientras caminamos, Kwon se aproxima a mi lado.
—Después del regaño muestra el panel, ¿no?
—Tal vez.
—Eso significa que sí.
—No significa eso.
Desde el interior de la espada, el Lobo observa el campo destruido.
Su voz llega hasta mí, divertida.
Manos enojadas.
Miro a Jiwon avanzando detrás de nosotros.
—Sí —murmuro—. No cambió nada.