No me quedo frente a la entrada esperando que Kwon regrese.
Si no puede superar el primer piso sin que yo vigile cada uno de sus movimientos, no tenía sentido enviarlo.
Me alejo del portal y alcanzo al secretario, que conversa con varios funcionarios cerca del perímetro militar.
—Necesito que investiguen a algunas personas.
El hombre se vuelve hacia mí y saca una libreta.
—Dígame sus nombres.
—Kang Mujin, Han Jiwon, Seo Doyun y Lee Haejin.
Su mano se detiene.
—¿Tiene más información? Corea posee muchos ciudadanos con nombres similares.
Es cierto.
Han pasado demasiados años, pero todavía conservo algunos detalles.
—Kang Mujin debe tener alrededor de veinticinco años. Es alto, tiene una cicatriz pequeña debajo de la barbilla y una hermana menor llamada Kang Sora.
Recuerdo su sonrisa mientras permanecía arrodillado entre cadáveres.
Decile que su hermano peleó hasta el final.
Aparto la imagen antes de continuar.
—Han Jiwon es una mujer de unos veintidós años. Vivía cerca de Incheon y estudiaba enfermería, al menos la última vez que tuve noticias de ella.
El secretario anota todo sin interrumpirme.
—Seo Doyun debe rondar los treinta. Trabajaba en la construcción y sufrió una lesión grave en la mano izquierda.
—¿Algún familiar?
—Una madre enferma. No recuerdo su nombre.
Pronuncio la última identidad con más lentitud.
—Lee Haejin. Aproximadamente diecinueve años, cabello corto, una quemadura en el hombro derecho y, probablemente, residencia en Daegu.
El secretario termina de escribir.
—¿Qué clase de información necesita?
—Todo lo que puedan conseguir por vías legales: dirección actual, trabajo, familiares, situación económica y antecedentes médicos o criminales.
—Puede llevarnos algunos días.
—Háganlo rápido.
Me observa con cautela.
—¿Debemos detenerlos?
—No.
La respuesta sale con demasiada fuerza y el hombre se tensa.
—No se acerquen a ellos —aclaro—. No quiero que sepan que los estamos buscando.
—Entonces, solo investigación y vigilancia discreta.
—Exactamente.
Cierra la libreta.
—¿Son despertados?
—No lo sé.
Es verdad. En esta época quizá ninguno haya despertado todavía. Tal vez ni siquiera se conozcan entre ellos.
Para esas personas, la Torre aún no ha destruido nada.
—¿Son peligrosos? —pregunta.
Pienso en Mujin riendo mientras el veneno consumía su cuerpo; en Jiwon curando heridos durante tres días sin dormir; en Doyun sosteniendo una puerta con la mano destrozada para permitir que otros escaparan; y en Haejin, cubierta de ceniza, negándose a abandonar a quienes todavía respiraban.
—Pueden llegar a serlo.
El secretario levanta ligeramente la mirada.
—¿Para nosotros?
—Para nuestros enemigos.
Guarda la libreta dentro de su chaqueta.
—Informaré al presidente y comenzaremos la búsqueda de inmediato.
—No es necesario que conozca todos los detalles.
—Señor Kim, está solicitando que el gobierno investigue discretamente a cuatro ciudadanos. Tendré que darle alguna explicación.
—Dígale que son posibles candidatos para la Torre.
—¿Eso es verdad?
Lo miro.
—Sí.
Solo que aún no sé si quiero volver a involucrarlos en aquel infierno.
Ya murieron una vez. Algunos frente a mí; otros, demasiado lejos para que pudiera alcanzarlos.
Encontrarlos ahora significa darles una oportunidad diferente.
Pero también podría significar arrastrarlos otra vez hacia el mismo destino.
El secretario parece aceptar la respuesta.
—Lo llamaré cuando tengamos información.
Asiento y miro por encima del hombro.
La entrada negra continúa flotando en medio de la plaza.
Kwon todavía no ha regresado.
—¿No piensa esperarlo? —pregunta el secretario.
—No.
—Podría salir herido.
—Seguramente lo hará.
—¿Y eso no le preocupa?
—Dentro de la Torre, preocuparse desde afuera no sirve de nada.
Me alejo del Ayuntamiento, subo al edificio más cercano y avanzo por los tejados en dirección al orfanato.
No tardo demasiado en llegar.
Aterrizo frente a la entrada y golpeo dos veces. Esta vez es Seolhwa quien abre.
—¿Vino a visitar a Eunji?
—No. Vine a hablar con usted.
Me observa durante unos segundos, sorprendida por la respuesta.
—Pase.
Se aparta para dejarme entrar y después se inclina hacia el pasillo.
—¡Niños! Voy a hablar con el señor Cheonro. Ordenen sus habitaciones. No quiero encontrar ni una sola prenda tirada en el suelo.
Levanta el trapo que sostiene como si fuera un arma.
Los niños corren en distintas direcciones. Uno intenta recoger varias prendas al mismo tiempo, tropieza con sus propios pies y continúa avanzando como si nada hubiera ocurrido.
Seolhwa suspira.
—Nunca obedecen hasta que aparece el trapo.
—Parece efectivo.
—El miedo es una herramienta educativa bastante poderosa.
La observo un instante.
Quizá tenemos más cosas en común de las que parece.
Me conduce hasta una mesa apartada de las habitaciones. Mientras me siento, coloca una tetera con agua sobre el fuego.
—Dígame —pide sin rodeos—. ¿De qué quería hablar?
Junto las manos sobre la mesa.
—El mundo cambia cada día y todos tendremos que adaptarnos. Existen personas con poderes y personas sin ellos, políticos honestos y corruptos, gente que utilizará esta situación para ayudar y gente que intentará aprovecharse.
Seolhwa permanece de espaldas, observando la tetera.
—¿Cuál cree que es el camino correcto en una época como esta?
—No lo sé —responde de inmediato—. Y no creo que nadie lo sepa.
Coloca dos tazas sobre la mesa y vierte el agua caliente.
—Yo solo tengo que preocuparme por estos niños. Dependen de mí. Mientras tengan comida, un techo y puedan dormir tranquilos, el resto del mundo puede discutir cuanto quiera sobre caminos correctos.
No hay demasiada paciencia en su voz.
Es evidente que no ha venido a escuchar reflexiones filosóficas.
—Quiero proponerle algo.
Se sienta frente a mí.
—¿Qué cosa?
—Que se prepare para entrar en la Torre.
Sus manos se detienen.
La miro directamente.
—Poseo una habilidad que me permite identificar el potencial de las personas —miento—. Y usted tiene mucho.
Seolhwa no necesita tiempo para pensarlo.
—Me niego.
Toma la taza y bebe un poco.
—Si yo no estoy, ¿quién cuidará a los niños?
—Puedo conseguir cuidadores.
—No es lo mismo.
—El gobierno ya financia este lugar. Puedo pedir que envíen personal capacitado.
—Tampoco es lo mismo —replica con mayor firmeza—. Estos niños no necesitan funcionarios. Necesitan a alguien que los conozca, que sepa quién tiene pesadillas, quién finge estar enfermo para no ir a clases y quién es alérgico a determinados alimentos.
Señala las habitaciones.
—Necesitan a alguien que se quede.
No respondo de inmediato.
En mi primera vida, Seolhwa también se quedó.
Hasta que no quedó nadie a quien proteger.
—Entrar en la Torre no significa abandonarlos.
—¿Y morir ahí dentro qué significa?
Buena pregunta.
—Que habría calculado mal su potencial.
Seolhwa deja la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Entonces su maravillosa habilidad no puede asegurar que sobreviva.
—Ninguna habilidad puede hacerlo.
—Pero aun así viene a pedirme que arriesgue la vida.
—Sí.
—¿Por qué?
Su mirada es dura. No hay miedo en ella, solo desconfianza.
—Porque tarde o temprano alguien llegará hasta esta puerta con intenciones que un trapo no podrá detener.
Seolhwa entrecierra los ojos.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
Me inclino ligeramente hacia delante.
—Ya aparecieron despertados capaces de provocar incendios. Otros pueden endurecer la piel, controlar la electricidad o moverse más rápido que una persona normal. Y esto apenas comenzó.
—Para eso existe la policía.
—La policía tardará en adaptarse.
—Entonces el ejército.
—Tampoco podrá estar siempre aquí.
Seolhwa guarda silencio.
—El dinero y los guardias pueden proteger este lugar durante un tiempo —continúo—, pero, si de verdad desea cuidar a esos niños, depender únicamente de otras personas no será suficiente.
—¿Y entrar en esa cosa sí lo será?
—Le dará la oportunidad de obtener fuerza.
—O de morir.
—También.
No intento ocultarlo. Prometerle seguridad sería insultarla.
Seolhwa apoya los brazos sobre la mesa.
—Supongamos que acepto. ¿Cuánto tiempo estaría lejos?
—No lo sé.
—¿Qué clase de respuesta es esa?
—Una honesta. El tiempo dentro de la Torre puede funcionar de manera diferente. La prueba podría durar horas, días o semanas, mientras que aquí quizá transcurra una fracción de ese tiempo.
—¿Quizá?
—Cada piso tiene reglas distintas.
Me contempla como si intentara descubrir en qué momento perdí la razón.
—Me pide que abandone a mis hijos por una prueba cuyas reglas no conoce.
—No comparten su sangre.
Apenas termino la frase, su mirada se vuelve fría.
Peligrosa.
La habitación parece quedar en silencio.
—Vuelva a decir eso —murmura.
La observo durante un momento.
He cometido un error.
—No comparten su sangre —corrijo—, pero está claro que son sus hijos.
La tensión disminuye apenas.
—Entonces mida mejor sus palabras.
—Lo haré.
Bebo un poco de té.
Tiene un sabor demasiado suave.
—No le estoy pidiendo que entre hoy —continúo—. Solo que considere la posibilidad.
—Mi respuesta seguirá siendo la misma mañana.
—Eso también puede cambiar.
—Es bastante insistente.
—He vivido el tiempo suficiente para saber que las personas rechazan muchas cosas antes de comprender por qué las necesitan.
Una presión leve roza el aire.
Me detengo.
La frase estuvo demasiado cerca.
Seolhwa nota mi silencio.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Qué?
—Dijo que vivió el tiempo suficiente.
—Es una forma de hablar.
La presión desaparece.
Seolhwa no parece convencida, pero tampoco insiste.
—¿Qué vio en mí? —pregunta—. Suponiendo que esa habilidad exista.
—Determinación.
—Eso no es un poder.
—No. Es más importante.
Apoyo la taza.
—Cuando llegué con Eunji cubierta de sangre, no sabía quién era yo. Aun así, la recibió. Cuando descubrió mi identidad, en lugar de impresionarse, me preguntó si representaba un peligro para ella.
Seolhwa no aparta la mirada.
—Y ahora está dispuesta a rechazar una oportunidad de obtener poder porque considera que su deber está aquí.
—Eso parece contradecir su propuesta.
—No. Demuestra que, si consigue fuerza, sabrá para qué utilizarla.
Seolhwa baja la mirada hacia el té.
Por primera vez desde que empezamos a hablar, no responde de inmediato.
Desde el pasillo llega el sonido de algo cayendo.
—¡No fui yo! —grita uno de los niños.
—¡Yo tampoco! —responde otro.
Seolhwa cierra los ojos durante un segundo.
—Fueron los dos.
—Probablemente.
Vuelve a mirarme.
—No voy a entrar mientras no tenga la seguridad de que estarán bien cuidados.
—Puedo solucionar eso.
—No con soldados.
—Entonces elija usted a las personas.
—¿Y si no encuentro a nadie?
—Seguirá negándose.
Se sorprende ligeramente.
—¿No piensa obligarme?
—No.
—Tiene una forma extraña de demostrarlo.
—Necesito personas que entren por decisión propia. Alguien obligado buscará escapar cuando llegue el momento más difícil.
Seolhwa sostiene mi mirada durante unos segundos.
—Voy a pensarlo.
No es una aceptación.
Pero tampoco es el rechazo inmediato de antes.
Asiento.
—Eso es suficiente por ahora.
Me levanto. Antes de que pueda alejarme, habla de nuevo.
—Cheonro.
Giro la cabeza.
—¿Eunji también tendrá que entrar algún día?
La pregunta me toma desprevenido.
Pienso en la niña sujetando mi ropa y en el mundo que se aproxima.
—Espero que no.
—Eso no fue lo que pregunté.
—No puedo decidirlo.
Seolhwa aprieta los labios.
—Entonces consiga suficiente fuerza para que ella nunca tenga que hacerlo.
La observo en silencio.
Después asiento.
—Eso intento.
Al salir del orfanato, me dirijo hacia mi antigua casa. Subo al edificio de siempre y permanezco allí durante varias horas, observando la entrada desde la azotea.
Esta vez no he venido únicamente para verla.
He tomado una decisión.
Cuando Eunbyeol sale de la casa, desciendo con rapidez y me adelanto por una calle paralela. Cerca de su recorrido hay una plaza pequeña, así que me siento en uno de los bancos y espero.
No sé cómo empezar la conversación.
Reclutar personas para una guerra nunca fue complicado. Podía ofrecerles poder, dinero o supervivencia.
Pero ella es diferente.
No quiero empujarla hacia la Torre.
Tampoco puedo dejarla indefensa ante el mundo que se aproxima.
Cuando pasa junto a mí, levanto la cabeza.
—Hola.
Eunbyeol se detiene y me mira con desconfianza.
—¿Hola? ¿Necesita algo?
Mi corazón empieza a latir con una fuerza absurda.
Mi hija está frente a mí.
Viva.
Sin heridas ni sangre en la ropa.
Y no me reconoce.
Es lógico. Mi rostro es diferente y, para ella, solo soy un desconocido sentado en una plaza.
Aun así, duele.
—Me llamo Kim Cheonro.
Su expresión cambia ligeramente.
—¿Kim Cheonro? ¿El hombre que superó el primer piso?
—El mismo.
Eunbyeol mira a su alrededor, como si esperara encontrar cámaras o soldados escondidos.
—¿Y qué quiere de mí?
Directa.
Siempre fue así.
Me pongo de pie con lentitud, procurando no acercarme demasiado.
—Estoy formando un grupo para prepararse y subir la Torre.
—¿Y por qué me lo dice a mí?
—Porque tenés potencial.
Eunbyeol frunce el ceño.
—Ni siquiera me conoce.
Te conozco mejor de lo que imaginás.
Conozco la forma en que sonreís cuando estás nerviosa, la manera en que apretás los labios cuando algo no te gusta y el sonido de tu voz al llamarme padre.
Pero no puedo decirle nada de eso.
—Poseo una habilidad que me permite reconocer ciertas cualidades en las personas —respondo—. No muestra el futuro ni garantiza resultados, pero rara vez se equivoca.
Es una mentira.
Aunque no del todo.
Vi en lo que puede convertirse y también cómo termina su camino si nadie la protege.
—¿Me estuvo observando? —pregunta.
La pregunta me toma desprevenido.
—Un poco.
Su desconfianza aumenta de inmediato.
—Eso no suena bien.
—Tenés razón. No elegí la mejor forma de acercarme.
Eunbyeol retrocede medio paso.
—Creo que debería irme.
—No voy a detenerte.
Me aparto de su camino.
—Pero escuchá la oferta antes de marcharte. Después podés rechazarla y no volveré a molestarte.
Me observa durante varios segundos. Quizá porque estamos en un lugar público o porque ya conoce mi nombre por las noticias, decide quedarse.
—Hable.
—No te pediré que entres inmediatamente en la Torre.
Eunbyeol parece sorprendida.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Que entrenes conmigo.
Levanta una ceja.
—¿Para qué?
—Para que, cuando llegue el momento de entrar, seas vos quien decida si está preparada.
Hago una pausa.
—Recibirás entrenamiento personalizado, equipo, atención médica y una compensación económica. No tendrás que pagar nada ni firmar un contrato que te obligue a entrar.
—¿Una compensación?
—Un salario mensual por dedicar tiempo a prepararte.
Eunbyeol me estudia con cautela.
—Eso suena demasiado conveniente.
—Lo es.
—¿Dónde está la trampa?
—En que el entrenamiento será difícil.
—Eso no parece suficiente para todo lo que ofrece.
Tiene buenos instintos.
—Cuando llegue el momento, quiero tener prioridad para ofrecerte un lugar en mi grupo.
—¿Y si digo que no?
—Podés marcharte.
—¿Así de simple?
—Así de simple.
—¿Y me dejaría conservar el entrenamiento y el dinero?
—Sí.
Guarda silencio, buscando la condición oculta.
—¿Las demás personas que recluta reciben la misma oferta?
La pregunta llega antes de lo que esperaba.
—No.
Sus ojos se entrecierran.
—¿Por qué yo recibiría más?
Porque sos mi hija.
Porque ya te perdí una vez.
Porque entregaría todo lo que tengo para evitar que volvieras a morir entre mis brazos.
—Porque no quiero que entres sin estar preparada —respondo.
—Eso tampoco explica por qué le importa tanto.
Abro la boca, pero ninguna respuesta sale.
Durante un instante, el recuerdo de su cuerpo cubierto de sangre aparece frente a mí.
Papá... ¿creés que existe el cielo?
Aparto la imagen.
—He visto morir a demasiadas personas con talento por falta de preparación. No pienso repetir ese error.
Eunbyeol no parece completamente satisfecha.
—¿Usted entraría conmigo?
—Sí.
La respuesta es inmediata.
Ella abre un poco los ojos.
—¿Personalmente?
—Cuando puedas acceder a un piso en el que yo tenga permitido participar, entraré a tu lado.
—¿Y si no puede?
—No entrarás hasta que exista un equipo en el que confíe.
No la enviaré sola, no la utilizaré para conseguir puntos ni volveré a permitir que cargue un arma sin alguien que proteja su espalda.
—También podés elegir a una persona de confianza para que conozca todos los detalles —añado—. Un familiar, un abogado o quien quieras. El acuerdo podrá revisarse mediante la oficina presidencial.
Eunbyeol vuelve a mirarme con sorpresa.
—¿La oficina presidencial?
Saco el teléfono y le muestro el contacto oficial que me entregaron.
—Podés verificar mi identidad antes de aceptar una reunión.
—¿Una reunión?
—No espero que decidas ahora.
Tomo una tarjeta en blanco que recibí junto con mis documentos, escribo mi número y se la ofrezco.
Eunbyeol vacila antes de aceptarla.
—Llamame cuando quieras escuchar los detalles completos. Puede ser en un edificio gubernamental, acompañada y con seguridad.
—Realmente no quiere que confíe en usted.
—Todavía no.
La respuesta parece desconcertarla.
—¿Entonces por qué me hace esta propuesta?
—Porque no necesito que confíes en mí hoy.
La miro a los ojos.
—Necesito demostrarte que podrás hacerlo mañana.
Eunbyeol baja la vista hacia la tarjeta.
—¿Y qué obtendría si realmente entro en la Torre con usted?
—La oportunidad de conseguir habilidades, estadísticas y recursos que una persona normal jamás tendría.
—¿Poder?
—Sí.
—¿Dinero?
—También.
—¿Y protección?
La última pregunta es más seria.
—Para vos y para las personas que sean importantes para vos.
Eunbyeol levanta la mirada.
—¿También protegería a mi familia?
Siento un nudo en el pecho.
—Sí.
Aunque tenga que enfrentarme al mundo entero para conseguirlo.
—Esa condición quedará por escrito —añado—. Mientras formes parte de mi equipo, tu familia estará protegida. Y, aunque decidas marcharte después, no utilizaré su seguridad para obligarte a quedarte.
—No esperaba que dijera eso.
—Una persona que pelea preocupada por quienes dejó atrás comete errores.
Lo sé mejor que nadie.
Eunbyeol sostiene la tarjeta entre los dedos.
—Todavía me parece extraño que haya elegido precisamente a una estudiante que encontró en la calle.
—No espero que deje de parecértelo hoy.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidir?
—El que necesites.
—¿Y si nunca lo hago?
La observo en silencio.
Tenerla frente a mí ya es más de lo que alguna vez creí posible.
—Entonces esperaré que nunca necesites la fuerza que podría darte.
La respuesta parece sorprenderla. La desconfianza no desaparece, pero su postura se relaja ligeramente.
—Voy a investigar quién es usted.
—Deberías hacerlo.
—Y hablaré con mi familia.
—También.
Guarda la tarjeta dentro de su cartera.
—No significa que acepte.
—Lo sé.
Da un paso para continuar su camino, pero antes de alejarse se vuelve.
—Señor Kim.
—¿Sí?
—¿Cómo sabe que tengo potencial?
Sonrío apenas.
—Porque tus ojos no buscan una forma de conseguir poder.
Eunbyeol frunce el ceño.
—¿Entonces qué buscan?
—Una razón para decidir si vale la pena tenerlo.
No responde.
Permanece observándome un momento y después continúa caminando.
Esta vez no la sigo.
Me quedo junto al banco mientras se aleja con mi número guardado en la cartera.
No me reconoció ni me llamó padre, pero tampoco rechazó mi propuesta. Por primera vez desde que regresé, pude hacer algo por ella sin esconderme sobre un tejado.
Cuando desaparece entre la gente, miro el teléfono.
No hay noticias de Kwon.
La Torre todavía no ha terminado con él.