Yo los mataba, cachai. Dejar a seis cultistas respirando en la sala donde comen los niños es dejarle la puerta abierta al séptimo.
Capítulo 35: Sociedad del nuevo mundo (3)
Pensamiento
Yo los mataba, cachai. Dejar a seis cultistas respirando en la sala donde comen los niños es dejarle la puerta abierta al séptimo.
Contenido de la publicación
Observo la cuenta regresiva que acaba de aparecer.
[Tiempo hasta que se abra el piso 3: 3 meses, 29 días.]
Al ver el tiempo restante, siento un alivio parcial. No es mucho. Pero tampoco es poco. Casi cuatro meses para preparar al grupo, ordenar la información del piso 2, controlar el caos político y decidir cuándo usar el Orbe del amanecer. Vuelvo a consultar la clasificación que el sistema mostró al terminar el piso.
[Clasificación internacional: primeras posiciones.]
[1.º Corea del Sur: 20 puntos.]
[2.º Estados Unidos: 5 puntos.]
[3.º Japón: 3 puntos.]
[3.º China: 3 puntos.]
Dejo de revisar la lista al llegar al cuarto puesto. La diferencia sigue siendo demasiado grande. Corea del Sur completó el piso 2 con una evaluación SSS. Los demás apenas consiguieron puntos por objetivos menores y despejes del primer piso. La diferencia va a dolerles.
Y cuando los países sienten que están perdiendo una carrera que no entienden, suelen hacer estupideces. Cierro la ventana. Después de descansar cerca de una hora, vuelvo a levantarme. En el departamento, los demás duermen o lo intentan. Kwon está tirado en el sillón como si lo hubieran arrojado desde un edificio. Mujin duerme sentado contra la pared, con los brazos cruzados y la espada al alcance de la mano. Doyun dejó el arco junto a la cama, pero sus dedos todavía se mueven de vez en cuando, como si disparara en sueños.
Haejin duerme con una manta sobre la cabeza. Jiwon no duerme. Está sentada en silencio, mirando sus propias manos. Eunbyeol ha vuelto a sus notas. No digo nada. A veces, después de sobrevivir, las personas necesitan silencio más que consuelo. Abro la ventana y salgo.
El aire nocturno de Seúl me golpea el rostro. La ciudad está viva, pero no tranquila. Helicópteros cruzan el cielo. Pantallas gigantes repiten los anuncios mundiales. En las calles se forman grupos de personas frente a televisores, celulares y ventanas del sistema. Algunos celebran. Otros lloran. Otros discuten con la desesperación de quien acaba de descubrir que el mundo cambió sin pedir permiso.
No me detengo. Salto al techo del edificio vecino. Luego al siguiente. Y después al siguiente. El cuerpo todavía me duele, pero puedo moverme. Eso es suficiente. Corro entre los techos, cruzando la ciudad por encima de los autos, las sirenas y el miedo.
No tardo mucho en llegar al orfanato. Es un edificio viejo, de paredes claras y ventanas pequeñas. Nada especial. Nada que llame la atención en medio de Seúl. Y, aun así, en esta vida, aquel lugar pesa más que muchas fortalezas. Apenas aterrizo frente a la entrada, una voz infantil grita desde el interior:
—¡Seolhwaaaa! ¡Llegó el hombre de nuevooo!
La puerta se abre casi de inmediato. Esta vez no es Seolhwa. Es un niño de unos siete años, con el cabello despeinado y una sonrisa enorme, como si abrirle la puerta a alguien que llega por los techos fuera completamente normal.
—¡Hola, señor! —me saluda con energía.
Lo observo durante un par de segundos. Después, inclino un poco la cabeza.
—Hola, niño. ¿Cómo estás?
—Bien. Comimos sopa con carne.
Lo dice con una felicidad demasiado grande para una frase tan simple.
—Me alegra.
El niño mira hacia arriba, intentando ver detrás de mí.
—¿Hoy vino volando?
—Corriendo.
—¿Por las paredes?
—Por los techos.
Sus ojos brillan.
—Eso es casi volar.
—Casi.
Desde el interior llegan pasos apresurados. Seolhwa aparece en el pasillo con un delantal puesto y el cabello recogido de manera descuidada. Tiene harina en una mejilla y una expresión de cansancio que intenta ocultar. Al verme, se detiene. Su mirada recorre mi ropa.
Las heridas. El vendaje mal cerrado en el costado. La forma en que apoyo más peso sobre una pierna.
—Kim Cheonro.
—Seolhwa.
El niño levanta la mano.
—Yo le abrí. No entró sin permiso.
—Ya veo.
Seolhwa suspira.
—Minjun, andá con los demás.
—Pero...
—Ahora.
El niño hace una mueca, pero obedece. Antes de irse, se gira hacia mí.
—Después me cuenta cómo correr por techos.
—Después.
Sonríe y desaparece por el pasillo. El silencio queda entre nosotros. Seolhwa cierra la puerta despacio.
—Vi los anuncios.
—Todos los vieron.
—También vi las noticias.
No respondo.
—Dijeron que muchos cazadores de otros países no volvieron.
—Es verdad.
Su expresión se endurece.
—Y usted sí.
—No todos.
Seolhwa baja la mirada hacia mi costado.
—Eso también se nota.
Entro en el orfanato. El lugar huele a sopa, madera vieja y ropa recién lavada. Hay mantas apiladas junto a una pared, juguetes reparados sobre una mesa y varios pares de zapatos pequeños cerca de la entrada. Desde una habitación cercana, algunos niños espían.
Cuando notan que los veo, se esconden enseguida. Excepto una. Eunji. La niña está detrás del marco de una puerta, abrazando un muñeco viejo contra el pecho. Sus ojos se abren apenas al verme. No corre. No sonríe de inmediato. Primero me observa, como si necesitara comprobar que soy real.
Después, sale.
—Kim...
Su voz es pequeña. Demasiado cuidadosa. Me agacho un poco.
—Hola, Eunji.
Ella da dos pasos. Luego otros dos. Al final, corre y se aferra a mi abrigo. Siento sus manos temblar.
—Pensé que no ibas a volver.
Me quedo inmóvil. No estoy preparado para eso. De todos los golpes que recibí en el segundo piso, ninguno duele en el mismo lugar que esa frase. Apoyo una mano sobre su cabeza.
—Volví.
—En la tele decían que algunos no volvieron.
—Sí.
—¿Te dolió?
Miro a Seolhwa. Ella aparta la vista.
—Un poco —respondo.
Eunji levanta la cabeza.
—Mentira.
—Mucho.
Esa respuesta parece satisfacerla un poco más.
—¿Ganaste?
Tardo un segundo en responder.
—Sí.
—Entonces está bien.
No. No está bien. Pero para una niña de seis años, tal vez ganar significa volver con vida. Y quizá, por ahora, eso sea suficiente. Seolhwa cruza los brazos.
—Los niños llevan horas escuchando anuncios, sirenas y adultos asustados. Intenté apagar todo, pero las ventanas del sistema aparecieron igual.
—No pueden bloquearse.
—Lo imaginé.
Entramos en una sala pequeña. Hay dibujos pegados en las paredes. Algunos muestran soles amarillos, casas torcidas y personas tomadas de la mano. Otros tienen manchas oscuras, monstruos y figuras con ojos rojos. Los niños dibujan lo que no saben decir. Me siento con cuidado.
Eunji no suelta mi manga. Seolhwa lo nota, pero no dice nada.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunta.
—El piso 3 se abrirá en casi cuatro meses.
—Eso suena como descanso.
—No lo es.
—Claro. Con usted nunca lo es.
Hay ironía en su voz, pero también preocupación.
—El mundo va a moverse rápido —respondo—. Gobiernos, asociaciones, militares, cazadores independientes. Todos van a querer respuestas.
—¿Y van a venir a buscarlo?
—Sí.
—¿También a ellos?
Mira hacia donde están los niños. Comprendo la verdadera pregunta. Eunji. El orfanato. La gente relacionada conmigo.
—Ya pedí seguridad.
—Pedir no siempre alcanza.
—Entonces haré que alcance.
Seolhwa me sostiene la mirada.
—Eso sonó más amenazante de lo necesario.
—Era la idea.
Por primera vez, sonríe apenas. Pero la sonrisa desaparece rápido.
—Los chicos rescatados... los cazadores que volvieron con usted. Los mostraron un segundo en una transmisión filtrada.
Mi rostro se endurece.
—¿Filtrada?
—Sí. Uno estaba llorando en el suelo. Una chica gritaba que apagaran la luna.
Aprieto la mandíbula. Ya hay filtraciones. Demasiado rápido.
—No deberían haber visto eso.
—Nadie debería haber vivido eso.
No discuto. Eunji tira con suavidad de mi manga.
—¿Había monstruos?
—Sí.
—¿Como los del lugar donde me encontraste?
El aire de la sala parece volverse más pesado. Seolhwa cierra los ojos un instante.
—Parecidos —respondo.
—¿Había niños?
No respondo de inmediato. Eunji lo entiende de todas formas. Baja la mirada.
—Odio los monstruos.
—Yo también.
—Pero vos los matás.
—Sí.
La niña aprieta el muñeco.
No sé qué contestar. Seolhwa se acerca y deja una taza de agua frente a mí.
—Tome.
Tomo la taza con ambas manos. El agua está tibia. Probablemente porque alguien la preparó para los niños, no para mí. Aun así, bebo.
—Seolhwa.
—¿Sí?
—Puede que pronto necesite que el orfanato sea trasladado a un lugar más seguro.
Su expresión se tensa.
—¿Por qué?
—Porque la gente va a investigar todo lo relacionado conmigo.
—¿Incluidos niños?
—Especialmente niños, si creen que pueden usarlos para presionarme.
Eunji levanta la cabeza. Seolhwa guarda silencio.
—No voy a abandonar este lugar —dice.
—No hablo de abandonarlo. Hablo de protegerlo.
—Para los niños, perder su casa también es una herida.
—Morir es peor.
La frase sale más fría de lo que pretendo. Eunji aprieta mi manga. Seolhwa no responde enseguida. Cuando lo hace, baja la voz.
—Usted habla como alguien que ya tuvo que elegir entre heridas distintas.
La presión del sistema no aparece. Porque no es una pregunta directa. Aun así, siento el límite.
—Todos los que sobreviven lo hacen tarde o temprano.
Ella me observa durante unos segundos.
—No me gusta esa respuesta.
—A mí tampoco.
Desde el pasillo, Minjun vuelve a asomar la cabeza.
—Seolhwa, la sopa se está enfriando.
—Ya voy.
El niño me mira.
—¿El señor come?
Eunji responde antes que yo:
—Sí.
La miro, pero ya se ha vuelto hacia Minjun para pedirle que ponga otro plato. Seolhwa levanta una ceja.
—Parece que ya decidieron por usted.
Miro hacia la ventana. Afuera todavía se oyen sirenas lejanas. El mundo está alborotado. Los gobiernos se mueven. Los cazadores muertos de otros países ya se convierten en titulares, cifras, excusas y discursos. Mi grupo duerme con heridas que todavía no cierran.
Los supervivientes del santuario siguen atrapados en recuerdos que no desaparecerán solo porque hayan vuelto a la Tierra. Y yo tengo en el inventario una puerta de uso único hacia un año de entrenamiento. Todo eso espera afuera. Pero dentro del orfanato hay una mesa vieja, sopa caliente y una niña aferrada a mi manga como si eso bastara para confirmar que el mundo no se ha roto por completo.
Suspiro.
—Está bien. Como.
Eunji esboza una sonrisa pequeña y cansada. Seolhwa gira hacia la cocina.
—Entonces lávese las manos. Y trate de no sangrar sobre la mesa.
Kwon habría dicho algo estúpido en ese momento. Por suerte, Kwon no está aquí. Me levanto despacio. El dolor del costado vuelve a recordarme que sigo vivo. Mientras sigo a Eunji hacia la cocina, consulto otra vez la ventana que permanece en mi visión.
[Tiempo hasta que se abra el piso 3: 3 meses, 29 días.]
Casi cuatro meses. La cena resulta más ruidosa de lo que esperaba. Los niños hablan todos al mismo tiempo y se disputan el derecho a contarme cosas sin importancia: quién ayudó a cortar verduras, quién escondió una cuchara y quién ganó una carrera en el patio.
Eunji está sentada a mi lado. Come despacio, sin soltar del todo mi manga. Minjun, el niño que me abrió la puerta, me observa con una seriedad exagerada.
—Entonces... ¿usted puede correr por los techos?
—Sí.
—¿Y puede saltar de un edificio a otro?
—Sí.
—¿Y si se cae?
—No me caigo.
Minjun abre mucho los ojos.
—Eso es trampa.
—Un poco.
Los demás niños se ríen. Seolhwa sirve más sopa en silencio, aunque noto que la comisura de sus labios se eleva apenas. Por primera vez desde que la conozco, el orfanato no parece un refugio al borde de romperse. Parece una casa.
Una casa pequeña. Pobre. Cansada. Pero viva. Eunji levanta la cuchara.
—Kim, comé más.
—Ya comí.
—Seolhwa dice que los adultos mienten cuando dicen eso.
Miro a Seolhwa. Ella no lo niega.
—Tiene razón —dice.
Suspiro y tomo otra cucharada. Los niños vuelven a reír. Durante un momento, el mundo exterior parece quedar lejos. Los anuncios. Los países muertos de miedo. Los cazadores que no regresaron. Los gobiernos buscando culpables. Todo queda afuera, detrás de las paredes del orfanato.
Entonces, la luz parpadea. Una vez. Dos. Los niños dejan de hablar. Mi mano se mueve hacia la espada antes de que mi mente termine de procesar el sonido. No es un golpe fuerte. Es peor. Tres toques suaves en la puerta.
Ordenados. Lentos. Como si quien espera afuera supiera que ya lo escuchamos. Seolhwa me mira. No necesito decir nada. Me pongo de pie.
—Todos detrás de mí.
Minjun baja la cuchara.
—¿Qué pasa?
—Nada todavía.
Eunji se aferra con más fuerza a mi manga. La suelto con cuidado y la coloco detrás de Seolhwa.
—Llévalos al pasillo.
—Cheonro...
—Ahora.
Seolhwa no discute. Eso es bueno. Reúne a los niños con una calma forzada, pero antes de poder alejarlos, la puerta principal se abre. No la rompen. La cerradura simplemente cede con un chasquido negro. Entran seis personas. Ropas comunes. Rostros parcialmente cubiertos con máscaras blancas.
En el centro de cada máscara hay un símbolo pintado con sangre seca: un círculo incompleto atravesado por una línea vertical. No son cazadores. Tampoco son ladrones. Cultistas. El primero inclina la cabeza al verme.
—Kim Cheonro.
La temperatura de la habitación parece bajar. Los niños se quedan inmóviles. Uno de los más pequeños empieza a llorar, pero Seolhwa le cubre la boca con suavidad y lo abraza contra el pecho.
—Llegaron rápido —digo.
—El mundo entero acaba de pronunciar tu nombre —responde el cultista—. Eso facilita encontrarte.
Sus ojos se desplazan hacia Eunji. Ella se esconde detrás de Seolhwa. Mi pulgar roza la empuñadura de la espada. Puedo matarlos. A los seis. Antes de que el segundo vuelva a respirar. Un corte para el primero. Una patada para romperle el cuello al de la derecha.
La mesa como distracción. La cuchara clavada en la tráquea del tercero. La espada para los otros tres. Tres segundos. Tal vez dos. Pero los niños están mirando. Eunji está mirando. Si convierto la sala en un charco de sangre, la protegeré del enemigo, pero le dejaré otra pesadilla grabada en los ojos.
No. Hoy no.
—Salgan —ordeno.
El cultista sonríe bajo la máscara.
—No vinimos por usted.
—Entonces eligieron peor.
Dos de ellos cierran la puerta a sus espaldas. Otro saca un cuchillo curvo. Seolhwa retrocede un paso con los niños.
—¿Qué quieren?
El cultista señala a Eunji.
—La niña sobreviviente.
Eunji contiene la respiración.
—El sacrificio que falló debe ser corregido.
La mesa cruje bajo mi mano.
—Repita eso.
—El fin no acepta errores.
Su voz es tranquila. Demasiado tranquila.
—La grieta se abrió. La Torre habló. Los países sangran. La humanidad ya empezó a caer. Pero algunos hilos quedaron sueltos.
Mira otra vez a Eunji.
—Ella es uno.
Seolhwa se coloca delante de la niña.
—No la van a tocar.
El cultista gira despacio la cabeza hacia ella.
—Usted cuida niños condenados sin entender el privilegio de entregarlos al amanecer verdadero.
Veo el temblor en los dedos de Seolhwa. No es miedo puro. Es rabia.
—Al pasillo —repito sin apartar la mirada de ellos.
—No voy a dejarlos solos.
—No me está dejando solo. Está sacando a los niños.
Seolhwa aprieta los labios y empieza a moverlos hacia el pasillo. El cultista de la izquierda se lanza hacia Minjun. Atrapo la muñeca que sostiene el cuchillo y la giro mientras le trabo el codo. El hueso cede con un chasquido. Minjun retrocede, pegado a la pared, y yo golpeo al hombre con el antebrazo antes de que pueda agarrarlo con la mano libre. Su mandíbula choca contra el borde de una silla y cae de rodillas, escupiendo un diente.
El segundo saca una aguja del abrigo. Recojo el cuchillo que acaba de caer y lo arrojo. La hoja le atraviesa el antebrazo y se hunde en el marco de madera de la puerta. Su manga se empapa de sangre. Tira por reflejo y grita al desgarrarse más la herida.
Los niños gritan con él.
—¡Al fondo! ¡No miren! —ordena Seolhwa.
Mientras los empuja hacia el pasillo, el tercer cultista rodea la mesa. Le pasa un brazo por el cuello y apoya una hoja negra contra su garganta. Me detengo con la Espada de Clemen a medio levantar.
—Un paso más y la abro.
La hoja deja una línea roja en la piel de Seolhwa. Ella contiene la respiración. Eunji se queda junto al marco del pasillo, inmóvil, hasta que Minjun tira de su manga. El líder habla desde la entrada.
—Incluso vos tenés límites, Kim Cheonro.
—Sí.
Miro al hombre que sujeta a Seolhwa. Está demasiado cerca de la mesa; tiene una rodilla contra la madera y el peso cargado sobre la pierna contraria. Si intenta retroceder por ahí, tendrá que rodearla.
—Dejá la espada —ordena—. Despacio.
Abro los dedos. El arma golpea el suelo y su mirada baja apenas hacia ella. Me muevo en ese instante. La mano izquierda se cierra sobre la muñeca del cuchillo antes de que la derecha aparte a Seolhwa por el hombro. Mantengo el filo alejado de su cuello mientras pateo la pata de la mesa para cortar la retirada del hombre.
El tablero cede. Platos y sopa caen entre nosotros. El cultista intenta recuperar el equilibrio, pero su brazo queda extendido contra mi agarre. Giro y le doblo la muñeca hasta que cruje. La hoja cae. Lo arrastro por el brazo roto y le estrello el rostro contra la esquina de la mesa vencida. La máscara se parte con su nariz; resbala hasta el suelo dejando una mancha roja sobre la madera.
Seolhwa cae de rodillas, tosiendo. Eunji intenta ir hacia ella, pero Minjun vuelve a sujetarla. Bien. Niño listo. Los otros tres se mueven a la vez. Uno arroja un puñado de polvo negro. Contengo la respiración y retrocedo fuera de la nube, llevándome a Seolhwa por debajo de un brazo. El polvo se asienta sobre la sopa derramada y levanta un vapor oscuro.
Pongo a Seolhwa junto al pasillo y pateo una silla contra el atacante. El respaldo le golpea el pecho. Lo alcanzo mientras intenta apartarla y lo empujo contra el borde de la mesa; siento las costillas crujir bajo el impacto. Se dobla sobre la madera, con la boca abierta y sin aire para gritar.
El siguiente levanta la palma. Una runa empieza a encenderse entre sus dedos. Le golpeo la rodilla de costado y sujeto el brazo antes de que caiga. Lo hago girar hasta dejarlo boca abajo, con la mano extendida sobre el suelo, y bajo el talón sobre la runa.
Los huesos se quiebran. La luz se contrae entre sus dedos aplastados y estalla bajo la piel, abriendo la palma desde dentro. Sangre y fragmentos de uña salpican mi bota. El hombre aúlla. Mantengo la muñeca inmóvil hasta que el último trazo de la runa se apaga.
Solo queda el líder. Retrocede hacia la puerta sin intentar ayudar a los demás. Veo el movimiento de su mandíbula, demasiado deliberado en medio del pánico. Veneno, quizá. O alguna otra forma de asegurarse de no responder preguntas.
Recojo mi espada del suelo y le doy con el pomo antes de que pueda cerrar los dientes. La máscara se hunde sobre su boca. Un par de dientes salen despedidos entre sangre y saliva, junto a una cápsula diminuta que se rompe al caer. El líquido oscurece la madera y empieza a levantar humo.
Lo saco de ese lugar agarrándolo por el cuello del abrigo y lo empujo contra la pared.
—¿Quién los mandó?
El cultista sonríe con la boca destrozada.
—El fin ya entró a tu casa.
Le sujeto la garganta. Siento cómo intenta tragar bajo mis dedos y, durante un instante, quiero apretar hasta que deje de hacerlo. Desde el pasillo llega un sollozo. Eunji. Aflojo la mano, giro al hombre y le inmovilizo el brazo contra la espalda. Se resiste hasta que el hombro se sale de su sitio. Lo dejo boca abajo y apoyo una rodilla entre sus omóplatos mientras rasgo el mantel para atarle las muñecas.
Los demás siguen en el suelo. Algunos gimen; dos no reaccionan cuando les hablo. Les compruebo la respiración antes de sujetarlos y aparto las armas, las máscaras y cualquier objeto que puedan alcanzar. El del antebrazo clavado deja un rastro espeso de sangre cuando retiro el cuchillo; presiono la herida con un trozo de tela antes de atarlo.
No puedo dejar de vigilarlos. Mucho menos al que llevaba la runa. La mesa está rota, la sopa cubre el suelo y los niños siguen mirando desde el pasillo. Algunos lloran; otros permanecen tan quietos que resulta peor. Guardo la espada y saco el teléfono con la mano ensangrentada.
—Jang. Hubo un ataque al orfanato. Seis detenidos, varios heridos. Necesito seguridad y ambulancias. Ahora.
No espero a que termine sus preguntas para darle la dirección. Después vuelvo la mirada hacia el pasillo.
—Seolhwa.
Ella sigue de rodillas, con una mano sobre el cuello. La herida es superficial. Pero sus ojos no están en la sangre. Están en los niños. En Eunji. En la puerta que acaban de abrir sin esfuerzo. En los cuerpos tirados en el suelo.
En su casa. Su refugio. En su pequeño mundo, invadido en menos de un minuto. Me acerco, pero no demasiado.
—¿Está bien?
Seolhwa deja escapar una risa seca. No contiene nada de humor.
—No.
Respuesta honesta. Se pone de pie con dificultad. Eunji corre hacia ella y la abraza. Después, para mi sorpresa, también se aferra a mi manga. Como si necesitara sujetarnos a los dos para comprobar que seguimos aquí. Minjun aparece detrás.
—Señor...
Mira a los cultistas.
—¿Están muertos?
Todos los niños esperan la respuesta. Ahí está la razón por la que no los mato.
—No.
Minjun respira aliviado.
—¿Van a despertar?
—Están heridos. No se acerquen; van a venir a llevárselos.
—¿Y van a volver?
Miro a Seolhwa. Ella también espera esa respuesta.
—Otros vendrán.
Ningún niño lo entiende del todo. Seolhwa sí. Su rostro cambia. No es miedo. Es aceptación. La clase de aceptación que llega cuando una persona comprende que cerrar puertas no detiene al mundo.
—Niños —dice con firmeza—. Todos a la habitación del fondo. Ahora.
—Pero...
—Ahora.
Esta vez, nadie discute. Eunji tarda en soltarme.
—Kim...
Me agacho.
—Estoy acá.
—No te vayas.
La frase me atraviesa más que cualquier cuchillo.
—No voy a irme todavía.
No es una promesa completa. Pero es la única que puedo hacer sin mentir. Eunji asiente con dificultad y se marcha con los demás. Cuando quedan fuera de la sala, Seolhwa camina hasta la puerta rota. La observa durante varios segundos. Después, mira los cuerpos en el suelo.
—Usted los dejó vivos por los niños.
—Sí.
—Quería matarlos.
—Sí.
No tiene sentido negarlo. Seolhwa cierra los ojos.
—Yo también.
La miro. Su voz no tiembla.
—Cuando ese hombre dijo que Eunji debía ser «corregida»... quise matarlo.
Aprieta los puños.
—Y eso me asusta.
—Lo que sintió no la obliga a actuar. Ahora tenemos que decidir qué hacer antes de que vuelva a pasar.
Seolhwa guarda silencio. Afuera empiezan a oírse sirenas. La ayuda que pedí ya viene en camino, pero la cena está en el suelo y Eunji vuelve a tener miedo de una puerta. Seolhwa se gira hacia mí.
—Me ofreció unirme a su grupo y dijo que no iba a obligarme. Ya elegí.
Observa el pasillo por donde se marcharon los niños.
—Creí que quedarme aquí era protegerlos.
Baja la voz.
—Creí que si mantenía este lugar lejos de la Torre, lejos de los cazadores, lejos de la violencia... ellos podrían seguir siendo niños un poco más.
La madera alcanzada por el veneno sigue humeando. Aparto a Seolhwa con una mano antes de que pise cerca.
—Pero la violencia entró igual.
No digo nada. Ella no necesita consuelo. Necesita terminar de decirlo.
—No puedo protegerlos solo con cerraduras, sopa caliente y buenas intenciones.
Mira la herida de su cuello. Luego a mí.
—Necesito poder.
No es ambición. Tampoco es orgullo. Es una conclusión terrible. Y correcta.
—Entonces entrenará —digo.
Seolhwa levanta la mirada y respira hondo.
—Y entraré a la Torre con ustedes.
El silencio entre ambos cambia de forma.
—Seolhwa, es una decisión que conviene tomar después de descansar.
—No me trate como a una niña.
Por primera vez, sus ojos contienen algo que no había visto en esta vida. La sombra de la mujer que alguna vez caminó bajo lluvia de sangre y aun así siguió llorando por otros.
—Tengo miedo —admite—. De la Torre. De morir. De convertirme en alguien que los niños no reconozcan.
Mira hacia el pasillo.
—Pero tengo más miedo de estar viva la próxima vez que entren por esa puerta y no poder hacer nada.
Esa frase no necesita respuesta. Porque ya es una decisión. Compruebo las ataduras del cultista que tenía la runa. Respira entre dientes, con el brazo vendado contra el pecho.
—Empezamos mañana.
—Esta noche —me corrige—. Cuando los niños se duerman.
La observo. Sigue pálida, herida, con la ropa manchada de sopa y sangre. No tiene sentido prometerle un entrenamiento que hoy ninguno de los dos puede sostener.
—Esta noche repasaremos cómo moverse y sacar a los niños de una habitación. El resto, cuando podamos levantarnos sin abrirnos las heridas.
Seolhwa asiente. Afuera se detiene el primer vehículo. Compruebo por la ventana quién baja antes de abrir la puerta, mientras ella vuelve al pasillo para reunir a los niños.
Thoughts
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PermalinkSeolhwa con harina en la mejilla, el agua tibia que era para los críos y la ironía para no enseñar el cansancio: esa mujer lleva años sola con la casa. ¿Minjun y Eunji salen de algún niño que hayas conocido?
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PermalinkYo los mataba, cachai. Dejar a seis cultistas respirando en la sala donde comen los niños es dejarle la puerta abierta al séptimo.
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PermalinkLa tabla de países me dejó pensando más que la pelea. Corea con veinte puntos y los demás con tres o cinco: ahí vienen gobiernos pidiendo a Kim como si fuera un pozo de petróleo, y los cultistas van a ser lo de menos.
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PermalinkNeta, ni una noche de los casi cuatro meses y Kim ya tuvo cultistas en la mesa. El Orbe del amanecer se usa antes de lo planeado, ya verás.
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Permalink¡Bien, Minjun, rapaz!
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PermalinkMe quedo con la cría que no se traga el "un poco" y le saca el "mucho". Así preguntan los niños cuando ya saben la respuesta, hija.
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PermalinkMe removió mucho Kim calculando cómo mataría a los seis, cuchara incluida, en dos segundos, y soltándolo todo porque Eunji estaba mirando. Y aun así los niños vieron la mesa partida y la sopa por el suelo. Mi sensación es que Eunji no se va a quedar con que los dejó vivos, se va a quedar con la cerradura que cedió sola, y eso le va a pesar más que cualquier cultista.
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PermalinkSeolhwa confesando que ella también quiso matarlos y que eso la asustó me pareció el cambio de verdad, antes incluso de decir que entra a la Torre. Mucha gente se vuelve dura así, por proteger a alguien. Y Eunji mirando desde la puerta entreabierta sin apartar la vista me deja la idea de que ella también va a terminar subiendo, tarde o temprano.
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PermalinkSeolhwa diciendo que entra a la Torre esa misma noche, después de que los niños se duerman, me dividió en dos. Mi amiga Chela diría que los deja justo cuando más la necesitan. Yo estoy con ella: la herida en el cuello ya le enseñó que las cerraduras y la sopa no alcanzan, y quedarse a esperar a los siguientes seis sería peor para Eunji.
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