Neta, Lena guardándose la canción y entregando solo la última pelea con su hermana me tuvo un rato quieto. ¿Eso lo tenías pensado desde que salió la niña o te apareció escribiendo la escena?
Capítulo 26: piso 2 (3)
Pensamiento
Neta, Lena guardándose la canción y entregando solo la última pelea con su hermana me tuvo un rato quieto. ¿Eso lo tenías pensado desde que salió la niña o te apareció escribiendo la escena?
Contenido de la publicación
Apoyo nuevamente la mano sobre la puerta.
Esta vez no toco las cadenas. Concentro la fuerza en los dedos y busco las uniones del marco, los puntos donde el metal se encuentra con la piedra.
La energía reacciona de inmediato.
Un dolor agudo atraviesa mi brazo y, durante un instante, olvido por qué estoy aquí. La imagen del túnel desaparece.
Después regresa.
Retiro la mano.
—No intente forzarla —advierte el anciano—. La puerta toma aquello que considera más valioso.
—Ya lo noté.
Observo las cadenas.
No están diseñadas para impedir que alguien entre.
Están hechas para evitar que quien se encuentra dentro pueda salir.
—¿Existe alguna llave?
El anciano guarda silencio.
—Anciano.
—La lleva mi hijo.
—Entonces dígale que abra.
Vuelve a golpear.
—¡Seong! ¡Soy yo!
Esta vez escuchamos algo.
Un arrastre lento.
Pasos.
Después, una voz débil al otro lado.
—Padre...
El anciano apoya ambas manos sobre la puerta.
—¡Seong! Abrí. Traje a alguien que puede ayudarnos.
Se produce un silencio prolongado.
—No debiste venir.
—La llama volvió a apagarse.
—Lo sé.
—Entonces abrí.
—No puedo.
Me acerco a las cadenas.
—¿Por qué no?
La voz tarda en responder.
—Porque ya no recuerdo cómo.
El rostro del anciano pierde el color.
—¿Qué querés decir?
—La puerta... necesita reconocer al guardián. Creo que olvidé la palabra.
El anciano golpea el hierro.
—¡Tu nombre es Seong! ¡Sos mi hijo!
—Lo sé porque usted lo dice.
La tranquilidad de su voz vuelve la respuesta todavía peor. No llora ni parece asustado. Habla como alguien que ya perdió demasiadas cosas para comprender la gravedad de perder una más.
—Apártese —le digo al anciano.
Desenvaino la espada.
No puedo cortar directamente las cadenas sin arriesgarme a perder otros recuerdos, pero tal vez consiga destruir el muro que las sostiene.
Clavo la hoja entre dos bloques de piedra.
La energía de la puerta reacciona y las paredes del túnel empiezan a vibrar. Una presión invisible intenta penetrar en mi mente.
Aprieto los dientes.
El rostro de Kwon desaparece de mi memoria durante un segundo.
Luego el de Mujin.
Después, el de Eunji.
Retiro la espada.
La presión cesa.
—No es solo la puerta...
Todo el campanario está protegido por el mismo mecanismo. Si intento romperlo por la fuerza, podría olvidar por qué quiero entrar.
El anciano se arrodilla frente a la puerta.
—Hijo, decime qué necesitás.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—La llama está encendida.
Una luz azul se filtra con mayor intensidad por debajo del hierro. Al mismo tiempo, Seong deja escapar un gemido ahogado.
El anciano golpea la puerta.
—¡Detenete!
—No puedo.
—¡Ya diste demasiado!
—Todavía queda algo.
La voz del joven tiembla por primera vez.
—No sé qué es, pero la llama todavía lo encuentra.
Cierro los ojos y percibo el flujo de energía. La llama extrae algo de él y lo extiende sobre la ciudad como una barrera. Cuanto más brillante arde, más débil se vuelve la presencia al otro lado.
Seong no la controla.
Solo sirve de alimento.
—¿Cuánto tiempo llevás ahí dentro? —pregunto.
—No lo sé.
—¿Días?
—Tal vez.
—¿Años?
No responde.
El anciano baja la cabeza.
—Entró cuando era un niño.
Lo miro.
—¿Qué edad tenía?
—Doce años.
—¿Y ahora?
—Debería tener treinta y cuatro.
Veintidós años.
Seong lleva veintidós años alimentando una llama con su vida, sus recuerdos y cualquier otra cosa que pueda arrebatarle.
—¿Quién decidió encerrarlo?
El anciano aprieta los puños.
—Yo.
La respuesta sale rota.
—El guardián anterior murió. La ciudad quedó sin protección y los oscuros atravesaron las murallas. Perdimos a cientos de personas aquella noche.
Mira la puerta.
—Seong era el único compatible con la llama.
—¿Compatible según quién?
—Los sacerdotes.
—¿Dónde están?
—Muertos.
Conveniente.
—¿Nunca intentaron buscar otra forma de mantenerla encendida?
El anciano levanta la vista.
—Todas las formas exigen un guardián.
—Eso no responde la pregunta.
—¡No tenemos magia, recursos ni nada con lo que defendernos!
Su voz se eleva.
—Solo tenemos la llama.
—No.
Señalo la puerta.
—Tienen a una persona siendo devorada por ella.
El anciano cierra los ojos.
No discute.
Desde el otro lado, Seong vuelve a hablar.
—Padre...
—Estoy acá.
—¿Cómo era mamá?
El anciano queda inmóvil. Sus labios tiemblan.
—Tenía el cabello negro.
—¿Era amable?
—Sí.
—¿Yo la quería?
El anciano apoya la frente contra la puerta.
—Más que a nadie.
—No la recuerdo.
La llama se intensifica.
Seong empieza a gritar.
No es un grito fuerte.
Su voz ya no tiene fuerzas para eso.
La luz azul atraviesa las grietas del metal y llena el túnel. Por encima de nosotros, las campanas dejan de sonar.
La barrera ha sido restaurada.
El precio también resulta evidente.
—Seong —lo llamo—. Respondeme.
No hay respuesta.
—Seong.
Silencio.
El anciano golpea la puerta con desesperación.
—¡Hijo!
Finalmente, escuchamos una respiración débil.
—¿Quién... es Seong?
El anciano se desploma.
No dice nada.
No puede.
Yo permanezco frente a la puerta.
He enfrentado monstruos que devoran cuerpos y demonios que consumen almas, pero esto es diferente.
La llama no mata a Seong.
Lo vacía.
Poco a poco.
Hasta dejar un cuerpo sin nombre, sin recuerdos y sin una razón para seguir existiendo.
Busco una solución.
Podría ofrecerle parte de mi energía, pero la puerta no absorbe maná. Quizá pueda sacrificar estadísticas o niveles, aunque no sé si el sistema lo permitiría. También podría destruir el campanario, pero, si la llama desaparece, los espectros invadirán la ciudad antes de que encuentre otra forma de protegerla.
Podría matar a Seong.
Liberarlo.
Y condenar a todos los habitantes.
Ninguna opción sirve.
Por primera vez desde que entré al piso, no tengo una respuesta.
Observo la luz azul que se filtra por la puerta.
Esa llama está mal.
No por lo que hace.
Sino por la forma en que lo consigue.
Un sistema de protección que necesita destruir a quien protege no puede ser la solución correcta.
La Torre no entrega misiones imposibles.
Crueles, sí.
Pero no imposibles.
Entonces aparece una ventana azul frente a mí.
[Misión secundaria actualizada]
[El último guardián de la llama.]
[La llama permanecerá encendida mientras aún exista algo que pueda ser entregado.]
[Condición de éxito: impida que el guardián pierda aquello que todavía lo convierte en una persona.]
[Información adicional:]
[Una llama alimentada por una sola existencia siempre termina consumiendo su nombre.]
[Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.]
Leo dos veces la última frase.
Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.
—¿Qué significa? —pregunta el anciano.
No respondo.
Todavía no lo sé.
Puede ser una referencia a varios guardianes, a compartir el precio o a utilizar los recuerdos de toda la ciudad. También es posible que la llama nunca haya necesitado sacrificios completos y que los sacerdotes deformaran su verdadero propósito con el paso de las generaciones.
La respuesta está ahí, oculta dentro de una frase lo bastante ambigua para resultar inútil hasta que logre comprenderla.
Muy propio del sistema.
Me acerco otra vez a la puerta.
—Seong.
No responde.
Golpeo el hierro.
—No sé cuánto recordás, pero escuchame. No vuelvas a entregar nada hasta que regrese.
—La llama... se apagará...
—Entonces dejá que se debilite.
El anciano levanta la cabeza.
—¡Los oscuros atacarán!
—La protección todavía está activa.
—¿Y cuando falle?
Lo miro.
—Estaré aquí antes de que ocurra.
—No puede prometer eso.
—Ya lo hice.
Vuelvo hacia la puerta.
—Seong, necesitás conservar al menos una cosa.
—¿Qué cosa?
La pregunta suena débil.
Confundida.
No sé qué recuerdos le quedan.
Quizá ninguno.
—Tu nombre.
El joven permanece callado.
—Seong —repito—. Ese es tu nombre. No importa lo que la llama intente quitarte. Repetilo.
—Seong...
—Otra vez.
—Seong.
—No lo olvides.
—Seong...
Su voz tiembla.
—Seong...
El anciano empieza a llorar en silencio.
Me vuelvo hacia el túnel.
—¿Adónde va? —pregunta.
—A hablar con los habitantes de la ciudad.
—¿Para qué?
Recuerdo el mensaje.
Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.
—Para descubrir cuántas personas están dispuestas a mantener viva esa llama cuando el precio deje de recaer únicamente sobre su hijo.
El anciano se pone de pie.
—No puede obligarlos.
—No voy a hacerlo.
—Entonces se negarán.
—Tal vez.
Empiezo a caminar.
—Pero, si todos quieren vivir gracias a esa luz, al menos tendrán que saber quién está desapareciendo para producirla.
Detrás de la puerta, la voz de Seong continúa repitiéndose.
—Seong...
Más baja cada vez.
—Mi nombre es Seong...
La misión principal no ha cambiado.
La luz todavía debe regresar a la ciudad.
Pero, antes de pensar en el amanecer, tengo que evitar que la única llama que les queda devore por completo al hombre que la sostiene.
Regreso por el túnel con el anciano siguiéndome varios pasos atrás. Durante todo el camino, la voz de Seong permanece dentro de mi cabeza.
Mi nombre es Seong.
No sé cuánto tiempo podrá conservarlo. La llama dejó de consumirlo por el momento, pero solo porque acaba de alimentarse. Cuando empiece a debilitarse, buscará algo más dentro de él.
Y quizá, la próxima vez, ya no quede nadie capaz de recordar su nombre.
Al llegar a la iglesia, escucho golpes sobre la losa.
Los oscuros siguen al otro lado.
El anciano levanta la lámpara.
—No podemos salir por aquí.
—Sí podemos.
Empujo la losa.
Varias manos negras intentan colarse por la abertura. Sujeto la primera muñeca, tiro de ella y arranco a la criatura de su posición. Cae dentro del túnel y, antes de que pueda levantarse, le aplasto la cabeza contra el suelo.
Después empujo con más fuerza.
La piedra sale despedida junto con tres espectros.
Salto al interior de la iglesia.
La llama continúa encendida, así que las criaturas se mueven con lentitud. Algunas apenas consiguen arrastrar los pies.
Aun así, hay demasiadas.
Desenvaino la espada.
Un corte.
Dos.
Tres.
Las cabezas caen antes de que los cuerpos comprendan que están muertos.
El anciano sale detrás de mí, cubriéndose el rostro para evitar la sangre oscura.
—¿Dónde están los demás refugios?
—Hay siete en este sector.
—Lléveme al más grande.
—¿Qué piensa hacer?
Corto a otro espectro que intenta acercarse.
—Obligarlos a escuchar.
El refugio principal se encuentra debajo de lo que alguna vez fue un mercado. Más de cien personas se ocultan en su interior.
Cuando entramos, varios hombres apuntan sus lanzas improvisadas hacia mí.
—¡Es un extraño! —grita uno—. ¡No debería estar aquí!
—Bajen las armas —ordena el anciano.
—¿Por qué lo trajo, Eldric?
Así que ese es su nombre.
Eldric se coloca frente a ellos.
—Porque vino a ayudarnos.
Un murmullo recorre el refugio.
—Nadie viene a ayudarnos —responde una mujer—. La última vez que alguien dijo eso, se llevó a tres niños al campanario.
La tensión aumenta. Algunas personas retroceden y otras sujetan a sus hijos.
Comprendo enseguida qué clase de historia carga este lugar.
—No vine a llevarme a nadie.
—Entonces váyase.
El hombre de la lanza avanza.
—La llama sigue encendida. No lo necesitamos.
Lo miro.
—La llama sigue encendida porque está devorando a una persona.
—Eso siempre fue así.
—No.
Mi voz resuena en el sótano.
—Ustedes decidieron acostumbrarse.
El hombre aprieta la lanza.
—No sabe nada de nosotros.
—Sé que viven escondidos mientras un hombre pierde sus recuerdos para mantenerlos a salvo.
—Es el guardián.
—Se llama Seong.
Nadie responde.
Algunos ni siquiera parecen conocer ese nombre.
—¿Cuántos sabían cómo se llamaba?
Silencio.
Eldric baja la cabeza.
—Eso pensé.
Camino hacia el centro del refugio y las personas se apartan.
—La llama no debería depender de una sola existencia. El sistema me dio una pista: las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.
—¿Qué es un sistema? —pregunta alguien.
Ignoro la pregunta.
—Todavía no sé exactamente cómo funciona su llama, pero sí sé que está mal alimentada.
Una anciana suelta una risa amarga.
—¿Y qué propone? ¿Que todos entreguemos nuestros recuerdos?
—Sí.
El refugio estalla en protestas.
—¡Está loco!
—¡No voy a olvidar a mis hijos!
—¡Ya perdimos demasiado!
—¡Que el guardián cumpla con su deber!
Me vuelvo hacia el hombre que pronunció la última frase.
—Repítalo.
Su rostro se endurece.
—Fue elegido para eso.
Camino hacia él.
—¿Y quién lo eligió?
—Los sacerdotes.
—Están muertos.
—Las leyes continúan aunque quienes las crearon mueran.
—Las leyes estúpidas también.
El hombre levanta la lanza.
—No tiene derecho a juzgarnos.
Agarro el asta y la parto con una mano.
El ruido acaba con las discusiones.
—Tienen razón. No puedo obligarlos a sacrificar sus recuerdos.
Arrojo los pedazos al suelo.
—Pero tampoco permitiré que sigan llamando «deber» al sacrificio de alguien que ya olvidó por qué está sufriendo.
Nadie responde.
Una niña pequeña sale de detrás de su madre.
—¿El guardián está solo?
La miro.
—Sí.
—¿Tiene miedo?
Pienso en la voz vacía al otro lado de la puerta.
—Probablemente ya olvidó cómo se siente.
La niña toma la mano de su madre.
—Eso es peor.
Algunos adultos desvían la mirada.
Me agacho frente a ella.
—¿Cómo te llamás?
—Lena.
—¿Qué es lo que más recordás?
La niña piensa.
—Una canción que cantaba mi hermana.
Su madre se tensa.
—Lena, no.
—¿Tu hermana está aquí?
La niña niega con la cabeza.
—Se volvió oscura.
El refugio queda en silencio.
—¿Entregarías esa canción? —pregunto.
Lena baja la mirada y sus ojos se llenan de lágrimas.
—No quiero olvidarla.
—Entonces no lo hagas.
Su madre me observa con sorpresa.
Me pongo de pie.
—No sé si la llama necesita recuerdos completos. Tal vez solo requiera una parte de aquello que cada persona decida compartir.
—Eso es una suposición —dice la anciana.
—Sí.
—Podríamos perderlo todo.
—También.
No voy a mentirles.
—Pero ahora mismo Seong perderá todo con absoluta seguridad.
Eldric avanza hacia el centro.
—Yo lo haré.
Las miradas se dirigen hacia él.
—Padre... —murmura alguien.
—Ya entregué a mi hijo una vez —dice—. Esta vez entregaré algo mío.
—¿Qué cosa?
Eldric cierra los ojos.
—El día en que nació. Es el recuerdo más feliz que tengo.
—También podría ser lo único que le permita recordarlo cuando la llama intente borrar su nombre.
Abre los ojos.
—Entonces úselo.
No tengo idea de cómo hacerlo.
La frase del sistema no me entregó un ritual, un hechizo ni una herramienta.
Solo una dirección.
Extiendo la mano.
—Regresemos al campanario.
No volvemos solos.
Al principio, solo nos siguen Lena y su madre. Después se unen la anciana y varios hombres.
Cuando pasamos por los otros refugios y explicamos lo que ocurre, se suman más.
No todos.
Algunos cierran sus puertas.
Otros nos insultan.
Pero, al llegar a la antigua iglesia, casi cincuenta personas caminan detrás de nosotros.
Las criaturas oscuras comienzan a moverse al sentir nuestra presencia.
—¡Manténganse juntos!
Los pocos habitantes que conservan armas forman un círculo alrededor de los demás.
Es una formación miserable.
Incorrecta.
Fácil de romper.
Pero es la primera vez que los veo caminar fuera de sus escondites.
Elimino a los espectros que se acercan demasiado mientras avanzamos hacia el túnel.
—¡Rápido!
Una mujer cae. Dos hombres la levantan antes de que una criatura pueda alcanzarla.
Un espectro salta desde un tejado.
Lanzo la espada.
La hoja le atraviesa la cabeza y lo clava contra una pared.
La recupero sin detenerme.
Cuando todos han descendido, cierro la losa. Los golpes comienzan casi de inmediato.
El grupo avanza por el túnel y, al ver los huesos apilados a los lados, varias personas empiezan a llorar. Reconocen aquel camino, quizá no porque lo hayan recorrido, sino porque todos conocen a alguien que nunca regresó.
Cuando alcanzamos la puerta de hierro, la luz azul es mucho más débil.
—Seong —llama Eldric.
No hay respuesta.
Apoya ambas manos sobre el metal.
—Hijo, traje gente.
Una respiración llega desde el otro lado.
—¿Gente...?
—Sí.
—¿Para alimentar la llama?
Eldric cierra los ojos.
—No. Para ayudarte a sostenerla.
Me acerco a las cadenas.
La energía continúa allí.
Hambrienta.
Esperando.
—Todos deben tocar la puerta.
—¿Es seguro? —pregunta la madre de Lena.
—No.
Kwon probablemente diría que esa no es una forma adecuada de tranquilizar personas.
Pero no tengo una respuesta mejor.
Eldric es el primero en apoyar la palma sobre el hierro. Su cuerpo se estremece y la llama reacciona. Una luz azul desciende por las cadenas y le envuelve el brazo.
—¡Padre! —grita Seong.
Por primera vez, su voz muestra una emoción clara.
Reconocimiento.
Eldric empieza a llorar.
—Recordás mi voz.
—Creo que sí.
—Entonces escuchame. Tu nombre es Seong. Sos mi hijo. Naciste durante la primera lluvia que cayó después de siete años de sequía.
La luz aumenta.
Una imagen aparece sobre la puerta.
Un bebé envuelto en una manta.
Una mujer agotada que sonríe.
Un Eldric mucho más joven sosteniendo al niño con manos temblorosas.
El recuerdo empieza a arder y sus bordes se vuelven azules.
—¡No! —grita Seong.
Eldric aprieta los dientes.
—Tomalo.
La imagen desaparece.
El anciano cae de rodillas. Lo sujeto antes de que golpee el suelo.
—¿Qué recuerda?
Eldric respira con dificultad.
—Sé que es mi hijo.
—¿Recuerda su nacimiento?
Intenta responder. Su rostro se deforma.
—No.
Ha funcionado.
La llama acepta recuerdos ajenos.
Pero todavía consume demasiado.
La luz del campanario aumenta apenas un poco. Necesitaríamos muchas vidas para mantenerla de esa forma.
Lena se acerca.
—Ahora yo.
Su madre la sujeta.
—No.
—Mamá...
—No vas a olvidar a tu hermana.
La niña mira la puerta.
—No voy a darle la canción.
Apoya una mano sobre el hierro.
—Solo el último día que peleamos.
La energía la envuelve. Su rostro se contrae y una imagen aparece ante nosotros.
Dos niñas discuten por una muñeca rota. Gritan. Una puerta se cierra y la mayor sale de la casa.
Ese fue el último recuerdo de su hermana antes de convertirse en una criatura oscura.
La imagen arde.
Lena empieza a llorar.
—¿La olvidaste? —pregunta su madre.
La niña niega con la cabeza.
—Recuerdo su canción.
La observo.
Así que no tiene que ser un recuerdo valioso.
Solo uno entregado de forma voluntaria.
Una parte pequeña.
Suficiente si muchas personas colaboran.
—Quienes estén dispuestos, elijan algo que puedan perder sin olvidar quiénes son.
Las personas se acercan de una en una. Un hombre entrega el sabor de una comida que ya no existe. Una mujer, el recuerdo de una discusión con su esposo. La anciana cede el rostro de un vecino al que apenas conoció.
Otros entregan caminos, palabras, olores o días sin importancia.
Pequeñas partes de sus vidas.
Cada una alimenta la llama, pero, en vez de devorar una existencia completa, el peso se distribuye entre todos.
La luz se vuelve más intensa.
La puerta comienza a calentarse.
Y, detrás de ella, Seong vuelve a hablar.
—Padre...
Eldric levanta la cabeza.
—Estoy acá.
—Recuerdo que me enseñaste a pescar.
El anciano sonríe entre lágrimas.
—Siempre eras terrible.
—Mentira.
—Nunca atrapaste nada.
Seong deja escapar algo parecido a una risa.
Entonces aparece una ventana azul.
[Misión secundaria completada]
[El último guardián de la llama.]
[El guardián ha conservado su nombre.]
[La carga de la llama ha sido distribuida entre 47 habitantes.]
[La llama ya no consumirá automáticamente la existencia de un único portador.]
[Recompensa pendiente.]
[La intensidad de la llama depende ahora de la voluntad compartida de la ciudad.]
La puerta de hierro se abre.
Las cadenas caen al suelo.
Detrás hay una sala circular. En el centro, sentado sobre una plataforma de piedra, se encuentra un hombre extremadamente delgado. Su cabello es blanco, su piel está cubierta de líneas azules y apenas consigue mantener los ojos abiertos.
Parece mucho mayor que treinta y cuatro años.
Sobre su pecho arde una pequeña llama.
Seong levanta la mirada.
—¿Usted es quien vino de afuera?
—Sí.
—¿Trajo la luz?
Observo la llama azul.
Es más fuerte que antes, pero todavía no es la luz que exige la misión principal.
—No.
Entro en la sala.
—Solo conseguí que esta dejara de comerte.
Seong sonríe débilmente.
—Eso ya es más de lo que esperaba.
Eldric corre hacia él y lo abraza con cuidado, como si su cuerpo pudiera romperse.
Seong tarda unos segundos en responder. Después levanta los brazos y abraza a su padre.
Las personas observan desde el túnel.
Algunas lloran.
Otras parecen avergonzadas.
La llama del campanario se expande sobre nuestras cabezas y la barrera de la ciudad recupera su fuerza. A lo lejos, los gritos de los espectros empiezan a apagarse.
Pero, cuando levanto la vista, el cielo sigue igual.
Negro.
Cubierto de nubes.
Con aquel resplandor rojizo oculto detrás de ellas.
La misión secundaria ha terminado.
La ciudad puede seguir viva durante más tiempo.
Pero todavía no ha amanecido.
Y, por la forma en que la oscuridad se mueve sobre nosotros, algo me dice que la verdadera noche apenas está comenzando.
Thoughts
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PermalinkTodos llorando con Eldric y yo no me lo creo entero. Los sacerdotes eligen a un niño de doce, después aparecen todos muertos, y el único que queda para contar cómo fue es el que cerró la puerta. Alguien torció lo de las hogueras desde el principio y yo lo tengo a él de sospechoso, aunque casi nunca le achunto.
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PermalinkSeong no va a recuperar lo de su madre, me temo, y Eldric va a tener que contárselo muchas veces más, igual que con el pelo negro.
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Permalink¡Pobre Eldric!
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PermalinkLa de las hogueras que no se hicieron para arder solas va a la libreta. Mirá que tardé en entender por qué me gustaba tanto.
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PermalinkCaramba, la ciudad que vive tranquila mientras un muchacho se consume encerrado me recordó a Los que se alejan de Omelas, de Ursula K. Le Guin. Allá todos saben del niño del sótano y nadie baja a ayudarlo. Aquí por lo menos 47 personas bajaron al túnel.
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PermalinkOye, cuando Seong pregunta si él quería a su madre y el padre tiene que contestarle por él, me quedé un rato quieta con el móvil en la mano. Y luego, al final, lo primero que le vuelve es que su padre le enseñó a pescar y que nunca pescaba nada, una tontería de esas que uno ni guardaría a propósito. Tener nombre se parece mucho a eso, a los recuerdos pequeños que nadie elegiría ni entregar ni salvar. Ojalá Eldric se quede con alguno así, aunque haya dado el día en que nació su hijo.
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PermalinkNeta, Lena guardándose la canción y entregando solo la última pelea con su hermana me tuvo un rato quieto. ¿Eso lo tenías pensado desde que salió la niña o te apareció escribiendo la escena?
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PermalinkCuando Cheonro pregunta en el refugio cuántos sabían cómo se llamaba el guardián y nadie contesta. Es muy fácil vivir de algo que hace otra persona sin saber ni su nombre, y eso pasa en cualquier ciudad. Me da que esas cuarenta y siete personas del túnel ya no van a poder volver a llamarlo guardián, y eso cambia la ciudad más que la barrera.
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PermalinkLa lista del túnel, con gente dando olores, caminos y la cara de un vecino que casi no conocían, me gustó más que toda la pelea con los espectros. Y Cheonro pensando en Kwon cuando le dice a la madre que no es seguro.
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