Al ver a toda aquella manada de seres oscuros correr hacia mí, apreté la empuñadura de la espada.
No retrocedí.
Esperé.
Cuatro metros.
Tres.
Dos...
Y, de pronto, todos se detuvieron.
No frenaron como criaturas conscientes.
Sus cuerpos quedaron inmóviles en mitad del movimiento, algunos con una pierna levantada, otros inclinados hacia delante, con las manos extendidas en mi dirección.
Sus miradas perdieron el enfoque.
Parecían cadáveres sostenidos por hilos invisibles.
Una ventana azul apareció frente a mí.
[Anuncio]
[La llama del campanario ha vuelto a encenderse temporalmente.]
[La protección de la ciudad ha sido restaurada.]
Alcé la vista.
Sobre la torre central, la llama azul volvía a arder.
Su luz era débil, pero se extendía sobre las calles como una capa imperceptible.
Los seres oscuros habían quedado detenidos justo en el límite de aquella protección.
Así que no era una coincidencia.
La llama realmente los mantenía alejados.
El problema era aquella última palabra.
Temporalmente.
No sabía cuánto duraría.
Segundos.
Minutos.
Quizá menos.
Las criaturas permanecían frente a mí, inmóviles, con la piel oscura y los ojos vacíos. Algunas todavía tenían restos de ropa humana adheridos al cuerpo.
No eran simples monstruos.
O al menos no siempre lo habían sido.
Entonces escuché movimiento en los edificios cercanos.
Puertas abriéndose lentamente.
Tablas retirándose de las ventanas.
Desde distintos rincones comenzaron a aparecer personas.
Personas vivas.
Sus pieles conservaban un color normal, aunque sus cuerpos estaban demasiado delgados. Llevaban ropas hechas jirones y observaban la calle con miedo, sin alejarse demasiado de sus escondites.
Ninguno habló.
Nadie se acercó a mí.
Para ellos, yo podía ser tan peligroso como las criaturas inmóviles.
De pronto, un anciano asomó la cabeza por detrás de un paredón derrumbado.
Tenía el rostro cubierto de arrugas, una barba sucia y un ojo completamente blanco.
Levantó una mano y me hizo una señal urgente.
Quería que lo siguiera.
Miré una vez más a las criaturas.
La llama del campanario titiló.
Durante una fracción de segundo, el brazo de una de ellas se movió.
No dudé más.
Corrí hacia el anciano.
Él desapareció detrás del muro y se internó en un callejón estrecho. Lo seguí entre casas parcialmente destruidas hasta llegar a una puerta oculta bajo varias tablas.
El anciano golpeó tres veces.
Dos golpes cortos.
Uno largo.
Una pequeña abertura se deslizó desde el interior.
—¿Cuántos? —preguntó una voz.
—Solo uno —respondió el anciano—. Vino de afuera.
Hubo un silencio.
Después, la puerta se abrió.
El anciano entró y me hizo otra señal para que lo siguiera.
Apenas crucé, varias personas cerraron la entrada y volvieron a colocar las tablas.
El lugar era un sótano.
Había unas treinta personas allí dentro.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Todos demasiado flacos.
Varias antorchas pequeñas iluminaban el espacio, aunque apenas producían calor.
Algunos sostenían cuchillos oxidados.
Otros simples palos.
Ninguno poseía un arma capaz de enfrentar a las criaturas del exterior.
El anciano se giró hacia mí.
—¿Quién sos?
—Kim Cheonro.
—No pregunté tu nombre.
Sus ojos descendieron hasta mi espada y después regresaron a mi rostro.
—Pregunté qué sos.
Observé a las personas que nos rodeaban.
Nadie parecía reconocer la existencia de la Torre.
Eso significaba que, para ellos, este mundo era real.
O al menos lo suficiente como para morir en él.
—Un viajero —respondí—. Aparecí fuera de la ciudad hace poco.
Varios comenzaron a murmurar.
El anciano endureció la mirada.
—Nadie sobrevive fuera de las murallas durante la noche.
—Yo sí.
—Entonces no sos humano.
Una mujer abrazó con más fuerza a su hijo.
Podía sentir el miedo creciendo en el lugar.
—Soy humano —dije—. Solo más fuerte que la mayoría.
El anciano no pareció convencido.
—¿La llama se encendió por vos?
—No.
Al menos no directamente.
—Pero vine porque recibí una misión para proteger esta ciudad.
El ambiente se volvió todavía más silencioso.
—¿Una misión? —repitió el anciano.
—Salvar la ciudad hasta que la luz salga en ella.
Su expresión cambió.
No fue sorpresa.
Fue desesperación.
—Entonces estás condenado.
—¿Por qué?
El anciano bajó lentamente la cabeza.
—Porque aquí nunca amanece.
No era información nueva.
El propio nombre del piso ya lo había advertido.
Pero la forma en que lo dijo confirmó que llevaban mucho tiempo atrapados.
—¿Cuánto hace que están en esta oscuridad?
El anciano se sentó sobre una caja.
—Nadie lo recuerda.
—Necesito una respuesta más precisa.
—Los más viejos dicen que alguna vez existió el sol. Que calentaba la tierra y que las personas podían caminar fuera de las murallas sin miedo.
Miró una de las antorchas.
—Pero ninguno de nosotros lo vio.
Generaciones.
La ciudad llevaba generaciones enteras sin amanecer.
Eso cambiaba las cosas.
—Entonces, ¿qué es la llama del campanario?
El anciano señaló hacia arriba.
—Lo único que nos mantiene vivos.
—¿Quién la enciende?
—Los guardianes.
—¿Dónde están?
No respondió.
Su silencio fue suficiente.
—Murieron —deduje.
—Casi todos.
—¿Cuántos quedan?
—Uno.
Aquello explicaba por qué la llama se había apagado.
El último guardián no podía mantenerla encendida por sí solo.
—¿Y cuánto durará esta vez?
El anciano miró hacia el techo.
—Tal vez una hora.
—¿Tal vez?
—A veces dura tres.
Su voz descendió.
—Otras veces, solo unos minutos.
Como si sus palabras hubieran sido una señal, un rugido resonó desde el exterior.
Las paredes temblaron.
Una niña comenzó a llorar.
El anciano cerró los ojos.
—Ya están despertando.
Me acerqué a la puerta.
—¿Dónde está el campanario?
—En el centro de la ciudad.
—Eso ya lo sé. Necesito una ruta segura.
—No existe.
—Entonces dígame la más rápida.
El anciano se puso de pie.
—No podés ir.
—No le pedí permiso.
—Los oscuros cubren todas las calles. Cuando la llama se debilita, vuelven a moverse.
—Entonces llegaré antes de que se debilite.
—No entendés.
Me sujetó del brazo.
No con fuerza.
Con desesperación.
—La llama no se alimenta con madera ni aceite.
Lo miré.
—¿Entonces con qué?
El anciano tardó varios segundos en responder.
—Con vida.
El sótano quedó completamente en silencio.
—Cada vez que se apaga —continuó—, alguien debe subir al campanario y entregar parte de su existencia para encenderla otra vez.
—¿Parte?
—Al principio, años.
Su mano comenzó a temblar.
—Después recuerdos.
Miró a las personas escondidas.
—Y cuando ya no queda nada más... el guardián se convierte en uno de ellos.
Señaló hacia el exterior.
Así que las criaturas no eran invasores.
Al menos no todas.
Eran antiguos habitantes.
Personas consumidas lentamente para mantener encendida la misma llama que protegía a los demás.
Una ciudad que sobrevivía devorando a sus propios guardianes.
Muy propio de la Torre.
—Lléveme con el último guardián —dije.
El anciano retrocedió.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es mi hijo.
Comprendí su temor.
Creía que pensaba utilizarlo como combustible.
—No vine a sacrificarlo.
—Todos dicen lo mismo cuando la llama comienza a apagarse.
—Yo no necesito su vida.
—Entonces, ¿qué piensa hacer?
Miré hacia el techo.
A través de la piedra pude sentir la llama temblando a lo lejos.
—Descubrir qué la está consumiendo.
El anciano negó con la cabeza.
—No podés salvarnos.
—Eso lo decidiré yo.
—Esta ciudad lleva siglos esperando la luz.
—Entonces ya esperaron suficiente.
Me acerqué nuevamente a la puerta.
—Tiene dos opciones. Puede indicarme el camino o puede quedarse aquí y esperar a que la llama vuelva a apagarse.
El anciano miró a los niños.
Luego a los hombres armados con palos.
Por último, observó la puerta.
Un nuevo impacto sacudió la pared.
Esta vez, algo arañó la madera desde el otro lado.
El anciano cerró los ojos.
—Hay un túnel debajo de la antigua iglesia —dijo finalmente—. Conduce cerca del campanario.
—Guíeme.
—No puedo correr.
—No hace falta.
Me agaché frente a él.
—Suba.
El anciano me miró como si acabara de perder la razón.
—¿Qué?
—No pienso caminar a su velocidad.
Otro rugido resonó en la calle.
La llama azul volvió a titilar.
—Suba ahora o lo dejo atrás.
El anciano obedeció.
Lo cargué sobre mi espalda y abrí la puerta del refugio.
Afuera, los seres oscuros comenzaban a moverse otra vez.
Primero los dedos.
Después los cuellos.
Y finalmente sus ojos recuperaron aquel brillo enfermizo.
La llama estaba fallando.
—Sujétese —advertí.
—¿Qué tan rápido pensás correr?
El primer monstruo giró hacia nosotros.
Sonreí.
—Lo suficiente para que no pueda respirar.
Y salí disparado hacia la antigua iglesia.
Mientras corro, noto cómo los espectros comienzan a recuperar el movimiento.
Al principio solo tiemblan sus dedos.
Después giran lentamente la cabeza en nuestra dirección.
Sus articulaciones crujen mientras despiertan de aquella inmovilidad forzada, como cadáveres que vuelven a recordar cómo utilizar sus cuerpos.
—Más rápido... —murmura el anciano sobre mi espalda.
No necesito que me lo diga.
Aumento el ritmo.
Las primeras criaturas empiezan a caminar detrás de nosotros. Sus pasos son torpes y descoordinados, pero pronto se convierten en una carrera.
Una.
Diez.
Cientos.
El sonido de sus pies golpeando las calles se mezcla con gemidos que parecen salir de gargantas podridas.
—¡Vaya hacia allá! —grita el anciano, señalando un edificio derrumbado al final de la calle.
La antigua iglesia.
Solo quedan en pie una parte de la fachada y una torre inclinada. Las estatuas que alguna vez decoraron la entrada fueron destruidas, y en el lugar donde debería haber una figura sagrada solo queda una silueta sin cabeza.
Salto sobre una carreta volcada y atravieso la plaza.
Detrás de nosotros, los espectros continúan acelerando.
Cada vez se mueven con mayor naturalidad.
La llama del campanario se está debilitando.
Puedo sentirlo.
La presión que los detenía desaparece poco a poco, y con ella regresa algo parecido a la vida dentro de sus cuerpos muertos.
—¡A la izquierda! —indica el anciano—. Cerca del altar.
Entro por una abertura en la pared.
La iglesia está completamente destruida por dentro.
Los bancos se encuentran partidos, las paredes cubiertas de manchas oscuras y el techo amenaza con derrumbarse. En el centro, un altar de piedra se inclina hacia un costado.
Dejo al anciano en el suelo.
—¿Dónde está la entrada?
—Debajo del altar. Busque una parte ligeramente levantada.
Los gritos del exterior aumentan.
No son simples rugidos.
Son voces.
Cientos de voces superpuestas, llamando nombres, suplicando ayuda o repitiendo frases que ya no comprenden.
El sonido atraviesa las paredes y hace vibrar el aire.
Incluso para mí resulta molesto.
El anciano se cubre los oídos.
—No los escuche —advierte—. Algunos todavía recuerdan cómo hablar.
Me acerco al altar y observo el suelo.
Las losas son viejas, casi idénticas entre sí.
Entonces encuentro una.
Está elevada apenas unos centímetros.
Demasiado poco para que una persona común lo notara en medio de la oscuridad.
Introduzco los dedos debajo del borde y tiro.
La piedra no se mueve.
—Tiene un seguro —dice el anciano—. Debajo de la figura.
Miro el altar.
La estatua rota conserva una mano de piedra apoyada sobre el pecho.
La giro.
Escucho un chasquido.
La losa se libera.
La levanto y dejo al descubierto una escalera que desciende hacia la oscuridad.
Un olor húmedo y antiguo sale desde el interior.
—Ese túnel conduce directamente al campanario —explica el anciano—. Pero nadie lo utiliza desde hace años.
—¿Por qué?
No responde.
El primer espectro aparece en la entrada de la iglesia.
Su piel está completamente negra, como carbón mojado. Lleva restos de una armadura y una lanza rota atravesándole el abdomen.
Inclina la cabeza al verme.
Después abre la boca.
—Luz...
Otros aparecen detrás de él.
Sus cuerpos se amontonan contra la abertura.
—Baje —le ordeno al anciano.
—¿Y usted?
Desenvaino la espada.
—Voy detrás.
El anciano comienza a descender, pero se detiene después del primer escalón.
—No cierre la entrada.
—¿Por qué?
—El túnel no tiene otra salida.
Frunzo el ceño.
—Dijo que conducía al campanario.
—Conduce debajo del campanario. La puerta final solo puede abrirse desde el otro lado.
Lo miro.
—Eso habría sido útil saberlo antes.
—No me dejó terminar.
Los espectros entran.
Primero cinco.
Luego veinte.
La iglesia comienza a llenarse de ojos pálidos.
—Entonces buscaremos otra forma de abrirla.
—No existe.
—Siempre existe.
El anciano baja finalmente.
Me coloco frente a la abertura del túnel.
Los espectros avanzan lentamente hacia mí.
Uno de ellos conserva parte de un rostro humano. Sus labios se mueven con dificultad.
—No... dejes... que... se apague...
Por un instante, sus palabras me hacen dudar.
No estaban atacando únicamente por hambre.
Algo los atraía.
La llama.
O quizá aquello que la mantenía encendida.
La luz azul del exterior titila una vez más.
Todos los espectros se estremecen al mismo tiempo.
Después gritan.
El sonido hace temblar las vidrieras rotas.
Corren hacia mí.
Doy un paso adelante.
La espada se mueve.
La primera cabeza cae antes de que el cuerpo complete el ataque.
Giro sobre un pie y atravieso el pecho de otro. La hoja entra, pero el espectro continúa moviéndose.
Así que destruir el corazón no era suficiente.
Retiro la espada y corto su cuello.
Cae.
—Cabeza o columna —murmuro.
Tres criaturas saltan al mismo tiempo.
Corto las piernas de la primera, esquivo las garras de la segunda y golpeo a la tercera con la empuñadura.
Su cráneo se rompe contra una columna.
Más siguen entrando.
Demasiados para perder tiempo luchando.
Retrocedo hacia la abertura mientras corto únicamente a los que consiguen acercarse.
—¡Ya estoy abajo! —grita el anciano desde el túnel.
Bien.
Lanzo una patada contra el altar.
La estructura de piedra sale despedida y se estrella contra la entrada de la iglesia, bloqueando parcialmente el paso.
No los detendrá durante mucho tiempo.
Pero unos segundos son suficientes.
Desciendo por la escalera y dejo caer la losa sobre mi cabeza.
La oscuridad me envuelve.
Inmediatamente escucho golpes desde el otro lado.
Las uñas de los espectros arañan la piedra.
El anciano sostiene una pequeña lámpara frente a él. La llama amarilla apenas ilumina el estrecho corredor.
—Creí que no vendría —dice.
—Yo también.
Los golpes se vuelven más fuertes.
La losa comienza a agrietarse.
—Muévase.
Avanzamos por el túnel.
Las paredes están cubiertas por símbolos tallados y restos de cera derretida. En algunos sectores encuentro huesos humanos apilados junto a pequeñas lámparas apagadas.
No eran personas que murieron intentando escapar.
Estaban colocados con demasiado cuidado.
—¿Qué es este lugar? —pregunto.
El anciano continúa caminando sin mirarme.
—Antes de ser un túnel, era el camino de los elegidos.
—¿Elegidos para qué?
—Para alimentar la llama.
Miro los huesos.
Niños.
Adultos.
Ancianos.
Generaciones enteras conducidas hacia el campanario por aquel mismo pasadizo.
Los gritos del exterior apenas se escuchan bajo tierra, pero otro ruido comienza a reemplazarlos.
Una campana.
Lenta.
Profunda.
Cada golpe hace vibrar el túnel.
La llama vuelve a debilitarse.
El anciano acelera todo lo que su cuerpo le permite.
—Tenemos que llegar antes de la última campanada.
—¿Cuántas quedan?
—No lo sé.
—¿Nunca las contaron?
—Quienes escuchan la última no regresan para decirlo.
Muy útil.
Seguimos avanzando.
Al final del corredor aparece una puerta de hierro cubierta de cadenas.
Detrás de ella se filtra una débil luz azul.
El campanario.
El anciano se acerca y golpea la puerta.
—¡Seong! —grita—. ¡Abrime! ¡Soy yo!
Nadie responde.
Golpea otra vez.
—¡Hijo! ¡Todavía estoy vivo!
Silencio.
Me acerco.
Apoyo una mano sobre el hierro.
Está caliente.
No por fuego.
Por energía.
Algo detrás de la puerta consume todo lo que intenta atravesarla.
—Apártese.
—La puerta no puede romperse.
—Eso ya lo decidiré yo.
Sujeto una de las cadenas.
La energía intenta penetrar en mi brazo.
Siento un dolor agudo.
Durante un instante, un recuerdo aparece frente a mis ojos.
Eunbyeol muriendo entre mis brazos.
Suelto la cadena de inmediato.
Así que ese era el mecanismo.
No absorbía únicamente vida.
Absorbía recuerdos.
El anciano observa mi expresión.
—Le advertí.
—No lo suficiente.
Vuelvo a mirar la puerta.
Al otro lado, la llama azul titila.
Y detrás de ella siento otra presencia.
Enorme.
Antigua.
Esperando.
La misión no era proteger la ciudad de los espectros.
Los espectros eran solo una consecuencia.
El verdadero enemigo se encontraba debajo del campanario.
Y llevaba siglos alimentándose de todo aquel lugar.