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Capítulo 25: piso 2 (2)

NicolasCheonro
Pensamiento

Pensamiento

pnavarro64

Acho, si la llama se cobra recuerdos, el Seong ese a lo mejor ya no sabe quién es su padre. Por eso no contesta a la puerta por mucho que el viejo grite.

Acho, si la llama se cobra recuerdos, el Seong ese a lo mejor ya no sabe quién es su padre. Por eso no contesta a la puerta por mucho que el viejo grite.

Contenido de la publicación

La calle muerta se abalanza sobre mí.

Aprieto la empuñadura de la espada, pero no retrocedo.

Espero.

Cuatro metros.

Tres.

Dos...

De pronto, todos se detienen.

No frenan como criaturas conscientes. Sus cuerpos quedan inmóviles en mitad del movimiento: algunos con una pierna levantada, otros inclinados hacia delante, con las manos extendidas en mi dirección.

Sus miradas pierden el enfoque.

Parecen cadáveres sostenidos por hilos invisibles.

Una ventana azul aparece frente a mí.

[Anuncio]

[La llama del campanario ha vuelto a encenderse temporalmente.]

[La protección de la ciudad ha sido restaurada.]

Alzo la vista.

Sobre la torre central, la llama azul vuelve a arder. Su luz es débil, pero se extiende sobre las calles como una capa imperceptible.

Los seres oscuros se han detenido justo en el límite de esa protección.

Así que no es una coincidencia.

La llama realmente los mantiene alejados.

El problema es la última palabra.

Temporalmente.

No sé cuánto durará.

Segundos.

Minutos.

Quizá menos.

Las criaturas permanecen frente a mí con la piel oscura y los ojos vacíos. Algunas todavía conservan restos de ropa humana adheridos al cuerpo.

No son simples monstruos.

O, al menos, no siempre lo fueron.

Entonces escucho movimiento dentro de los edificios cercanos. Varias puertas se abren con lentitud y algunas tablas se apartan de las ventanas.

Desde distintos rincones comienzan a aparecer personas vivas. Sus pieles conservan un color normal, aunque sus cuerpos están demasiado delgados. Llevan ropas hechas jirones y observan la calle con miedo, sin alejarse de sus escondites.

Nadie habla.

Nadie se acerca.

Para ellos, yo podría ser tan peligroso como las criaturas inmóviles.

Un anciano asoma la cabeza por detrás de un muro derrumbado. Tiene el rostro cubierto de arrugas, una barba sucia y un ojo completamente blanco.

Levanta una mano y me hace una señal urgente.

Quiere que lo siga.

Miro una vez más a las criaturas.

La llama del campanario titila y, durante una fracción de segundo, el brazo de una de ellas se mueve.

No dudo más.

Corro hacia el anciano.

Desaparece detrás del muro y se interna en un callejón estrecho. Lo sigo entre casas parcialmente destruidas hasta alcanzar una puerta oculta bajo varias tablas.

El anciano golpea tres veces.

Dos golpes cortos.

Uno largo.

Una pequeña abertura se desliza desde el interior.

—¿Cuántos? —pregunta una voz.

—Solo uno —responde el anciano—. Vino de afuera.

Se produce un silencio.

Después, la puerta se abre.

Apenas cruzamos, varias personas cierran la entrada y vuelven a colocar las tablas.

El refugio ocupa un sótano donde se hacinan unas treinta personas: hombres, mujeres y niños, todos demasiado delgados. Varias antorchas pequeñas iluminan el espacio sin producir apenas calor.

Algunos sostienen cuchillos oxidados.

Otros, simples palos.

Ninguno posee un arma capaz de enfrentar a las criaturas del exterior.

El anciano se vuelve hacia mí.

—¿Quién sos?

—Kim Cheonro.

—No pregunté tu nombre.

Sus ojos descienden hasta mi espada antes de regresar a mi rostro.

—Pregunté qué sos.

Observo a las personas que nos rodean. Nadie parece conocer la existencia de la Torre.

Para ellos, este mundo es real.

O, al menos, lo bastante real como para morir en él.

—Un viajero. Aparecí fuera de la ciudad hace poco.

Varios comienzan a murmurar.

El anciano endurece la mirada.

—Nadie sobrevive fuera de las murallas durante la noche.

—Yo sí.

—Entonces no sos humano.

Una mujer abraza con más fuerza a su hijo. Puedo sentir cómo crece el miedo dentro del refugio.

—Soy humano —respondo—. Solo más fuerte que la mayoría.

El anciano no parece convencido.

—¿La llama se encendió por vos?

—No.

Al menos, no directamente.

—Pero vine porque recibí una misión para proteger esta ciudad.

El ambiente se vuelve todavía más silencioso.

—¿Una misión?

—Salvar la ciudad hasta que la luz salga en ella.

Su expresión cambia.

No es sorpresa.

Es desesperación.

—Entonces estás condenado.

—¿Por qué?

El anciano baja lentamente la cabeza.

—Porque aquí nunca amanece.

No es información nueva. El propio nombre del piso ya me lo advirtió, pero la forma en que lo dice confirma que llevan mucho tiempo atrapados.

—¿Cuánto hace que viven en esta oscuridad?

Se sienta sobre una caja.

—Nadie lo recuerda.

—Necesito una respuesta más precisa.

—Los más viejos dicen que alguna vez existió el sol, que calentaba la tierra y permitía caminar fuera de las murallas sin miedo. Ninguno de nosotros llegó a verlo.

Generaciones.

Esta ciudad lleva generaciones enteras sin amanecer.

Eso cambia las cosas.

—Entonces, ¿qué es la llama del campanario?

El anciano señala hacia arriba.

—Lo único que nos mantiene vivos.

—¿Quién la enciende?

—Los guardianes.

—¿Dónde están?

No responde.

Su silencio es suficiente.

—Murieron.

—Casi todos.

—¿Cuántos quedan?

—Uno.

Eso explica por qué la llama se apagó.

El último guardián ya no puede mantenerla encendida por sí solo.

—¿Cuánto durará esta vez?

El anciano mira hacia el techo.

—Tal vez una hora.

—¿Tal vez?

—A veces dura tres. Otras, solo unos minutos.

Como si sus palabras fueran una señal, un rugido resuena en el exterior. Las paredes tiemblan y una niña comienza a llorar.

El anciano cierra los ojos.

—Ya están despertando.

Me acerco a la puerta.

—¿Dónde está el campanario?

—En el centro de la ciudad.

—Eso ya lo sé. Necesito una ruta segura.

—No existe.

—Entonces dígame la más rápida.

El anciano se pone de pie.

—No podés ir.

—No le pedí permiso.

—Los oscuros cubren todas las calles. Cuando la llama se debilita, vuelven a moverse.

—Entonces llegaré antes de que ocurra.

—No entendés.

Me sujeta del brazo.

No con fuerza.

Con desesperación.

—La llama no se alimenta con madera ni aceite.

Lo miro.

—¿Entonces con qué?

Tarda varios segundos en responder.

—Con vida.

El sótano queda completamente en silencio.

—Cada vez que se apaga —continúa—, alguien debe subir al campanario y entregar parte de su existencia para encenderla otra vez.

—¿Parte?

—Al principio, años.

Su mano empieza a temblar.

—Después, recuerdos. Y, cuando ya no queda nada más, el guardián se convierte en uno de ellos.

Señala hacia el exterior.

Así que las criaturas no son invasores.

Al menos, no todas.

Son antiguos habitantes consumidos poco a poco para mantener encendida la misma llama que protege a los demás.

Una ciudad que sobrevive devorando a sus propios guardianes.

Muy propio de la Torre.

—Lléveme con el último guardián.

El anciano retrocede.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es mi hijo.

Comprendo su temor.

Cree que pienso utilizarlo como combustible.

—No vine a sacrificarlo.

—Todos dicen lo mismo cuando la llama empieza a apagarse.

—No necesito su vida.

—Entonces, ¿qué piensa hacer?

Miro hacia el techo. A través de la piedra, percibo la llama temblando a lo lejos.

—Descubrir qué la consume.

El anciano niega con la cabeza.

—No podés salvarnos.

—Eso lo decidiré yo.

—Esta ciudad lleva siglos esperando la luz.

—Entonces ya esperaron suficiente.

Me acerco nuevamente a la puerta.

—Tiene dos opciones: puede indicarme el camino o quedarse aquí hasta que la llama vuelva a apagarse.

El anciano mira a los niños, después a los hombres armados con palos y, por último, a la puerta.

Un nuevo impacto sacude la pared. Esta vez, algo araña la madera desde el otro lado.

Cierra los ojos.

—Hay un túnel debajo de la antigua iglesia. Conduce cerca del campanario.

—Guíeme.

—No puedo correr.

—No hace falta.

Me agacho frente a él.

—Suba.

El anciano me mira como si acabara de perder la razón.

—¿Qué?

—No pienso avanzar a su velocidad.

Otro rugido resuena en la calle y la llama azul vuelve a titilar.

—Suba ahora o lo dejo atrás.

Obedece.

Lo cargo sobre mi espalda y abro la puerta del refugio.

Afuera, los seres oscuros comienzan a moverse otra vez. Primero reaccionan sus dedos. Después, sus cuellos. Finalmente, aquel brillo enfermizo regresa a sus ojos.

La llama está fallando.

—Sujétese.

—¿Qué tan rápido pensás correr?

El primer monstruo gira hacia nosotros.

Sonrío.

—Lo suficiente para que no pueda respirar.

Salgo disparado hacia la antigua iglesia.

Mientras corro, los espectros recuperan el movimiento. Al principio solo tiemblan; después giran lentamente la cabeza en nuestra dirección. Sus articulaciones crujen mientras vuelven a recordar cómo utilizar sus cuerpos.

—Más rápido... —murmura el anciano sobre mi espalda.

No necesito que me lo diga.

Aumento el ritmo.

Las primeras criaturas empiezan a caminar detrás de nosotros. Sus pasos son torpes y descoordinados, pero pronto se convierten en una carrera.

Una.

Diez.

Cientos.

El golpe de sus pies contra las calles se mezcla con gemidos nacidos de gargantas podridas.

—¡Hacia allá! —grita el anciano, señalando un edificio derrumbado al final de la calle.

La antigua iglesia.

Solo permanecen en pie parte de la fachada y una torre inclinada. Las estatuas que alguna vez decoraron la entrada fueron destruidas, y donde debería haber una figura sagrada solo queda una silueta sin cabeza.

Salto sobre una carreta volcada y atravieso la plaza. Detrás de nosotros, los espectros continúan acelerando.

Cada vez se mueven con mayor naturalidad.

La llama del campanario se debilita.

Puedo sentir cómo la presión que los mantiene detenidos desaparece poco a poco y, con ella, regresa algo parecido a la vida dentro de sus cuerpos muertos.

—¡A la izquierda! —indica el anciano—. Cerca del altar.

Entro por una abertura en la pared.

La iglesia está destruida por dentro. Los bancos yacen partidos, las paredes están cubiertas de manchas oscuras y el techo amenaza con derrumbarse. En el centro, un altar de piedra se inclina hacia un costado.

Dejo al anciano en el suelo.

—¿Dónde está la entrada?

—Debajo del altar. Busque una parte ligeramente levantada.

Los gritos del exterior aumentan.

No son simples rugidos.

Son voces.

Cientos de voces superpuestas que llaman nombres, suplican ayuda o repiten frases cuyo significado ya no comprenden. El sonido atraviesa las paredes y hace vibrar el aire.

Incluso para mí resulta molesto.

El anciano se cubre los oídos.

—No los escuche. Algunos todavía recuerdan cómo hablar.

Me acerco al altar y examino el suelo. Las losas son viejas, casi idénticas entre sí, pero una está elevada apenas unos centímetros.

Introduzco los dedos bajo el borde y tiro.

La piedra no se mueve.

—Tiene un seguro —dice el anciano—. Debajo de la figura.

Miro el altar. La estatua rota conserva una mano de piedra apoyada sobre el pecho.

La giro.

Se oye un chasquido y la losa se libera.

La levanto y dejo al descubierto una escalera que desciende hacia la oscuridad. Desde el interior asciende un olor húmedo y antiguo.

—Ese túnel conduce directamente al campanario —explica el anciano—, pero nadie lo utiliza desde hace años.

—¿Por qué?

No responde.

El primer espectro aparece en la entrada de la iglesia. Su piel es completamente negra, como carbón mojado. Lleva restos de una armadura y una lanza rota atravesándole el abdomen.

Inclina la cabeza al verme.

Después abre la boca.

—Luz...

Otros aparecen detrás, amontonándose contra la abertura.

—Baje —le ordeno al anciano.

—¿Y usted?

Desenvaino la espada.

—Voy detrás.

El anciano comienza a descender, pero se detiene en el primer escalón.

—No cierre la entrada.

—¿Por qué?

—El túnel no tiene otra salida.

Frunzo el ceño.

—Dijo que conducía al campanario.

—Conduce debajo del campanario. La puerta final solo puede abrirse desde el otro lado.

Lo miro.

—Eso habría sido útil saberlo antes.

—No me dejó terminar.

Los espectros entran.

Primero cinco.

Luego veinte.

La iglesia comienza a llenarse de ojos pálidos.

—Entonces encontraremos otra forma de abrirla.

—No existe.

—Siempre existe.

El anciano termina de bajar.

Me coloco frente a la abertura del túnel.

Los espectros avanzan lentamente. Uno todavía conserva parte de un rostro humano y mueve los labios con dificultad.

—No... dejes... que... se apague...

Por un instante, sus palabras me hacen dudar.

No atacan únicamente por hambre.

Algo los atrae.

La llama.

O aquello que la mantiene encendida.

La luz azul del exterior titila una vez más. Todos los espectros se estremecen al mismo tiempo.

Después gritan.

El sonido hace temblar las vidrieras rotas.

Corren hacia mí.

Doy un paso al frente.

Mi espada se mueve.

La primera cabeza cae antes de que el cuerpo complete el ataque. Giro sobre un pie y atravieso el pecho de otro, pero el espectro continúa avanzando.

Así que destruir el corazón no basta.

Retiro la hoja y corto su cuello.

Cae.

—Cabeza o columna —murmuro.

Tres criaturas saltan al mismo tiempo. Corto las piernas de la primera, esquivo las garras de la segunda y golpeo a la tercera con la empuñadura.

Su cráneo se rompe contra una columna.

Siguen entrando.

Demasiados para perder tiempo luchando.

Retrocedo hacia la abertura mientras elimino solo a quienes consiguen acercarse.

—¡Ya estoy abajo! —grita el anciano desde el túnel.

Bien.

Pateo el altar. La estructura de piedra sale despedida y se estrella contra la entrada de la iglesia, bloqueando parte del paso.

No los detendrá mucho tiempo.

Pero unos segundos bastan.

Desciendo por la escalera y dejo caer la losa sobre mi cabeza. La oscuridad me envuelve mientras las uñas de los espectros arañan la piedra desde el otro lado.

El anciano sostiene una pequeña lámpara. Su llama amarilla apenas ilumina el estrecho corredor.

—Creí que no vendría —dice.

—Yo también.

Los golpes se vuelven más fuertes y la losa empieza a agrietarse.

—Muévase.

Avanzamos por el túnel. Las paredes están cubiertas de símbolos tallados y restos de cera derretida. En algunos sectores hay huesos humanos apilados junto a pequeñas lámparas apagadas.

No pertenecen a personas que murieron intentando escapar.

Están colocados con demasiado cuidado.

—¿Qué es este lugar?

El anciano continúa caminando sin mirarme.

—Antes de ser un túnel, era el camino de los elegidos.

—¿Elegidos para qué?

—Para alimentar la llama.

Miro los huesos.

Niños.

Adultos.

Ancianos.

Generaciones enteras conducidas hacia el campanario por este mismo pasadizo.

Los gritos del exterior apenas llegan bajo tierra, pero otro sonido empieza a reemplazarlos.

Una campana.

Lenta.

Profunda.

Cada golpe hace vibrar el túnel.

La llama vuelve a debilitarse.

El anciano acelera cuanto le permite el cuerpo.

—Tenemos que llegar antes de la última campanada.

—¿Cuántas quedan?

—No lo sé.

—¿Nunca las contaron?

—Quienes escuchan la última no regresan para decirlo.

Muy útil.

Seguimos avanzando.

Al final del corredor aparece una puerta de hierro cubierta de cadenas. Detrás de ella se filtra una débil luz azul.

El campanario.

El anciano se acerca y golpea.

—¡Seong! —grita—. ¡Abrime! ¡Soy yo!

Nadie responde.

Vuelve a golpear.

—¡Hijo! ¡Todavía estoy vivo!

Silencio.

Me acerco y apoyo una mano sobre el hierro.

Está caliente.

No por fuego.

Por energía.

Algo detrás de la puerta consume cuanto intenta atravesarla.

—Apártese.

—La puerta no puede romperse.

—Eso ya lo decidiré yo.

Sujeto una de las cadenas.

La energía penetra en mi brazo y un dolor agudo atraviesa mi cabeza. Durante un instante, un recuerdo aparece frente a mis ojos.

Eunbyeol muriendo entre mis brazos.

Suelto la cadena de inmediato.

Así que ese es el mecanismo.

No absorbe únicamente vida.

También devora recuerdos.

El anciano observa mi expresión.

—Le advertí.

—No lo suficiente.

Vuelvo a mirar la puerta.

Al otro lado, la llama azul titila.

Y detrás de ella percibo otra presencia.

Enorme.

Antigua.

Esperando.

La misión no consiste únicamente en proteger la ciudad de los espectros.

Ellos son una consecuencia.

El verdadero enemigo está debajo del campanario.

Y lleva siglos alimentándose de este lugar.


Thoughts

  • libretanegra

    Me quedé con lo de la ciudad que sobrevive comiéndose a sus propios guardianes. Esa me la llevo.

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  • cuento77

    Ay no, Kim diciéndole al señor que suba o lo deja atrás me cayó fatal, si el señor le acababa de contar que su hijo es el último guardián. Ya sé que había prisa, pero mare.

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  • TeoSanabria

    El anciano diciendo que el último guardián es su hijo, y después colgado de la espalda de un desconocido gritándole a la puerta que todavía está vivo. Yo digo que él ya subió alguna vez al campanario: por eso le tiembla la mano justo cuando nombra los recuerdos, y por eso no sabe decir cuánto hace que no amanece. Un padre que ya pagó una vez y ahora ve pagar al hijo.

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  • subrayoTodo

    ¡Pobre Seong, mae! 😭

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  • TintaYMadrugada

    Me tuvo tenso toda la bajada al túnel, con el anciano en la espalda y los espectros despertando por partes. Pero lo que me quedó dando vueltas son los huesos del pasadizo, acomodados con cuidado junto a las lámparas: alguien en esa ciudad eligió a esa gente y la honraba después. Por eso desconfío más de los guardianes que de los espectros. Mi apuesta es que lo de abajo del campanario no llegó solo, alguien de la ciudad hizo el trato hace siglos.

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  • pnavarro64

    Acho, si la llama se cobra recuerdos, el Seong ese a lo mejor ya no sabe quién es su padre. Por eso no contesta a la puerta por mucho que el viejo grite.

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  • Ovid

    Que la llama cobre primero años y después recuerdos me parece la regla más cruel que tiene la Torre. Perder años todavía te deja siendo quien eras, perder recuerdos te va borrando, y así se entiende que los guardianes terminen afuera como espectros. Y justo Kim toca la cadena y le aparece Eunbyeol. Apuesto a que esa puerta le va a pedir ese recuerdo.

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  • relatoBreve

    Desde el equipo de Kwon que no me enganchaba así, che. Este no me entró en un descanso ni de casualidad, y Kim cargando al viejo, una masa.

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Al ver a toda aquella manada de seres oscuros correr hacia mí, apreté la empuñadura de la espada.

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