lo dejé en la parte donde entra al complejo, me llegó un cliente. lo retomé en la noche y perfecto, todo claro
Capítulo 12: Una identidad
Pensamiento
lo dejé en la parte donde entra al complejo, me llegó un cliente. lo retomé en la noche y perfecto, todo claro
Contenido de la publicación
Tras salir del orfanato, vuelvo a encontrarme a la deriva.
No tengo una casa, wones ni documentos. Ni siquiera sé si Kim Cheonro posee una identidad legal que pueda reclamar sin despertar preguntas.
Ordeno los problemas según su prioridad.
En mi vida anterior, todavía faltaba aproximadamente un mes para la apertura del segundo piso. Sin embargo, el sistema ya adelantó su cronograma una vez por mi culpa.
No puedo confiar en que vuelva a esperar.
Antes de la siguiente apertura necesito organizar mi vida, conseguir un lugar donde residir, obtener información y empezar a prepararme.
También necesito recursos.
Y solo hay una institución capaz de proporcionarme todo eso con suficiente rapidez.
Camino durante un rato mientras observo los movimientos de la ciudad. Por costumbre, termino escalando uno de los edificios: me sujeto de las salientes, impulso el cuerpo entre las ventanas y alcanzo la azotea mediante saltos cortos.
Desde allí contemplo Seúl.
Helicópteros cruzan el cielo, camiones militares recorren las avenidas y miles de personas son trasladadas hacia refugios, hospitales y zonas bajo control del ejército.
El mundo todavía no comprende lo ocurrido, pero ya intenta reorganizarse alrededor del miedo.
Continúo avanzando por los techos hasta divisar un complejo extenso y fuertemente protegido. Decenas de manifestantes se agolpan frente a las vallas; algunos sostienen pancartas religiosas y otros gritan acusaciones contra el gobierno. Los militares intentan contenerlos sin disparar, aunque la tensión resulta evidente incluso desde la distancia.
Observo los vehículos oficiales, los helicópteros que aterrizan cerca y la concentración de guardias alrededor de determinados edificios.
El complejo presidencial.
Eso simplifica las cosas.
Me desplazo hasta uno de los techos laterales y estudio las rondas de vigilancia. Casi toda la atención está concentrada en los accesos y en la multitud del exterior.
Nadie espera que una persona llegue desde arriba.
Fuerzo una compuerta de mantenimiento y entro. El metal produce un crujido leve, ahogado por el ruido de los helicópteros.
Controlo la respiración, reduzco la intensidad de mis pasos y oculto mi presencia tanto como este cuerpo me permite.
No conozco la distribución del complejo ni recuerdo demasiado sobre el funcionamiento de un gobierno moderno. Aun así, los patrones humanos no han cambiado.
Cuanto más importante es una persona, más seguridad se acumula a su alrededor.
Sigo el movimiento del personal, los cambios de guardia y los grupos de soldados que convergen sobre un mismo sector. Evito las cámaras aprovechando sus ángulos muertos y avanzo por los corredores menos transitados.
Pronto encuentro lo que busco.
Abandono el sigilo y camino directamente hacia la habitación mejor protegida.
Uno de los guardias me ve aparecer al final del pasillo.
—¿Quién...?
Llego frente a él antes de que termine la pregunta. Un golpe preciso bajo la mandíbula le corta la conciencia.
Lo sujeto antes de que caiga y lo deposito en el suelo.
No quiero matarlos.
Solo cumplen con su deber.
El segundo guardia intenta desenfundar su arma. Golpeo su muñeca, desvío el cañón y presiono un punto del cuello hasta dejarlo inconsciente.
Tengo que repetir el proceso varias veces.
Cuando alcanzo la puerta principal, cerca de diez guardias yacen a lo largo del pasillo. Ninguno está muerto ni tiene una lesión que vaya a dejarle secuelas.
Abro la puerta.
Dentro hay dos hombres.
Uno permanece sentado detrás de un escritorio, sudando mientras revisa documentos y pantallas. El otro está de pie a su lado con varias hojas entre las manos.
Ninguno ha advertido aún mi presencia.
—Señor presidente, debemos emitir un comunicado cuanto antes —dice el secretario—. Estas son las palabras que consideramos más convenientes para...
Se detiene.
Por fin me ve.
Los papeles resbalan de sus manos.
—¿Quién... quién es usted?
El presidente levanta la mirada.
Durante un instante, los tres permanecemos inmóviles.
El secretario intenta alcanzar un botón oculto bajo el escritorio.
—No haga eso.
Su mano se detiene.
Cierro la puerta detrás de mí.
—Los guardias están vivos. Solo van a necesitar descansar un rato.
El presidente me observa fijamente. A pesar del sudor y el cansancio, consigue mantener la voz estable.
—¿Cómo entró?
—Por el techo.
El secretario me mira como si acabara de decir una estupidez.
—Este es uno de los complejos más protegidos del país.
—Deberían revisar las compuertas de mantenimiento.
Avanzo hacia el escritorio.
El secretario se coloca delante del presidente.
Un gesto valiente.
Inútil, pero valiente.
—No vine a matarlo —aclaro.
—Entonces, ¿qué quiere? —pregunta el presidente.
Me detengo a varios pasos de distancia.
—Una identidad válida, dinero, un lugar donde vivir y acceso a toda la información que reúna el gobierno sobre la Torre.
El secretario parpadea con incredulidad.
—¿Entró por la fuerza al complejo presidencial para pedir una casa?
—Entre otras cosas.
El presidente no aparta los ojos de mí.
—¿Por qué deberíamos darle todo eso?
La pregunta correcta.
Introduzco una mano en el inventario. Una ondulación oscura aparece en el aire y la Espada de Clemen emerge frente a ellos.
El secretario retrocede, pero no desenvaino el arma. La apoyo sobre el suelo y dejo la mano sobre el pomo.
—Porque mi nombre es Kim Cheonro.
El silencio cambia.
El presidente palidece.
Esta vez no es por el cansancio.
—El primer despertado... —murmura el secretario.
—El primer conquistador de la Torre —lo corrijo.
Miro al presidente a los ojos.
—Y soy la única persona en este país que sabe qué va a ocurrir después.
Antes de que pueda continuar, el espacio se detiene.
El aire deja de circular. Las hojas que caían frente al secretario quedan suspendidas y hasta la gota de sudor que desciende por la sien del presidente se congela a mitad del recorrido.
Pero yo puedo verlo.
También puedo pensar.
Entonces, antes de que alcance a comprender qué sucede, el mundo retrocede.
No es una sensación.
Lo veo.
La gota de sudor asciende por la frente del presidente. Los papeles regresan a las manos del secretario y sus labios repiten un movimiento que ya presencié.
Todo vuelve exactamente al mismo instante.
—El primer despertado... —murmura el secretario.
Entrecierro los ojos.
—Interesante...
El hombre frunce el ceño.
—¿Qué cosa?
—Nada.
Respondo con naturalidad, aunque mi mente ya intenta comprender lo ocurrido.
Algo acaba de retroceder el tiempo unos segundos.
Y yo conservé el recuerdo.
No sé si fue el sistema, una de las voces que me ofrecieron regresar o una fuerza diferente. Tampoco sé qué habría ocurrido si intentaba repetir las mismas palabras.
No voy a averiguarlo delante del presidente.
—Soy el primer conquistador del primer piso —continúo, eligiendo con más cuidado lo que digo.
Me siento frente al escritorio.
El secretario parece dispuesto a protestar por mi falta de respeto, pero el presidente levanta una mano y lo detiene.
Durante varios segundos nadie habla. El presidente me estudia como si intentara decidir si soy un loco, una amenaza o la única persona capaz de ofrecerle respuestas.
Finalmente, rompe el silencio.
—Entonces, señor Kim, ¿cómo es la Torre?
—Hostil.
—¿De qué manera? —pregunta el secretario.
—Monstruos, guerras y pruebas donde una mala decisión puede matar a cientos de personas.
Ambos permanecen atentos.
—Pero hay algo que la propia Torre dejó claro: si la humanidad no entra y supera sus pruebas, este mundo terminará.
La respiración del presidente se vuelve más pesada.
—¿Está diciendo que debemos enviar personas allí?
—Estoy diciendo que no van a tener otra opción.
—Siempre existe otra opción.
Niego lentamente.
—Eso es lo que las personas suelen decir antes de quedarse sin ninguna.
El presidente baja la mirada hacia el escritorio.
—¿Qué ocurrió en el primer piso? —pregunta el secretario.
Guardo silencio durante un momento.
Debo decidir cuánto contarles. Revelar demasiado podría convertirme en una herramienta del gobierno; revelar muy poco haría que dudaran de mi utilidad.
Necesitan entender algo desde el principio.
No entré a esta habitación para pedir ayuda.
Vine a ofrecerles la oportunidad de colaborar conmigo.
—Mi conciencia fue trasladada al cuerpo de un general llamado Dionis —explico—. Su misión era defender el feudo de Clemen frente a miles de goblins y hobgoblins con quinientos soldados de infantería y cien arqueros.
El presidente levanta la mirada.
—¿Trasladada a otro cuerpo?
—Sí.
—¿Ese hombre era real?
—Dentro de la Torre, todo se siente real: el dolor, el cansancio, la sangre y la muerte.
Les relato los hechos esenciales. El intento de Robert Clemen de abandonar la ciudad, los caballeros escondidos en su mansión, mi toma del mando y la existencia de un comandante goblin capaz de organizar la horda mediante mensajeros.
No oculto que maté al señor del feudo ni que tuve que enfrentarme a Coran para incorporar a la caballería.
El secretario me observa con una incomodidad cada vez mayor.
El presidente no me interrumpe.
—Treinta caballeros me acompañaron hasta el corazón de la horda —concluyo.
—¿Cuántos regresaron? —pregunta el presidente.
—Dos.
El secretario palidece.
—¿Y aun así considera que fue una victoria?
—La ciudad sobrevivió.
—Murieron veintiocho hombres.
—Y miles de civiles vivieron.
Abre la boca, pero no encuentra una respuesta.
—En la Torre no siempre existe una decisión en la que todos sobrevivan —continúo—. A veces solo se puede elegir qué sacrificio evita uno mayor.
El recuerdo de la fábrica atraviesa mi mente.
No permito que alcance mi rostro.
—La muerte del comandante desorganizó a la horda y puso fin a la prueba —añado—. Después, el sistema evaluó mi desempeño y me entregó recompensas.
Les explico la existencia de niveles, estadísticas, habilidades, títulos, objetos y evaluaciones, pero evito revelar los valores exactos de mi panel. Tampoco menciono mis bonificaciones personales, la llave oxidada ni los límites de mi inventario.
Hay información que el gobierno necesita conocer.
Y otra que solo debe pertenecerme a mí.
Cuando termino, la habitación vuelve a quedar en silencio.
El presidente se frota lentamente el rostro.
—¿Qué quiere de nosotros, señor Kim?
Por fin llegamos al verdadero motivo de mi visita.
—Documentos válidos, dinero, una vivienda y acceso a toda la información relacionada con las grietas, la Torre y quienes comiencen a despertar.
El secretario deja escapar una risa incrédula.
—¿Es consciente de que acaba de infiltrarse en un complejo gubernamental, incapacitar a nuestros guardias y exigir recursos al presidente?
—Sí.
—¿Y espera que aceptemos?
—Espero que comprendan el intercambio.
Miro al presidente.
—Ustedes me proporcionan lo que necesito para prepararme.
Apoyo una mano sobre la Espada de Clemen.
—Y yo me aseguraré de que Corea del Sur tenga una oportunidad de sobrevivir al segundo piso.
Thoughts
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Permalinkme lo terminé en el descanso justo cuando empezaba el conflicto temporal. estoy re enganchada, che
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Permalinklo leí en el balcón, la vecina peleando abajo. ese cabrón entró sin que nadie lo viera, qué vaina
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PermalinkUna pregunta: ¿ese inventario dimensional tiene límites? ¿Dónde se guardan las cosas si es como dice? Porque en los libros viejos siempre había un truco.
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Permalinklo dejé en la parte donde entra al complejo, me llegó un cliente. lo retomé en la noche y perfecto, todo claro
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Permalinkme lo leí en la fila del seguro, 40 minutos ahí. cuando vi lo del tiempo frenoooo
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Permalinkperdón llego atrasada pero ¿QUÉ CON LO DEL TIEMPO? me quedé confundida, ayuda 😅
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Tras salir del orfanato, volví a encontrarme a la deriva.