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Capítulo 3: piso 1 (2)

NicolasPeanl
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Algo que aprendí después de mucho tiempo es que la Torre no da misiones imposibles.

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Algo que aprendí después de mucho tiempo es que la Torre no da misiones imposibles.

Si no puedo completar un piso, solo existen dos razones.

Soy débil.

O no estoy teniendo algo en cuenta.

Y esta misión, si solo defiendo con los soldados disponibles, es imposible.

Eso significa que hay un detalle oculto.

Durante varios minutos observé todo desde la muralla.

El ejército enemigo.

Las escaleras de asedio.

Los arietes improvisados.

La moral de los soldados.

La distancia hasta la puerta principal.

La cantidad de flechas.

La altura de los muros.

Todo.

Pero aun así, nada.

¿Nada?

Exactamente.

Ese era el problema.

No había nada.

Personas que deberían estar allí no estaban.

Faltaban nobles.

Faltaban caballeros.

Faltaban guardias privados.

Faltaba el señor de la ciudad.

Lentamente, giré la mirada hacia el interior de Clemen.

Al fondo, en el centro de la ciudad, se levantaba una mansión de piedra blanca rodeada de jardines.

La residencia del señor feudal.

Una pequeña intuición, forjada tras más de mil años sobreviviendo en la Torre, me susurró que allí había algo.

Llamé a mi segundo al mando.

—Encárgate un momento de la organización de los soldados.

El hombre se sobresaltó.

—¿General?

Lo miré a los ojos.

—Iré a la mansión del señor a discutir algo.

No esperé su respuesta.

Bajé de la muralla por unas escaleras laterales y avancé por la avenida principal.

A mi alrededor, la gente me miraba desde las ventanas, desde las puertas entreabiertas, desde los callejones.

Esperanza.

Miedo.

Desesperación.

Miles de sentimientos densos flotaban en el aire como humo antes de un incendio.

Al llegar a las puertas de la mansión, dos soldados con lanzas largas bloquearon mi paso.

Los miré con frustración.

La ciudad estaba al borde de la extinción y aun así había soldados desperdiciados custodiando una puerta.

Eso decía bastante del carácter de su señor.

Me detuve frente a ellos.

—Vengo a hablar con lord Clemen.

Mi voz fue cortante.

Los soldados intercambiaron miradas. Había miedo en sus ojos, pero aun así permanecieron firmes.

Entonces una voz ronca sonó desde el interior.

—Déjenlo pasar. Es el general Dionis.

Las lanzas se apartaron.

La puerta principal se abrió con lentitud.

Caminé hacia la mansión.

Frente a la entrada me esperaba un hombre de traje blanco, barba canosa y mirada indiferente.

Robert Clemen.

El señor de este feudo.

—¿Qué lo trae por aquí, señor Dionis? —preguntó, mirándome fijamente—. Creí que estaría en la muralla.

Me arrodillé.

El cuerpo del general Dionis sabía hacerlo.

Espalda recta.

Cabeza inclinada.

Mano sobre el pecho.

Una actuación perfecta de caballero leal.

—Mi señor, la ciudad caerá en cuestión de tiempo.

Levanté la mirada.

—Necesitamos refuerzos.

Robert Clemen alzó la vista hacia las flores de su jardín, como si el ejército de monstruos al otro lado de la muralla fuera apenas una molestia lejana.

—Así que estamos por ser extinguidos...

Volvió a mirarme.

—¿Cuánto tiempo pueden ganar?

—Un día como máximo, mi señor.

Respondí con honestidad.

Robert sonrió apenas.

—Vi su actuación en la muralla, señor Dionis. Fue bastante ejemplar.

Metió una mano en el bolsillo de su abrigo.

En ese instante, una pantalla apareció frente a mis ojos.

[Misión oculta desbloqueada]

[Robert Clemen ha sido sorprendido por su actuación.]

[Se le concederá una elección.]

Robert sacó un pergamino cubierto de símbolos dorados.

—Le daré dos opciones, señor Dionis.

Su voz no temblaba.

—Puede huir conmigo ahora mismo. Este pergamino nos transportará a una ciudad segura.

Luego miró hacia la muralla.

—O puede quedarse y defender esta ciudad hasta el final.

La pantalla cambió.

[Si acepta la propuesta de Robert Clemen, la misión se considerará exitosa.]

Me quedé inmóvil.

¿Exitosa?

Eso era extraño.

Demasiado extraño.

La Torre era justa.

Pero nunca era benevolente con los cobardes.

Aceptar una salida tan fácil significaba abandonar a quinientos soldados, cien arqueros y una ciudad llena de civiles.

Significaba salvar solo mi vida.

No.

Había algo más.

Bajé la cabeza.

—Disculpe, mi señor, pero no puedo aceptar su oferta.

Mi voz sonó frustrada.

Y no era del todo actuación.

Por un instante, creí haber encontrado una salida.

Pero no era una salida.

Era un callejón cerrado.

Robert suspiró.

—Qué decepción...

Sus dedos apretaron con más fuerza el pergamino.

—Supongo que este será el final de...

Antes de que terminara la frase, mi espada salió de la vaina.

Un destello frío atravesó el aire.

La garganta de Robert Clemen se abrió de lado a lado.

—La verdad es que sí, mi señor.

Limpié la sangre de la hoja con un movimiento seco.

—Es una decepción.

Robert llevó ambas manos a su cuello, intentando contener la hemorragia. Sus ojos se abrieron con incredulidad. Su boca se movió, pero no salió ninguna palabra.

Solo sangre.

Unos segundos después, cayó inerte sobre el suelo de mármol.

Los soldados de la entrada se quedaron paralizados.

Nadie respiró.

Entonces, la pantalla volvió a aparecer.

[La elección ha sido rechazada.]

[Robert Clemen, señor del feudo, ha muerto.]

[Condición oculta cumplida.]

[Autoridad de mando transferida.]

[Nueva ruta desbloqueada: Defensa absoluta de Clemen.]

Miré el cadáver del señor feudal.

Luego miré la mansión.

Si mi intuición era correcta, en este lugar no solo había flores, lujos y cobardía.

También debía haber armas.

Provisiones.

Guardias.

Tal vez incluso caballeros escondidos esperando escapar con su amo.

Sonreí apenas.

Inhalo fuerte, y pongo fuerza en mi voz.

Inhalé profundamente y puse fuerza en mi voz.

—¡Todos los caballeros, soldados y hombres capaces de luchar deben dar un paso al frente!

Durante un segundo, el silencio se instaló en la mansión.

Luego escuché pasos.

De las casas periféricas comenzaron a salir hombres armados.

Las puertas de los establos se abrieron. Caballos relincharon. Caballeros con armaduras pulidas montaron en silencio, uno tras otro.

Sus miradas eran frías.

Delante de todos ellos avanzó un hombre de unos cuarenta años, con un casco brillante bajo el brazo y una espada colgando de la cintura.

Busqué entre las memorias del general Dionis.

Coran.

El comandante de la caballería.

—¿Usted se atrevió a matar a lord Clemen? —preguntó.

Su voz era baja, pero cada palabra pesaba como hierro.

Lo miré sin apartar la vista.

—¿Usted sabía que pensaba escapar?

Coran no respondió.

Eso fue suficiente.

—Lo sabía —dije con frialdad—. Y aun así siguió sus órdenes.

El rostro del caballero no cambió.

—Un caballero no cuestiona a su señor.

Su mano descendió hacia la empuñadura.

—Y un caballero está obligado a vengar la muerte de su amo.

La espada salió lentamente de la vaina.

—Desenvaina tu espada, señor Dionis —dijo, mirándome fijamente—. Esta será tu última batalla.

No respondí.

Desenvainé mi espada con calma.

El cuerpo de Dionis era más grande que el de Kim Cheonro. Más fuerte. Más pesado. Más cercano al cuerpo que tuve en mi otra vida.

Aun así, no era mío.

Tenía que acostumbrarme a su alcance.

A su centro de gravedad.

A la tensión de sus músculos.

A la forma en que sus dedos envolvían la empuñadura.

—Por el honor de la ciudad —dije lentamente.

Coran levantó su espada.

—Por el honor de Clemen.

Nos colocamos uno frente al otro.

El silencio volvió.

Los caballeros observaron sin intervenir.

Respiré lentamente.

Primer estilo de la espada.

Pasos que fluyen como el río.

Mis pies se movieron siguiendo la corriente de la vida.

Mis manos acompañaron el flujo, sin romperlo, sin forzarlo.

Una gota de sudor cayó desde mi frente.

Mi concentración llegó al límite.

El mundo desapareció.

Solo existíamos Coran y yo.

Entonces, su espada cayó.

Un corte vertical descendió sobre mi cabeza en menos de un segundo.

Rápido.

Pesado.

Honesto.

La espada es un flujo cortante.

Pero eso no significa que sea inflexible.

Golpeé la punta de su hoja y seguí la dirección de su tajo, desviando la fuerza sin oponerme a ella.

En el mismo movimiento, mi espada trazó una línea limpia.

Pasé a su lado.

Un instante después, la cabeza de Coran cayó al suelo.

El cuerpo permaneció de pie medio segundo más.

Luego se desplomó.

Limpié la sangre de mi espada con un movimiento seco.

Los caballeros me miraban en silencio.

Sorpresa.

Rabia.

Miedo.

Pero, sobre todo, comprensión.

La autoridad de Coran había terminado.

Ahora solo quedaba la mía.

Levanté la voz.

—¡Todos los caballeros se dirigirán a la muralla y defenderán esta ciudad!

Los miré con frialdad.

—No lo repetiré dos veces.

Nadie habló.

Luego, uno de los caballeros bajó la cabeza.

Después otro.

Y otro.

Finalmente, todos obedecieron.

Unos doscientos caballeros comenzaron a movilizarse hacia la muralla. Cien de ellos montados a caballo.

Observé cómo avanzaban.

Con esto, la defensa de Clemen cambió por completo.

Antes teníamos un día.

Ahora, tal vez dos.

Pero contra la Torre, incluso dos días podían ser una eternidad. 

Holaaa acá el autor, si led gustó la novela hasta ahora, les comento que llevo publicando 150 capítulos en la plataforma de Wattpad, mí usuario es @nicolaspeano allí, si gustan pasen a votar y leerlo por ahí, sino también iré publicando de a poco por esta plataforma

Thoughts

  • capitulo_y_medio

    Pasó de un día a quizá dos. Pero la Torre nunca es misericordiosa. ¿Cómo sigue de aquí?

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  • arenaFina

    Dos líneas de duelo y listo. Brutal.

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  • Yolanda_M

    Esos caballeros que aparecen de la nada... ¿cuánto tiempo llevan esperando a un líder como ese?

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  • RominaB84

    A veces el camino más difícil te abre las puertas que la salida nunca habría abierto.

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  • Nicanor

    Una pregunta que me quedó: ¿Robert sabía que Dionis iba a rechazar la oferta? Porque eso de 'condición oculta cumplida' suena a que ya lo tenía previsto todo.

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  • Amaranta

    La manera en que mata al señor y luego simplemente convoca a los caballeros. Tan limpio. Tan definitivo.

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  • versoAjeno

    En el momento en que Robert le ofrece escapar, Dionis titubea un segundo. ¿Pensas que consideró aceptar, o ya sabía qué iba a hacer?

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  • subrayoTodo

    Espera, ¿cómo nadie notó que faltaban TODOS? Una ausencia tan grande es más ruidosa que cualquier grito. ¿Dionis fue el único con la cabeza clara ese día?

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