A veces el camino más difícil te abre las puertas que la salida nunca habría abierto.
Capítulo 3: piso 1 (2)
Pensamiento
A veces el camino más difícil te abre las puertas que la salida nunca habría abierto.
Contenido de la publicación
Algo que aprendí después de demasiado tiempo dentro de la Torre es que nunca ofrece misiones imposibles.
Si no puedo completar un piso, solo existen dos posibilidades: soy demasiado débil o estoy ignorando algo.
Y defender Clemen únicamente con los soldados disponibles es imposible.
Eso significa que me falta una pieza.
Mientras los responsables de los escuadrones se reúnen, dedico varios minutos a estudiar el campo de batalla desde la muralla. Examino el ejército enemigo, las escaleras de asedio, los arietes improvisados, la moral de los soldados, la distancia hasta la puerta principal, la cantidad de flechas y la altura de los muros.
Todo.
Sin embargo, no encuentro nada.
¿Nada?
Exactamente.
Ese es el problema.
No hay nada donde debería haber algo.
Faltan los nobles.
Faltan los caballeros.
Faltan los guardias privados.
Falta el señor de la ciudad.
Giro lentamente hacia el interior de Clemen. En el centro de la ciudad, una mansión de piedra blanca se alza entre amplios jardines.
La residencia del señor feudal.
El instinto que me mantuvo con vida durante más de mil años dentro de la Torre me dice que allí encontraré lo que estoy buscando.
Llamo a mi segundo al mando.
-Encárguese de organizar a los oficiales y mantenga las formaciones.
El hombre se sobresalta.
-¿General? ¿Adónde va?
-A la mansión del señor feudal. Asegúrese de que ningún arquero desperdicie una sola flecha hasta que yo regrese.
No espero su respuesta.
Desciendo de la muralla por una escalera lateral y avanzo por la avenida principal. A mi alrededor, las personas me observan desde las ventanas, las puertas entreabiertas y la oscuridad de los callejones.
En sus rostros encuentro esperanza, miedo y desesperación. Sentimientos tan densos que parecen flotar sobre la ciudad como el humo que precede a un incendio.
Al llegar a la mansión, dos guardias armados con largas lanzas bloquean mi camino.
Los contemplo con frustración.
La ciudad se encuentra al borde de la extinción y, aun así, hay hombres desperdiciados custodiando una puerta.
Eso me dice bastante sobre el carácter de su señor.
Me detengo frente a ellos.
-Vengo a hablar con lord Clemen.
Mi voz no deja espacio para discusiones.
Los guardias intercambian una mirada. El miedo también está presente en sus ojos, pero ninguno aparta la lanza.
Entonces una voz ronca llega desde el interior.
-Déjenlo pasar. Es el general Dionis.
Las lanzas se apartan y la puerta principal se abre lentamente.
Cruzo el jardín hasta llegar a la entrada de la mansión. Allí me espera un hombre vestido con un elegante atuendo blanco, de barba canosa y mirada indiferente.
Robert Clemen.
El señor de este feudo.
-¿Qué lo trae por aquí, general Dionis? -pregunta sin dejar de observarme-. Creí que estaría en la muralla.
Me arrodillo ante él.
El cuerpo del general Dionis conoce el protocolo, aunque yo no: espalda recta, cabeza inclinada y una mano sobre el pecho.
La actuación perfecta de un caballero leal.
-Mi señor, con las fuerzas disponibles, la ciudad caerá en cuestión de tiempo.
Levanto la mirada.
-Necesitamos refuerzos.
Robert Clemen dirige los ojos hacia las flores de su jardín, como si el ejército de monstruos apostado al otro lado de la muralla no fuera más que una molestia distante.
-Así que vamos a ser exterminados...
Vuelve a mirarme.
-¿Cuánto tiempo puede ganar?
-Un día como máximo, mi señor.
No tiene sentido mentirle.
Una sonrisa apenas perceptible aparece en su rostro.
-Vi su actuación en la muralla, general Dionis. Fue bastante ejemplar.
Introduce una mano en el bolsillo de su abrigo.
En ese instante, una pantalla aparece frente a mis ojos.
[Misión oculta desbloqueada]
[La actuación del general Dionis ha sorprendido a Robert Clemen.]
[Se le concederá una elección.]
Robert extrae un pergamino cubierto de símbolos dorados.
-Le ofreceré dos alternativas, general. Puede marcharse conmigo ahora mismo. Este pergamino nos transportará hasta una ciudad segura.
Luego dirige la mirada hacia la muralla.
-O puede quedarse y defender Clemen hasta el final.
La pantalla cambia.
[Si acepta la propuesta de Robert Clemen, la misión se considerará exitosa.]
Permanezco inmóvil.
¿Exitosa?
Eso es extraño.
Demasiado extraño.
La redacción del sistema siempre es precisa cuando quiere serlo. No dice que el piso será superado ni menciona las recompensas. Solo afirma que la misión «se considerará exitosa».
Una elección cuidadosamente disfrazada.
La Torre es justa, pero nunca es benevolente con los cobardes. Abandonar la ciudad significa condenar a quinientos soldados, cien arqueros y miles de civiles para salvar únicamente mi vida.
Una salida semejante no puede otorgar la misma recompensa que defender Clemen.
Además, Robert no es la solución que vine a buscar.
Es el obstáculo que la mantiene escondida.
Los nobles, los guardias y los caballeros ausentes continúan bajo su autoridad. Mientras él permanezca con vida, obedecerán la orden de proteger su huida en lugar de defender la ciudad.
No necesito su pergamino.
Necesito su autoridad.
Bajo la cabeza.
-Discúlpeme, mi señor, pero no puedo aceptar su oferta.
No tengo que fingir la decepción que se filtra en mi voz. Por un instante esperé encontrar un aliado y solo encontré a un cobarde.
Robert suspira.
-Qué decepción...
Sus dedos se cierran alrededor del pergamino.
-Supongo que este será el final de...
Mi espada abandona la vaina antes de que complete la frase.
Un destello frío atraviesa el aire y abre su garganta de lado a lado.
-En eso estamos de acuerdo, mi señor -murmuro mientras sacudo la sangre de la hoja-. Es una decepción.
Robert se lleva ambas manos al cuello e intenta contener la hemorragia. Sus ojos se abren con incredulidad y sus labios se mueven, pero de su boca no sale ninguna palabra.
Solo sangre.
Unos segundos después, cae sobre el suelo de mármol.
Los guardias de la entrada permanecen paralizados.
Nadie se atreve a respirar.
Entonces la pantalla vuelve a aparecer.
[La elección ha sido rechazada.]
[Robert Clemen, señor del feudo, ha muerto.]
[Condición oculta cumplida.]
[Autoridad de mando transferida.]
[Nueva ruta desbloqueada: Defensa absoluta de Clemen.]
Contemplo el cadáver del señor feudal y luego dirijo la mirada hacia la mansión.
Si mi intuición es correcta, aquí no solo hay flores, lujos y cobardía. También debe haber armas, provisiones, guardias y caballeros que esperaban escapar junto a su amo.
Respiro profundamente y proyecto la voz hacia cada rincón de la propiedad.
-¡Todos los caballeros, guardias y combatientes bajo la autoridad de esta casa deben presentarse de inmediato!
Durante unos instantes, el silencio se apodera de la mansión.
Después escucho pasos.
De las dependencias que rodean el edificio comienzan a salir hombres armados. Las puertas de los establos se abren y los caballos relinchan mientras treinta caballeros con armaduras pulidas montan en silencio, uno detrás de otro.
Sus miradas son frías.
Delante de ellos avanza un hombre de unos cuarenta años, con un casco brillante bajo el brazo y una espada colgando de la cintura.
Busco su rostro entre los recuerdos prestados del general Dionis.
Coran.
El comandante de la caballería.
-¿Se atrevió a asesinar a lord Clemen? -pregunta.
Habla en voz baja, pero cada palabra pesa como el hierro.
Sostengo su mirada.
-¿Sabía que pretendía escapar?
Coran no responde.
No necesito nada más.
-Lo sabía -digo con frialdad-. Y aun así decidió obedecerlo.
Su expresión no cambia.
-Un caballero no cuestiona las decisiones de su señor.
Su mano desciende lentamente hacia la empuñadura.
-Y está obligado a vengar la muerte de su amo.
La espada abandona la vaina con un roce metálico.
-Desenvaina tu arma, Dionis. Esta será tu última batalla.
No respondo.
Extraigo mi espada con calma.
El cuerpo de Dionis es más grande que el de Kim Cheonro. También es más fuerte, pesado y parecido al que tuve durante mi otra vida.
Pero sigue sin ser mío.
Antes de enfrentar el corte de Coran, debo acostumbrarme a su alcance, su centro de gravedad, la tensión de sus músculos y la manera en que sus dedos rodean la empuñadura.
-Por el honor de la ciudad -digo.
Coran levanta la espada.
-Por el honor de Clemen.
Nos colocamos uno frente al otro.
El silencio regresa.
Ninguno de los caballeros interviene.
Respiro lentamente.
Primer estilo de la espada.
Pasos que fluyen como el río.
Mis pies comienzan a moverse siguiendo la corriente de la vida. Las manos acompañan el flujo sin romperlo ni intentar dominarlo.
Una gota de sudor desciende por mi frente. No es miedo, sino el esfuerzo de obligar a un cuerpo desconocido a reproducir una técnica que perfeccioné durante siglos.
Mi concentración alcanza el límite.
El resto del mundo desaparece.
Solo quedamos Coran y yo.
Entonces su espada cae.
Un corte vertical desciende hacia mi cabeza en un parpadeo.
Rápido.
Pesado.
Honesto.
Toda espada es un flujo cortante.
Incluso el ataque más brutal posee una dirección, y cualquier corriente puede ser desviada si se la toca en el punto correcto.
Golpeo la punta de su hoja y acompaño la trayectoria del corte, apartando su fuerza sin enfrentarla directamente. En el mismo movimiento, mi espada dibuja una línea limpia frente a mí.
Paso junto a Coran.
Un instante después, su cabeza cae al suelo.
El cuerpo permanece erguido durante medio segundo antes de desplomarse.
Sacudo la sangre de la espada y vuelvo la mirada hacia los caballeros.
Encuentro sorpresa, rabia y miedo en sus rostros.
Pero, por encima de todo, comprensión.
Su comandante acaba de morir en un solo intercambio. La autoridad de Robert Clemen ha desaparecido y el sistema la ha depositado sobre mí.
Levanto la voz.
-¡Todos los caballeros se dirigirán a la muralla y participarán en la defensa de la ciudad!
Los observo con frialdad.
-No lo repetiré.
Nadie responde.
Uno de los caballeros inclina la cabeza.
Después lo hace otro.
Y luego otro.
Finalmente, los treinta aceptan la orden.
Los jinetes comienzan a abandonar la propiedad en dirección a la muralla. No son suficientes para derrotar a miles de goblins, pero una fuerza capaz de desplazarse fuera del castillo abre posibilidades que antes no existían.
A lo lejos vuelve a sonar el cuerno de guerra enemigo.
No queda tiempo.
Mientras los caballeros cabalgan hacia la muralla, me vuelvo hacia los guardias y sirvientes que permanecen alrededor de la mansión.
-Abran la armería y todos los depósitos -ordeno-. Quiero saber cuántas armas, flechas y provisiones tenemos antes de que comience el primer ataque.
Los hombres corren a obedecer.
Una de las puertas laterales de la mansión comienza a abrirse.
Thoughts
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PermalinkPasó de un día a quizá dos. Pero la Torre nunca es misericordiosa. ¿Cómo sigue de aquí?
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PermalinkDos líneas de duelo y listo. Brutal.
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PermalinkEsos caballeros que aparecen de la nada... ¿cuánto tiempo llevan esperando a un líder como ese?
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PermalinkA veces el camino más difícil te abre las puertas que la salida nunca habría abierto.
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PermalinkUna pregunta que me quedó: ¿Robert sabía que Dionis iba a rechazar la oferta? Porque eso de 'condición oculta cumplida' suena a que ya lo tenía previsto todo.
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PermalinkLa manera en que mata al señor y luego simplemente convoca a los caballeros. Tan limpio. Tan definitivo.
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PermalinkEn el momento en que Robert le ofrece escapar, Dionis titubea un segundo. ¿Pensas que consideró aceptar, o ya sabía qué iba a hacer?
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PermalinkEspera, ¿cómo nadie notó que faltaban TODOS? Una ausencia tan grande es más ruidosa que cualquier grito. ¿Dionis fue el único con la cabeza clara ese día?
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