Hoy me despierto antes de que suene la alarma.
Abro los ojos y durante unos segundos no hago nada. La habitación todavía está sumergida en una oscuridad azulada, esa luz incierta que aparece justo antes del amanecer y vuelve todas las cosas un poco menos reales.
El reloj marca las cinco y cuarenta y dos.
Podría cerrar los ojos de nuevo.
No lo hago.
Últimamente, cuando despierto, mi cuerpo se niega a olvidar que existe trabajo pendiente. Incluso en la quietud de la madrugada siento una tensión detrás de los párpados, como si una parte de mí ya estuviera revisando documentos, anticipando discusiones o respondiendo preguntas que todavía nadie hizo.
Me levanto.
El suelo está frío bajo mis pies.
Voy directamente al baño, abro la ducha y espero a que el agua se caliente. El vapor empieza a cubrir el espejo mientras me quito la ropa.
Cuando entro, dejo que el agua caiga sobre mi cabeza.
Intento no pensar.
No funciona.
Repaso horarios.
Llamadas.
Personas con las que preferiría no hablar.
Asuntos que no pueden esperar.
Mi vida se ha convertido en una sucesión de cosas que no pueden esperar.
Cierro los ojos y apoyo una mano contra la pared.
Por un instante, el ruido del agua cubre todo.
Entonces pienso en ella.
No debería.
Eso tampoco funciona.
Salgo de la ducha, me seco y comienzo a prepararme. Elijo una camisa blanca, una corbata oscura y un traje gris.
Nada llamativo.
Nunca me gustó llamar la atención.
Estoy terminando de ajustar uno de los gemelos cuando el teléfono vibra sobre la mesa.
Miro la pantalla.
Su nombre aparece arriba del mensaje.
Mi mano queda inmóvil.
No abro la conversación de inmediato.
Es un gesto absurdo, como si retrasarlo unos segundos pudiera cambiar lo que siento cuando ella me escribe.
Finalmente, deslizo el dedo.
Hoy mi esposo no está.
¿Querés que vayamos a un café?
Leo el mensaje una vez.
Después otra.
La palabra esposo debería ser suficiente para hacerme dejar el teléfono boca abajo.
No lo es.
En cambio, termino de acomodarme la camisa con más rapidez. Ajusto la corbata, me paso una mano por el cabello y vuelvo a mirar mi reflejo.
Parecer más presentable no debería importarme.
Me importa.
Escribo:
De acuerdo. Paso por vos en diez minutos.
La respuesta llega antes de que pueda guardar el teléfono.
¿Diez minutos exactos, señor serio?
Una sonrisa pequeña tira de la comisura de mis labios.
Exactos.
Ella tarda algunos segundos.
Entonces voy a contar.
Niego con la cabeza, aunque no hay nadie para verme.
Tomo las llaves y salgo.
La ciudad todavía está despertando.
Las calles están casi vacías. Algunos negocios levantan sus persianas y las primeras personas caminan con vasos de café entre las manos, encorvadas por el frío de la mañana.
Conduzco más rápido de lo habitual.
No demasiado.
Lo suficiente.
En cada semáforo miro la hora.
Cinco minutos.
Siete.
Nueve.
Llego frente a su edificio cuando todavía falta medio minuto.
Ella ya está esperando.
La veo antes de que me vea a mí.
Está de pie bajo el alero de la entrada, con un abrigo beige cerrado hasta el cuello. Lleva el cabello suelto y todavía parece conservar algo del sueño en el rostro. Una mano sostiene el teléfono; con la otra juega distraídamente con la correa de su bolso.
Cuando reconoce el auto, su expresión cambia.
No es una sonrisa completa.
Primero se suavizan sus ojos.
Después sus labios se curvan despacio, como si intentara contener una alegría que de todas formas termina apareciendo.
Detengo el vehículo junto a la vereda.
Ella mira la hora en la pantalla antes de abrir la puerta.
-Nueve minutos y cuarenta y siete segundos -dice al entrar.
Su voz todavía tiene una ligera aspereza de recién despertada.
-Dije que tardaría diez.
-Llegaste antes.
-Trece segundos.
-Sigue siendo antes.
Cierra la puerta y se gira hacia mí.
Durante un momento, ninguno dice nada.
Estamos demasiado cerca.
Puedo ver una pequeña marca de almohada junto a su mejilla y una hebra de cabello pegada a la comisura de sus labios.
Ella nota que la miro.
Sus ojos bajan hacia mi boca antes de volver a subir.
-Buenos días, guapo -murmura.
-Buenos días.
-Qué entusiasmo.
Sus labios forman una pequeña mueca.
-Acabo de despertarme.
-Yo también, y aun así puedo fingir alegría.
-No necesitás fingir.
La mueca desaparece.
Su mirada se queda sobre la mía durante un segundo más de lo normal.
Después levanta una mano y toma mi corbata entre los dedos.
-Está torcida.
-No lo está.
-Entonces dejame fingir que te arreglo algo.
Tira suavemente de ella.
Mi cuerpo se inclina hacia adelante.
La distancia entre nosotros se reduce.
Su respiración toca mi rostro.
Ella no me besa.
Todavía no.
Solo acomoda la tela con movimientos lentos, innecesariamente cuidadosos. Sus dedos rozan el borde de mi cuello y permanecen allí un instante.
-Ahora está mejor -susurra.
-No cambió nada.
-Yo sí lo noto.
Su mano baja.
La punta de sus dedos recorre mi pecho antes de separarse.
Ella se acomoda en el asiento.
-Llevame a tomar café, señor puntual.
Arranco.
Durante los primeros minutos apenas hablamos.
No es un silencio incómodo.
Nunca lo es con ella.
La observo de reojo mientras mira por la ventanilla. La luz del amanecer entra por el vidrio y se desliza sobre su perfil. Tiene los labios ligeramente entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo, pero decide esperar.
-¿Dormiste? -pregunto.
Ella sigue mirando afuera.
-Un poco.
-Eso no es una respuesta.
-Mirá quién habla.
Se gira hacia mí.
Sus ojos recorren mi rostro.
-Vos no dormiste casi nada.
-Dormí lo necesario.
-Tenés una línea acá.
Señala debajo de su propio ojo.
-Siempre la tengo.
-No.
Se inclina un poco.
-Esta es nueva.
-Me estás inspeccionando demasiado.
-Alguien tiene que hacerlo.
Sus labios se curvan.
-Aparte, me gusta mirarte.
Vuelvo la vista hacia la carretera.
-Eso explica tu mal gusto.
Ella se ríe.
El sonido llena el auto de una manera extraña.
Ligera.
Cálida.
Siento que mis hombros se relajan.
-Ahí está -dice.
-¿Qué?
-Esa sonrisita.
-No estoy sonriendo.
-Claro que sí.
Se acerca un poco más, como si necesitara comprobarlo.
-Apenas, pero está ahí.
-Estás imaginando cosas.
-No. Te conozco.
Las palabras me hacen apretar las manos sobre el volante.
Ella lo nota.
Su sonrisa pierde fuerza.
Durante unos segundos vuelve a mirar por la ventana.
-Creo que te conozco -corrige en voz baja.
No respondo.
Hay demasiadas cosas sobre mí que ella no sabe.
Y demasiadas que tampoco puede saber.
El silencio cambia.
Esta vez pesa un poco.
Ella rompe la tensión apoyando la mano sobre mi brazo.
-No pongas esa cara, cielo.
-¿Qué cara?
-La cara de que acabás de recordar que el mundo es complicado.
-El mundo es complicado.
-Sí, pero yo todavía no terminé mi café imaginario.
Su pulgar acaricia una vez la tela de mi saco.
-Dame veinte minutos antes de que vuelvas a cargarlo sobre los hombros.
La miro de reojo.
-Dijiste que era solo un café.
-Un café puede durar veinte minutos.
-Con vos nunca dura veinte minutos.
-Eso no sonó a queja.
No lo es.
Pero tampoco lo digo.
El lugar que elige está en una calle tranquila, alejada de las avenidas principales.
Es un café pequeño, con mesas de madera oscura, lámparas cálidas y macetas colgando cerca de las ventanas. Hay música suave, apenas audible, y olor a pan recién horneado.
Solo hay otras dos personas.
Nos sentamos en el rincón más alejado de la entrada.
Ella se quita el abrigo y lo deja sobre el respaldo. Debajo lleva una blusa clara, sencilla. Cuando se acomoda el cabello detrás de la oreja, veo el anillo en su mano.
Intento no mirarlo.
Ella lo nota.
Siempre lo nota.
Baja la mano hasta debajo de la mesa.
-No tenés que mirarlo así -dice.
-No lo estaba mirando.
-Mentís con la mandíbula.
-¿Qué significa eso?
-La apretás cuando algo te molesta.
-No me molesta.
Sus ojos se estrechan un poco.
-También la apretás cuando mentís.
Llega la camarera.
Ella pide café con leche y una porción de pastel. Yo pido café negro.
Cuando la mujer se aleja, ella apoya la barbilla sobre una mano.
-Café negro.
-Sí.
-Siempre café negro.
-Me gusta.
-No. Te acostumbraste.
-Es lo mismo.
-No es lo mismo.
Sus labios se fruncen con delicadeza.
-Las personas se acostumbran a cosas horribles.
-Es café.
-Exacto. Horrible.
La observo.
-Fuiste vos quien me invitó.
-Porque pensé que después de tanto tiempo podría enseñarte a elegir algo dulce.
-No necesito algo dulce.
Ella sonríe lentamente.
-Ya me tenés a mí.
La frase queda entre nosotros.
Su sonrisa se debilita apenas después de decirla, como si recién entonces comprendiera cuánto revela.
Yo también.
Ella baja la mirada hacia la mesa.
Sus dedos dibujan una pequeña línea sobre la madera.
-No deberías decir cosas así -murmuro.
-¿Por qué?
-Porque después parecen verdad.
Levanta los ojos.
Ya no sonríe.
Su mirada se fija en la mía, tranquila y vulnerable.
-¿Y si lo son?
La camarera regresa antes de que pueda responder.
Coloca las tazas y el plato sobre la mesa.
Ella agradece con una sonrisa que desaparece en cuanto volvemos a quedar solos.
El vapor del café asciende entre nosotros.
Tomo la taza.
Ella no toca la suya.
-¿Te arrepentís de haber venido? -pregunta.
Su voz es muy baja.
-No.
-Contestaste demasiado rápido.
-Porque no necesito pensarlo.
Sus labios se separan apenas.
Una emoción pasa por sus ojos.
Alivio.
Tal vez algo más peligroso.
-Entonces, ¿de qué te arrepentís?
Miro su mano oculta debajo de la mesa.
-De no arrepentirme.
Ella guarda silencio.
Después toma la cuchara y revuelve el café aunque no le puso azúcar.
El metal golpea suavemente la taza.
Una vez.
Dos.
Tres.
-A veces sos cruel, señor serio.
-No intento serlo.
-Ya sé.
Saca la cuchara y la deja sobre el plato.
-Eso es lo peor.
Sus ojos brillan, pero no llora.
Ella nunca llora frente a mí.
En cambio, toma el tenedor y corta un pequeño trozo de pastel.
-Probalo.
-No quiero.
-No te pregunté.
Acerca el tenedor a mi rostro.
La crema tiembla ligeramente sobre el borde.
La miro a ella.
Ella levanta una ceja.
-Abrí la boca.
-Puedo hacerlo solo.
-Pero no querés hacerlo solo.
La frase tiene más de un significado.
Ambos lo sabemos.
Me inclino y acepto el bocado.
Ella observa el movimiento de mis labios alrededor del tenedor. Su respiración se vuelve un poco más lenta.
Retira el utensilio.
-¿Y?
-Demasiado dulce.
-Mentiroso.
-No estoy mintiendo.
-Te gustó.
-Puedo soportarlo.
-Eso, viniendo de vos, es una declaración de amor.
Una sonrisa aparece en su boca.
Esta vez no consigo evitar la mía.
Ella la ve.
Sus ojos se iluminan.
-Ahí está otra vez.
-¿Qué?
-La sonrisa que escondés.
-No escondo nada.
-Escondés casi todo.
Su voz deja de ser juguetona.
Se inclina sobre la mesa.
-¿Alguna vez vas a dejarme conocerte de verdad?
La pregunta me atraviesa.
Miro el café.
-Me conocés.
-Conozco que te levantás temprano. Que odiás el azúcar. Que siempre revisás dos veces si cerraste el auto. Que cuando estás cansado te tocás acá.
Extiende la mano.
La yema de su dedo roza el espacio entre mis cejas.
-Y que cuando te preocupa algo, mirás hacia la puerta aunque sepas que nadie va a entrar.
Retira la mano lentamente.
-Pero no sé qué hacés cuando no estás conmigo. No sé por qué a veces desaparecés durante días. No sé por qué mirás el teléfono como si un mensaje pudiera arruinarte la vida.
-Mi trabajo es exigente.
-Siempre decís eso.
-Porque es verdad.
-¿Y eso es todo lo que vas a darme?
Sus labios tiemblan apenas al pronunciar la última palabra.
No tristeza.
Contención.
-No puedo darte más.
-¿No podés o no querés?
No tengo una respuesta que no la lastime.
Ella entiende el silencio.
Se recuesta en la silla.
Mira hacia la ventana.
-Mi esposo vuelve mañana -dice.
Su voz cambia.
Se vuelve más distante.
-Lo sé.
-No, no lo sabías.
-Lo imaginaba.
-Siempre imaginás cosas en lugar de preguntar.
-No quiero saber detalles.
-Porque te haría sentir culpable.
-Ya me siento culpable.
Ella vuelve a mirarme.
-No parece.
-No sabés cómo parece mi culpa.
-Tenés razón.
Sus ojos se endurecen.
-Porque no me dejás saber nada.
La discusión podría crecer.
Lo veo en el movimiento de su pecho, en la manera en que aprieta el tenedor entre los dedos y en cómo evita mirarme durante más de dos segundos.
Extiendo la mano por encima de la mesa.
No la toco de inmediato.
La dejo cerca.
Esperando.
Ella mira mis dedos.
Después mi rostro.
Finalmente coloca su mano sobre la mía.
Está tibia.
Su pulgar acaricia lentamente el costado de mi mano.
-No vine para discutir -dice.
-Yo tampoco.
-Vine porque te extraño.
Las palabras salen sin defensa.
Sin humor.
Sin apodos que las oculten.
Siento que su mano tiembla un poco.
Cierro los dedos alrededor de los suyos.
-Yo también.
Ella contiene el aire.
Su mirada baja hacia nuestras manos.
-Decilo otra vez.
-Te extraño.
Sus labios se curvan, pero la sonrisa está llena de tristeza.
-Qué injusto.
-¿Qué cosa?
-Que cuando por fin decís lo que quiero escuchar, suene como una despedida.
Aprieto su mano.
-No lo es.
-¿Entonces qué es?
No lo sé.
Una pausa.
Una equivocación.
Un lugar al que ambos volvemos porque afuera todo parece más frío.
-Es esto -digo.
Ella levanta la mirada.
-Eso tampoco es una respuesta.
-Es la única que tengo.
Me observa durante unos segundos.
Después asiente.
No porque esté satisfecha.
Porque acepta que no voy a decir más.
Permanecemos allí más tiempo del que debería.
Ella come la mitad del pastel.
Yo termino comiendo parte de la otra mitad, aunque insiste en que fui yo quien dijo que era demasiado dulce.
Hablamos de cosas pequeñas.
Una película que quiere ver.
Una planta que no deja de morir en su departamento.
El vestido que compró y todavía no se anima a usar.
Cada vez que ríe, inclina ligeramente la cabeza hacia atrás. Cuando está por decir algo importante, se muerde el labio inferior antes de hablar. Cuando cree que no la miro, sus ojos se quedan sobre mi rostro con una ternura que me resulta difícil soportar.
Mi teléfono vibra.
No lo saco.
Ella mira hacia mi bolsillo.
-Podés revisar.
-Puede esperar.
-Nunca puede esperar.
-Hoy sí.
Sus ojos se abren un poco.
-¿Por mí?
-Por el café.
Entrecierra los ojos.
-Cobarde.
-También por vos.
Su expresión se suaviza.
Sus labios forman una sonrisa lenta, casi tímida.
-Me gusta más esa respuesta.
El teléfono vuelve a vibrar.
Después una tercera vez.
Esta vez ella retira su mano.
-Atendé.
-No hace falta.
-Sí hace.
La miro.
Ella intenta sonreír, pero sus ojos ya se alejaron un poco.
-No quiero ser la razón por la que algo salga mal.
-No lo sos.
-Todavía.
Saco el teléfono.
Hay varios mensajes.
No muestran nombres completos.
Solo códigos, horarios y una solicitud urgente para que me presente antes de lo previsto.
La mañana termina ahí.
Lo siento incluso antes de guardar el dispositivo.
Ella también.
-Tenés que irte -dice.
-Sí.
Sus labios se cierran en una línea breve.
Asiente una vez.
-Claro.
-Puedo llevarte.
-Eso espero. No pienso caminar con este frío.
La broma intenta salvar el momento.
No lo consigue por completo.
Durante el viaje de regreso, ella permanece más cerca que antes.
Su mano descansa sobre la consola, junto a la mía.
Nuestros dedos se rozan cada vez que cambio de marcha.
Ninguno se aparta.
Cuando nos detenemos frente a un semáforo, ella apoya la cabeza sobre mi hombro.
-Solo hasta que cambie la luz -dice.
-Está bien.
Cierro los ojos por un instante.
Siento el peso suave de su cabeza.
El aroma de su cabello.
Su respiración contra mi cuello.
La luz cambia.
No avanzo de inmediato.
Un auto toca bocina detrás.
Ella se ríe contra mi hombro.
-Señor puntual se quedó dormido.
-No estaba dormido.
-Entonces estabas cómodo.
-Tal vez.
Levanta la cabeza.
Su rostro queda cerca del mío.
Sus ojos bajan hacia mis labios.
Esta vez no espera.
Me besa.
Es un beso lento.
No desesperado.
Sus labios se apoyan sobre los míos con una delicadeza que duele más que cualquier urgencia. Una mano sube hasta mi cuello. Sus dedos se hunden apenas debajo del cabello.
La beso de vuelta.
Por unos segundos desaparecen el semáforo, la bocina y todo lo que me espera después.
Cuando se separa, no se aleja del todo.
Su frente queda apoyada contra la mía.
Respira con los ojos cerrados.
-Esto es una mala idea -susurra.
-Sí.
-Odio cuando estás de acuerdo.
-Podría mentirte.
Abre los ojos.
-No hoy.
Sus labios rozan los míos una vez más.
Un beso más corto.
Casi una promesa.
O una disculpa.
Después se acomoda en el asiento.
-Avanzá antes de que nos insulten más, cariño.
Conduzco.
La dejo a dos calles de su edificio.
Ella no quiere que alguien conocido vea el auto.
Cuando detengo el vehículo, tarda en abrir la puerta.
Sus dedos juegan con el borde de su abrigo.
-¿Cuándo volvemos a vernos?
-No lo sé.
Me lanza una mirada cansada.
-Algún día voy a conseguir que respondas algo normal.
-Eso espero.
-No lo esperás.
-Un poco.
Ella sonríe.
Después me observa con detenimiento, como si intentara memorizarme.
-Mandame un mensaje cuando llegues.
-Lo haré.
-No dentro de tres días.
-Hoy.
-¿Promesa?
-Promesa.
Sus ojos se humedecen apenas.
Parpadea antes de que pueda notarse demasiado.
-Cuidate, mi hombre ocupado.
-Vos también.
Abre la puerta.
Antes de bajar, vuelve a inclinarse y me besa en la mejilla.
Sus labios permanecen allí un segundo.
-Te quiero -susurra.
Se aparta demasiado rápido.
No me da tiempo a responder.
Baja del auto y cierra la puerta.
Camina hacia su edificio sin darse vuelta.
La observo hasta que desaparece detrás de la esquina.
Solo entonces permito que las palabras salgan.
-Yo también.
Nadie las escucha.
El teléfono suena antes de que llegue a la avenida.
Contesto.
-Sí.
-¿Dónde estás?
-En camino.
-La reunión se adelantó.
-Ya vi el mensaje.
-Tenés doce minutos.
Miro la hora.
-Llegaré en diez.
-No hagas ninguna estupidez.
La llamada termina.
Conduzco más rápido.
La calidez del café desaparece poco a poco. Mi espalda vuelve a endurecerse. Mis pensamientos regresan a horarios, informes y rostros que no pueden verme dudar.
Cuando llego, el edificio está rodeado por vehículos oscuros.
Paso el primer control.
Después el segundo.
Nadie me pregunta quién soy.
En el interior, una mujer se acerca con una carpeta entre las manos.
-Necesitan su aprobación antes de comenzar.
-Déjela en mi oficina.
-Pero dijeron que era urgente.
-Todo es urgente esta mañana.
Sigo caminando.
Varias personas se apartan para dejarme pasar. Algunas inclinan la cabeza. Otras intentan hablarme, pero las ignoro.
Subo las escaleras.
Cruzo un pasillo largo.
Dos guardias abren una puerta doble.
Dentro hay una mesa rodeada por ministros, militares y asesores. Las conversaciones se detienen cuando entro.
En la cabecera, el presidente levanta la mirada.
Observa el reloj.
Después fija los ojos en mí.
-Llegás tarde, secretario Jang Seongho.