La sacerdotisa vuelve a salir cuarenta y tres minutos después de haber entrado.
No trae cajas ni prisioneros. La siguen dos hombres: uno carga un maletín metálico; el otro aprieta una carpeta contra el pecho. Caminan pendientes de ella, procurando no adelantarse.
Antes de subir a la camioneta, la mujer examina los techos, los contenedores y los árboles del perímetro. Sus ojos pasan por mi escondite. Una vibración débil recorre el aire.
Reconozco la sensación de un tanteo mágico. Por la forma en que roza mi presencia, sospecho que busca hostilidad, más que cuerpos.
Relajo la mandíbula y dejo de anticipar un ataque.
Forma final: Nada.
Es una técnica que todavía recuerdo. Este cuerpo solo me permite una ejecución limitada: aquietar la intención, dejar de anunciar con cada músculo lo que estoy dispuesto a hacer. Sigo ocupando espacio. Si la mujer mira por detrás de la ventilación, me verá.
El pulso pasa. Ella entrecierra los ojos y, después de unos segundos, sube al vehículo.
Espero a que cruce el portón antes de bajar.
—La mujer sale —aviso—. Voy a seguirla. Mantenga a los agentes lejos de su vehículo; acaba de comprobar el perímetro con magia.
—Recibido. Envíe la ruta cuando pueda.
Entro entre los árboles y recupero el favor de Guardabosques. Sigo la camioneta por el sonido del motor y los claros desde los que alcanzo a ver la carretera. No corro en línea recta: rodeo el terreno blando y elijo apoyos que no hagan crujir la vegetación.
El vehículo toma dos desvíos hacia el sur y entra en una zona industrial. Allí pierdo la ventaja del bosque. También el sonido deja de servirme entre camiones y máquinas, así que subo al techo de un edificio bajo.
La camioneta pasa dos calles más adelante.
Me mantengo en las azoteas que acompañan su recorrido, descendiendo cuando una separación resulta demasiado amplia. En cada cruce debo recuperar contacto visual antes de avanzar. Este cuerpo ha mejorado, pero todavía puede perder un automóvil.
El conductor cambia de dirección tres veces sin una razón aparente. En otro cruce se detiene pese al semáforo verde y permite que un auto ocupe el espacio de delante. Después continúa por una calle lateral.
No sé qué órdenes recibe dentro. La ruta sí parece diseñada para descubrir a quien repita sus movimientos.
Veinte minutos más tarde entra en el estacionamiento subterráneo de un hotel viejo. Me detengo en la azotea contigua.
El edificio tiene seis plantas. Sobre la entrada cuelga un cartel oxidado, y varias ventanas están cubiertas con madera. No veo huéspedes, equipaje ni empleados. En cambio, cuento tres camionetas, dos automóviles recientes y un camión de reparto.
Las cámaras cubren el acceso principal, la entrada del estacionamiento y una salida de emergencia. Otra vigila una puerta lateral.
Envío la ubicación.
—Segunda instalación. La sacerdotisa entró aquí. Parece un hotel sin actividad comercial.
—Estamos revisando los registros —responde Jang—. No acerque la cámara más de lo necesario. Hay vigilancia también en los edificios vecinos.
Compruebo las ventanas a mi alrededor antes de cambiar de posición.
Desde el inmueble contiguo alcanzo el alféizar del cuarto piso. Por una abertura entre las tablas solo escucho un zumbido eléctrico. Bajo hasta el segundo utilizando los salientes de la fachada.
Allí hay voces.
—...se adelantó la ceremonia.
—¿Por la niña?
—Por el Precursor. Dicen que volvió del segundo piso marcado por un dios.
—Entonces deberíamos mantenernos lejos.
—Decíselo al sacerdote mayor.
Una puerta se cierra y pierdo la conversación.
La apuesta del dios exterior. No sé cuánto averiguaron ni de quién, pero el rumor llegó hasta aquí.
Jang vuelve al canal.
—El hotel quebró hace tres años. Lo compraron hace seis meses mediante una sociedad vinculada con las empresas de armas que investigamos. Le envío los planos.
En la pantalla aparecen el estacionamiento, un salón de eventos, las cocinas y varios depósitos. El consumo eléctrico registrado no corresponde a un lugar cerrado.
—La actividad está en las plantas inferiores —le digo—. Voy a buscar desde arriba un punto para escuchar.
—Eso lo deja sin una salida rápida.
—La tengo a mi espalda. Le aviso si cambia.
No le pido que confíe a ciegas. Le envío también la ventana que utilizaré.
***
Entro por el quinto piso. El marco está deformado y el seguro apenas encaja; consigo levantarlo sin romper la madera.
El pasillo huele a humedad. Hay papel tapiz desprendido, puertas abiertas y colchones cubiertos de polvo. Entre las marcas antiguas distingo huellas recientes y surcos de cajas arrastradas hacia un conducto de servicio. Los cables que bajan por allí no tienen polvo.
Desciendo por las escaleras hasta ver a dos guardias frente a una puerta reforzada. Uno tiene una runa negra en la palma. El otro se limpia un residuo oscuro de los labios; el olor metálico me recuerda ciertos refuerzos rituales hechos con sangre.
No necesito comprobarlo de cerca.
Regreso medio tramo y utilizo el hueco de mantenimiento. Más abajo, las paredes viejas quedan ocultas detrás de placas metálicas y sensores nuevos. Hay símbolos conectados entre sí, distribuidos alrededor de los accesos.
Puedo distinguir la red. Comprender qué hace cada parte ya es trabajo para Haejin.
Avanzo por las vigas del techo falso, sin apoyar el peso sobre los paneles. Debajo reconozco la voz de la mujer.
—Creo que alguien observaba el depósito.
—¿Lo viste?
—Sentí una ausencia. En un sector no había miedo, curiosidad ni rechazo. Alrededor de los guardias sí.
Me detengo.
Nada no me volvió invisible para su búsqueda. Dejó un hueco que ella supo notar.
—Los guardias no informaron movimientos —responde una voz grave.
—Los guardias revisan el teléfono. Yo actuaría como si nos hubieran seguido.
Me desplazo hasta una abertura entre dos paneles.
La sacerdotisa está frente a una mesa larga. Al otro lado hay un hombre de unos cincuenta años, con el pelo corto y un traje claro. Seis líneas negras rodean su cuello.
Las fotografías sobre la mesa me hacen olvidar durante un instante la dificultad de mantener el equilibrio.
El antiguo orfanato. La fábrica del primer ritual. El hospital donde atendieron a Eunji. Jang. El presidente.
Y mi grupo.
Kwon saliendo de una tienda. Mujin junto a su hermana. Jiwon entrando en un hospital. Doyun con su madre. Haejin y su abuela.
En una de las imágenes aparece Eunbyeol. Reconozco la ropa con la que salió hace poco de la residencia. La fotografía está tomada en una calle de acceso, lejos del portón; no me permite saber si llegaron a seguirla hasta la casa.
Eso no la vuelve menos peligrosa.
—El Precursor reúne gente útil —dice el hombre—. Una estratega, un infiltrador, un escudo. La sanadora, el arquero, la maga...
Toca una fotografía de Seolhwa.
—Esta sigue sin registrar un ingreso a la Torre.
—Estaba en el orfanato cuando atacaron —contesta la mujer—. Sabemos poco más.
—Entonces averigüen. Y comprueben quién se queda con los niños cuando salen.
No actúo. Me obligo a guardar cada frase.
—El sacerdote mayor quiere a la niña del sacrificio —dice ella—. Investigar a los demás está demorando la búsqueda.
El hombre empuja las fotografías hacia su lado.
—No vamos a quitársela de los brazos. Busquen familiares, rutinas, lugares que deba proteger. Algo que lo obligue a mirar hacia otra parte.
Su dedo se detiene sobre Eunbyeol.
Una viga cruje bajo mi mano.
Ambos callan. La sacerdotisa mira el techo. Retiro lentamente la presión y dejo de respirar hasta que el hombre vuelve a mover la carpeta.
—La ceremonia será esta noche, en el santuario central.
—Los conductos no están listos.
—Los cautivos los van a estabilizar.
—Pueden morir antes de que se abra la cámara.
—Tenemos reemplazos.
La mujer baja la vista. No protesta por ellos; al menos, no escucho que lo haga.
—¿Cuántos quedan disponibles?
—Cuarenta y tres aquí y diecisiete adultos en el depósito. Los ocho chicos que sacaron de allí van en camino al santuario. De acá mandamos veintidós adultos para completar ese grupo.
Hago la cuenta mientras él abre una hoja de traslado.
Sesenta y ocho. Si cumplen esa distribución, quedarán veintiuno aquí, diecisiete en el depósito y treinta en el tercer lugar.
—Doce son menores —añade—. Los brazaletes están asignados. No mezclen los grupos.
Señala las rutas de la carpeta.
—Cuando empiece el ritual, se conectarán los tres puntos.
La mujer estudia las hojas. Desde mi posición no alcanzo a leer la dirección del santuario.
El hombre se lleva la carpeta y sale por una puerta lateral. Ella permanece unos segundos frente a la mesa, mirando la fotografía de Eunji. Finalmente la vuelve boca abajo.
Podría ser culpa. Podría molestarle que la niña siga fuera de su alcance.
No tengo manera de saberlo.
Espero a que abandone la sala y retrocedo por el conducto.
Al salir del hotel, activo el canal.
—Jang, hay sesenta y ocho cautivos en la red, doce menores. Van a distribuirlos entre tres nodos para una ceremonia esta noche. También tienen fotografías del grupo y de sus familiares.
Le describo las imágenes, incluida la de Eunbyeol. Su voz pierde toda ligereza.
—Vamos a reforzar esas ubicaciones. Necesito las rutas que haya podido registrar.
Se las envío.
Después contacto a Eunbyeol.
—Todavía no sé dónde está el santuario. Voy a seguir a la sacerdotisa. Hay un ritual con cautivos y no pienso tocarlo sin ayuda.
Ella no me pide que repita la frase.
—Voy a reunirlos. Pasame lo que tengas.
—El grupo está descansando.
—Y necesita saber que vigilan a sus familias. Nos preparamos mientras Jang verifica dónde podemos esperar sin exponernos. No vamos a entrar a ciegas.
Tiene razón en ambas cosas.
Envío las fotografías de los brazaletes y dejo abierto un canal de aviso. Si descubro una urgencia, esta vez no tendrán que empezar a buscar sus armas cuando ya esté dentro.
***
La sacerdotisa sale del hotel en otro automóvil.
La sigo durante casi una hora. Cambia dos veces de vehículo, entra en el metro, recorre tres paradas y vuelve a la superficie por una salida distinta. El último tramo lo hace a pie entre mercados y calles transitadas.
Cada cambio me obliga a acercarme un poco. En el vagón me mezclo con los pasajeros y evito mirarla de frente. Ya sé que puede notar mi hostilidad; intentar borrarla por completo también sería una señal.
Al caer la noche llega a una iglesia.
Está abierta.
Entran familias, ancianos y jóvenes con bolsas de comida. Hay folletos sobre una mesa del acceso y una mujer que ayuda a otra a subir los escalones. La sacerdotisa pasa entre ellos y utiliza una puerta lateral.
Desde el edificio de enfrente no distingo armas, máscaras ni símbolos del culto.
Tampoco puedo saber cuántas de esas personas pertenecen a la organización. Algunos quizá solo vinieron a buscar consuelo después de escuchar al sistema dentro de sus cabezas.
Envío la tercera ubicación.
—La iglesia funciona desde hace veintiséis años —me informa Jang después de revisar el registro—. Necesitamos confirmar qué hay debajo antes de mover unidades.
—La mujer entró por el lateral. Voy a esperar a que termine la actividad pública.
—El equipo ya está en camino hacia puntos de espera. Tenemos personal para la custodia exterior y la evacuación, pero nadie capaz de resolver ese ritual.
—Manténgalos lejos de los accesos hasta que avisemos.
La mujer no vuelve a salir.
Pasa una hora, después otra. Los asistentes abandonan la nave principal; las bolsas de comida desaparecen de la mesa y apagan buena parte de las luces. Continúo observando mientras Eunbyeol confirma que los tres vehículos del equipo llegaron a sus posiciones de espera.
Cerca de medianoche cambia el movimiento.
Quedan doce vehículos estacionados. Varias personas entran por detrás con cajas y cilindros metálicos. Una camioneta del hotel se detiene junto a la puerta lateral y baja el hombre de las seis líneas, ahora vestido con una túnica negra.
Las puertas se cierran.
Siento una pulsación mágica a través de la calle. Luego otra.
—Empiezan a activar algo —aviso—. Voy a confirmar el santuario. Eunbyeol, tengan listos los tres accesos.
—Canal abierto. No toques los brazaletes.
—No voy a tocarlos.
Cruzo hasta el campanario y alcanzo una entrada de mantenimiento en la parte superior. No encuentro runas allí. Desciendo por una escalera estrecha y llego a la estructura que sostiene el techo de la nave.
Abajo, los bancos están vacíos. Detrás del altar veo una puerta abierta y escalones que bajan al subsuelo.
El olor a incienso se pierde durante el descenso. Lo reemplaza el de la sangre fresca.
Las paredes inferiores son de piedra, diferentes del hormigón de los cimientos. Hay marcas de herramientas y arcos cegados por construcciones posteriores. La iglesia parece haberse levantado sobre algo más antiguo.
Sigo el sonido de los cánticos hasta una galería que rodea la parte alta de una cámara.
Debajo cuento cerca de cincuenta cultistas. Algunos llevan armas; otros permanecen alrededor de tres círculos unidos por canales oscuros. En el centro se abre un pozo de piedra del que sale luz roja.
Hay treinta rehenes en los bordes. Distingo a ocho niños separados de los adultos. Todos llevan los brazaletes negros y están sujetos a columnas mediante cadenas.
La distribución coincide con los traslados que escuché en el hotel.
La sacerdotisa gris permanece junto al pozo. El hombre de las seis líneas dirige la ceremonia, aunque antes hablaba de alguien por encima de él.
No veo a ese superior.
—Santuario confirmado —transmito—. Treinta cautivos, ocho menores, unos cincuenta miembros del culto. Acceso subterráneo detrás del altar. Envío imagen.
Jang recibe la grabación y organiza la espera de las ambulancias. Eunbyeol toma el canal operativo.
—Salimos de las posiciones de espera. Kwon y Doyun, hotel. Mujin y Jiwon, depósito. Haejin, Seolhwa y yo vamos a la iglesia. Doce minutos hasta tu acceso; nueve para el hotel y trece para el depósito.
Los tiempos incluyen el tramo final a pie. El acercamiento previo nos está comprando minutos que no tendríamos desde la residencia.
—Jiwon, no retiren los brazaletes cuando lleguen —digo—. No sabemos cómo reaccionan. Mujin, mantené abierta la salida. Kwon, buscá primero a los cautivos.
Las confirmaciones llegan una tras otra.
Al escuchar a Seolhwa entiendo que decidió venir. Nadie tuvo que convencerla de lo que significa encontrar a ocho niños encadenados.
Abajo, un cultista arrastra a una niña hasta una columna más cercana al pozo. Ella intenta aferrarse al suelo. El hombre le tapa la boca y ajusta la cadena.
La mano busca por reflejo la empuñadura junto a mi costado. La espada sigue en el inventario. Aflojo los dedos antes de que el gesto me haga perder la concentración.
Podría matar al hombre.
No sé qué le ocurriría a ella si corto el vínculo equivocado. Ya vi una habitación entera morir detrás de una cortina.
—Kim —dice Eunbyeol—. ¿Seguís en la galería?
—Sí. El operador central no se ha movido.
—Conseguí una imagen de sus marcas y una del cierre de los brazaletes. Haejin está mirando.
La sacerdotisa se acerca al hombre.
—Los conductos siguen inestables.
—Continuá.
—Los niños no van a resistir si...
Él la sujeta de la muñeca. Las tres líneas se iluminan y ella deja de hablar.
Un vínculo de obediencia, quizá. Guardo también esa imagen.
El cántico cambia de ritmo. Los rehenes se tensan a la vez: algunos gritan; otros se doblan sin llegar a apoyar las rodillas. Las runas empiezan a extraer hilos de energía hacia el pozo.
—Comenzaron.
Haejin responde desde el vehículo.
—Estoy viendo los retornos. No usan a los cautivos solo como combustible. Cada brazalete recibe parte de la energía que vuelve de los nodos.
—¿Estabilizadores?
—Eso parece. Reguladores vivos. Si rompemos un nodo, su carga puede pasar a los otros dos. No destruyas el centro.
Miro los canales que conectan las columnas. Mis sospechas no eran una respuesta suficiente; ahora al menos tenemos una lectura de alguien que entiende lo que ve.
—¿Se pueden cerrar?
—Necesito identificar un punto en cada instalación. Si el circuito es el que creo, deberán actuar con menos de dos segundos de diferencia. Voy a confirmarlo allí.
—¿Qué más necesitás?
—Un brazalete sin conectar. O una imagen del interior. No se lo quites a nadie.
Reviso los objetos dispuestos junto a los sacerdotes. Sobre una bandeja hay varios brazaletes de repuesto.
Le envío la ubicación y continúo transmitiendo.
Durante los minutos siguientes marco accesos, cuento a los operadores y trato de seguir la secuencia de sus gestos. Eunbyeol distribuye las imágenes y actualiza el avance de los otros vehículos. No llena el canal con preguntas que ya respondimos.
Al llegar al hotel, Kwon confirma que empieza la aproximación por el acceso de servicio. Doyun busca un ángulo desde el edificio contiguo. En el depósito, Mujin y Jiwon están terminando el tramo exterior.
El pozo tiembla.
Sobre su abertura aparece un signo negro que no pertenece a una ventana del sistema. Reconozco el emblema de los Hijos de la Luna Muerta, deformado y unido al círculo incompleto de los Adoradores del Fin.
Puede ser una alianza. También una apropiación de símbolos o una obediencia compartida. No voy a decidirlo mirando una sola figura.
Pero el parentesco con la magia que encontré en el segundo piso es demasiado claro para ignorarlo.
La presencia de estos cultos es anterior al despertar público de la humanidad. Quizá nunca estuvieron esperando a que alguien trajera el conocimiento desde la Torre.
Algo se mueve al fondo del pozo.
—Kim... Cheonro...
La voz llena la cámara.
Todos callan.
El hombre de las seis líneas levanta la cabeza. La sacerdotisa gira hacia la galería y, esta vez, sus ojos se detienen exactamente donde estoy.
—Intruso.
Las runas de las puertas se encienden. Extraigo la Espada del bosque mientras la primera pistola apunta hacia arriba.
—Nos descubrieron.
—Cuatro minutos —responde Eunbyeol—. Seguimos por el acceso norte.
Han pasado ocho desde que salieron de su punto de espera. Ahora cada uno de los cuatro restantes va a durar demasiado.
El hombre de las seis líneas me observa entre las columnas.
—El Precursor vino solo.
Miro a los cautivos, después al pasillo por el que debe llegar mi equipo.
—No —respondo, afirmando los pies sobre la galería—. Esta vez no.