Sigo en la misma: en el Acto I ella le eligió hasta los zapatos y acá le entrega la correa, pero la regla la pone ella igual. Damian no le encuentra la trampa y para mí la trampa es que no hay trampa: Lou le regala una noche de dueño sabiendo que él va a ser el que no sepa qué hacer con eso. Apuesto a que en el tercer acto la correa vuelve a la mano de ella antes de que él se dé cuenta.
Acto II
Damian no podía pensar con claridad. No sabía si quería, no lo había pensado del todo; en ese momento la posibilidad de quedarse ni siquiera se le había planteado, ni llegaba a formularla como…
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Sigo en la misma: en el Acto I ella le eligió hasta los zapatos y acá le entrega la correa, pero la regla la pone ella igual. Damian no le encuentra la trampa y para mí la trampa es que no hay trampa: Lou le regala una noche de dueño sabiendo que él va a
Contenido de la publicación
Damian no podía pensar con claridad. No sabía si quería, no lo había pensado del todo; en ese momento la posibilidad de quedarse ni siquiera se le había planteado, ni llegaba a formularla como pregunta. Suponía, sin decidirlo del todo, que la elección real era entre esto o terminar la cita ahí mismo.
Enganchó la cadena.
Lou sonrió y caminó junto a él. Salieron sin más. Ella solo tenía encima la llave de su departamento —no había lugar en ese disfraz para nada más, ni billetera, ni teléfono— y se la dio a él para que la guardara.
Afuera, algunos ya los miraban. Damian deseó tener un saco a mano para cubrirla. Las mujeres la miraban con una mezcla de envidia y desaprobación; los hombres, con deseo, y después miraban a Damian con algo parecido a la admiración. Alguien, incluso, aplaudió.
Ella caminó hasta quedar frente a la puerta del auto. Él la abrió, y ella se quedó inmóvil, esperando. Damian se impacientó —quería que los curiosos dejaran de mirarla, aunque al mismo tiempo algo en él disfrutaba cada vez que esas miradas terminaban posándose en él en lugar de en ella.
—Sube —le dijo, para cortar la escena.
Ella obedeció. Él cerró la puerta y subió del otro lado, apurado. Adentro del auto, se rio.
—¿Viste cómo nos miraban?
Ella lo miró con una sonrisa.
—Te miraban a ti. Y sé que eso te gustó.
Le desabrochó la camisa blanca un poco, dejando ver apenas el pecho, y le subió las mangas, con la correa todavía sobre las piernas de ella.
—Mientras yo tenga la correa, puedo hacer cosas —dijo—. Mientras la tengas tú, solo voy a hacer lo que me pidas.
Damian no encontró ninguna trampa en eso. Todo le parecía ganancia.
Le miró las piernas descubiertas, la correa todavía enroscada sobre una de ellas, y sintió que la piel se le erizaba sin razón aparente. Le llegó su perfume, un aroma frutado a cereza con un fondo de pimienta que lo desconcentraba cada vez que se acercaba demasiado. La miró de reojo, tratando de que no se notara. Ella lo notó igual —siempre lo notaba— y giró la cabeza para mirarlo de frente, sin apuro. Se pasó la lengua por el labio superior, apenas, y le regaló una media sonrisa de esas que no significaban lo que parecían significar, sino otra cosa. Damian se excitó al instante, y un segundo después se estremeció, porque ya sabía lo que venía: ella siempre escalaba.
Llegaron a la fiesta, en el piso completo del edificio donde vivía Helena. Alguien abrió la puerta, reconoció a Damian, lo saludó —y después miró a Loures y volvió a estrecharle la mano con más fuerza.
—Wow, hermano. Qué lujo.
Adentro, las luces estaban bajas, la música sonaba, había alcohol y algunos ya bailaban. Cuando los que estaban cerca de la puerta la vieron, se callaron un segundo y empezaron a murmurar. A ella no le importó; caminó a su lado mientras él saludaba a los demás. Algunos se acercaban solo para verla más de cerca.
—¿Quién es? Preséntanos —le dijo alguien.
Damian se rio, sin contestar. Se sentía más seguro que nunca, como si tuviera un juguete que todos los demás chicos envidiaban. Era suyo. No pensaba compartirlo.
Vio un sillón un poco apartado y la llevó hasta ahí. Se sentaron.
—Tenías razón —dijo él—. Me miran más a mí. Y me gusta.
Ella no contestó.
—Es cierto. Hablá.
—¿A ti te gusta cómo me veo?
—Sí, me gusta. Y más porque estás aquí para mí.
Helena lo vio y se acercó a saludarlo. Damian se levantó apurado y dejó la correa sobre el sillón.
—Hola, Damian. ¿Y esa?
—Me dijiste que trajera amigos.
—Debería haber sido más específica.
Helena estaba disfrazada de coneja: una malla rosa que dejaba ver de más, orejitas a tono. Damian miró alrededor: caperucitas sexis, gatas sexis, policías sexis, todas las chicas con trajes reveladores compitiendo por la misma atención. Entendió, ahí, lo que Lou había querido decirle sobre los disfraces: todas trataban de demostrar que también podían ser desinhibidas si querían, y sin embargo solo lograban parecer vulgares. Lou, en cambio, era desinhibida y segura de sí misma todo el tiempo, sin necesidad de un disfraz para demostrarlo. Lejos de preocuparle lo que pensaran los demás, se mostraba exactamente como él ya la conocía.
—¿Prefieres que me vaya? —preguntó Damian.
—No, quédate. Puedes quedarte conmigo, si quieres —insistió ella, tratando de que se le notara el interés.
—Me quedo, entonces —dijo Damian.
Se dio vuelta para buscar a Loures y encontró a alguien más sentado a su lado, tratando de hablarle. Ella seguía muda, mirando solo a Damian.
—Háblame, preciosa. Eres hermosa, ¿cómo te llamas? —le acarició el hombro.
Loures no se movió.
Helena todavía trataba de decir algo más, pero Damian ya la había dejado atrás; volvió al sillón.
—Ella está conmigo —dijo.
—Perdón, pensé que estaba sola. Preciosa, soy Gian, hijo de los dueños de media ciudad. Si algún día quieres te puedo llevar a conocerla.
Damian lo reconoció: era el heredero, uno de esos apellidos que todos conocían en la ciudad. Y quería a Lou. Apretó el extremo de la correa y le susurró:
—Contestale.
—No me interesa —dijo Lou.
—¿No? Te puedo dar todo, y más. Eres linda. ¿Cuánto por pasear así conmigo?
—Debes estar acostumbrado a pagar por compañía femenina —dijo ella—. Supongo que las únicas mujeres con las que sales son putas. Deberías pagarle una consultoría a Damian. Él te podría enseñar cómo se hace de verdad.
Gian se puso colorado. Los curiosos que habían escuchado empezaron a reírse de él, y se fue sin armar más escándalo.
—Lo hiciste correr —dijo Damian.
Lou solo sonrió. Damian entendió que ella no iba a hablar a menos que él se lo pidiera —quería sostener el control, pero también quería saber cuánto de eso era real. Le dio una última orden antes de desengancharle la correa.
—Besame.
Lou lo besó ahí mismo, sin pudor, sin reservas. Damian quedó extasiado. Sabía que no podía hacer nada más en ese lugar, pero qué delicioso era besarla en público, sin ninguna censura.
Cortó el beso él mismo, porque unos segundos más y el disfraz entero de hombre civilizado se le iba a caer del todo.
—¿Querés tomar algo?
—Sí.
—¿Querés que te lo traiga?
—Sí.
—Sabes que ya puedes hablar, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué no hablas, entonces?
—No hay mucho que decir, Damian. Todos te miran, y eso me divierte. Este es tu momento.
Mi momento. Se quedó saboreando eso un rato.
—Voy por los tragos.
Cuando volvía con las bebidas, Helena lo intentó de nuevo.
—Damian, baila conmigo —lo tomó de las manos.
—Ahora no. Voy de vuelta al sillón.
—Si querías darme celos, funcionó. Ya déjala y baila conmigo.
Damian la miró, sin saber cómo explicarle lo que pensaba.
No todo lo que uno hace se trata del otro. A veces uno se permite, sin más, ser —sin culpa, sin ataduras, egoísta por un rato, sin considerar a nadie más que a sí mismo y al placer de ese momento. Eso era lo que sentía con Loures esa noche: algo parecido a la felicidad, o si no lo era, se le acercaba bastante.
Era cierto que, en parte, había sido ella —su invitación, ese "trae amigos"— lo que le había dado el empujón para animarse a pedirle esto a Loures. Pero una cosa era que sus acciones hubieran nacido de algo que Helena dijo, y otra muy distinta que estuvieran dirigidas a ella.
Se permitió dudar, de paso, si tal vez esa pareja que ella había formalizado tiempo atrás había sido, de alguna forma, consecuencia de sus propios actos —por lo que nunca se animó a decirle—, y sin embargo eso tampoco había sido nunca sobre ella; simplemente había pasado. Estar con Loures esa noche tampoco era, ni por asomo, para provocarle nada a Helena. Helena había tenido su oportunidad.
—No estaba buscando darte celos —dijo—. Estamos pasando un rato juntos, y va a seguir así.
Se apartó y volvió con Loures. Bebieron un rato largo, sin apuro.
—¿Querés bailar?
—Quiero molestar a Gian.
—¿Qué?
—¿No te molesta cómo nos mira?
Damian, sinceramente, no había reparado en nadie más que en ella.
—¿Qué propones?
—Bailemos.
Se levantó y ella lo siguió, caminando como si estuviera descalza, como si esos tacos altísimos no le molestaran en absoluto. Todos los seguían con la mirada; los chicos, en el fondo, querían ser Damian. Empezaron a bailar cerca, con una canción sin letra, de esas que solo sirven para excitar, ritmos suaves y eróticos hechos para bailar pegados. Ella sabía exactamente qué hacer.
Damian la seguía. Sus cuerpos se deseaban, el magnetismo era evidente, la tensión sexual se palpaba en el aire. Todos en la fiesta los miraban. Gian los envidiaba desde algún rincón. Damian la besó, le besó el cuello; ella siguió bailando, mostrándole a Gian con la mirada y con una mueca en la cara cuánto estaba disfrutando de verdad de Damian. Gian no aguantó más y se fue de la fiesta.
Ellos dos pararon de bailar y se rieron. Ya varios habían apartado la vista, como si aquel baile necesitara más privacidad de la que estaba teniendo.
Damian la tomó de la mano y caminó directo hacia el baño, sin mirar a nadie, sin que le importara quién los viera cruzar así, de la mano, con una sola idea encima. Ella lo siguió sin resistirse, por voluntad propia —lo deseaba tanto como él a ella. Entraron y él cerró la puerta, puso el pestillo.
La giró contra el espejo. Se desabrochó el pantalón con manos torpes por la urgencia y la pegó contra el vidrio frío. Ella se arqueó, entregándose sin resistencia, la respiración ya entrecortada.
Él no pudo —el ángulo no se lo permitía; ella de espaldas, contra el espejo, la ropa a medio quitar, no le dejaban dónde acomodarse—. En vez de forzar nada, se acercó más, encimándose sobre ella. Ella se incorporó despacio hasta quedar mejilla contra mejilla, la cara de él pegada a su oreja. Se besaron así, de costado, sin girarse del todo.
—Aquí no —le dijo él, casi al oído.
No lo decía para cortar el momento. Lo decía para llevarla a otro lado.
Le enganchó la correa de nuevo y salieron del baño. Damian metió la mano en el bolsillo y sintió la llave del departamento de Loures entre los dedos. Sabía exactamente adónde quería continuar.
Se fueron sin despedirse de nadie. Nadie más importaba.
Thoughts
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PermalinkDamian metiéndose la mano al bolsillo y encontrando la llave de ella, después de una noche entera con la correa, me dejó con ganas del tercer acto ya mismo! Ella se la dio a guardar al salir sin decir nada y ahí ya estaba todo dicho. Apuesto a que en el departamento ya no hace falta correa :)
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PermalinkSigo en la misma: en el Acto I ella le eligió hasta los zapatos y acá le entrega la correa, pero la regla la pone ella igual. Damian no le encuentra la trampa y para mí la trampa es que no hay trampa: Lou le regala una noche de dueño sabiendo que él va a ser el que no sepa qué hacer con eso. Apuesto a que en el tercer acto la correa vuelve a la mano de ella antes de que él se dé cuenta.
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este es el capitulo 2 espero que les guste
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