Cargando…

Acto III

Lowe3113
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 29 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Llegaron al departamento. Él abrió la puerta con la llave que ella misma le había dado horas antes, sin saber todavía, en ese momento, para qué. Entraron.

En series

In groups

Contenido de la publicación

Llegaron al departamento. Él abrió la puerta con la llave que ella misma le había dado horas antes, sin saber todavía, en ese momento, para qué. Entraron.

Empezaron a besarse ahí mismo, contra la puerta recién cerrada. Ella le sacó la camisa de un tirón; él no se quedó atrás. Se devoraban con la boca, con las manos, con una urgencia que no dejaba lugar a nada más —como si llevaran toda la noche conteniéndose para esto, y ya no quisieran contenerse ni un segundo más.

Damian disfrutaba cada parte de eso. Le sacó la máscara, despacio, sin dejar de besarla, y siguió disfrutando el disfraz que le quedaba puesto —el cuero, el collar, todo. Era suyo. Toda ella, esa noche, era suya.

Sin dejar de besarse, avanzaron hasta el cuarto. Se desvistieron el uno al otro, apurados, torpes de deseo. Cuando cayeron sobre la cama, solo le quedaba puesta la gargantilla.

Ella se acostó de espaldas. Damian llevaba horas conteniendo las ganas de bajar entre sus piernas, y ya no tuvo que contenerlas más.

La sintió sacudirse bajo su boca, temblar entera, y un instante después el chorro llegó abundante, cálido, empapándolo del todo. Se apartó un segundo, satisfecho —un trabajo bien hecho, y lo sabía. Cada vez le costaba menos reconocer cuándo lo había logrado, y esa certeza le daba una confianza nueva, distinta a cualquier otra que hubiera sentido antes.

Después llegó el momento que había estado esperando toda la noche, quizás desde mucho antes de esa noche —y ahora la tenía ahí, entregada, y no pensaba dejar pasar ni un segundo de eso sin disfrutarlo. Fue entrando despacio, atento a cada milímetro nuevo: la presión apretándolo, el calor distinto ahí dentro, la forma en que el cuerpo de ella respondía debajo del suyo, tensándose primero y cediendo después. Quiso quedarse en ese instante, grabárselo, porque sabía que la primera vez con algo así no se repite. Ella dejó escapar un quejido de dolor apenas él empezó a entrar.

—¿Paro? —preguntó, deteniéndose a mitad de camino.

—No —dijo ella, con la voz cortada—. Nunca me habían llenado así.

Eso terminó de confirmarle lo que ya sospechaba —que estaba particularmente bien dotado— y la confianza se le disparó todavía más. Confirmó, también, algo de ella: que el dolor no la alejaba, la acercaba. Avanzó despacio al principio, aumentando la intensidad de a poco, y en un momento le puso una mano en el cuello. Ella la acarició con la suya, dejándole entender, sin palabras, que quería que apretara más. Él apretó. Terminó dentro de ella, y al separarse vio cómo el semen le escurría del ano —una imagen que lo dejó fascinado. Entendió, recién ahí, por qué ella lo había contemplado tanto tiempo con el plug puesto aquella vez. La última vez había sido al revés: ella lo había preparado despacio, el plug primero, después ella dentro de él, y Damian había descubierto un placer que no supo pedir hasta que ella se lo dio sin preguntar. La pregunta que lo había perseguido desde la puerta de su casa por fin tenía respuesta: no, esta vez no haría falta que ella decidiera por él. Ya sabía pedirlo.

Ella no le dijo que se fuera.

—¿Puedo quedarme? —preguntó él—. No para dormir.

Ella sonrió, complacida de que por fin lo hubiera pedido en vez de insinuarlo.

—Sí.

La erección volvió rápido, casi sin darle tregua. La acomodó a cuatro patas, la cadera en alto, apoyada sobre las rodillas, y volvió a entrar por detrás. Después, cuando la urgencia por fin cedió, se acostaron uno al lado del otro y se besaron despacio, sin apuro —ya no quedaba nada que demostrar, solo quedaba disfrutar.

Damian se arrodilló en la cama. Ella entendió lo que le pedía sin que hiciera falta decir nada, y se acercó primero con la boca, tomándose su tiempo en limpiarlo del todo —lo de él, lo de ella— sin ningún apuro, disfrutando cada segundo de tenerlo así, entregado. Era un acto de sumisión, y lo sabía; quería que él lo disfrutara tanto o más que ella. Damian la había dejado hacer con su cuerpo lo que ella había querido la última vez; ahora le tocaba a ella devolver esa reciprocidad.

Se quedaron acostados uno al lado del otro un rato. Ella lo acariciaba, despacio, sin apuro; él se dejaba, feliz, y le devolvía el gesto con la misma ternura, recorriéndole la espalda, el pelo. Se quedaron así un momento más, sin necesidad de nada más que eso. Hasta que él estuvo listo otra vez, y se puso sobre ella.

La penetró primero por la vagina, pagando —a su manera— la deuda de haber sido él el plug tanto tiempo. Después por el ano. Fue intercambiando libremente entre los dos, sin pensarlo demasiado, guiándose por dónde la sentía disfrutar más: la escuchaba gemir en un lugar, gritar de placer en el otro, y cuando gritaba era casi siempre por atrás. Eso lo encendía más que nada, así que aumentó la intensidad, y siguió así hasta que tuvo que elegir dónde terminar.

La acomodó de costado, los dos acostados sobre el mismo lado, el cuerpo de ella pegado al suyo, y volvió a entrar por detrás desde ahí. Ella se dejó llevar, encantada, siguiéndole el ritmo con el cuerpo, meciéndose junto a él sin resistencia.

Lo supo, consciente, como una elección más entre tantas otras que había ido tomando esa noche. Ella era suya. La nalgueó con fuerza mientras la penetraba por el ano, y ella gritó todavía más fuerte, de puro placer. Él también empezó a gemir, tirándole del pelo hacia atrás, buscando acercarla más a él. No fue suficiente; necesitaba más. Le soltó el pelo y le levantó la pierna que quedaba libre, la que no descansaba contra la cama, ganando así más apertura, más ángulo, hasta terminar todavía más adentro de ella.

—¿Lo hice bien? —preguntó, sin poder contenerse.

—Muy bien —dijo ella, con la respiración entrecortada, la voz deshecha de lo excitada que estaba.

Se separó y vio que esta vez la descarga había sido todavía mayor, viendo cómo se le escurría de a poco.

Siguieron así hasta que salió el sol —él haciéndola gritar de placer una y otra vez, ella recibiéndolo cada vez que él se descargaba dentro de ella, sin que ninguno de los dos quisiera ser el primero en parar.

Related posts

  • Acto II

    Damian no podía pensar con claridad. No sabía si quería, no lo había pensado del todo; en ese momento la posibilidad de quedarse ni siquiera se le había planteado, ni llegaba a formularla como…

  • Acto I

    Los días siguientes, Damian se descubrió reprimiendo cualquier impulso de escribirle. Aquella noche había ido más lejos de lo que hubiera imaginado posible, y todavía cargaba con el placer…

  • ELLA/ CAP 3

    El silencio no era incómodo, eso era lo bueno. Nos echamos a ver el cielo y sonaba Yellow de fondo, ella dijo: “Recuerdo que una vez estaba leyendo un libro y mencionaban esta canción. Resulta que…

  • Capítulo 2: Entre el miedo y las mariposas

    Capítulo 2: Entre el miedo y las mariposas

  • Capítulo 4: Ecos de un nombre

    —Academia: dia siguiente de entrar al juego—

  • Amor a primera vista

    Capitulo 1

  • Capítulo 3. El Despertar del Guerrero

    En los vastos hierbazales de Guarenas, donde el viento susurra secretos entre las espigas doradas, Súcuta corría con la agilidad de un venado. A sus veintiún años, sus ojos eran tan agudos como la…

  • Capítulo 2: El objeto anómalo

    En el último piso de la Academia Seishin, el silencio no era solo ausencia de ruido; era una presencia física, densa y ordenada, como si el propio aire obedeciera a las reglas de la institución.…