En el último piso de la Academia Seishin, el silencio no era solo ausencia de ruido; era una presencia física, densa y ordenada, como si el propio aire obedeciera a las reglas de la institución. Allí se encontraba la oficina del director Nakamura, un espacio amplio, sobrio y majestuoso, con paredes revestidas de madera oscura, estanterías llenas de libros encuadernados en cuero y un gran escritorio de caoba que ocupaba el centro, imponiendo respeto. Detrás de él, un ventanal inmenso dominaba toda la fachada principal, permitiendo ver el movimiento minúsculo y perfecto de los alumnos en los patios de abajo.
De pie frente al escritorio, en postura recta e impecable, estaban las dos estudiantes más importantes de la academia: Reika Himuro, presidenta del Consejo Estudiantil, y Ayaka Shirogane, su vicepresidenta.
Reika, con sus diecisiete años, mantenía los brazos cruzados tras la espalda, su figura erguida y serena. Su cabello largo, negro y brillante, caía recto y ordenado sobre su espalda, atado con finos lazos rojos que resaltaban aún más su elegancia. Sus ojos, de un rojo intenso y profundo, observaban al director con una calma absoluta, una mirada que podía ser tan cálida como firme, y que ya se había ganado el respeto y la admiración de todos, profesores y alumnos por igual. Llevaba su uniforme impecable, con el distintivo del consejo bordado en hilo dorado y el brazalete rojo de presidenta en su brazo izquierdo, símbolos que llevaba con naturalidad, como si hubiera nacido para mandar. Era inteligente, exigente consigo misma y con los demás, pero siempre movida por el bienestar de la escuela y de quienes la formaban.
A su lado, Ayaka, de dieciséis años, permanecía con una postura relajada pero atenta, una media sonrisa juguetona siempre dibujada en sus labios. Su cabello corto, rubio y luminoso, enmarcaba un rostro de rasgos delicados y vivos, y sus ojos, de un tono ámbar brillante, parecían estar siempre calculando, analizando o buscando la forma de poner a prueba a quien tuviera enfrente. Astuta, carismática y extremadamente competitiva, disfrutaba de los retos y de llevar siempre la delantera. Su uniforme, igual de perfecto que el de su compañera, llevaba el brazalete de vicepresidenta, y aunque a veces parecía que todo le daba igual, su agudeza mental y su capacidad para resolver problemas eran casi tan reconocidas como las de la propia Reika.
El director Nakamura las observó durante unos segundos desde su silla, entrelazando los dedos sobre la superficie pulida de su escritorio. Su expresión era seria, impenetrable, como siempre.
—Gracias por venir tan pronto —empezó él, con esa voz grave y medida que utilizaba para las cuestiones importantes—. Las he llamado porque tenemos una situación que se está saliendo de control, y que afecta directamente al orden, la disciplina y el prestigio de esta academia.
Hizo una pausa, se levantó y caminó lentamente hacia el ventanal, mirando hacia abajo.
—Saben tan bien como yo que aquí todo está diseñado para funcionar con precisión. Cada alumno, cada materia, cada actividad... todo está catalogado, evaluado y predecible. Todo debe encajar en su lugar. Pero desde hace unas semanas, ha aparecido un elemento que no encaja. Una anomalía que está generando ruido, desconfianza y desorden donde debe haber armonía.
Se giró bruscamente hacia ellas, sus ojos grises fijos en las dos chicas.
—Me refiero, por supuesto, al alumno de primer año: Yuuto Kanzaki.
Reika no se movió, pero su mirada roja se afiló un poco más, guardando cada palabra. Ayaka inclinó levemente la cabeza, la sonrisa en sus labios cambiando apenas, volviéndose más curiosa, más interesada.
—Todos saben quién es, o mejor dicho, todos creen saber quién es —continuó Nakamura, caminando de regreso hacia su escritorio—. Desde que llegó transferido, no ha hecho más que ocultarse. Un año completo sin mostrar el rostro, siempre cubierto con capucha, cubrebocas y guantes, incluso en días de calor. No habla. No se comunica verbalmente con nadie. Usa una libreta para escribir lo mínimo indispensable. Nunca ha cometido una falta grave, nunca ha llegado tarde, nunca ha desobedecido una regla... y sin embargo, es el centro de todos los rumores, de todos los miedos y de todas las miradas.
Golpeó suavemente el escritorio con los nudillos, marcando cada palabra con énfasis.
—Corren historias terribles sobre él: que es peligroso, que viene de una escuela de delincuentes, que tiene cicatrices horribles, que esconde algo ilegal o vergonzoso, que es capaz de hacer daño. Y aunque no hay pruebas de nada, la gente lo cree. Y esa creencia está contaminando el ambiente. Está rompiendo la estabilidad que tanto nos ha costado construir.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa.
—El problema no es solo lo que dicen, señoritas. El problema es qué es lo que esconde exactamente ese alumno. Nadie sabe quién es realmente, qué aspecto tiene, por qué se esconde de esa manera, qué razones tiene para vivir como una sombra. Y mientras ese misterio exista, los rumores crecerán, la desconfianza aumentará y la reputación de la academia estará en riesgo.
Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras calaran en ellas.
—Por eso las he convocado. Quiero que el Consejo Estudiantil se encargue de esto. Quiero que investiguen a fondo, de una vez por todas. Quiero que averigüen qué esconde, cuál es la verdad detrás de esa máscara, de ese silencio y de ese aislamiento. Quiero saber si hay algo que debamos temer, o si simplemente es alguien que no pertenece aquí. Y una vez que tengan la verdad... quiero que acaben con los rumores. Que pongan fin a esta situación, sea como sea, y que todo vuelva a estar bajo control.
Reika dio un paso adelante, su voz firme, serena y llena de autoridad.
—Entendido, director. Nos encargaremos personalmente. No dejaremos cabo suelto.
Nakamura asintió, satisfecho.
—Espero mucho de ustedes. Son las únicas personas en esta escuela con la autoridad y la capacidad para resolver esto. No quiero demoras. Quiero resultados claros y definitivos. ¿Entendido?
—Perfectamente —respondió Ayaka, hablando por primera vez con suavidad, aunque con una seguridad absoluta y ese brillo retador en sus ojos—. Sabremos qué esconde. Y lo que descubramos, será la única verdad que importe.
El director hizo un gesto con la mano, indicando que podían retirarse.
—Entonces, pueden irse. Manténganme informado.
Ambas se inclinaron en una reverencia formal, dieron media vuelta y salieron de la oficina, cerrando la pesada puerta tras de sí.
Una vez fuera, en el pasillo amplio y silencioso, caminaron en dirección a la Sala del Consejo Estudiantil, ubicada en el mismo piso.
—Una orden directa —comentó Ayaka, jugando con la carpeta que acababa de recibir en sus manos, con esa sonrisa que nunca era casualidad—. Ya ni siquiera piden un informe preliminar. Quieren una resolución definitiva. Quieren saber qué se trae entre manos ese chico.
Reika caminaba con paso firme, mirando al frente con esa seriedad que la caracterizaba.
—No me gusta que nos usen como su fuerza de limpieza para sus problemas —respondió ella—. Pero en este caso... entiendo la preocupación. Ese chico es extraño. Demasiado extraño.
—Es más que extraño —corrigió Ayaka, ajustándose el brazalete de vicepresidenta mientras abría la puerta de la sala—. En una escuela donde todo está catalogado, evaluado y predecible... él es una incógnita completa. Un punto ciego en el sistema.
La Sala del Consejo Estudiantil era un lugar que reflejaba perfectamente su función: más parecido a la oficina de una corporación importante que a un espacio escolar. Ventanales altos, luz tenue y controlada, muebles de madera oscura y sillas tapizadas en cuero negro. En el centro, una gran mesa de reuniones alargada.
Ambas se acercaron a ella. Reika tomó asiento y abrió la carpeta, sacando el expediente de Yuuto Kanzaki.
—Un año completo sin mostrar el rostro —repasó en voz alta, leyendo los datos con atención—. Sin hablar, sin cometer ninguna falta, sin llamar la atención por nada... y aun así, logra ser el alumno más temido y comentado de todos.
Ayaka se apoyó en el borde de la mesa, mirando la única fotografía que tenían en el archivo: una imagen borrosa, tomada desde una cámara de seguridad de su antigua escuela. En ella, solo se veía una figura envuelta en ropa oscura, capucha baja, cubrebocas y gafas oscuras. Nada más.
—No hay antecedentes graves. No hay pruebas reales de lo que dicen los rumores —murmuró Reika, pasando las hojas con calma—. Pero eso no ha detenido a nadie. La paranoia se alimenta sola, y él es el plato principal.
—Y si lo dejamos estar... la percepción pública podría contaminar a otros estudiantes —añadió Reika con seriedad—. Eso es lo que el director teme. No al chico en sí. Sino a lo que representa: el desorden, lo desconocido, lo que no se puede controlar.
Ayaka sonrió levemente, una sonrisa pequeña y astuta. Levantó la vista hacia su compañera.
—¿Y tú? ¿Qué piensas, Reika? ¿Crees que esconde algo malo?
Reika la miró lentamente, sus ojos rojos fijos en ella, sincera y directa como siempre.
—No lo sé. Pero no confío en el silencio absoluto. Ni en el miedo que genera sin hacer nada. Nadie se esconde tanto sin una razón, Ayaka. Y esas razones suelen ser difíciles de aceptar.
—Eres tan directa como siempre —respondió la otra, con tono divertido—. Y yo, tan analítica. ¿Sabes qué opino?
Señaló el expediente abierto sobre la mesa.
—Opino que es una anomalía. Un objeto que no encaja en el sistema. Y todo lo que no encaja... eventualmente genera fracturas. Y esta academia no permite las fracturas.
Reika cerró la carpeta con un golpe seco y firme.
—Entonces será citado. Quiero verlo cara a cara. Aunque sea detrás de toda esa ropa y máscaras que usa.
—¿Y si se niega a hablar? —preguntó Ayaka, sabiendo la respuesta y esperando ver cómo reaccionaba.
Reika sonrió, una sonrisa fría y decidida, la misma que usaba cuando tenía que imponer orden.
—Entonces tendremos el motivo exacto para actuar. Porque negarse a colaborar con el Consejo, cuando se está investigando por el bien de todos, es una falta muy grave.
Ayaka se levantó, caminando hacia el ventanal con esa gracia contenida, como una hoja afilada aún en su funda.
—Tienes esa mirada —comentó mientras miraba hacia los patios de abajo—. La que tenías cuando pusiste orden en el club de ética por corrupción. ¿Vas a desmantelar también a Yuuto Kanzaki?
Reika caminó detrás de ella, deteniéndose un instante junto al cristal, mirando hacia los pasillos donde seguramente él estaría caminando, oculto entre la gente.
—No lo sé aún —dijo ella, con voz baja pero firme—. Primero... quiero saber qué es lo que esconde realmente bajo toda esa sombra. Quiero saber si de verdad hay algo humano ahí dentro... o si todos los rumores, de alguna forma, tienen razón.
Ambas sabían que esta no sería una simple reunión disciplinaria.
No era solo una investigación.
Era el inicio de un juego silencioso, una partida de ajedrez donde cada movimiento contaría.
Y la ficha más oscura, la más misteriosa y la más temida de todo el tablero, acababa de ser marcada para ser descubierta.
Lejos del bullicio de los pasillos, de las aulas llenas y de las miradas que siempre parecían buscarlo para juzgarlo, la biblioteca de la Academia Seishin se erigía como un santuario de silencio y calma. Era un espacio inmenso, con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, llenas de libros que olían a papel antiguo y tinta, y donde la luz del sol se filtraba suavemente a través de grandes ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
En el rincón más alejado de todo, en el punto más apartado de la entrada, donde casi nadie se aventuraba a ir, estaba Yuuto.
Era su lugar. El único sitio en todo el edificio donde sentía que podía respirar sin que el peso de los demás cayera sobre él. Allí, escondido entre dos estanterías altas que formaban como un pequeño pasadizo privado, se sentaba en el suelo, con las rodillas recogidas contra su pecho y la espalda apoyada en la pared. Había ido allí, como siempre, buscando refugio, buscando ese momento de paz que le permitía olvidar, aunque fuera por unos minutos, todo lo que le esperaba afuera.
Tenía un libro abierto sobre sus rodillas, uno que había tomado de la estantería más cercana, algo tranquilo, sin prisa, sin ruido. Le gustaba leer allí porque, rodeado de historias ajenas, sentía que podía desaparecer un poco, dejar de ser Yuuto Kanzaki, el extraño, el misterioso, el que todos señalaban, y convertirse simplemente en alguien que leía.
Estaba tan absorto en las páginas, tan concentrado en mantenerse oculto y en silencio, que no escuchó los pasos suaves que se acercaban. No los escuchó hasta que una voz dulce, serena y muy suave sonó justo a su lado, rompiendo el silencio sin romper la calma.
—Sé que este rincón es el mejor lugar de todo el edificio para estar tranquilo.
Yuuto dio un salto, sobresaltado de golpe. Cerró el libro de golpe y se encogió más sobre sí mismo, llevando instintivamente las manos a la capucha y al cubrebocas, como si esperara un regaño, como si esperara que le dijeran que no podía estar allí, que debía irse, que no tenía derecho a esconderse así. Su corazón latía rápido, golpeando fuerte contra su pecho, preparándose para las palabras duras, para la desconfianza, para la mirada acusadora que siempre recibía.
Pero cuando levantó la vista, con el cuerpo tenso y listo para huir, lo que vio fue algo totalmente distinto.
Allí de pie, mirándolo con una sonrisa suave y amable, estaba Shiori Amakawa, la encargada de la biblioteca.
Era una chica de segundo año, con el cabello negro y largo que le caía con suavidad sobre los hombros, enmarcando un rostro de rasgos delicados y dulces. Llevaba unos lentes de montura fina que reposaban sobre el puente de su nariz, y sus ojos, de un color violeta profundo y brillante, lo miraban con una ternura y una calma que casi nunca encontraba en nadie más. Todos en la academia conocían a Shiori: era famosa por ser una chica amable, tranquila, inteligente y siempre dispuesta a ayudar, sin importar quién fuera la persona. Tenía esa bondad natural que hacía que cualquiera se sintiera a gusto a su lado, y esa discreción que permitía que uno se sintiera seguro.
Y con Yuuto, no era la excepción.
Ella lo miraba sin recelo, sin miedo, sin curiosidad malsana. Solo lo miraba, simplemente, como a cualquier otro alumno, como a cualquier otra persona.
—Lo siento si te asusté —dijo ella con voz suave, bajando un poco la cabeza con una disculpa amable—. No quería interrumpirte. Pero te vi entrar y me di cuenta de que habías venido directo hasta aquí, como siempre.
Yuuto se quedó inmóvil, mirándola desde la sombra de su capucha. Shiori no se apartó, ni dio un paso atrás, ni se quedó mirando con insistencia su ropa o su rostro cubierto. Se quedó allí, quieta, esperando con paciencia.
—¿Por qué te escondes tanto aquí atrás? —preguntó ella con suavidad, sin tono de juicio, simplemente con curiosidad y cariño—. Es un lugar muy bonito, sí, pero estás muy lejos de todo.
Yuuto tardó unos segundos en reaccionar. Poco a poco, con movimientos lentos y cuidadosos, sacó su libreta negra de entre su ropa, la abrió en una hoja limpia y tomó su lápiz. Escribió con esa letra pequeña, ordenada y cuidadosa que siempre usaba, y luego giró la libreta hacia ella para que pudiera leer.
Aquí no hay miradas. Aquí nadie susurra. Aquí nadie me ve.
Shiori leyó las palabras en silencio. No hizo preguntas sobre lo que significaba, ni por qué se sentía así, ni por qué necesitaba esconderse. No preguntó por qué se cubría, ni qué pasaba con su rostro, ni nada de lo que todos los demás siempre querían saber. Ella simplemente entendió, sin necesidad de explicaciones.
Asintió despacio, con esa sonrisa amable que no se borraba de sus labios, y se sentó en el suelo, a una distancia prudente, respetando su espacio, sin invadirlo.
—Entiendo —dijo ella suavemente—. A veces el mundo es demasiado ruidoso, y todos miran demasiado, y dicen cosas que no deberían. Aquí, en cambio, todo está en calma. Y si te ayuda estar aquí, entonces es tu lugar.
Hizo una pequeña pausa, mirando a su alrededor, hacia las estanterías llenas de libros, y luego volvió a mirarlo a él, a sus ojos, los únicos rasgos que podía ver bajo la sombra de la capucha.
—¿Te importaría si me quedo un ratito aquí contigo? —preguntó con delicadeza—. No te diré nada si no quieres, ni te molestaré. Solo... me gustaría hacerte compañía. A veces, incluso cuando queremos estar solos, no está mal tener a alguien cerca que no haga preguntas.
Yuuto se quedó paralizado. No esperaba eso. Estaba acostumbrado a que lo evitaran, a que lo señalaran, a que le pidieran cosas, a que lo juzgaran. Pero nadie le pedía permiso para estar a su lado. Nadie le ofrecía compañía sin pedir nada a cambio, sin intentar averiguar "qué escondía".
Dudó. Su primer instinto fue decir que no, alejar a todos, mantenerse seguro en su soledad. Pero ella no parecía peligrosa. No parecía como los demás. Sus ojos violetas eran sinceros, y su presencia era tan tranquila que no daba miedo.
Tras unos segundos de silencio, muy despacio, Yuuto asintió con la cabeza. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero claro.
Shiori sonrió más ampliamente, con alegría sincera, y se acomodó mejor, sacando un libro del bolsillo de su propio uniforme, uno que siempre llevaba consigo. Se sentó allí, en silencio, leyendo tranquilamente, sin mirarlo, sin hablar, solo estando ahí, cerca de él.
Ella tampoco había visto jamás su rostro. Nunca le había visto sin capucha, sin cubrebocas, sin guantes. Nunca le había escuchado la voz. Y sin embargo, Shiori era una de las pocas personas en toda la academia que no creía ni una sola palabra de todos esos rumores horribles que corrían sobre él.
No creía que fuera peligroso.
No creía que fuera un delincuente.
No creía que tuviera marcas terribles o que fuera malo.
Ella solo veía a un chico que estaba muy solo, que tenía miedo, que se escondía del mundo porque el mundo ya le había hecho daño antes. Y para ella, eso era suficiente. No necesitaba ver su cara para saber que, en el fondo, era alguien que solo necesitaba un poco de calma, un poco de silencio, y alguien que no lo juzgara.
Y así se quedaron, los dos allí escondidos en ese rincón olvidado, bajo la luz suave y el olor a libros, uno al lado del otro, en el silencio más tranquilo que Yuuto había conocido en mucho tiempo.
El silencio en aquel rincón apartado de la biblioteca era distinto al de cualquier otro lugar de la escuela. No era un silencio pesado, ni lleno de miedos o palabras no dichas, sino uno tranquilo, suave, como una manta que los cubría a ambos. Shiori estaba sentada a una distancia prudente, con su libro abierto sobre las rodillas, pero no leía. De vez en cuando lanzaba una mirada hacia Yuuto, que seguía con el suyo entre las manos, aunque sus ojos no se movían por las páginas; estaba atento, esperando, con esa tensión leve que siempre llevaba consigo.
Ella no quería incomodarlo, ni invadir su espacio, ni hacerle preguntas que le dolieran o que lo obligaran a defenderse. Sabía perfectamente lo que decían los demás, las historias que inventaban, pero no le importaban. Para ella, Yuuto no era un monstruo ni un misterio: era simplemente un chico que necesitaba que lo trataran como a cualquiera.
Así que empezó por cosas sencillas, pequeñas, cosas que cualquiera le preguntaría a un compañero, sin profundizar demasiado, sin buscar secretos.
—¿Te gusta leer mucho, ¿verdad? —preguntó ella con voz muy suave, casi un susurro para no romper la calma—. Siempre te encuentro aquí, rodeado de libros.
Yuuto levantó la vista lentamente. Sus ojos, los únicos rasgos que se podían ver bajo la sombra de la capucha, se posaron en ella por un instante. Se movió despacio, abrió su libreta negra y escribió con cuidado, con esa letra pequeña y ordenada que siempre usaba. Luego giró la hoja para que ella pudiera leer.
Sí. Aquí todo es distinto. En los libros puedo ir a lugares lejanos, ser alguien más, olvidar un poco dónde estoy.
Shiori sonrió con ternura, asintiendo despacio.
—Te entiendo perfectamente. A mí me pasa lo mismo. Los libros son como pequeños refugios, ¿verdad? —dijo ella, mirando las estanterías altas que los rodeaban—. ¿Tienes algún género favorito? ¿O alguna historia que te haya gustado más que las demás?
Yuuto pensó unos segundos, la mirada perdida en el aire por un momento, como si estuviera buscando entre sus recuerdos. Volvió a escribir, trazos tranquilos y seguros.
Me gustan las historias donde los personajes encuentran su lugar. Donde, aunque pasen cosas malas, al final todo se acomoda. Y también me gustan los libros de paisajes y naturaleza. Me gusta ver cómo son otros lugares.
—¡A mí también! —respondió ella con entusiasmo contenido, sin levantar la voz—. Hay libros que describen sitios tan hermosos que sientes que estás caminando allí mismo. ¿Y tienes algún personaje favorito? Alguien a quien te gustaría parecerte o con quien te sientas identificado.
Esta vez, Yuuto tardó un poco más. Sus dedos se detuvieron sobre el papel unos segundos antes de empezar a escribir.
Me gusta mucho un personaje que siempre está solo, pero que es amable con todos de todas formas. Aunque nadie lo entienda, él sigue siendo bueno. No sé... me parece admirable.
Shiori leyó aquellas palabras y sintió una pequeña punzada en el pecho, una mezcla de tristeza y dulzura. No dijo nada, no hizo comentarios, solo guardó esa respuesta en su memoria con mucho cuidado. Sabía que, sin quererlo, él le estaba diciendo mucho más de lo que las palabras decían.
—Es una cualidad muy bonita —se limitó a decir con suavidad—. Ser bueno aunque las cosas sean difíciles es lo más difícil de todo.
Hizo una pausa, mirando hacia la ventana por donde entraba la luz dorada de la tarde, y luego volvió a mirarlo, con esa sonrisa tranquila que nunca se le borraba.
—¿Y qué hay de tu familia? —preguntó entonces, con mucho cuidado, sin intención de hurgar, solo con curiosidad amable—. ¿Vives con tus padres? ¿Tienes hermanos?
Era una pregunta simple, de esas que se hacen en cualquier conversación normal, pero que para Yuuto siempre eran complicadas. Él bajó la mirada hacia la libreta. Durante unos segundos, su mano se quedó quieta sobre el papel, dudando. Pero Shiori esperó, paciente, sin presionarlo, entendiendo que quizás esa pregunta era más difícil que las anteriores.
Finalmente, escribió. Más despacio que antes, con letras un poco más pequeñas, como si quisiera que las palabras ocuparan menos espacio.
Vivo solo con mi madre.
Se detuvo un momento, luego añadió una línea más abajo.
Mi papá no está con nosotros. Y no tengo hermanos. Solo somos ella y yo.
Shiori leyó la respuesta y asintió muy despacio. No preguntó por qué, ni dónde estaba el padre, ni si había más detalles. No quiso saber nada más de lo que él le había querido contar. Entendió perfectamente que esa era toda la información que él estaba dispuesto a dar, y que respetar eso era lo más importante.
—Entiendo —dijo ella con voz suave y cálida—. Entonces debes tener una relación muy especial con ella. Ser solo ustedes dos debe hacer que se cuiden mucho el uno al otro.
Yuuto asintió lentamente con la cabeza. Bajo la capucha, sus ojos se suavizaron, perdiendo un poco de esa tristeza que siempre llevaban.
Ella es lo más importante que tengo. Trabaja mucho para que no nos falte nada. Siempre me apoya, aunque todo sea difícil. Ella es la única que nunca me ha mirado raro. Para ella, soy solo yo.
Shiori sintió que su corazón se llenaba de algo cálido y doloroso a la vez. Ahora entendía muchas cosas. Entendía por qué él se sentía tan solo, por qué necesitaba esconderse, por qué el mundo le daba miedo. Él tenía un refugio: su madre. Y ahora, quizás, este rincón de la biblioteca se estaba convirtiendo en otro pequeño refugio más.
—Es maravilloso tener a alguien así —dijo ella con sinceridad absoluta—. Alguien que te vea a ti, y no lo que dicen los demás. Eso es lo mejor que existe.
No hizo más preguntas sobre su familia. No quiso tocar nada que pudiera dolerle o que fuera demasiado íntimo. Siguió hablando de cosas sencillas, de libros, de historias, de qué colores le gustaban, de si le gustaba el té o el café, cosas pequeñas, cosas normales, cosas que no tenían nada que ver con rumores ni misterios.
Y por primera vez en mucho tiempo, Yuuto no sintió que tenía que defenderse. No sintió que lo estaban analizando ni juzgando. Solo sintió que estaba hablando con alguien, simplemente hablando, y que esa persona le estaba escuchando de verdad.
A su lado, Shiori sonreía en silencio, leyendo su libro de vez en cuando, pero siempre atenta a él. Ella no sabía quién era él realmente, no conocía su cara, no sabía su historia completa... pero no le importaba. Sabía que era un chico amable, que le gustaban los libros, que quería estar tranquilo y que quería ser tratado con normalidad. Y eso era suficiente para ella.
Y mientras el tiempo pasaba en aquel rincón olvidado, Shiori se prometió a sí misma que haría todo lo que estuviera en su mano para que él supiera que, al menos aquí, en la biblioteca, y al menos con ella... nunca tendría que esconderse.
La conversación seguía fluyendo entre ellos, suave y tranquila, como el polvo que flotaba bajo la luz de las ventanas. Yuuto acababa de escribir sobre cómo le gustaba el color azul, por el cielo y por el mar que veía en los libros, cuando de repente, el sonido agudo y metálico del altavoz rompió el silencio absoluto de la biblioteca.
La voz de la secretaria escolar resonó clara y nítida por todo el edificio, llegando hasta ese rincón apartado:
—Se avisa al alumno Yuuto Kanzaki, de primer año. Diríjase de inmediato a la Sala del Consejo Estudiantil, en el último piso. Se le espera con urgencia. Repito: alumno Yuuto Kanzaki, presentarse en la Sala del Consejo Estudiantil.
Y luego, el silencio volvió a caer, pero ya no era el mismo.
Yuuto se quedó inmóvil. Su mano, que todavía sostenía el lápiz sobre la hoja en blanco, se tensó de golpe. Todo su cuerpo se puso rígido, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus ojos, que momentos antes habían estado tranquilos y suaves, se abrieron con sorpresa y enseguida se llenaron de miedo.
El Consejo Estudiantil.
Esas palabras, que para muchos eran solo una parte de la escuela, para él sonaban como una sentencia. Sabía lo que decían todos: que el Consejo tenía poder absoluto, que podían decidir sobre cualquier alumno, que eran quienes ponían orden, quienes investigaban, quienes juzgaban. Y que ahora, lo llamaban a él.
¿Qué hice? ¿Qué pasó?
Los pensamientos se agolparon en su cabeza a toda velocidad, llenos de angustia. Su mente comenzó a correr, imaginando lo peor. ¿Se dieron cuenta de algo? ¿Hice algo mal sin querer? ¿Alguien se quejó de mí por estar escondido? ¿Es por lo que llevo puesto? ¿Es por lo que dicen los rumores? ¿Van a expulsarme?
El pánico comenzó a crecer dentro de él, subiendo por su garganta, haciéndole difícil respirar. Sus dedos empezaron a temblar levemente, apretando la libreta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos bajo la tela de los guantes. Se encogió sobre sí mismo, bajando más la cabeza, como si quisiera desaparecer, como si quisiera volverse tan pequeño que nadie pudiera encontrarlo.
Shiori, que había visto el cambio en él al instante, cerró su libro despacio y se acercó un poco más, con movimientos muy suaves para no asustarlo. Vio cómo le temblaban las manos, cómo su respiración se aceleraba, cómo todo su lenguaje corporal gritaba que estaba aterrado.
—Yuuto... —dijo ella en un susurro muy suave, casi un arrullo.
Él no la miró, tenía la vista fija en el suelo, perdido en sus propios miedos.
Entonces, con mucha delicadeza, Shiori extendió su mano y tomó entre las suyas una de las manos de él, aquella que estaba cubierta por el guante oscuro, apretada contra su pecho. No lo agarró con fuerza, solo la sostuvo, cálida y suave, dejándole sentir que estaba ahí, que no estaba solo.
Yuuto dio un pequeño respingo, sorprendido por el contacto, pero no se apartó. Se quedó quieto, sintiendo el calor de su mano a través de la tela, una sensación extraña pero reconfortante.
Shiori lo miró a los ojos, directamente a esos ojos asustados que brillaban en la sombra de la capucha, y le habló con toda la calma y la seguridad que pudo, con esa voz dulce que siempre lograba tranquilizar a cualquiera.
—Tranquilo, Yuuto... por favor, tranquilo. Respira despacio.
Esperó a que él tomara aire, aunque fuera temblando, y luego continuó, con firmeza, pero con mucho cariño:
—Sé que todo el mundo dice que el Consejo Estudiantil es algo que hay que temer. Sé que corren historias de que son estrictas, severas, que lo controlan todo... y en parte es verdad, toman su trabajo muy en serio. Pero escúchame bien: Reika Himuro y Ayaka Shirogane son buenas chicas.
Hizo una pequeña pausa, apretando un poquito más su mano para darle ánimo.
—Reika es la presidenta. Es muy responsable, muy justa y siempre se preocupa de verdad por que todos estemos bien y haya armonía. Y Ayaka, aunque a veces parece un poco retadora y juguetona, tiene un corazón enorme y es muy inteligente; nunca haría daño a nadie sin motivo. Son estrictas con las reglas, sí... pero son justas. Y sobre todo... no son personas que se dejen llevar por rumores ni por lo que la gente inventa.
Le sonrió con ternura, intentando borrar todo el miedo que veía en su mirada.
—Te aseguro que no te han llamado porque hayas hecho nada malo. Estoy segura. Si quisieran regañarte o castigarte por algo, lo habrían hecho ya, o te habrían mandado llamar de otra forma. Quizás solo quieren hablar contigo, conocerte un poco mejor, o aclarar alguna cosa. Pero te lo prometo: estás seguro con ellas. No te va a pasar nada malo.
Yuuto la miró, y por primera vez se atrevió a sostenerle la mirada. La angustia seguía ahí, era difícil que desapareciera por completo, pero las palabras de ella habían calmado esa tormenta que tenía dentro, al menos un poco. Sentía la verdad en su voz, sentía que ella no le mentía.
Shiori soltó su mano despacio, pero le dio una pequeña palmadita reconfortante sobre el guante antes de retirarse.
—Ve con calma, ¿sí? Camina despacio. Y recuerda... si algo te preocupa o necesitas hablar después, aquí estaré. Este rincón siempre será tu lugar.
Yuuto asintió muy despacio. Respiró hondo una vez más, guardó su libreta y su lápiz con cuidado, y se puso de pie. Todavía sentía nervios, todavía tenía miedo, pero ahora sabía que al menos había una persona que creía en él, que estaba de su lado.
Le dio una última mirada a Shiori, una mirada llena de gratitud, y luego se giró hacia la puerta de la biblioteca, dispuesto a subir hacia el último piso, hacia lo desconocido, pero llevando consigo la tranquilidad que ella le había dado.