Capítulo 2: Entre el miedo y las mariposas
El silencio se había convertido en mi único paisaje. Durante semanas, la depresión no fue un llanto escandaloso, sino una pesadez silenciosa que lo teñía todo de un gris constante. Las mañanas se sentían iguales a las noches: un piloto automático donde la vida ocurría al otro lado de la ventana mientras yo me quedaba atrapada en mis propios pensamientos, intentando entender en qué momento el amor que lo era todo se había desvanecido sin dar explicaciones.
Me había acostumbrado a la ausencia. O, al menos, eso me decía para sobrevivir a los días.
Y entonces, sin previo aviso, el universo se sacudió.
Fue un instante ordinario. La pantalla de mi teléfono se iluminó y su nombre apareció en ella. En ese microsegundo, el tiempo se detuvo por completo. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesar lo que estaba viendo: un vuelco violento en el estómago, las manos heladas y un pulso acelerado que retumbaba en mis oídos. De la nada, esa apatía en la que me había refugiado se rompió en mil pedazos. Las mariposas, que creía extintas tras el abandono, volvieron a revolotear con una fuerza ciega, exigiendo mi atención, queriéndome convencer de que el sol había vuelto a salir.
Pero la memoria no se apaga tan fácil.
En cuanto sentí la calidez de esa ilusión, una sombra helada se cruzó en el camino. Una voz pequeña, firme y llena de cicatrices me susurró al oído desde el fondo de la memoria: *«Recuerda el peso de las sábanas cuando no podías levantarte. Recuerda lo mucho que dolió no saber nada de él»*. Era mi propia mente intentando construir un escudo a toda prisa, advirtiéndome que abrir esa puerta otra vez significaba exponerme al mismo fuego que ya me había quemado.
Ahí estaba la batalla: un corazón desesperado por sentir de nuevo el color rosa y una razón aterrorizada de volver a caer en el abismo.
Al responderle, las primeras palabras fueron cautelosas, casi torpes. Había una barrera invisible de preguntas no resueltas flotando entre los dos. Sin embargo, a medida que la conversación avanzaba, la familiaridad de su voz y su forma de hablar empezaron a demoler mis defensas, una por una. Era tan fácil volver a reír con él, tan natural sentir que el dolor de meses se disipaba en cuestión de minutos.
Decidí silenciar el miedo. Elegí ignorar la advertencia de mis propios recuerdos para entregarme por completo a la magia del momento. La ilusión de volver a tenerlo cerca era un refugio demasiado dulce como para rechazarlo, aunque en el fondo supiera que estaba caminando sobre un hielo muy delgado.