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Navidad

NicolasPeanl
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"Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos."

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"Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos."

Viktor Frankl

Martes, 24 de Diciembre, 9 a.m.

Abro mi cuaderno, y con una pequeña lapicera empiezo a escribir:

"Escribo esta carta para desahogarme, con la esperanza de que al menos así pueda encontrar un poco de paz y disfrutar lo que queda del día.

Hoy es Navidad , y aunque la gente la esperaba con ilusión, yo siento que el tiempo avanza como un tren desbocado, burlándose de mi propio ritmo, de lo que llevo dentro. Todo pasa demasiado rápido, como si cada segundo que se escapa me recordara lo que ya no está.

Para entender lo que siento hoy, debo regresar al 17 de agosto de 2024, un día que marcó un antes y un después en este año. Un punto de inflexión que cambió por completo lo que significa la Navidad para mí.

Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Mi mente, en su insistencia cruel, lo repite una y otra vez, con una nitidez que me atormenta. Tal vez más de lo que debería, pero ya aprendí a convivir con esos recuerdos. No puedo evitarlos, solo aceptarlos.

Era sábado. Ya estaba mal desde días antes. Mi tío, con quien compartí tantas cosas, había empeorado drásticamente. Una infección se había infiltrado en su cuerpo, burlándose cruelmente de su ya frágil estado tras el segundo ACV.

Pero el destino, testarudo y despiadado, parecía empeñado en arrebatarme lo que más quería. Un tercer ACV. Esa fue su última jugada. Esa noche no pude dormir. La ansiedad me consumía, esperando esa maldita llamada que confirmaría lo que desde el principio había negado: que su corazón se rendiría. Me aferraba a cualquier mota de esperanza, a cualquier posibilidad, por más irreal que fuera.

Sin embargo, la vida no quiso concederme ni eso. Me arrancó de golpe cualquier atisbo de consuelo. A las 4 p. m. de ese maldito día, sonó el teléfono. Era mi vieja. Su voz quebrada me detuvo en seco:

—Llamaron a la tía, del hospital.. para que vaya.

Solo atiné a responder:

—Ok.

Colgué.

Aún recuerdo ese momento con una claridad insoportable. Fue como si mi alma se volviera un cristal frágil, y en un instante comenzara a romperse en mil pedazos. Esos fragmentos no se quedaron dentro. Salieron en forma de lágrimas, un torrente imparable. Mis ojos eran un río de dolor, y no podía detenerlo.

Por suerte, mi novia estaba conmigo. Me sostuvo, me abrazó, y en su silencio encontré la fuerza que necesitaba para enfrentar lo que venía. Fuimos juntos a casa, donde mi familia esperaba, todos cargando el mismo peso, todos tratando de encontrar una manera de respirar en medio del ahogo.

Si tuviera que elegir qué fue lo que más me dolió de aquel día, diría que fue el pasado. ¿Por qué? Déjenme ponerlos en contexto.

Visitaba a mi tío todos los martes y algunos días más. Pero ese martes, justo antes de que empeorara fatalmente, estuvo lúcido. Era un regalo, un momento que me pertenecía. Y yo, por cosas que ya no importan, no pude estar. Me lo perdí. Ese pensamiento destrozó mi mente durante mucho tiempo. Ahogó mi cabeza en depresión, me llevó a sesiones interminables con el psicólogo. Incluso hoy, duele. Y duele demasiado.

Pero no quiero que esto me deprima. Si ya no logré evitarlo, al menos quiero darles una razón para esta carta.

Con el árbol de Navidad ya armado y la nieve cayendo sin descanso por la ventana, hoy quiero darle un poco de vida a esta fecha. Aunque mi cabeza sea un caos, creo que mis primas lo merecen. Al final, ellas también perdieron a alguien: un abuelo. Yo, a un padre.

A mi lado descansa un disfraz de Papá Noel. Es una sorpresa para ellas, algo que planeé con Gonzalo, mi hermano. Ya no puedo esperar a ver sus caras llenas de ilusión, ni las de los niños del vecindario."

Cierro el cuaderno lentamente y lo guardo en el cajón. Respiro profundo, me levanto de la silla y me preparo para darles un momento que valga la pena recordar.

Martes, 24 de diciembre, 11:45 p.m.

Me dirijo lentamente al galpón, esquivando las miradas curiosas de mis primitas. Mi familia, en silenciosa complicidad, me cubre las espaldas. Allí, en un rincón polvoriento, me espera el traje. Me lo pongo despacio, ajustando cada pieza con cuidado. La barba falsa resulta particularmente molesta, picándome la piel como si quisiera sabotear el momento, pero decido ignorarlo. Hoy no importa.

Me miro en un espejo viejo apoyado contra la pared. Mi reflejo me detiene por un momento. Detrás del disfraz rojo y blanco, mi rostro sigue marcado por la tristeza. La sonrisa que trato de dibujar se ve forzada, pero eso tampoco importa. Hoy, solo por hoy, seré Papá Noel, el portador de risas, alegría y esperanza.

Respiro hondo y enderezo la postura. Mi corazón late con fuerza, pero me siento listo. En las sombras del galpón, me preparo para entrar en escena.

Martes, 24 de diciembre, 11:59 p.m.

De fondo escucho el conteo de todos:

—¡Tres... dos... uno!

El brindis estalla, seguido del ruido de las copas chocando y las risas que llenan el aire. Las voces emocionadas de mis primitas se escuchan mientras salen al patio, ansiosas por ver los fuegos artificiales. Es mi señal.

La puerta del galpón se abre con un rechinar que anuncia mi entrada triunfal. Los adultos de mi familia empiezan a grabarme con sus teléfonos mientras corro exageradamente, con pasos amplios y torpes, haciendo que mi gorro con campanas tintinee con cada movimiento. Las risas comienzan a llenar el aire, y siento, como una corriente cálida, que algo dentro de mí se repara lentamente.

Mis primas me ven y gritan emocionadas:

—¡Papá Noel! ¡Papá Noel!

Dejo los regalos bajo el árbol con rapidez, como si estuviera en una misión contrarreloj. Tomo la galletita y el vaso de leche que han dejado para mí, y me los llevo a la boca sin pensarlo demasiado. La galleta está sorprendentemente buena, y por un instante, siento que otro fragmento de mi interior roto encuentra su lugar.

Salgo del living apresuradamente, tropezando con la heladera en el camino. El golpe hace reír a los adultos aún más. Llego al patio y casi me caigo al olvidar el desnivel en el borde, pero consigo mantenerme de pie.

—¡Papá Noeeel! —grita Lucía, la más pequeña, con los ojos llenos de luz.

Por dentro, sonrío. Por fuera, con una voz ronca y fingida, suelto:

—¡Jo, jo, jo!

Fuerzo tanto la voz que termino tosiendo, pero eso solo provoca más risas.

Corro hacia el portón, lo abro y me lanzo a la calle. Los niños del vecindario, alertados por el escándalo, salen emocionados. Corren detrás de mí mientras doy vueltas por la manzana. Las campanas de mi gorro suenan con cada paso, y, aunque estoy agotado, no puedo dejar de sonreír.

Al llegar nuevamente a la casa de mi vecina Mimi, ella me abre la puerta, dejándome entrar rápidamente antes de salir a explicarles a los niños:

—Papá Noel tiene que seguir trabajando, chicos. Ya se fue con sus renos.

Las quejas se hacen escuchar, pero los niños aceptan su explicación. Dentro de la casa, me quito el traje lentamente. Cuando me saco la barba que me cubre la vista, siento una mano conocida en mi hombro.

Ese toque, tan cálido y familiar, me reconforta. De repente, mis ojos se llenan de lágrimas. Pero esta vez, algo diferente sucede: una risa auténtica, clara y libre, brota de mí.

Es la primera desde ese Martes de Agosto.


Thoughts

  • Rosa

    Bonita y conmovedora historia. Está tan bien narrada que no puedas parar de leerla

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