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El bosque consumido

NicolasPeanl
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Ella está frente a mí, sus ojos vacíos, pero llenos de todo lo que deseo. El pánico que siente es casi palpable, pero bajo su miedo hay algo más: una espera silenciosa. Su cuello expuesto, suave,…

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Contenido de la publicación

Ella está frente a mí, sus ojos vacíos, pero llenos de todo lo que deseo. El pánico que siente es casi palpable, pero bajo su miedo hay algo más: una espera silenciosa. Su cuello expuesto, suave, parece suplicar atención. Mi pequeña muñeca de cristal, frágil y perfecta, siempre será mía. Exhalo lentamente, saboreando el momento.

La habitación es oscura, apenas iluminada por la tenue luz que se cuela entre las rejas de metal. El ambiente está cargado de tensión. Ella, con su cabello rizado y ojos castaños, está inmóvil. Sus manos y piernas están atadas. Al principio parece estar inconsciente, pero cuando sus párpados empiezan a temblar, sé que está volviendo en sí. Al abrir los ojos lentamente y reconocer su situación, el miedo comienza a crecer en su pecho. Me observa, una figura alta con una máscara negra. Su respiración se acelera.

—¿Hola... cómo estás?— Mi voz ronca resuena en el pequeño espacio. —Perdón por las ataduras. No quería que te asustaras. Solo necesitaba que estuvieras tranquila... conmigo.— Me acerco lentamente y le acaricio el rostro. Mis dedos rozan su piel con una delicadeza que contradice el caos de mi mente. —Te traje aquí para que podamos hablar, para que al fin me entiendas. ¿No es lo que siempre has querido? Que alguien te quiera de verdad.—

Ella traga saliva, intentando calmarse, pero el temblor en sus manos la traiciona. Me mira, con una mezcla de miedo y confusión en los ojos, pero no dice nada.

—Debo salir un momento— digo de repente, cambiando el tono de mi voz. —No te muevas, regresaré enseguida.—

Salgo de la habitación por una puerta lateral. Necesito encontrar algo. No quiero que este momento se eche a perder. Con las manos temblorosas, empiezo a revolver entre viejas cajas. No puedo permitirme perderla ahora. No después de todo lo que he planeado.

Apenas escucha el chasquido de la puerta cerrándose, su cuerpo se tensa. Esta es su única oportunidad. Sabe que el tiempo corre y, si no actúa ahora, podría no volver a tener otra oportunidad. Sus muñecas están fuertemente atadas, la cuerda hundida en su piel hasta casi cortarle la circulación. Con un temblor incontrolable, comienza a mover sus manos, intentando liberar algún espacio entre las cuerdas y su carne.

El roce áspero de las cuerdas le provoca un dolor lacerante. La piel se rasga poco a poco, y siente el calor de su propia sangre humedeciendo las ataduras. Las lágrimas asoman a sus ojos, pero las contiene. El dolor es insoportable, pero lo ignora, Debe salir.

Sigue tirando de las cuerdas. El dolor se hace más agudo, y de repente, un crujido suave resuena en su interior. Su muñeca se ha dislocado, doblándose en un ángulo antinatural. Grita en silencio, sus labios tensos por la desesperación, pero no se detiene. Sigue forzando sus manos fuera de las ataduras, y finalmente, con un tirón que desgarra su carne y rompe uno de los tendones, consigue liberar una mano.

El dolor es casi paralizante. Su respiración se vuelve irregular, jadeante, pero ya ha comenzado, no puede detenerse ahora. Mientras lucha por liberar sus pies, sus tobillos se raspan contra las cuerdas con cada movimiento. La piel se rasga en tiras dolorosas, pero sigue empujando. Finalmente, las cuerdas ceden, dejándola libre.

Siente que sus piernas apenas pueden sostenerla, pero se levanta con dificultad, tambaleándose. El sudor cubre su frente y su visión se nubla por el dolor. No tiene mucho tiempo, sus ojos se fijan en el cuchillo que él lleva en el cinturón.

El sonido de la puerta al abrirse de nuevo la saca de su trance. Él está de vuelta. Sin pensarlo dos veces, da un paso hacia adelante.

Me acerco a la puerta y abro despacio, el corazón acelerado. No quería tardar tanto, pero ya está. —Lo siento, amor. Me tomó un poco más de tiempo de lo que esperaba...— digo mientras entro, pero algo está mal.

Justo cuando me doy cuenta de que las cuerdas en el suelo están manchadas de sangre, siento un golpe en la rodilla que me deja tambaleándome. Caigo hacia un lado con un grito de sorpresa. El dolor recorre mi pierna y, antes de que pueda levantarme, siento un pinchazo agudo en el brazo.

—¡¿Qué estás haciendo?!— grito, mi voz temblando con una mezcla de rabia y dolor. Veo su rostro, distorsionado por la desesperación, con el cuchillo clavado en mi brazo. La sangre comienza a gotear lentamente, creando un charco oscuro en el suelo.

Ella no espera, con el cuchillo aún en la mano, se lanza hacia la puerta, su respiración acelerada como la de un animal en pánico. —¡No puedes escapar! ¡Siempre serás mía!— Mis palabras salen en un grito ahogado, casi vacío. Estoy atrapado en una mezcla de confusión y furia. ¿Cómo es que todo salió tan mal?

El dolor en mi brazo arde, pero el verdadero dolor es más profundo: una traición que no puedo soportar. Mientras la veo correr hacia la oscuridad, mi mente se desvanece en un torbellino de rabia.

—AHHH— saca el cuchillo lentamente del brazo, raspando sus músculos, y raspando sus huesos, dando el típico sonido de raspar algo duro—¿por qué? ¿por qué? ¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué no puedes ser mía? ¿por qué no puedes ser mi pequeña muñeca? ¿Por qué no me amas?—agarra una botella de alcohol que tenía en una caja y se lo echa en la herida abierta—AHHH—gritó sintiendo que todo su cuerpo ardía—¿POR QUÉ? VOLVÉ Y SÉ PARTE DE MÍ—intenta salir caminando pero se tropieza en la puerta golpeándose la cabeza contra una piedra, cayendo inconsciente.

Me levanto, tambaleándome, viendo cómo las hojas de los árboles reflejan luces que me invitan al abismo. Y entonces la veo, allí, en medio de esa pesadilla que una vez llamé realidad. Ella está sentada sobre una piedra, desnuda, su cabello rizado cayendo en cascada.

Acelerando el paso, casi sin sentir el dolor en mi cuerpo, llego hasta ella. —Pensé que ya no me amabas— susurro, mis palabras teñidas de desesperación. —¿Por qué te fuiste? Pensé que no volverías, que me dejarías solo, que ya no me querías...— Me rasco la cabeza frenéticamente, arrancando mechones de cabello. El dolor físico se desvanece ante la angustia mental. —Solo quiero que estés conmigo... que seamos uno. Por favor, responde... por favor...—

—Me fui porque sabía que me ibas a buscar— dice ella, extendiendo su brazo hacia mí, su voz dulce y cargada de promesas oscuras. —Nunca me fui realmente. No podría dejarte solo aquí— me invita, con un gesto suave. —Ven... y seamos uno.

Me acerco lentamente, hipnotizado por su presencia, por la luz rojiza que la envuelve, esa figura perfecta que tanto anhelé. Mis manos tiemblan mientras alzo una hacia su brazo extendido, rozando su piel suave. Pero algo dentro de mí está roto, algo oscuro se ha apoderado de cada fibra de mi ser.

—Voy a hacerte parte de mí...— susurro, con una voz que no reconozco, como si algo más hablara a través de mí. Mis dedos se aferran a su brazo con fuerza, tan fuerte que siento cómo su carne cede bajo mis uñas. Ella no se mueve, solo me mira, con esos ojos vacíos que me devoran el alma. Y entonces, sin pensarlo, clavo mis dientes en su piel.

El primer mordisco es pequeño, casi tímido, pero la sensación es indescriptible. Mi boca se llena de sangre tibia, un sabor metálico que se mezcla con el calor de su cuerpo. Mi mandíbula se tensa, y desgarrar su carne es como arrancar un pedazo de mi propia locura. Ella no grita. Solo se queda ahí, dejándome tomarla, ofreciéndose en un acto de completa sumisión.

Siento su piel romperse bajo la presión de mis dientes, el músculo cediendo con un dolor agonizante que parece recorrer ambos cuerpos. La sangre corre por mi mentón, goteando al suelo en pequeños charcos oscuros. El sabor me llena de algo primitivo, algo que arde en lo más profundo de mi ser. Esto es lo que siempre quise. Esto es lo que significa ser uno.

—Me perteneces... siempre lo has hecho...— murmuro entre bocados, mi voz quebrada por la excitación y el dolor. Cada trozo que arranco de su cuerpo me trae más cerca de esa unión. Siento cómo sus músculos tiemblan, su piel desgarrada, pero ella sigue ahí, con una extraña serenidad. La carne cruda resbala en mi boca mientras la devoro con ansias.

Me inclino hacia su pecho, hacia esa curva perfecta que tantas veces había deseado tocar. Pero ahora, no quiero tocarla. Quiero poseerla en el sentido más profundo. Con mis manos temblorosas, hundo los dedos en su clavícula, sintiendo cómo su cuerpo responde, su piel deslizándose entre mis uñas. Tironeo de su piel, sintiendo cómo se desprende en tiras rojas y húmedas. Ella deja escapar un susurro ahogado de dolor pero no se resiste.

El aire en mis pulmones es fuego, y el dolor en mi brazo late, pero ya no importa. Estoy consumido por la necesidad de hacerla mía, de tenerla de una forma que nunca antes creí posible. Arranco un pedazo de su costado, mis dientes hundiéndose en su carne, desgarrando su cuerpo con cada movimiento. Siento sus huesos bajo la piel, esa fragilidad que tanto amé, y quiero más. Necesito más.

Cada mordisco es una agonía compartida. Mi boca arde con el dolor de sus gritos, aunque no los emita en voz alta, y mi cuerpo vibra con la brutalidad del acto. Mis manos siguen trabajando, arrancando pedazo tras pedazo, mientras la sangre cubre mis brazos, mis piernas. El suelo bajo nosotros es un charco de rojo oscuro, un testigo silencioso de la destrucción que estamos creando juntos.

—¿Lo sientes?— pregunto, mi voz quebrándose mientras mis dedos tiran de otra parte de su carne. El músculo se desgarra con un sonido sordo, un crujido que me estremece. —Estamos conectados ahora... estamos juntos... para siempre...—

Sus ojos comienzan a perder el brillo, la vida escapando de su cuerpo a medida que sigo devorándola. Pero no puedo detenerme. No quiero detenerme. Cada mordisco es un nuevo lazo que la ata más a mí. Aunque su cuerpo esté a punto de romperse por completo, sé que ahora es mía. Mis dientes se hunden en su muslo, la carne se desprende con facilidad.

El dolor de cada mordisco se mezcla con el éxtasis, y un gemido incontrolable escapa de mis labios.

El mundo a mi alrededor desaparece. Solo estamos ella y yo, unidos en un ciclo de dolor y deseo. El sonido de sus huesos crujiendo bajo mis manos es un recordatorio de lo frágil que es la vida, de lo poco que queda cuando todo se reduce a lo esencial: carne, sangre, y un deseo insaciable.

Mientras la devoro lentamente, mientras mis dientes desgarran la carne que una vez acaricié con ternura, siento que finalmente hemos llegado a lo más profundo de lo que siempre quise. Nos hemos unido de la única manera en que podíamos hacerlo. Y ahora, no hay vuelta atrás.

Mis dientes se hunden en su carne una vez más, sintiendo ese calor que me envuelve, esa sensación de unión que he anhelado durante tanto tiempo. Pero de repente, algo cambia. El sabor en mi boca ya no es dulce, ya no es como antes. Es amargo, agrio, y al abrir los ojos me doy cuenta de que ya no hay nadie frente a mí.

Mi mano, temblorosa y cubierta de sangre, no está sosteniendo su suave piel. No está acariciando su cuerpo perfecto, su carne deseada. Estoy sosteniendo mi propio brazo, desgarrado, ensangrentado. Mis uñas se han hundido en mi carne, mis dientes han estado mordiendo mi propio cuerpo. No está aquí. Nunca lo estuvo.

El golpe de la realidad me sacude como un terremoto. La luz rojiza que antes envolvía el bosque se ha desvanecido, y ahora me encuentro solo, rodeado de oscuridad. El frío me cala hasta los huesos, la sangre de mi propio cuerpo empapando la tierra bajo mis pies. Mis manos están cubiertas de tiras de piel, mi piel. Mi carne está desgarrada en trozos, mis músculos expuestos. Todo ha sido una mentira.

—No...— susurro con la voz quebrada, cayendo de rodillas. El dolor de las heridas, antes opacado por la locura, ahora se despliega en toda su magnitud. Mi brazo arde, mis costillas se sienten expuestas al aire gélido. Pero lo que más duele es la soledad que me envuelve. Ella nunca estuvo aquí. Todo fue un espejismo creado por mi desesperación.

Mis manos tiemblan mientras toco las heridas en mi costado, el vacío en mi pecho ahora palpable. No siento nada. Nada más que el peso de mi propia locura. Me miro en un charco de sangre que se ha formado a mis pies, y veo a un hombre roto, un hombre que ha perdido todo, incluso la razón. Mi reflejo me devuelve una mirada vacía, unos ojos que han perdido todo brillo, toda esperanza.

Ella nunca fue mía. Nunca lo será. Todo este tiempo, he estado tratando de escapar de esta soledad, de este dolor, pero ahora me doy cuenta de que siempre he estado solo. Cada fantasía, cada imagen que creé en mi mente fue solo un intento desesperado de llenar el vacío que ella dejó. Pero en mi intento de hacerla mía, me he destruido a mí mismo.

Me llevo la mano al rostro, sintiendo la carne desgarrada, la piel rota bajo mis uñas. No hay vuelta atrás. Me he consumido, literal y figuradamente. Las cicatrices de mi cuerpo son testigos de la profundidad de mi obsesión. Intenté devorarla, absorberla, hacerla parte de mí. Pero en lugar de eso, me he arrancado a pedazos.

—Estoy solo...— La confesión se desliza de mis labios como un lamento, un susurro que se pierde en el viento. Mi voz suena lejana, hueca, como si proviniera de un lugar profundo y oscuro dentro de mí, uno que ya no puedo controlar. He estado solo todo este tiempo.

Me levanto con dificultad, mis piernas tambaleantes bajo el peso de la comprensión. La sangre corre por mis brazos, pero no me importa. Nada de esto importa ya. Ella se ha ido. O quizás, nunca estuvo. Solo fue una proyección de mi mente rota, un reflejo de mi propio anhelo desesperado por conexión.

El silencio me rodea, un silencio aplastante que parece devorarme por completo. Cada paso que doy hacia adelante es una lucha, no contra el dolor físico, sino contra la verdad devastadora que ahora me inunda. Nunca podré ser uno con ella. Esa unión que tanto deseé era una fantasía, un sueño imposible que me llevó al borde de la autodestrucción.

Mis ojos se llenan de lágrimas, no de dolor, sino de tristeza, de una tristeza profunda que no puede ser expresada con palabras. ¿Por qué nunca pude tenerla? ¿Por qué nunca fui suficiente? La respuesta se cierne sobre mí como una sombra, pero en el fondo siempre lo supe. Nunca fui digno de ella. Nunca podría haber llenado el vacío que habitaba en mi corazón.

Cayendo al suelo, me abrazo a mí mismo, sintiendo el frío de mis propias heridas, el peso de la carne que he desgarrado. Me estoy consumiendo, literalmente. Y, sin embargo, no puedo detenerme.

—Siempre serás parte de mí...— repito en un murmullo, aunque ahora sé que esas palabras son mentira. No hay parte de ella en mí, solo un abismo insondable que nunca podré llenar. La desesperación se apodera de mí, y las lágrimas finalmente caen, calientes y pesadas, mezclándose con la sangre que aún fluye de mi cuerpo.

El dolor de las heridas es insignificante comparado con el dolor de la soledad, con el dolor de saber que, al final, siempre estaré solo. Siempre estuve solo.


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