Ahí está, inmóvil, con la espalda ancha y erguida, su silueta firme recortada contra el horizonte. Es alto, más de lo que recordaba, y extiende la mano hacia atrás, sin siquiera mirarme, como si supiera que la tomaré. Mis pasos son lentos, cada uno alarga el tiempo, como si el reloj hubiera decidido darnos una tregua. El suelo bajo mis pies parece más suave, y las sombras que dejo atrás se estiran, alargándose en la distancia. Al fin alcanzo su mano. La aprieto. Está áspera, fuerte, pero de algún modo me reconforta, como si siempre hubiera estado allí para sostenerme.
Mientras caminamos, con mi mano anclada a la suya, los recuerdos empiezan a filtrarse, uno tras otro, nublando mi mirada, haciéndome perderme en el pasado...
—¡Dale, Nico, apurate! —Gonzalo, mi hermano, ya está sentado en el asiento delantero del auto, impaciente.
Miro hacia adelante. Mi tío está en el asiento del conductor, concentrado en su agenda, haciendo anotaciones rápidas, como siempre. Un hombre de pocas palabras.
—Ya voy... —digo, acelerando mis pasos y subiéndome al asiento del medio, mi refugio.
Ese asiento... siempre fue mi lugar. Ahí me sentía a salvo, protegido. El motor ronronea al arrancar, y mientras avanzamos, el ruido del mundo se va apagando. Mi tío habla poco durante el viaje, pero cuando lo hacía, era para recordarnos la importancia de estudiar, aunque también se permitía algún juego brusco, de esos que te dejan sin aliento.
De repente, en medio de una curva, suelta el volante. Sin aviso, sin explicación. Gira la cabeza hacia la ventana, como si el camino ya no importara. Gonzalo y yo nos miramos, el miedo empezando a escalar por nuestras espaldas. Sin pensarlo, nos lanzamos al volante, nuestras manos pequeñas intentando controlar algo que no entendemos. El auto sigue avanzando, pero a pesar de nuestra torpeza, parece desacelerar por sí solo. Quince segundos después —o eso parece, porque cada uno de ellos se siente eterno—, mi tío vuelve a su posición, la sonrisa comenzando a dibujarse en su rostro antes de que su risa estalle. Una broma. Todo había sido una de sus malditas bromas.
El presente me arrastra de vuelta. Lo veo otra vez, pero ahora está más lejos. Su figura, que antes parecía invencible, ahora se curva un poco, y ya no me parece tan alto. Acelero mis pasos, mi corazón latiendo con más fuerza, y alcanzo su mano. Esta vez, su agarre es más suave, casi frágil. Lo miro, buscando respuestas en su rostro, pero él sigue caminando, impasible, ajeno a mis preocupaciones, indiferente a mis miedos. Y, una vez más, mi vista se nubla...
Estoy en medio del patio. El césped húmedo se siente frío bajo mis pies descalzos, y el aire huele a tierra fresca, a hojas caídas que se pudren lentamente. A mi alrededor, el paisaje es el mismo de siempre, pero parece más quieto, más vacío. Alzo la mirada y veo el viejo árbol de flores rojas, esas que mamá siempre adoraba. Sus ramas son gruesas, retorcidas por los años, y las flores caen lentamente, algunas ya alfombrando el suelo a mi alrededor. Un poco más allá, está el arbusto de flores violetas que siempre atraía a las abejas. Recuerdo cómo me fascinaba verlas trabajar incansablemente, entrando y saliendo de los pétalos, ajenas a todo. Y allí, junto a la cerca, está el tronco. Un pino. O lo que solía ser un pino antes de que mi tío lo cortara cuando las raíces empezaron a levantar el suelo. Solo queda ese trozo de madera rugosa, como un monumento a algo que ya no existe.
Mi tío está ahí, subido a su escalera de metal, con las tijeras enormes que usa para podar los arbustos. Las hojas crujen bajo sus pies, el eco del metal de la escalera golpeando el suelo se mezcla con el sonido del viento, que mueve suavemente las ramas del árbol.
—¡Gonza! ¡Nico! —grita desde arriba, con esa voz profunda que siempre hace que todo parezca urgente, aunque no lo sea—. ¡Ayúdenme a juntar las hojas!
Yo miro a mi hermano, que está a mi lado, y ambos corremos hacia él con entusiasmo. Somos pequeños, muy pequeños, y nos hace sentir importantes ayudarle. Aunque es de noche, aunque el patio está casi a oscuras salvo por la luz tenue que llega desde la casa, no nos importa. Agarramos una bolsa de basura, más grande que nosotros, y empezamos a juntar las hojas, pilón por pilón, con las manos pequeñas hundiéndose en los montones. Siento la aspereza de las hojas secas, y el aroma inconfundible de las flores violetas me envuelve mientras trabajo. Una abeja pasa zumbando cerca, perdida entre el bullicio nocturno. Cuando la bolsa se llena, la arrastramos con esfuerzo hasta la acera, nuestras risas ahogadas por el ruido de la bolsa raspando el suelo.
Después de lo que a nosotros nos parece un día entero de trabajo, entramos a la casa con mi tío. Todo está en silencio, salvo por el ruido del viento que entra por la ventana entreabierta. Mamá ya ha preparado el té, su olor a menta llena el aire. Nos sentamos a la mesa, el calor de la taza entre mis manos es lo más reconfortante que puedo imaginar. Todo parece estar en paz. El cansancio es pesado en mis hombros, pero me siento feliz, completo. Mi tío nos da una palmada en la espalda, una señal de aprobación silenciosa, antes de irse a lavar los pies en su palangana, como lo hacía cada noche. Es una rutina que, de alguna manera, me hace sentir seguro. Cada cosa en su lugar. Cada gesto conocido.
Al terminar de tomar el té, nos duchamos rápidamente y nos vamos a la cama. Me recuesto, agotado, y apenas apoyo la cabeza en la almohada, me quedo dormido.
Pero entonces, abro los ojos de nuevo. Estoy solo. Lo veo. Mi tío, está mucho más lejos ahora, casi una sombra en la distancia. Su figura ya no es tan robusta, y de repente, me inunda el miedo, una angustia que crece en mi pecho. Empiezo a correr, más rápido de lo que nunca había corrido, el aire me falta, mis piernas tiemblan, y con cada paso, siento que se me escapa. El pánico me atraviesa mientras intento alcanzarlo. No puedo perderlo, no ahora.
Lo alcanzo, pero todo ha cambiado. Su mano, esa mano fuerte que solía guiarme, está ahora más delgada, sus dedos fríos, huesudos. Lo miro, y su espalda está encorvada, como si el peso de los años lo hubiera doblegado. Su paso es lento, pero constante. Sigue avanzando, sin detenerse. Y aunque su cuerpo parece más frágil, su mirada sigue siendo la misma: firme, inmutable, dirigida siempre hacia adelante. Esa sonrisa, la misma de siempre, está allí, imperturbable. Pero algo en mi interior se rompe. Siento una tristeza profunda, como si el tiempo hubiera pasado demasiado rápido, como si hubiera cosas que nunca podré recuperar.
Mi vista se nubla de nuevo. Lo veo alejarse..
Abro los ojos y me encuentro en el hospital para mayores. El pasillo es largo y sus paredes blancas parecen aún más imponentes bajo las luces frías del techo. Todo a mi alrededor parece enorme, casi amenazante. El eco de mis pasos retumba en el silencio, y aunque siento miedo al caminar, una sombra detrás de mí, que no distingo claramente, parece empujarme, desdibujando los bordes del pasillo, guiándome hacia adelante. Mis pies se mueven lentamente, paso a paso, hasta que llego a la puerta de la sala. La abro despacio y lo veo.
Ahí está él. Mi tío.
Me quedo paralizado en el umbral. La sombra que me empujaba se desvanece, dejándome solo, con mi propio peso, mi propio dolor. El pasillo ya no existe. Solo estoy yo... y él, postrado en la cama. Un tubo de alimentación sale de su nariz, un recordatorio cruel de lo frágil que se ha vuelto. El tiempo se vuelve extraño, se estira y se contrae. No sé si pasan minutos o si son horas, pero eventualmente, reúno el valor suficiente para moverme. Cada paso me pesa, como si tuviera que arrastrar mi propio cuerpo hasta su lado. Mi pecho se hunde más con cada paso, pero sé que debo hacerlo. Tengo que estar aquí. Para él. Para ambos.
Cuando por fin llego a su lado, lo encuentro como en los últimos dos meses: dormido. Su respiración es apenas perceptible, y el silencio que lo rodea es tan denso que solo el goteo de la sonda rompe la quietud. Me siento, y sin pensarlo demasiado, agarro su mano. Esa mano que antes era fuerte, protectora, ahora es débil y frágil, casi translúcida. Me quedo allí, sosteniéndola con cuidado, como si pudiera romperse en cualquier momento.
Inhalo profundamente, y cuando exhalo, las palabras que he guardado por tanto tiempo finalmente salen de mí.
—Estoy acá, Tío... perdón por haber tardado tanto. Han sido meses difíciles, para todos... —mi voz se quiebra— pero estoy aquí.
El nudo en mi garganta es casi insoportable, pero de alguna manera lo manejo. Me acuerdo de algo que siempre le gustaba: "Por una cabeza", esa vieja canción de Gardel. Saco el celular, busco la canción y la reproduzco, esperando, deseando, que pueda escucharla, aunque esté dormido. Quiero que sienta, al menos, un poco de felicidad.
La música llena la sala, y mientras la melodía suena, no puedo evitar cantar suavemente entre lágrimas.
—Por una cabeza... si ella me olvida... —las palabras se me escapan entre sollozos— qué importa perderme... mil veces la vida... para qué vivir...
Agarro su mano con más fuerza, buscando algún tipo de respuesta que sé que no vendrá. Cuando la canción termina, el silencio vuelve, pesado, aplastante. Miro su rostro, sereno, y siento que ya ha sido suficiente. Me inclino, le doy un beso suave en la frente y cierro los ojos, esperando sentir algo... lo que sea.
Al abrir los ojos, lo veo de nuevo. Mi tío. Está erguido, alto, como lo recordaba, como era antes. Pero está lejos, mucho más lejos que nunca. Mi corazón late rápido y, sin pensarlo, empiezo a correr hacia él, mis piernas queman con el esfuerzo, pero sigo. Corro, corro con todo lo que tengo, aunque sé que no puedo alcanzarlo. Mi respiración se acelera, mi corazón late furioso, y de repente, mis rodillas ceden. Caigo al suelo.
Me levanto, sacudiéndome el dolor, y estoy a punto de volver a correr, pero algo me detiene. Lo miro. Está allí, pero algo ha cambiado. Esta vez, él ya no mira hacia adelante. Ahora me mira a mí. Con una sonrisa suave, tranquila. Levanta una mano y me saluda, sus labios se mueven, murmura algo que no puedo oír. No sé qué dice, pero algo dentro de mí cambia. Dejo de correr. Dejo de perseguirlo.
Con las pocas fuerzas que me quedan, mi mano tiembla, pero logro levantar el brazo y devolverle el saludo. Nos quedamos así por un momento, mirándonos, hasta que él se da la vuelta. Se va, desapareciendo poco a poco de mi vista, y aunque ya no lo veo, siento sus palabras no dichas grabadas en mi corazón. No sé lo que me dijo, pero lo siento. Sé que fue para mí, y con eso... es suficiente.