Las cosas en la casa de Rodrigo se estaban poniendo turbias, oscuras.
Fenómenos sobrenaturales cada vez más frecuentes habían empezado a manifestarse entre sus muros.
Analía, su madre —una mujer soltera que lo había traído al mundo siendo muy joven—, tenía apenas treinta y dos años.
Con un sacrificio enorme, limpiando casas de familias y vendiendo productos por catálogo, se las había arreglado para darle algo parecido a un hogar y una buena educación.
Ese mediodía, con un peso amargo en el rostro que delataba toda la impotencia de no poder ayudar a su único hijo en esta etapa devastadora, decidió llevarle el almuerzo a la habitación.
Tras abrir la puerta con sigilo, tomó la bandeja que acababa de preparar y que había dejado sobre la mesa:.
Un plato humeante de ñoquis con salsa casera, cubiertos por una lluvia de queso parmesano que se derretía despacio con el calor, acompañado por un vaso de jugo de naranja recién exprimido y un pan caserito listo para mojar en el guiso.
Analía entro a la pieza y se acercó a la cama con cautela.
Apoyó la bandeja sobre la mesa de luz y la deslizó con suavidad hacia el centro del mueble.
Caminó hasta la ventana y abrió las cortinas, dejando entrar algo de claridad.
Luego se dirigió hacia el aposento de Rodrigo dónde el chico dormía.
Al arrimarse para despertarlo con dulzura, el aliento se le cortó en la garganta:.
Un hematoma violáceo le cubría gran parte del rostro y se extendía por el cuello hasta perderse debajo de la camiseta.
La joven madre retrocedió, desencajada por la impresión.
Se llevó ambas manos a la boca, soltando un suspiro mudo.
De repente, los ojos del muchacho se abrieron de golpe.
Su mirada estaba completamente vacía, despojada de cualquier rasgo de humanidad.
En ese mismo instante, las cortinas se cerraron solas con una fuerza y velocidad sobrenaturales, dejando la pieza a oscuras.
Una violenta actividad poltergeist hizo volar la bandeja por el aire:.
Atravesó la habitación y se estrelló de lleno contra la tela que acababa de cerrarse.
La salsa roja se desparramara sobre el lienzo, chorreando hacia el suelo como si fuera sangre fresca.
Antes de que pudiera gritar, unas manos invisibles agarraron a Analía con violencia del cabello.
Fue arrastrada sobre el piso de espaldas hacia el comedor.
La puerta de la habitación se cerró tras ella con un portazo demoníaco dejando un estruendo ensordecedor retumbando en toda la casa.
Como un eco sofocante, el aire se llenó con una risa macabra que sonaba como un coro de millones de voces infernales.