El sargento López caminaba estudiando meticulosamente cada paso que daba.
El estrecho haz de su linterna apenas lograba rasgar las tinieblas de la oscura caverna, iluminando escasamente lo que tenía justo enfrente.
Se internaba por un pasillo sofocante de lodo encharcado, cuyas paredes rugosas parecían transpirar sin descanso.
López acercó la mano y pasó la yema del dedo por la pared de piedra pensando que era agua, al frotarlo, notó que el líquido era denso, gelatinoso y negro como el petróleo.
El aire en la cueva era denso, pesado. Flotaba un olor nauseabundo, una pestilencia rancia similar a la de cientos de animales en descomposición amontonados en la sombra.
López sintió una arcada violenta: tosió, carraspeó con fuerza y escupió hacia un costado sobre el barro para evitar vomitar.
Con el instinto policial en alerta máxima, no avanzaba dos metros sin girar sobre sus talones, barriendo furiosamente con la linterna y su arma el pasillo a sus espaldas para asegurarse de que nada ni nadie lo estuviera siguiendo desde las profundidades.
Un sonido lejano lo guiaba por la penumbra.
Se oía como un coro de voces desarticuladas y chirriantes.
Retumbaba en su mente con el eco pesado de un abismo hueco.
—Sigue mi voz... —susurraba el coro con un tono siniestro y desgarrador que helaba la sangre.
López jadeaba a fondo, acorralado por el pánico.
Seguía el rastro del sonido mientras el corazón le martillaba el pecho a un ritmo desenfrenado.
Tenía la piel empapada en un sudor frío y el rostro completamente desencajado por el terror.
Tras doblar una última curva, desembocó en una galería subterránea mucho más amplia.
En ese instante, la luz de la linterna se apagó de golpe.
—¡Mierda! —maldijo el sargento con la voz quebrada.
Preso de la desesperación, comenzó a golpear la linterna contra la palma de la mano.
El cuerpo le temblaba de arriba abajo; las rodillas le repiqueteaban entre sí, incapaces de sostener su propio peso.
De pronto, como si una garra invisible le hubiera propinado un golpe certero en la muñeca, la linterna saltó volando de sus manos y rodó por el suelo hacia el fondo de la penumbra.
—No necesitamos eso... —resopló la polifonía macabra desde las sombras.
Un chasquido seco, similar al tronar de unos dedos humanos, reverberó en las paredes de piedra.
Al instante, cientos de velas rojas dispuestas en círculos en toda la cueva se encendieron en simultáneo, bañando la caverna entera con un sombrío y penetrante color rojo sangre.
López había quedado acorralado en el centro del altar del culto, cara a cara con la fuerza que dominaba desde el subsuelo al pueblo de San Genaro.