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LA CAVERNA

RaMarSa
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El sargento López caminaba estudiando meticulosamente cada paso que daba.

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Pensamiento

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NicolasBravo

Ahí donde pasa el dedo por la pared y no era agua yo ya me devolvía bro. El man siguió igual, y la linterna de todos modos se la quitaron.

Ahí donde pasa el dedo por la pared y no era agua yo ya me devolvía bro. El man siguió igual, y la linterna de todos modos se la quitaron.

Contenido de la publicación

El sargento López caminaba estudiando meticulosamente cada paso que daba.

El estrecho haz de su linterna apenas lograba rasgar las tinieblas de la oscura caverna, iluminando escasamente lo que tenía justo enfrente.

Se internaba por un pasillo sofocante de lodo encharcado, cuyas paredes rugosas parecían transpirar sin descanso.

López acercó la mano y pasó la yema del dedo por la pared de piedra pensando que era agua, al frotarlo, notó que el líquido era denso, gelatinoso y negro como el petróleo.

El aire en la cueva era denso, pesado. Flotaba un olor nauseabundo, una pestilencia rancia similar a la de cientos de animales en descomposición amontonados en la sombra.

López sintió una arcada violenta: tosió, carraspeó con fuerza y escupió hacia un costado sobre el barro para evitar vomitar.

Con el instinto policial en alerta máxima, no avanzaba dos metros sin girar sobre sus talones, barriendo furiosamente con la linterna y su arma el pasillo a sus espaldas para asegurarse de que nada ni nadie lo estuviera siguiendo desde las profundidades.

Un sonido lejano lo guiaba por la penumbra.

Se oía como un coro de voces desarticuladas y chirriantes.

Retumbaba en su mente con el eco pesado de un abismo hueco.

—Sigue mi voz... —susurraba el coro con un tono siniestro y desgarrador que helaba la sangre.

López jadeaba a fondo, acorralado por el pánico.

Seguía el rastro del sonido mientras el corazón le martillaba el pecho a un ritmo desenfrenado.

Tenía la piel empapada en un sudor frío y el rostro completamente desencajado por el terror.

Tras doblar una última curva, desembocó en una galería subterránea mucho más amplia.

En ese instante, la luz de la linterna se apagó de golpe.

—¡Mierda! —maldijo el sargento con la voz quebrada.

Preso de la desesperación, comenzó a golpear la linterna contra la palma de la mano.

El cuerpo le temblaba de arriba abajo; las rodillas le repiqueteaban entre sí, incapaces de sostener su propio peso.

De pronto, como si una garra invisible le hubiera propinado un golpe certero en la muñeca, la linterna saltó volando de sus manos y rodó por el suelo hacia el fondo de la penumbra.

—No necesitamos eso... —resopló la polifonía macabra desde las sombras.

Un chasquido seco, similar al tronar de unos dedos humanos, reverberó en las paredes de piedra.

Al instante, cientos de velas rojas dispuestas en círculos en toda la cueva se encendieron en simultáneo, bañando la caverna entera con un sombrío y penetrante color rojo sangre.

López había quedado acorralado en el centro del altar del culto, cara a cara con la fuerza que dominaba desde el subsuelo al pueblo de San Genaro.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    El chasquido y las velas ya puestas en círculos me hicieron volver atrás en el texto. Nadie tuvo que emboscarlo. Llegó caminando, siguiendo una voz que lo fue acomodando hasta el centro. Se nota que alguien de arriba, del pueblo mismo, bajó antes a encender ese altar. Lo leí de madrugada y quedé mirando el pasillo de mi casa.

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  • NicolasBravo

    Ahí donde pasa el dedo por la pared y no era agua yo ya me devolvía bro. El man siguió igual, y la linterna de todos modos se la quitaron.

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  • Ovid

    El detalle de que se gira cada dos metros para barrer con la linterna el pasillo a sus espaldas es el que me hizo leer despacio. A mí me quedó la idea de que el pueblo entero lleva años sabiendo lo que hay abajo y aun así lo mandaron solo. Y lo dejas justo en el centro del altar. ¿Tienes más cuentos de San Genaro por acá?

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  • Marisolita

    Adiós, y lo mandaron solo a esa cueva. Yo digo que en San Genaro todos sabían lo que había abajo, por eso ninguno lo acompañó, pues.

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  • Amortes22

    El sargento peliaba contra sus propios miedos, a oscuras en la caverna, solo y desamparado.

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