19 de Junio. El día en San Genaro amaneció completamente gris.
Las calles estaban desiertas; la lluvia incesante y el frío polar condenó a los habitantes a buscar amparo y calor en el interior de sus casas.
Sin embargo, Antonio, desafiando las inclemencias del tiempo, decidió romper el encierro y abandonar el refugio y comodidad de la finca.
—Nos vamos —ordenó al abrir la puerta, mirando a Malevo.
El dogo se puso de pie y, aunque rengueaba a causa de la molestia de la mordedura, caminó tras su dueño.
Avanzaron bajo el alero de la finca hasta donde estaba estacionado el cacharro.
Al acercarse, el cura notó un detalle extraño: los dos espejos laterales estaban completamente volteados, orientados de tal modo que sus cristales apuntaban en dirección a la vieja iglesia abandonada.
Malevo soltó un gruñido bajo y ahogado.
Antonio estiró la mano para acomodar el espejo de su lado y devolverlo a la posición original.
«Solo tú puedes ayudarnos...»
La voz susurrante de una nena resonó de pronto en lo más profundo de sus oídos.
Antonio se persignó en silencio.
Subió al vehículo, cerró la puerta, se acomodó en el asiento y puso el motor en marcha.
Alzó la mirada hacia el espejo retrovisor interior.
Sobre la capa de escarcha acumulada en el parabrisas trasero, trazada con la fineza del dedo de un niño, se leía una sola palabra:
AYÚDANOS
El pedido de auxilio dejaba en claro que no todas las presencias en las veinticinco hectáreas eran oscuras:.
Las almas de los chicos desaparecidos parecían clamar por la intervención del clérigo.