Un padre dichoso
Hoy me puse a leer los correos electrónicos de mi hija Beatriz.
Después de terminar, me puse a recordar tantos momentos felices.
El primer día que la vi, estaba mi niña con los ojos cerrados, envuelta sobre el pecho de su madre, que en su rostro lucía lágrimas de un llanto con una mezcla de dolor y felicidad.
Sus primeros pasos: estaba sentado desarmando el motor de la moto.
Su madre la bajó al piso; ella tambaleaba, haciendo equilibrio con sus bracitos abiertos, hasta que dio el primer pasito.
Luego sus piernitas se apuraron para buscar mis brazos.
La alcé sobre mi cabeza, con una sonrisa llena de orgullo.
Mi esposa me dijo de todo: había llenado de grasa negra su nuevo vestidito blanco.
Nunca lo lavó.
Hoy está en una percha, como recuerdo de ese día.
Recuerdo su llanto el primer día de clases:
Se aferraba fuerte a su madre, pidiendo que la llevaran de vuelta a casa.
La calmamos; dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el salón, cabizbaja, arrastrando sus piecitos.
La graduación. Ese día nos llenó de satisfacción a su madre y a mí.
Verla recibir el diploma con su enorme sonrisa fue una de las cosas que más felicidad me dio en la vida.
Después de que su madre nos dejó, ella me habló.
Me dijo que había pensado en su futuro y que quería ir a la gran ciudad a estudiar una carrera.
La acompañé hasta la plaza del pueblo, le entregué su boleto y la abracé con todas mis fuerzas.
Me dijo que estaríamos en contacto.
Subió al colectivo.
Mi niña había desplegado sus alas.
En los correos me contaba que estaba feliz, que hizo muchos amigos, que el estudio era intenso pero lo llevaba de maravillas.
Los primeros tres semestres los había aprobado sin problemas.
Pero de repente, sus correos dejaron de llegar.
Todos los meses me sentaba frente a la computadora buscando su mensaje, pero no había nada.
Me preguntaba si le había dicho algo que la ofendiera, pero por más que repasaba todo, nada venía a mi memoria.
Quería viajar hasta la gran ciudad, pero no sabía dónde buscarla.
Pasaron dos años desde su último correo, hasta que por fin el aviso en la computadora sonó.
Un nuevo correo de mi niña llegó.
Hola papi:
Perdón por no haberte escrito antes y por tanto tiempo, pero no tenía la valentía para contarte la verdad. Conocí a un muchacho: éramos amigos, nos enamoramos y comenzamos a salir. Todo era felicidad hasta que me embaracé. Se lo conté con gran alegría… pero no tuvo hombría de aceptar el desafío y me abandonó.
Mis sueños se fueron a la basura. Ahora cuido de mi niña como puedo. Entiendo si te enojas y no quieres volver a hablarme. Perdón por defraudarte. Adiós.
Mi emoción era enorme: mi niña estaba bien.
Me senté frente al teclado y le respondí con todo mi amor:
Hola mi niña:
Todos en la vida cometemos errores; eso no nos hace mejores ni peores. Eres mi vida y jamás me defraudarías. Preparé la habitación donde tú dormías de niña por si querés volver. Esta es tu casa y las puertas siempre estarán abiertas para vos y tu beba. Aquí te espero. Te amo.
Hoy soy el padre más dichoso: en la plaza donde despedí a una hija, hoy recibo a dos.