Hace frío en esta sala de espera;
tengo el corazón arrugado, herido,
un estado de perenne intranquilidad.
El tiempo, literalmente, se congela.
Mis manos sudan y no dan espera; penan.
La habitación se llena, se rompe,
el silencio es ahora un pasado.
Y con el ánimo desgastado, mutado
y malherido, escucho las palabras:
«Fe y esperanza has tenido, el corazón
late y se niega a abandonarnos.
Fue difícil, pero está con nosotros».
Escuchar eso desbordó mis sollozos
y, con mirada al cielo, grito, agradezco:
no la maté, no la maté, es todo lo que quiero.