Un olor a putrefacción se apoderaba de la casa.
Cuánto mas limpiaba, mas se acrecentaba.
Cada noche escuchaba los diez mismos pasos.
Cinco pisadas que arrastraban una cadena.
Otras cinco arrastrándose como si la vida le fuera en ello.
Luego el reloj de la escalera marcaba la hora trágica: 3:33.
Solo a esa hora el espectro pronunciaba esas horribles palabras:
- ¡Fuego! ¡Prendan fuego a todo aquel que pise las escaleras!
Un cuchillo caía a cámara lenta por las escaleras.
Una voz macabra estremecía el ambiente.
Nadie sabía de donde procedía.
Con maldad el espectro cogió el cuchillo, clavándolo cuatro veces en el pecho de la chica errante.
El espectro vio como derramaba la sangre y con un vaso la volcó hasta llenarlo.
Cuando colmó, se lo bebió de un trago.
Después, hizo en el suelo una estrella e invocó a su querido amigo.
Los ojos en blanco.
Una sonrisa que estremecía a cualquier ser vivo.
Gritó tanto que los cristales se rompieron.
Gritó tanto que se abrió un agujero en la pared.
Sus gritos anunciaban una tragedia:
- ¡Satán, ya puedo irme contigo! ¡Qué estalle todo y arrasa con cualquier vida que sientas! ¡Conoced el nuevo mundo, el mundo de las tinieblas!