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Malevo, el escudo.

RaMarSa
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Antonio tomó la guadaña y comenzó a cortar la maleza que rodeaba la casa.

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Antonio tomó la guadaña y comenzó a cortar la maleza que rodeaba la casa.

Detrás del inmueble, se lo podía escuchar a Malevo ladrar con desesperación.

—¡Malevo, vení acá!

El dogo no hizo caso.

Siguió ladrando y gruñendo, completamente desbocado.

—¿Qué viste, una liebre? Dejala tranquila y vení, te dije.

El canino siguió sin obedecer.

De repente, se oyó un llanto desgarrador, seguido de un gruñido ahogado.

Antonio soltó la guadaña y salió corriendo hacia donde estaba su compañero.

Detrás de él, el afilado acero cayó solo sobre los yuyos, mostrando un destello plateado.

Al llegar, Malevo se encontraba sobre tres de sus patas.

Lo miró con ojos brillosos y se desvaneció pesadamente en el frío piso de ladrillos, quejándose del dolor.

De las almohadillas de su pata asomaban dos puntitos de sangre mientras comenzaba a hincharse.

De su hocico chorreaba una baba espesa.

Su respiración se escuchaba como un viejo Rastrojero.

Antonio se acercó despacio, se arrodilló pegado a su mascota y lo acarició.

Cuando levantó la mirada, pudo verla; a su lado, una yarará yacía muerta y enrollada

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