El espejo del departamento me devuelve una imagen fría y vacía. La soledad se apodera del ambiente, impregnando el aire con un silencio denso, roto solo por el eco lejano de mis propios pensamientos. Sobre la mesa, lo único que parece tangible es un libro de Agatha Christie, con la figura de aquel hombre que siempre admiré: Hércules Poirot. Un detective brillante, metódico, implacable con la verdad. Aplasto el cigarrillo contra el cenicero, y el humo se disipa lentamente, como si la realidad se desvaneciera con él.
El mundo se vuelve gris, salpicado de matices rojos, cansado de sí mismo. No recuerdo cómo llegué hasta la ventana, pero allí estoy, frente al reflejo turbio de la ciudad, caminando lentamente hacia mi habitación, con pasos pesados, pegajosos. Seguramente derramé alcohol, como tantas veces. A mi esposa le molestaba. Siempre me lo recriminaba. Ahora, el silencio me envuelve, y la cama me recibe como una tumba, con las luces de la calle reflejándose en el vidrio, iluminando un cuerpo empapado de sudor. La humedad se adhiere a mi espalda mientras empiezo a caer en el sueño.
Entonces, en medio de la bruma del sueño, siento una presencia a mi lado, pasos que se acercan, lentos, resonantes, como ecos en una cueva.
—¡Mon ami! Despierta. ¿No ves que necesito concentrarme para resolver esto? —La voz es inconfundible: firme, autoritaria, pero con una cercanía que no logro entender.
Abro los ojos, confuso.
—¿Disculpa...? —miro a mi alrededor, aún atrapado en el limbo entre el sueño y la realidad, pero lo que veo me deja sin aliento. Frente a mí, allí está él. No puede ser. Es Hércules Poirot, con su pequeña estatura y ese bigote impecablemente cuidado. Me observa con una calma perturbadora, como si ya conociera todos mis secretos.
—Mon cher, no hay tiempo para sorpresas. Hay algo que resolver aquí. Mira. —Su tono es tan natural que me cuesta procesar la situación. Mi mirada sigue su dedo, que apunta al suelo.
—¿Qué... qué es esto? —pregunto con la voz temblorosa, mi respiración se acelera. El terror empieza a invadirme.
—Una tragedia, evidentemente. Pero no estamos aquí para lamentarnos, no, no. —Poirot se inclina hacia el cuerpo en el suelo, inspeccionando cada detalle con esa meticulosidad que siempre admiré—. La pregunta, mon ami, no es qué ha ocurrido, sino por qué. ¿Cuál crees que fue la razón de esto?
Mi mente está en blanco. No entiendo nada. Miro a mi alrededor, buscando algo que me ancle a la realidad, pero todo lo que encuentro es peor de lo que jamás imaginé. El suelo está cubierto de cuerpos mutilados y putrefactos.
—No... —murmuro, sintiendo el estómago revuelto. Un sabor metálico me invade la boca, lucho por no vomitar—. No sé... No sé qué está pasando...
Poirot se incorpora con calma. Su rostro sigue impasible, como si esta escena fuera tan familiar para él como resolver un simple crucigrama.
—Ah, la confusión. Un enemigo poderoso, ¿no crees? Pero, como todo, tiene solución. —Se acerca a mí, sus ojos brillan con una intensidad que me desarma—. Te lo pregunto de nuevo, mon ami: ¿qué ves?
—No lo sé... —balbuceo, el pánico apoderándose de mí. Todo es un caos. Cuerpos, desorden, horror, y solo uno tiene un rostro visible, el que está en el centro de la escena.
Poirot asiente, como si esperara esa respuesta.
—No lo sabes. Pero yo sí. —Su tono es suave, casi paternal—. La verdad está frente a ti, solo que te niegas a verla. La mente humana, a veces, se protege de lo que no puede soportar. Pero, mon ami, no tienes otra opción ahora. Debes recordar.
—¿Recordar? ¿Recordar qué? —le pregunto, desesperado, sintiendo que cada palabra suya me arrastra más profundamente en este abismo.
Poirot se inclina hacia mí, su voz es apenas un susurro.
—¿Quién es ella? —Su mirada se endurece—. Tú lo sabes, ¿verdad?
El tiempo se detiene. Las palabras de Poirot se clavan en mi mente, pero me niego a aceptarlas. No puede ser. No puede ser.
—No... —susurro, retrocediendo un paso—. No puede ser... ¿yo? ¡Eso es imposible!
Pero su mirada penetrante me hace dudar. Me observa con la frialdad de quien ya conoce la verdad.
—Imposible, dices. Pero la verdad, mon ami, no se rige por nuestras nociones de lo posible o lo imposible. La verdad simplemente es. Estos cuerpos... ¿Quién crees que es el responsable?
—¡No! ¡No puede ser! —grito, sintiendo cómo la desesperación me asfixia. Miro a mi alrededor, buscando una salida, una prueba de que esto es solo una pesadilla de la que pronto despertaré, pero solo veo oscuridad. Cuerpos. Y la figura de Poirot, cada vez más lejana.
Poirot no me deja escapar.
—Es hora de despertar, muchacho. La negación no te servirá de nada aquí. —Su mirada se clava en mí, implacable—. Debes enfrentar la verdad.
—No... no puede ser... —susurro, mi voz apenas audible, derrotado—. Yo no... no puedo haber hecho esto...
—Mon cher, el momento ha llegado. Despierta. —Su tono es más urgente, casi una orden—. ¡Despierta!
Las últimas palabras de Poirot resuenan en mi mente, y de pronto me despierto bruscamente, empapado en sudor... y algo más. Bajo la mirada y mi cuerpo está cubierto de sangre. Las luces de la calle se acercan cada vez más, deslumbrándome a través de la ventana. Giro la cabeza, y junto a mí, veo lo que nunca esperé encontrar: el cuerpo de mi esposa, rodeado de sangre.
El ruido de pasos apresurados me saca de mi aturdimiento. La puerta se abre con violencia. A través de las luces cegadoras, distingo las caras de los policías, horrorizados ante la escena. Pero yo, congelado en la cama, solo puedo permanecer inmóvil, rodeado de muerte... como Hércules Poirot.