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Viento en el abismo

NicolasPeanl
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En la orilla de un pequeño lago, Exequiel, un niño de mirada perdida, acariciaba lentamente a su perro, Tomy, ese compañero fiel de pelaje blanco y negro, con una textura suave como la lana que…

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Contenido de la publicación

En la orilla de un pequeño lago, Exequiel, un niño de mirada perdida, acariciaba lentamente a su perro, Tomy, ese compañero fiel de pelaje blanco y negro, con una textura suave como la lana que había conocido desde siempre. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranja y púrpura, pero para Exequiel, el mundo parecía congelado en un crepúsculo sin fin.

—El mundo es tan distinto a lo que era, mi pequeño amigo —murmuró, con una voz rota por el peso de sus pensamientos profundos que no lograba comprender del todo—. ¿Cuál es el sentido de vivir si todo cambia? ¿Por qué no podemos ser inmortales, extraordinarios? —Sus dedos se entrelazaron en el pelaje de Tomy, en un gesto que buscaba consuelo—. Tú serías un dragón, uno grande y noble. Y yo... seguiría siendo tu compañero, como siempre.

El silencio se apoderó del lago, pero no el silencio de la calma, sino el de un vacío que se expandía por el ambiente. De pronto, todo comenzó a mutar. El pequeño lago se transformó en un vasto océano, las aguas tranquilas se convirtieron en olas que lamían un enorme puerto que aparecía ante sus ojos. El bullicio de unas criaturas insólitas llenaba el ambiente: elfos de orejas afiladas, enanos de anchas barbas y ogros colosales que caminaban pesadamente, transportando cajas y barriles en direcciones misteriosas. Un imponente barco de innumerables velas se alzaba en la distancia, con sus sombras alargadas mezclándose con el cielo gris.

—¿Qué está pasando...? —susurró Exequiel, con su voz entrecortada. Su corazón latía con fuerza, el desconcierto lo invadía, pero una figura pequeña y esbelta emergió entre la multitud. Un elfo, de ropas finas y un aire diligente, se acercó con pasos elegantes.

—Mi señor, soy Gonzalo —dijo el elfo, inclinando la cabeza con respeto—. El barco está preparado para su próximo viaje. ¿Necesita algo más antes de zarpar?

Exequiel, demasiado confundido para responder con coherencia, solo negó lentamente con la cabeza. El elfo, satisfecho, se retiró hacia el barco. Aún desorientado, el chico se dirigió hacia el puerto, sus pies apenas sintiendo el suelo bajo ellos. Al llegar a la entrada, un enano barbudo con ojos como brasas encendidas lo miró de arriba abajo, percibiendo algo más allá de la realidad.

—Cuidado por dónde andas, capitán —gruñó el enano, con un tono serio que contrastaba con su pequeña estatura—. Este lugar tiene un olor extraño. No me gusta.

—¿Tu nombre es...? —preguntó Exequiel, intentando encajar las piezas de este rompecabezas extraño sin revelar su propio desconcierto.

—Carlos, al servicio de su barco. Espero grandes aventuras junto a usted —respondió el enano con una leve reverencia, su voz resonando como el eco de un trueno lejano.

Exequiel asintió, como si finalmente algo encajara en este mundo que se le escapaba de las manos. Pero cuando dio un paso más hacia el barco, la realidad misma comenzó a desmoronarse. Los contornos del puerto se distorsionaron, las figuras de los elfos y ogros se disolvieron en sombras, como si fueran reflejos en un espejo roto. Un pequeño portal, ovalado y pulsante, apareció ante él. Al otro lado, en medio de una isla perdida en el horizonte, estaba Tomy, su fiel amigo, sentado en la arena. El corazón de Exequiel dio un vuelco. Intentó correr hacia el portal, pero la imagen de la isla y su perro desapareció tan rápido como había aparecido, dejándolo atrapado de nuevo en el puerto, donde todo volvía a la normalidad. Los ogros cargaban perezosamente, los enanos discutían en tonos graves, y el barco esperaba silencioso.

Exequiel, con el pecho oprimido por una urgencia inexplicable, corrió hacia el barco, su mente fija en la imagen de Tomy, solo en aquella isla.

—¡Carlos! ¡Gonzalo! —gritó, su voz temblando entre la decisión y el miedo—. ¡Preparen el barco! ¡Debemos zarpar ahora, hacia la isla más cercana!

Los ojos del niño brillaban con determinación, pero en el fondo, un peso invisible lo aplastaba. Algo, o alguien, lo esperaba en esa isla, y no podía permitir que su amigo enfrentara ese destino solo.

Al zarpar, el pequeño niño sintió cómo el viento acariciaba su rostro, y como un susurro casi imperceptible parecía contarle secretos antiguos, fragmentos de verdades que jamás había pedido escuchar. El viento tenía algo extraño, una melodía distante que, aunque tranquilizadora, traía consigo una incomodidad latente, como si le recordara aquello que intentaba olvidar.

Aun así, Exequiel se mantuvo firme, aferrado a una voluntad que pocos en su situación hubieran encontrado. El barco se deslizaba sobre el agua, cortando las olas, mientras el cielo se teñía de un gris melancólico, reflejando el mar que parecía no tener fin.

—Capitán —dijo Carlos, con su voz grave pero cálida, mientras se acercaba a Exequiel—, recuerde mirar más allá de lo que ven sus ojos y sentir más allá de lo que tocan sus manos. Sienta el viento. La verdad siempre estará con usted si la escucha.

Exequiel miró al enano, procesando sus palabras. El viento, con su carácter cambiante, parecía afirmar las reflexiones de Carlos, susurrando al oído de Exequiel con una insistencia casi molesta. Pero antes de que pudiera responder, Gonzalo irrumpió con su habitual buen humor.

—¡Capitán! —gritó desde la proa—. ¡No olvide también protegerse del viento! A veces es tan fuerte que puede arrastrarnos a donde no queremos ir. ¡Y no me refiero solo a las velas! —dijo con una carcajada contagiosa.

—Gracias, chicos —respondió Exequiel con una voz apenas audible, apagada, como si el peso de sus pensamientos hubiera drenado toda su energía—. Pero estaré bien... solo necesitamos llegar cuanto antes a la isla... hay que salvar a un amigo mío.

Carlos y Gonzalo intercambiaron miradas breves, notando la seriedad en los ojos de su joven capitán. Sabían que algo lo inquietaba, pero ninguno se atrevió a preguntar. Con un asentimiento, Gonzalo volvió a sus quehaceres mientras Carlos ajustaba las velas, dejando a Exequiel solo en la cubierta.

El chico observó el horizonte, sintiendo por primera vez el verdadero alcance de lo que significaba estar tan lejos de casa. Las olas agitaban suavemente el barco, pero cada movimiento bajo sus pies le recordaba lo lejos que estaba de la seguridad del pequeño lago donde solía jugar con Tomy. Un sudor frío recorrió su espalda, era un miedo primigenio al desconocido mar y a lo que pudiese encontrar en aquella isla.

Sin embargo, no se quejó. No podía permitirse ceder ante el miedo, no ahora. Con pasos silenciosos, descendió hacia el interior del barco, buscando el pequeño camarote que le habían asignado. Las paredes de madera crujían suavemente con cada oscilación del barco, pero para Exequiel era como el susurro de un gigante dormido. Se acercó a la cama y se tumbó despacio, dejando que el agotamiento lo envolviera como una manta pesada. Sus párpados cayeron con lentitud, y aunque el barco seguía meciéndose sobre el mar, pronto dejó de sentirlo.

El viento afuera continuaba soplando, pero en el silencio de su dormitorio, lo único que Exequiel escuchaba era el latido pausado de su corazón y un eco lejano, que bien podría haber sido el recuerdo de un ladrido familiar.

Al abrir los ojos, Exequiel sintió una pequeña brisa cálida rozar su rostro. Una hoja, suave y liviana, cayó de lo alto de los árboles, posándose justo en el centro de su cara. Al apartarla, notó que ya no estaba en el barco, ni en el mar. Se encontraba en medio de un bosque, un lugar donde los árboles crecían altos y las sombras se alargaban como dedos gigantes. La confusión lo invadió, pero no había tiempo para el miedo.

Siguió caminando, sus pasos crujían sobre el suelo cubierto de hojas secas y ramas caídas, mientras el aire cargaba con un extraño susurro, tan sutil como las memorias que se desvanecen al despertar. En pocos pasos llegó a la cima de una colina, desde donde pudo observar algo insólito: una montaña enorme, pero no como las que había visto antes. Esta no era de piedra ni de tierra. Estaba cubierta de escamas.

Exequiel, con el corazón acelerado y la curiosidad más fuerte que el temor, se acercó apresuradamente. Las escamas brillaban a la luz del sol, reflejando un suave resplandor dorado. Con una mezcla de asombro y cautela, extendió la mano y tocó una de ellas. Era fría al tacto, casi metálica, pero de inmediato comenzó a moverse. La escama se levantó, revelando lo que parecía ser un ojo, un ojo gigantesco que lo observaba con intensidad, mucho más grande que el cuerpo del propio Exequiel.

El suelo bajo sus pies comenzó a temblar. La tierra se quebraba, los árboles a su alrededor se inclinaban mientras la gigantesca figura se levantaba ante él. Lo que había tomado por una montaña no era otra cosa que un dragón, tan colosal que hacía temblar el aire con cada movimiento. Exequiel no pudo contener un jadeo de asombro, al mismo tiempo que el miedo lo paralizaba por un instante.

—Pequeño amigo, ¿por qué estás aquí? —preguntó el dragón con una voz profunda que resonaba en el bosque como un trueno lejano.

—Ah... ah... estaba perdido... y pensé que eras una montaña, disculpa —tartamudeó Exequiel, temblando de pies a cabeza.

El dragón lo observó, sus ojos brillantes llenos de una sabiduría ancestral. A pesar de su tamaño y apariencia aterradora, había algo cálido en su mirada.

—No pasa nada —respondió el dragón, su tono grave, pero tranquilo—. Dime, ¿sabes dónde te encuentras, mi querido compañero?

Exequiel negó con la cabeza, aún confuso. Pero de pronto, su mente recordó a Tomy, su pequeño amigo. Su corazón, que hasta hace un segundo estaba ahogado por el miedo, se llenó de una valentía renovada. Levantó la cabeza y, con firmeza, habló:

—Estoy buscando a un amigo. Está en medio de una isla. Necesito tu ayuda para encontrarlo.

El dragón lo miró con detenimiento, evaluando cada palabra con sus ojos insondables. Exhaló un largo suspiro, que parecía sacudir hasta los árboles más altos del bosque.

—Soy Karin —dijo finalmente, inclinando su cabeza ligeramente—. Antes de ayudarte, necesito saber algo... ¿Estás preparado para encontrar la verdad, incluso cuando esa verdad no sea la que deseas?

—Siempre —respondió Exequiel, su voz temblando un poco, pero llena de determinación—, con tal de encontrar a mi amigo.

El dragón asintió lentamente.

—Está bien —dijo Karin, y entonces algo extraordinario comenzó a suceder. Su enorme cuerpo, que casi bloqueaba la luz del sol, empezó a reducirse. Las gigantescas escamas se encogieron, y el dragón, que era tan imponente unos segundos antes, adoptó un tamaño mucho más manejable, hasta que quedó lo suficientemente pequeño como para que Exequiel pudiera subir sobre su lomo.

—Sube, pequeño aventurero —dijo Karin con una mirada que mezclaba sabiduría y ternura—. Juntos encontraremos a tu amigo.

Exequiel, aún asombrado por lo que acababa de presenciar, subió con cuidado sobre el lomo del dragón. Al sentir las escamas bajo sus manos, ya no le parecían frías. Eran cálidas, como si estuvieran cargadas de la misma energía que impulsaba su determinación.

El viento volvió a soplar, esta vez más fuerte, como si el mundo mismo quisiera acelerar el viaje. Y con un último respiro profundo, el dragón despegó del suelo, alzándose en el aire, llevando a Exequiel hacia un destino incierto, pero con la esperanza de reencontrarse con su viejo amigo en aquella isla lejana.

—¿Cuál crees que es el sentido de la vida, Exequiel? —preguntó Karin con una calma que parecía surcar los cielos como el dragón mismo.

Exequiel miraba al horizonte, y sus ojos pequeños buscaban algo que no podia definir, algo perdido entre las nubes y el viento. Después de un largo silencio, finalmente habló, con una voz apagada:

—¿Tiene que tener un sentido? —respondió, más para sí que para Karin—. La vida es corta, muy corta, Karin. Quizás usted no lo entiende... —Hizo una pausa, su mirada se nubló como si estuviera a punto de decir algo profundo, algo que ya no logra encontrar dentro de sí—. Es algo demasiado complejo para entenderlo con los años que tenemos.

Karin lo observó con paciencia, su figura imponente pero llena de ternura. El viento silbó alrededor, como si el cielo intentase susurrar una verdad que Exequiel no quería escuchar.

—Todo tiene un sentido, Exequiel. Cada palabra, cada sentimiento, cada gesto... Cada uno tiene un significado. La vida es una sola, y usted lo sabe, aunque no quiera admitirlo. Yo sé que entiende lo frágil que es.

Exequiel no respondió de inmediato. En lugar de eso, desvió la mirada hacia el cielo inmenso, hacia algo que sólo él puede ver.

—No sé de qué habla, señor dragón —susurró—. La vida es demasiado grande para mis ojos tan pequeños. Yo solo... yo solo necesito encontrar a mi amigo y volver a casa.

Sus palabras cayeron como hojas arrastradas por el viento. El silencio se hizo pesado cuando Exequiel cerró los ojos, intentando escapar. Se acostó, buscando refugio en el sueño, pero incluso allí, las sombras lo encontraron.

Una vez más, el portal se abrió frente a él, más pequeño esta vez, como si su conexión con la otra realidad se estuviera desvaneciendo. Al otro lado, Tomy apareció de nuevo, pero una sombra oscura envolvió su cuerpo, como si la muerte misma lo estuviera reclamando. Exequiel sintió que un dolor perforaba su corazón. Corrió hacia él, desesperado, queriendo atravesar el portal, golpearlo, abrirlo, pero fue en vano. La realidad lo arrastró de vuelta.

Finalmente, abrió los ojos, ya no estaba solo. A su lado, sobre el dragón, estaban Carlos y Gonzalo. El viento era fuerte, empujaba y sacudía sus cuerpos como si quisiera arrancarles las verdades que tanto intentaban evitar.

—Hola, Capitán —saludó Carlos, con su calma de siempre, sabio y protector.

—¡Capitán! Dile a este dragón que baje, ¡hay demasiado viento aquí! —gritó Gonzalo, frustrado, aferrándose con todas sus fuerzas al cuello de la bestia—. No puedo aguantar más esto.

Karin, atento a cada palabra, inclinó la cabeza hacia Exequiel.

—Tus amigos pidieron subir para acompañarte. ¿Está bien, Exequiel? —preguntó con suavidad.

Exequiel asintió, aunque en su interior algo sentía que se rompía lentamente.

—Sí, Karin. Gracias —murmuró.

Se volvió hacia sus amigos, su voz temblando entre el cariño y la duda.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó con su corazón dividido entre la alegría de verlos y el dolor de saber por qué estaban allí.

—No podríamos perdernos este viaje, Capitán. —Gonzalo forzó una sonrisa—. No vaya a ser que se caiga sin querer... —Su tono era juguetón, pero sus ojos estaban serios.

Carlos, siempre sereno, lo miró con una profunda comprensión.

—Necesitábamos estar aquí contigo, Exequiel. —Su voz era cálida, llena de amor y de una sabiduría que el niño aún no podía aceptar—. No puedes hacer este viaje solo, aunque quieras.

El viento arreció, azotando sus rostros, como si las verdades invisibles estuvieran intentando abrirse paso a través de ellos. Gonzalo se encogió, cubriéndose, como si pudiera ignorarlas, como si el viento no existiera.

Carlos, en cambio, se mantuvo firme, sus palabras fueron el ancla que Exequiel necesitaba, aunque aún no lo entendiera del todo.

—El viento... —dijo Carlos, con los ojos entrecerrados, como si pudiera escuchar algo más allá del aullido—. Es la verdad, Exequiel. Está intentando alcanzarte. Pero no tienes que afrontarla solo. Estamos aquí contigo.

Exequiel bajó la mirada, sus manos temblorosas, su corazón latiendo con fuerza. La sombra de Tomy seguía presente en su mente, difusa y dolorosa. Las lágrimas amenazaron con salir, pero las contuvo, porque aún no estaba listo para dejarlo ir.

—Gracias... —es lo único que logró decir con su voz rota, perdiéndose en el viento que seguía gritando verdades que aún no quería enfrentar.

Después de un largo silencio, Exequiel se levantó lentamente, sus piernas temblorosas como si cargaran el peso del mundo. Sus ojos, ahora vacíos de la confusión infantil, miraron hacia el cielo. Dio un paso hacia el borde del dragón, sintiendo el viento rozar su rostro, susurrando verdades que ya no podía ignorar.

—Carlos... —murmuró, apenas audible—. Esta es la verdad, ¿no es así?

Carlos lo miró con una profunda tristeza en los ojos. Cerró los suyos lentamente, como si al hacerlo, pudiera absorber algo del dolor que emanaba de su joven amigo.

—Sí, Capitán. Esa es la verdad —respondió con la voz cargada de melancolía y aceptación.

Gonzalo, en cambio, estalló en desesperación. Sus manos temblaban al aferrarse al dragón, pero poco a poco su figura comenzó a desvanecerse, como una sombra que el viento arrastró hacia el olvido.

—¡Capitán! ¿Qué está haciendo? —gritó con un pánico palpable—. ¡No puede saltar, no aún! ¡No está listo!

La voz de Gonzalo se fue apagando, cada vez más débil, más lejana, pero Exequiel no lo escuchó. Él sabía lo que tenía que hacer. Miró hacia abajo, encontrándose cara a cara con un abismo que parecía infinito. El vacío lo llamaba, pero ya no sentía miedo, sólo una pesada tristeza.

—Gracias, Gonzalo. Pero es momento... —dijo, con una sombría paz en su voz.

Con un último vistazo hacia atrás, Exequiel vio a Carlos, sereno pero preocupado, y a Gonzalo, desapareciendo en la bruma de su propia negación. Dio un paso hacia atrás y dejó que su cuerpo se entregara al vacío. El viento golpeó su rostro, obligándolo a cerrar los ojos. La caída se sintió eterna, pero en algún punto, el viento cesó y todo se volvió silencio.

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el dragón. Sintió la firmeza de la tierra bajo su espalda y el aroma a hierba mojada envolviendo sus sentidos. Lentamente se incorporó, y ahí, junto al lago, estaba Tomy, mirándolo con esos ojos que tanto extrañaba.

El perro, con su pelaje suave y cálido, se acercó lentamente y le lamió la cara. Exequiel, con las lágrimas brotando sin control, abrazó a su amigo con toda la fuerza que su pequeño cuerpo podía reunir.

—Te extrañé, amigo... te extrañé mucho —dijo, con la voz rota por el dolor acumulado en su pecho.

Tomy, cansado, pero sereno, se acomodó sobre las piernas de Exequiel, enrollándose como solía hacerlo cuando buscaba su cariño. Su respiración era lenta, apenas perceptible, pero en ese momento, solo existían ellos dos, envueltos en una quietud que parecía eterna.

Exequiel acarició a su amigo, sus manos temblando mientras seguía el ritmo de la respiración de Tomy, temiendo cada segundo, sabiendo que en cualquier momento podría ser el último. El corazón del niño se rompía, pero en esa rotura encontró algo de paz.

—Gracias... —susurró, su voz apenas un hilo entre sollozos—. Gracias por todo. Por acompañarme, por dejarme volar, por ser mi mejor amigo... Siempre lo serás, Tomy. Me hubiera gustado estar más tiempo contigo, jugar una vez más con la pelota, pero... —Su voz se quebró, y con lágrimas corriendo por sus mejillas continuó—. Disfruté cada momento. Solo quiero que sepas algo, amigo mío... que te amo. Te amo mucho, Tomy.

La respiración de Tomy se hizo cada vez más lenta, hasta que finalmente, se detuvo por completo. Exequiel sintió el vacío en su pecho, el peso del dolor llenándolo de una tristeza infinita. Con el corazón roto, levantó a su amigo con ternura y le dio un último beso en la frente.

Y entonces, con pasos lentos pero firmes, comenzó a caminar hacia el horizonte. No sabía lo que le deparaba el futuro, pero caminó con la certeza de que su mejor amigo siempre estaría con él, en su corazón, acompañándolo en cada paso de su incierto camino.


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